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DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21           

En el evangelio de hoy vemos que Jesús al tener conocimiento de que Herodes ha ordenado decapitar a Juan el Bautista, quizá, afectado por la noticia, se embarca buscando un lugar tranquilo y apartado donde descansar. La gente al saberlo le sigue por tierra, de manera que, al desembarcar, el Señor se encuentra con un gran gentío que le espera.

La reacción del Señor al ver a la gente es, con toda seguridad, muy distinta a la que hubiéramos tenido nosotros. Es fácil que nosotros hubiéramos sentido fastidio al comprobar que ni siquiera podíamos disponer de unos momentos de descanso. Jesús, por el contrario, nos dice san Mateo, «al ver el gentío le dio lástima y curó a los enfermos». Comprendía la necesidad que tenían de escuchar su palabra y el cansancio que sentían por la caminata que habían llevado a cabo. Esa es la mirada del Señor cuando se fija en ti y en mí, cansados del camino y heridos por el pecado. Nunca tiene una mirada de reproche, al contrario, conoce nuestra situación. Sabe que los problemas de la vida a veces nos agobian, y está dispuesto a echarnos una mano. Nos mira con cariño.

Con todo esto se ha hecho tarde. El día va de caída y el lugar en donde están está apartado y lejos de las aldeas. Los discípulos, preocupados, dicen al Señor: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer». La respuesta del Señor les deja un tanto atónitos: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». «Sólo tenemos cinco panes y dos peces», responden. El Señor les dice: «Traédmelos».

El Señor Jesús hace que la gente se recueste sobre la hierba. Coge los cinco panes y los dos peces, pronuncia la bendición, los parte y los entrega sus discípulos para que los repartan entre la gente. Comieron todos hasta saciarse, dice el evangelio, y con los trozos sobrantes llenaron doce cestos. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

La situación que san Mateo nos narra en este evangelio, se repite hoy entre nosotros casi al pie de la letra. Si nos fijamos en la sociedad actual, en aquellos que nos rodean, comprobaremos que todos se afanan en buscar una vida mejor, en buscar una felicidad que no llega. Es hambre de ser felices lo que la gente siente, aunque, ni el dinero, ni la amistad, ni los afectos, el trabajo o la familia, consiguen llenar el corazón. Desconocen que lo único que puede saciarles, lo único que puede hacerles felices dándoles paz en el corazón, es el amor de Dios. Un amor distinto a todos. Un amor que no conoce exigencias. Un amor que perdona sin límite. Un amor dispuesto siempre a dar, aunque no reciba nada.

Tú y yo, discípulos de Jesucristo, elegidos por Él como colaboradores suyos, hemos de mirar con cariño a todos los que, por vivir alejados de Él, no encuentran sentido a su vida, no encuentran nada que sacie de verdad su corazón. El Señor nos llama a hacer llegar a todos el conocimiento de su amor. Estamos llamados, como los discípulos de entonces, a darles la noticia de que existe un pan que sacia, un pan capaz de llenar los deseos de felicidad que todos sienten. Es necesario que lo que nosotros, por gracia de Dios, hemos experimentado en mayor o menor grado, lo hagamos llegar a los demás.

Hoy, como entonces, el Señor Jesús te dice a ti y me dice a mí: «Dadles vosotros de comer».    


DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO...

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 3,5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

Hoy el Señor Jesús en el evangelio nos habla del Reino a través de otras tres parábolas. En la primera de ellas compara el Reino de los Cielos a un tesoro escondido en un campo. Nos dice que aquel que lo encuentra, consciente del valor que tiene, no duda en vender todo lo que posee con tal de poder adquirir aquel campo.

Sería estupendo que nosotros fuéramos capaces de identificarnos con la persona que encuentra el tesoro. Veamos ¿por qué? ¿Somos conscientes del inmenso regalo que nos ha hecho el Señor a través de la Iglesia dándonos a conocer el amor que Dios nos tiene? ¿Hay una felicidad más grande que experimentar que el Señor nos ama gratuitamente sin exigirnos nada a cambio, y sin tener en cuenta nuestros pecados? Ese es un gran tesoro que la mayoría de la gente desconoce.

Fijémonos cómo viven muchos de nuestros vecinos o familiares. Andan preocupados en extremo por el dinero, el trabajo, los afectos, la salud, etc. Se afanan por conseguir la felicidad en su vida, pero comprueban una y otra vez que es imposible lograrla. Buscan entonces llenar su vacío interior con la diversión, los deportes, las drogas, etc., Es una manera de alienarse, de emborracharse, para no afrontar la realidad. Algunos, incluso, llegan a caer en depresión. Esto demuestra que no está lograr la felicidad en este mundo al alcance del hombre.

A nosotros el Señor Jesús, a través de su Iglesia, nos ha mostrado ese tesoro. Para alcanzarlo, sin embargo, es necesario renunciar a todos los bienes materiales. Así nos lo dijo el Señor: «No se puede servir a Dios y al dinero». San Pablo lo entendió muy bien, por eso nos dice en su carta a los Filipenses: «lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo». Vemos, pues, que no tuvo inconveniente en hacer lo hizo el protagonista de la parábola, renunciar a todo con tal de conseguir el tesoro.

La parábola de mercader y la perla fina, sigue la misma línea que la del tesoro escondido. Quizá nosotros, como el mercader, nos hemos afanado en la vida buscando algo que llenara por completo nuestro corazón sin conseguirlo. En vano me he cansado, dice el salmo. En vano me he esforzado sin lograr satisfacer mi deseo de felicidad. El peso de la vida, el peso de la historia, de los acontecimientos que nos ha tocado vivir, nos ha producido cansancio y agobio. Podemos, por eso, identificarnos con aquellos a los que el Señor se dirigía hace unas semanas diciéndoles: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré».

El Señor nos muestra la perla fina, que no es otra que su amor y su misericordia. Nos invita a seguirle. Él es el único que puede dar sentido a nuestra existencia. Sin embargo, hay algo que ralentiza nuestra marcha. El mercader de perlas lo tuvo claro y no dudó en vender el resto de perlas de menor valor, para poder adquirir aquella perla preciosa. También nosotros, si somos conscientes de lo que el Señor nos ofrece, una vida totalmente nueva, no tendremos inconveniente en deshacernos de aquellos tesoros falsos que hemos ido acumulando. Riquezas, afectos, intereses, todo, como san Pablo, lo consideraremos basura.

Podemos considerarnos afortunados porque el Señor nos ha hecho partícipes de los secretos de su corazón. Nos ha mostrado cuál es el camino de la vida y cómo alcanzarla, pero es necesario que por nuestra parte no defendamos las baratijas que hemos ido almacenando, sino que, como los dos personajes de las parábolas, nos desprendamos de todo aquello que nos impide alcanzar la verdadera felicidad.

No seamos necios y no continuemos pidiendo la vida a los ídolos del mundo. El dinero, los afectos, el sexo, etc., son ídolos mudos que nos exigen cada vez más, y que nos atan impidiéndonos ser verdaderamente libres.   


DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A...»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12, 13. 16-19 * Rm 8, 26-27 * Mt 13, 24-43

El Señor Jesús continúa hoy hablando a sus discípulos en parábolas. Serán tres las que hoy propondrá a los que le escuchan. Las tres tienen un denominador común: en las tres se hace referencia al Reino de los Cielos, por eso se conocen estas parábolas como Parábolas del Reino.

La primera parábola nos habla del trigo y de la cizaña. Ha sido siempre una parábola muy actual, porque el maligno, que es el enemigo que siembra la mala semilla, ha procurado siempre, haciendo labor de zapa, sembrar la discordia en el seno de la Iglesia.

A través de la historia todas la órdenes religiosas y movimientos que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia, han sufrido persecución en sus inicios. Ha sido la obra del maligno que ha sembrado mala semilla intentando destruir y contrarrestar la obra del Espíritu.

Un caso muy evidente que ha sucedido en nuestro tiempo, lo tenemos en los años posteriores al Concilio. Como consecuencia de la inquietud y del deseo de renovación que trajo el Concilio a la Iglesia, fueron muchos los movimientos que surgieron intentando llevar a la práctica las enseñanzas del mismo. Unos eran fruto del Espíritu Santo y otros, en cambio, se movían en terreno poco ortodoxo. Ante esta situación se pidió al Papa Pablo VI que desautorizara a estos movimientos. La respuesta del papa fue la misma que la del amo de la parábola: «No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega».

La sabiduría del Papa es la que tenemos que pedir para nosotros. No juzguemos de manera precipitada. No seamos justicieros condenando a los demás, dejemos obrar al Señor que tiene una paciencia infinita. La paciencia del Señor, como dice san Pedro, es nuestra salvación.

Antes de seguir queremos hacer una aclaración. Cada vez que el Señor en los evangelios hace referencia al Reino de los Cielos, no nos está hablando de algo que está lejos de nosotros, nos está hablando de su Iglesia. La Iglesia es el Reino de los Cielos que está entre nosotros, por eso todas estas parábolas encuentran pleno cumplimiento en ella.

Otra parábola del Señor, hoy, es la del grano de mostaza. De la misma manera que la semilla de la mostaza es diminuta, también en el inicio, la Iglesia fundada por Jesucristo, fue en extremo modesta. Unos pescadores, un publicano cobrador de impuestos, gente humilde y sin estudios, fueron los elegidos por el Señor como cimiento de un edificio que llegaría a abarcar la tierra entera. Queda demostrado que el Señor elige a lo pequeño y a lo humilde, para confundir al soberbio y engreído. Obra así, para dejar claro que la obra es suya, que es Él el que la ha iniciado y la está llevando adelante.

 La tercera parábola de hoy tiene relación directa con nuestra misión en la Iglesia. Todos sabemos que para elaborar un buen pan es necesario partir de una pequeña cantidad de levadura, de una pequeña cantidad de masa madre. Esa poca cantidad de fermento mezclada con una gran cantidad de harina, tiene la virtud de hacer fermentar a toda la masa. Tú y yo, que somos pequeños e insignificantes, estamos llamados por el Señor a hacer fermentar a todos aquellos que se relacionan con nosotros. No por nuestros méritos, que no los tenemos, sino por la fuerza del Espíritu Santo que habita en nosotros. Hemos sido elegidos, por tanto, por el Señor, como colaboradores suyos, para que la Buena Noticia de la salvación alcance a todos los hombres.


DOMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

 

El Señor Jesús propone hoy a los que le siguen una parábola. Se trata de la parábola del Sembrador. Utiliza esta figura porque aquellos que le escuchan conocen muy bien el trabajo del campo.

Dice que al sembrar la semilla una parte cae al borde del camino, otra entre piedras, otra entre zarzas y espinos, y otra, por fin, en tierra fértil. Sucede así, porque el método de siembra que utiliza el sembrador es el de al voleo, muy diferente al que emplean hoy nuestros labradores.

Continúa diciendo que la semilla que cae en el camino solo sirve como alimento de las aves. La que cae en el pedregal germina con rapidez, pero al darle el sol se agosta porque no tiene tierra ni humedad para crecer. La que cae entre espinos germina y crece, pero acaba muriendo porque el zarzal la ahoga. Finalmente, aquella que cae en tierra fértil crece y da a su tiempo fruto abundante.

En contra de lo que solía ser su costumbre, el Señor, en esta ocasión no explica a sus oyentes el significado de la parábola. Por eso, al llegar a casa, sus discípulos le piden con interés que les aclare lo que significa. Él accede y les dice: La semilla que arroja el sembrador es la Palabra del Reino. Aquella que cae al borde del camino representa a los que al escucharla no la entienden. La que cae en terreno pedregoso es la que es aceptada con alegría, pero al no tener raíces sucumbe ante las dificultades o la persecución. La que crece entre espinos representa a aquellos que aceptan la Palabra, pero los problemas de la vida y el afán de las riquezas, acaban ahogándola. Por fin, la de tierra fértil son aquellos que escuchan la Palabra, la entienden y la ponen en práctica.

Hoy, esta parábola ha resonado para todos nosotros, y como Palabra de Dios que es, ha de encontrar cumplimiento. Viene en nuestra ayuda para situarnos y a la vez aclararnos cuál es nuestra postura al escucharla.

En nuestro caso el que arroja la semilla, el que siembra, es el ministro de la Iglesia que, a través de su predicación, especialmente en la homilía, actualiza para nosotros la Palabra de Dios y la aterriza en la asamblea. Sucede, como en la parábola, que no todos aceptan de igual modo la predicación. A unos, porque no escuchan, les pasa por alto y no la entienden. En otros, la Palabra resuena en su interior, se alegran al escucharla, pero al volver a las actividades diarias, por respeto humano, por el qué dirán, pronto la dejan aparcada. Un tercer grupo entiende la Palabra viendo que en ella está la verdad, pero vive inmerso en la barahúnda del mundo preocupado por sus riquezas, de manera que esas preocupaciones impiden a la Palabra dar el fruto adecuado. Finalmente, está el grupo que recibe la Palabra como una buena noticia, la acepta, y como fruto, la Palabra va transformando poco a poco su vida.

Para el creyente, para ti y para mí, no es indiferente encontrase en uno u otro grupo. Hemos de tener en cuenta que cada día necesitamos acrecentar nuestra fe. En la vida se nos presentan problemas graves, enfermedades, dificultades serias en la familia o en el trabajo. Situaciones que somos incapaces de resolver y en las que de poco sirve la ayuda de los demás, y que, por tanto, hemos de afrontar solos. En estos casos, solo la fe puede ayudarnos. Pero no nos confundamos. La fe no crece como fruto de la oración o de la práctica de los sacramentos. La fe solo crece como fruto de la escucha de la Palabra y también de la predicación. ¿Quieres que tu fe crezca? Ponte seriamente a la escucha de la Palabra y pide al Señor que te ayude a llevarla a la práctica.

Tener conocimiento de todo esto nos ha de llevar al agradecimiento. No todo el mundo lo conoce. Son los secretos de los que hablaba el Señor la semana pasada y que quedan confirmados por lo que nos dice hoy: «Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».

Gracias, pues, Señor, porque sin merecerlo no tienes en tu Iglesia, y no haces partícipes de los secretos que llevan a la verdadera vida.   

 

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«VENID A MÍ TODOS LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS Y YO OS ALIVIARÉ»

CITAS BÍBLICAS: Za 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

Con frecuencia hemos afirmado que el Padre se complace en los pequeños, en los humildes, porque son los que, convencidos de su pobreza, sienten la necesidad de pedirle ayuda, ya que reconocen que son incapaces de llevar a cabo lo que a Él le agrada.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús se dirige al Padre para darle gracias, precisamente, por esta predilección que siente hacia los pequeños, y le dice: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Podemos preguntarnos ¿quién es esa gente sencilla de la que habla el Señor? De entre todos aquellos que conviven con nosotros los más sencillos son los niños. Veamos por qué: los niños pequeños aceptan sin dudar ni discutir todo aquello que les dice su padre. Lo creen a pies juntillas y son capaces de responder de manera violenta, a los que ponen en duda la veracidad de lo que afirma el padre. Para ellos es una razón de peso decir: eso es así, porque lo ha dicho mi padre.

Desde luego no es a estos pequeños a los que se refiere el Señor en esta ocasión. Será él, el que nos lo aclare en otro pasaje del evangelio de san Mateo. Allí nos dice: «Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa.» Vemos, por tanto, que los pequeños de los que habla el Señor, son los cristianos, los discípulos, que son aquellos que aceptan la Palabra de Dios con el mismo convencimiento que un niño pequeño, acepta la palabra de su padre.

¿Podemos considerarnos nosotros esa gente sencilla, esos pequeños de los que habla el Señor? Es algo que cada uno en particular debe responder. Yo para ayudarte te digo, ¿intentas buscar explicaciones a la Palabra? ¿Eres de los inteligentes que todo lo pasan por la razón, o dejas que caiga sobre ti como lluvia fina que te empape sin cuestionar para nada lo que dice?

Siguiendo con el evangelio nos preguntamos, ¿qué cosas ha escondido el Padre a los sabios y entendidos y las ha revelado a la gente sencilla? Podemos decir que fundamentalmente dos. La más importante es la que explica la frase del Señor en el evangelio de la semana pasada: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». Si razonamos esta frase, lo primero que se nos ocurre pensar es: Si la cruz es signo de muerte y sufrimiento, si es aquello que escandaliza al mundo y que todos rechazan, ¿cómo afirma el Señor Jesús que la carguemos sobre nuestros hombros para poder seguirle?

Lo que el Padre ha revelado al cristiano es que la cruz, al contrario de lo que piensa el mundo, es signo y camino de salvación. ¿Por qué? Porque el sufrimiento, el tuyo y el mío, es consecuencia de nuestro pecado. Como, según dice san Pablo, todos hemos pecado, todos sin excepción estamos sometidos al sufrimiento y no podemos escapar de él. Pero es, precisamente en el sufrimiento, en aquello que no podemos soportar, en donde se manifiesta el poder del Señor. Él, como a Pedro, nos puede hacer caminar por encima del mar embravecido, de manera que, a diferencia de lo que sucede en el mundo, el sufrimiento no nos mate. Po eso, la salvación, no está en huir del sufrimiento, en huir de la cruz, sino en experimentar en él la fuerza del Señor, que hace que no nos destruya y que no perezcamos en el mar.

Para confirmar todo lo que acabamos de decir, El Señor Jesús continúa diciendo en el evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré… cargad con mi yugo… y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Por tanto, no luches tú sólo a brazo partido con la vida, deja que yo sea tu cirineo.

La única carga que el Señor ha colocado sobre nuestros hombros es la del amor. Su voluntad es que su amor, manifestado en nuestra vida, haga que los demás a través de nosotros le conozcan. Este deseo, sin embargo, no es una exigencia, porque sabe de nuestra incapacidad para amar; por eso, es a través de su Espíritu que nos da la fuerza necesaria para que, olvidándonos de nosotros mismos, amemos a los demás como Él mismo nos ama.

Otra cosa que ha revelado a los sencillos es que le conozcan como Padre amoroso y misericordioso, que no lleva cuenta de nuestros fallos y de nuestras debilidades. No es el Dios exigente que anota en su libro de contabilidad nuestras buenas y malas acciones. Es el Padre del Hijo Pródigo que espera con paciencia nuestro regreso, cuando, por nuestra mala cabeza, nos hemos apartado de Él.



DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«EL QUE NO TOMA SU CRUZ Y ME SIGUE NO ES DIGNO DE MÍ».

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 4, 8-11.14-16a * Rm 6, 3-4. 8-11 * Mt 10, 37-42


Si contemplamos el Antiguo Testamento veremos que, en la Alianza del Sinaí, Dios se muestra a su pueblo como el único. «Yo soy el Señor tu Dios… Soy el único Dios… Por eso amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas… ». Podemos comprobar que Dios no se limita a decir “Amarás al Señor tu Dios, sino que añade, con todo tu corazón con toda tu alma y con todas tus fuerzas. No se conforma con ser amado a medias, sino que pide que ese amor sea total, y no lo hace por egoísmo, ya que nuestro amor o nuestro desamor, ni puede añadirle gloria ni restársela.

Podemos, por tanto, preguntarnos ¿por qué habla así el Señor? El Señor es radical en estas palabras, porque, sin duda, conoce la debilidad de nuestro corazón que se apega con facilidad a la familia, a los amigos, a los afectos, a las cosas del mundo y, en particular, a los bienes materiales y al dinero. Sabe también que nada de todo eso puede garantizarnos la auténtica felicidad. Nos muestra, por tanto, el único camino que conduce a una vida plena, a una vida feliz, que es la que él desea para cada uno de nosotros.

Hoy, en el evangelio, nos encontramos con esa misma forma de hablar. El Señor Jesús nos habla como a sus discípulos, y lo hace también de una manera radical, sin aceptar medias tintas. «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí».

Esta manera de hablar del Señor no es ni una exigencia ni un capricho. Ni la familia, ni los afectos, ni las riquezas pueden hacernos auténticamente felices, y eso lo sabe el Señor. También sabe que nos ha creado para ser felices ya en esta vida, y por supuesto en la vida eterna. Sin embargo, para que esto sea una realidad, se ha de dar una condición: amarle de tal manera que nada se interponga entre nuestro corazón y su amor.

Si interpretamos las palabras del Señor desde una visión meramente humana, nos parecerán excesivas e incluso egoístas. Pero nada más erróneo. Pensamos así, porque somos incapaces de penetrar en la mente del Señor. No nos damos cuenta de que cuando el amor del Dios llena nuestro corazón, es cuando somos capaces de amar a los otros con un amor libre de egoísmos. Si amas a Dios, ¿cómo no vas a ser capaz amar y respetar a los que te dieron la vida? Del mismo modo, si tienes el amor de Dios en tu corazón, ¿cómo no respetarás la vida y la persona de tu prójimo, o cómo le harás daño apropiándote de sus bienes, o cómo serás capaz de juzgarle o de mentirle?

Cuando hacemos daño a los demás en su persona o en sus bienes, por lo general, lo hacemos porque defendemos nuestros intereses, o lo que es lo mismo, porque defendemos nuestra vida. Cuando el amor de Dios no llena nuestro corazón, es cuando tenemos necesidad de defender nuestra vida al precio que sea. Dicho de otro modo: yo el primero, caiga quien caiga. No nos ha de extrañar, por tanto, que el Señor hoy nos diga: «El que encuentre su vida (el que la defienda), la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará».

Hay otra frase en el evangelio que para algunos puede ser difícil de entender. Dice el Señor: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». ¿Cómo es posible que nos diga esto si la cruz es precisamente lo que nos mata y lo que no podemos soportar? Pues mira, esa es ciertamente la sabiduría divina.

La cruz hace presente al sufrimiento, y el sufrimiento va unido siempre a la naturaleza del hombre dañada por el pecado. Si no hubiera habido pecado, tampoco hubiera habido sufrimiento. Si el Señor Jesús, que nunca cometió pecado, sufrió, fue precisamente porque fueron nuestros pecados, que cargó sobre sus hombros, los que le hicieron sufrir. Fue a través de la cruz por donde nos llegó la salvación. Si no hubiera habido muerte en cruz tampoco hubiera habido resurrección. La cruz es por tanto para el cristiano, signo y camino de salvación.

Cargar con la cruz de cada día es cargar con todo aquello que en nuestra vida nos hace sufrir, con todo aquello que nos mata, teniendo la certeza de que existe para nosotros un ayudador, el Señor Jesús, que, como buen Cirineo, carga sobre sus hombros nuestra cruz, para que no nos aplaste. Por tanto, si huyes de tu cruz, nunca experimentarás la presencia del Señor en tu vida, que está siempre dispuesto a ayudarte.


DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«NOTENGÁIS MIEDO A LOS QUE MATAN EL CUERPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rom 15, 12-15 * Mt 10, 23-33

Hemos dicho en repetidas ocasiones que la llamada del Señor a ser sus discípulos, o lo que es lo mismo a ser cristianos, implica dar testimonio de Él a todos aquellos que nos rodean, ya sea en la familia, en el trabajo o en los lugares de ocio o esparcimiento que frecuentamos. Hemos insistido también al afirmar, que la noticia de la salvación que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, era necesario hacerla llegar a todas las personas en todas las generaciones, y que era precisamente a nosotros, que nos llamamos creyentes, a quienes el Señor ha elegido en esta generación para ser sus testigos.

Quiere decir esto, que no has sido llamado a la Iglesia para salvarte, que también, sino para que los demás a través de ti, lleguen a salvarse. Eres un instrumento en manos del Señor para hacer llegar a todos la noticia del perdón de los pecados, del amor incondicional de Dios, y de la salvación que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, con su muerte y resurrección.

Estamos atravesando unos tiempos difíciles para todos aquellos que nos confesamos discípulos de Jesucristo. La sociedad ya no se queda indiferente ante todo lo que hace referencia a la Iglesia o a los cristianos, la indiferencia se ha convertido en menosprecio y rencor. La tan cacareada libertad en la democracia, está siendo negada a los que quieren vivir su fe de acuerdo con lo que la Iglesia enseña. Se intenta poner una mordaza a todos aquellos que ya sea en la familia, en el templo, en la escuela, o en otros medios sociales, manifiestan su deseo de ser fieles a la voluntad de Dios, mostrando una manera de vivir la vida, diferente a lo que preconiza el mundo. Como resultado de esta situación, aparece de una manera más o menos solapada la persecución.

El Señor Jesús todo esto ya lo sabía, por eso nos dice hoy en el evangelio: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno sólo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre… Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre vosotros y los gorriones»

A continuación el Señor nos hace una advertencia que no debemos dejar pasar por alto. Es muy serio lo que nos dice. Él conoce nuestra debilidad. Sabe que con frecuencia rehuimos dar la cara por él, a causa del respeto humano. ¡Cuántas veces nos avergüenza confesar ante los demás que somos discípulos del Señor! Por eso nos dice: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me podré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré delante de mi Padre del cielo».

Es cierto que necesitamos ayuda para dar testimonio del Señor delante de los demás, sin miedo a la persecución o al ridículo; pero también es cierto que el Señor está dispuesto a ayudarnos para cumplir esa misión. La cuestión es: ¿quieres que el Señor te dé fortaleza, la misma que dio a tantísimos mártires, para ser su testigo delante de los demás? Piensa esto y decide. La paga, es la seguridad de que también un día el Señor dará la cara por ti, delante de su Padre del cielo. 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO  -A-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3. 14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

Antes de subir al cielo el Señor Jesús nos hizo una promesa, dijo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Esta promesa ha hallado cumplimiento de dos maneras. En primer lugar sabemos que el Señor está vivo y resucitado en su Iglesia a través de su Espíritu. Sin embargo, existe otra presencia más eminente: el Señor está presente en su Iglesia de una manera real, física, podríamos decir, en la sagrada Eucaristía.

Fue Él, el que en la Última Cena quiso realizar el milagro de que aquel pan que tenía en sus manos, y aquel vino con el que había llenado su copa, se convirtieran para nosotros en su Cuerpo y en su Sangre. Además dio poder a sus discípulos para que a través de todos los siglos repitieran en su Iglesia aquel prodigio.

Podemos preguntarnos, ¿qué pretendía el Señor al hacernos este regalo? ¿Para qué quiso quedarse bajo las especies de pan y vino? Algunos pueden pensar que lo hizo para estar más próximo a nosotros, para que pudiéramos adorarlo, para que pudiéramos estar en su compañía. Aunque esto es, desde luego, una consecuencia de tenerlo entre nosotros, podemos afirmar que no era esa su intención. El Señor Jesús escogió dos alimentos corrientes que no pueden conservarse indefinidamente, sino que están sujetos a la descomposición, porque lo que él deseaba era que aquel pan y aquel vino nos sirvieran a nosotros como comida. Eso es precisamente a lo que invita a sus discípulos al decirles: «Tomad y comed… Tomad y bebed… ».

De nuevo podemos preguntarnos: ¿Qué interés movía al Señor para desear convertirse en nuestro alimento? La respuesta es sencilla. Hemos dicho en repetidas ocasiones que la salvación que el Señor Jesús ha conseguido es universal, es decir alcanza a todos los hombres de cualquier época, pero él llevó a cabo su obra de redención en un momento determinado de la historia. Por eso es necesario que en cada generación, esta salvación se haga presente de nuevo.

Y aquí llega nuestra misión. La misión de aquellos que en cada época han de hacer presente su persona y su obra salvadora. Nosotros estamos llamados a ser en esta generación otros cristos, de manera que podamos afirmar con san Pablo en su carta a los Gálatas: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí». ¿Cómo puede ser eso posible, te preguntarás, si yo soy un pecador y soy débil y me dejo arrastrar por lo que continuamente me ofrece el mundo? Por eso, precisamente, porque eres débil, necesitas alimentarte de este Pan y de este Vino que fortalecerán tu debilidad.

San Agustín nos explica cómo actúa en nosotros este alimento que nos brinda el Señor. Cuando tú y yo comemos cualquier alimento, nuestro aparato digestivo va obteniendo de él, los nutrientes que necesitan las células de nuestro cuerpo. Así, la carne, el pescado, el pan, etc., va transformándose en nuestros músculos y les permiten crecer. No ocurre así con el alimento Eucarístico. Cuando comulgamos el Cuerpo y la Sangre del Señor, no se convierten en alimento de nuestros músculos, sino que tú y yo nos vamos transformando poco a poco en otros cristos, de manera que llegue a ser la Sangre de Cristo la que circule por nuestras venas. La consecuencia de esta transformación es, que llega un momento en que nuestras obras son las obras de Cristo, y a través de ellas alcanza la salvación a los que viven con nosotros.

Hoy celebramos una vez más el inmenso amor con el que nos ama el Señor. Somos invitados a una Mesa en la que no pueden sentarse los ángeles. Es en ti y en mí, en quien se ha desbordado ese amor. Somos unos privilegiados que no merecemos este regalo. Seamos, pues, agradecidos y bendigamos al Señor Jesús que nos llama, nos elige, nos alimenta, y nos fortalece con su Cuerpo y su Sangre, para que podamos amar a los demás, con el mismo amor que nosotros recibimos de Él.