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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR  -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-17

Con este domingo cerramos el tiempo litúrgico de Navidad, y a la vez damos comienzo al tiempo ordinario. Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor.

La  Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se ha encarnado tomando una naturaleza como la tuya y como la mía, con una misión concreta que el Padre le ha encomendado: cargar con nuestros pecados que son los que nos producen la muerte, y hacernos a la vez partícipes de su naturaleza divina. Tú y yo, haciendo caso a la voz del maligno, hemos roto el plan que Dios-Padre había diseñado para nosotros, y que no era otro que ser eternamente felices unidos a Él, experimentando su amor en nuestro corazón, y pudiendo a la vez amarle libremente con todo nuestro ser.

Durante el tiempo de Navidad, con el nacimiento del Niño-Dios, hemos sido testigos de cómo el Padre daba comienzo a su plan de salvación para nosotros. Hemos contemplado a un niño indefenso naciendo en un humilde portal y teniendo como cuna un pobre pesebre. Se hubiera podido manifestar de otro modo llamando más  la atención, pero no, ha decidido hacerlo con mesura, para respetar nuestra libertad.

Los evangelios, después de estos pasajes de la Navidad, ya es muy poco lo que narran de la vida del Señor. Solo sabemos que José, cuando el ángel le comunica que puede regresar desde Egipto a Israel, decide establecerse con su familia en Nazaret, pequeña ciudad de Galilea. También nos cuentan que, siguiendo las normas establecidas por la ley, José, con María y el Niño, visitan todos los años el templo de Jerusalén durante las fiestas de Pascua. Transcurren, pues, cerca de treinta años sin que tengamos noticias de la Sagrada familia.

Treinta años en los que Jesús, el hijo del carpintero, vivirá sumiso y obediente a sus padres, como un vecino más de Nazaret. Crecerá, pasando por todos los estadios del desarrollo humano, con todos los problemas que se presentan en cada uno: infancia, pubertad, adolescencia, juventud y finalmente madurez. Su padre, José, junto con María, su madre, será el encargado de educarle enseñándole a amar a Dios sobre todas las cosas y dándole a conocer a través de las Escrituras la Ley, y la historia de Israel, del Pueblo de Dios.

Hoy, encontramos a Jesús con una edad cercana a los treinta años. Consciente de que ha llegado la hora de iniciar su misión se dirige al Jordán, donde Juan, su primo, está anunciando la inminente venida del Mesías, y prepara su llegada administrando un bautismo de conversión.

Al acercarse Jesús, Juan se resiste a bautizarlo diciendo: «Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» Jesús insiste, y apenas bautizado y fuera del agua, se abre el cielo y el Espíritu de Dios baja sobre él como una paloma, a la vez que se oye una voz del cielo que dice: «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Hoy es un día muy especial para nosotros. El bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio Bautismo. Por el fuimos agregados a la Iglesia y en nuestra familia, nuestros padres, tuvieron la misma misión que José. Educarnos en la fe, haciéndonos conocer  y amar a nuestro Padre del Cielo.

Hoy sabemos que la voz del Padre cuando ha dicho «Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto», ha resonado para cada uno de nosotros que, unidos al Señor Jesús, le tenemos también por Padre. Es un don inmenso saber que en ti y en mí, pecadores e infieles, el Señor se complace. Su amor y su misericordia cubren por completo todas nuestras faltas. Él nos ve perfectos. Nos ama con locura y solo quiere para nosotros la felicidad y la vida.

 

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

MARÍA GUARDABA TODAS ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN

 

CITAS BÍBLICAS: Núm 6, 22-27 * Gal 4, 4-7 * Lc 2, 16-21

El domingo pasado celebrábamos un acontecimiento histórico del todo incomprensible. Estaba fuera de toda razón que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Dios como el Padre, se rebajara hasta el extremo de asumir una naturaleza humana como la nuestra, para ser y aparecer como un hombre más, sometido a las limitaciones y cargas que son consustanciales a la persona humana.

Dios-Padre, para llevar a término el plan de salvación que había proyectado para el hombre, necesitaba el concurso de una mujer, con el fin de que su Hijo entrara en el mundo con la misma normalidad que lo hace cualquier otro hombre. María de Nazaret fue la elegida.

Si el domingo pasado la liturgia giraba en torno al Niño de Belén, la del presente domingo lo hace teniendo como protagonista a su Madre. Hay que tener en cuenta que María, no es solo madre del hombre Cristo-Jesús, sino que alcanza también a ser Madre de Dios porque en Cristo hay dos naturalezas: la divina y la humana, pero solo existe una sola persona: la divina. Por tanto María no es solo la Madre de la naturaleza humana de Cristo, sino que lo es también de su persona divina. Esta circunstancia ya fue definida como dogma de fe en el Concilio de Éfeso allá por el año 431.

Con María la naturaleza humana alcanza el mayor grado excelencia posible. Siendo una criatura, se convierte por una parte en Esposa y por otra parte en Madre del Creador. ¿Qué más podíamos pedir nosotros? Y todo esto sucede por la locura de amor que Dios-Padre siente por ti y por mí. La respuesta de Dios ante nuestra insensatez al apartarnos de Él, mereciendo la condenación, no es otra que la de elevar a una criatura humana como nosotros, a la categoría de Madre de Dios.

De este don extraordinario otorgado a su Madre, también nos beneficiamos nosotros. El Señor, no solo tuvo por Madre a María, sino que en la Cruz quiso también que fuera Madre nuestra, convirtiéndonos así en hermanos suyos. ¿Entiendes esto qué significa? Tú y yo, pecadores, infieles al Señor, convertidos en hijos de Dios y hechos hermanos de Jesucristo.  

Todos sabemos lo que significa una madre. Todos tenemos experiencia de los mimos y cuidados que hemos recibido de la nuestra. Si nuestra madre terrena no ha escatimado sacrificios y esfuerzos para intentar, dentro de sus limitaciones, hacernos felices, ¿qué no hará por nosotros nuestra Madre del Cielo? Al decirle Jesús desde la Cruz «He ahí a tu hijo», quedábamos todos bajo sus cuidados maternales. Ella, como mujer y madre, conoce todo aquello que nosotros necesitamos. Conoce nuestras debilidades, nuestras flaquezas, nuestros desánimos, en la lucha diaria por la vida. Ella, como en las Bodas de Caná, está al tanto de todo lo que nos sucede. Por una parte, intercede por nosotros ante su Hijo, mientras que por otra, nos muestra el camino para llegar a Él.

Ella es Corredentora y Medianera de todas las gracias. Si en todas nuestras oraciones dirigidas al Padre lo hacemos por medio de Jesucristo, nada hay que llegue al Señor Jesús, que no pase por la mediación de su Madre María, que lo es también nuestra. Ella es el doble canal por el que llegan al cielo nuestras oraciones y por el que bajan hasta nosotros todas las gracias. Éste será el quinto dogma mariano, cuando el Papa, atendiendo a las múltiples peticiones que recibe, lo proclame solemnemente para toda la cristiandad.

Celebremos hoy con nuestra Madre sus grandezas y seamos como ella humildes, para que también en nosotros se complazca el Señor, que humilla al soberbio y enaltece al humilde.  


SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR

«HOY OS HA NACIDO UN SALVADOR, EL MESÍAS, EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 52, 7-10 * Heb 1, 1-6 * Jn 1, 1-18 

Celebramos hoy la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. Un acontecimiento primordial en la Historia de Salvación. El Hijo de Dios, coeterno con el Padre, desciende de los cielos y se reviste de una naturaleza mortal, para convivir entre los hombres como un hombre más, haciendo que su divinidad quedara por completo escondida. 

Para poder ser conscientes de la importancia de este hecho, no quedándonos únicamente en emociones superficiales y sentimientos sensibleros, sin ahondar en la realidad que supone este acontecimiento, es necesario comprender cuál era la situación de hombre, la tuya y la mía, y cuál fue la respuesta de Dios-Padre a esta situación.

El hombre fue creado por Dios a su imagen para que participara de la misma felicidad que disfrutaba su Creador. Sin embargo, utilizando mal la libertad que el Señor le regala, decide vivir su vida al margen del plan que estaba trazado para él.

¿Cuál es la situación del hombre después este pecado? Al romper con Dios, la vida del hombre pierde por completo todo su sentido. La vida del hombre entra en el absurdo. Hecho para vivir eternamente feliz, se encuentra dominado por el pecado que le produce sufrimientos, y además, sometido sin remedio a la muerte. Creado para la libertad y la plenitud, se encuentra esclavo del pecado y condenado a la finitud. Conocemos perfectamente todo esto porque así nos lo narran los primeros capítulos del Génesis.

¿Cuál es la respuesta de Dios ante la situación en la que queda el hombre? Dios no deja al hombre abandonado a su suerte. Su amor y su misericordia, que son eternas, conciben de inmediato un plan para salvarlo, a fin de devolverle la felicidad perdida y a la vez arrancarlo de las garras del pecado y de la muerte. Por eso dirigiéndose a la serpiente que ha engañado a Eva, le dice: «Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, cuando tú la hieras en el talón».

Esta promesa del Salvador, del Hijo de la Mujer, fue transmitiéndose a través de los siglos de generación en generación. El hombre deseaba ardientemente verse liberado de todo lo que le oprimía y esclavizaba. Tenía siempre presente que existía una vida plena y feliz, y que a pesar de la que deseaba desde lo profundo de su corazón, no estaba a su alcance.

Dios-Padre, al llegar la plenitud de los tiempos cumplió la promesa, haciendo que su Hijo se encarnara en el seno virginal de María, y que naciera en Belén.  ¿Cómo vives tú este acontecimiento? Si verdaderamente reconoces que no eres feliz, que vives esclavo de tus inclinaciones y pecados, que te amedrenta la muerte, no solo la del último día, sino la que suponen los fracasos, los desengaños, las humillaciones, que cada día soportas y que te amargan la  vida, sin duda verás en el nacimiento del Señor, el inicio del remedio para todos tus males y sufrimientos. Verás en el Niño de Belén a tu liberador, a tu salvador, a aquel viene a devolver el sentido a tu vida, haciéndote saborear ya aquí, la vida eterna.

Esto es lo que celebramos en este día, el inicio de la obra de salvación de Dios para ti y para mí, que culminará con la Pascua del Señor, en la que moriremos con él al pecado y resucitaremos con él a una vida eterna y feliz. 


¡¡ FELICES Y SANTAS NAVIDADES 2016 A TODOS !!

¡¡ FELICES Y SANTAS NAVIDADES 2016 A TODOS !!

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

«DARÁ A LUZ UN HIJO, Y TÚ LE PONDRÁS POR NOMBRE JESÚS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 7, 10-14 * Rm 1, 1-7 * Mt 1, 18- 24

Llegamos al final del Adviento. Desde el domingo tercero hasta el día de Navidad, la liturgia no insiste ya sobre la segunda venida del Señor, sino que nos prepara de una manera inmediata a la celebración del nacimiento del Señor Jesús en Belén.

Hoy se hace presente una figura importantísima de la historia de salvación: José de Nazaret. Aunque se trata de la figura más importante de Nuevo Testamento, después de María y cómo no, del Señor Jesús, ha sido un personaje al que la historia no le ha acabado de dar el relieve que merece. Ciertamente, se le ha tenido gran devoción y han sido muchos los santos, como Teresa de Jesús, que lo han tenido muy presente en sus vidas, pero también es cierto, que quizá por desconocimiento de las leyes y las costumbres judías, no se ha sabido valorar la importancia de primer orden que ha tenido en la vida del Señor, y como consecuencia en la historia de la salvación.

Llamar a José padre putativo del Señor se queda muy corto a la hora de valorar su misión. Putativo significa “reputado o tenido por padre” y eso no es exacto. José no fue solo tenido por padre, sino que fue ante Dios y ante la Ley, el padre legal del Señor Jesús, con todos los derechos y obligaciones que esta situación conllevaba. Entre los derechos, y hoy lo vemos en el evangelio, José tuvo la prerrogativa de poner el nombre a Jesús, teniendo así mismo la misión de educarle en la fe, y de enseñarle a conocer y a amar a Dios sobre todas las cosas.

Si san Lucas nos narra cómo fue la concepción virginal del Señor, es hoy san Mateo el que nos da a conocer cómo llega esta noticia a José. Podemos suponer lo ocurrido. José está desposado con María, pero, según la costumbre hebrea, aún no ha tenido lugar la boda y por tanto todavía no conviven juntos. José observa extrañado los primeros cambios que el embarazo produce en María. Nada sabe al respecto porque ella no le ha dado a conocer lo ocurrido. Podemos imaginar el sufrimiento de José. Por una parte se resiste a aceptar que María sea una adúltera, mientras que por otra, los hechos son evidentes.

Se le presenta un dilema. Si la denuncia, María recibirá como castigo la lapidación, y él, que ama a su esposa, quiere evitarlo a toda costa. Decide, por lo tanto, cargar con un pecado que no ha cometido y repudiarla en secreto. Apenas ha tomado esta decisión, Dios interviene enviándole un ángel que en sueños le dice: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». José acepta la voluntad de Dios y se lleva a casa a su mujer.

Dos son las enseñanzas que podemos sacar de este pasaje. En primer lugar la discreción de María, su silencio. No da ninguna explicación a su esposo. Confía que Aquel que ha iniciado todo este embrollo, saldrá en su defensa sin que ella tenga que intervenir. Por otro lado la actitud de José. Ama a su esposa, María, y está dispuesto a cargar con un pecado que no ha cometido, con tal de evitarle un mal mayor. De María aprendamos a no defendernos ante las injusticias que nos infrinjan por ser fieles al Señor, de José a no juzgar por las apariencias, y a no rechazar aquello que en la familia, en el trabajo, en la parroquia, etc. esté establecido, solo por el hecho de que fueron otros los que lo iniciaron. Aprendamos de su docilidad a la voluntad del Señor y de su obediencia, que excluye por completo pedir explicaciones al Señor.

 

DOMINGO III DE ADVIENTO -A- DOMINGO DE GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -A- DOMINGO DE GAUDETE

«¿ERES TÚ EL QUE HA DE VENIR O TENEMOS QUE ESPERAR A OTRO?

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 35, 1-6a. 10 * St 5, 7-10 * Mt 11, 2-11

Hoy el evangelio nos muestra a Juan el Bautista encarcelado por orden de Herodes. Ha tenido noticia de las obras que realiza el Señor Jesús, y como sabe que la manifestación del Mesías es inminente, quiere cerciorarse de que aquel del que hablan es, ciertamente, el Mesías. Envía, por tanto, a dos de sus discípulos con el encargo de preguntar al Señor: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

La respuesta del Señor a los enviados de Juan es un tanto curiosa. Ni afirma, ni niega. Se limita a decirles: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio». El Señor sabe que Juan conoce perfectamente la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: «Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo se abrirá… » ¿Cuándo sucederá todo esto? «Cuando llegue en persona vuestro Dios que resarcirá y os salvará». El Señor Jesús añadirá: «Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí». Juan no necesita saber más.

Todas estas obras son las que van a poner de manifiesto al Mesías. Él será el ayudador de los pobres, el que fortalecerá a los débiles, el que abrirá los ojos a los ciegos, el que hará caminar a los paralíticos y el que hará resucitar a los muertos. Será el defensor de los oprimidos y  abrirá la puerta de la cárcel a los presos. Él es aquel al que ha esperado con ansia el pueblo de Israel. Él es, el deseado de las naciones.

También hoy el Mesías llega para ayudarnos, ya que nosotros no somos ajenos a la salvación que trae. El viene a buscarnos para que podamos abrir nuestros ojos a la Verdad; para fortalecer nuestras rodillas vacilantes al comprobar, que tropezamos con frecuencia en nuestra vida de fe. Él quiere sacarnos de la esclavitud a la que cada día nos someten nuestros vicios, y que nos impiden salir de nosotros mismos para entregarnos a los demás. Él, en suma, viene a darnos a conocer el amor de un Padre que, ante nuestras infidelidades y pecados, sólo tiene una respuesta: el perdón y la misericordia.

Esta realidad, la proximidad de la venida del Señor, ha de hacer que nos mantengamos en un gozo permanente. El Señor viene y viene para salvar. El Señor Jesús nunca aparecerá en nuestras vidas para castigar o condenar. Cuando aparece, lo hace siempre para salvar. Él nos ama y conoce de sobra nuestras debilidades y pecados, nuestros vicios, aún los más ocultos, pero no se escandaliza de ningún modo de nosotros. Nos ama en nuestra realidad, en nuestras miserias y pecados, y como sabe que el pecado nos destruye, carga sobre sus hombros todo aquello que nos hace sufrir y que nos hace infelices.

Tener el convencimiento de que todo esto es cierto, ha de hacer que vivamos nuestra vida alegres y en continua alabanza. Éste es un regalo que el Señor Dios reserva a sus elegidos, a los cristianos, para que con esta actitud pongamos de manifiesto ante los que nos rodean que el Señor lo hace todo bien, que si existe el mal y el sufrimiento en el mundo, no es porque lo provoque Dios, sino que es el fruto de nuestros pecados.

Alegrémonos. El Señor llega, el Señor está cerca. Deseemos con ansia su venida y preparemos nuestro corazón para recibirle.

 

DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

«DAD EL FRUTO QUE PIDE LA CONVERSIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 11, 1-10 * Rom 15, 4-9 * Mt 3, 1-12

Tres son los personajes que de un modo especial nos muestra el Adviento. El primero es el profeta Isaías que, en el Antiguo Testamento y cerca de mil años antes del nacimiento del Señor, anuncia al pueblo que sufre a causa de sus pecados la aparición de un Mesías salvador, que traerá la consolación a Israel. La segunda figura, ya dentro de Nuevo Testamento, la encarna Juan el Bautista, que tiene por misión preparar a las gentes para que reciban desde una actitud de conversión al Mesías, cuya manifestación anuncia inminente. Finalmente, el tercer personaje que nos muestra el Adviento no podía ser otro, que la figura de María de Nazaret, que después de recibir el anuncio del ángel, siente cómo en su seno empieza a formarse Aquel por el que han suspirado durante siglos, los patriarcas, los profetas y todo el pueblo de Israel. En su persona encuentran cumplimiento las promesas que desde antiguo Dios ha hecho a nuestros antiguos padres.

Hoy vemos a Juan el Bautista anunciando un bautismo de conversión, para que a su venida el Señor encuentre un pueblo bien dispuesto. Increpa duramente a los fariseos y saduceos cuya vida no concuerda con aquello que pretenden enseñar. Con su comportamiento, más que dar gloria a Dios, lo que hacen es buscar honores y la consideración del pueblo. Les dice: «No os hagáis ilusiones pensando: “Abraham es nuestro padre”, pues yo os digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de estas piedras».

Quizá, más de uno de nosotros esté actuando como los fariseos, pensando que, como es creyente, es mejor que aquellos que viven su vida lejos de la Iglesia. Nos tomamos la libertad de juzgarles porque creemos que su conducta no es la adecuada. Sin embargo, estamos muy equivocados. Ni tú ni yo tenemos derecho a juzgar a nadie. El único que podía juzgar, el Señor Jesús, dejó el juicio en manos del Padre. En el evangelio de san Juan dirá: «Yo no he venido a juzgar al mundo, sino que he venido para que el mundo se salve».

Juan el Bautista viene en nuestra ayuda llamándonos a conversión. Convertirnos es reconocer sin defendernos que hacemos las cosas mal. Que somos exigentes con los demás, pero no tanto con nosotros mismos. Convertirnos es reconocer nuestros defectos, y tener en cuenta que no somos mejores que los otros. Reconocer nuestros fallos y nuestras miserias, nos ayudará a entrar en la humildad. Dios no puede resistirse ante un corazón contrito y humillado. La Escritura dice al respecto que «Dios se complace en el humilde, pero mira de lejos al soberbio».

Estamos en un tiempo especial de espera. Cada vez que acudimos a la Eucaristía, después de la consagración, exclamamos: ¡Ven Señor Jesús! ¡Maranatha! Esa ha de ser nuestra actitud en este tiempo de Adviento. El Señor llega, no solo en Belén, llega a nuestras vidas continuamente, porque desea nuestra salvación. Cada vez que el Señor aparece en tu vida o en la mía, lo hace para salvarnos, para ayudarnos. Nunca aparece para condenarnos. Sin embargo es necesario estar bien dispuestos, es necesario abrir los ojos a los acontecimientos de cada día, para poder verle. Para que esto sea una realidad, San Pablo, la semana pasada nos recomendaba: «Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos».

Esta norma de vida, para nosotros, con solo nuestras fuerzas, es irrealizable. Sin embargo, el Señor Jesús, que conoce nuestra debilidad e impotencia, está dispuesto a darnos su Espíritu si se lo pedimos, para que con Él, lo que para nosotros es imposible, se vuelva posible.

 


 

 

DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

«ESTAD EN VELA PORQUE NO SABÉIS CUANDO VENDRÁ VUESTRO SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 2, 1-5 * Rom 13, 11-14 * Mt 24, 37-44

Damos comienzo con este domingo al tiempo litúrgico del Adviento. Estamos en el inicio de un nuevo año. En la liturgia el principio del año no coincide con el del año civil, que empezará el día 1 de enero. Las lecturas que la Iglesia nos propondrá, serán las que corresponden al ciclo A y estarán sacadas del evangelio de san Mateo.

Un nuevo año se abre ante nosotros. Un año en el que la liturgia nos hará recorrer toda la historia de salvación, siguiendo la vida del Señor Jesús. Durante las cuatro primeras semanas que serán las que ocupa el Adviento, se nos hará presente en primer lugar, que somos un pueblo que camina hacia la plenitud, porque este mundo no es eterno. El Señor a ti y a mí, nos ha regalado la vida, no para que montemos nuestra tienda y que nos aposentemos aquí, sino para que nuestra vida terrena sea un camino que nos lleve a la vida eterna. No somos ciudadanos del mundo, somos ciudadanos del cielo.

San Pablo, en su carta, nos invita hoy a tener esto presente cuando nos dice: «Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada y el día se echa encima». San Pablo considera nuestra vida terrena como la noche, y nos anuncia que el día, la vida eterna y feliz para la que hemos sido creados, está ya muy cerca. Está frase la han entendido muy bien los santos, que consideraban que en este mundo estábamos en el exilio, anhelando ser rescatados de este destierro, para disfrutar de la verdadera libertad en el cielo.  

Hoy, precisamente, el Señor en el evangelio nos invita a estar vigilantes, a no dejarnos arrastrar por las preocupaciones de esta vida. Nos advierte que el final se hará presente como ocurrió en tiempos de Noé. Las gentes veían como Noé estaba construyendo el arca para salvarse del diluvio, pero eso a ellos no les importaba. Continuaban su vida como si nada. Compraban, vendían, se casaban… y de repente cayó sobre ellos el diluvio, haciéndoles perecer. Sólo Noé y su familia se salvaron de las aguas en el arca. «Estad en vela, dice el Señor Jesús, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor».

¿Quiere decir esto que debemos desentendernos de las cosas de este mundo? Ni mucho menos. Tan necio sería actuar así, como vivir la vida pensando que este mundo es eterno. Es necesario trabajar, esforzarnos para sacar adelante a nuestra familia, emplear nuestra inteligencia, y poner nuestro empeño, en lograr una sociedad más justa donde se proteja al débil, pero esto no ha de suponer que consideremos nuestra vida terrena como un fin, sino como medio, un tiempo que nos conducirá a nuestra verdadera vida, la vida eterna.

Dios quiere que se mantenga oculta la hora en que sucederá el fin, pero ni quiere que vivamos agobiados pensando en él, ni tampoco que vivamos ajenos a esta realidad, de modo que cuando llegue nos coja desprevenidos. «Por eso, insiste el Señor, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre».

Todo esto que hemos referido para el final de los tiempos, se realizará en cada una de nuestras vidas de un modo particular, cuando el Señor decida que termine nuestra peregrinación en este mundo. Por eso somos tú y yo los que nos hemos de mantener vigilantes, para que cuando el Señor nos llame nos encuentre dispuestos y preparados para seguirle.