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DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 7-9 * Heb 5, 1-6 * Mc 10, 46-52

El evangelio de hoy nos sitúa en Jericó. Jesús está saliendo de la ciudad acompañado por una multitud que le sigue a todas partes. A la entrada de la ciudad se encuentra un hombre ciego que pide limosna. Extrañado por el tumulto que se oye, pregunta a los que están a su alrededor y le dicen que es Jesús de Nazaret el que está pasando. Sin dudarlo ni un momento empieza a gritar: «Hijo de David ten compasión de mí». Jesús en un principio no se detiene, pero debido a los gritos y a la insistencia del ciego, se detiene y dice: «Llamadlo». Llaman al ciego y le dicen: «Ánimo, levántate, que te llama». El evangelista nos dice que soltando el manto y dando un salto, se acerca a Jesús. Éste le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». «Maestro, que pueda ver», le contesta. Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha curado». El ciego al momento recobra la vista y empieza a seguirle por el camino.

Varios son los detalles que merecen destacarse en este pasaje. En primer lugar, la fe absoluta del ciego hacia la persona del Señor Jesús. Ha descubierto en él, a aquel que Jeremías anuncia en la primera lectura, como enviado por el Padre para socorrer a los pobres, hacer andar a los cojos y abrir los ojos a los ciegos. En segundo lugar, es importante su insistencia en la oración cuando no ha sido escuchado de inmediato. Finalmente hay un gesto que no debemos pasar por alto. Cuando sabe que el Señor le llama, arroja el manto y se acerca dando un salto hacia Él. Este gesto es significativo. El manto es para el ciego y para todos los pobres una prenda de vital importancia. Es todo lo que posee y a la vez es su única defensa para no morir de frío. Sin embargo, ante la llamada del Señor, ya nada importa. Lo verdaderamente importante es haber encontrado a Aquel que va a dar sentido a su vida.

Esta palabra es hoy el reflejo de tu vida y la mía. Somos como el ciego que, al borde del camino de la vida, pedimos a los que nos rodean una limosna de amor. Quizá te cueste reconocerte en el ciego, porque piensas que tienes dos ojos capaces de ver la luz y la belleza de la creación. Sin embargo, tu egoísmo y tu ambición te ciegan y hacen que solo veas en los demás, medios para crecer y medrar. Tu corazón, que busca ávidamente la felicidad, es incapaz de hacer nada que no sea buscarse a sí mismo. No hay nada que lo llene, que lo satisfaga por completo. Ese egoísmo, que es fruto del pecado de origen, es el que te impide ver hasta dónde llega el amor que Dios siente por ti.

Hay otra ceguera, que la inmensa mayoría de las personas desconoce, que es la ceguera a la historia. Estamos ciegos a la hora de interpretar los acontecimientos que suceden en nuestra vida. No acabamos de comprender el porqué de las enfermedades, de la muerte, de los fracasos económicos, de los problemas y de las rupturas familiares, del paro, etc. Todo lo atribuimos a la mala suerte y somos incapaces de asumirlo en nuestra vida, sin renegar y sin caer en depresión. Necesitamos que, como al ciego, el Señor nos abra los ojos para hacernos ver que todo sucede para bien. Que todo está encaminado a nuestra propia salvación. La ceguera del ciego de Jericó y el sufrimiento que le acarreó tuvieron como fruto, como resultado final, el encuentro con Aquel que es capaz de dar sentido a la vida. Que es capaz de abrir los ojos a los acontecimientos de nuestra vida, que siempre están dispuestos por Dios para nuestro bien.

Necesitamos, por tanto, gritar como el ciego, pedir a Dios que nos conceda el don del discernimiento, que no es otra cosa, que el don de abrirnos los ojos para saber interpretar su voluntad, a través de los acontecimientos que nos suceden cada día. De este modo, estaremos conformes con san Pablo cuando afirma en su carta a los Romanos, «Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman».

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

«El que quiera ser el primero, sea esclavo de todos».

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 53, 10-11 * Heb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45

Nos hemos referido en muchas ocasiones a la idea que tenían los discípulos, respecto a la figura y misión del Señor Jesús. Todo el pueblo, y por tanto también ellos, estaba a la espera de la aparición del Mesías, un descendiente de David, que devolvería a Israel el antiguo esplendor y quitaría de sus hombros el yugo romano de la esclavitud.

La actuación de dos hermanos, Santiago y Juan, que hoy nos narra san Marcos en su evangelio, pone de manifiesto la veracidad de lo que acabamos de afirmar. Ellos piensan que van a ser partícipes de la gloria que, como libertador del pueblo, alcanzará el Señor. Por eso, sin dudarlo, se lanzan y hacen al Señor Jesús la siguiente petición: «Maestro, queremos que hagas lo que vamos a pedirte». Jesús, responde: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Ellos contestan: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús les dice: «No sabéis lo que pedís…».

Nosotros, viendo la actuación de estos dos apóstoles, podemos pensar cuán grande era su egoísmo y su ambición que les hace pretender los mayores honores, sin tener en cuenta al resto de compañeros. Estos, al conocer sus intenciones, se indignan contra los dos hermanos. Esta reacción nos hace ver, que nos son ellos mejores que Santiago y Juan, porque también ellos apetecen los primeros puestos.

El Señor, que los conoce, los reúne y les dice: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos».

Supongo que todos nos vemos reflejados en estos dos hermanos. También nosotros en la vida ambicionamos los primeros puestos. Todos tenemos el deseo de que los demás nos consideren y que reconozcan nuestra valía. Este deseo nace por el hecho de que por el pecado hemos expulsado de nuestro corazón el amor de Dios, que era el que verdaderamente nos llenaba y nos hacía felices. Por nuestra parte, pretendemos llenar ese hueco que ha dejado en el corazón con los afectos y las riquezas. Creemos que al ocupar los primeros puestos obtendremos el reconocimiento que merecemos de parte de los demás. Como discípulos del Señor deberíamos ocupar los últimos puestos, pero al final, nuestra vida se ha convertido en una carrera de obstáculos, buscando ávidamente ser los primeros.

Esto que estamos diciendo no es algo que siempre hagamos deliberadamente. Con frecuencia es el pecado el que de una manera inconsciente nos hace pasar por encima de los demás, buscando nuestro propio provecho. La Palabra de hoy viene en nuestra ayuda poniendo al descubierto nuestra realidad, nuestro deseo de ser. Quiere sacarnos de nuestro error. Tengamos en cuenta que el hecho de ser el primero no nos garantiza la felicidad, sino todo lo contrario, ya que nuestro corazón es insaciable. Por más riquezas y honores que alcance, nunca se encuentra satisfecho.

Por eso hoy, el Señor, nos muestra el camino. «Vosotros, nos dice, nada de eso… Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos». El Señor, con estas palabras, quiere hacernos ver que, a diferencia de lo que predica el mundo, la verdadera felicidad no consiste en recibir, sino en dar. Y nosotros podemos considerarnos afortunados, porque mucho hemos recibido de parte del Señor y por tanto mucho podemos compartir con los demás.   

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO BUENO, ¿QUÉ HARÉ PARA HEREDAR LA VIDA ETERNA?»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 7, 7-11 * Heb 4, 12-13 * Mc10, 17-30

El evangelio de hoy viene en nuestra ayuda para que seamos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero y las riquezas. Cuando de pequeños nos enseñaban el catecismo, una de las primeras preguntas era: “¿Cuál es el primer mandamiento de la Ley de Dios?” La respuesta era: “El primer mandamiento de la Ley de Dios es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”.

El joven que hoy se acerca al Señor, seguro que conoce este mandamiento de la ley, pero seguro también, que no es consciente de lo que este mandamiento supone para su vida. Él, pregunta al Señor: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». El Señor Jesús no contesta la pregunta de inmediato, sino que quiere saber por qué le ha llamado bueno, y le dice: «No hay nadie bueno más que Dios». Dicho de otra forma, si solo Dios es bueno y tú me llamas bueno, es porque reconoces en mí a Dios.

A continuación, le va enumerando los distintos mandamientos de la ley: «no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». «Todo eso, dice el joven, ya lo he cumplido desde pequeño». Notemos la astucia del Señor, que, al enumerar los distintos mandamientos, no ha hecho alusión al primero y más importante. El evangelista nos cuenta que, ante esta respuesta, el Señor mira al joven con cariño, y le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –Así tendrás un tesoro en el cielo--, y luego sígueme».

El Señor Jesús al hablar al joven así, le está haciendo ver, y también nos lo hace ver a nosotros, que de nada sirve el cumplimiento de todos los mandamientos, si no se pone a Dios como lo primero en la vida. El joven, que es muy rico, lo entiende, pero en su vida tienen más importancia las riquezas, que poner a Dios como al primero. Por eso, dice el evangelista, marcha muy apesadumbrado.

Jesús, volviéndose hacia los suyos, les dice: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! … más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios». Esta frase escandaliza a los discípulos que, espantados exclaman: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». A nosotros quizá nos extrañe esta reacción de los discípulos. Para entenderla, es necesario saber que, para el Pueblo de Dios, los bienes materiales, dinero, riquezas, etc., son signo inequívoco de las bendiciones del Señor. Por eso piensan, si a los que más beneficios del Señor han recibido les va a ser muy difícil entrar en el Reino, ¿quién podrá salvarse? El Señor se les queda mirando y les dice: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

Pedro, que está siempre ojo avizor, le dice a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Esta frase equivale a decirle al Señor: ¿cuáles serán nuestras ganancias? Jesús responde: «Os aseguro, que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, … y en la edad futura vida eterna».

Hemos comenzado este comentario diciendo que la palabra del evangelio de hoy, nos ayudaría a hacernos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero. Veamos cómo. Piensa por un momento que ocupas el lugar del joven rico. Como él, dices: yo no mato, no robo, no me aprovecho de los demás, no miento, me preocupo por mis mayores, etc. Yo ahora te pregunto: ¿amas a Dios hasta el extremo de no importarte el dinero y estás dispuesto a perderlo por el Reino si fuera necesario? No quiero ponerte ante la disyuntiva de Dios o el dinero. Basta que tengas claro que tienes el corazón pegado al dinero, y que pidas a Dios que te ayude a tenerlo a Él como a lo más importante de tu vida.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Heb 2, 9-11 * Mc 10, 2-16

Si la palabra del Evangelio es siempre actual, la de este domingo lo es de un modo especial. El Tema alrededor del que gira esta Palabra es el matrimonio. Los fariseos, siempre preocupados en poner al Maestro en situaciones difíciles, se acercan a preguntarle: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Ellos conocen muy bien lo que se dice en la Ley de Moisés, sin embargo, precisamente por esto, quieren conocer lo que opina el Señor al respecto.

El Señor Jesús que sabe que Moisés permitió entregar a la mujer acta de divorcio, les responde: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto». Sin embargo, la voluntad de Dios no fue esa desde el principio, porque el Génesis pone en boca de Dios estas palabras: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne». Y el señor añade: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Aunque el Señor se ha expresado con toda claridad, al llegar a casa, los discípulos insisten sobre este tema ya que la doctrina que ha expuesto el Señor, rompe todos los esquemas que hasta ese momento han tenido validez entre los judíos. Jesús se reafirma en lo dicho y añade de una manera tajante: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio». Nosotros podemos añadir, no hay vuelta de hoja.

Hemos hecho alusión al principio sobre la actualidad de este evangelio. Hoy las separaciones matrimoniales y los divorcios están al orden del día, tanto entre los que pertenecen a la Iglesia, como en aquellos que viven fuera de ella. Las estadísticas dicen que, en España, por cada cien matrimonios que se llevan a cabo, sesenta no llegan a cumplir el primer aniversario de su boda. Se divorcian antes.

Nosotros no vamos a hablar aquí de las uniones civiles, aunque las consecuencias de las rupturas sean también perniciosas tanto para los cónyuges, como para los hijos. Nos vamos a referir a las uniones sacramentales. La defensa que hace la Iglesia de la indisolubilidad del matrimonio, aparte de ser doctrina revelada como acabamos de ver en el evangelio, tiene una doble vertiente, la de los cónyuges y la de los hijos. El matrimonio lleva a la práctica el plan de vida que Dios ha diseñado para el hombre. El hombre y la mujer sólo pueden ser felices si están unidos por los lazos del amor. Amor que tiene su origen en Dios y que permite la entrega total y sin condiciones del uno hacia el otro. En el mundo no hay felicidad más grande que ésta. Fruto de esta unión de amor son los hijos que, contra lo que cree la sociedad, no son propiedad de los padres, sino de Dios. Ellos son los que, siendo inocentes, sufren las consecuencias de las rupturas matrimoniales.

La Iglesia no tiene ninguna autoridad para romper el vínculo sacramental. Lo que sí que puede hacer es, declarar que, atendiendo a las circunstancias en que se llevó a cabo la unión, no se dio el sacramento. De este modo, sin que sea un divorcio, los contrayentes quedan libres por completo.

Vivir el matrimonio según el plan de Dios no depende de nuestro esfuerzo, porque nuestro egoísmo, fruto del pecado, nos lo impide. Es necesario construir la unión del hombre y la mujer sobre la cruz de Cristo, de la que nace la comprensión, la misericordia y el perdón hacia el otro. El matrimonio cristiano con Cristo en el centro es imposible que se rompa. Su amor, en el corazón de los esposos, es garantía de comprensión, misericordia y perdón, ante los fallos, debilidades y errores, que cada día surgen en la vida matrimonial. De ahí que, para los cristianos, no exista la necesidad del divorcio.

Para creer que todo esto es posible, hay que recibir la Palabra con la sencillez de los niños, que, de pequeños, no cuestionan para nada la palabra de los padres. La creen a pies juntillas. Por eso, como dice el Señor al final del evangelio, «el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él»

 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». 

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 2,12.17-20 * St 3, 16-4,3 * Mc 9, 30-37

Jesús camina con sus discípulos alejado de la gente, porque desea instruirlos sobre los acontecimientos a los que necesariamente tendrán que enfrentarse al llegar a Jerusalén. Los discípulos todavía ven en la figura del Señor al descendiente de David, que les va a librar del dominio de los romanos y va a devolver a Israel su antiguo esplendor.

Por eso, les habla sin tapujos de los sufrimientos que le esperan a manos de las autoridades judías. Les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Ellos, precisamente porque no acaban de entender todo aquello, evitan hacerle preguntas. Están tan fuera de órbita, tan lejos de la realidad, que por el camino van discutiendo sobre quién de ellos es el más importante.

Jesús, que está al tanto de su preocupación, al llegar a casa les pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos, al ver que han sido descubiertos, callan. Él, se sienta, llama a los Doce y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Quizá, a ti y a mí, que nos llamamos cristianos, y que no estamos acostumbrados a ocupar los últimos lugares, esto nos parezca un poco exagerado. Debido a nuestra naturaleza dañada por el pecado, no estamos acostumbrados a perder nuestra vida, sino que la defendemos con uñas y dientes. Todos buscamos que los demás reconozcan nuestros valores, sean cuales fueren. Hay que destacar en algo, aunque sea como aquel mal estudiante, que su orgullo consistía en ser el último de la clase.

Sin embargo, estamos siguiendo a uno que decía: «El Hijo del Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir a los demás y dar su vida en rescate por muchos». ¿Eres consciente de esto? A lo mejor te sucede como a los discípulos y lo que buscas son reconocimientos y honores. Estás, como ellos, muy equivocado. Ocupar los últimos lugares implica para el mundo grandes sufrimientos, pero no así para los cristianos. El mundo necesita evadirse, emborracharse, huir del sufrimiento. El hombre del mundo necesita también encontrar algo que llene el vacío de su corazón: riquezas, diversiones, empresas de todo tipo, etc., todo aquello que él cree que le dará felicidad. No ocurre lo mismo con el corazón del cristiano. El cristiano tiene el corazón lleno del amor de Dios, por eso no ambiciona nada. No necesita buscar la felicidad, porque se la proporciona ese amor. Es feliz ocupando el primer puesto y ocupando el último puesto. Es feliz experimentando el amor de Dios y es más feliz todavía amando y entregándose a los demás.

Vivir la vida del cristiano es algo que, como se dice vulgarmente “no está al alcance de todos los bolsillos”. No se consigue con esfuerzo. No depende de nosotros, sino que es un don, una elección gratuita de parte del Señor. El Señor eligió a sus apóstoles, a sus colaboradores, y hoy sigue llamando y eligiendo a aquellos que quiere que lo hagan presente en medio del mundo. Él está vivo y resucitado, pero no está visible a los ojos de los hombres. Por eso te ha elegido a ti y me ha elegido a mí, para que en nuestra pobreza se manifiesten sus obras. Que los demás, viendo en nosotros obras que son totalmente imposibles de realizar por los hombres, lleguen a descubrir en nosotros su persona.

Para todo esto es indispensable la fe. Pero la fe también es un don gratuito del Señor que necesita para darse, la escucha atenta de la Palabra de Dios. La fe viene de la predicación y la predicación viene de la Palabra de Dios. Es fundamental ponernos a la escucha de la Palabra, con un corazón de niño, incapaz de poner en duda nada de lo que oye decir a su padre.      

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV  DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará».

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 50, 5-9ª * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

La Palabra que nos ofrece la liturgia en este domingo es muy rica, y también muy directa a la hora de aplicarla a nuestra vida. Isaías en la primera lectura nos hace, más de doscientos años antes de Jesucristo, una descripción muy exacta de la figura del Señor Jesús y los sufrimientos que tenía que soportar en su Pasión. La clave para comprender el por qué el Señor es capaz de soportar toda clase de humillaciones, burlas y vejaciones, nos lo dice él mismo: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás».

Tener el oído abierto significa comprender el porqué de los acontecimientos ya sean buenos o adversos. El sufrimiento ciego, por ejemplo, cuando no se conoce el motivo del mismo, nos lleva a la desesperación y con frecuencia nos hace caer en depresión. Sufrir a ciegas va en contra de nuestro propio ser. Nuestro ser se rebela ante el sufrimiento porque no hemos sido creados para sufrir, sino, todo lo contrario, para ser felices.

Aquel que tiene el oído abierto, aquel que conoce la razón del sufrimiento, sufre física o espiritualmente, pero la desesperación no se apodera de él porque conoce a dónde le lleva ese sufrimiento, conoce el fruto que obtendrá a través de él. Es el caso del enorme sufrimiento que la Pasión del Señor le acarrea. Él sabe que el fruto de ese sufrimiento será la salvación de los hombres. Sabe también que ese sufrimiento tendrá un final y, además, experimenta que cuando sufre no está sólo, porque «su Señor le ayuda».

Hay un acontecimiento en la vida de la mujer que aclara de una manera meridiana lo que estamos diciendo. Cuando a una mujer embarazada le llega el momento del parto, el dolor se hace por algunos momentos casi insoportable, sin embargo, se trata de un sufrimiento con sentido, porque da como fruto el nacimiento de un nuevo ser. No sería lo mismo si al final se tratara de un aborto, en este caso estaríamos ante un sufrimiento del que no se obtiene ningún fruto, un sufrimiento sin sentido.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, después de preguntar a sus discípulos qué piensan sobre su persona, sobre quién es Él, pregunta que, por otra parte, también hoy nos hace a ti y a mí, empieza a instruirles sobre los acontecimientos que va a vivir próximamente en Jerusalén: su pasión, muerte y resurrección. Él sabe que caminar hacia Jerusalén significa caminar hacia el sufrimiento, hacia la muerte en cruz. Tiene muy presente la profecía de Isaías de la primera lectura, pero, sin embargo, no se echa atrás. Por tener el oído abierto, asume totalmente la voluntad del Padre y sabe también con certeza que Él lo sostendrá.

Pedro, intenta disuadirlo, hacerle ver que eso no debe sucederle, pero el Señor lo rechaza con una expresión muy dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¿Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Pedro no comprende que el sufrimiento, la persecución y la muerte puedan alcanzar a su Maestro. Quiere decir esto que, para entender el plan del Padre, Pedro no tiene el oído abierto.

El Señor, con objeto de que sus discípulos no vivan en el error con respecto a la misión para la que les prepara el Padre, les dice: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará».

Como es lógico, solo podremos aceptar estas las palabras del Señor Jesús, si tenemos el oído abierto, si conocemos los planes del Padre para salvar a los hombres. Es necesario estar convencidos de que detrás de lo que aparece como sufrimiento y muerte, está la vida eterna, la resurrección. La escucha atenta de la Palabra y el convencimiento de que Dios nos habla a través de ella, abrirá nuestros oídos y nos ayudará a comprender la voluntad del Padre.


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

"Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

La primera lectura de este domingo pertenece al libro de Isaías. En ella el profeta viene a darnos ánimos de parte del Señor diciéndonos: "Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis" ¿Quiénes son, podemos preguntarnos, esos cobardes de corazón? Sin lugar a duda somos muchos de los que escuchamos esta palabra. Con frecuencia los acontecimientos de la vida, exceden nuestras propias fuerzas y afectan a nuestro ánimo. Unas veces se trata de problemas de salud, otras de problemas familiares, otras de problemas económicos, etc., También pueden afectarnos los acontecimientos de tipo político que estamos viviendo en la actualidad. A mí, personalmente, me preocupa comprobar la multitud de problemas que inciden en la convivencia ciudadana; la orientación que toman muchas disposiciones que afectan a la educación de nuestros hijos, a las libertades, al respeto que merecen las creencias personales, etc. Son problemas que escapan a nuestro control y que ponen de manifiesto nuestra impotencia.

Isaías a continuación nos da la clave para que podamos afrontar nuestra vida con todos estos problemas, sin temor. Nos dice: "Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará". Es una gran noticia saber que es el propio Dios el que está dispuesto a poner orden y a salvarnos. Por eso, seguros de la certeza de estas palabras, y sabiendo que la ayuda nos viene de lo alto, podremos decir con el salmista: "El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra."

Cómo será esa obra salvadora de nuestro Dios, nos lo dice el profeta a continuación: "Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará"

Hoy, precisamente, vemos cumplida en el evangelio la profecía de Isaías. Jesús camina hacia el lago de Galilea atravesando la Decápolis. De pronto, le presentan a un sordo, que, además, apenas puede hablar para que le imponga las manos y lo cure.

El Señor Jesús, apartándolo de la gente, le mete los dedos en los oídos y con su saliva le toca la lengua diciendo: "Effetá, esto es, ábrete" y al momento se le abren los oídos y se le suelta la lengua, de manera que oye y habla sin dificultad. La gente, sin salir de su asombro, exclama: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

Espero que no llegues a pensar: Si no soy sordo, ni ciego, ni mudo, ¿cómo me puede afectar esta palabra? Sería estupendo que no te hicieras esta pregunta. Significaría que te conoces y que por tanto estás al corriente de tus limitaciones. Somos sordos, porque muchas veces tenemos el oído cerrado cuando escuchamos la Palabra o cuando no somos capaces de leer en los acontecimientos de la vida cuál es la voluntad de Dios. Somos ciegos cuando no somos capaces de ver en el que sufre, ya sea aquí o en la China, al hermano que necesita nuestra ayuda o nuestra comprensión ante sus errores. Finalmente, somos mudos cuando somos incapaces de confesar con nuestros labios nuestra condición de discípulos del Señor, y callamos por respeto humano.

Para nosotros, para los que obramos de esta manera viene hoy Isaías a decirnos de parte del Señor: "No temáis, Sed fuertes. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará"

 

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4, 1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8a.14-15.21-23

Retomamos esta semana el evangelio según san Marcos, que es el que corresponde al ciclo litúrgico B para el presente año.

Dentro del judaísmo tiene una gran importancia la limpieza legal, que quiere ser reflejo de la limpieza interior. El lavado de manos está continuamente presente en la vida ordinaria de los judíos, y alcanza entre los fariseos límites exagerados. Se lavan antes de comer, pues no comen sin haberse lavado las manos previamente. Se lavan al volver de la plaza, y exageran al lavar vasos jarras y ollas. Por eso hoy, en el evangelio, se escandalizan cuando los discípulos comen, según ellos, con manos impuras por no haberse lavado previamente.  Por eso, preguntan a Jesús el por qué de esta forma de actuar: «Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?»

El Señor les responde citando al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». También nosotros tenemos el peligro de obrar como los fariseos. En muchas ocasiones nuestra vida de fe queda reducida a la práctica de una serie de ritos sin contenido. Actuamos de cara a la galería porque, con demasiada frecuencia, nuestras obras no responden a lo que confesamos con nuestra boca. Dicho de otro modo: nosotros, que nos llamamos cristianos, acudimos los domingos a la eucaristía, comulgamos con cierta frecuencia, aunque somos menos asiduos a la hora de confesar nuestros pecados. Participamos con mayor o menor cuantía en las diversas colectas que la Iglesia propone, y aunque, no todos, tomamos parte en las manifestaciones religiosas que tienen lugar en las calles, como las procesiones, etc. Todo esto es estupendo, pero llega el momento de preguntarnos: ¿Nuestra vida en la familia, en el trabajo, en las relaciones con los demás, es consecuente con nuestras creencias? ¿Si alguien observara nuestro comportamiento podría deducir que tú y yo somos cristianos? 

Para que no haya ninguna duda sobre la limpieza legal, en otra ocasión Jesús se dirige a la gente diciéndoles: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Esta frase de Jesús tiene una explicación lógica. Lo que entra de fuera, la comida, la bebida, etc., no puede de ninguna ensuciar al hombre. Sin embargo, no podemos decir lo mismo con lo que sale de dentro del corazón del hombre, porque del corazón de hombre salen los juicios, los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, envidias y toda clase de injusticias. Eso es lo que de verdad ensucia al hombre.

Sin duda, la solución a esta situación está en conseguir que cambie el corazón del hombre. Que allí donde sólo existe egoísmo, se pueda dar el amor, la preocupación por los demás. Que donde sólo hay juicio y exigencias aparezcan la comprensión y la misericordia. Sin embargo, la cruda realidad es que sólo con nuestro esfuerzo, somos incapaces de llevar adelante este cambio. El pecado ha hecho nuestro corazón duro como la piedra, y sólo la fuerza de la Palabra y la predicación será capaz de ablandarlo. Tengamos pues el oído abierto. Estemos atentos a la Palabra del Señor. Pidamos en la oración que el Señor transforme nuestro corazón de piedra en uno de carne, capaz de amar y perdonar al otro cuando se equivoca o cuando nos ofende.