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EPIFANÍA DEL SEÑOR -C-

EPIFANÍA DEL SEÑOR -C-

«ENTRARON EN LA CASA Y CAYENDO DE RODILLAS, LO ADORARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 60, 1-6 * Ef 3, 2-3a.5-6 * Mt, 2, 1-12

Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía del Señor. La palabra epifanía equivale a revelación o manifestación, por tanto, lo que hoy celebra la Iglesia es la revelación o manifestación del Señor.

¿Qué significa esto? ¿A quién se ha revelado o manifestado el Señor? Cuando el Señor Jesús nace en Belén, los ángeles dan a conocer la noticia a los más humildes de Israel: a los pastores. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha elegido, por decisión del Padre, humillarse hasta el extremo revistiéndose de una carne mortal como la tuya y la mía, quiere que los primeros que reciban la gran noticia de la salvación, sean también los más humildes, los rechazados por el pueblo, los pastores, que, debido a su profesión, porque no pueden cumplir con las prescripciones de la ley y son menospreciados por los demás. Ellos son los primeros beneficiarios en el Pueblo de Dios de la gran noticia.

Sin embargo, la salvación que viene a traer ese pequeño, no queda circunscrita sólo a los miembros del Pueblo de Dios. Es una salvación universal. Israel sólo ha sido el depositario de la Promesa y el primer beneficiario de la misma. Por eso hoy, la gran noticia traspasa las fronteras de Israel, y llega a todas las naciones representadas por los tres Magos de Oriente.

Hoy, el Señor se manifiesta a los gentiles, a aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel. Por tanto, hoy, es nuestra fiesta. Tú y yo, que no pertenecemos al Israel de la carne, somos los beneficiarios de la misericordia de Dios y de su salvación. Nosotros, nos acercamos a Belén para ser testigos del amor de Dios que no hace distinción ni razas ni lenguas.

La primera lectura, la del profeta Isaías, halla cumplimiento en tu vida y en la mía. Somos esa Jerusalén a la que se invita a levantarse, porque una luz, la gloria del Señor, amanece sobre nosotros. El profeta dice: «Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad de los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria parecerá sobre ti».

El mundo, la sociedad, vive en tinieblas. Está rechazando de una manera sistemática a Dios, que es la verdadera luz. También nosotros, con frecuencia, vivimos en la oscuridad. Huimos de la luz, porque, como dice el Señor, preferimos la oscuridad para que no queden al descubierto nuestras miserias.

Una de las manifestaciones de la oscuridad en que vivimos es nuestro egoísmo, que nos impide ver, las más de las veces, que a nuestro lado hay otras personas que necesitan nuestra comprensión y nuestra ayuda. Tenemos en nuestro interior un YO muy grande que hace que en todo nos busquemos a nosotros mismos, sin tener en cuenta a los demás.

Es posible que más de uno piense que estamos exagerando, pero esta forma de obrar es instintiva. No es fruto de un razonamiento previo. Por instinto nos defendemos y rechazamos todo aquello que merme nuestra posición, nuestro estatus en la familia, en el trabajo o en la sociedad en general.

Hoy, brilla para nosotros, como un día lo hizo para los Magos, una estrella que nos lleva a los pies del Recién nacido, haciéndonos testigos de su amor que no hace distinción de personas. Él, se ha rebajado, se ha humillado para ponerse a nuestra altura, para caminar a nuestro lado, sacándonos de la oscuridad y dándonos a conocer al amor de un Padre, que lo único que quiere es hacernos felices.      


SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ -C-

SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ -C-

«BAJÓ CON ELLOS A NAZARET Y SIGUIÓ BAJO SU AUTORIDAD

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2 41-52

La Iglesia en el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, nos invita a contemplar la figura de la Sagrada Familia de Nazaret. Lo hace porque quiere, por una parte, resaltar la importancia de esta figura mostrándola como paradigma de toda familia cristiana. Por otra parte, porque reconoce que la unidad familiar, no sólo es la célula que constituye a la sociedad, sino también porque sin ella, difícilmente podría existir la propia Iglesia.

La misión que Dios-Padre puso en manos de María y de José era de una importancia vital. No sólo tenían que preocuparse por atender a todas las necesidades materiales, alimentos, vestidos, cuidado de la salud, etc., de su Hijo, sino que debían de educarle en el conocimiento y el amor de Dios, para que éste ocupase en su vida el primer lugar. También debían educarle en la relación con los demás, de manera que llegara a ser un miembro responsable de la comunidad a la hora de cumplir sus obligaciones, y a la vez ejercitar los derechos que tenía como ciudadano. Dicho de manera resumida, diríamos que su misión era prepararle para la vida.

Hemos dicho que la Familia de Nazaret es el paradigma, el espejo en el que se han de mirar las familias cristianas. La relación entre sus miembros, a diferencia de lo que por error muchos pretenden para la familia de hoy, no es una relación de igualdad, dado que las funciones que cada miembro realiza le son propias, y son a la vez complementarias con las que realiza el resto. Estas relaciones tienen como substrato el amor, que impide que surjan litigios de competencia entre sus miembros, y que hace que se dé entre ellos una auténtica armonía. De esta manera nadie es más importante que el otro. Todos son necesarios.     

Este modelo de familia choca frontalmente con aquellos que pretenden establecer entre sus miembros una igualdad radical. Sucede lo mismo con la pretendida igualdad entre el hombre y la mujer, algo que es, por supuesto, imposible. El hombre siempre será hombre con las peculiaridades que le son propias y lo mismo le ocurre a la mujer. La igualdad a la que debemos aspirar es aquella que otorga a la mujer la misma consideración que al hombre, y a la vez los iguala a la hora de asumir obligaciones y derechos. 

La Sagrada Familia fue la escuela en la que se transmitieron al Niño Jesús, en primer lugar, la fe y el amor a Dios, y después los valores cívicos y de convivencia que iba a necesitar para relacionarse con los demás. Esta particularidad es el origen de que hoy se persiga con saña a la familia cristiana, impidiendo que los padres transmitan a sus hijos la fe, y aquellos valores que les van a ser necesarios durante su vida, empezando por el trabajo y la familia y terminando por la diversión.

Hoy, so capa de proteger la libertad de los niños, se pretende arrebatar a los padres el derecho de educar a sus hijos según sus convicciones y creencias, hasta el punto de llegar a quitarles la patria potestad, si se oponen a los principios que los gobiernos establecen en sus planes educativos, de un modo especial en lo concerniente a la educación sexual.

Necesitamos volver la mirada hacia la Santa Familia de Nazaret. Ella ha de iluminar a nuestras propias familias. Hemos de pedir a María y José la sabiduría necesaria y la valentía para educar a nuestros hijos en el santo temor de Dios. Hemos de pedirles también que, en nuestra familia, aparezca como el lazo más fuerte de unión el amor. Ese amor, y a la vez esa obediencia en el amor que, como dice el evangelio de hoy, haga que, como Jesús, estemos unos sumisos a los otros.  


DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

«DICHOSA TÚ PORQUE HAS CREÍDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Miq 5, 1-4ª * Heb 10, 5-l * Lc 1, 39-45

Damos comienzo con este domingo a la cuarta y última semana del Adviento. En las semanas anteriores hemos hablado de que, durante este tiempo litúrgico, la Iglesia nos ha recordado las dos venidas del Señor. Una venida que nos recuerda que hace más de 2000 años el Señor vino para salvarnos, y otra que nos hace presente que el Señor vendrá con poder por segunda vez al final de los tiempos.

Durante las tres primeras semanas del Adviento, la Palabra nos ha recordado la segunda venida del Señor invitándonos a estar alerta, porque nadie conoce ni el tiempo ni la hora de esa venida, sólo la conoce el Padre. En estos últimos días del Adviento, la Iglesia nos prepara de una manera inmediata a la celebración del nacimiento de Niño Dios en Belén, exhortándonos a disponer nuestro corazón adecuadamente para recibirle.

En el evangelio de este domingo san Lucas nos muestra a María que acaba de recibir la visita del ángel, anunciándole que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Ha conocido también que su pariente Isabel, anciana y estéril, ha concebido un hijo y se halla ya en el sexto mes del embarazo.

Llena de gozo por estas buenas nuevas se pone en camino hacia la casa de Isabel. Desea compartir con ella todo aquello que el Señor le ha revelado por medio de ángel. Se convierte así en la primera evangelizadora, en la primera mensajera que anuncia la Buena Nueva de la salvación.

Apenas Isabel oye el saludo de María salta de gozo en su seno el hijo que espera, y a voz en grito exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, porque has creído!».

Es interesante constatar que todos estos acontecimientos que narra el evangelio, hallan cumplimiento en nuestra vida. En primer lugar, es de señalar la actitud de María después de recibir la buena nueva. Podía haberla guardado en su corazón, a la espera de que hallara cumplimiento. Sin embargo, no actúa de esa manera. Impulsada por el Espíritu Santo quiere hacer partícipe de esta noticia a los demás, en este caso a su pariente Isabel. A ti y a mí, también la Iglesia nos ha dado la gran noticia del amor de Dios, del perdón de nuestros pecados y de la salvación que nos ha otorgado a través de su Hijo Jesucristo. Una noticia que es desconocida para mucha gente, que vive esclava del pecado y sometida a la muerte. ¿Seremos capaces de, viendo su sufrimiento, callar y no hacerles partícipes de esta gran noticia? Si el Señor nos ha llamado a su Iglesia, no es para otra cosa, sino para que hagamos llegar a todos los que nos rodean el conocimiento de su salvación.

Yo, ahora, como Isabel te pregunto y a la vez me pregunto: ¿Qué méritos hemos hecho para que el Señor nos haya elegido y se haya complacido en nosotros? ¿Somos, acaso nosotros mejores que los demás? Ciertamente no, y probablemente, todo lo contrario. Por eso de nuestro corazón ha de brotar agradecimiento haciendo nuestras las palabras de Isabel: ¿Quién soy yo, Señor, para recibir sin merecerlos, tantos bienes de tus manos?

Una manera de mostrar nuestro agradecimiento consiste, en dar a conocer a los de más el gran amor que Dios nos tiene. Un amor que supera inmensamente todas nuestras infidelidades. Un amor que es capaz de amarnos sin medida y sin pedirnos nada a cambio. Un amor que nunca exige que cambiemos de vida, sino que nos quiere tal y como somos, con nuestros defectos y pecados. Ser testigos de este amor en medio de aquellos que nos rodean, es evangelizar. Es llevar a cabo la misión para la que Dios nos ha elegido.


DOMINGO III DE ADVIENTO -C- GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -C- GAUDETE

«ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Celebramos hoy el domingo tercero de Adviento al que tradicionalmente se le ha llamado de “Gaudete”, debido a que la epístola de san Pablo empieza diciendo: «Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca».

Yo me pregunto: ¿tenemos motivos para estar alegres? ¿Cuáles son las razones para esta alegría? Para sentir esta alegría es indispensable ser conscientes de nuestra situación existencial. ¿Estamos convencidos de que no somos libres, sino que vivimos en esclavitud? Quizá tú, extrañado, me preguntes, ¿de qué soy esclavo? Mira, entre otras cosas somos esclavos de los condicionamientos sociales, de manera que, en muchas ocasiones, nos vemos obligados a actuar en contra de lo que sería nuestro gusto. Somos esclavos del trabajo, de la familia, de la diversión, del qué dirán, pero sobre todo somos esclavos del pecado, que en cada uno se muestra de una manera diferente. A unos nos domina el egoísmo que nos impide tener en cuenta al otro. A otros es la soberbia la que los hace sentirse superiores a los demás. A otros es la sexualidad la que nos trae de calle, y a todos, son las riquezas, el afán por el dinero, las que rigen nuestra forma de actuar. Estamos sujetos además a los problemas de salud, a las enfermedades, que acaban haciéndonos presente que somos esclavos de la muerte.

Estar convencidos de que somos esclavos, que vivimos supeditados a los demás, que nuestras pasiones e inclinaciones nos dominan, es la situación óptima para recibir con alegría la noticia que nos da el Apóstol: «El Señor está cerca». El Señor está cerca y viene para salvar, para devolver el sentido a nuestra vida desorientada por el pecado. El cristiano es el único que puede vivir alegre porque sabe que nada de lo que le ocurre sucede para mal, sino que, en su vida, todo sucede para bien. Nuestro Padre Dios, no puede dar o desear nada malo para sus hijos.

Hoy, Juan el Bautista, nos llama a conversión. A reconocer que muchas veces hacemos las cosas mal, y que, ante la inminente llegada de Señor, es necesario reconocer nuestros fallos. Es necesario reconocer que somos pecadores y que, aunque lo deseamos, no podemos abandonar el pecado. Necesitamos la ayuda del Señor que está próximo y que lo único que nos pide es que, con humildad, reconozcamos nuestra debilidad, y las veces que, siguiendo nuestros caprichos, vamos a la nuestra y le damos la espalda. Él, no se escandaliza de nosotros porque nos conoce perfectamente y sabe que, con solo nuestro esfuerzo, somos incapaces de hacer lo que le agrada.

El Señor está cerca y hemos de preparar adecuadamente nuestro corazón para que pueda nacer en él. Cuando vino hace más de dos mil años, no quiso nacer en un palacio, eligió un humilde pesebre. Ahora no desea encontrar en nosotros superhombres, sino más bien, quiere nacer en un corazón que conoce sus debilidades y limitaciones. Un corazón que, como dice san Juan, esté dispuesto a hacer un lugar en él, al necesitado, al pobre, a aquel que pasa desapercibido y al que nadie tiene en cuenta. Alegrémonos, por tanto, porque el Señor no busca a hombres santos e impecables, sino que se complace en el pobre, en el humilde, en el pecador, en el que no vale. Para nosotros, convertirnos, es precisamente reconocer esto, reconocer que no somos mejor que nadie y que necesitamos la ayuda del Señor para vivir plenamente nuestra vida y ser felices.  


DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Bar 5, 1-9 * Flp 1, 4-6.8-11 * Lc 3, 1-6

San Lucas nos narra hoy el inicio de la predicación de Juan el Bautista anunciando la venida del Señor. Para que nos demos cuenta de que no se trata de acontecimientos imaginados por los discípulos, sitúa la acción del Bautista dentro de unos parámetros de la historia. Señala quiénes gobernaban en Judea y en las regiones limítrofes, y cita el nombre de Poncio Pilato que, como delegado del emperador romano, gobernaba aquel territorio.

Era un tiempo en que las gentes se hallaban sensibilizadas esperando la venida del Mesías que había de devolver a Israel su antiguo esplendor, liberándolo del dominio del poder romano.

Juan, como en otro tiempo hiciera el profeta Isaías, invitaba al pueblo a conversión para que a su llegada el Mesías encontrara a un pueblo bien dispuesto. Isaías había dicho: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale».

Una vez más se repite la historia. Una voz, la de la Iglesia, grita en medio del desierto del mundo anunciando que existe la salvación, que, aunque la sociedad, hombres y mujeres, vivan alejados de Dios impulsados por su egoísmo, buscando sólo la satisfacción personal sin tener en cuenta al prójimo, Dios no los ha abandonado. Que el amor de Dios permanece inalterable. Que Dios no se escandaliza ante tanta ingratitud, sino que, como Padre amoroso, espera al pecador con los brazos abiertos.

A nosotros, que nos llamamos discípulos del Señor, ver la situación de nuestras familias, de nuestros vecinos y conocidos, de nuestros gobiernos, no nos ha de desalentar, sino todo lo contrario. El Señor nos llama a ser, como Juan, sus testigos. A anunciar a todos más con hechos que con palabras, que nada está perdido y que el amor de Dios supera con creces todos los pecados.

La llamada que hace el profeta es totalmente actual. Hemos de estar dispuestos y vigilantes ante la venida del Señor que nunca viene a condenar, sino que su deseo es salvarnos a ti y a mí, que tantas veces le damos la espalda. Es necesario preparar el camino de Aquel que se acerca para librarnos de la esclavitud del pecado y del poder de la muerte. Con su ayuda, es necesario elevar los valles de nuestro desánimo y de nuestras depresiones. Es preciso pedir que nos ayude a rebajar los montes y las colinas de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo. En eso consiste preparar el camino al Señor.

Como ya hemos dicho, cuando el Señor acontece lo hace siempre para salvar, nunca para condenar. Los que elegimos la condenación somos nosotros mismos al actuar según nuestro albedrío, sin reconocer ante Él que, aunque nos gustaría obrar el bien, cuando lo intentamos no podemos. Reconocer nuestra impotencia y la necesidad que tenemos de Él, es suficiente. Nov nos pide más.

Lograr la salvación con nuestro esfuerzo y nuestro empeño es totalmente imposible. Ningún hombre es capaz de conseguirlo. Sin embargo, la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven. Por eso nos envía a su Hijo Jesucristo, hombre débil como nosotros, pero omnipotente como Dios. Débil naciendo en un pesebre, débil colgando sin vida de una cruz, pero victorioso saliendo del sepulcro y derrotando a la muerte, para que nosotros, con su espíritu, podamos vencer también a la muerte.

Alegrémonos y permanezcamos vigilantes. Despojémonos, como dice el profeta Baruc, del vestido de luto y aflicción, fruto de nuestros pecados, y vistámonos las galas perpetuas que, con su amor, Dios nos da.           


DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

«ESTAD ALERTA Y MANTENEOS EN PIE ANTE EL HIJO DEL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3, 12—4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico correspondiente al ciclo C, que toma las lecturas del evangelio de san Lucas. A este evangelio se le conoce como el evangelio de la Misericordia, debido a que san Lucas tiene una especial inclinación a resaltar en sus escritos, la misericordia del Señor hacia el pecador.

Como ya comentamos la semana pasada, las lecturas que nos propone la Iglesia hacen referencia a los últimos tiempos, en los que tendrá lugar la segunda venida del Señor. El Señor Jesús nos dice que serán tiempos «de angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje», y que «los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán».

Como vemos es un panorama poco halagüeño para los que tengan que vivir estos acontecimientos. Sin embargo, es curioso que el Señor nos diga: «Cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». ¿Cómo podemos entender esto? Para muchas personas, para aquellas que consideran la vida en este mundo como un fin y no como un camino que nos conduce a la vida eterna, todo lo que anuncia el Señor significa una gran catástrofe, significa el fin de todo aquello por lo que han luchado. Significa volver a la nada.

Sin embargo, para aquellos que vivimos en este mundo soportando sufrimientos, enfermedades y la esclavitud de la muerte, como consecuencia del pecado; los que no montamos nuestra tienda aquí como si ya no existiera nada más, sino que caminamos con los ojos puestos en la vida eterna, el anuncio de la manifestación del Señor al final de los tiempos, es un anuncio de liberación. Es una buena noticia, semejante a la que recibe el condenado a muerte encerrado en una celda, cuando le comunican que ha llegado la suspensión de la pena y que goza de libertad. San Juan en el Apocalipsis nos dirá: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… donde ya no habrá muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado». Si creemos esto, si estamos convencidos de lo que el Señor nos reserva, ¿cómo esperar su venida con miedo?

Seguramente ninguno de nosotros seremos testigos del fin del mundo que nos narra san Lucas, sin embargo, queremos reiterar lo que decíamos la semana pasada. Para todos llegará el final de los tiempos, cuando el Señor nos llame a su presencia y terminemos nuestra peregrinación en este mundo. Por eso también para nosotros son de aplicación las palabras que el Señor Jesús ha pronunciado al final del evangelio: «Tened cuidado: no se embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, y se os eche encima de repente aquel día». Quiere esto decir que corremos el peligro de vivir demasiado preocupados por las cosas de la vida, la salud, el dinero, los afectos, la familia, etc., y que la venida particular del Señor a nuestra vida nos sorprenda y no nos encontremos en vela.

Por eso, el evangelio termina con estas palabras del Señor: «Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre». En otro lugar dirá el Señor: estad alerta para escapar de esta generación malvada y pervertida. Ciertamente el Señor sabe en qué ambiente, en qué sociedad nos ha tocado vivir. Una sociedad que ha rechazado del todo a Dios, que no respeta la vida, que hace burla y se ríe de lo santo. Una sociedad egoísta que consiente en la muerte por hambre de miles de niños inocentes, porque al único dios que conoce es al dinero. Por eso hemos de mantenernos alerta para no aceptar la catequesis continua de la televisión, en donde cada día se nos machaca para que al final nos acostumbremos y aceptemos como normal, costumbres totalmente inmorales, que son inaceptables para un cristiano.  


EL KERIGMA: LA BUENA NOTICIA

EL KERIGMA: LA BUENA NOTICIA

En estos domingos que nos acercan al final del año litúrgico, y también en aquel con el que iniciaremos el nuevo año, o sea en el primer domingo de Adviento, las palabras del Evangelio nos harán presente el final de los tiempos, con las catástrofes cósmicas que les acompañarán. Serán tiempos de sufrimiento y congoja. Tiempos que, como dice el Señor en el evangelio de san Mateo, se abreviarán en atención a los elegidos, porque de lo contrario nadie se salvaría.

Ante tanta catástrofe y calamidad el corazón se nos encoge, sin embargo, para aquellos que creemos en el Señor Jesús, existe una palabra capaz de tranquilizarnos y devolvernos la paz interior. Se trata del KERIGMA, de la Buena Noticia de la Salvación.

Cada uno de nosotros no ha sido creado por Dios para el sufrimiento y la aniquilación, sino todo lo contario, hemos sido creados para la felicidad y la vida eterna, experimentando en el corazón el amor de Dios. Lo que ocurre es que, si contemplamos nuestras obras, nos damos cuenta de que no hemos correspondido al Señor con el amor que él se merece, sino que, buscándonos a nosotros mismos, hemos pecado dándole la espalda una y mil veces. Por nuestras obras sólo mereceríamos la condenación.

La respuesta del Padre ante tantas infidelidades y pecados, ha sido, en un arranque de amor inconcebible, entregar a su Hijo a la muerte comprando con su sangre todos nuestros pecados. De manera que cuando tú pecas, el pecado no te pertenece porque el Señor Jesús ha pagado por él un precio desorbitado. Así se lo dijo a san Jerónimo: “Quiero que me des algo que tienes y que me pertenece”. “Quiero tus pecados porque por ellos he pagado un alto precio”.

Significa esto que Dios Padre nunca te rechazará a causa de tus pecados. Que te ama con locura tal y como eres. Que para él eres perfecto. Al contrario de lo que hacemos nosotros con los demás, nunca te exigirá que cambies para quererte, para manifestarte su amor. Él modeló tu corazón y nunca se escandalizará de tus obras. Dios que es amor, es incapaz de odiar. Sólo puede amarte y comprenderte en tu realidad.

Si creemos esto, si estamos convencidos del amor de Dios, pase lo que pase nunca anidará en nuestro corazón el temor. Dios, por encima de todo, sólo quiere tu salvación. Pero nunca te forzará, nunca violentará tu libertad. Por eso, experimentar esa salvación que Él te ofrece, dependerá únicamente de ti. Está en tus manos desearla, aceptarla o rechazarla.   

 

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -CRISTO REY-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -CRISTO REY-

«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 7, 13-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

En su carta a los Colosenses san Pablo nos dice refiriéndose a Cristo: «Todo fue creado por él y para él. Él existe con anterioridad a todo, y todo se mantiene en él.  Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo, porque Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud».

Esta palabra de san Pablo viene a refrendar la solemnidad que hoy, último domingo del año litúrgico, celebra la Iglesia: la solemnidad de Cristo Rey. No podía ser de otra manera. La historia de salvación halla su culmen mostrando al Señor Jesús, que en su primera venida vino en humildad y pobreza, dispuesto a morir cargando con todos nuestros pecados, como Rey y Señor de todo lo creado. Dice san Pablo: «Todo fue creado por él y para él y todo se mantiene en él». En su carta a los Corintios dirá también san Pablo: «Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies».

Lo que hemos afirmado está fuera de toda discusión, pero, aunque es cierto, nosotros podemos preguntarnos ¿cómo afecta esta realeza de Cristo a nuestra vida de cada día? ¿De qué me sirve el hecho de que Cristo sea el Rey de todo lo creado? La clave para responder a estas preguntas la encontramos en la segunda lectura de hoy, cuando dice san pablo que «será aniquilado todo principado poder y fuerza… y el último enemigo aniquilado será la muerte».

Nuestra vida, por el mal uso que hemos hecho de nuestra libertad, se halla dominada por el demonio, el mundo y la carne, que son los enemigos que nos someten a esclavitud y que nos tienen bajo el dominio de la muerte. Nada podemos hacer para librarnos de ellos. Pero, las entrañas de misericordia de nuestro Padre-Dios, se han conmovido ante nuestro sufrimiento y nos han suscitado un Salvador, Cristo-Jesús, que, con su Pasión, Muerte y Resurrección, se ha convertido en nuestro ayudador y ha sido constituido por el Padre como Señor y Kirios de todo lo que nos oprime y esclaviza.

¿Qué significa esto? Significa que, con toda seguridad, tú tienes en tu vida situaciones, acontecimientos, inclinaciones personales, que no te gustan y que con frecuencia te fastidian. Quieres evitarlos o por lo menos ignorarlos y, sin embargo, no puedes. Ese genio que más de una vez te ha jugado una mala pasada, esa inclinación o ese vicio que te domina y que tú procuras que nadie conozca. Esa situación familiar que te es imposible soportar o ese carácter dominante de tu suegra o tu suegro, que te saca de las casillas. Esa forma de ser de tus hijos que te hace sufrir y que escapa a tu control. Esa enfermedad que te hace presente tu impotencia y que te está amargando la vida… ¿Cuántas cosas más hacen que tu vida no sea lo que a ti te gustaría? Añade las que quieras. Lo cierto es que, aunque te cueste reconocerlo, no eres feliz y procuras emborracharte, distraerte, alienarte, con la televisión, el futbol o cualquier otra diversión, con tal de aparcar los problemas que te preocupan.

La noticia que hoy te traemos es que esa situación particular a la que tú no puedes hacer frente, tiene solución. Dios-Padre, que te ha creado para ser feliz, ha dispuesto que allí donde tú no puedes llegar con tu esfuerzo, llegue el poder de su Hijo Jesucristo al que ha nombrado Rey del Universo. Rey de tu mal genio, rey de tu sexualidad descontrolada, rey de tu falta de trabajo, rey tu enfermedad y también rey de la muerte. Lo que para ti es imposible se vuelve posible con su ayuda. No estás solo. Él está a tu lado esperando que tú le digas: Señor, no puedo más, ayúdame. Haz la prueba. Invoca su nombre, su poder, y te aseguro que no quedarás confundido.