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DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 6-9 * Flp 1, 20c-24.27ª * Mt 20, 1-16 

Isaías en la primera lectura de la Eucaristía de hoy, pone en boca del Señor estas palabras: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quiere decir esto que, con mucha frecuencia, lo que nosotros opinamos o cómo reacciones ante la conducta de los demás, difiere mucho de lo que el Señor piensa o hace en esos casos.

Nosotros juzgamos teniendo como base la justicia humana y, por suerte, ésta difiere mucho de lo que es la justicia divina. Nosotros pensamos que estamos en lo cierto y, sin más, aplicamos nuestro criterio y nuestra manera de obrar al propio Dios.

Si nos fijamos en el evangelio de hoy, veremos que es cierto esto que acabamos de decir. Si en la parábola que nos propone el Señor, nosotros hubiéramos sido los propietarios de la viña, no cabe la menor duda de que el denario de jornal solo se lo hubiéramos pagado a los que empezaron a trabajar a primera hora. A los demás les hubiéramos pagado la parte proporcional al tiempo de trabajo que habían empleado.

Aunque muchos puedan pensar que el propietario de la viña fue injusto al tratar a los últimos como a los primeros, esto no es cierto. Veamos, ¿pagó a los primeros el jornal que habían acordado antes de salir al campo? Efectivamente, así fue, y por eso no podemos decir que fue injusto con ellos. Los que sin haber trabajado tanto, cobraron lo mismo, se beneficiaron del buen corazón de aquel propietario.

¿Qué significado tiene para nuestra vida esta parábola? Vamos a verlo. El propietario de la viña es Dios. La viña es el Reino de los Cielos, que aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor busca trabajadores para su viña, para su Iglesia. A unos los llama desde pequeños. A otros lo hace durante la juventud o durante la madurez y a otros, finalmente, los llama a trabajar en su Iglesia, a ser sus discípulos, ya en la ancianidad. ¿Cuál es la paga con la que Dios se ajusta por hacer este trabajo? Dios solo paga con una moneda: la vida eterna.

Quiere decir esto que tanto a aquellos que fuimos llamados casi desde la niñez, o los que recibieron la llamada ya de adultos, o los que se acogieron a la misericordia de Dios en el lecho de muerte, recibiremos idéntica paga: la vida eterna. Y la vida eterna no es algo material que pueda partirse como una tarta, de la que cada uno recibe un trozo distinto. La vida eterna es completamente igual para todos. Por eso en la parábola todos recibieron un denario. Todos recibieron la misma paga.

Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué beneficio obtenemos aquellos que fuimos llamados a primera hora? La respuesta depende de nuestra actitud a la hora de sentirnos discípulos del Señor. ¿Estás en la Iglesia reprimido, fastidiado, privándote de cosas que consideras que son buenas, o por el contrario te sientes feliz, con paz interior, disfrutando ya en la tierra del amor de un Padre y del cariño de una Madre, que te ayudan a hacer frente a las dificultades y contrariedades de la vida, sin que éstas te destruyan?

Si perteneces al primer grupo, lo siento. Eres como el hijo mayor de la Parábola del hijo Pródigo, que no supo nunca disfrutar de los bienes de la casa su Padre. Si eres de los segundos, enhorabuena. Has descubierto que el único sitio de la tierra donde se puede vivir feliz, dentro de la felicidad que es posible para el hombre, el único sitio donde se puede tener paz en el corazón, a pesar de vivir en un valle de lágrimas, es la Iglesia. Bendice por tanto al Señor, que te llamó a trabajar en su viña muy temprano.

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 30 – 28,7 * Rm 14, 7-9 * Mt 18, 21-35

La característica principal de los cristianos, aquel signo por el que se distinguen de los demás, lo hemos dicho muchas veces, es el amor, y uno de los aspectos en los que más se concretiza el amor es el perdón. El perdón entre los cristianos, aquel que nos enseñó a practicar el Señor Jesús, va mucho más allá de perdonar los errores o las ofensas que nos inflijan las personas. La manifestación más eminente del perdón cristiano, es perdonar al enemigo, a aquel que conscientemente viene a hacernos daño. Esto quiere decir que, a la hora de perdonar, el cristiano no mira si se trata de un asesino, un terrorista, un ladrón o uno que ha abusado de un menor. El cristiano perdona sin hacer distinción del tipo de agravio o de la persona que lo ha realizado.

Pedro, que ha escuchado de labios de su Maestro estas palabras: «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian, rezad por los que os persiguen…», en el evangelio de hoy pregunta al Señor, porque quiere saber hasta dónde debe llegar ese perdón: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» La respuesta del Señor no deja lugar a dudas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

Pedro nombra el número siete porque entre los hebreos el siete es el número de la perfección y de la plenitud. Dios-Padre, nos dice la Escritura, creó el mundo en seis días y al séptimo, contemplando la obra concluida, descansó. En la respuesta que el Señor Jesús da a Pedro, «no siete, sino setenta veces siete», lo que quiere indicar es que las veces que tenemos que perdonar alcanza un número que se adentra en el infinito.

Por qué, nos podemos preguntar, ¿el Señor quiere que tú y yo, que nos llamamos discípulos suyos, perdonemos sin límite alguno a los que nos ofenden? Sencillamente, porque la misericordia de Dios hacia el pecador, se manifiesta de un modo fundamental en el perdón. ¿Cómo sabrá tu pariente, tu amigo, tu jefe o tu vecino, que no pisan para nada la iglesia, que Dios no toma en cuenta sus pecados, sino que los perdona sin poner ninguna condición? Sin duda se enterarán cuando tú, que como cristiano tienes la asistencia y la fuerza del Espíritu Santo, les perdones cada vez que te hagan daño o te ofendan.

Este perdón sin límites al enemigo es exclusivo del cristianismo y no figura en ninguna religión como norma, porque sólo el cristianismo tiene la presencia del Espíritu Santo, que hace posible en el cristiano aquello que es humanamente imposible para los que no lo son. Por eso es importante que no perdamos de vista, que cada vez que con la ayuda del Señor perdonamos a nuestros enemigos, hacemos presente en este mundo al mismo Dios que es amor y que, por tanto, es misericordia y perdón.

El evangelio se completa con la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. La deuda del primer empleado, diez mil talentos, es de una magnitud inimaginable. Se trata de millones, mientras que la deuda del compañero, cien denarios, es ridícula. Trasladadas a nuestra vida, nuestra deuda con el Señor es incalculable. Nunca seríamos capaces de pagarla. Sin embargo, la deuda, la ofensa o el daño que puedan hacernos los demás, es comparada con la nuestra una nimiedad. Si Dios a ti y a mí nos perdona sin límites ni condiciones, ¿quiénes somos nosotros para tomar en cuenta las ofensas de nuestro prójimo, que son infinitamente más pequeñas que las nuestras, y negarnos a perdonarlo?

Para terminar, queremos señalar que la recompensa que nos da el Señor cada vez que perdonamos de corazón, es inmediata. La satisfacción, la paz interior y la alegría que experimentamos cada vez que perdonamos sinceramente al otro, difícilmente nos la pueden proporcionar otras obras.  

 

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LO QUE ATÉIS EN LA TIERRA QUEDARÁ ATADO EN EL CIELO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 33, 7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

El distintivo de todo cristiano, o sea, aquello que lo distingue de otra persona que no lo es, es el amor, y la virtud en la que se manifiesta el amor es la caridad. El Señor dice en el evangelio de san Juan: «Amaos como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos».

Con frecuencia se confunde el amor con la afectividad. El amor se da gratuitamente sin esperar correspondencia o compensación. La afectividad, sin embargo, espera siempre ser correspondida por el otro o la otra. El amor obra con entera libertad, mientras que la afectividad actúa siempre condicionada por la reacción que pueda tener la otra persona, procurando no perder su aprecio. Resumiendo, el amor actúa libremente, mientras que la afectividad está siempre condicionada a la reacción del otro.

Traemos a colación todo esto porque hay una faceta del amor o la caridad, que no se entiende siempre en su justa medida. Nos estamos refiriendo a la llamada corrección fraterna. Hoy el Señor, en el evangelio, nos enseña a practicarla. Amar o practicar la caridad con el otro, no implica aceptar en silencio sus errores o sus caprichos. Practicar la caridad implica corregir al otro poniéndolo en la verdad. Si no lo hacemos, nos hacemos cómplices de sus errores o del mal que pueda llevar a cabo. Callar, en estos casos, significa amarle poco.

Corregir al otro no significa quererlo menos. Corregirlo con amor es la demostración de que se le quiere de verdad, sin condicionamientos. Dice el Señor en la Escritura: «Yo, a quien amo, corrijo y reprendo». Corregir al otro, es ayudarle a entrar en la verdad. Lo que ocurre es que con la verdad en la mano podemos hundirlo, y ésta, no es precisamente, la finalidad de la corrección. Si corregimos con amor, tendrá la prueba de que nuestra intención no es hacerle daño. Por eso hoy el Señor nos dice que el primer paso que hemos de dar, es hablar de buenas maneras con el hermano en privado. Corregir en público supone con frecuencia humillarlo delante de los demás, y esta humillación hay que evitarla.

Si el hermano persiste en el error y no corrige su comportamiento y el asunto es grave, hay que apercibirlo delante de dos o tres testigos, para después hacerlo, si es preciso, delante de la comunidad. Lo que sería intolerable es que, por una caridad mal entendida, nosotros calláramos.

La corrección fraterna en la vida del cristiano es fundamental hasta el punto de hacer cargar sobre nuestra conciencia, si callamos, el pecado del hermano. Así se lo dice el Señor al profeta Ezequiel: «Si tú no hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti». Esto significa que, ante el mal, el cristiano no pude volver la cabeza y mirar hacia otro lado. Esta actitud, desde luego, va más allá de lo que es la corrección fraterna, pero está en relación con la elección que El Señor ha hecho sobre nosotros, para que seamos en esta generación testigos de la verdad, como él lo fue en su vida terrena.

A continuación, el Señor, para hacer presente hasta qué punto se identifica con su Iglesia, y con sus discípulos, dice: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

Cristo es la Iglesia y la Iglesia es el mismo Cristo, por eso nos dice también: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Con esto nos hace ver que, si importante es la oración personal, mucho más lo es la oración comunitaria por tener la certeza de la presencia del mismo Cristo en medio de los que oran.


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SI UNO QUIERE SALVAR SU VIDA, LA PERDERÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 7-9 * Rm 12, 1-2 * Mt 16, 21-27

El pasaje que hoy nos propone la Iglesia es continuación del que se proclamó la semana pasada. En aquella ocasión, Pedro, a la pregunta del Señor quién decís vosotros que soy yo, respondía diciendo: «Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Recordemos que la respuesta del Señor a esta confesión de fe de Pedro, fue darle a conocer la elección que hacía sobre su persona, y la primacía que le otorgaba para ser la piedra sobre la que Él había dispuesto construir su Iglesia.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, habla con claridad a sus discípulos anunciándoles los acontecimientos que van a vivir en Jerusalén, y en los que, por parte de los sumos sacerdotes y letrados, va a ser apresado y ejecutado, para resucitar al tercer día. No quiere que ignoren estos hechos y les prepara de este modo a ser testigos de su pasión y resurrección.

Pedro, atento a lo que dice el Maestro, lo coge aparte y le increpa diciendo que eso es imposible. Que nada de lo que les dice debe suceder. La reacción del Señor es inmediata: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios». El Señor en este momento no ve en Pedro al discípulo, al amigo querido. Ve en él la figura de Satanás que intenta impedir que cumpla la voluntad del Padre.

Esta situación se repite con frecuencia en nuestra vida. Hemos sido elegidos por el Señor como sus discípulos, y Él ha puesto en nuestras manos una misión importante: Hacerle presente en esta generación para que su salvación alcance a todos los que nos rodean. Esta misión tiene prioridad sobre todo, sobre nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y sobre nuestra propia vida. Sin embargo, cuántas veces los lazos familiares, afectivos o de trabajo, cuántas veces los intereses particulares, hacen que pospongamos la misión restando importancia a aquello que la tiene de verdad. No olvidemos que cuando esto sucede es el diablo el que nos mete un gol, consiguiendo frenar la expansión del Reino de Dios.

Las palabras que el Señor nos dice a continuación refrendan todo lo que afirmamos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?».

¿Qué significa cargar con la cruz? Nuestra cruz es nuestra vida de cada día, nuestro carácter, nuestros defectos y manías, nuestras deficiencias. También es el carácter y las manías de tus hijos, de tu mujer, y de tus amigos que te toca soportar; las enfermedades que sufres o que sufren los tuyos, los problemas familiares o laborales, etc. Tu cruz es todo aquello que piensas que te hace infeliz. Estas cruces son fruto de nuestro pecado. Cuando Dios creó al hombre no cargó sobre él ninguna cruz. Han sido tus pecados y los míos los que, al apartarnos de Dios, han hecho que apareciera el sufrimiento en nuestra vida. Nadie, por tanto, está exento de la cruz y nadie es capaz de cargar con ella con sus propias fuerzas.  

Si la cruz es algo que nos pesa y que no podemos soportar, ¿por qué el Señor nos pide que carguemos con ella? Sencillamente, porque es en nuestra debilidad, en nuestras flaquezas, en nuestra impotencia, donde se manifestará su poder ayudándonos a llevarla. De manera que, sin cruz, no hay salvación.

El Señor también nos invita a no defender nuestra vida, a estar dispuestos a perderla por Él. La vida sin el Señor no sirve para nada. Es inútil aferrarnos a ella. Sólo en Él, encontraremos su verdadero sentido. 


DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 *Rm 11, 13-36 * Mt 16, 13-20                

Hoy vemos al Señor Jesús que llega con sus discípulos a Cesarea de Felipe. Va hablando con ellos y de momento les hace esta pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Ellos responden: «¿Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas?» Por lo que se ve a continuación, podemos deducir que no tiene demasiado interés en saber lo que piensa la gente de él. Lo que ciertamente quiere averiguar es, qué es lo que sus discípulos piensan de su persona. Por eso les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Llegados a este punto, podemos preguntarnos ¿me he hecho alguna vez seriamente esta pregunta? Confieso que soy cristiano, voy a misa todos los domingos y procuro hacer todo aquello que la Iglesia me enseña, pero, sinceramente, ¿quién es para mí Jesucristo? ¿Por qué creo en Él? ¿Lo hago sólo porque así me lo han enseñado? ¿Qué pasaría si de momento desapareciera de mi vida? ¿Se notaría mucho en mi conducta o continuaría siendo casi todo igual?

Para nosotros es fundamental responder a la pregunta, yo, ¿a quién sigo? ¿Por qué sigo a Jesucristo? A la pregunta de ¿quién es Jesucristo para ti?, quizá respondas como Pedro que es el Hijo de Dios. Sin embargo, ten en cuenta que los discípulos a los que el Señor pregunta, no sólo han escuchado su predicación, sino que la han visto corroborada por las señales, los milagros y signos que la han acompañado.

¿Has experimentado en tu vida la obra del Señor? ¿Has dicho alguna vez, “sin duda esto es obra del Señor, porque para mí era totalmente imposible”? Si es así, alégrate, porque eso demuestra que para ti el Señor Jesús es algo más que una figura que flota en una nube.

Todo lo que estamos diciendo tiene relación directa con la fe. Hemos escuchado muchas veces aquello de “Fe es creer lo que no se ve”. Sin embargo, esta definición no sirve para aplicarla a la fe cristiana. Esa clase de fe no salva de nada. La fe que salva es la fe de la experiencia. La fe cristiana es aquella que nace de un encuentro personal con el Señor. El Señor Jesús está vivo y resucitado. Él afirmó antes de subir al cielo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» Por tanto, podemos preguntarnos: ¿Para qué está vivo y resucitado el Señor en medio de nosotros? Precisamente para ayudarnos en nuestra debilidad. La fe que salva es aquella que nace de la experiencia personal de que cuando no existe ninguna ayuda posible ante problemas que no podemos solucionar, el Señor Jesús nos ayuda a resolverlos siempre que lo invocamos. Ser conscientes de esta ayuda, es lo que reafirma nuestra fe.

Si tú o yo hemos llegado a experimentar esta presencia real del Señor en nuestra vida, y hemos sido testigos de su ayuda en los momentos difíciles, ante la pregunta de «y tú ¿quién dices que soy yo?, no tendremos más remedio que contestar junto con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Puede ocurrir que analizando nuestra vida no reconozcamos ocasiones en las que sin duda ha actuado el Señor. No hemos de preocuparnos. Nada está perdido si de ahora en adelante obramos sabiendo que el Señor Jesús, es el compañero de viaje en nuestra vida. Creer que está siempre a nuestro lado y nos acompaña, servirá para que le gritemos, para que le invoquemos, para que le pidamos ayuda, en aquellos acontecimientos que superan nuestras fuerzas. Sin duda actuará, porque dice la Escritura: «Nadie que invoque el Nombre del Señor quedará confundido».

 


DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que

 deseas».

 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

En nuestro tiempo se ha acuñado una expresión para significar la entrega total de una madre en favor de sus hijos. Nos estamos refiriendo a la expresión “madre coraje”. Cuando la oímos no es necesario que nos den muchas explicaciones. Pensamos enseguida en una mujer que ha arrostrado todas las dificultades a la hora de defender a sus hijos, sin amilanarse y poniendo incluso en peligro su vida.

En el evangelio de hoy, muchos siglos antes de que se le diera este nombre, encontramos a una madre coraje. Se trata de una mujer cananea, y por tanto extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y ha tenido conocimiento de que Jesús, el profeta de Nazaret, está por el lugar. Lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y para nosotros difícil de poner en sus labios: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». (Perro es el nombre que los judíos empleaban cuando se referían a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios). La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje, no tiene vuelta de hoja. El Señor, admirado, le responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

Parecía imposible que el Señor atendiera a aquella madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, fiel a la respuesta que da al padre del endemoniado epiléptico en el evangelio de san Marcos, obra el milagro. En aquella ocasión dijo al padre: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree», y esta madre ha demostrado que tenía por completo puesta su fe en el Señor.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

Otra cosa que debemos aprender de esta madre es la insistencia en la petición. No hemos de temer hacernos demasiado pesados. Al Señor le gusta que insistamos, porque al insistir por una parte palpamos nuestra impotencia y por otra reconocemos su poder. Hoy lo ha hecho con esta madre y en otra ocasión lo hizo con el Ciego de Jericó. Con la oración insistente hacemos presente al Señor, la necesidad y el interés que tenemos en aquello que pedimos.

El Señor se complace en que nosotros recurramos a él porque conoce nuestra limitación, y porque está puesto por el Padre como Señor de aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. Hablando con lenguaje humano podemos decir, que él es feliz, cuando nos ve felices. 

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO  -A-

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13ª * Rm 9, 1-5 * Mt 14, 22-33

Este evangelio es continuación del pasaje de la multiplicación de los panes y los peces. La gente se ha saciado con los cinco panes y dos peces multiplicados por el Señor. Él, quizá para evitar la complacencia y los halagos que los discípulos pudieran recibir de parte de la multitud, les apremia para que suban a la barca, se hagan a la mar y crucen hasta la otra orilla. Entre tanto, él despide a la gente y luego sube al monte a solas para orar.

La noche ha caído y la barca se encuentra muy lejos de tierra sacudida por las olas porque el viento es contrario. De madrugada el Señor se les acerca caminando por encima del mar. Ellos, sin reconocerlo, se asustan de miedo y gritan creyendo que es un fantasma. Jesús les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Si nos detenemos por un momento en esta parte del evangelio, podremos comprobar cómo se cumple en nuestra vida. También nosotros navegamos por el mundo en la barca de nuestra vida. Como los discípulos, encontramos dificultades. El viento nos es contrario. Enfermedades graves, muertes de seres queridos, problemas familiares o de convivencia serios, dificultades económicas o de trabajo, etc., hacen que se apodere de nosotros el desánimo sin que tengamos a nadie que pueda ayudarnos. En esos momentos, si estamos atentos, podremos comprobar que nos sucede igual que a los discípulos. Ellos creen estar solos, no aciertan a distinguir la presencia del Señor, es más, lo confunden con un fantasma.

El Señor, sin embargo, no abandona nunca a los suyos. Aprovecha estos momentos de dificultad para hacerse presente en nuestra vida, y, como en el evangelio, nos dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». No temas, te dice, yo estoy contigo. Como discípulos del Señor somos afortunados, porque la fe nos da la certeza de que Él nunca abandona a los suyos, siempre está presente. Sólo hace falta saber distinguir su figura en medio de la bruma o de la oscuridad de la noche.

Pedro, como siempre, el más impetuoso, dice al Señor: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». El Señor, responde: «Ven». Pedro baja de la barca y echa a andar sobre el agua acercándose a Jesús. Sin embargo, de momento, y debido a la fuerza del viento, en vez de mirar a Jesús, se mira a sí mismo, empieza a hundirse y grita: «Señor, sálvame». El Señor Jesús se acerca, lo agarra de la mano y le dice: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Es de notar que el Señor cuando llama a Pedro, no hace nada para que el mar se tranquilice, o para que el viento cese. Lo hace caminar sobre las olas encrespadas y con un viento impetuoso. Pedro, en tanto en cuanto camina con la mirada puesta en el Señor, no se hunde. De ahí que la condición para que Pedro no se hunda, es que camine con los ojos puestos en el Señor. Cuando Pedro deja de mirar al Señor, cuando se mira a sí mismo, cuando constata su realidad, es cuando empieza a hundirse.

También esta parte del evangelio arroja luz sobre nuestra vida. La vida es para nosotros en muchas ocasiones como un mar encrespado. El mar es símbolo de la muerte. La única manera de caminar sin hundirnos sin que los acontecimientos negativos de la vida nos destruyan, es caminar con la mirada puesta en Aquel que, por haber vencido a la muerte, tiene poder de salvar de la muerte.

Es indispensable, sin embargo, caminar con los ojos puestos en el Señor, que significa, poniendo nuestra confianza en él. Si hacemos como Pedro, si nos miramos a nosotros mismos, si vemos nuestras deficiencias y pecados, sin duda nos hundiremos. Tú y yo, somos seres que por nuestros méritos no merecemos la salvación, pero a los ojos del Señor, que nos ama sin condiciones, somos perfectos. El Señor, como a Pedro, no retirará las dificultades, continuaremos teniendo los mismos problemas, pero la diferencia será que, si caminamos apoyados en él, no nos hundiremos, podremos superar todas las dificultades.

 

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

FIESTA DE LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR

«ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dn 7,9-10.13-14 * 2Pe 1,16-19 * Mc 9, 2-10

Este año por coincidir el Domingo XVIII de tiempo ordinario con la fiesta de la Transfiguración, la liturgia que celebramos es la que corresponde a esta fiesta del Señor.

En el evangelio de hoy san Marcos nos dice que el Señor Jesús se lleva a Pedro, a Santiago y a Juan, y sube con ellos a un monte muy alto. Llegados a la cima se transfigura delante de ellos mostrando un rostro resplandeciente y unos vestidos de un blanco deslumbrador. Aparecen Moisés y Elías y se ponen a conversar con él.

Los discípulos presencian la escena con una mezcla de temor y asombro. Pedro, como siempre el más decido, exclama: «¡Maestro, que bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía está hablando cuando una densa nube los envuelve y una voz que sale de la nube dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». Un instante después, todo vuelve a la normalidad.

Este acontecimiento tiene lugar cuando el Señor Jesús se dirige hacia Jerusalén con sus discípulos dispuesto a llevar a cabo su Pasión, cumpliendo de este modo la voluntad del Padre. Conoce de antemano todo lo que va a suceder, y sabe cuán débil es la fe de los suyos, para poder asumir unos acontecimientos tan trágicos. Precisamente por esto, se transfigura ante ellos, para reafirmar, así, la fe en su persona. Bajando del monte, hará mención a su Pasión y Resurrección, al ordenarles que no cuenten a nadie lo sucedido.

Este pasaje del evangelio también viene en ayuda de nuestra poca fe. Es cierto que creemos en Dios, que creemos en su Hijo Jesucristo y que creemos en la vida eterna, pero lo cierto es que nos vemos limitados y dominados por el pecado. Con frecuencia los acontecimientos del día a día nos hacen sufrir y crean en nosotros dudas de fe. La fe nos dice que estamos llamados a la vida eterna, pero lo cierto es que nos vemos encerrados en un cuerpo mortal con muchas deficiencias y sometido a diversas esclavitudes. Por eso, en esta palabra, el Señor quiere mostrarnos a qué estamos llamados. Quiere poner en primer plano aquello a lo que nos tiene destinados. La fe nos dice que tú y yo, al igual que Jesucristo en el monte, veremos transformada por completo nuestra persona. Nuestro cuerpo, después de la muerte, no quedará definitivamente en la tumba. Seremos, como dice san Pablo, transformados. San Juan, en su primera carta nos lo explica a la perfección cuando dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

En la Transfiguración del Señor se hecho presente el Padre cuando desde la nube ha afirmado: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». El Padre nos da testimonio de que aquel es su Hijo amado. Nos invita, por tanto, a escucharle porque su voluntad para nosotros es vida eterna, y la vida eterna solo la lograremos al encontrarnos con su Hijo Jesucristo. Esta voz sonó entonces en la montaña para el Señor Jesús y sus discípulos, pero hoy suena aquí para ti y para mí. Hoy el Padre nos mira y se complace en nosotros, que unidos a su Hijo Jesucristo, hemos recibido por el Bautismo la filiación divina.

Para nosotros, escuchar al Hijo no ha de suponer una obligación, todo lo contrario, escuchar al Hijo ha de ser para ti y para mí una necesidad. De la mima forma que nuestro cuerpo necesita cada día alimentarse para poder desarrollarse y vivir, así nuestro espíritu tiene necesidad de la Palabra de Dios para crecer en la fe, que es la que nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

Cuando sucede esto, es cuando el Padre se complace en nosotros y nos llama hijos amados, porque en nosotros, en ti y en mí, ve la persona de su Hijo Jesucristo.