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DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SEÑOR, SOLO TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 24 1, 2a.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 61-70

Con este domingo llegamos al final del discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm. Todo el discurso es la respuesta que el Señor ha dado a aquellos que ha alimentado hasta saciarse con los cinco panes de cebada y los dos peces, y que precisamente le siguen por esto. El Señor les ha dicho: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura… el que os dará el Hijo del Hombre». Ellos no acaban de entender a qué pan se refiere, por eso el Señor les dice con toda claridad: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

Más adelante, con el fin de disipar toda duda y dejando claro que está hablando de su propia persona, les dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo… Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».

La reacción de aquellos que siguen al Señor Jesús al escuchar estas palabras no nos ha de extrañar. Probablemente es la misma que hubiéramos adoptado nosotros en su lugar, ya que chocan frontalmente con lo que nos dice nuestra razón. ¿Es posible, pensamos, que esté hablando en serio? ¿Cómo nos propone comer su carne y beber su sangre? El Maestro desvaría. Sin embargo, Jesús insiste una y otra vez. Sus palabras son claras y no cabe buscar otras interpretaciones.

Esta es, pues, la situación que nos presenta el evangelio de hoy. Gente escandalizada que exclama: «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». Conociendo Jesús las críticas de sus propios discípulos les dice: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?... Por eso he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Está claro, pues, que seguir al Señor Jesús no es fruto de un acto de nuestra voluntad. La elección parte siempre de Dios. Por nuestra parte lo único que podemos hacer es aceptarla o rechazarla.

San Juan dice que, a partir de entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Es la misma reacción que nosotros adoptamos a veces ante lo que podemos llamar la radicalidad del Evangelio. El Evangelio dice: ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian, coge tus bienes y dáselos a los pobres… y nosotros decimos, hacer esto no es justo. ¿Cómo perdonar a un asesino y no hacer justicia? ¿Cómo deshacerme de mis bienes si son fruto del trabajo honesto de toda mi vida? etc. En todas estas situaciones nos miramos a nosotros mismos. No miramos a Aquel que nos habla. No tenemos fe en su Palabra.

Para los discípulos que le abandonan no han sido suficientes todos los signos, los milagros que han presenciado y que han salido de las manos del Señor. Hacen prevalecer su razón, y su razón les dice que es imposible alimentarse con la carne y con la sangre del Señor.

Ante esta situación el Señor dice a sus Apóstoles: «¿También vosotros queréis marcharos? Pedro, haciéndose eco del sentir del resto de sus compañeros, le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Hoy esa pregunta nos la hace el Señor a nosotros que podemos sentir tentaciones de vivir nuestra vida al margen del Evangelio. Son muchos los años que llevamos en la Iglesia, y viendo a los de fuera podemos pensar que son felices sin tener necesidad de tanto cumplimiento. Sin embargo, si tenemos ocasión de experimentar qué clase de felicidad nos ofrece el mundo, nos daremos cuenta que es solo un espejismo, que es grande el sufrimiento de la gente, porque no han tenido la suerte de conocer lo que es sentirse querido de verdad, amados por el Señor. Por eso, también nosotros podemos hacer nuestras las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE, HABITA EN MÍ Y YO EN ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS:  Prov 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 51-59

El pasaje del evangelio de esta semana continúa centrado en el Discurso del Pan de Vida en la Sinagoga de Cafarnaúm. Da comienzo con las mismas palabras que el Señor Jesús pronunciaba al terminar el evangelio del pasado domingo: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Esta afirmación desconcierta y a la vez escandaliza a sus oyentes. «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Si difícil era aceptar que había bajado del cielo, mucho más lo era entender que tenían que comer su carne.

Jesús, en vez de dar explicaciones para que entiendan lo que dice, insiste en lo que ha afirmado: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Para aquellas gentes, no es que sea difícil entender lo que afirma el Señor, es que es imposible por completo. Para nosotros es diferente. Nosotros sabemos que, por habernos apartado de Dios al pecar, vivimos inmersos en la muerte. Hemos rechazado al que es origen de la vida y por tanto el fruto cosechado ha sido saborear lo que es la muerte. Sabemos también que, por nosotros mismos, por nuestro esfuerzo, no podemos liberarnos de la muerte. Por eso, Dios Padre, en su infinita sabiduría, ha concebido un plan para salvarnos: darnos como alimento la carne y la sangre de su propio Hijo. Comer la carne del Señor y beber su sangre, significa tener dentro de nosotros un espíritu de vida, el espíritu del Señor Jesús, que, al resucitar, ha resultado vencedor de la muerte, y nos ha hecho partícipes a nosotros de su victoria.

Al comer la carne del Señor y al beber su sangre, se lleva a cabo dentro de nosotros como una simbiosis. Así lo afirma el Señor Jesús cuando dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él». Dicho de otro modo, comulgar el cuerpo y la sangre del Señor, hace que tú y yo, pecadores que no tenemos remedio, formemos con el Señor Jesús un todo. De manera que tú y yo habitamos en Él, y Él en nosotros.

Concebir un plan de salvación así es fruto de la inmensa misericordia que Dios-Padre siente hacia nosotros, sus criaturas. Su amor hacia ti y hacia mí alcanza tal magnitud, que no duda en convertir la carne y la sangre de su Hijo en alimento que nos fortalezca y nos comunique la inmortalidad. Así lo dice hoy el Señor Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Ni tú ni yo merecíamos tan gran regalo. Por nuestro pecado estábamos condenados a vivir esclavos de la muerte. Sin embargo, Dios no podía tolerar que, en toda la obra de la creación, al final prevalecieran las fuerzas del mal. Por eso, con la Pascua, pasión, muerte y resurrección de su Hijo, destruyó nuestro pecado, y con él, el dominio de la muerte en el mundo. De nuestro interior ha de brotar, por tanto, un profundo agradecimiento al Señor que, gratuitamente, nos salva y nos concede la posibilidad de poder vivir felices en su presencia por toda la eternidad.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO: EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE». 

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-59

Las últimas palabras del Señor Jesús en el evangelio de la semana pasada, han levantado un gran revuelo entre aquellos que le escuchan. Recordemos cuáles fueron: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Los judíos no pueden en modo alguno aceptar estas palabras del Señor, y por eso dicen: «No es éste Jesús, el hijo de José… ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Es como si ahora nosotros dijéramos: Pero, ¿quién es éste? ¿Quién se ha creído? ¿Qué pretensiones son esas de decir que ha bajado del cielo? Es posible que también nosotros respondiéramos ahora de la misma manera.

La clave de este comportamiento el Señor la tiene muy clara, por eso les replica: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». Dicho de otro modo: no está en nuestras manos, no es fruto de nuestro esfuerzo, aceptar la Palabra reconociendo que viene a nosotros de parte de Dios. Es un regalo gratuito que nos llega de manos del Señor.

Para los judíos no ha sido suficiente ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes. Su mente está embotada y no son capaces de ver más allá de sus narices. Un peligro semejante es el que podemos tener nosotros cuando no somos capaces de ver la mano de Dios, su misericordia, su providencia, en los acontecimientos que nos suceden día a día. Dios acontece en nuestra vida, pero no somos capaces de verlo.

El señor continúa diciendo: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ese ha visto al Padre». El único medio que tenemos, pues, para llegar al Padre es el Hijo. Por eso, si queremos conocer la voluntad del Padre, sólo tenemos un camino. Ese camino es Jesucristo, que es, precisamente, la Palabra del Padre encarnada.

Hay una condición para que esa Palabra llegue a nosotros y la aceptemos. Esa condición es la sencillez, es la humildad. En muchas ocasiones para aceptar la Palabra es necesario renunciar a nuestra razón. Esto es algo que no han sido capaces de hacer los judíos. Su razón les decía que aquel era el hijo del carpintero, que se había criado con ellos. Por tanto, su razón les cegaba para descubrir en él, al enviado del Dios.

El Señor hoy nos dice: «El que cree tiene vida eterna». No seamos, por tanto, necios. No cuestionemos la Palabra. Acerquémonos a ella, recibámosla como recibe el niño pequeño la palabra de su padre. El no duda en liarse a puñetazos con un compañero si pone en duda algo de lo que se le ha dicho.

Hoy, el Señor Jesús, se dirige a nosotros como Dios-Padre lo hizo con su Pueblo en el desierto. Estaban hambrientos, no tenían comida y el Señor vino en su ayuda dándoles el maná, el pan del cielo. A nosotros, que estamos hambrientos de felicidad, que nos agobian los problemas de cada día, hasta el punto de no encontrar sentido a la vida, el Señor Jesús nos dice: «Yo soy el pan de la vida». Un pan distinto al maná, porque «el que coma de él no morirá». «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo».

Yo ahora te pregunto: ¿Crees esto, o eres como los judíos que son incapaces de descubrir en el hijo del carpintero, al Hijo de Dios?

Hoy, tú y yo, somos destinatarios de los mimos del Señor. Él nos ama y quiere hacernos partícipes de su vida eterna, dándonos a comer su propia carne. El cuerpo y la sangre del Señor, son para nosotros como el elixir de la vida. Aquel que los recibe con fe, tiene asegurada la inmortalidad, tiene asegurada la vida eterna.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 16, 2-4.12-15 * Ef 4, 17.20-24 * Jn 6, 24-35

Jesús acaba de realizar uno de sus signos: con cinco panes y tres peces ha dado de comer a más de 5.000 personas. Sólo con las sobras se han recogido 12 canastas de pan. La gente entusiasmada pretende llevárselo para proclamarlo rey. El Señor, para evitar que los discípulos disfruten demasiado con el reconocimiento de las gentes, les ordena embarcar hacia un lugar determinado, donde él acudirá, después de despedir a la muchedumbre.

Hoy lo vemos ya en Cafarnaúm junto a los suyos. Las gentes al reconocerlo le preguntan extrañados: «Maestro, ¿Cuándo has venido aquí?». La respuesta del Señor es tajante: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Dicho de otro modo: me buscáis por interés, porque os he dado de comer sin fatigaros. A vosotros lo que de verdad os interesa es tener el estómago lleno. «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre»

Esta respuesta del Señor Jesús nos hace presente aquella que, en las tentaciones en el desierto, le da al maligno cuando le invita a convertir las piedras en panes: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». ¿Somos nosotros como esta gente? ¿Qué buscamos al seguir al Señor? ¿Quizá que nos arregle un poco la vida, o que nos cure de alguna dolencia o que nos consiga un buen trabajo? Seguir al Señor solo por esto sería algo mezquino. Viviríamos nuestra fe a nivel de la religiosidad natural, en donde lo que se pretende es utilizar a Dios en beneficio propio. Pedro en un momento dado del evangelio, tiene muy claro por qué sigue a Jesucristo. Le dirá: «Sólo tu tienes palabras de vida eterna». Ese es, el verdadero alimento que sacia.

Los judíos le piden al Señor una señal como lo hizo Moisés al darles el maná, diciéndole: «Les dio a comer pan del cielo». A lo que el Señor replica: «No fue Moisés el que os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan».

A través de este diálogo con los judíos, el Señor Jesús va preparando a los que le escuchan para que entiendan que ese pan bajado del cielo es su propia persona. Los prepara para darles a conocer el gran regalo, la Eucaristía, en donde él mismo se ofrecerá como alimento de nuestra debilidad, dándonos a comer su propia carne y a beber su propia sangre.

Para anunciarles cuáles son sus planes al respecto, el Señor, cuando le piden ese pan, responde a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed».  

Para nosotros, ese el verdadero pan, el pan que, a diferencia del que nos ofrece el mundo, es un pan que sacia. No el hambre física, sino aquella hambre de felicidad con la que nacemos todos. La felicidad del mundo es una felicidad falsa porque no permanece, y porque aquel que la prueba nunca se siente plenamente saciado, plenamente feliz. El pan que nos da el Señor es un pan que nos da como fruto la paz y la serenidad interior. Una paz y una serenidad interior, que ni los acontecimientos más adversos son capaces de destruir. Es el pan que nos hace saborear ya aquí en este mundo, la vida eterna.


DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15  

A diferencia de las semanas anteriores, el evangelio de este domingo no pertenece a san Marcos sino que está tomado del evangelio según san Juan. Esto ocurrirá también en las próximas semanas. Hoy, el evangelista nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que lo acompaña a todas partes.

La situación es la misma que nos narraba san Marcos la semana pasada. Jesús, buscando un lugar apartado y tranquilo, atraviesa el lago, llega a la otra orilla y encuentra ante sí un enorme gentío que le sigue atraído por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

La historia se repite. En la primera lectura hemos visto al criado del profeta Eliseo que le pregunta: «¿Qué hago yo con esto?, ¿veinte panes de cebada, para dar de comer a cien personas?». Hoy, el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces, y repite la misma acción que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que repartan los panes y los peces entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo dio de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor Jesús con solo cinco alimenta a cinco mil, sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que han querido y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro, el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras, que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio, no tienen la menor duda de que aquel es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, con el que Señor da alimento material y sacia el hambre física de aquellos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos sus discípulos. Si estos panes han servido de comida a aquellas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos experimentamos cada día. Será en los evangelios de las próximas semanas donde el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y le proporciona la vida eterna.

Hay un detalle en el evangelio de hoy que queremos resaltar. Después que las gentes comen y se sacian, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra, a todas las partes del mundo.

Aunque no estuvimos en la multiplicación de los panes y de los peces, también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna.  

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«A JESÚS LE DIO LÁSTIMA DE ELLOS, PORQUE ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 23, 1-6 * Ef 2, 13-18 * Mc 6, 30-34 

El evangelio de hoy es continuación del de la pasada semana. Los discípulos, a los que el Señor ha enviado a evangelizar, regresan contentos y a la vez admirados porque han sido testigos de la fuerza de la Palabra. Han contemplado cómo la predicación ha sido capaz de cambiar la vida de aquellos que les han escuchado.

El Señor Jesús, que desea escuchar con tranquilidad sus experiencias, les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Suben a la barca, dice el evangelio, y se dirigen a un sitio tranquilo y apartado. Quizá con esto, el Señor nos está mostrando algo que convendría que tuviéramos en cuenta en nuestra vida. Vivimos en una sociedad llena de ruidos. El trabajo llena casi por completo las horas de nuestro día. Es casi imposible descansar porque el vértigo de la vida nos arrastra. Las familias tienen gran dificultad a la hora de reunirse en la casa. Todo esto va en detrimento del matrimonio y de la relación con los hijos. Es, por tanto, interesante encontrar espacios de tranquilidad y sosiego para, a ser posible, apartarse de vez en cuando de la vorágine de la sociedad, y hacer que la relación más estrecha entre los miembros de la familia, haga que los lazos familiares se fortalezcan.

Lo que ocurre en el evangelio de hoy, difiere de lo que el Señor y sus discípulos han planeado. La muchedumbre, dándose cuenta de la dirección que lleva la barca, corre por tierra hasta el lugar y se les adelanta, de tal manera que cuando se disponen a desembarcar, una multitud ingente les está esperando en la orilla.

San Marcos nos cuenta así lo ocurrido: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.»

Con esta frase, el evangelista pone al descubierto el corazón del Señor, que no se ha lamentado ante la imposibilidad de dar un poco de descanso a su cuerpo fatigado. El Señor no se mira a sí mismo. Contempla a la muchedumbre que está ávida de escuchar su palabra. Los mira, los ama, y se dispone a enseñarles con calma.

El Señor nos muestra a nosotros, que somos sus discípulos, cuál ha de ser nuestra actitud frente a los demás. Lo normal es que, a causa del pecado, todos busquemos nuestra propia conveniencia. Sin embargo, el Señor nos llama para que, olvidándonos de nosotros mismos, como lo ha hecho hoy en el evangelio, nos entreguemos por completo a los que nos rodean, haciéndoles llegar la noticia de la salvación. San Pablo dice en la segunda carta a los Corintios que Cristo murió por nosotros para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.

La mirada del Señor hacia la muchedumbre es entrañable. Su corazón misericordioso los ve como ovejas sin pastor. La oveja necesita al pastor y pone su confianza en él, porque tiene la experiencia de que la llevará hacia pastos jugosos y hacia fuentes tranquilas. Cuando la oveja anda sola, acaba perdiéndose y cayendo en las fauces del lobo. Esa mirada del Señor es la misma que te dirige a ti y a mí, cuando en vez de seguirle nos buscamos la vida apartándonos de sus cuidados. No es una mirada de reproche. El Señor nunca nos reprochará nada porque conoce nuestra debilidad. Conoce el enorme atractivo que tiene lo que nos ofrecen en mundo y el demonio. Conoce que somos incapaces de resistir la tentación porque siempre llega a nosotros como algo capaz de hacernos felices. Por eso, nos mira con amor, con compresión, sin rechazarnos, esperando que los fracasos, las experiencias negativas, nos hagan volver la mirada hacia Él.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ANUNCIAD QUE EL REINO DE DIOS HA LLEGADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7, 12-15 * Ef 1, 3-14 * Mc 6, 7-13

El Señor Jesús ha dado comienzo a su misión evangelizadora. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, anunciando la Buena Nueva de la salvación. La tarea que tiene entre manos es ingente. Necesita colaboradores que le ayuden en su misión. Por eso, hoy, pone en manos de sus apóstoles esta tarea. Les encarga que vayan de dos en dos anunciando por todas partes que el Reino de Dios está cerca. Que Dios está llevando a cumplimiento las promesas hechas desde antiguo a su pueblo.

El Señor, además de otorgarles autoridad sobre los espíritus inmundos, les da una serie de recomendaciones: les pide que no lleven otra cosa que un bastón para el camino. Sin pan, sin alforja y sin dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias, pero no una túnica de repuesto. Quizá a nosotros nos extrañen un tanto estas exigencias, ya que estamos acostumbrados a preparar nuestros viajes previendo todo aquello que vamos a necesitar durante el camino. No ha de ser así para los que son llamados a anunciar el Evangelio. Es necesario llevar un bagaje en extremo ligero, para que no impida la marcha y no ponga obstáculos al desarrollo de la misión.

Por otra parte, estar equipados de este modo, hace que los discípulos no posean nada que deban defender. No llevan nada que puedan apetecer aquellos que, amigos de lo ajeno, pudieran tener la intención de asaltarles. De todo lo que llevan, lo único que importa, lo que es verdaderamente valioso, es la noticia que anuncia la salvación, la liberación de pecado y de la muerte. Es algo que el hombre ha necesitado escuchar, desde que por su orgullo eligió vivir separado de Dios.

Es posible que algunos tengáis dificultad para encontrar vuestro lugar dentro de este pasaje del evangelio. Sin embargo, es una palabra muy importante que hoy nos busca a ti y a mí. Contra lo que pudiéramos pensar, no estamos en la Iglesia para alcanzar nuestra salvación personal. La misión de la Iglesia no es lograr que los que están dentro de ella se salven. La salvación es un don que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, de una vez para siempre, a través de su Pascua. La misión de la Iglesia es hacer llegar a cada generación, el conocimiento de esta salvación. Y ahí, es donde entramos tú y yo.

Vemos cómo el Señor envía a sus apóstoles de dos en dos para anunciar el Evangelio. Hoy, somos tú y yo, los que ocupamos el lugar de aquellos primeros discípulos. Somos nosotros los que tenemos la misión de hacer llegar a los que nos rodean, ya sean de nuestra familia, de nuestras amistades, de nuestros vecinos o de aquellos que trabajan con nosotros, la noticia del amor de Dios, que no hace acepción de personas, y que ha dispuesto para todos la salvación por medio de su Hijo Jesús. Es necesario que todos se enteren, estén o no dentro de la Iglesia, de que tenemos un Dios-Padre que nos ama con locura en nuestras debilidades y pecados, y que en su Hijo Jesucristo ha dispuesto la salvación universal para todos los hombres, que estén dispuestos a aceptar libremente esa salvación.

Nosotros hemos de estar agradecidos al Señor porque nos ha elegido para esta misión. No tenemos ningún mérito por nuestra parte. Con toda seguridad hay mucha gente fuera de la Iglesia que es mejor que nosotros, y que haría este trabajo mucho mejor que nosotros. Sin embargo, el Señor se ha fijado en ti y en mí que somos poca cosa, y ha dispuesto que la salvación de los que nos rodean, llegue hasta ellos a través de nuestro testimonio.

Seamos agradecidos y no hagamos oídos sordos a este encargo del Señor. Él, que está vivo y resucitado, estará junto a nosotros siempre dispuesto a ayudarnos. 

 


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA, ENTRE SUS PARIENTES Y EN SU CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2, 2-5 * 2Cor 12, 7-10 * Mc 6, 1-6

El comportamiento de los personajes del evangelio de hoy, es la antítesis del que ofrecían los personajes de la semana pasada. Allí encontrábamos, por una parte, a un jefe de la sinagoga, Jairo, que, ante la noticia de la muerte de su hija, su fe no le hace dudar y sigue confiando en el poder del Maestro. El resultado final es que esa fe hace que su hija vuelva a la vida.

Por otra parte, aparece otro personaje cuando el Señor se dirige a la casa de Jairo. Se trata de la hemorroísa que hace años que sufre flujos de sangre. Ella tiene la convicción, la fe, de que tan sólo tocando el manto del Señor encontrará la curación. Y así sucede, y así se lo hace ver el Señor cuando le dice: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

Hoy, san Marcos, nos muestra al Señor Jesús llegando a su pueblo de Nazaret, y acudiendo el sábado a la sinagoga, según su costumbre, para enseñar en ella. La actitud de sus convecinos es diametralmente opuesta a la de los dos personajes de la semana pasada. En vez de dar gloria a Dios y estar agradecidos a las enseñanzas del Señor Jesús, se dedican a cuestionar su persona. «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿No es éste el hijo del carpintero?...»

También nosotros hemos de estar alerta porque tenemos el peligro de adoptar en la vida la misma actitud que los habitantes de Nazaret. Con frecuencia nos dejamos llevar por las apariencias. Es mucho más fácil atender a aquel que nos habla si su presencia y su manera de expresarse es agradable, que escuchar a alguien que no se expresa demasiado bien y que su apariencia exterior es más bien ruda.

Cuando se nos da una noticia o se nos ofrece una información, no es lo más importante la persona que nos la da, sino que lo importante de verdad es el contenido de la noticia o la información.

Los habitantes de Nazaret no saben ver más allá de la apariencia exterior. Tienen los ojos cegados y no saben descubrir en aquel que les habla a un profeta enviado por Dios. El Señor Jesús, extrañado por su falta de fe, no puede en esta ocasión realizar ningún milagro. Dolido por su ceguera y terquedad, exclama: «No desprecian a un profeta más que en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa».

En la historia de la salvación, la elección del Señor siempre ha recaído en personas que humanamente valían poco. Así, por ejemplo, Abraham, fue un pastor nómada fracasado por no haber podido tener descendencia. Moisés, caudillo de Israel, era torpe de palabra y necesitaba a su hermano Aarón como portavoz. Y así, otros muchos. ¿Por qué? Porque Dios nunca ha querido que la obra que él realizaba en el pueblo, fuera atribuida a los hombres.

Jesús de Nazaret, lo vemos en la palabra de hoy, no aparece como un Superman. Es el hijo del carpintero. Uno más entre los habitantes de Nazaret. No es su persona física la que atrae a sus discípulos, es su palabra y, todavía más, sus obras las que dan testimonio de él. De esta manera, aquellos que lo ven, siempre tendrán la libertad de rechazarlo.

Lo mismo sucede con la predicación de la Iglesia. El Señor nunca coartará nuestra libertad. Por eso, nosotros, debemos escuchar con un corazón sencillo, sin cuestionar aquello que nos dice el Evangelio, como hicieron los habitantes de Nazaret. Es la fe, no la razón, la que nos salvará. Hemos de escuchar como los niños pequeños, que aceptan a pies juntillas lo que les dice su padre. Es necesario creer que es el mismo Dios el que nos habla través de la Palabra.