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DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«¡ALELUYA! CRISTO HA RESUCITADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Celebramos en este día, Domingo de Pascua de Resurrección, el acontecimiento más importante, no sólo de carácter religioso, sino el más importante en toda la historia de la creación. El Señor Jesús, Hijo de Dios, por su propia virtud y poder, rompe las ataduras de la muerte y sale victorioso del sepulcro.

La resurrección del Señor tiene lugar en la noche, poco antes del alba. La noche hace presente la situación del hombre, la tuya y la mía, separados de Dios e inmersos en el pecado. Nosotros, que por el pecado nos hemos apartado de Dios, vivimos en las tinieblas. Dios es la luz, Dios es el amor, y nosotros, como dice san Juan en su evangelio, hemos elegido las tinieblas para que nuestras miserias no se manifiesten. Al rechazar la luz vivimos en la oscuridad. Al rechazar a Dios que es el Amor verdadero, nos hemos encerrado en nuestro egoísmo. Cada uno buscamos únicamente nuestro propio interés, porque somos incapaces de negarnos a nosotros mismos en favor de los demás. Pues, en esta situación de oscuridad y tinieblas brilla hoy la luz esplendente del Señor Resucitado. Viene a sacarnos de ese egoísmo, de esa ceguera que, con frecuencia, nos impide ver al que tenemos al lado.

Al apartarnos de Dios, del que hemos salido, constatamos que nuestra vida no tiene sentido alguno. Si he sido creado para una felicidad auténtica y compruebo que me es imposible alcanzarla, me pregunto, ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Yo para qué vivo?

Este panorama que hemos esbozado no es una entelequia, es pura realidad, aunque tú y yo procuramos emborracharnos con las cosas del mundo para no pensar en ello. Pero, Dios-Padre en ningún momento ha renunciado a que tú y yo alcancemos la felicidad plena para la que habíamos si creados. Tu pecado y el mío, que han echado al traste el plan de Dios, tienen, sin embargo, una consecuencia positiva. Por ese pecado, por esa rebeldía, el Hijo de Dios se encarnó, sufrió la pasión, murió y finalmente resucitó. Era necesario, pues, el pecado de Adán, para que Cristo nos rescatara de la muerte. Lo dice la Iglesia en el Pregón Pascual: «Sin el pecado de Adán, Cristo no nos hubiera rescatado. ¡Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!».

Este Redentor es el que, llevado a la tumba por el veneno de nuestros pecados, hoy resucita triunfante de la muerte y nos arrastra con Él hacia la vida eterna. Ya no somos condenados muerte, ya no somos esclavos de nuestros pecados y de nuestros vicios. Cristo ha roto el cerco de muerte que nos oprimía y que nos impedía ser de verdad felices, cargando sobre sí toda la inmundicia de la humanidad.

Cristo, con su resurrección, nos da también la posibilidad de recuperar la filiación divina que perdimos al apartarnos de Dios. Hoy, si lo deseas, el Señor hará en ti una nueva creación. Serás de verdad un hombre nuevo en el que residirá el Espíritu de Jesucristo. Esta transformación, este cambio, es el que realiza en nosotros el Bautismo, cuando, puestos en manos de la Iglesia, el embrión de fe que recibimos el día en que nos bautizaron, se desarrolla y da abundante fruto. Depende de nosotros, de nuestra libertad, que esta transformación llegue a feliz término.

Si de verdad somos conscientes de la situación que nos ha producido vivir separados de Dios, y de las consecuencias que nos ha acarreado el pecado, hoy exultaremos agradecidos y bendeciremos al Señor, por el inmenso don que nos ha proporcionado la victoria de Cristo sobre la muerte.    

 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«NO SEA LO QUE YO QUIERO, SINO LO QUE QUIERAS TÚ»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mc 14, 1—15,47 

Con este domingo se abre la Semana Mayor o Semana Santa, en la que vamos a ser testigos de los acontecimientos primordiales de nuestra historia de salvación. Durante los cuarenta días de la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos ha ido preparando para celebrar estos acontecimientos, no sólo como un recuerdo de lo ocurrido hace más de dos mil años, sino, como unos hechos que hoy, en el siglo XXI, acontecen de nuevo, y nos hacen testigos del inmenso amor de un Dios que es Padre y que siente hacia nosotros, sus criaturas, un amor que no tiene parangón con otro en el mundo.

Hoy vemos al Señor Jesús que llega a Jerusalén para la celebración de la Pascua, aunque en esta ocasión no la celebrará como en años anteriores, sino que la Pascua la hará realidad en su propio cuerpo. Será Él, el que como cordero manso se entregará como oblación al Padre para librarnos a ti y a mí del veneno del pecado que nos lleva cada día a la muerte. Como dijo en el evangelio de la semana pasada, «Ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre». Ha llegado la hora de llevar a cumplimiento, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, la misión que el Padre le ha encomendado desde el principio. En la liturgia de la Misa se proclamará completa la Pasión del Señor según san Marcos.

En este evangelio podremos constatar la lucha que el Señor libra antes de entrar de lleno en su Pasión. Su naturaleza humana se resiste a aceptar el inmenso sufrimiento que esto le acarreará. Ya vimos lo que la semana pasada decía la carta a los Hebreos: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte…». Hoy lo vemos, en el Huerto de los Olivos, muerto de tristeza dirigiéndose al Padre: «¡Abba (Padre)!: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Oración entrañable la del Señor Jesús, que en este momento terrible se dirige al Padre de una manera cariñosa. Le llama Papá, papaíto, expresión que emplean los niños pequeños que tienen por completo puesta la confianza en su padre. Sin embargo, consciente de que esa es su misión, la acepta plenamente diciendo: «Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Después de este momento de lucha y de la consiguiente aceptación de la voluntad del Padre, el Señor sale dispuesto y decidido a entregarse por completo a su Pasión.

Esta lucha del Señor puede iluminar acontecimientos de nuestra vida de fe, en los que, con una intensidad muchísimo menor, tengamos que doblegar nuestra voluntad, aceptando morir a nosotros mismos en favor de los demás. La fuerza que impulsa al Señor a entregarse por completo a la muerte por nosotros, no es otra que la del amor. Pero amar, lo decíamos la semana pasada, supone morir a nosotros mismos, negarnos a nosotros mismos, renunciando a nuestra razón y a nuestros derechos. Sólo la fuerza del Espíritu obrando en nuestro interior, será capaz de vencer la lucha de nuestro yo, de nuestro hombre viejo, que se resistirá con todas sus fuerzas a que renunciemos a lo que  creemos que es justo.

Todo esto, humanamente, no es razonable, como tampoco es razonable esta clase de amor. Sin embargo, así es como Dios-Padre nos ha amado a ti y a mí en su Hijo Jesucristo, y hoy nos está llamando a hacer presente este amor, el único que salva, en medio del mundo.

Durante esta semana acompañemos al Señor Jesús. Sentémonos con él a su mesa en el Jueves Santo y alimentémonos con su Cuerpo y con su Sangre, para tener la fortaleza necesaria para seguirle en su Pasión. Compartamos sus sufrimientos. No temamos entrar con Él en la muerte, porque, si lo hacemos, también con Él resucitaremos a una vida nueva.

DOMINGO V DE CUARESMA -B-

DOMINGO V DE CUARESMA -B-

«Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto».

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 31-34 * Heb 5, 7-9 * Jn 12, 20-33

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén para celebrar las Fiestas de Pascua. Entre los forasteros que han acudido a la ciudad, hay un grupo de griegos que, asombrados de lo que se dice de él, se acercan a Felipe manifestándole su deseo de conocerle. Felipe se lo comenta a Andrés, y los dos se lo hacen saber a Jesús. Éste, al oírles les dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto».

Con esta respuesta el Señor nos enseña a leer los acontecimientos de la historia, para discernir en ellos cuál es la voluntad de Dios. Lo que para nosotros hubiera supuesto un motivo de complacencia al comprobar cómo nuestra fama traspasaba fronteras, para Jesús, es signo de que su misión en este mundo está llegando a su fin. Sabe perfectamente que no está en el mundo para recibir el reconocimiento de las gentes, sino para morir, como holocausto, para la salvación de los hombres. Y es este acontecimiento, precisamente, el que le da a entender que ese momento ha llegado.

El grano de trigo al que alude en su respuesta es su propio cuerpo. Es necesario que ese grano de trigo muera para que dé abundante fruto. Nosotros estamos llamados en esta generación a una misión idéntica a la suya. Estamos llamados a morir como él en favor de los demás. Él lo hizo de una manera cruenta, es decir, derramando su sangre, tú y yo tenemos que morir negándonos, por amor, a nosotros mismos, en favor de aquellos que nos rodean. Morir de este modo es la mayor manifestación de amor a nuestro prójimo.

¿Cómo se muere de este modo? El marido muere por la mujer renunciando a tener razón, aunque así sea, y elude cualquier enfrentamiento. No le importa sacrificarse por su esposa en pequeñas cosas, en pequeños caprichos, aunque hacerlo suponga renunciar a su comodidad. Lo mismo podemos decir de la mujer. Los dos compiten negándose a sí mismos, para dar gusto al otro. Morir al otro es morir a nuestra razón, a nuestros derechos, ya sea entre familiares, entre amigos, en el trabajo, etc.

Resumiendo, amar al prójimo supone la negación de uno mismo. El que ama de verdad busca hacer feliz al otro, aunque, la mayoría de las veces, lo haga fastidiándose así mismo. Significa esto que amar implica sufrir, implica olvidarse de uno mismo en favor del otro. Ahora se comprenden las palabras del Señor: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».

Nosotros podemos preguntarnos, ¿qué ganaré yo actuando así? Actuando así, experimentarás la felicidad más grande posible. La felicidad más grande es la que se experimenta cuando uno, renunciando a sí mismo, se entrega de verdad al otro por amor. En ese momento estás haciendo con tu prójimo lo mismo que Dios hace cada día contigo. Por eso, dice a continuación el Señor Jesús: «El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará». Servir a Cristo es llevar a cabo su misión en esta generación. Para eso nos ha elegido y para eso nos da cada día la fuerza del Espíritu Santo. Para nosotros, es totalmente imposible ser otros cristos si el Espíritu Santo no derrama con abundancia sus dones. Sin embargo, esa ayuda nunca nos faltará porque la empresa no es nuestra. La empresa es del mismo Dios que, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

Alegrémonos, pues, de que el Señor se haya fijado en nosotros. Somos por ello los primeros beneficiarios. Nada hemos hecho para merecerlo, pero el Señor nos mima y nos cuida porque nos ama, pero, sobre todo, porque ama con locura al resto de los hombres.

DOMINGO IV DE CUARESMA -B-

DOMINGO IV DE CUARESMA -B-

«Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».

 

CITAS BÍBLICAS: 2Cro 36, 14-16.19-23 * Ef 2, 4-10 * Jn 3, 14-21

En este domingo cuarto de Cuaresma san Juan nos narra una parte del encuentro del Señor Jesús con Nicodemo. Nicodemo es un rico fariseo, maestro en Israel y miembro del Sanedrín, que reconoce en el Señor a un gran profeta, pero que por respeto humano se entrevista con él por la noche.

  El Señor Jesús, hablando con Nicodemo, se refiere a su misión comparando su muerte en cruz, con el pasaje de la serpiente de bronce que se narra en el Éxodo. En aquella ocasión en la que el pueblo murmuró contra Dios y contra Moisés, el Señor ordena a éste que construya una serpiente de bronce y que la coloque en el extremo de un mástil, para que todo aquel que sea mordido por una víbora, se vea libre de la muerte al dirigir su mirada a la serpiente. Dice el Señor a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

  El Señor continúa diciendo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».  Nosotros, aplicando esta frase a nuestra vida decimos: Tanto nos ama Dios a ti y a mí, que no ha tenido inconveniente de que su Hijo muera en la Cruz, con tal de salvar tu vida y la mía. ¿No es ésta la prueba de amor más grande que pueda darse? El amor que Dios siente por ti y por mí que somos unos miserables pecadores, que sólo buscamos nuestra conveniencia y nuestro placer dándole la espalda cada día, llega al extremo de sacrificar por nosotros a su propio Hijo. ¿Hubiéramos sido capaces de imaginar un amor más grande?

  El Señor Jesús continúa diciendo a Nicodemo: «Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Esta afirmación del Señor es fundamental para nuestra vida. Siempre hemos pensado que Dios condenaba a aquellos que no cumplían su ley, pero esto no es cierto. Dios no condena al mundo. Dios no condena a nadie. Dios no nos condena ni a ti ni a mí, somos nosotros mismos los que apartándonos del él, caemos en la condenación. La obra de Dios con nosotros no es la condenación, sino que es la salvación. Para eso ha enviado a su Hijo al mundo.

  ¿Quieres saber cuál es la causa de la condenación del mundo? La respuesta también nos la da el Señor: «Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». También nosotros cuando pecamos, cuando hacemos el mal, procuramos escondernos de la vista de los demás. No queremos que los otros conozcan nuestros defectos y debilidades. Por eso dice también el Señor: «Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras».

 

  Si nos fijamos en la primera frase, nos daremos cuenta de que la condenación no tiene su origen en Dios, sino en nosotros mismos. La condenación consiste en vivir apartados de Dios, que es la vida y que es la luz. Cuando tú y yo elegimos vivir nuestra vida apartados de Dios, somos nosotros mismos los que elegimos la oscuridad y la muerte. Dios, respetando nuestra libertad, no puede hacer nada que la violente. Todo lo que podía hacer ya lo llevó a cabo en la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. Nosotros, unidos a él, podemos librarnos de la esclavitud de la muerte y por obra del Espíritu Santo, tener la certeza de que somos hijos de Dios. Pero todo esto siempre supeditado a nuestra libertad.

  Nuestra libertad, sin embargo, a causa del pecado de origen, no es del todo completa. Nosotros, sin la asistencia del Espíritu Santo, nos somos capaces de obrar el bien, necesitamos su ayuda. Lo explica muy bien san Pablo en la Carta a los Romanos: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo». Somos libres, sin embargo, para decir a Dios que no. Que no queremos su salvación. Que queremos vivir la vida a nuestro antojo.

  Conociendo todo esto. Teniendo ya la experiencia de que la felicidad que proporciona el mundo es pasajera y con frecuencia falsa, y que únicamente en Dios puede descansar nuestro corazón, seríamos necios e insensatos sin continuáramos viviendo apartados de Dios. Él es el único que nos ama tal y como somos y el único que no se escandaliza de nuestros pecados. 

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

«DESTRUID ESTE TEMPLO, Y EN TRES DÍAS LO LEVANTARÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25

Hoy san Juan nos muestra al Señor Jesús que se acerca al Templo para orar. Al llegar encuentra en sus atrios a los vendedores de ovejas, palomas y bueyes, y también a los cambistas que, bajo el pretexto de ayudar a los que acuden al templo a hacer sus ofrendas y sacrificios, han convertido el lugar en un verdadero mercado.

Irritado al ver aquel espectáculo, hace un azote de cordeles y con él arroja del templo a toda aquella gente, volcando las mesas de los cambistas y esparciendo sus monedas por el suelo. «Quitad esto de aquí, les dice, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Los judíos intervienen diciéndole: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» o lo que es lo mismo, ¿con qué autoridad haces esto? Jesús contesta: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». El evangelista añade que ellos no comprenden, cómo una obra que ha costado 46 años construirla, él la va a levantar en tres días. Por eso aclara, que el Señor se está refiriendo al templo de su cuerpo. Los discípulos sólo comprenderán estas palabras del Señor Jesús, cuando al tercer día de muerto y enterrado, resucite de entre los muertos.

Para nuestra vida, este pasaje del evangelio supone una gran ayuda. Nuestros cuerpos, por el Bautismo, se han convertido en templos del Espíritu Santo. Él desea habitar en ellos para testimoniarnos que somos hijos de Dios. Dicho de otra forma, el Espíritu del Señor resucitado desde nuestro interior, como dice san Pablo, se dirige a Dios Padre llamándole Abbá, papá.

Sucede, sin embargo, que en muchísimas ocasiones este templo interior nuestro se halla, como el atrio del templo del evangelio, atiborrado de trastos. Son las preocupaciones de la vida, los negocios, la salud, las diversiones, y con frecuencia los pecados, los que lo llenan por completo, no dejando espacio al Espíritu Santo, que se ve imposibilitado de habitar en nuestro interior.

Es posible que muchas veces no seamos conscientes de este problema. Por eso, hoy, la Palabra viene en nuestra ayuda haciéndonos conscientes de esta realidad. Aquel espacio que el Espíritu Santo había elegido para vivir en nuestro interior, nosotros lo hemos convertido en un mercado o en una cueva de ladrones.

Darnos cuenta de esta realidad es ya un paso importante para intentar poner orden en nuestro interior. Estamos viviendo la Cuaresma, un tiempo de conversión. Un tiempo especial para volver nuestro rostro hacia el Señor y pedirle ayuda, a fin de que en nuestra vida hagamos aquello que a Él le agrada. Precisamente en esto consiste la verdadera felicidad, porque la voluntad del Señor no es otra que el que nosotros seamos felices.

Convertirnos es eso precisamente. Es reconocer que en nuestra vida hemos elegido un camino equivocado. Reconocer que nos afanamos en buscar la felicidad en las cosas del mundo: dinero, poder, sexo, diversión… y comprobar que la felicidad que estos ídolos del mundo nos dan es sólo momentánea, no dura, y que cuando pasa suele dejarnos mal sabor de boca. Reconocer que esto es verdad es un primer paso y cambiar de dirección, cambiar el rumbo de nuestra vida es el siguiente. En esto consiste la conversión.

La Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia, son las que vienen en nuestra ayuda para iluminar nuestra vida y, como ha sucedido en el evangelio de hoy, darnos a conocer la verdad.

 

DOMINGO II DE CUARESMA -B-

DOMINGO II DE CUARESMA -B-

«ESTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 22, 1-2.9a.10-13.15-18 * Rm 8, 31b-34 * Mc 9, 2-10

El evangelio de hoy es el de la Transfiguración del Señor. Este pasaje de la vida de Jesús se proclama el segundo domingo de Cuaresma en los tres ciclos litúrgicos. Esta circunstancia nos da a entender la importancia que la Iglesia otorga a este acontecimiento de la vida del Señor.

El Señor Jesús va con sus discípulos camino de Jerusalén. En un momento dado, se lleva a Pedro, a Santiago y a Juan, para subir con ellos a una alta montaña. Una vez en la cima y puesto en oración, su aspecto físico experimenta una gran transformación. Sus vestidos se vuelven blancos como la nieve, y aparecen Moisés y Elías que se ponen a conversar con Él.

Los discípulos presencian la escena llenos de temor. Pedro sólo acierta a decir al Señor: «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía está hablando cuando se ven envueltos en una densa nube. Del interior de la nube sale una voz que dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». De pronto todo vuelve a la normalidad y sólo ven a Jesús junto a ellos.

El Señor Jesús quiere hacer testigos de su gloria a estos tres discípulos fortaleciendo la fe sobre su persona, porque sabe que los acontecimientos que les va a tocar vivir en Jerusalén, pueden hacer que se tambalee esa fe. Ellos están acostumbrados a escuchar su predicación y a comprobar los poderes que tiene sobre todo tipo de dolencia, e incluso sobre el maligno, pero no pueden imaginárselo vilipendiado, humillado, escarnecido y despreciado en Jerusalén. Es necesario que no pierdan de vista que aquel que carga sobre sí todo tipo de sufrimientos, no deja de ser el Hijo de Dios.

También en nuestra vida puede tambalearse nuestra fe cuando aparecen en ella acontecimientos negativos. Enfermedades terribles como el cáncer, situaciones económicas en las que no encontramos solución posible, enfrentamientos familiares, momentos de soledad y amargura ante acontecimientos de muerte y toda clase de sufrimientos, pueden hacernos dudar de la presencia de Dios y de su bondad hacia nosotros. ¿Cómo es posible, nos susurra el maligno al oído, que Dios sea bueno y permita tanto sufrimiento?

En estas situaciones es necesario reafirmarnos en el convencimiento de que, detrás de todos esos acontecimientos está siempre el Señor, dispuesto a ayudarnos, dispuesto a hacernos caminar por encima de tanto sufrimiento.

Hay otro aspecto importante en este pasaje de la Transfiguración. Aquella gloria y aquella felicidad, (no olvidemos lo que dice Pedro, «Maestro. ¡Qué bien se está aquí!»), que los discípulos comprueban viendo al Señor Jesús transfigurado, es la misma que el Señor tiene reservada para cada uno de nosotros. Estamos llamados a ser transformados, a disfrutar con Él de su misma gloria. También para nosotros ha resonado la voz del Padre «Este es mi Hijo amado». Nosotros, tú y yo, somos ese hijo amado del Padre, en tanto en cuanto poseemos en nuestro interior el Espíritu de Jesucristo que llama a Dios Abbá, papá.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, algo fundamental. Podemos preguntarnos ¿es suficiente estar bautizados para ser hijos de Dios? Eso es lo que creemos como fruto del Bautismo, pero no es del todo cierto. El Bautismo no nos hace hijos de Dios de una manera automática. En el bautismo la Iglesia nos entrega un germen, una semilla de fe, que necesita cultivarse para que creciendo llegue a dar frutos de vida eterna, que hagan patente que dentro de nosotros actúa el Espíritu Santo. El principal fruto de vida eterna es el amor y el perdón sin condiciones al enemigo.

Por el hecho de estar bautizados no debemos considerarnos llegados. Somos peregrinos y necesitamos que la Iglesia, depositaria de la fe, mediante la Palabra de Dios y la predicación, haga crecer la semilla que nos entregó en el bautismo.  

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA -B-

DOMINGO I DE CUARESMA -B-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 9, 8-15 * 1Pe 3, 18-22 * Mc 1, 12-15

El pasado miércoles iniciamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Un tiempo muy importante en la vida de la Iglesia y por lo tanto también en nuestra vida de fe. La Cuaresma no supone para nosotros una meta, tampoco pone de manifiesto la forma normal de vivir del cristiano. Es un tiempo cerrado que tiene como finalidad preparar la celebración gozosa de la Pascua.

La Cuaresma está formada por cuarenta días, en los que el cristiano, como en un gimnasio, prepara su cuerpo y sobre todo su espíritu, para vivir plenamente el acontecimiento primordial de su vida de fe: la Pascua. La Pascua de nuestro Señor Jesús es el centro, el eje sobre el que gira toda la vida de la Iglesia.

El Señor Jesús, después de ser bautizado en el Jordán, consciente de que ha llegado la hora de llevar adelante la misión que el Padre le ha encomendado, marcha al desierto para prepararse mediante la oración y el ayuno. Hoy le vemos, cuarenta días después, librando una batalla con el maligno que lo somete a tres tentaciones importantes. Son las mismas tentaciones que sufrió el pueblo de Israel cuando caminaba por el desierto: la tentación del pan, la tentación de la historia y la tentación de los ídolos. San Marcos, en su evangelio, nos narra de una manera muy escueta este pasaje. Nosotros daremos algunos detalles más sobre el mismo ampliándolo.

A través de la tentación del pan, el enemigo invita a Jesús a asegurarse la vida, a asegurarse la comida a asegurarse el pan. ¿Tienes hambre? Di que estas piedras se conviertan en pan. Haz un milagro en beneficio propio, ¿para qué vas a sufrir? ¿No eres tú el Hijo de Dios? La respuesta del Señor es tajante: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»

El diablo no se da por vencido e insiste poniendo por en medio la misión del Señor. Le hace ver que su forma de vestir, su figura, etc., no son las que corresponden a un profeta. ¿Quién va a hacerte caso con esa facha? Es necesario que hagas un milagro gordo. Arrójate desde la parte más alta del templo, y como Dios evitará que te hagas daño, todos creerán en ti. El Señor le responde: «No tentarás al Señor tu Dios». Que quiere decir, no obligarás al Señor a hacer un milagro innecesario.

El atrevimiento del maligno llega al máximo en la última tentación. Le ofrece todos los reinos y todas las riquezas del mundo, si postrado le adora. El Señor ya harto le responde: «Vete Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto». 

Estas tentaciones tienen para nosotros una gran importancia, porque son las mismas a las que el tentador nos somete en nuestra vida. Vamos a verlo. Todos, desde que tenemos uso de razón, nos preocupamos por asegurarnos el pan. Queremos asegurarnos la vida con el trabajo, los estudios, los negocios… Hemos escuchado muchas veces aquello de que es necesario labrarnos un porvenir. Somos nosotros los que queremos diseñar nuestra historia, nuestra vida. Queremos tenerla segura sin darnos cuenta de que, como dice Jesús, «La vida del hombre no está asegurada en los bienes». No nos creemos que tenemos un Padre que no nos abandonará, como no abandona al más pequeño de los pajarillos.

La segunda tentación la tenemos cuando el demonio nos invita a escapar de nuestra historia. No nos gusta nuestro físico. No aceptamos la manera de ser de nuestros padres y hermanos. Si estuviera en nuestras manos desaparecerían los pobres, las enfermedades, los abusos, las guerras... No comprendemos cómo Dios tolera todo esto. Estamos convencidos de que nosotros lo haríamos mejor.

Finalmente hemos entronizado en nuestra vida y damos culto al dios dinero, a las riquezas, a los placeres y a los ídolos del mundo. Somos unos idólatras, que poco a poco hemos ido sacando de nuestras vidas a Dios, y así nos va.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SI QUIERES PUEDES LIMPIARME. QUIERO, QUEDA LIMPIO»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 13, 1-2.44-46 * 1Cor 10, 31-11, 1 * Mc 1, 40-45

En el evangelio de este domingo san Marcos nos narra la curación de un leproso. Aunque lo hemos dicho en otras ocasiones, no estará de más recordar cuál era la situación de aquellos que contraían la enfermedad de la lepra en tiempos de Jesús. Esta enfermedad, incurable y ya de por sí terrible, tenía para los que la padecían un sufrimiento añadido. La ley les ordenaba abandonar su hogar y su familia viviendo lejos de las poblaciones. Además, debían hacer notar su presencia haciendo sonar una campanilla, con el fin de que nadie se acercara a ellos.

Hoy, uno de estos enfermos se hinca de rodillas ante el Señor Jesús suplicándole: «Si quieres, puedes limpiarme». Es una frase sencilla, es una oración que, ya de entrada, supone en este hombre una confianza y una fe total en Aquel al que suplica. La respuesta del Señor no se hace esperar. Jesús, extiende la mano, le toca y dice: «Quiero: queda limpio». Al momento la lepra desaparece y queda completamente limpio. El Señor lo despide diciéndole: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

La Iglesia ha visto desde siempre en la lepra la figura del pecado. De la misma manera que esta enfermedad destruye paulatinamente la carne del que la padece, así también el pecado nos destruye interiormente matando poco a poco nuestro espíritu. Alguno puede pensar que en esta afirmación exageramos. Precisamente, esta forma de pensar es, sin duda, consecuencia del pecado, que va volviendo laxa nuestra conciencia hasta el punto de no dar importancia a nuestras faltas.

El leproso, que sufre en su propia carne las consecuencias de la enfermedad, ha descubierto en el Señor Jesús al enviado del Padre con poder de sanar su dolencia. No duda, por tanto, en acudir a Él para rogarle que lo sane.

Tres son, pues, las condiciones para alcanzar la salud. En primer lugar, tener conciencia de padecer la enfermedad, en segundo lugar, creer en Aquel que tiene poder para sanar, y finalmente pedir la curación.

Yo te pregunto, ¿has descubierto que también tú, por el pecado, eres un leproso? Ser consciente de padecer una enfermedad es la condición necesaria y principal para acudir al médico. Segundo, ¿estás convencido de que el Padre ha enviado a su Hijo con poder para curarte? Si estas dos condiciones se cumplen en tu vida, sería necio no pedir con insistencia al Señor la curación. Dile al Señor con el leproso: «Si quieres, puedes limpiarme». Seguro que no tardarás en escuchar la respuesta: «Quiero: queda limpio».

Después de realizar el milagro, el Señor Jesús ordena discreción al que era leproso diciéndole: «No se lo digas a nadie». Pensamos que, en esta ocasión, pide un imposible, porque el enfermo, ya curado, empieza a divulgar por todas partes el hecho con grandes ponderaciones. Anuncia a todos la buena noticia. No puede callar que el Señor ha tenido misericordia de Él.

Lo mismo ha de suceder contigo. Es necesario que hagas partícipes a los demás, a aquellos que te rodean, de que el Señor ha tenido misericordia de ti. Que no ha tomado en cuenta tus infidelidades y que ha perdonado tus pecados sin exigirte nada a cambio. En esto consiste precisamente evangelizar. En dar a conocer a los demás que, por el pecado también son leprosos, que no hay nada perdido. Que el Señor no se escandaliza de nuestros pecados y que, para esa enfermedad, hay un remedio. Pedir con humildad al Señor la curación. Decirle: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».