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DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VERÁN VENIR AL HIJO DEL HOMBRE SOBRE LAS NUBES CON GRAN PODER Y MAJESTAD ».

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. La liturgia nos hace presente a través de todo el año la historia de salvación, empezando por los domingos de Adviento que preparan la venida del Señor Jesús en Navidad, hasta su segunda venida al final de los tiempos. Durante todo el año vamos contemplando los distintos misterios de nuestra fe: Encarnación del Señor, Pasión, Muerte y Resurrección y finalmente Ascensión a los cielos hasta su segunda venida.

Ahora, ya casi finalizado el año, san Marcos nos muestra en su evangelio los acontecimientos que tendrán lugar al final de los tiempos. Nos habla de la segunda venida del Señor. En la primera vino en humildad dispuesto a vivir su vida como lo hacemos tú y yo. Quería ser uno más de nosotros y pasar por todos los acontecimientos, buenos y malos, que se presentan a lo largo de la vida de cualquier hombre. De esta forma, conociendo nuestras alegrías y penas y también los sufrimientos que tú y yo soportamos, puede ayudarnos en cada momento.

La segunda venida, que es la que san Marcos nos muestra hoy, será por completo distinta. La primera tuvo relación directa con los pecados, puesto que vino a cargar con todos ellos, para eliminar en su cuerpo el veneno que nos conducía a la muerte. Su segunda venida ya no tendrá para nada relación con el pecado, sino que se presentará vivo, resucitado, glorioso y con todo poder. En su primera venida vino en debilidad para dejar al hombre libre de aceptarlo o rechazarlo. En esta ocasión se mostrará con todo poder como juez de vivos y muertos.

Esta segunda venida fue anunciada en distintos pasajes del evangelio, como en el momento de la Ascensión, cuando los ángeles se dirigen a los discípulos diciéndoles: «Galileos, ¿qué hacéis aquí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse».

Que este mundo y todo el universo no son eternos, es cierto. Para creerlo no hace falta recurrir a la fe. La ciencia lo tiene completamente asumido. Tuvo su origen en Dios que lo creó de la nada, y volverá a la nada cuando el mismo Dios lo disponga. Ocurrirá de manera semejante a lo que nos pasará a ti y a mí. Hemos salido de Dios, y a Dios volveremos irremediablemente lo queramos o no.

Ahora podemos preguntarnos, ¿cuándo sucederá esto? El Señor nos dice: «Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sólo el Padre». Sin embargo, el tiempo en que sucederá este final del mundo y el propio Juicio Universal, no ha de preocuparnos excesivamente. Para ti y para mí, el final del mundo tendrá lugar cuando Dios disponga el final de nuestra vida mortal, y nos llame a su presencia. Eso, como sabes, puede ocurrir en cualquier momento. El Señor nos dice al respecto en el evangelio: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su Señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran».

La incertidumbre de lo que el Señor nos reserva no ha de agobiarnos. El Señor nos ama con locura y no hará nada que pueda hacernos daño. Por encima de nuestras debilidades y miserias, que ya quedaron saldadas en la Cruz del Señor Jesús, está la voluntad del Padre que entregó a su Hijo a la muerte, para que tú y yo no muriéramos para siempre. La magnitud de nuestros pecados es una nimiedad comparada con la infinita misericordia del Señor. El Señor, como dice san Pablo, quiere la salvación para todos los hombres, también para ti y para mí, con tal de que nosotros no la rechacemos. 

 

 

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ESA POBRE VIUDA HA ECHADO MÁS QUE NADIE, PORQUE HA ECHADO TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Heb 9, 24-28 * Mc 12, 38-44

En la primera parte del evangelio de hoy, el Señor Jesús nos pone en alerta para que nuestra conducta no sea semejante a la de los escribas y fariseos, que les encantan los reconocimientos humanos. Gustan que les llamen maestros, que les hagan reverencias en la plaza y que les reserven los mejores sitios en los banquetes. Aunque es posible que nuestra manera de actuar no sea exactamente la de estos personajes, sí es cierto que tenemos el peligro de considerarnos mejores que los demás, porque acudimos a la iglesia, no robamos, no matamos, no mentimos, etc. Nos gusta que tengan de nosotros un buen concepto. Pero eso tiene el peligro de que nos atrevamos a juzgar a los demás, considerándonos superiores a ellos.

En la segunda parte de este evangelio, el Señor nos enseña a no dejarnos llevar por las apariencias. Jesús está sentado frente al cepillo del templo. Observa cómo los que van entrando para la oración, depositan sus limosnas en él. Los ricos lo hacen de una manera ostentosa. Quieren que todos se den cuenta de que sus limosnas alcanzan cifras considerables. Las limosnas de los otros son más modestas y pasan desapercibidas.

Jesús observa como una viuda deposita en el cepillo dos moneditas, y llamando a sus discípulos les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Es fácil que en nuestra vida corriente nos dejemos llevar por las apariencias, y juzguemos a nuestro prójimo a la ligera. Con frecuencia nos dejamos impresionar por el porte, los vestidos o las maneras de actuar de aquellos que nos rodean. Por suerte, los ojos del Señor no miran a nuestro exterior, sino que penetran el corazón y conocen cuáles son nuestras intenciones. Por eso el Señor ve en esta viuda a una persona que cumple el Shemá, que pone a Dios como al primero por encima del dinero.

Como norma hemos de procurar no juzgar a los demás, porque tenemos el peligro de hacerlo equivocadamente. Santiago nos dice en su carta: «Uno sólo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio, tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?»

El juicio es un pecado que cometemos con frecuencia y al que no damos demasiada importancia. Sin embargo, cuando juzgamos al otro le estamos haciendo un mal, y al propio tiempo nos lo hacemos a nosotros mismos. Cuando juzgas te sientes superior al otro y eres incapaz de amarle en sus defectos y debilidades. Si Dios hiciera contigo lo mismo, ¿qué pasaría? Te lo voy a decir, nadie nos salvaríamos. Tenemos, sin embargo, la suerte de que Dios no nos mira a ti y a mí, con los ojos con que nosotros miramos a los demás.

De la misma forma que tú no deseas ser el blanco de las críticas de los otros, has de obrar en consecuencia y no juzgar a los demás. De esta forma se cumplirá en ti el segundo mandamiento que nos mostraba el Señor en el evangelio de la semana pasada, al decirnos: «El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Tengamos, pues, esto muy presente a la hora de enjuiciar a los que nos rodean.

 

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«AMARÁS EL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN Y CON TODA EL ALMA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 6, 2-6 * Heb 7, 23-28 * Mc 12 28b-34

El leitmotiv, o motivo central que se repite en las lecturas que nos presenta la Iglesia en la liturgia de este domingo, no es otro que el amor total y sin condiciones a Dios, que es el mismo amor.

Si tú y yo hemos aparecido en este mundo no ha sido para otra cosa, que para tener a Dios como al primero en la vida, amándolo con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser. Gozando, como consecuencia, de una existencia feliz en su presencia para toda la eternidad. Hemos sido creados por Él y para Él.

Amar a Dios de esta manera es la clave, el secreto, para alcanzar una vida dichosa. Así lo ha dispuesto Dios, y así se lo revela a Israel en la lectura del libro del Deuteronomio: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que yo te digo quedarán en tu memoria».

Estas palabras de vida, son la respuesta que el Señor da en el evangelio de hoy, al escriba que le pregunta: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Notemos que el Señor además añade: «El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Estos dos mandamientos o palabras de vida son inseparables. El que ama a Dios con todo el corazón, no puede hacer más que, como consecuencia, amar al hermano, al prójimo, como a su propia vida. También se puede hacer el planteamiento al revés. El amor al prójimo, a quien vemos, es el camino que nos lleva a mar a Dios a quien no vemos. Así lo expresa el apóstol san Juan en su primera carta.

Este amor total a Dios, aparece también en la segunda lectura, en la Carta a los Hebreos. Cristo, sumo sacerdote de nuestra fe, ama al Padre hasta el extremo, y, obediente, se ofrece de una vez para siempre para que tú y yo, pudiéramos experimentar de nuevo el amor Dios, que habíamos rechazado con nuestro pecado. Se convierte de este modo en sacerdote y víctima a la vez. Ama a Dios con toda su mente, coronada de espinas. Ama Dios con todo su corazón, traspasado por la lanza del soldado. Y ama a Dios con todas sus fuerzas clavado en la cruz de pies y manos.

Este es el amor que Dios siente por ti y por mí. Para que tú y yo fuéramos salvos, teniéndonos en una mano a nosotros y en la otra a su Hijo Jesucristo, no lo dudó. Lo entregó a la muerte ignominiosa de la cruz, para que tú y yo no nos condenáramos para siempre. ¿Eres consciente de esto? Aunque es difícil expresar este amor con palabras humanas, podemos afirmar que Dios nos amó a ti y a mí, más que a la vida de su propio Hijo.

Hoy, en el evangelio, el Señor Jesús nos recuerda una vez más que la clave de la verdadera vida feliz, consiste en tener a Dios como al primero, amarle con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Este mandamiento de vida parece fácil, pero para nosotros es imposible llevarlo a la práctica con solo nuestras fuerzas, porque, si bien, hemos sido rescatados de la muerte por el Señor, el hombre viejo, que sigue en nuestro interior, solo busca, que, olvidándonos de los demás, busquemos la vida en las riquezas, en el ser, en el poder, en el sexo, en la salud, en las diversiones, etc., viviendo nuestra vida alejados de Dios.

Es necesario reconocer cada día nuestra impotencia y pedir la asistencia del Espíritu Santo. Caeremos una y otra vez, pero el Señor está dispuesto a levantarnos una y mil veces si se lo pedimos. Nuestros pecados no han de conseguir que dudemos del amor de Dios. Su amor está por encima de nuestras faltas. No nos escandalicemos de nosotros mismos y digámosle al demonio una y otra vez: Dios me ama en la debilidad y nunca me rechaza. 

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 7-9 * Heb 5, 1-6 * Mc 10, 46-52

El evangelio de hoy nos sitúa en Jericó. Jesús está saliendo de la ciudad acompañado por una multitud que le sigue a todas partes. A la entrada de la ciudad se encuentra un hombre ciego que pide limosna. Extrañado por el tumulto que se oye, pregunta a los que están a su alrededor y le dicen que es Jesús de Nazaret el que está pasando. Sin dudarlo ni un momento empieza a gritar: «Hijo de David ten compasión de mí». Jesús en un principio no se detiene, pero debido a los gritos y a la insistencia del ciego, se detiene y dice: «Llamadlo». Llaman al ciego y le dicen: «Ánimo, levántate, que te llama». El evangelista nos dice que soltando el manto y dando un salto, se acerca a Jesús. Éste le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». «Maestro, que pueda ver», le contesta. Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha curado». El ciego al momento recobra la vista y empieza a seguirle por el camino.

Varios son los detalles que merecen destacarse en este pasaje. En primer lugar, la fe absoluta del ciego hacia la persona del Señor Jesús. Ha descubierto en él, a aquel que Jeremías anuncia en la primera lectura, como enviado por el Padre para socorrer a los pobres, hacer andar a los cojos y abrir los ojos a los ciegos. En segundo lugar, es importante su insistencia en la oración cuando no ha sido escuchado de inmediato. Finalmente hay un gesto que no debemos pasar por alto. Cuando sabe que el Señor le llama, arroja el manto y se acerca dando un salto hacia Él. Este gesto es significativo. El manto es para el ciego y para todos los pobres una prenda de vital importancia. Es todo lo que posee y a la vez es su única defensa para no morir de frío. Sin embargo, ante la llamada del Señor, ya nada importa. Lo verdaderamente importante es haber encontrado a Aquel que va a dar sentido a su vida.

Esta palabra es hoy el reflejo de tu vida y la mía. Somos como el ciego que, al borde del camino de la vida, pedimos a los que nos rodean una limosna de amor. Quizá te cueste reconocerte en el ciego, porque piensas que tienes dos ojos capaces de ver la luz y la belleza de la creación. Sin embargo, tu egoísmo y tu ambición te ciegan y hacen que solo veas en los demás, medios para crecer y medrar. Tu corazón, que busca ávidamente la felicidad, es incapaz de hacer nada que no sea buscarse a sí mismo. No hay nada que lo llene, que lo satisfaga por completo. Ese egoísmo, que es fruto del pecado de origen, es el que te impide ver hasta dónde llega el amor que Dios siente por ti.

Hay otra ceguera, que la inmensa mayoría de las personas desconoce, que es la ceguera a la historia. Estamos ciegos a la hora de interpretar los acontecimientos que suceden en nuestra vida. No acabamos de comprender el porqué de las enfermedades, de la muerte, de los fracasos económicos, de los problemas y de las rupturas familiares, del paro, etc. Todo lo atribuimos a la mala suerte y somos incapaces de asumirlo en nuestra vida, sin renegar y sin caer en depresión. Necesitamos que, como al ciego, el Señor nos abra los ojos para hacernos ver que todo sucede para bien. Que todo está encaminado a nuestra propia salvación. La ceguera del ciego de Jericó y el sufrimiento que le acarreó tuvieron como fruto, como resultado final, el encuentro con Aquel que es capaz de dar sentido a la vida. Que es capaz de abrir los ojos a los acontecimientos de nuestra vida, que siempre están dispuestos por Dios para nuestro bien.

Necesitamos, por tanto, gritar como el ciego, pedir a Dios que nos conceda el don del discernimiento, que no es otra cosa, que el don de abrirnos los ojos para saber interpretar su voluntad, a través de los acontecimientos que nos suceden cada día. De este modo, estaremos conformes con san Pablo cuando afirma en su carta a los Romanos, «Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman».

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

«El que quiera ser el primero, sea esclavo de todos».

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 53, 10-11 * Heb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45

Nos hemos referido en muchas ocasiones a la idea que tenían los discípulos, respecto a la figura y misión del Señor Jesús. Todo el pueblo, y por tanto también ellos, estaba a la espera de la aparición del Mesías, un descendiente de David, que devolvería a Israel el antiguo esplendor y quitaría de sus hombros el yugo romano de la esclavitud.

La actuación de dos hermanos, Santiago y Juan, que hoy nos narra san Marcos en su evangelio, pone de manifiesto la veracidad de lo que acabamos de afirmar. Ellos piensan que van a ser partícipes de la gloria que, como libertador del pueblo, alcanzará el Señor. Por eso, sin dudarlo, se lanzan y hacen al Señor Jesús la siguiente petición: «Maestro, queremos que hagas lo que vamos a pedirte». Jesús, responde: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Ellos contestan: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dice: «No sabéis lo que pedís…».

Nosotros, viendo la actuación de estos dos apóstoles, podemos pensar cuán grande era su egoísmo y su ambición que les hace pretender los mayores honores, sin tener en cuenta al resto de compañeros. Estos, al conocer sus intenciones, se indignan contra los dos hermanos. Esta reacción nos hace ver, que nos son ellos mejores que Santiago y Juan, porque también ellos apetecen los primeros puestos.

El Señor, que los conoce, los reúne y les dice: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos».

Supongo que todos nos vemos reflejados en estos dos hermanos. También nosotros en la vida ambicionamos los primeros puestos. Todos tenemos el deseo de que los demás nos consideren y que reconozcan nuestra valía. Este deseo nace por el hecho de que por el pecado hemos expulsado de nuestro corazón el amor de Dios, que era el que verdaderamente nos llenaba y nos hacía felices. Por nuestra parte, pretendemos llenar ese hueco que ha dejado en el corazón con los afectos y las riquezas. Creemos que al ocupar los primeros puestos obtendremos el reconocimiento que merecemos de parte de los demás. Como discípulos del Señor deberíamos ocupar los últimos puestos, pero al final, nuestra vida se ha convertido en una carrera de obstáculos, buscando ávidamente ser los primeros.

Esto que estamos diciendo no es algo que siempre hagamos deliberadamente. Con frecuencia es el pecado el que de una manera inconsciente nos hace pasar por encima de los demás, buscando nuestro propio provecho. La Palabra de hoy viene en nuestra ayuda poniendo al descubierto nuestra realidad, nuestro deseo de ser. Quiere sacarnos de nuestro error. Tengamos en cuenta que el hecho de ser el primero no nos garantiza la felicidad, sino todo lo contrario, ya que nuestro corazón es insaciable. Por más riquezas y honores que alcance, nunca se encuentra satisfecho.

Por eso hoy, el Señor, nos muestra el camino. «Vosotros, nos dice, nada de eso… Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos». El Señor, con estas palabras, quiere hacernos ver que, a diferencia de lo que predica el mundo, la verdadera felicidad no consiste en recibir, sino en dar. Y nosotros podemos considerarnos afortunados, porque mucho hemos recibido de parte del Señor y por tanto mucho podemos compartir con los demás.   

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO BUENO, ¿QUÉ HARÉ PARA HEREDAR LA VIDA ETERNA?»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 7, 7-11 * Heb 4, 12-13 * Mc10, 17-30

El evangelio de hoy viene en nuestra ayuda para que seamos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero y las riquezas. Cuando de pequeños nos enseñaban el catecismo, una de las primeras preguntas era: “¿Cuál es el primer mandamiento de la Ley de Dios?” La respuesta era: “El primer mandamiento de la Ley de Dios es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.

El joven que hoy se acerca al Señor, seguro que conoce este mandamiento de la ley, pero seguro también, que no es consciente de lo que este mandamiento supone para su vida. Él, pregunta al Señor: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». El Señor Jesús no contesta la pregunta de inmediato, sino que quiere saber por qué le ha llamado bueno, y le dice: «No hay nadie bueno más que Dios». Dicho de otra forma, si solo Dios es bueno y tú me llamas bueno, es porque reconoces en mí a Dios.

A continuación, le va enumerando los distintos mandamientos de la ley: «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». «Todo eso, dice el joven, ya lo he cumplido desde pequeño». Notemos la astucia del Señor, que, al enumerar los distintos mandamientos, no ha hecho alusión al primero y más importante. El evangelista nos cuenta que, ante esta respuesta, el Señor mira al joven con cariño, y le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –Así tendrás un tesoro en el cielo--, y luego sígueme».

El Señor Jesús al hablar al joven así, le está haciendo ver, y también nos lo hace ver a nosotros, que de nada sirve el cumplimiento de todos los mandamientos, si no se pone a Dios como lo primero en la vida. El joven, que es muy rico, lo entiende, pero en su vida tienen más importancia las riquezas, que poner a Dios como al primero. Por eso, dice el evangelista, marcha muy apesadumbrado.

Jesús, volviéndose hacia los suyos, les dice: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! … más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios». Esta frase escandaliza a los discípulos que, espantados exclaman: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». A nosotros quizá nos extrañe esta reacción de los discípulos. Para entenderla, es necesario saber que, para el Pueblo de Dios, los bienes materiales, dinero, riquezas, etc., son signo inequívoco de las bendiciones del Señor. Por eso piensan, si a los que más beneficios del Señor han recibido les va a ser muy difícil entrar en el Reino, ¿quién podrá salvarse? El Señor se les queda mirando y les dice: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

Pedro, que está siempre ojo avizor, le dice a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Esta frase equivale a decirle al Señor: ¿cuáles serán nuestras ganancias? Jesús responde: «Os aseguro, que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, … y en la edad futura vida eterna».

Hemos comenzado este comentario diciendo que la palabra del evangelio de hoy, nos ayudaría a hacernos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero. Veamos cómo. Piensa por un momento que ocupas el lugar del joven rico. Como él, dices: yo no mato, no robo, no me aprovecho de los demás, no miento, me preocupo por mis mayores, etc. Yo ahora te pregunto: ¿amas a Dios hasta el extremo de no importarte el dinero y estás dispuesto a perderlo por el Reino si fuera necesario? No quiero ponerte ante la disyuntiva de Dios o el dinero. Basta que tengas claro que tienes el corazón pegado al dinero, y que pidas a Dios que te ayude a tenerlo a Él como a lo más importante de tu vida.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Heb 2, 9-11 * Mc 10, 2-16

Si la palabra del Evangelio es siempre actual, la de este domingo lo es de un modo especial. El Tema alrededor del que gira esta Palabra es el matrimonio. Los fariseos, siempre preocupados en poner al Maestro en situaciones difíciles, se acercan a preguntarle: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Ellos conocen muy bien lo que se dice en la Ley de Moisés, sin embargo, precisamente por esto, quieren conocer lo que opina el Señor al respecto.

El Señor Jesús que sabe que Moisés permitió entregar a la mujer acta de divorcio, les responde: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto». Sin embargo, la voluntad de Dios no fue esa desde el principio, porque el Génesis pone en boca de Dios estas palabras: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne». Y el señor añade: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Aunque el Señor se ha expresado con toda claridad, al llegar a casa, los discípulos insisten sobre este tema ya que la doctrina que ha expuesto el Señor, rompe todos los esquemas que hasta ese momento han tenido validez entre los judíos. Jesús se reafirma en lo dicho y añade de una manera tajante: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio». Nosotros podemos añadir, no hay vuelta de hoja.

Hemos hecho alusión al principio sobre la actualidad de este evangelio. Hoy las separaciones matrimoniales y los divorcios están al orden del día, tanto entre los que pertenecen a la Iglesia, como en aquellos que viven fuera de ella. Las estadísticas dicen que, en España, por cada cien matrimonios que se llevan a cabo, sesenta no llegan a cumplir el primer aniversario de su boda. Se divorcian antes.

Nosotros no vamos a hablar aquí de las uniones civiles, aunque las consecuencias de las rupturas sean también perniciosas tanto para los cónyuges, como para los hijos. Nos vamos a referir a las uniones sacramentales. La defensa que hace la Iglesia de la indisolubilidad del matrimonio, aparte de ser doctrina revelada como acabamos de ver en el evangelio, tiene una doble vertiente, la de los cónyuges y la de los hijos. El matrimonio lleva a la práctica el plan de vida que Dios ha diseñado para el hombre. El hombre y la mujer sólo pueden ser felices si están unidos por los lazos del amor. Amor que tiene su origen en Dios y que permite la entrega total y sin condiciones del uno hacia el otro. En el mundo no hay felicidad más grande que ésta. Fruto de esta unión de amor son los hijos que, contra lo que cree la sociedad, no son propiedad de los padres, sino de Dios. Ellos son los que, siendo inocentes, sufren las consecuencias de las rupturas matrimoniales.

La Iglesia no tiene ninguna autoridad para romper el vínculo sacramental. Lo que sí que puede hacer es, declarar que, atendiendo a las circunstancias en que se llevó a cabo la unión, no se dio el sacramento. De este modo, sin que sea un divorcio, los contrayentes quedan libres por completo.

Vivir el matrimonio según el plan de Dios no depende de nuestro esfuerzo, porque nuestro egoísmo, fruto del pecado, nos lo impide. Es necesario construir la unión del hombre y la mujer sobre la cruz de Cristo, de la que nace la comprensión, la misericordia y el perdón hacia el otro. El matrimonio cristiano con Cristo en el centro es imposible que se rompa. Su amor, en el corazón de los esposos, es garantía de comprensión, misericordia y perdón, ante los fallos, debilidades y errores, que cada día surgen en la vida matrimonial. De ahí que, para los cristianos, no exista la necesidad del divorcio.

Para creer que todo esto es posible, hay que recibir la Palabra con la sencillez de los niños, que, de pequeños, no cuestionan para nada la palabra de los padres. La creen a pies juntillas. Por eso, como dice el Señor al final del evangelio, «el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él»

 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». 

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 2,12.17-20 * St 3, 16-4,3 * Mc 9, 30-37

Jesús camina con sus discípulos alejado de la gente, porque desea instruirlos sobre los acontecimientos a los que necesariamente tendrán que enfrentarse al llegar a Jerusalén. Los discípulos todavía ven en la figura del Señor al descendiente de David, que les va a librar del dominio de los romanos y va a devolver a Israel su antiguo esplendor.

Por eso, les habla sin tapujos de los sufrimientos que le esperan a manos de las autoridades judías. Les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Ellos, precisamente porque no acaban de entender todo aquello, evitan hacerle preguntas. Están tan fuera de órbita, tan lejos de la realidad, que por el camino van discutiendo sobre quién de ellos es el más importante.

Jesús, que está al tanto de su preocupación, al llegar a casa les pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos, al ver que han sido descubiertos, callan. Él, se sienta, llama a los Doce y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quizá, a ti y a mí, que nos llamamos cristianos, y que no estamos acostumbrados a ocupar los últimos lugares, esto nos parezca un poco exagerado. Debido a nuestra naturaleza dañada por el pecado, no estamos acostumbrados a perder nuestra vida, sino que la defendemos con uñas y dientes. Todos buscamos que los demás reconozcan nuestros valores, sean cuales fueren. Hay que destacar en algo, aunque sea como aquel mal estudiante, que su orgullo consistía en ser el último de la clase.

Sin embargo, estamos siguiendo a uno que decía: «El Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por muchos». ¿Eres consciente de esto? A lo mejor te sucede como a los discípulos y lo que buscas son reconocimientos y honores. Estás, como ellos, muy equivocado. Ocupar los últimos lugares implica para el mundo grandes sufrimientos, pero no así para los cristianos. El mundo necesita evadirse, emborracharse, huir del sufrimiento. El hombre del mundo necesita también encontrar algo que llene el vacío de su corazón: riquezas, diversiones, empresas de todo tipo, etc., todo aquello que él cree que le dará felicidad. No ocurre lo mismo con el corazón del cristiano. El cristiano tiene el corazón lleno del amor de Dios, por eso no ambiciona nada. No necesita buscar la felicidad, porque se la proporciona ese amor. Es feliz ocupando el primer puesto y ocupando el último puesto. Es feliz experimentando el amor de Dios y es más feliz todavía amando y entregándose a los demás.

Vivir la vida del cristiano es algo que, como se dice vulgarmente “no está al alcance de todos los bolsillos”. No se consigue con esfuerzo. No depende de nosotros, sino que es un don, una elección gratuita de parte del Señor. El Señor eligió a sus apóstoles, a sus colaboradores, y hoy sigue llamando y eligiendo a aquellos que quiere que lo hagan presente en medio del mundo. Él está vivo y resucitado, pero no está visible a los ojos de los hombres. Por eso te ha elegido a ti y me ha elegido a mí, para que en nuestra pobreza se manifiesten sus obras. Que los demás, viendo en nosotros obras que son totalmente imposibles de realizar por los hombres, lleguen a descubrir en nosotros su persona.

Para todo esto es indispensable la fe. Pero la fe también es un don gratuito del Señor que necesita para darse, la escucha atenta de la Palabra de Dios. La fe viene de la predicación y la predicación viene de la Palabra de Dios. Es fundamental ponernos a la escucha de la Palabra, con un corazón de niño, incapaz de poner en duda nada de lo que oye decir a su padre.