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DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AL QUE TIENE SE LE DARÁ Y LE SOBRARÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 31, 10-13.19-20.30-31 * 1Tes 5, 1-6 * Mt 25, 14-30 

Como decíamos la semana pasada, estamos terminando el presente año litúrgico que culminará el próximo domingo con la solemnidad de Cristo Rey del Universo. La liturgia insiste en llamar nuestra atención para que nos mantengamos alerta ante la venida del Señor. Con toda seguridad, Él vendrá, pero ignoramos por completo cuándo llegará ese día.

En el evangelio de hoy nos encontramos nuevamente con una parábola del Señor. En esta ocasión se trata de un hombre rico que está preparando un largo viaje. Quiere, antes de iniciarlo, dejar atendidos sus negocios. Para ello llama a tres de sus sirvientes a fin que se hagan cargo de sus bienes y los hagan producir. Le entrega al primero cinco talentos de plata, al segundo dos y finalmente al tercero uno.

Los dos primeros empiezan de inmediato a negociar con el dinero recibido, mientras que el tercero, por miedo, entierra en el campo el dinero de su señor. Cuando al cabo de mucho tiempo regresa el señor de estos sirvientes, los dos primeros le dan a conocer que cada uno de ellos ha duplicado el dinero recibido, por lo que el señor alaba su gestión dándoles un cargo importante y haciéndoles sentar en su banquete.

No ocurre lo mismo con el tercer sirviente que solo devuelve el dinero recibido en un principio, escudándose en el carácter exigente del señor. Éste, enojado le dice: «Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez».

Esta parábola, al final del año litúrgico nos hace presente nuestra propia vida. Nosotros encarnamos la figura de los tres sirvientes. Me atrevería a decir que va dirigida especialmente a los que vivimos nuestra vida de fe en la Iglesia y nos consideramos, por tanto, discípulos de Jesucristo. Él nos ha dado abundantes gracias en orden a la misión que ponía en nuestras manos. Recordemos cuál es esa misión y para qué nos ha llamado a su Iglesia.

Podemos pensar que estamos en la Iglesia para salvarnos, pero eso no es cierto. No es condición indispensable para alcanzar la salvación, vivir dentro de la Iglesia. De ser así, serían muchos más los que se condenarían que los que lograrían salvarse. Nosotros estamos en la Iglesia para una misión. Para ser la luz que alumbre las tinieblas de los hombres que viven lejos de Dios. Así mismo, estamos llamados a ser la sal que dé sentido a la vida de los que no conocen a Dios ni a su Hijo Jesucristo. Finalmente, el Señor nos ha elegido para que seamos la levadura que haga fermentar la masa de una sociedad que vive a espaldas de Dios.

Para llevar a cabo esta misión, hemos recibido dones, gracias, que el Señor no ha dado a los demás. Y aquí viene el paralelismo de nuestra vida con la parábola de hoy. Los dones que tú y yo hemos recibido, son unos dones que no tienen como finalidad nuestro propio disfrute. Son dones que hemos recibido para hacerlos producir en beneficio de los alejados, de aquellos que, o no conocen a Dios, o lo han apartado de su vida. Tú y yo, discípulos de Cristo, tenemos la misión gastar nuestras vidas anunciando a los demás el amor, la misericordia y el perdón de un Padre que no rechaza a nadie de los que ha creado. Él, cuando creó a cada hombre lo hizo para que viviera eternamente feliz, pero, como lo hizo libre, el hombre pudo volverle la espalda y apartarse de Él.

Tú y yo estamos llamados, con los dones que Él nos ha dado, a ser testigos de ese amor. Nuestro testimonio podemos darlo de palabra, pero sobre todo con nuestra vida. Si los demás ven que tú y yo, que valemos muy poco, somos capaces de amar y perdonar a los que nos hacen daño, eso, hará que descubran en nosotros la obra de Dios.  


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«QUE LLEGA EL ESPOSO, SALID A RECIBIRLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 6, 12-16 *1Tes 4, 13-18 * Mt 25, 1-13

Una vez más el Señor Jesús en su predicación sobre el Reino de los Cielos, recurre a una parábola. En esta ocasión, como en otras tantas, nos habla de unas bodas. Antes de continuar será conveniente que recordemos cómo se celebraban las bodas en el pueblo de Israel.

La relación entre un chico y una chica empezaba después de un acuerdo previo entre las dos familias. Cuando llegaba el día de la boda, las dos familias se reunían en la casa del novio ultimando los tratos sobre la dote que correspondía a ambos contrayentes. Cada familia exponía a la otra, los bienes, casas, tierras o dinero, que aportaba para el nuevo matrimonio. Si se trataba de dos familias ricas, los tratos, como era de esperar, se alargaban mucho. Si los bienes a repartir eran pocos, el tiempo de los tratos se acortaba considerablemente.

Al terminar, el novio, acompañado por sus amigos, marchaba a la casa de la novia. Allí lo esperaban ella y las doncellas, sus amigas, que habían sido invitadas a la fiesta. Todos juntos entre cantos y danzas partían hacia el que iba a ser el nuevo hogar de los esposos. La comitiva era muy vistosa, alumbrando la noche con antorchas, más que lámparas, que portaban las amigas de la novia. Llegados a la casa daba comienzo el banquete que duraba siete días, y en el que corría el vino en abundancia.

En la parábola que nos narra el Señor, los tratos se alargaron hasta altas horas de la noche porque, sin duda, se trataba de dos familias ricas. Éste fue el motivo de que, al tardar tanto el esposo, todas las doncellas se durmieran. A media noche, se oyó gritar una voz: «¡Qué llega el esposo, salid a recibirlo!». Las doncellas se apresuraron a preparar sus lámparas. Unas habían pensado que los tratos se podían alargar, y venían provistas de aceite. Las otras, sin embargo, no pudieron arreglar sus lámparas y tuvieron que salir a comprar el aceite necesario. La comitiva se puso en marcha y al llegar entró en la casa, cerrando después las puertas. Las doncellas que no fueron previsoras, no pudieron entrar y, por tanto, participar en la boda.

¿Qué enseñanza pretende darnos el Señor con esta parábola? En esta parábola queda reflejada nuestra vida. La Iglesia nos la propone cuando estamos llegando al final del Año Litúrgico, que hace presente toda la historia de salvación. Nosotros también estamos invitados a unas bodas. Son las que el Señor nos prepara en el cielo. Nuestra salvación depende de que nos mantengamos alerta para recibir al Señor. Al hablar de salvación, no sólo nos referimos a la del último día. Nos referimos a todas las veces que el Señor Jesús se hace presente en nuestra vida para salvar. Son muchas más de las que nosotros somos conscientes. A través de un pobre que nos alarga la mano. A través del sufrimiento de un amigo o conocido que ha sufrido un revés o que se encuentra enfermo, etc. También se hace presente en los acontecimientos alegres, no sólo en los tristes.

Permite que te pregunte, ¿has tenido en estas ocasiones los ojos abiertos para poder decir, aquí está el Señor, o, te has dormido, como las doncellas, distraído en tus cosas y en tus negocios? El Señor pasa, ciertamente, pero lo hace como un tren por la estación. Se detiene un momento, para que podamos abordarlo y luego de nuevo sigue su marcha. Por eso es necesario mantenernos alerta.

El aceite de las lámparas es figura del Espíritu Santo. Él, dentro de nosotros, nos ayuda a estar expectantes. No ayuda también a hacer obras de salvación, las buenas obras que el Señor desea de nosotros y que nosotros no podemos hacer sin su ayuda.

Finalmente, la presencia de este aceite, de este Espíritu Santo, nos hace mirar sin temor nuestros defectos, fallos y pecados, sin que nos escandalicemos de nosotros mismos, haciendo que nos acojamos a la misericordia de Dios, que, como nos conoce, nos ama tal y como somos y que jamás no va a rechazar. 


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«El que se enaltece será humillado y el que se humilla será

enaltecido »

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 1, 14b-2, 2b * 1Tes 2, 7b-9 * Mt 23, 1-12

En el evangelio de hoy de nuevo Jesús increpa a los escribas y fariseos. Después de haber visto en otros pasajes cómo el Señor los trata, podríamos decir, en un lenguaje coloquial, que, aparentemente, la había tomado con ellos. Nada más lejos de la realidad. El Señor Jesús ama también a estos que representan a las clases altas de la sociedad hebrea. No olvidemos que, ya resucitado, es, precisamente, a un fariseo educado a los pies de un gran maestro de la Ley, a quien elige para que se convierta en el Apóstol de los Gentiles, nos referimos, como está claro, a san Pablo.

Las razones para esta insistencia en llamarles a conversión son dos. En primer lugar, porque los ama de corazón, y no quiere que vivan equivocados creyéndose los únicos cumplidores de la ley. Se esfuerzan hasta extremos impensables en llevar a la práctica hasta los preceptos menos importantes, lo que les hace juzgar sin compasión al resto del pueblo. Son inmisericordes y sin duda, esto está en contradicción con el segundo mandamiento más importante: «Amar al prójimo como a uno mismo».

En segundo lugar, es necesario hacer patente delante del pueblo, que los respeta y quizá hasta los admira, que sus vidas no son un modelo a seguir. Por eso dice el Señor, «Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que hacen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo hacen para que la gente los vea…». Necesitan, pues, para su bien, incluso utilizando expresiones muy duras, llamarles a conversión haciéndoles ver que están equivocados.

Este comportamiento de los letrados y fariseos, a nosotros debe ponernos alerta. También nosotros, los que nos llamamos creyentes, los que frecuentamos los sacramentos y procuramos adecuar en lo posible nuestra vida a la voluntad de Dios, tenemos el peligro de caer en el mismo pecado que los fariseos. Tenemos el peligro de creernos mejores que los demás, porque vamos a misa, ayudamos a las necesidades de la Iglesia y tratamos de vivir una vida ordenada.

En la sociedad de hoy, y sin ir más lejos entre aquellos que nos rodean, familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, encontramos conductas que, a nuestro entender, no son adecuadas. Vemos cosas que no podemos aceptar. Pues bien, desde nuestra situación, es muy fácil caer en el pecado del juicio, que, aunque con frecuencia no le damos importancia, es un pecado serio. Con él, faltamos a la caridad para con el hermano erigiéndonos como jueces, decidiendo si su conducta es buena o mala. Si el Señor llega a decir en una ocasión «¿Quién me ha nombrado juez entre vosotros?», ¿cómo te atreves tú a juzgar a tu hermano?

El Señor Jesús, al final del evangelio viene en nuestra ayuda invitándonos a la humildad, que es la virtud más amada y querida por Dios. A los fariseos les gusta que les llamen maestros, sin embargo, Jesús nos dice: «No os dejéis llamar maestros ni tampoco jefes…uno sólo es vuestro maestro y uno sólo es vuestro Señor, Cristo». «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Esto no sólo son palabras. Esto el Señor lo llevó a la práctica durante su vida. Lo vemos en otro pasaje del evangelio en el que el Señor Jesús, hablando a sus discípulos les dice: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y ciertamente lo soy, sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». Esa ha de ser nuestra actitud. Lejos de escandalizarnos y juzgar a los que llevan una conducta equivocada, el Señor nos llama a quererlos, intentando comprenderlos y procurando ayudarles en lo que nos sea posible. Piensa que, si el Señor no te hubiera ayudado, tú harías lo mismo o cosas aún peores.  No olvides, por tanto, lo último que nos dice el Señor en el evangelio de hoy: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con

toda tu alma y con todas tus fuerzas »

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 22, 20-26 * 1Tes 1, 5c-10 * Mt 22, 34-40

Una vez más, los fariseos desean poner a prueba al Señor Jesús. En esta ocasión van a formularle una pregunta que es fundamental, porque es sin duda el núcleo principal de toda la Ley. «¿Cuál es,  le preguntan,  el mandamiento principal de la Ley?».  La respuesta del Señor no admite ninguna duda:  «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Y añade: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los Profetas»

Todo lo que llamamos Ley de Dios, tiene como fundamento este mandato que el Señor da a su pueblo en el capítulo 6 del Deuteronomio. Antes de continuar hablando de él, es preciso hacer una aclaración. La palabra mandamiento tiene para nosotros una connotación que nos hace presente algo que es de obligado cumplimiento. Esta forma de pensar es radicalmente falsa. Dios no puede darnos un precepto que no está en nuestras manos cumplirlo. Por más que nos esforcemos, ni tú ni yo podemos amar a Dios sobre todas las cosas, porque esto no está a nuestro alcance.

El mundo occidental, influenciado por el Derecho Romano, mira la Ley de Dios bajo el prisma jurídico. No es eso lo que hacen los orientales, los hebreos. Para ellos las palabras de la Ley son focos que alumbran el camino de la vida del hombre. Así lo expresa el salmo 118 que dice: «Lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero». Significa esto, que tú y yo, que tenemos nuestra naturaleza herida por el pecado, somos incapaces de encontrar el camino de la verdadera felicidad, que consiste en el encuentro del hombre con su Creador. Dios, que conoce nuestra deficiencia, nos da la Ley cuyos preceptos son semejantes a las señales de tráfico que nos ayudan a circular sin peligro, pudiendo alcanzar la meta de nuestro viaje. Por tanto, hemos de ver la Ley no como una carga insoportable, sino como un rasgo del amor de Dios.

Hoy, en el evangelio, el Señor Jesús nos recuerda que nuestra felicidad en este mundo y después en el otro, se sustenta sobre dos pivotes: Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Esta afirmación del Señor es totalmente contraria a lo que el mundo propone. El mundo, para alcanzar la felicidad nos invita a buscarla en las riquezas, en el dinero, en el poder, en la ambición, en el orgullo o el sexo. Todos estos medios nos llevan a buscarnos a nosotros mismos, sin darnos cuenta de que nuestro corazón no puede de saciarse con ellos. Siempre tendremos delante una meta mayor, un deseo, que seremos incapaces de alcanzar. Al final, caeremos en el hastío y en la insatisfacción.

Lo que nos dice el Señor es todo lo contrario. Él sabe que fuimos creados por amor y que, como dice san Agustín, nuestro corazón no hallará descanso, mientras no descanse en ese amor. No hay nada en el mundo que pueda satisfacer el ansia de amor de nuestro corazón. Dios nos creó por amor y la respuesta del hombre a ese amor no puede ser otra que, amar a su Creador. Si esto se da, la segunda parte, amar al prójimo, es algo que nos vendrá dado sin esfuerzo alguno. Para aquel que tiene el corazón rebosante de amor, amar al que tiene al lado es extremadamente fácil.

Entonces, ¿cuál es el problema? El problema es que a causa de nuestro pecado estamos incapacitados para amar. ¿Cómo voy a amar al otro gratuitamente si lo que yo necesito es que me amen? Amar supone negarme a mí mismo, y la negación del ser es la muerte. Por el pecado, tengo miedo a no ser, tengo miedo a la muerte.

Por eso, una vez más aparece el amor y la misericordia de Dios hacia ti y hacia mí. ¿Cómo? Enviando a su Hijo al mundo para que, cargando con nuestro pecado, nos viéramos libres de la muerte. Derramando luego su Espíritu Santo para que, dentro de nosotros, fortaleciera nuestra debilidad haciéndonos capaces de amar, sin miedo a negarnos a nosotros mismos.  

 

 

 

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

Los escribas y fariseos, en tiempo de Jesús, pertenecían a una clase social que era respetada por todo el pueblo. Ellos eran los estudiosos y entendidos en la Ley. En el exterior figuraban como cumplidores estrictos de las normas dadas por Dios a su Pueblo, pero el defecto más grande que tenían, era que se aferraban al cumplimiento de la Ley hasta en las normas más nimias, y, sin embargo, su vida privada estaba lejos de responder a lo que decían de palabra. Amaban el dinero, les agradaba ocupar en las asambleas y banquetes los primeros puestos, y gustaban de ser respetados y reconocidos por el pueblo.

El Señor Jesús, porque los quería, aprovechaba todas las ocasiones posibles para llamarles a conversión. Les hacía ver que lo que proclamaban con la boca estaba muy lejos de lo que en realidad vivían. En una ocasión llegó a llamarlos «sepulcros blanqueados», muy hermosos por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro. Como es lógico, escribas y fariseos reaccionaban ante este comportamiento del Señor de mala manera, no aceptaban su predicación y la observaban con lupa, para poder tener ocasión de acusarle.

San Mateo, en el evangelio de hoy, nos narra un pasaje en el que queda clara la mala voluntad con la que escribas y fariseos se acercan al Señor. Sacan a relucir un tema, el de los impuestos, que es de mucha importancia y de una gran actualidad. Los israelitas, que viven bajo la dominación romana, se ven forzados a pagar impuestos a sus opresores, los romanos, cosa que, para el pueblo, es intolerable.

Plantean, pues, al Señor esta cuestión, no sin antes alabarle y ponderar su sabiduría y amor a la verdad: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios… ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». La mala fe es evidente. Ponen al Señor ante un dilema. Si afirma que sí, aquellos que le siguen quedarán defraudados, porque el pueblo es contrario a los impuestos. Si dice que no, serán los propios romanos los que le encarcelarán considerándolo enemigo de Roma.

El Señor Jesús, dándose cuenta de la mala voluntad de aquellas personas, les dice: «¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Ellos le muestran un denario. «¿De quién es esta cara y esta inscripción?», pregunta. Del César, le responden. «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», les dice zanjando la cuestión.

Este evangelio viene a interrogarnos sobre la importancia que cada uno de nosotros da al dinero en su vida. La respuesta del Señor nos ayudará a comprobarlo. ¿Qué significa dar a Dios lo que es de Dios? Pues que nuestro interés por el dinero, por nuestras riquezas, no ha de estar de ningún modo por encima de nuestro amor a Dios. Las riquezas son útiles y necesarias, pero no han de ocupar el primer lugar en nuestra vida. No hemos de actuar siguiendo aquel refrán que dice: “Antes es la obligación que la devoción”. Así nos lo recuerda el Señor cuando afirma: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura». Si pones a Dios en el centro de tu vida, todo lo demás ocupará el lugar adecuado, el lugar que le corresponde.

Hay otro aspecto importante en este pasaje. El Señor no niega que haya que pagar al César, a la autoridad, los impuestos justos. Vivimos en una sociedad que ofrece una serie de servicios a los ciudadanos que hay que pagar entre todos. Eludir el pago de los impuestos es inmoral. Los impuestos, bien administrados forman parte de la justicia distributiva. Los que pagan más impuestos se hacen solidarios con aquellos que su poder adquisitivo es menor, y que, por tanto, no podrían sólo con sus medios disfrutar de las ventajas y servicios que las autoridades ofrecen a todos los ciudadanos. Por tanto, hay que dar a Dios, en primer lugar, lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

 

 

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

«MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10ª * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El profeta Isaías nos ha dicho hoy en la primera lectura: «Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…». De este modo Isaías compara el Reino de los Cielos a un banquete preparado por Dios-Padre, al que estamos invitados todos.

Los primeros invitados fueron los miembros del Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, por eso, la parábola que hoy nos brinda el Señor Jesús va especialmente dedicada a ellos. La semana pasada sucedió algo semejante cuando la parábola fue dirigida especialmente a los sacerdotes y senadores del pueblo.

Dios, desde los inicios, eligió a un pueblo que fuera el depositario de la promesa de salvación que Él había preparado para todos los hombres. Se dio a conocer a este pueblo mediante grandes prodigios y lo fue educando a través de los siglos, para que, al llegar la plenitud de los tiempos, su Hijo tomara carne mortal y se hiciera hombre dentro de ese pueblo.

Todos los miembros del pueblo de Israel fueron los primeros invitados a las bodas, al banquete. Pero, vemos hoy en la parábola, que no supieron valorar adecuadamente la importancia que tenía el acontecimiento. Por eso, uno tras otro fueron declinando la invitación, y dieron más importancia a sus asuntos particulares, que el asistir a la boda. Algunos, a imitación de lo que hicieron los labradores homicidas, maltrataron a los enviados llegando a matar a algunos.

La consecuencia que tuvo el comportamiento de los primeros invitados, la hemos visto en la parábola. El Rey abre las puertas del banquete a todo aquel que quiera asistir. La invitación deja de ser particular para convertirse en general. Somos nosotros, que no pertenecemos al pueblo escogido, los que nos hemos beneficiado de la negativa del pueblo de Dios. Somos nosotros, los gentiles, los que somos llamados a participar del banquete que el Señor ha preparado.

Hemos dicho en muchas ocasiones que el reino de los cielos aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor envía a todas partes a discípulos suyos para que inviten a los hombres a formar parte de ella. Quiere que disfruten de los bienes de su casa, del banquete que tiene preparado. Sin embargo, y la historia se repite, son pocos los que aceptan la invitación, porque todos tienen cosas que hacer, que consideran más importantes.

Tu comportamiento y el mío muchas veces no está lejos de esta forma de actuar. ¡Cuántas veces hemos dejado de lado la invitación del Señor, y nos hemos ido tras de nuestros ídolos! Hemos preferido las bellotas que nos ofrece el mundo, dinero, sexo, afectos, poder, etc. a los manjares exquisitos que nos brinda el Señor. Somos ciegos y no nos damos cuenta de ello, por eso buscamos la vida donde no está.

En las bodas hebreas todos los invitados lucen un traje de fiesta especial. Por eso cuando el rey entra en la sala para saludar a sus invitados y se percata de que uno no viste de manera adecuada, hace que los sirvientes lo arrojen sin contemplaciones al exterior.

Dentro de la Iglesia, y para dar una explicación a esta parte de la parábola, se ha dicho que el traje de fiesta era estar en gracia de Dios, o sea, no estar en pecado. Aunque esta afirmación no se puede negar, sucede que, así, el estar en gracia se entiende como una situación estática en la que prima la ley. Peco, me confieso, y estoy en gracia. Existe una interpretación mucho más amplia y acertada. Estar en gracia es vivir en la gratuidad. Es reconocer y adecuar nuestra forma de vida, considerando a Dios como un Padre que nos ama, teniendo el convencimiento de que todo se nos concede gracias a ese amor gratuito que el Señor siente por nosotros, sin que lo merezcamos. Lo contrario es vivir bajo la carga de la ley, con el corazón encogido, sin ser capaces de disfrutar de los bienes que el Señor nos regala. Es lo que le ocurría al hijo mayor de la parábola del Hijo Prodigo. Toda la vida con el padre sin ser capaz de disfrutar de su amor. Para nosotros diríamos, toda la vida en la Iglesia, sin ser capaces de aceptar que, por encima de todo, de todas nuestras miserias, Dios nos ama sin limitación alguna. 

 

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LO EMPUJARON FUERA DE LA VIÑA Y LO MATARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

Durante las pasadas semanas el Señor Jesús ha adoctrinado a sus discípulos mediante el uso de parábolas. Hoy va a hacerlo de nuevo con la parábola de la viña y los labradores homicidas.

Empieza diciendo que un propietario plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una casa para el guarda. Al darnos todos estos detalles, el Señor pone de manifiesto el aprecio y el cariño que el propietario sentía por su viña. Sigue diciendo que, terminada la obra, la arrendó a unos labradores con el fin de que la cultivaran y la hicieran producir, y él partió de viaje.

Cuando llegó el tiempo de la recolección, el dueño de la viña envió criados para que los labradores les entregaran la parte de las ganancias que le correspondían. La reacción de los labradores ya la hemos escuchado. Se negaron a dar al propietario los beneficios y no contentos maltrataron a aquellos criados. El dueño de la viña pensó entonces que quizá si enviaba a su propio hijo, los labradores se avendrían y le entregarían los beneficios de la cosecha. Nada más lejos de la realidad. Aquellos insensatos sacaron fuera de la viña al heredero, lo mataron y pretendieron quedarse con la viña.

Si nos tocara juzgar a estos malvados y nos preguntaran qué castigo había que aplicarles, no dudaríamos en afirmar que no debían seguir y viviendo y que, como se dice en la parábola, merecían morir de mala muerte.

Aunque en general las parábolas que propone el Señor van dirigidas a sus discípulos, en esta ocasión, como hemos escuchado al inicio del evangelio, el Señor Jesús se dirige de manera especial a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. Ellos han sido los encargados de cuidar, como dice en la primera lectura Isaías, a la Viña del Señor que es la casa de Israel. Sin embargo, como los labradores de la parábola, no han dado los frutos que el Señor esperaba y han maltratado hasta la muerte a los enviados, a los profetas, que les daban a conocer el buen camino. En su ceguera y obcecación, han llegado a sacar fuera de la viña, representada por Jerusalén, al propio Hijo del Propietario, para darle una muerte ignominiosa clavándolo en la Cruz.

No estamos nosotros muy lejos de actuar como los sumos sacerdotes. También el Señor nos ha llamado trabajar en su viña que es la Iglesia, para que diéramos los frutos adecuados. Nosotros, en cambio, no hemos dado muerte físicamente a los que nos han enviado, pero hemos obrado siguiendo nuestro criterio, nos hemos aprovechado egoístamente de los dones del Señor, y hemos hecho oídos sordos a aquellos que de su parte nos han llamado a conversión. Por eso, también nosotros merecemos la muerte que es el fruto de nuestros pecados.

Entre aquellos labradores que merecieron la muerte y nosotros, hay sin embargo una diferencia sustancial. Ellos vivieron en una época, el Antiguo Testamento, que estaba regida por la Ley, y según la ley, merecían la muerte. Nosotros, sin embargo, ya no vivimos en el régimen de la ley, sino que estamos inmersos en la economía de la gracia. Yo te pregunto ¿has recibido tú muchos castigos a causa de tu mal comportamiento? Yo, por supuesto, no. Todas mis miserias y pecados han llevado a la Cruz al Hijo del Dueño de la Viña, pero la ira del Propietario no ha caído sobre mí. La reacción de Dios-Padre al contemplar a su Hijo muerto en la Cruz a causa de mis pecados, ha sido ahora totalmente diferente. La ira se ha convertido en amor misericordioso. Las entrañas de misericordia de Dios-Padre al verme pecador, se han conmovido y han hecho imposible que yo sufriera castigo alguno.

Lo cierto es que mis pecados me acarrean sufrimientos, porque, como dice san Pablo, el pecado es el origen de la muerte, pero esos sufrimientos no tienen como origen el castigo de Dios. Por el contrario, es Dios el que, conociendo nuestras miserias y pecados y nuestra impotencia para salir de ellas, las ha perdonado por la sangre de su Hijo Jesucristo.  


DOMINGO XXVI DE CUARESMA -A-

DOMINGO XXVI DE CUARESMA  -A-

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROTITUTAS OS PRECEDEN EN EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

La parábola de los dos hermanos que el Señor Jesús nos propone hoy en el evangelio, nos muestra la distinta forma de actuar que tenemos las personas cuando alguien nos manifiesta un deseo determinado.

Todos conocemos el comportamiento de aquella persona que tiene por costumbre decir a todo que sí, pero luego, a la hora de la verdad, todo queda en buenas intenciones. Del mismo modo, conocemos a aquella otra que raramente acepta hacer lo que le pedimos, sin protestar y poner impedimentos, pero que al fin consiente y hace aquello que se le pide. 

En esto que estamos diciendo, nos referimos a lo que sucede con frecuencia en la vida ordinaria, pero, algo semejante puede ocurrirnos en nuestra vida de fe. Tenemos conocidos que cuando escuchan la predicación, no tienen nada que objetar. Todo les parece bien. Pero al observar su vida nos damos cuenta de que van a la suya sin tener presente nada de lo que han escuchado. De manera que, del dicho al hecho, va un gran trecho. En la parábola están representados por el hijo primero.

Otra actitud es la de aquellos que sistemáticamente protestan por todo. Parece que no estén de acuerdo con nada. Siempre encuentran pegas. Sin embargo, cuando observamos su forma de actuar, comprobamos que hacen todo aquello que se les ha indicado. Así obra el segundo hijo, que, habiéndose negado en un principio, obedece al padre y marcha a trabajar a la viña.

En nuestra vida de fe una de las virtudes más importantes y a la vez más necesarias, es la de la obediencia. Obedecer no es fácil, porque requiere renunciar a nuestra propia razón para entrar en la del otro. Sin embargo, todo cambia, si reconocemos en aquellos que nos guían la sabiduría que reciben del Espíritu Santo, para llevar adelante la misión que el Señor les ha encomendado.

Un ejemplo claro de obediencia lo tenemos en Abraham. El Señor le ordena: «Ponte en camino». Ponerse en camino significaba renunciar a la seguridad del clan, abandonar a sus familiares y lanzarse a una aventura de resultado incierto. Sin embargo, la obediencia de Abraham tiene como premio encontrar la tierra de promisión y poder abrazar a un hijo. Si Abraham siguiendo los dictados de su razón y basándose en su experiencia no hubiera obedecido, nunca hubiera logrado ver satisfechos sus deseos.

Después de plantearles la parábola, el Señor Jesús afirma dirigiéndose a todos y en particular a los escribas y fariseos: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios» ¿Por qué? Podemos preguntarnos. Porque unas y otros han obrado como el segundo hijo. Han dicho que no, que querían vivir su vida a su aire sin tener en cuenta la voluntad de Dios, la voluntad del Padre, pero luego su corazón ha reconocido el error, se han arrepentido y han obedecido.

¡Cuántos vivimos nuestra vida de fe como los escribas y fariseos creyéndonos poseedores de la verdad y tomándonos la libertad de juzgar a los otros! Sin embargo, son ellos, aquellos a los que juzgamos, los que nos llevarán la delantera, porque reconociendo sus errores se acogen a la misericordia de Dios.

Recordemos, pues, lo que hemos dicho sobre la importancia de la obediencia. Pero tengamos en cuenta que para obedecer es necesaria otra virtud muy querida por el Señor, la de la humildad. El humilde se considera siempre el último como las prostitutas y publicanos que pensaban que para ellos no había salvación. Sin embargo, el Señor, que penetra los corazones, se complace en el pobre y el humilde, en el pecador, en aquel que reconoce su impotencia. Por eso, reconocer nuestra debilidad, reconocer nuestros pecados, es algo que complace en gran manera al Señor.