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DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«El que se enaltece será humillado y el que se humilla será

enaltecido »

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 1, 14b-2, 2b * 1Tes 2, 7b-9 * Mt 23, 1-12

En el evangelio de hoy de nuevo Jesús increpa a los escribas y fariseos. Después de haber visto en otros pasajes cómo el Señor los trata, podríamos decir, en un lenguaje coloquial, que, aparentemente, la había tomado con ellos. Nada más lejos de la realidad. El Señor Jesús ama también a estos que representan a las clases altas de la sociedad hebrea. No olvidemos que, ya resucitado, es, precisamente, a un fariseo educado a los pies de un gran maestro de la Ley, a quien elige para que se convierta en el Apóstol de los Gentiles, nos referimos, como está claro, a san Pablo.

Las razones para esta insistencia en llamarles a conversión son dos. En primer lugar, porque los ama de corazón, y no quiere que vivan equivocados creyéndose los únicos cumplidores de la ley. Se esfuerzan hasta extremos impensables en llevar a la práctica hasta los preceptos menos importantes, lo que les hace juzgar sin compasión al resto del pueblo. Son inmisericordes y sin duda, esto está en contradicción con el segundo mandamiento más importante: «Amar al prójimo como a uno mismo».

En segundo lugar, es necesario hacer patente delante del pueblo, que los respeta y quizá hasta los admira, que sus vidas no son un modelo a seguir. Por eso dice el Señor, «Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que hacen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo hacen para que la gente los vea…». Necesitan, pues, para su bien, incluso utilizando expresiones muy duras, llamarles a conversión haciéndoles ver que están equivocados.

Este comportamiento de los letrados y fariseos, a nosotros debe ponernos alerta. También nosotros, los que nos llamamos creyentes, los que frecuentamos los sacramentos y procuramos adecuar en lo posible nuestra vida a la voluntad de Dios, tenemos el peligro de caer en el mismo pecado que los fariseos. Tenemos el peligro de creernos mejores que los demás, porque vamos a misa, ayudamos a las necesidades de la Iglesia y tratamos de vivir una vida ordenada.

En la sociedad de hoy, y sin ir más lejos entre aquellos que nos rodean, familiares, vecinos, amigos, compañeros de trabajo, encontramos conductas que, a nuestro entender, no son adecuadas. Vemos cosas que no podemos aceptar. Pues bien, desde nuestra situación, es muy fácil caer en el pecado del juicio, que, aunque con frecuencia no le damos importancia, es un pecado serio. Con él, faltamos a la caridad para con el hermano erigiéndonos como jueces, decidiendo si su conducta es buena o mala. Si el Señor llega a decir en una ocasión «¿Quién me ha nombrado juez entre vosotros?», ¿cómo te atreves tú a juzgar a tu hermano?

El Señor Jesús, al final del evangelio viene en nuestra ayuda invitándonos a la humildad, que es la virtud más amada y querida por Dios. A los fariseos les gusta que les llamen maestros, sin embargo, Jesús nos dice: «No os dejéis llamar maestros ni tampoco jefes…uno sólo es vuestro maestro y uno sólo es vuestro Señor, Cristo». «El primero entre vosotros será vuestro servidor». Esto no sólo son palabras. Esto el Señor lo llevó a la práctica durante su vida. Lo vemos en otro pasaje del evangelio en el que el Señor Jesús, hablando a sus discípulos les dice: «Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y ciertamente lo soy, sin embargo, yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». Esa ha de ser nuestra actitud. Lejos de escandalizarnos y juzgar a los que llevan una conducta equivocada, el Señor nos llama a quererlos, intentando comprenderlos y procurando ayudarles en lo que nos sea posible. Piensa que, si el Señor no te hubiera ayudado, tú harías lo mismo o cosas aún peores.  No olvides, por tanto, lo último que nos dice el Señor en el evangelio de hoy: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

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