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DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«MUCHOS VENDRÁN USURPANDO MI NOMBRE. NO VAYAIS TRAS ELLOS »

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 19-20a * 2Tes 3, 7-12 * Lc 21, 5-19

Estamos terminando el año litúrgico y el evangelio de san Lucas nos hace presente el final de los tiempos. Sabemos que nuestro mundo y el universo entero, no son eternos, caminan indefectiblemente hacia su aniquilación. Sobre el tiempo y la hora en que todo esto ocurrirá, dice el Señor en otro evangelio, que solo el Padre conoce  el día  y le hora en que esto ha de suceder.

El Señor Jesús en el evangelio de hoy nos da dos indicadores que señalan cuándo tendrá lugar este fin de los tiempos. En primer lugar la aparición de falsos profetas que incluso llegarán a presentarse en su nombre anunciando el final. Falsos mesías que aparecerán  como salvadores de la humanidad «No vayáis tras ellos, dice el Señor». En segundo lugar habrá signos en la tierra como terremotos, hambre y epidemias y sobre todo persecución a los elegidos, que serán entregados a los tribunales y metidos en las cárceles.

Si nos detenemos en los acontecimientos que está viviendo nuestra sociedad, guerras, terremotos, persecución de los que se confiesan cristianos y la aparición de falsos profetas, falsos mesías, que pretenden mostrarnos caminos de felicidad y formas de vivir totalmente opuestas al Evangelio, al tiempo que persiguen y encarcelan a los que se mantienen fieles a le Verdad, diríase que estamos viviendo en el preludio del fin. Sin embargo no debemos alarmarnos, y hemos procurar mantenernos fieles al Señor.

Casi podemos afirmar con toda seguridad, que no seremos testigos del final de los tiempos, sin embargo, para cada uno de nosotros existirá un final de los tiempos particular. El Señor tiene dispuesto para cada uno un final distinto. El fin del mundo, a mí no me quita el sueño, como no nos lo ha de quitar a nadie. Lo que si ha de preocuparnos es estar vigilantes, para que cuando el Señor disponga, nos encuentre preparados para marchar con Él.

La muerte es para los creyentes una puerta que se abre hacia la vida eterna, donde se nos descubrirá un panorama tan maravilloso que hará exclamar a san Pablo que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios prepara para lo que le aman». Tampoco debe amedrentarnos el hecho de encontrarnos con el Señor. Él, que cargo sobre sus hombros el peso de nuestros pecados, no puede en modo alguno rechazar a aquellos que se acogen a su misericordia. Lo que sí debe producirnos temor es que, usando mal de nuestra libertad, no apartemos de Él. Ese es el santo temor de Dios.

Desconocer el día y la hora no ha producirnos inquietud, pero tampoco ha de ser motivo para que vivamos demasiado relajados, como si ese día nunca hubiera de llegar. El Señor, nuestro esposo, llega, y nosotros, como la novia, hemos de estar expectantes para partir con Él en cuanto se nos presente. Por eso hoy, al final del evangelio, nos tranquiliza para que no nos afecten demasiado los sufrimientos, persecuciones y adversidades. Es Él mismo el que nos dice: «Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestra almas». Nuestra actitud, por tanto, ha de ser de una vigilante y a la vez confiada espera.

 

DOMINGO XXXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXII DE TIEMPO ORDINARIO  -C-

«DIOS, NO ES UN DIOS DE MUERTOS SINO DE VIVOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Mac 7, 1-2. 9-14 * 2Tes 2, 16—3,5 * Lc 20, 27-38

En el evangelio de hoy vemos que un grupo de saduceos, miembros de una secta a la que pertenecía la casta sacerdotal, se acerca a Jesús para plantearle una cuestión. Tienen interés por saber lo que piensa el Maestro con referencia a la resurrección de los muertos, ya que ellos niegan esa resurrección.

Utilizan la llamada ley del levirato, intentando con ella poner al Señor en una situación incómoda. La ley del levirato dice que si una mujer queda viuda debe casarse con uno de los hermanos del marido fallecido, para así, darle descendencia. Ellos plantean a Jesús un caso en el que la viuda ha tenido que desposar sucesivamente a seis de los hermanos de su difunto esposo. La cuestión que ahora presentan al Señor es: «en la resurrección ¿de cuál de ellos será mujer, ya que los siete han estado casados con ella?» 

El Señor Jesús les contesta explicando que en la resurrección, la forma de vida es totalmente diferente a la que nosotros estamos acostumbrados aquí. Y echando mano de la Escritura les recuerda las palabras que el mismo Dios dirige a Moisés, cuando le habla desde la zarza ardiente: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». No es un Dios de muertos sino de vivos, continúa diciendo el Señor, porque para él todos están vivos».

La cuestión central de este evangelio es importantísima. Trata ni más ni menos que de una verdad fundamental de nuestra existencia. Si de nuestra vida quitamos la resurrección de los muertos, sobran las restantes verdades de nuestra fe, incluyendo la existencia del mismo Dios.

Cuando Dios pensó en ti y en mí y dispuso que viniéramos a la vida, lo hizo movido por el amor que sentía por nosotros incluso antes de nuestra concepción. Nos amó y nos llamó a vivir una vida eterna y feliz en su presencia. Darnos la vida durante un tiempo para que luego tornáramos a la nada, hubiera sido una ruindad impropia de él. Somos seres eternos llamados a vivir felices para siempre unidos a nuestro Dios.

Sin embargo, si observamos la conducta de muchas de las personas que conocemos, incluyendo a las que se confiesan creyentes, podremos constatar, por desgracia, que no acaban de creer en la resurrección y en la vida eterna. Cuántas veces hemos escuchado esta frase: “Bueno, quién sabe, nadie ha vuelto de allá para contarlo.” ¿Somos conscientes de lo que sería la vida del hombre, la tuya y la mía, si de un plumazo borráramos de ella la resurrección y la vida eterna? Seríamos semejantes a cualquier animal, a un perro o a un gato, que hoy están y mañana desaparecen sin dejar rastro de su existencia. ¿A qué tanto progreso, tanta ciencia, e incluso tanta preocupación por los demás, si todo termina aquí? ¿Quién me impide dejarme llevar por mi egoísmo sin importarme para nada la vida de los otros? Yo bien, todos bien. Podríamos hacer nuestra aquella frase del rey francés Luís XV, que previendo lo que pasaría después de su reinado exclamo: “Después de mí, el diluvio.”

Sin embargo, y por suerte para nosotros, las cosas no son así. Existe la resurrección, y ha sido el mismo Hijo de Dios, el Señor Jesús, el que para destruir la muerte que nos acarrea el pecado, ha entrado en la muerte y la ha vencido resucitando. Esa resurrección es prenda de nuestra propia resurrección. Nuestra vida no es una vida sin sentido ni trascendencia como la de los animales. Nuestra vida terrena está catapultada hacia una vida en plenitud en el cielo, del que Cristo con su muerte y resurrección, nos ha abierto las puertas.

DOMINGO XXXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXI DE TIEMPO ORDINARIO  -C-

«HOY HA SIDO LA SALVACIÓN DE ESTA CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 11, 22—12, 2 * 2Tes 1, 11—2, 2 * Lc 19, 1-10

Hoy encontramos al Señor Jesús entrando en la ciudad de Jericó, seguido por una gran muchedumbre. Todos quieren acercarse a él para poder verle de cerca. Un hombre, Zaqueo, que es de baja estatura, pretende ver al Señor sin conseguirlo. Observando que hay un gran sicómoro en el trayecto que sigue Jesús, sin pensarlo dos veces se encarama y sube a él.

El Señor cuando llega a la altura del árbol, mira hacia arriba y se limita a decir: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Podemos imaginar la alegría de este hombre, y la rapidez con que baja del árbol para dirigirse de inmediato a su casa.

Antes de continuar, podemos preguntarnos, ¿quién es ese tal Zaqueo? Pues ni más ni menos, que un jefe de publicanos muy rico. El domingo pasado ya explicamos en qué consistía el trabajo de los publicanos. Vamos a recordarlo. Los publicanos eran judíos contratados por los romanos, para que cobraran a sus convecinos los impuestos que se remitían a Roma. Ellos aprovechaban el cargo para enriquecerse cobrando al pueblo más de la cuenta. Esta situación hacía que fueran odiados por el pueblo, que los consideraba traidores y ladrones.

Podemos imaginar el revuelo que se monta entre la gente al escuchar que Jesús quiere alojarse en casa de Zaqueo. Todos murmuran diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Zaqueo, conociendo lo que la gente piensa, puesto en pie dice al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». La respuesta de Jesús no se hace esperar. El Señor contesta: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

 Este pasaje es ciertamente consolador para aquellos que al escucharlo, no tienen ningún inconveniente en reconocer sus muchos pecados. Zaqueo era un gran pecador, un pecador público, que según la ley de Moisés no tenía salvación. Era imposible restituir por completo todo lo que durante su vida había robado. Precisamente por eso, el publicano de la parábola de la semana pasada, ve, que su salvación solo puede venir de acogerse a la misericordia divina.

Sería estupendo que tú y yo nos viéramos reflejados en la figura de Zaqueo. Lo que ocurre es que hemos recibido una educación en la que sistemáticamente se rechaza al pecador, se rechaza a aquel que no hace las cosas bien. No está bien visto reconocer públicamente nuestros fallos y defectos. Sin embargo el Señor no se escandaliza de nuestros pecados. Él, que nos conoce perfectamente, sabe que la mayoría de las veces hacemos lo que podemos. Que nuestra naturaleza, herida por el pecado de origen, no puede hacer otra cosa que errar y hacer las cosas mal.

Por eso, hoy, precisamente, pasa por nuestra vida buscando alojamiento en nuestro interior. Quiere quedarse con nosotros porque sabe que lo necesitamos. Por eso, como a Zaqueo nos dice: «baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». ¿Qué significa bajar? Bajar significa reconocer sin miedo nuestra realidad, nuestra impotencia y nuestras rebeldías. Por muchos pecados que tengamos Él nunca nos rechazará. Él ha dicho que «ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». No tengamos miedo a que nuestra vida cambien radicalmente como la de Zaqueo. Él nos ofrece gratuitamente la verdadera vida, aquella para la que fuimos creados. No seamos necios y no rechacemos su invitación. Abramos nuestro corazón para que halle en él, el alojamiento adecuado.

 

 

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¡OH DIOS!, TEN COMPASIÓN DE ESTE PECADOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 35, 12-14.16-18 * 2Tim 4, 6-8.16-18 * Lc 18, 9-14

La semana pasada el Señor Jesús, a través de la parábola del juez injusto y de la viuda, nos enseñaba que nuestra oración ha de ser insistente, constante. Es decir, que no debemos desmayar si no obtenemos aquello que pedimos con la premura que deseamos. Si la viuda después de haber intentado varias veces que se le hiciera justicia, hubiera abandonado, el juez nunca la habría atendido. Ella insistía ante un juez que ni temía a Dios, ni le importaban los hombres. Nosotros por el contrario pedimos a un Padre que nos ama intensamente y solo quiere para nosotros el bien.

Hoy vamos a ver que además de insistente, a nuestra oración la ha de acompañar una actitud determinada. Dios, dice la Escritura, se complace en el humilde y mira de lejos al soberbio. Quiere decir esto que Dios no soporta la actitud prepotente y soberbia. Lo que le agrada es que cuando tú y yo nos ponemos ante Él en oración, reconozcamos en lo profundo de nuestro ser, que somos unos pecadores que no tenemos ningún mérito y que valemos muy poquito. Ver que reconocemos nuestra pobreza y nuestra pequeñez, le impulsa a darnos aquello que pedimos. Detesta, pues, una actitud exigente.

En la parábola del Fariseo y el Publicano que se proclama hoy, constatamos todo esto que estamos afirmando. En la parábola encontramos a dos protagonistas. El primero es un fariseo. Una persona que según la opinión de los que le tratan es un hombre religioso y justo, que tiene como objetivo en la vida cumplir la ley hasta en la última coma. Se esfuerza para que esto sea una realidad. Sin embargo, esta actitud le lleva a complacerse en sí mismo y a juzgar a los demás. Está convencido de su santidad y piensa que se está ganando la salvación con su esfuerzo. En vez de pedir a Dios que le salve, al enumerar sus méritos lo que hace es exigir a Dios esa salvación.

El otro protagonista es un pobre hombre. Es un publicano que, seguramente, se ha enriquecido cobrando impuestos injustos a su propio pueblo, en favor de los opresores romanos. Es un hombre aborrecido por sus convecinos y para el que no existe salvación. Él es consciente de su situación, por eso no se atreve ni a entrar en el templo. Desde la puerta, inclinado, sin levantar los ojos y golpeándose el pecho, sólo acierta a repetir una y otra vez: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Si tuviéramos que juzgar a estos hombres con criterios humanos, no lo dudaríamos. El fariseo se llevaría el premio, mientras que condenaríamos sin paliativos, como lo hace el pueblo, al recaudador de impuestos, al publicano. Sin embargo, y para nosotros en una gran suerte, Dios no juzga con estos criterios. Dios sondea el corazón y conoce nuestras intenciones. Por eso hará oídos sordos a la plegaria del fariseo, y se complacerá en la oración del publicano. ¿Cómo no va a ser así? Entre nosotros, ¿qué padre es capaz de condenar al hijo que reconociendo que ha obrado mal, pide perdón? Pues el Señor, mucho más. Él te conoce a ti y me conoce a mí, mucho más que nos conocemos nosotros. Él sabe que sin su ayuda somos totalmente incapaces de hacer nada bueno. Por eso está dispuesto a escuchar nuestras súplicas, cuando reconociendo nuestras debilidades y pecados, pedimos humildemente su ayuda. Decía Einstein: «El hombre es grande solo cuando esta de rodillas ante Dios». Por eso, como ya hemos dicho, Dios se complace en el humilde, en aquel que reconoce ante Él su pequeñez.

El Señor termina esta parábola diciendo: «Os digo que éste (el publicano) bajó a su casa justificado y aquel (el fariseo) no. Porque todo el que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido» 


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«JESÚS, MAESTRO, TEN COMPASIÓN DE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 5, 14-17 * 2Tim 2, 8-13 * Lc 17, 11-19

Una de las enfermedades incurables más terrible en tiempos de Jesús era la lepra. Los que padecían este mal que se manifestaba por la aparición de pústulas en el cuerpo, que hacían que la carne y los miembros se fueran desprendiendo a pedazos, se veían obligados a abandonar su casa y su familia, para refugiarse en grutas viviendo lejos de las ciudades junto con otros enfermos. Cuando se veían forzados a salir de aquellos lugares para buscar alimentos, tenían la obligación de señalar su presencia agitando una campanilla y gritando a la vez: ¡Impuro, impuro!

En el evangelio de hoy san Lucas nos presenta a diez de estos enfermos que se acercan a Jesús para decirle a gritos: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». El Señor, al verlos les dice: «Id a presentaros a los sacerdotes». Quizá alguno no entienda esta respuesta y se pregunte. ¿Por qué en vez de curarles les manda presentarse a los sacerdotes? La respuesta es muy sencilla. La ley de Moisés ordenaba que en el caso de que un leproso se viera libre de la lepra, era indispensable que se presentara a los sacerdotes que eran los encargados de testificar, que efectivamente aquella persona se encontraba libre de la enfermedad.

Los leprosos se ponen en marcha, y durante el camino observan con asombro que su carne está completamente sana. Uno de los diez, un samaritano, antes de ir al sacerdote, regresa dando gritos alabando a Dios, se postra en tierra a los pies del Señor Jesús, y le da gracias.

El Señor viendo con extrañeza que solo uno de los enfermos ha regresado, dice: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?» Y dirigiéndose al samaritano le dice: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado».

Ante este pasaje de la Escritura puedes pensar: estoy sano y por tanto libre de lepra, ¿qué aplicación puedo sacar de este evangelio para mi vida? La Iglesia, desde siempre, ha considerado los pecados como una lepra que cubre toda nuestra piel. Una lepra de la que nosotros no podemos librarnos con solo nuestras fuerzas. Tú y yo conocemos nuestras malas inclinaciones, nuestros fallos. Reconocemos que con frecuencia somos infieles al Señor y no hacemos su voluntad. Nuestro egoísmo hace que vivamos encerrados en nosotros mismos si preocuparnos demasiado de los demás. Somos esclavos del sexo que nos hace caer en el pecado, ya sea mediante la vista, el deseo o las acciones. Quisiéramos librarnos de estas tendencias pecaminosas, pero cada día comprobamos nuestra impotencia.

Solo hay uno que tiene poder para limpiar esta lepra. Solo hay uno capaz de perdonar nuestros pecados sean cuales fueren. Para el Señor nada hay imposible. Él tiene poder para que domines es mal genio que te hace quedar mal delante de los demás. Solo Él puede librarte de ese vicio que quieres corregir sin conseguirlo y que te amarga la vida.

Tres cosas necesitas hacer para verte curado de tu lepra. En primer lugar reconocer sin ningún miedo que eres leproso, que eres pecador, que no haces la cosas bien. Si no lo reconoces, nunca se te ocurrirá acudir al médico que puede curarte. En segundo lugar, reconocer, como los leprosos, que hay uno con poder para librar de la lepra. Que hay uno siempre dispuesto a perdonar tus pecados por grandes que sean, si acudes a Él reconociendo tu debilidad y tu impotencia. Finalmente, dar gloria a Dios como el samaritano, dando a conocer a los demás, que el Señor ha sido bueno contigo y te ha curado, te ha liberado de tu esclavitud y ha perdonado todos tus pecados.

 


 

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«SI TUVIERAIS FE COMO UN GRANITO DE MOSTAZA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Hab 1, 2-3;2, 2-4 * Tim 1, 6-8;13-14 * Lc 17, 5-10

La primera parte del evangelio de hoy nos habla de la fe. Los apóstoles acuden al Señor para decirle: «Auméntanos la fe». La respuesta del Señor Jesús no puede ser más clara: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: Arráncate de raíz y plántate en el mar».

¿Qué conclusión podemos sacar hoy de esta respuesta del Señor? Si las palabras del Señor son ciertas, y desde luego lo son, lo primero que se nos ocurre pensar es que la fe es un don muy escaso. ¿Cuántos de nosotros que somos creyentes y acudimos regularmente a la iglesia, somos capaces por el tamaño de nuestra fe de mover montañas, como Jesús dice en otro lugar, o a hacer como dice hoy que una morera se arranque y se plante en el mar? ¿Quién de nosotros tiene la fe suficiente como para hacer esto? Me atrevo a decir que nadie.

Este pasaje nos da pie a reflexionar sobre lo que nosotros entendemos por fe. Para unos la fe es creer lo que no se ve. Para otros, los que nos aprendimos de memoria el catecismo para tomar la primera comunión, la fe, “era creer en todas las verdades que manda la Santa Madre Iglesia”. Lo que sucede es que esa clase de fe, no salva de nada. Esta fe de la que hablamos es una fe intelectual, una fe que reside en la cabeza, en la inteligencia. Por eso esa fe no ayuda demasiado en los momentos difíciles que tenemos que afrontar todos a lo largo de nuestra vida. ¿Es mala esta clase de fe? Ni mucho menos, es muchísimo mejor que ser ateo y no creer en nada.

La fe a la que alude el Señor en el evangelio, es otra cosa. Es una fe vivencial. Una fe que es capaz de mover la montaña que se le presenta a una joven madre de familia numerosa, cuando se le muere el esposo y se encuentra totalmente sin recursos. Es la fe que da fuerzas para continuar viviendo sin caer en la desesperación, a aquella persona que le diagnostican un cáncer terminal que la llevará a la tumba en escasos meses. La fe de estas personas, no está basada en cosas aprendidas de memoria, sino en tener la certeza de que existe un Dios que es Padre, y que nunca abandonará a su suerte a ninguno de sus hijos.

La fe que salva, es la de tener la experiencia en la vida del encuentro con el Señor Resucitado. Cristo no solo está en el cielo. Cristo está, como Él lo dijo, continuamente entre nosotros, camina junto a nosotros. Conoce nuestros sufrimientos y nuestros desánimos. Haber experimentado su presencia y su poder en los momentos difíciles de la vida, cuando la ayuda de los demás es inútil, es lo que nos da fuerzas para continuar viviendo esta vida sin perder la esperanza. A esa fe se refiere el Señor en el evangelio. Esa es la fe que mueve montañas y que es capaz de plantar una morera en el mar.

Cabe señalar, finalmente, que esa fe es un regalo gratuito del Señor. Es un don que Él está dispuesto a darnos si con humildad se lo pedimos. No tengamos miedo en reconocer que no tenemos fe. Si es así, si lo reconocemos, ya habremos dado el primer paso para pedir al Señor que nos la conceda.

La segunda parte del evangelio nos hace presente la misión a la que como discípulos nos llama el Señor. Somos los trabajadores de su campo, que es la familia, la sociedad, el mundo. Él nos ha regalado los medios, las herramientas. Nos ha dado la vida, la inteligencia, la salud, los bienes materiales, etc. Nada de lo que tenemos nos pertenece. Todo es suyo. Por eso nada podemos exigir al terminar nuestra tarea. Una tarea que no hubiéramos podido completar sin su ayuda. Entonces, si de nada podemos presumir, hagamos nuestra la última frase del evangelio: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

 

 

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida y Lázaro a su vez males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras qu tú padeces»


CITAS BÍBLICAS: Am 6, 1a.4-7 * 1Tim 6, 11-16 * Lc 16, 19-31

Estamos viviendo en una época en la que, incluso dentro de la Iglesia, se quita importancia a la obra del maligno y se pone en tela de juicio la existencia del infierno. Esto que afirmamos no se refiere exclusivamente a los fieles en general, sino que miembros de la jerarquía mantienen esta postura en la predicación o en sus escritos. Ocurre que cuando quieren destacar la gran misericordia de Dios, las figuras del demonio y del infierno quedan desdibujadas y pasan a un segundo plano.

Lo expuesto anteriormente da la razón a lo que afirman los entendidos en esta materia, como el padre Amorth, que seguramente ha sido el exorcista de más relieve de la historia, y que acaba de fallecer a los 91 años. Afirman, que la mayor victoria del demonio en esta generación, es haber conseguido que la gente no crea en su existencia. Cuando se ignora un peligro, es cuando menos prevenido se está para esquivarlo. Dicho de otro modo, ¿para qué vamos a defendernos del maligno si afirmamos que no existe?

Fruto de negar la existencia del demonio, es no creer, así mismo, en la existencia del infierno. Sin embargo, que el infierno sea una realidad es una de las pruebas más grandes del amor de Dios. Lo hemos afirmado muchas veces, Dios a ti y a mí, nos hizo totalmente libres, es por lo que en su inmenso amor por nosotros, respeta hasta el extremo nuestra libertad. Sin duda, su corazón se apena profundamente cuando, usando mal de esa libertad, rechazamos la salvación que gratuitamente nos ofrece, pero Él nunca se atreverá a violentarnos. Nos ama y nos quiere libres hasta el extremo de consentir que vivamos por toda la eternidad separados de Él. Y vivir así, separados de Dios, es vivir en el infierno.

En la parábola que hoy nos ofrece san Lucas, es el mismo Señor Jesús el que nos habla de esa horrorosa existencia que sufren aquellos que separados de Dios, permanecen por toda la eternidad en el infierno. No somos nosotros los que afirmamos que el infierno existe, son las mismas palabras del Señor las que lo ponen en evidencia. El infierno, queramos o no, existe. Lo que sí podemos afirmar es que no se trata de un lugar determinado, sino que se trata de un estado, como afirmó Benedicto XVI refiriéndose al purgatorio. Los condenados sufren lo indecible al verse privados de la contemplación de Dios. Ellos, que fueron creados precisamente para disfrutar por toda la eternidad de la visión de Dios, comprueban en cada momento que eso nunca llegará a ser una realidad.

Con todo lo expuesto no pretendemos de ninguna manera amedrentar a nadie. No actuamos como en otros tiempos, cuando en los Ejercicios Espirituales o las charlas cuaresmales, se atemorizaba a las gentes hablándoles del infierno. No queremos llegar a esos extremos, pero también es cierto que la realidad del infierno está ahí, y seríamos necios si viviéramos nuestra vida ignorando su existencia.

Si grandes son los sufrimientos de los condenados, más grande es la misericordia divina que no permitirá nuestra perdición si nosotros queremos evitarla. Dios te hizo para una vida feliz y lo único que quiere es que tú aceptes libremente el regalo que te ofrece, y desees de corazón salvarte. La clave para conseguirlo nos la ofrece también el evangelio. Si has experimentado lo bueno que es el Señor contigo, si has experimentado su amor, no hagas como el rico de la parábola, comparte ese amor, comparte tus bienes con los demás, para que también a ellos les alcance la felicidad que tú sientes.

 

DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO -C

DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO -C

«GANAOS AMIGOS CON EL DINERO INJUSTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 8, 4-7 * 1Tim 2, 1-8 * Lc 16, 1-13 

El evangelio de este domingo puede suscitar en nosotros algunos interrogantes. ¿Cómo es posible que el Señor nos ponga como ejemplo y alabe a un hombre que usa y abusa de  los bienes de su amo en beneficio propio?

Fijémonos en los que nos dice la parábola. El Señor Jesús nos habla de un administrador que en vez de trabajar para que los bienes que le han sido confiados, produzcan muchas ganancias para su amo, los derrocha y se aprovecha de ellos en beneficio propio, como si le pertenecieran.

Como es lógico, cuando el señor descubre lo que está haciendo ese mal administrador, le pide cuentas de la administración y piensa despedirlo.

El empleado, que hasta ahora ha vivido como un rey, se da cuenta de lo que se le echa encima. Se ha acostumbrado a la buena vida y cavila qué medidas tomar, para seguir viviendo de la mejor manera sin verse forzado a trabajar la tierra, o a tener que rebajarse y pedir limosna.

Él piensa: “si beneficio a los deudores de mi amo rebajándoles la deuda que mantienen con él, de seguro que no me dejarán pasar necesidad y me ayudarán”. Dicho y hecho, va llamando uno a uno a los que tienen deudas con su señor, y les facilita recibos que justifican haber pagado una parte importante de su deuda.

El Señor Jesús dice que el amo felicita al administrador injusto porque ha sabido obrar con astucia, y añade: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Por eso os digo: Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».

Quizá a alguno le resulte un poco difícil ver su vida reflejada en esta parábola. Por eso, para ayudarles, les vamos a hacer una pregunta: ¿De dónde proceden las riquezas que hoy estas disfrutando? Es fácil que muchos respondáis: Todo lo que tengo lo he ganado con mi inteligencia, con mi tesón y con mi trabajo. A simple vista parece una repuesta correcta, pero no es del todo cierta. Piensa a cuánta gente conoces  que ha trabajado mucho más, con mayor dedicación y con mayor esfuerzo que tú, y no ha conseguido salir de la pobreza. Todo aquello que han iniciado, trabajos, empresas, negocios, todo les ha salido mal. No me digas que han tenido mala suerte. La suerte no existe, lo que verdaderamente existe es la providencia de Dios.

Quiere decir esto, que todo lo que tienes, empezando por tu inteligencia, tu fuerza de voluntad, tu capacidad de trabajo, tu vista para acertar en los negocios y también tus bienes materiales, son algo que has recibido y que no puedes apropiarte porque no te pertenece.

Ese es el dinero injusto al que se refiere el Señor. Usa de ese dinero, de esas riquezas, como hizo el administrador injusto. Hizo el bien a los deudores de su amo con bienes que no le pertenecían. Haz tú lo mismo. Aprovecha los bienes que has recibido del Señor sin merecerlos, para ayudar a los que padecen necesidad. No seas egoísta. No te apropies, no te quedes solo para ti esos bienes de los que disfrutas. Yo te aseguro que si compartes tu pan con el que no lo tiene, el que tú comas, te parecerá mucho más sabroso.

Finalmente, no olvides las palabras del Señor con las que termina el evangelio: «Ningún siervo puede servir a dos amos: porque o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero».