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DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SE HA CUMPLIDO EL PLAZO. ESTÁ CERCA EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 3, 3b-10.19 * 1Cor 6, 13c-15a.17-20 * Jn 1, 35-42

En este evangelio vemos al Señor Jesús que se dispone a llevar a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. ¿Cuál es esa misión? podemos preguntarnos. Dar a conocer a los hombres, que se encuentran dominados por el pecado y sometidos a la muerte, que la respuesta del Padre a esa situación, no es el castigo y la condenación. Que Él, a pesar de nuestras rebeldías, nunca ha dejado de amarnos, y que precisamente es ese amor, el que ha dispuesto que su Hijo, Dios como Él, se encarnara, se hiciera uno de tantos con nosotros, para devolvernos la filiación divina que habíamos perdido por el pecado.

Hoy, vemos al Señor Jesús en Galilea proclamando el Evangelio de Dios con estas palabras: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». ¿Qué significa se ha cumplido el plazo? ¿A qué plazo se refiere? Desde que Dios-Padre después del pecado de Adán prometiera el envío de un Salvador, ha ido repitiendo esta promesa a lo largo de los siglos, primero a los patriarcas y luego a través de los profetas. Durante este largo período de tiempo ha ido preparando y educando a los hombres, para cumplir, al llegar la plenitud de los tiempos, su promesa. Por eso hoy, el Señor nos dice: «se ha cumplido el plazo». Dicho de otro modo: ha llegado para todos vosotros el tiempo de la salvación.

El Señor Jesús invita al mismo tiempo a la conversión, diciendo: «Convertíos y creed en el Evangelio». ¿Por qué es necesario convertirnos? nos preguntamos. La conversión, que significa cambio de vida, supone antes que nada el reconocimiento de que hemos obrado mal. Si no lo reconocemos, nunca sentiremos la necesidad de ser salvados. Es necesario reconocer que pecamos, que hacemos las cosas mal, para recibir con alegría la Buena Noticia, que es lo que significa la palabra Evangelio. Esa noticia nos anuncia que, para nosotros, infieles y pecadores, sometidos al poder de la muerte, ha llegado salvación.

Ocurre que, con frecuencia, nos resistimos a reconocer nuestras culpas y pecados. No queremos que los demás conozcan nuestras debilidades. Quizá, pensamos, que nos querrán menos. No ocurre así con el Señor. Él nunca se escandaliza de nuestros pecados por enormes que sean. Nos ama en nuestra realidad. Sabe que somos débiles y que el pecado nos esclaviza. Precisamente, Él, ha venido para eso. Para romper las ataduras que nos impiden obrar el bien. Esa es para nosotros la Buena Noticia.

Hoy, el evangelista san Marcos, nos cuenta también cómo el Señor va eligiendo a sus primeros discípulos. Van a ser sus colaboradores, los que le ayudarán a anunciar la Buena Noticia. Primero se encuentra con Pedro y su hermano Andrés, que son pescadores, y les dice: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». Más adelante, son otros dos hermanos, Santiago y Juan, los que está en la barca con su padre repasando las redes. Los llama, y ellos sin dudarlo lo siguen. Es significativo y a la vez digno de ser destacado, el hecho de que tanto unos como los otros, ante la llamada del Señor, no dudan en abandonar lo que tienen. Están convencidos de que lo que les ofrece el Señor, es con mucho lo mejor.

Hoy, para ti y para mí, esta historia se repite. En nuestra vida también pasa el Señor. También a nosotros nos llama. Quiere que seamos su boca sus manos y su corazón. A unos nos llama para que lo hagamos presente a través de un matrimonio cristiano. A otros les invita a seguirle dejándolo todo, para que, como Él, sirvan a sus hermanos. A otros, finalmente, les llama a hacerle presente en el trabajo y en medio de la sociedad. Quiere que allá donde nos encontremos, quien nos vea a nosotros, lo vea a Él. Es una misión de gran responsabilidad la que deja en nuestras manos. Quiere que, como discípulos suyos, todos seamos testigos de su amor y de su misericordia. Llevar adelante esta misión es para nosotros imposible y no depende de nuestro esfuerzo. Sin embargo, se hace posible cuando es Él, el que con su gracia y su poder actúa a través de nosotros. 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

«Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 7-11 

Con este domingo en el que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, damos por finalizado el tiempo de Navidad, que este año ha sido muy breve, e iniciamos el tiempo ordinario.

El pasado domingo, Día de la Sagrada familia, san Lucas terminaba su evangelio diciendo: «El Niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba». En el capítulo siguiente, que corresponde al ciclo litúrgico C, el mismo evangelista nos narra el pasaje del Niño Jesús perdido en el Templo, terminando la narración con esta frase: «Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». Reproducimos estas dos citas para señalar que, de la niñez, pubertad y juventud del Señor, no conocemos en absoluto nada. Durante unos treinta años la vida de Jesús es la vida de un ciudadano más de Nazaret. Durante este tiempo María y José van transmitiéndole la fe, enseñándole a conocer a Dios como Padre y a amarle con todo el corazón y con toda el alma.

Han pasado treinta años del nacimiento de Jesús en Belén. San Marcos, en el evangelio de hoy, nos presenta a Juan el Bautista predicando un bautismo de conversión y anunciando al pueblo la llegada del Mesías. Entre la muchedumbre que llega al Jordán para ser bautizada, se encuentra también Jesús. El evangelista nos narra así lo sucedido: «Apenas salió -Jesús- del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu bajar hacia él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Este acontecimiento que podemos considerar como el inicio de la vida pública del Señor, tiene para cada uno de nosotros una especial relevancia. Nos hace presente que también nosotros iniciamos un proceso para convertirnos en hombres nuevos, cuando recibimos de manos de la Iglesia nuestro bautismo.

Hoy, somos creyentes, vivimos en el seno de la Iglesia, pero, quizá porque fuimos bautizados de pequeños, no damos la importancia que tiene a haber recibido el bautismo. Si hoy podemos beneficiarnos y recibir abundantes gracias del Señor, cuando nos acercamos a los sacramentos de la Iglesia, confirmación, penitencia, eucaristía, etc., es precisamente porque un día nuestros padres nos llevaron a la Iglesia, para que entráramos a formar parte del Pueblo de Dios.

Hoy, este evangelio nos lo ha de hacer presente, de manera que las palabras que el Padre dice sobre el Señor Jesús, «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto», hemos de considerar que han sido pronunciadas sobre cada uno de nosotros. Tú y yo somos hoy ese hijo amado del Padre, ese predilecto. No te extrañes ni creas que somos unos presuntuosos al hacer esta afirmación, porque ni tú ni yo hemos hecho mérito alguno para que esto sea así. Ha sido un don que nos ha otorgado gratuitamente el Padre, a pesar de que no somos merecedores de él.

El Señor Dios, nos mira a ti y a mí con los mismos ojos con que un enamorado mira a su amada. Para él, es perfecta. No tiene defecto alguno. También nosotros, a los ojos de Dios somos perfectos, porque nos mira con los ojos de un Padre enamorado de su criatura. Aunque nuestras obras, por nuestra debilidad, no respondan en muchas ocasiones a las obras de un hijo de Dios, el amor y la misericordia del Padre cubren por completo nuestras faltas, que ya fueron perdonadas en la Cruz de su Hijo Jesús. Recordemos las palabras de san Pablo al hablar del Amor, que no es otra cosa que hablar del mismo Dios: es paciente, es servicial, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, no se irrita, no toma en cuenta el mal… Ese es nuestro Dios. Ese es el Dios que hoy te ha llamado su hijo predilecto.

¿Cuál ha de ser nuestra respuesta ante tamaña bondad? Reconocer ante Él nuestra indignidad, y pedirle la fuerza del Espíritu Santo, para que, por su acción, nuestras obras respondan a las obras de un Hijo de Dios. 

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

«EL NIÑO IBA CRECIENDO Y LA GRACIA DE DIOS LO ACOMPAÑABA»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40

En este domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia quiere que pongamos nuestros ojos en la Santa Familia de Nazaret. Es importante esto, porque, para el creyente, la familia formada por Jesús, María y José, ha de ser un referente a la hora de vivir cada uno su propia familia. Es muy importante no perder de vista, que, por voluntad de Dios, la célula principal que conforma toda la sociedad, y, por tanto, también la Iglesia, es la familia.

Tenemos el peligro de idealizar, como se ha venido haciendo a través de la historia, la figura de la Sagrada Familia. La vida que llevaban Jesús, María y José, difiere poco de la forma de vivir de una familia corriente de alguno de nuestros pueblos. María vivía preocupada por el cuidado de su hijo, de su marido y de la organización de la casa, mientras que José, su esposo, se afanaba con su trabajo para que, a su esposa y a su hijo, no les faltara lo indispensable para vivir. Los dos eran conscientes de que tenían que cumplir con esmero la misión que el Padre les había confiado: la educación integral del Niño Jesús.

Al referirnos a la educación integral, queremos decir que se dedicaban a educar a su hijo, tanto en el aspecto humano como en el religioso. El pequeño Jesús, no era para nada diferente a cualquier niño de su edad. Era necesario, por tanto, educarle como un miembro más de la comunidad civil, e inculcarle al mismo tiempo los valores religiosos del Pueblo de Israel. Era fundamental darle a conocer a Dios como Padre y enseñarle a amarlo sobre todas las cosas. Es necesario, pues, que pasemos por alto esas imágenes idílicas que la pintura o la imaginería religiosa nos ofrecen con frecuencia, al retratar a la Familia de Nazaret, o esos relatos de evangelios apócrifos que nos muestran a Jesús haciendo pajaritos de barro para luego echarlos a volar. Jesús era exactamente como tu hijo o el mío y necesitaba los mismos cuidados que necesitan cualquiera de nuestros hijos.

Un aspecto importante de la Familia de Nazaret, era, sin duda, que todas sus obras estaban dirigidas a encarnar en sus vidas las palabras del Shemá: “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo”. Eso era lo que intentaban grabar en el corazón de su hijo. Queremos decir con esto, que la Familia de Nazaret era la escuela en donde Jesús era educado en la fe, ayudándole a descubrir a Dios como padre.

En este aspecto la familia de Nazaret ha de ser modelo para nuestras familias. Es necesario que, por encima de todo, nuestras familias sean el lugar en donde se transmita la fe a nuestros hijos, enseñándoles a poner a Dios por encima de todo. Pasar la fe a los hijos es una misión y un derecho irrenunciable para los padres cristianos. De esta forma, la familia cristiana se convierte en el semillero de los miembros adultos de la Iglesia. La persecución abierta que hoy sufre la familia cristiana, tiene su origen precisamente en esta misión. Destruir la familia es el camino directo que lleva a la destrucción de la Iglesia.

El maligno, enemigo irreconciliable de Dios, no pudiendo atacarle directamente, se esfuerza en destruir su obra, la Iglesia. Y como conoce que el medio más directo para conseguir su objetivo es la destrucción de la familia, instiga a los cuerpos legislativos de las naciones, a aprobar leyes que impidan a la familia cristiana llevar a cabo su misión. La implantación del aborto, del matrimonio homosexual, del adoctrinamiento de los niños con la ideología del género, etc., etc., son cargas de profundidad que no tienen otro fin que el de destruir los cimientos de la familia. Es necesario estar alerta, y aun sabiendo que nuestra actitud puede acarrearnos persecución, no renunciar en modo alguno a la verdad.     



DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

DOMINGO IV DE ADVIENTO  -B-

«HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: 2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16 * Rm 16, 25-27 * Lc 1, 26-38

Con este cuarto domingo llegamos al final del Adviento, que este año ha sido de los más breves ya que este día coincide con la víspera de la Navidad.

El evangelio que la Iglesia pone hoy a nuestra consideración, es una de las páginas más hermosas y a la vez más esperanzadoras de toda la Escritura. El Señor Dios se dispone a cumplir la promesa que hizo al principio de los tiempos a Adán y Eva, cuando al maldecir a la serpiente dijo: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar».

Esta promesa hecha al hombre después de haber caído en el pecado, y anunciada repetidamente a los patriarcas, a los profetas y a todo el Pueblo de Israel, Dios se apresta a cumplirla llegada la plenitud de los tiempos. Si entonces por una mujer entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte, ahora, por otra Mujer, quedará de manifiesto para el hombre el perdón de su pecado, como manifestación de las entrañas de misericordia de nuestro Dios.

San Lucas, en su evangelio, nos narra cómo Dios empieza a cumplir su promesa, eligiendo como madre de su Hijo a una doncella de Israel. El pasaje no puede ser más entrañable. El ángel saluda a María con estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». Estas palabras que fueron para María la gran noticia, lo son hoy también para nosotros. Hoy, somos nosotros los destinatarios de este saludo. Hoy, por la misericordia de Dios-Padre y por el perdón que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, somos colmados por su gracia, y revestidos, sin merecerlo, de la dignidad de hijos de Dios.

El ángel Gabriel anuncia a María que ha sido elegida por Dios para ser la madre del Deseado de las naciones, para ser madre de Aquel, que va a devolver al hombre su dignidad de hijo de Dios. María sólo acierta a decir al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». En las palabras de María no existe duda alguna sobre lo anunciado por el ángel, pero sí extrañeza de cómo se llevará a cabo, ya que es virgen y no ha conocido varón. La respuesta del ángel aclara todas sus dudas: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios». Aunque María no exige prueba alguna de la veracidad de lo afirmado por el ángel, éste le comunica, que, Isabel, su pariente, aquella a la que llamaban estéril, está ya en su sexto mes de embarazo, porque, «para Dios nada hay imposible». La respuesta de María no se hace esperar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Este pasaje también halla cumplimiento en tu vida y en la mía. Por el bautismo recibimos de la Iglesia un embrión que, convenientemente gestado y desarrollado, alcanzará a ser un hijo de Dios. Un hermano de Jesucristo. Si somos conscientes de lo que esto significa, también nos preguntaremos: ¿Cómo es posible esto si yo soy un pecador, si muchas veces vivo mi vida fuera de la voluntad del Señor? Pero, también a nosotros el ángel nos dice: “No temáis. El Señor conoce vuestras debilidades y no las toma en cuenta, porque os ama entrañablemente. Tanto, que no ha dudado en entregar a su Hijo a la Cruz, para que su Sangre lavara por completo vuestras culpas. La obra es suya y la llevará adelante por medio de su Espíritu, porque para Dios nada hay imposible. Sólo pone una condición: que, como María, aceptéis sin oponer ninguna resistencia, que Él lleve adelante en vosotros su obra. La misma que realizó en María”.

Seguramente nos pasará como a la Virgen, que, de pronto, no alcanzó a ver del todo la magnitud y grandiosidad de la obra para la que había sido elegida, pero que viendo que venía del Señor, sin dudar, aceptó de corazón. Hagamos nosotros lo mismo. Digamos como ella: «Señor, hágase en mí según tu palabra».  


DOMINGO III DE ADVIENTO -B- GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -B- GAUDETE

«ESTAD SIEMPRE ALEGRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 61, 1-2ª.10-11 * 1Tes 5, 16-24 * Jn 1, 6-8.19-28

Llegamos al domingo tercero de Adviento que en la liturgia se le denomina de “gaudete”, porque en la epístola de san Pablo a los Tesalonicenses, el Apóstol, empieza diciendo: «Estad siempre alegres». Se trata de un domingo que es como un paréntesis, dentro del tiempo de penitencia y austeridad del Adviento, que nos prepara a la venida del Señor. Por eso el color litúrgico de los ornamentos, deja de ser morado y se transforma en color rosa.

Como hemos dicho, el Apóstol nos invita a la alegría. Nosotros nos preguntamos, ¿tenemos motivos para estar verdaderamente alegres? ¿Tú qué piensas? Tengamos en que para que esto sea así, se han de dar varias circunstancias.

En primer lugar, hemos de ser conscientes de nuestras debilidades y pecados. Tenemos que estar convencidos, por propia experiencia, de que la felicidad momentánea que nos proporciona el pecar, es falsa, porque se acaba pronto y deja en nosotros un mal sabor de boca. Por otra parte, hemos de darnos cuenta de que cambiar de vida dejando nuestros vicios, no está al alcance de nuestras manos. Se da en nosotros aquello que dice san Pablo del “quiero y no puedo”.

Nuestra vida, por tanto, es semejante a un negro túnel del que no conocemos la salida. En esta situación, el Adviento viene en nuestra ayuda. ¿Cómo? Mostrándonos una pequeña luz al fondo del túnel. Una luz que nos indica que en nuestra vida no está todo perdido. Que existe una salida. El Adviento nos anuncia que llega a nuestras vidas un Salvador. Alguien que puede transformar en luz una vida envuelta en tinieblas. Esto es motivo más que suficiente para estar alegres, para vivir esperanzados, deseando la llegada de ese liberador. Tú y yo, que por nuestros pecados estábamos condenados a muerte, recibimos la noticia de que se nos ha concedido el indulto. ¿Quieres más razón para vivir en la alegría?

Esto no está al alcance de cualquiera. Los que viven en el mundo ignoran que es el pecado el que les hace infelices y les amarga la vida. Sufren, pero las más de las veces no saben el por qué. No conocen la relación que existe entre pecado y sufrimiento. Ignoran que el pecado del hombre es el origen de la insatisfacción y de la infelicidad. No hay peor amargura que la del sufrimiento sin sentido. Por eso, nosotros, como Juan el Bautista, estamos llamados con nuestra vida a anunciar que Dios se ha apiadado del hombre y le ha enviado un Salvador.

En este tercer domingo Juan nos anuncia que la llegada del Mesías es inminente. Él, no es el Mesías, no es un Profeta, Él es «la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor». Juan nos invita a mirar sin temor nuestras infidelidades y pecados. Reconocerlas delante del Señor acogiéndonos a su misericordia, es ya preparar, allanar el camino a su venida. Él viene a salvarnos y esa salvación está cada vez más cerca. Por eso, si somos conscientes de nuestra próxima liberación, podremos, como nos dice el Apóstol, vivir alegres siendo constantes en la oración.

En el presente año, con este domingo, ya dentro de la Novena del Nacimiento, damos comienzo a la preparación inmediata a la natividad del Señor Jesús en Belén. Ocurrió físicamente hace más de 2000 años. María y José, buscaron, sin encontrarlo, un lugar para que el Hijo de Dios hiciera su entrada en este mundo. Hoy, el Señor Jesús quiere nacer de nuevo, y para ello busca un corazón humilde que no tenga miedo a reconocer su indignidad, y que quiera recibirlo como a Aquel que viene a salvar lo que estaba perdido. Te pregunto, ¿estás dispuesto a abrirle tu corazón? 


DOMINGO II DE ADVIENTO -B-

DOMINGO II DE ADVIENTO -B-

«EN EL DESIERTO PREPARADLE UN CAMINO AL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 40, 1-5.9-11 * 2Pe 3, 8-14 * Mc 1, 1-8

El evangelio de este domingo corresponde al ciclo B de la liturgia y está tomado, por lo tanto, del evangelio según san Marcos. En esta ocasión será el principio de este evangelio lo que escucharemos.

San Marcos hace mención a los escritos del profeta Isaías que, con la Virgen y san Juan Bautista, es uno de los personajes principales del Adviento.

Isaías, en la primera lectura da una gran noticia al pueblo y, por tanto, también a cada uno de nosotros: el Señor se ha apiadado de su pueblo, se ha apiadado de ti y de mí, ha roto la esclavitud que padecíamos a causa de nuestros pecados, y abre delante de nosotros el tiempo de la consolación.

Un heraldo, Juan el Bautista, anuncia con fuerte voz la llegada de nuestro Dios que viene para salvar, que viene a apacentar su rebaño, llevando en sus brazos a los corderillos y cuidando con cariño a las madres.

Es para todos nosotros, los que vivimos bajo la esclavitud del pecado y de la muerte, una gran noticia. Nuestro crimen y nuestra rebeldía están pagados. El Señor se ha acordado de su pueblo y envía a un Salvador.

Isaías nos invita a preparar el camino al Señor diciéndonos: «En el desierto preparadle un camino al señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que los montes y las colinas se abajen. Que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». Estas palabras son para nosotros una llamada a conversión. Una llamada a reconocer que no somos buenos. Que es necesario abajar nuestro orgullo que hace que nos creamos superiores a los demás. Es necesario enderezar el camino de nuestra vida que anda buscando la felicidad en el dinero, en el poder, en el ansia de que los demás piensen en nosotros y nos tengan en cuenta. Es necesario también levantar nuestro ánimo que, ante las dificultades, con frecuencia, está decaído y sin ganas de afrontar los problemas de la vida.

Por eso san Juan predica un bautismo de conversión. Es necesario reconocer nuestras limitaciones y nuestros pecados, para desear ardientemente la llegada del Salvador a nuestras vidas. Ocurre lo mismo con aquellos que están enfermos. Es necesario reconocer que uno no se encuentra bien, para que se dé cuenta de la necesidad que tiene de acudir al médico. Por otra parte, no hemos de tener miedo ni escandalizarnos de nuestros pecados. El Señor, que nos conoce mucho más de lo que nosotros nos conocemos, no se escandaliza de nuestras debilidades, sino que acude siempre en nuestra ayuda sin importarle para nada lo grande que sean nuestras faltas. Él te ama tal y como eres. Él viene, y viene para salvarte.

Juan anuncia la llegada del Mesías, del que dice que no merece agacharse para desatarle las sandalias. Él está en el Jordán administrando un bautismo de conversión. Es necesario que el Mesías al llegar encuentre un pueblo bien dispuesto. Un pueblo que espera a un Mesías liberador, pero no liberador de la opresión de los romanos, un Mesías liberador de la esclavitud del pecado y de la muerte. Un Mesías que, como dice Juan, nos bautizará con Espíritu Santo.

Nosotros, por nuestra parte, debemos mantenernos vigilantes porque no tenemos la certeza de cuándo se hará presente el Señor en nuestras vidas. Es necesario que, cuando llegue, nos encuentre despiertos. Es mucho lo que nos jugamos, ya que, si nos encuentra dispuestos, el encuentro con el Señor, transformará por completo nuestra vida. Por eso, siempre, pero en especial ahora en el Adviento, hemos de estar vigilantes porque el Señor llega, y llega para salvar.

DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -B-

«MIRAD, VIGILAD PUES NO SABÉIS CUANDO ES EL MOMENTO»


CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16b-17.19b;64, 2b-7 * 1Cor 1,3-9 * Mt 13, 33-37 

Iniciamos hoy con este domingo un nuevo año litúrgico. La Iglesia, a través de él, pondrá ante nosotros toda la historia de salvación. En esa historia quedará reflejada también nuestra historia, nuestra vida.

Si fuéramos conscientes de nuestra situación existencial, haríamos nuestra desde el principio hasta el fin la oración del profeta Isaías que la Iglesia nos ofrece hoy como primera lectura.

Es la situación de un hombre que, reconociendo su pecado, siendo consciente de que sin la ayuda de Dios no hay solución para su vida, desea vivamente la manifestación del Señor. Desea que Dios se haga presente para salvar. El profeta dirá: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia!» ¡Ojalá, podemos decir nosotros, te hicieras presente en nuestras vidas que tanto te necesitan!

El profeta tiene la certeza de que se trata de un Dios que salva, por eso dirá: «Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él». Nosotros, podemos preguntarnos ¿Ciertamente, somos conscientes de todo lo que el Señor ha hecho en nuestra vida y sigue haciendo cada día en ella? El profeta, reconociendo sus infidelidades y pecados, sigue diciendo: «Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado… Aparta nuestras culpas y seremos salvos. …Señor, tú eres nuestro Padre. Nosotros, la arcilla, y tú, el alfarero: somos todos obra de tu mano».

Si nosotros, en vez hacer la vista gorda y restar importancia a nuestra situación de pecado, nos diéramos cuenta de que no tenemos solución, de que no somos merecedores de que el Señor nos mire con ojos de misericordia, desearíamos con ansia, como el profeta, que rasgase el cielo y bajase, derritiendo con su presencia los montes de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, de nuestra lujuria, etc.

Ésta es la actitud que el Adviento quiere provocar en nosotros. No quiere que nos escandalicemos de nuestros pecados y miserias, pero sí quiere que seamos conscientes de ellas, que las reconozcamos, porque reconocerlas es el primer paso para desear con ansia la venida del Señor a nuestras vidas, para salvarnos.

Todos sabemos que esta vida presente de la que ahora disfrutamos, no va a durar indefinidamente. Somos seres mortales y todos hemos de pasar necesariamente por el trance de la muerte. Aunque no nos demos cuenta nuestra vida terrena es un tiempo de gracia. Son días, meses o años que el Señor nos regala antes de encontrarnos definitivamente con Él. Salimos de Él y hacia Él caminamos. Sin embargo, las más de las veces vivimos nuestra vida ajenos a esta realidad. Muchos hemos plantado nuestra tienda en este mundo, y lo consideramos como nuestro destino definitivo.

En el inicio del evangelio de hoy, el Señor Jesús quiere sacarnos de nuestra alienación y nos dice: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Si tú y yo estuviéramos convencidos de que aquí estamos de paso y de que nos espera una vida eterna, plena y feliz, sin duda, anhelaríamos el rescate de nuestro cuerpo, como dice san Pablo en su carta a los Romanos. Consideraríamos esta vida como un exilio lejos del Señor.

Sin embargo, la realidad es otra. Vivimos apoltronados en este mundo sin desear para nada la otra vida, aunque nos aseguren que aquella es mejor. De ahí, que el Adviento nos invita a estar alerta, a estar vigilantes, a vivir este regalo del Señor que es la vida presente, sin perder de vista que somos ciudadanos del cielo.    

 

 

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO- CRISTO REY -A-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO- CRISTO REY -A-

«TODO SE HIZO POR ÉL Y PARA ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 34, 11-12.15-17 * 1Cor 15, 20-26.28 * Mt 25, 31-46

Estamos celebrando el último domingo del año litúrgico. Hemos dicho en repetidas ocasiones que a través del año litúrgico la Iglesia pone a la consideración de los fieles toda la historia de salvación. Y esa historia de salvación tiene como colofón final celebrar la figura de Jesucristo Rey del Universo. Como dice la carta a los Colosenses «Todo se hizo por Él y para Él». Por eso es lógico que, al terminar el año litúrgico, paradigma de lo que es la historia desde el principio de la creación hasta el final de los tiempos, se cumpla lo que el apóstol Pablo nos dice hoy en la primera carta a los Corintios: «Cristo tiene que reinar, hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies».

En la misma carta hemos escuchado: «El último enemigo aniquilado será la muerte». Cristo tomó nuestra naturaleza humana y vino al mundo precisamente en función de la muerte. Tu pecado y el mío y el de toda la humanidad, fue la llave que abrió la puerta para que entrara la muerte en el mundo. La muerte es algo que no proviene de Dios, ya que de la Vida es imposible sacar a la muerte. Dios no ha creado la muerte ni se complace en la muerte del pecador. Hemos sido tú y yo los que pecando hemos dado la espalda a la Vida que es Dios. Y dar la espalda a la vida es entrar en la muerte.

El Señor Jesús vino, por tanto, a restaurar aquello que tú y yo habíamos perdido por el pecado. Unió en sí mismo las dos naturalezas, humana y divina. Por la primera pudo saborear lo que era el morir, y por la segunda pudo vencer a la muerte con su resurrección. Es, por tanto, Señor, es Rey de la vida y de la muerte. Eso significa que nosotros que estamos sometidos a la esclavitud de la muerte, unidos a Él podemos vencerla y recuperar la vida.

A Cristo, sentado a la derecha de Dios, se la ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Así lo afirma Él al final del evangelio a punto de ascender a los cielos. Esto, para nosotros, que somos sus discípulos, es algo extraordinario. ¿Por qué? Te preguntarás. Sencillamente, porque ese poder le ha sido dado en función tuya y mía. Él ha vencido a la muerte, pero nosotros no. Nuestra carne de pecado, el hombre viejo que llevamos todos dentro, está inclinado continuamente al mal. Él es el que provoca en ti la soberbia, la vanidad, la lujuria, la mentira, la ambición desmedida, etc. Él se alimenta con toda esta porquería y tú y yo nos encontramos impotentes ante sus exigencias. Precisamente por esto, el Padre ha puesto a su Hijo Jesucristo como Señor, como Rey, de todo los que nos oprime y nos esclaviza.

Cristo es en tu vida Señor de ese genio endiablado que no puedes dominar. Es Señor de ese odio que te ciega, que no te deja vivir y que te hace incapaz de perdonar al que te ha hecho daño. Es Señor de ese sexo desbocado que nunca se siente satisfecho y que cada vez te exige más. Es Señor de ese egoísmo que te impulsa a ascender, aunque sea pisoteando a los demás. Es Señor también de tu falta de salud, de tu enfermedad, de tus problemas familiares y de trabajo. Es Señor de ese vicio oculto que te avergüenza y que solo tú conoces… Es, en fin, Señor de todo lo que te oprime, te domina y te hace infeliz. Lo que para ti es imposible, se vuelve posible cuando estás unido a Él. Él está puesto por el Padre como tu ayudador. Él está esperando que lo invoques, que le grites, que le digas: “Señor ayúdame porque me pierdo. Sin ti nada puedo hacer”. No olvides que dice la Escritura: «Todo el que invoque el Nombre del Señor, no quedará confundido» «Todo el que invoque el Nombre del Señor, se salvará».

¿Qué quieres más? La solución a tus problemas está al alcance de tu mano. Prueba a invocar el nombre del Señor (aquí nombre significa “poder”). Haz tuya aquella frase que se usaba en Cursillos de Cristiandad: “Cristo y yo, mayoría absoluta”. Con el Señor Jesús a tu lado, no tienes nada que temer. Haz la prueba.