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DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -B-

«MIRAD, VIGILAD PUES NO SABÉIS CUANDO ES EL MOMENTO»


CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16b-17.19b;64, 2b-7 * 1Cor 1,3-9 * Mt 13, 33-37 

Iniciamos hoy con este domingo un nuevo año litúrgico. La Iglesia, a través de él, pondrá ante nosotros toda la historia de salvación. En esa historia quedará reflejada también nuestra historia, nuestra vida.

Si fuéramos conscientes de nuestra situación existencial, haríamos nuestra desde el principio hasta el fin la oración del profeta Isaías que la Iglesia nos ofrece hoy como primera lectura.

Es la situación de un hombre que, reconociendo su pecado, siendo consciente de que sin la ayuda de Dios no hay solución para su vida, desea vivamente la manifestación del Señor. Desea que Dios se haga presente para salvar. El profeta dirá: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!» ¡Ojalá, podemos decir nosotros, te hicieras presente en nuestras vidas que tanto te necesitan!

El profeta tiene la certeza de que se trata de un Dios que salva, por eso dirá: «Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él». Nosotros, podemos preguntarnos ¿Ciertamente, somos conscientes de todo lo que el Señor ha hecho en nuestra vida y sigue haciendo cada día en ella? El profeta, reconociendo sus infidelidades y pecados, sigue diciendo: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado… Aparta nuestras culpas y seremos salvos. …Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros, la arcilla, y tú, el alfarero: somos todos obra de tu mano».

Si nosotros, en vez hacer la vista gorda y restar importancia a nuestra situación de pecado, nos diéramos cuenta de que no tenemos solución, de que no somos merecedores de que el Señor nos mire con ojos de misericordia, desearíamos con ansia, como el profeta, que rasgase el cielo y bajase, derritiendo con su presencia los montes de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, de nuestra lujuria, etc.

Ésta es la actitud que el Adviento quiere provocar en nosotros. No quiere que nos escandalicemos de nuestros pecados y miserias, pero sí quiere que seamos conscientes de ellas, que las reconozcamos, porque reconocerlas es el primer paso para desear con ansia la venida del Señor a nuestras vidas, para salvarnos.

Todos sabemos que esta vida presente de la que ahora disfrutamos, no va a durar indefinidamente. Somos seres mortales y todos hemos de pasar necesariamente por el trance de la muerte. Aunque no nos demos cuenta nuestra vida terrena es un tiempo de gracia. Son días, meses o años que el Señor nos regala antes de encontrarnos definitivamente con Él. Salimos de Él y hacia Él caminamos. Sin embargo, las más de las veces vivimos nuestra vida ajenos a esta realidad. Muchos hemos plantado nuestra tienda en este mundo, y lo consideramos como nuestro destino definitivo.

En el inicio del evangelio de hoy, el Señor Jesús quiere sacarnos de nuestra alienación y nos dice: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Si tú y yo estuviéramos convencidos de que aquí estamos de paso y de que nos espera una vida eterna, plena y feliz, sin duda, anhelaríamos el rescate de nuestro cuerpo, como dice san Pablo en su carta a los Romanos. Consideraríamos esta vida como un exilio lejos del Señor.

Sin embargo, la realidad es otra. Vivimos apoltronados en este mundo sin desear para nada la otra vida, aunque nos aseguren que aquella es mejor. De ahí, que el Adviento nos invita a estar alerta, a estar vigilantes, a vivir este regalo del Señor que es la vida presente, sin perder de vista que somos ciudadanos del cielo.    

 

 

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO- CRISTO REY -A-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO- CRISTO REY -A-

«TODO SE HIZO POR ÉL Y PARA ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 34, 11-12.15-17 * 1Cor 15, 20-26.28 * Mt 25, 31-46

Estamos celebrando el último domingo del año litúrgico. Hemos dicho en repetidas ocasiones que a través del año litúrgico la Iglesia pone a la consideración de los fieles toda la historia de salvación. Y esa historia de salvación tiene como colofón final celebrar la figura de Jesucristo Rey del Universo. Como dice la carta a los Colosenses «Todo se hizo por Él y para Él». Por eso es lógico que, al terminar el año litúrgico, paradigma de lo que es la historia desde el principio de la creación hasta el final de los tiempos, se cumpla lo que el apóstol Pablo nos dice hoy en la primera carta a los Corintios: «Cristo tiene que reinar, hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies».

En la misma carta hemos escuchado: «El último enemigo aniquilado será la muerte». Cristo tomó nuestra naturaleza humana y vino al mundo precisamente en función de la muerte. Tu pecado y el mío y el de toda la humanidad, fue la llave que abrió la puerta para que entrara la muerte en el mundo. La muerte es algo que no proviene de Dios, ya que de la Vida es imposible sacar a la muerte. Dios no ha creado la muerte ni se complace en la muerte del pecador. Hemos sido tú y yo los que pecando hemos dado la espalda a la Vida que es Dios. Y dar la espalda a la vida es entrar en la muerte.

El Señor Jesús vino, por tanto, a restaurar aquello que tú y yo habíamos perdido por el pecado. Unió en sí mismo las dos naturalezas, humana y divina. Por la primera pudo saborear lo que era el morir, y por la segunda pudo vencer a la muerte con su resurrección. Es, por tanto, Señor, es Rey de la vida y de la muerte. Eso significa que nosotros que estamos sometidos a la esclavitud de la muerte, unidos a Él podemos vencerla y recuperar la vida.

A Cristo, sentado a la derecha de Dios, se la ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Así lo afirma Él al final del evangelio a punto de ascender a los cielos. Esto, para nosotros, que somos sus discípulos, es algo extraordinario. ¿Por qué? Te preguntarás. Sencillamente, porque ese poder le ha sido dado en función tuya y mía. Él ha vencido a la muerte, pero nosotros no. Nuestra carne de pecado, el hombre viejo que llevamos todos dentro, está inclinado continuamente al mal. Él es el que provoca en ti la soberbia, la vanidad, la lujuria, la mentira, la ambición desmedida, etc. Él se alimenta con toda esta porquería y tú y yo nos encontramos impotentes ante sus exigencias. Precisamente por esto, el Padre ha puesto a su Hijo Jesucristo como Señor, como Rey, de todo los que nos oprime y nos esclaviza.

Cristo es en tu vida Señor de ese genio endiablado que no puedes dominar. Es Señor de ese odio que te ciega, que no te deja vivir y que te hace incapaz de perdonar al que te ha hecho daño. Es Señor de ese sexo desbocado que nunca se siente satisfecho y que cada vez te exige más. Es Señor de ese egoísmo que te impulsa a ascender, aunque sea pisoteando a los demás. Es Señor también de tu falta de salud, de tu enfermedad, de tus problemas familiares y de trabajo. Es Señor de ese vicio oculto que te avergüenza y que solo tú conoces… Es, en fin, Señor de todo lo que te oprime, te domina y te hace infeliz. Lo que para ti es imposible, se vuelve posible cuando estás unido a Él. Él está puesto por el Padre como tu ayudador. Él está esperando que lo invoques, que le grites, que le digas: “Señor ayúdame porque me pierdo. Sin ti nada puedo hacer”. No olvides que dice la Escritura: «Todo el que invoque el Nombre del Señor, no quedará confundido» «Todo el que invoque el Nombre del Señor, se salvará».

¿Qué quieres más? La solución a tus problemas está al alcance de tu mano. Prueba a invocar el nombre del Señor (aquí nombre significa “poder”). Haz tuya aquella frase que se usaba en Cursillos de Cristiandad: “Cristo y yo, mayoría absoluta”. Con el Señor Jesús a tu lado, no tienes nada que temer. Haz la prueba.


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AL QUE TIENE SE LE DARÁ Y LE SOBRARÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 31, 10-13.19-20.30-31 * 1Tes 5, 1-6 * Mt 25, 14-30 

Como decíamos la semana pasada, estamos terminando el presente año litúrgico que culminará el próximo domingo con la solemnidad de Cristo Rey del Universo. La liturgia insiste en llamar nuestra atención para que nos mantengamos alerta ante la venida del Señor. Con toda seguridad, Él vendrá, pero ignoramos por completo cuándo llegará ese día.

En el evangelio de hoy nos encontramos nuevamente con una parábola del Señor. En esta ocasión se trata de un hombre rico que está preparando un largo viaje. Quiere, antes de iniciarlo, dejar atendidos sus negocios. Para ello llama a tres de sus sirvientes a fin que se hagan cargo de sus bienes y los hagan producir. Le entrega al primero cinco talentos de plata, al segundo dos y finalmente al tercero uno.

Los dos primeros empiezan de inmediato a negociar con el dinero recibido, mientras que el tercero, por miedo, entierra en el campo el dinero de su señor. Cuando al cabo de mucho tiempo regresa el señor de estos sirvientes, los dos primeros le dan a conocer que cada uno de ellos ha duplicado el dinero recibido, por lo que el señor alaba su gestión dándoles un cargo importante y haciéndoles sentar en su banquete.

No ocurre lo mismo con el tercer sirviente que solo devuelve el dinero recibido en un principio, escudándose en el carácter exigente del señor. Éste, enojado le dice: «Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez».

Esta parábola, al final del año litúrgico nos hace presente nuestra propia vida. Nosotros encarnamos la figura de los tres sirvientes. Me atrevería a decir que va dirigida especialmente a los que vivimos nuestra vida de fe en la Iglesia y nos consideramos, por tanto, discípulos de Jesucristo. Él nos ha dado abundantes gracias en orden a la misión que ponía en nuestras manos. Recordemos cuál es esa misión y para qué nos ha llamado a su Iglesia.

Podemos pensar que estamos en la Iglesia para salvarnos, pero eso no es cierto. No es condición indispensable para alcanzar la salvación, vivir dentro de la Iglesia. De ser así, serían muchos más los que se condenarían que los que lograrían salvarse. Nosotros estamos en la Iglesia para una misión. Para ser la luz que alumbre las tinieblas de los hombres que viven lejos de Dios. Así mismo, estamos llamados a ser la sal que dé sentido a la vida de los que no conocen a Dios ni a su Hijo Jesucristo. Finalmente, el Señor nos ha elegido para que seamos la levadura que haga fermentar la masa de una sociedad que vive a espaldas de Dios.

Para llevar a cabo esta misión, hemos recibido dones, gracias, que el Señor no ha dado a los demás. Y aquí viene el paralelismo de nuestra vida con la parábola de hoy. Los dones que tú y yo hemos recibido, son unos dones que no tienen como finalidad nuestro propio disfrute. Son dones que hemos recibido para hacerlos producir en beneficio de los alejados, de aquellos que, o no conocen a Dios, o lo han apartado de su vida. Tú y yo, discípulos de Cristo, tenemos la misión gastar nuestras vidas anunciando a los demás el amor, la misericordia y el perdón de un Padre que no rechaza a nadie de los que ha creado. Él, cuando creó a cada hombre lo hizo para que viviera eternamente feliz, pero, como lo hizo libre, el hombre pudo volverle la espalda y apartarse de Él.

Tú y yo estamos llamados, con los dones que Él nos ha dado, a ser testigos de ese amor. Nuestro testimonio podemos darlo de palabra, pero sobre todo con nuestra vida. Si los demás ven que tú y yo, que valemos muy poco, somos capaces de amar y perdonar a los que nos hacen daño, eso, hará que descubran en nosotros la obra de Dios.  


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«QUE LLEGA EL ESPOSO, SALID A RECIBIRLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 6, 12-16 *1Tes 4, 13-18 * Mt 25, 1-13

Una vez más el Señor Jesús en su predicación sobre el Reino de los Cielos, recurre a una parábola. En esta ocasión, como en otras tantas, nos habla de unas bodas. Antes de continuar será conveniente que recordemos cómo se celebraban las bodas en el pueblo de Israel.

La relación entre un chico y una chica empezaba después de un acuerdo previo entre las dos familias. Cuando llegaba el día de la boda, las dos familias se reunían en la casa del novio ultimando los tratos sobre la dote que correspondía a ambos contrayentes. Cada familia exponía a la otra, los bienes, casas, tierras o dinero, que aportaba para el nuevo matrimonio. Si se trataba de dos familias ricas, los tratos, como era de esperar, se alargaban mucho. Si los bienes a repartir eran pocos, el tiempo de los tratos se acortaba considerablemente.

Al terminar, el novio, acompañado por sus amigos, marchaba a la casa de la novia. Allí lo esperaban ella y las doncellas, sus amigas, que habían sido invitadas a la fiesta. Todos juntos entre cantos y danzas partían hacia el que iba a ser el nuevo hogar de los esposos. La comitiva era muy vistosa, alumbrando la noche con antorchas, más que lámparas, que portaban las amigas de la novia. Llegados a la casa daba comienzo el banquete que duraba siete días, y en el que corría el vino en abundancia.

En la parábola que nos narra el Señor, los tratos se alargaron hasta altas horas de la noche porque, sin duda, se trataba de dos familias ricas. Éste fue el motivo de que, al tardar tanto el esposo, todas las doncellas se durmieran. A media noche, se oyó gritar una voz: «¡Qué llega el esposo, salid a recibirlo!». Las doncellas se apresuraron a preparar sus lámparas. Unas habían pensado que los tratos se podían alargar, y venían provistas de aceite. Las otras, sin embargo, no pudieron arreglar sus lámparas y tuvieron que salir a comprar el aceite necesario. La comitiva se puso en marcha y al llegar entró en la casa, cerrando después las puertas. Las doncellas que no fueron previsoras, no pudieron entrar y, por tanto, participar en la boda.

¿Qué enseñanza pretende darnos el Señor con esta parábola? En esta parábola queda reflejada nuestra vida. La Iglesia nos la propone cuando estamos llegando al final del Año Litúrgico, que hace presente toda la historia de salvación. Nosotros también estamos invitados a unas bodas. Son las que el Señor nos prepara en el cielo. Nuestra salvación depende de que nos mantengamos alerta para recibir al Señor. Al hablar de salvación, no sólo nos referimos a la del último día. Nos referimos a todas las veces que el Señor Jesús se hace presente en nuestra vida para salvar. Son muchas más de las que nosotros somos conscientes. A través de un pobre que nos alarga la mano. A través del sufrimiento de un amigo o conocido que ha sufrido un revés o que se encuentra enfermo, etc. También se hace presente en los acontecimientos alegres, no sólo en los tristes.

Permite que te pregunte, ¿has tenido en estas ocasiones los ojos abiertos para poder decir, aquí está el Señor, o, te has dormido, como las doncellas, distraído en tus cosas y en tus negocios? El Señor pasa, ciertamente, pero lo hace como un tren por la estación. Se detiene un momento, para que podamos abordarlo y luego de nuevo sigue su marcha. Por eso es necesario mantenernos alerta.

El aceite de las lámparas es figura del Espíritu Santo. Él, dentro de nosotros, nos ayuda a estar expectantes. No ayuda también a hacer obras de salvación, las buenas obras que el Señor desea de nosotros y que nosotros no podemos hacer sin su ayuda.

Finalmente, la presencia de este aceite, de este Espíritu Santo, nos hace mirar sin temor nuestros defectos, fallos y pecados, sin que nos escandalicemos de nosotros mismos, haciendo que nos acojamos a la misericordia de Dios, que, como nos conoce, nos ama tal y como somos y que jamás no va a rechazar. 


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«El que se enaltece será humillado y el que se humilla será

enaltecido »

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 1, 14b-2, 2b * 1Tes 2, 7b-9 * Mt 23, 1-12

En el evangelio de hoy de nuevo Jesús increpa a los escribas y fariseos. Después de haber visto en otros pasajes cómo el Señor los trata, podríamos decir, en un lenguaje coloquial, que, aparentemente, la había tomado con ellos. Nada más lejos de la realidad. El Señor Jesús ama también a estos que representan a las clases altas de la sociedad hebrea. No olvidemos que, ya resucitado, es, precisamente, a un fariseo educado a los pies de un gran maestro de la Ley, a quien elige para que se convierta en el Apóstol de los Gentiles, nos referimos, como está claro, a san Pablo.

Las razones para esta insistencia en llamarles a conversión son dos. En primer lugar, porque los ama de corazón, y no quiere que vivan equivocados creyéndose los únicos cumplidores de la ley. Se esfuerzan hasta extremos impensables en llevar a la práctica hasta los preceptos menos importantes, lo que les hace juzgar sin compasión al resto del pueblo. Son inmisericordes y sin duda, esto está en contradicción con el segundo mandamiento más importante: «Amar al prójimo como a uno mismo».

En segundo lugar, es necesario hacer patente delante del pueblo, que los respeta y quizá hasta los admira, que sus vidas no son un modelo a seguir. Por eso dice el Señor, «Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que hacen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo hacen para que la gente los vea…». Necesitan, pues, para su bien, incluso utilizando expresiones muy duras, llamarles a conversión haciéndoles ver que están equivocados.

Este comportamiento de los letrados y fariseos, a nosotros debe ponernos alerta. También nosotros, los que nos llamamos creyentes, los que frecuentamos los sacramentos y procuramos adecuar en lo posible nuestra vida a la voluntad de Dios, tenemos el peligro de caer en el mismo pecado que los fariseos. Tenemos el peligro de creernos mejores que los demás, porque vamos a misa, ayudamos a las necesidades de la Iglesia y tratamos de vivir una vida ordenada.

En la sociedad de hoy, y sin ir más lejos entre aquellos que nos rodean, familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, encontramos conductas que, a nuestro entender, no son adecuadas. Vemos cosas que no podemos aceptar. Pues bien, desde nuestra situación, es muy fácil caer en el pecado del juicio, que, aunque con frecuencia no le damos importancia, es un pecado serio. Con él, faltamos a la caridad para con el hermano erigiéndonos como jueces, decidiendo si su conducta es buena o mala. Si el Señor llega a decir en una ocasión «¿Quién me ha nombrado juez entre vosotros?», ¿cómo te atreves tú a juzgar a tu hermano?

El Señor Jesús, al final del evangelio viene en nuestra ayuda invitándonos a la humildad, que es la virtud más amada y querida por Dios. A los fariseos les gusta que les llamen maestros, sin embargo, Jesús nos dice: «No os dejéis llamar maestros ni tampoco jefes…uno sólo es vuestro maestro y uno sólo es vuestro Señor, Cristo». «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Esto no sólo son palabras. Esto el Señor lo llevó a la práctica durante su vida. Lo vemos en otro pasaje del evangelio en el que el Señor Jesús, hablando a sus discípulos les dice: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y ciertamente lo soy, sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». Esa ha de ser nuestra actitud. Lejos de escandalizarnos y juzgar a los que llevan una conducta equivocada, el Señor nos llama a quererlos, intentando comprenderlos y procurando ayudarles en lo que nos sea posible. Piensa que, si el Señor no te hubiera ayudado, tú harías lo mismo o cosas aún peores.  No olvides, por tanto, lo último que nos dice el Señor en el evangelio de hoy: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con

toda tu alma y con todas tus fuerzas »

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 22, 20-26 * 1Tes 1, 5c-10 * Mt 22, 34-40

Una vez más, los fariseos desean poner a prueba al Señor Jesús. En esta ocasión van a formularle una pregunta que es fundamental, porque es sin duda el núcleo principal de toda la Ley. «¿Cuál es,  le preguntan,  el mandamiento principal de la Ley?».  La respuesta del Señor no admite ninguna duda:  «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Y añade: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas»

Todo lo que llamamos Ley de Dios, tiene como fundamento este mandato que el Señor da a su pueblo en el capítulo 6 del Deuteronomio. Antes de continuar hablando de él, es preciso hacer una aclaración. La palabra mandamiento tiene para nosotros una connotación que nos hace presente algo que es de obligado cumplimiento. Esta forma de pensar es radicalmente falsa. Dios no puede darnos un precepto que no está en nuestras manos cumplirlo. Por más que nos esforcemos, ni tú ni yo podemos amar a Dios sobre todas las cosas, porque esto no está a nuestro alcance.

El mundo occidental, influenciado por el Derecho Romano, mira la Ley de Dios bajo el prisma jurídico. No es eso lo que hacen los orientales, los hebreos. Para ellos las palabras de la Ley son focos que alumbran el camino de la vida del hombre. Así lo expresa el salmo 118 que dice: «Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero». Significa esto, que tú y yo, que tenemos nuestra naturaleza herida por el pecado, somos incapaces de encontrar el camino de la verdadera felicidad, que consiste en el encuentro del hombre con su Creador. Dios, que conoce nuestra deficiencia, nos da la Ley cuyos preceptos son semejantes a las señales de tráfico que nos ayudan a circular sin peligro, pudiendo alcanzar la meta de nuestro viaje. Por tanto, hemos de ver la Ley no como una carga insoportable, sino como un rasgo del amor de Dios.

Hoy, en el evangelio, el Señor Jesús nos recuerda que nuestra felicidad en este mundo y después en el otro, se sustenta sobre dos pivotes: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta afirmación del Señor es totalmente contraria a lo que el mundo propone. El mundo, para alcanzar la felicidad nos invita a buscarla en las riquezas, en el dinero, en el poder, en la ambición, en el orgullo o el sexo. Todos estos medios nos llevan a buscarnos a nosotros mismos, sin darnos cuenta de que nuestro corazón no puede de saciarse con ellos. Siempre tendremos delante una meta mayor, un deseo, que seremos incapaces de alcanzar. Al final, caeremos en el hastío y en la insatisfacción.

Lo que nos dice el Señor es todo lo contrario. Él sabe que fuimos creados por amor y que, como dice san Agustín, nuestro corazón no hallará descanso, mientras no descanse en ese amor. No hay nada en el mundo que pueda satisfacer el ansia de amor de nuestro corazón. Dios nos creó por amor y la respuesta del hombre a ese amor no puede ser otra que, amar a su Creador. Si esto se da, la segunda parte, amar al prójimo, es algo que nos vendrá dado sin esfuerzo alguno. Para aquel que tiene el corazón rebosante de amor, amar al que tiene al lado es extremadamente fácil.

Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que a causa de nuestro pecado estamos incapacitados para amar. ¿Cómo voy a amar al otro gratuitamente si lo que yo necesito es que me amen? Amar supone negarme a mí mismo, y la negación del ser es la muerte. Por el pecado, tengo miedo a no ser, tengo miedo a la muerte.

Por eso, una vez más aparece el amor y la misericordia de Dios hacia ti y hacia mí. ¿Cómo? Enviando a su Hijo al mundo para que, cargando con nuestro pecado, nos viéramos libres de la muerte. Derramando luego su Espíritu Santo para que, dentro de nosotros, fortaleciera nuestra debilidad haciéndonos capaces de amar, sin miedo a negarnos a nosotros mismos.  

 

 

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

Los escribas y fariseos, en tiempo de Jesús, pertenecían a una clase social que era respetada por todo el pueblo. Ellos eran los estudiosos y entendidos en la Ley. En el exterior figuraban como cumplidores estrictos de las normas dadas por Dios a su Pueblo, pero el defecto más grande que tenían, era que se aferraban al cumplimiento de la Ley hasta en las normas más nimias, y, sin embargo, su vida privada estaba lejos de responder a lo que decían de palabra. Amaban el dinero, les agradaba ocupar en las asambleas y banquetes los primeros puestos, y gustaban de ser respetados y reconocidos por el pueblo.

El Señor Jesús, porque los quería, aprovechaba todas las ocasiones posibles para llamarles a conversión. Les hacía ver que lo que proclamaban con la boca estaba muy lejos de lo que en realidad vivían. En una ocasión llegó a llamarlos «sepulcros blanqueados», muy hermosos por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro. Como es lógico, escribas y fariseos reaccionaban ante este comportamiento del Señor de mala manera, no aceptaban su predicación y la observaban con lupa, para poder tener ocasión de acusarle.

San Mateo, en el evangelio de hoy, nos narra un pasaje en el que queda clara la mala voluntad con la que escribas y fariseos se acercan al Señor. Sacan a relucir un tema, el de los impuestos, que es de mucha importancia y de una gran actualidad. Los israelitas, que viven bajo la dominación romana, se ven forzados a pagar impuestos a sus opresores, los romanos, cosa que, para el pueblo, es intolerable.

Plantean, pues, al Señor esta cuestión, no sin antes alabarle y ponderar su sabiduría y amor a la verdad: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios… ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». La mala fe es evidente. Ponen al Señor ante un dilema. Si afirma que sí, aquellos que le siguen quedarán defraudados, porque el pueblo es contrario a los impuestos. Si dice que no, serán los propios romanos los que le encarcelarán considerándolo enemigo de Roma.

El Señor Jesús, dándose cuenta de la mala voluntad de aquellas personas, les dice: «¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Ellos le muestran un denario. «¿De quién es esta cara y esta inscripción?», pregunta. Del César, le responden. «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», les dice zanjando la cuestión.

Este evangelio viene a interrogarnos sobre la importancia que cada uno de nosotros da al dinero en su vida. La respuesta del Señor nos ayudará a comprobarlo. ¿Qué significa dar a Dios lo que es de Dios? Pues que nuestro interés por el dinero, por nuestras riquezas, no ha de estar de ningún modo por encima de nuestro amor a Dios. Las riquezas son útiles y necesarias, pero no han de ocupar el primer lugar en nuestra vida. No hemos de actuar siguiendo aquel refrán que dice: “Antes es la obligación que la devoción”. Así nos lo recuerda el Señor cuando afirma: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura». Si pones a Dios en el centro de tu vida, todo lo demás ocupará el lugar adecuado, el lugar que le corresponde.

Hay otro aspecto importante en este pasaje. El Señor no niega que haya que pagar al César, a la autoridad, los impuestos justos. Vivimos en una sociedad que ofrece una serie de servicios a los ciudadanos que hay que pagar entre todos. Eludir el pago de los impuestos es inmoral. Los impuestos, bien administrados forman parte de la justicia distributiva. Los que pagan más impuestos se hacen solidarios con aquellos que su poder adquisitivo es menor, y que, por tanto, no podrían sólo con sus medios disfrutar de las ventajas y servicios que las autoridades ofrecen a todos los ciudadanos. Por tanto, hay que dar a Dios, en primer lugar, lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

 

 

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

«MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10ª * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El profeta Isaías nos ha dicho hoy en la primera lectura: «Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…». De este modo Isaías compara el Reino de los Cielos a un banquete preparado por Dios-Padre, al que estamos invitados todos.

Los primeros invitados fueron los miembros del Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, por eso, la parábola que hoy nos brinda el Señor Jesús va especialmente dedicada a ellos. La semana pasada sucedió algo semejante cuando la parábola fue dirigida especialmente a los sacerdotes y senadores del pueblo.

Dios, desde los inicios, eligió a un pueblo que fuera el depositario de la promesa de salvación que Él había preparado para todos los hombres. Se dio a conocer a este pueblo mediante grandes prodigios y lo fue educando a través de los siglos, para que, al llegar la plenitud de los tiempos, su Hijo tomara carne mortal y se hiciera hombre dentro de ese pueblo.

Todos los miembros del pueblo de Israel fueron los primeros invitados a las bodas, al banquete. Pero, vemos hoy en la parábola, que no supieron valorar adecuadamente la importancia que tenía el acontecimiento. Por eso, uno tras otro fueron declinando la invitación, y dieron más importancia a sus asuntos particulares, que el asistir a la boda. Algunos, a imitación de lo que hicieron los labradores homicidas, maltrataron a los enviados llegando a matar a algunos.

La consecuencia que tuvo el comportamiento de los primeros invitados, la hemos visto en la parábola. El Rey abre las puertas del banquete a todo aquel que quiera asistir. La invitación deja de ser particular para convertirse en general. Somos nosotros, que no pertenecemos al pueblo escogido, los que nos hemos beneficiado de la negativa del pueblo de Dios. Somos nosotros, los gentiles, los que somos llamados a participar del banquete que el Señor ha preparado.

Hemos dicho en muchas ocasiones que el reino de los cielos aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor envía a todas partes a discípulos suyos para que inviten a los hombres a formar parte de ella. Quiere que disfruten de los bienes de su casa, del banquete que tiene preparado. Sin embargo, y la historia se repite, son pocos los que aceptan la invitación, porque todos tienen cosas que hacer, que consideran más importantes.

Tu comportamiento y el mío muchas veces no está lejos de esta forma de actuar. ¡Cuántas veces hemos dejado de lado la invitación del Señor, y nos hemos ido tras de nuestros ídolos! Hemos preferido las bellotas que nos ofrece el mundo, dinero, sexo, afectos, poder, etc. a los manjares exquisitos que nos brinda el Señor. Somos ciegos y no nos damos cuenta de ello, por eso buscamos la vida donde no está.

En las bodas hebreas todos los invitados lucen un traje de fiesta especial. Por eso cuando el rey entra en la sala para saludar a sus invitados y se percata de que uno no viste de manera adecuada, hace que los sirvientes lo arrojen sin contemplaciones al exterior.

Dentro de la Iglesia, y para dar una explicación a esta parte de la parábola, se ha dicho que el traje de fiesta era estar en gracia de Dios, o sea, no estar en pecado. Aunque esta afirmación no se puede negar, sucede que, así, el estar en gracia se entiende como una situación estática en la que prima la ley. Peco, me confieso, y estoy en gracia. Existe una interpretación mucho más amplia y acertada. Estar en gracia es vivir en la gratuidad. Es reconocer y adecuar nuestra forma de vida, considerando a Dios como un Padre que nos ama, teniendo el convencimiento de que todo se nos concede gracias a ese amor gratuito que el Señor siente por nosotros, sin que lo merezcamos. Lo contrario es vivir bajo la carga de la ley, con el corazón encogido, sin ser capaces de disfrutar de los bienes que el Señor nos regala. Es lo que le ocurría al hijo mayor de la parábola del Hijo Prodigo. Toda la vida con el padre sin ser capaz de disfrutar de su amor. Para nosotros diríamos, toda la vida en la Iglesia, sin ser capaces de aceptar que, por encima de todo, de todas nuestras miserias, Dios nos ama sin limitación alguna.