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DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV  DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará».

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 50, 5-9ª * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

La Palabra que nos ofrece la liturgia en este domingo es muy rica, y también muy directa a la hora de aplicarla a nuestra vida. Isaías en la primera lectura nos hace, más de doscientos años antes de Jesucristo, una descripción muy exacta de la figura del Señor Jesús y los sufrimientos que tenía que soportar en su Pasión. La clave para comprender el por qué el Señor es capaz de soportar toda clase de humillaciones, burlas y vejaciones, nos lo dice él mismo: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás».

Tener el oído abierto significa comprender el porqué de los acontecimientos ya sean buenos o adversos. El sufrimiento ciego, por ejemplo, cuando no se conoce el motivo del mismo, nos lleva a la desesperación y con frecuencia nos hace caer en depresión. Sufrir a ciegas va en contra de nuestro propio ser. Nuestro ser se rebela ante el sufrimiento porque no hemos sido creados para sufrir, sino, todo lo contrario, para ser felices.

Aquel que tiene el oído abierto, aquel que conoce la razón del sufrimiento, sufre física o espiritualmente, pero la desesperación no se apodera de él porque conoce a dónde le lleva ese sufrimiento, conoce el fruto que obtendrá a través de él. Es el caso del enorme sufrimiento que la Pasión del Señor le acarrea. Él sabe que el fruto de ese sufrimiento será la salvación de los hombres. Sabe también que ese sufrimiento tendrá un final y, además, experimenta que cuando sufre no está sólo, porque «su Señor le ayuda».

Hay un acontecimiento en la vida de la mujer que aclara de una manera meridiana lo que estamos diciendo. Cuando a una mujer embarazada le llega el momento del parto, el dolor se hace por algunos momentos casi insoportable, sin embargo, se trata de un sufrimiento con sentido, porque da como fruto el nacimiento de un nuevo ser. No sería lo mismo si al final se tratara de un aborto, en este caso estaríamos ante un sufrimiento del que no se obtiene ningún fruto, un sufrimiento sin sentido.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, después de preguntar a sus discípulos qué piensan sobre su persona, sobre quién es Él, pregunta que, por otra parte, también hoy nos hace a ti y a mí, empieza a instruirles sobre los acontecimientos que va a vivir próximamente en Jerusalén: su pasión, muerte y resurrección. Él sabe que caminar hacia Jerusalén significa caminar hacia el sufrimiento, hacia la muerte en cruz. Tiene muy presente la profecía de Isaías de la primera lectura, pero, sin embargo, no se echa atrás. Por tener el oído abierto, asume totalmente la voluntad del Padre y sabe también con certeza que Él lo sostendrá.

Pedro, intenta disuadirlo, hacerle ver que eso no debe sucederle, pero el Señor lo rechaza con una expresión muy dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¿Tú piensas como los hombres, no como Dios!». Pedro no comprende que el sufrimiento, la persecución y la muerte puedan alcanzar a su Maestro. Quiere decir esto que, para entender el plan del Padre, Pedro no tiene el oído abierto.

El Señor, con objeto de que sus discípulos no vivan en el error con respecto a la misión para la que les prepara el Padre, les dice: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará».

Como es lógico, solo podremos aceptar estas las palabras del Señor Jesús, si tenemos el oído abierto, si conocemos los planes del Padre para salvar a los hombres. Es necesario estar convencidos de que detrás de lo que aparece como sufrimiento y muerte, está la vida eterna, la resurrección. La escucha atenta de la Palabra y el convencimiento de que Dios nos habla a través de ella, abrirá nuestros oídos y nos ayudará a comprender la voluntad del Padre.


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

"Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

La primera lectura de este domingo pertenece al libro de Isaías. En ella el profeta viene a darnos ánimos de parte del Señor diciéndonos: "Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis" ¿Quiénes son, podemos preguntarnos, esos cobardes de corazón? Sin lugar a duda somos muchos de los que escuchamos esta palabra. Con frecuencia los acontecimientos de la vida, exceden nuestras propias fuerzas y afectan a nuestro ánimo. Unas veces se trata de problemas de salud, otras de problemas familiares, otras de problemas económicos, etc., También pueden afectarnos los acontecimientos de tipo político que estamos viviendo en la actualidad. A mí, personalmente, me preocupa comprobar la multitud de problemas que inciden en la convivencia ciudadana; la orientación que toman muchas disposiciones que afectan a la educación de nuestros hijos, a las libertades, al respeto que merecen las creencias personales, etc. Son problemas que escapan a nuestro control y que ponen de manifiesto nuestra impotencia.

Isaías a continuación nos da la clave para que podamos afrontar nuestra vida con todos estos problemas, sin temor. Nos dice: "Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará". Es una gran noticia saber que es el propio Dios el que está dispuesto a poner orden y a salvarnos. Por eso, seguros de la certeza de estas palabras, y sabiendo que la ayuda nos viene de lo alto, podremos decir con el salmista: "El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra."

Cómo será esa obra salvadora de nuestro Dios, nos lo dice el profeta a continuación: "Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará"

Hoy, precisamente, vemos cumplida en el evangelio la profecía de Isaías. Jesús camina hacia el lago de Galilea atravesando la Decápolis. De pronto, le presentan a un sordo, que, además, apenas puede hablar para que le imponga las manos y lo cure.

El Señor Jesús, apartándolo de la gente, le mete los dedos en los oídos y con su saliva le toca la lengua diciendo: "Effetá, esto es, ábrete" y al momento se le abren los oídos y se le suelta la lengua, de manera que oye y habla sin dificultad. La gente, sin salir de su asombro, exclama: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

Espero que no llegues a pensar: Si no soy sordo, ni ciego, ni mudo, ¿cómo me puede afectar esta palabra? Sería estupendo que no te hicieras esta pregunta. Significaría que te conoces y que por tanto estás al corriente de tus limitaciones. Somos sordos, porque muchas veces tenemos el oído cerrado cuando escuchamos la Palabra o cuando no somos capaces de leer en los acontecimientos de la vida cuál es la voluntad de Dios. Somos ciegos cuando no somos capaces de ver en el que sufre, ya sea aquí o en la China, al hermano que necesita nuestra ayuda o nuestra comprensión ante sus errores. Finalmente, somos mudos cuando somos incapaces de confesar con nuestros labios nuestra condición de discípulos del Señor, y callamos por respeto humano.

Para nosotros, para los que obramos de esta manera viene hoy Isaías a decirnos de parte del Señor: "No temáis, Sed fuertes. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará"

 

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4, 1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8a.14-15.21-23

Retomamos esta semana el evangelio según san Marcos, que es el que corresponde al ciclo litúrgico B para el presente año.

Dentro del judaísmo tiene una gran importancia la limpieza legal, que quiere ser reflejo de la limpieza interior. El lavado de manos está continuamente presente en la vida ordinaria de los judíos, y alcanza entre los fariseos límites exagerados. Se lavan antes de comer, pues no comen sin haberse lavado las manos previamente. Se lavan al volver de la plaza, y exageran al lavar vasos jarras y ollas. Por eso hoy, en el evangelio, se escandalizan cuando los discípulos comen, según ellos, con manos impuras por no haberse lavado previamente.  Por eso, preguntan a Jesús el por qué de esta forma de actuar: «Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?»

El Señor les responde citando al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». También nosotros tenemos el peligro de obrar como los fariseos. En muchas ocasiones nuestra vida de fe queda reducida a la práctica de una serie de ritos sin contenido. Actuamos de cara a la galería porque, con demasiada frecuencia, nuestras obras no responden a lo que confesamos con nuestra boca. Dicho de otro modo: nosotros, que nos llamamos cristianos, acudimos los domingos a la eucaristía, comulgamos con cierta frecuencia, aunque somos menos asiduos a la hora de confesar nuestros pecados. Participamos con mayor o menor cuantía en las diversas colectas que la Iglesia propone, y aunque, no todos, tomamos parte en las manifestaciones religiosas que tienen lugar en las calles, como las procesiones, etc. Todo esto es estupendo, pero llega el momento de preguntarnos: ¿Nuestra vida en la familia, en el trabajo, en las relaciones con los demás, es consecuente con nuestras creencias? ¿Si alguien observara nuestro comportamiento podría deducir que tú y yo somos cristianos? 

Para que no haya ninguna duda sobre la limpieza legal, en otra ocasión Jesús se dirige a la gente diciéndoles: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Esta frase de Jesús tiene una explicación lógica. Lo que entra de fuera, la comida, la bebida, etc., no puede de ninguna ensuciar al hombre. Sin embargo, no podemos decir lo mismo con lo que sale de dentro del corazón del hombre, porque del corazón de hombre salen los juicios, los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, envidias y toda clase de injusticias. Eso es lo que de verdad ensucia al hombre.

Sin duda, la solución a esta situación está en conseguir que cambie el corazón del hombre. Que allí donde sólo existe egoísmo, se pueda dar el amor, la preocupación por los demás. Que donde sólo hay juicio y exigencias aparezcan la comprensión y la misericordia. Sin embargo, la cruda realidad es que sólo con nuestro esfuerzo, somos incapaces de llevar adelante este cambio. El pecado ha hecho nuestro corazón duro como la piedra, y sólo la fuerza de la Palabra y la predicación será capaz de ablandarlo. Tengamos pues el oído abierto. Estemos atentos a la Palabra del Señor. Pidamos en la oración que el Señor transforme nuestro corazón de piedra en uno de carne, capaz de amar y perdonar al otro cuando se equivoca o cuando nos ofende.  

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SEÑOR, SOLO TÚ TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 24 1, 2a.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 61-70

Con este domingo llegamos al final del discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm. Todo el discurso es la respuesta que el Señor ha dado a aquellos que ha alimentado hasta saciarse con los cinco panes de cebada y los dos peces, y que precisamente le siguen por esto. El Señor les ha dicho: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura… el que os dará el Hijo del Hombre». Ellos no acaban de entender a qué pan se refiere, por eso el Señor les dice con toda claridad: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.

Más adelante, con el fin de disipar toda duda y dejando claro que está hablando de su propia persona, les dice: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo… Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida».

La reacción de aquellos que siguen al Señor Jesús al escuchar estas palabras no nos ha de extrañar. Probablemente es la misma que hubiéramos adoptado nosotros en su lugar, ya que chocan frontalmente con lo que nos dice nuestra razón. ¿Es posible, pensamos, que esté hablando en serio? ¿Cómo nos propone comer su carne y beber su sangre? El Maestro desvaría. Sin embargo, Jesús insiste una y otra vez. Sus palabras son claras y no cabe buscar otras interpretaciones.

Esta es, pues, la situación que nos presenta el evangelio de hoy. Gente escandalizada que exclama: «Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». Conociendo Jesús las críticas de sus propios discípulos les dice: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?... Por eso he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Está claro, pues, que seguir al Señor Jesús no es fruto de un acto de nuestra voluntad. La elección parte siempre de Dios. Por nuestra parte lo único que podemos hacer es aceptarla o rechazarla.

San Juan dice que, a partir de entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Es la misma reacción que nosotros adoptamos a veces ante lo que podemos llamar la radicalidad del Evangelio. El Evangelio dice: ama a tus enemigos, haz el bien a los que te odian, coge tus bienes y dáselos a los pobres… y nosotros decimos, hacer esto no es justo. ¿Cómo perdonar a un asesino y no hacer justicia? ¿Cómo deshacerme de mis bienes si son fruto del trabajo honesto de toda mi vida? etc. En todas estas situaciones nos miramos a nosotros mismos. No miramos a Aquel que nos habla. No tenemos fe en su Palabra.

Para los discípulos que le abandonan no han sido suficientes todos los signos, los milagros que han presenciado y que han salido de las manos del Señor. Hacen prevalecer su razón, y su razón les dice que es imposible alimentarse con la carne y con la sangre del Señor.

Ante esta situación el Señor dice a sus Apóstoles: «¿También vosotros queréis marcharos? Pedro, haciéndose eco del sentir del resto de sus compañeros, le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

Hoy esa pregunta nos la hace el Señor a nosotros que podemos sentir tentaciones de vivir nuestra vida al margen del Evangelio. Son muchos los años que llevamos en la Iglesia, y viendo a los de fuera podemos pensar que son felices sin tener necesidad de tanto cumplimiento. Sin embargo, si tenemos ocasión de experimentar qué clase de felicidad nos ofrece el mundo, nos daremos cuenta que es solo un espejismo, que es grande el sufrimiento de la gente, porque no han tenido la suerte de conocer lo que es sentirse querido de verdad, amados por el Señor. Por eso, también nosotros podemos hacer nuestras las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE, HABITA EN MÍ Y YO EN ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS:  Prov 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 51-59

El pasaje del evangelio de esta semana continúa centrado en el Discurso del Pan de Vida en la Sinagoga de Cafarnaúm. Da comienzo con las mismas palabras que el Señor Jesús pronunciaba al terminar el evangelio del pasado domingo: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Esta afirmación desconcierta y a la vez escandaliza a sus oyentes. «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Si difícil era aceptar que había bajado del cielo, mucho más lo era entender que tenían que comer su carne.

Jesús, en vez de dar explicaciones para que entiendan lo que dice, insiste en lo que ha afirmado: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Para aquellas gentes, no es que sea difícil entender lo que afirma el Señor, es que es imposible por completo. Para nosotros es diferente. Nosotros sabemos que, por habernos apartado de Dios al pecar, vivimos inmersos en la muerte. Hemos rechazado al que es origen de la vida y por tanto el fruto cosechado ha sido saborear lo que es la muerte. Sabemos también que, por nosotros mismos, por nuestro esfuerzo, no podemos liberarnos de la muerte. Por eso, Dios Padre, en su infinita sabiduría, ha concebido un plan para salvarnos: darnos como alimento la carne y la sangre de su propio Hijo. Comer la carne del Señor y beber su sangre, significa tener dentro de nosotros un espíritu de vida, el espíritu del Señor Jesús, que, al resucitar, ha resultado vencedor de la muerte, y nos ha hecho partícipes a nosotros de su victoria.

Al comer la carne del Señor y al beber su sangre, se lleva a cabo dentro de nosotros como una simbiosis. Así lo afirma el Señor Jesús cuando dice: «El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él». Dicho de otro modo, comulgar el cuerpo y la sangre del Señor, hace que tú y yo, pecadores que no tenemos remedio, formemos con el Señor Jesús un todo. De manera que tú y yo habitamos en Él, y Él en nosotros.

Concebir un plan de salvación así es fruto de la inmensa misericordia que Dios-Padre siente hacia nosotros, sus criaturas. Su amor hacia ti y hacia mí alcanza tal magnitud, que no duda en convertir la carne y la sangre de su Hijo en alimento que nos fortalezca y nos comunique la inmortalidad. Así lo dice hoy el Señor Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Ni tú ni yo merecíamos tan gran regalo. Por nuestro pecado estábamos condenados a vivir esclavos de la muerte. Sin embargo, Dios no podía tolerar que, en toda la obra de la creación, al final prevalecieran las fuerzas del mal. Por eso, con la Pascua, pasión, muerte y resurrección de su Hijo, destruyó nuestro pecado, y con él, el dominio de la muerte en el mundo. De nuestro interior ha de brotar, por tanto, un profundo agradecimiento al Señor que, gratuitamente, nos salva y nos concede la posibilidad de poder vivir felices en su presencia por toda la eternidad.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO: EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE». 

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-59

Las últimas palabras del Señor Jesús en el evangelio de la semana pasada, han levantado un gran revuelo entre aquellos que le escuchan. Recordemos cuáles fueron: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Los judíos no pueden en modo alguno aceptar estas palabras del Señor, y por eso dicen: «No es éste Jesús, el hijo de José… ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Es como si ahora nosotros dijéramos: Pero, ¿quién es éste? ¿Quién se ha creído? ¿Qué pretensiones son esas de decir que ha bajado del cielo? Es posible que también nosotros respondiéramos ahora de la misma manera.

La clave de este comportamiento el Señor la tiene muy clara, por eso les replica: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». Dicho de otro modo: no está en nuestras manos, no es fruto de nuestro esfuerzo, aceptar la Palabra reconociendo que viene a nosotros de parte de Dios. Es un regalo gratuito que nos llega de manos del Señor.

Para los judíos no ha sido suficiente ser testigos del milagro de la multiplicación de los panes. Su mente está embotada y no son capaces de ver más allá de sus narices. Un peligro semejante es el que podemos tener nosotros cuando no somos capaces de ver la mano de Dios, su misericordia, su providencia, en los acontecimientos que nos suceden día a día. Dios acontece en nuestra vida, pero no somos capaces de verlo.

El señor continúa diciendo: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que viene de Dios: ese ha visto al Padre». El único medio que tenemos, pues, para llegar al Padre es el Hijo. Por eso, si queremos conocer la voluntad del Padre, sólo tenemos un camino. Ese camino es Jesucristo, que es, precisamente, la Palabra del Padre encarnada.

Hay una condición para que esa Palabra llegue a nosotros y la aceptemos. Esa condición es la sencillez, es la humildad. En muchas ocasiones para aceptar la Palabra es necesario renunciar a nuestra razón. Esto es algo que no han sido capaces de hacer los judíos. Su razón les decía que aquel era el hijo del carpintero, que se había criado con ellos. Por tanto, su razón les cegaba para descubrir en él, al enviado del Dios.

El Señor hoy nos dice: «El que cree tiene vida eterna». No seamos, por tanto, necios. No cuestionemos la Palabra. Acerquémonos a ella, recibámosla como recibe el niño pequeño la palabra de su padre. El no duda en liarse a puñetazos con un compañero si pone en duda algo de lo que se le ha dicho.

Hoy, el Señor Jesús, se dirige a nosotros como Dios-Padre lo hizo con su Pueblo en el desierto. Estaban hambrientos, no tenían comida y el Señor vino en su ayuda dándoles el maná, el pan del cielo. A nosotros, que estamos hambrientos de felicidad, que nos agobian los problemas de cada día, hasta el punto de no encontrar sentido a la vida, el Señor Jesús nos dice: «Yo soy el pan de la vida». Un pan distinto al maná, porque «el que coma de él no morirá». «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo».

Yo ahora te pregunto: ¿Crees esto, o eres como los judíos que son incapaces de descubrir en el hijo del carpintero, al Hijo de Dios?

Hoy, tú y yo, somos destinatarios de los mimos del Señor. Él nos ama y quiere hacernos partícipes de su vida eterna, dándonos a comer su propia carne. El cuerpo y la sangre del Señor, son para nosotros como el elixir de la vida. Aquel que los recibe con fe, tiene asegurada la inmortalidad, tiene asegurada la vida eterna.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 16, 2-4.12-15 * Ef 4, 17.20-24 * Jn 6, 24-35

Jesús acaba de realizar uno de sus signos: con cinco panes y tres peces ha dado de comer a más de 5.000 personas. Sólo con las sobras se han recogido 12 canastas de pan. La gente entusiasmada pretende llevárselo para proclamarlo rey. El Señor, para evitar que los discípulos disfruten demasiado con el reconocimiento de las gentes, les ordena embarcar hacia un lugar determinado, donde él acudirá, después de despedir a la muchedumbre.

Hoy lo vemos ya en Cafarnaúm junto a los suyos. Las gentes al reconocerlo le preguntan extrañados: «Maestro, ¿Cuándo has venido aquí?». La respuesta del Señor es tajante: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros». Dicho de otro modo: me buscáis por interés, porque os he dado de comer sin fatigaros. A vosotros lo que de verdad os interesa es tener el estómago lleno. «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre»

Esta respuesta del Señor Jesús nos hace presente aquella que, en las tentaciones en el desierto, le da al maligno cuando le invita a convertir las piedras en panes: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios». ¿Somos nosotros como esta gente? ¿Qué buscamos al seguir al Señor? ¿Quizá que nos arregle un poco la vida, o que nos cure de alguna dolencia o que nos consiga un buen trabajo? Seguir al Señor solo por esto sería algo mezquino. Viviríamos nuestra fe a nivel de la religiosidad natural, en donde lo que se pretende es utilizar a Dios en beneficio propio. Pedro en un momento dado del evangelio, tiene muy claro por qué sigue a Jesucristo. Le dirá: «Sólo tu tienes palabras de vida eterna». Ese es, el verdadero alimento que sacia.

Los judíos le piden al Señor una señal como lo hizo Moisés al darles el maná, diciéndole: «Les dio a comer pan del cielo». A lo que el Señor replica: «No fue Moisés el que os dio pan del cielo, sino que es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan».

A través de este diálogo con los judíos, el Señor Jesús va preparando a los que le escuchan para que entiendan que ese pan bajado del cielo es su propia persona. Los prepara para darles a conocer el gran regalo, la Eucaristía, en donde él mismo se ofrecerá como alimento de nuestra debilidad, dándonos a comer su propia carne y a beber su propia sangre.

Para anunciarles cuáles son sus planes al respecto, el Señor, cuando le piden ese pan, responde a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed».  

Para nosotros, ese el verdadero pan, el pan que, a diferencia del que nos ofrece el mundo, es un pan que sacia. No el hambre física, sino aquella hambre de felicidad con la que nacemos todos. La felicidad del mundo es una felicidad falsa porque no permanece, y porque aquel que la prueba nunca se siente plenamente saciado, plenamente feliz. El pan que nos da el Señor es un pan que nos da como fruto la paz y la serenidad interior. Una paz y una serenidad interior, que ni los acontecimientos más adversos son capaces de destruir. Es el pan que nos hace saborear ya aquí en este mundo, la vida eterna.


DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15  

A diferencia de las semanas anteriores, el evangelio de este domingo no pertenece a san Marcos sino que está tomado del evangelio según san Juan. Esto ocurrirá también en las próximas semanas. Hoy, el evangelista nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que lo acompaña a todas partes.

La situación es la misma que nos narraba san Marcos la semana pasada. Jesús, buscando un lugar apartado y tranquilo, atraviesa el lago, llega a la otra orilla y encuentra ante sí un enorme gentío que le sigue atraído por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

La historia se repite. En la primera lectura hemos visto al criado del profeta Eliseo que le pregunta: «¿Qué hago yo con esto?, ¿veinte panes de cebada, para dar de comer a cien personas?». Hoy, el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces, y repite la misma acción que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que repartan los panes y los peces entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo dio de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor Jesús con solo cinco alimenta a cinco mil, sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que han querido y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro, el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras, que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio, no tienen la menor duda de que aquel es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, con el que Señor da alimento material y sacia el hambre física de aquellos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos sus discípulos. Si estos panes han servido de comida a aquellas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos experimentamos cada día. Será en los evangelios de las próximas semanas donde el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y le proporciona la vida eterna.

Hay un detalle en el evangelio de hoy que queremos resaltar. Después que las gentes comen y se sacian, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra, a todas las partes del mundo.

Aunque no estuvimos en la multiplicación de los panes y de los peces, también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna.