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DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1, 13-15; 2, 23-25 * 2Cor 8, 7-9.13-15 * Mac 5, 21-43

El problema más grande que tiene que resolver en su vida el hombre es el de la muerte. Sin embargo, intenta vivir la vida sin afrontarlo porque sabe que no tiene en sus manos la solución. Adopta más o menos la táctica del avestruz. Procura que nada se la haga presente. Por eso, cuando es posible saca de la población los hospitales y también los cementerios, procurando ignorar todo aquello que le recuerda que su estancia en este mundo no es permanente.

La primera lectura de hoy, un fragmento del Libro de la Sabiduría, nos habla, precisamente, del tema de la muerte. La primera afirmación que hace es rotunda. Contra lo que normalmente pudiéramos pensar, afirma: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes». «Dios, dice, creó al hombre incorruptible, haciéndolo imagen de su misma naturaleza». Nos aclara a continuación cuál ha sido, entonces, el origen de la muerte: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».

Cuando el hombre, tú y yo, se encuentra ante el hecho de la muerte, comprueba su total impotencia para salir de ella. No está en nuestras manos vencer a la muerte. Sólo puede vencerla Aquel que es la Vida misma. Así nos lo hace ver hoy san Marcos en su evangelio.

Nos cuenta el evangelista que, Jairo, jefe de la sinagoga, se echa a los pies del Señor y le ruega con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». El Señor accede y se va con él, acompañado de mucha gente. De camino, avisan al padre de que su hija ha muerto. La respuesta del Señor es reconfortante: «No temas; basta que tengas fe».

Al llegar a la casa el alboroto es enorme, todos lloran y se lamentan a gritos. El Señor entra con los padres, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, en la estancia donde se encuentra la niña. La coge de la mano mientras le dice: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate». Inmediatamente la niña se pone en pie y echa a andar.

Este pasaje es para todos nosotros, para ti y para mí, reconfortante. Todos, lo aceptemos o no, vivimos bajo la esclavitud de la muerte. Como ha dicho el libro de la Sabiduría, el demonio, por envidia y ante la imposibilidad de hacerle daño a Dios, ha conseguido seducirnos aparatándonos de Él haciéndonos saborear la muerte. Lo lamentable es que una vez que la muerte se ha enseñoreado de cada uno de nosotros, nos encontramos imposibilitados para romper los lazos que nos atenazan.

Y aquí viene la buena noticia. ¿Qué es lo que el Señor Jesús dice a Jairo cuando le comunican que su hija ha muerto? «No temas; basta que tengas fe». Fe, ¿en quién? En aquel que ha sido capaz de hacer regresar de la muerte a la hija de Jairo. La misma fe que ha tenido la hemorroísa cuando en el camino ha tocado el borde del manto del Señor, y se ha visto curada de su enfermedad. Es necesario que, como ella, descubramos que aquel que pasa por nuestra vida tiene poder de librarnos de la muerte y del pecado.

Ahora yo te pregunto: ¿Crees tú eso? ¿Crees tú que el Señor Jesús es el enviado del Padre para librarnos de las esclavitudes a las que nos tiene sometidos el pecado? ¿Crees que Él es capaz de vencer en ti ese orgullo que exige que todo gire a tu alrededor, creyéndote el centro del universo? o ¿ese egoísmo que te impide acercarte al otro para echarle una mano?  o quizá ¿esa sexualidad desenfrenada que hace que los demás se conviertan para ti en meros objetos de placer? Si es así, alégrate, porque el Padre, que te ama, lo ha enviado a tu vida como Salvador. Llámalo, invócalo, dile, como Jairo, que también tú estás en las últimas. Si lo haces así, escucharás de sus labios aquella palabra: «Levántate».


NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

«Y A TI NIÑO, TE LLAMARÁN PROFETA DEL ALTÍSIMO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 1-6 * Hch 13, 22-26 * Lc 1, 57-66.80

Las lecturas de este domingo XII del tiempo ordinario, se sustituyen por las que corresponden a la solemnidad del Nacimiento de Juan el Bautista, que es lo que celebramos en este día 24 de junio.

La liturgia de la Iglesia, a diferencia de lo que ocurre con el resto de los santos, sólo celebra tres nacimientos: el del señor Jesús en Navidad, el de la Virgen María, y hoy el de Juan el Bautista. Los tres al nacer estaban libres del pecado. Los dos primeros desde su concepción, el tercero desde el momento en que María visita a su pariente Isabel, y el niño, detectando la presencia del Señor Jesús en el vientre de María, salta de alegría en el seno de su madre de Isabel.

La figura de Juan el Bautista es una figura primordial en la historia de salvación. El Señor Dios lo elige para que prepare el camino al Señor Jesús, de manera que éste, a su venida, encuentre un pueblo bien dispuesto. Isaías lo anuncia en la lectura de hoy diciendo: «Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre». Zacarías, padre de Juan, al imponerle el nombre como se lo había ordenado el ángel, pone de manifiesto la misión para la que el Señor lo ha elegido diciendo: «A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos».

Es importante para nosotros la figura de Juan, porque a su vez pone de manifiesto la misión para la que nos ha elegido el Señor. También a nosotros, discípulos del Señor Jesús, Dios Padre nos llamó desde el seno de nuestra madre. Por un rasgo de su gran amor nos dio la vida y puso en nuestras manos una misión primordial: hacer presente su amor y su salvación a todos aquellos que nos rodean. Juan lo hizo en su día, señalando a Jesús y mostrándolo a aquellas gentes como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Hoy somos nosotros los que, como Juan, estamos llamados a mostrar a los hombres la figura de aquel que es el único que puede dar sentido a su existencia, proporcionándoles, con las limitaciones propias de la condición humana, una vida feliz.

Tu y yo lo sabemos. Por un don gratuito de Dios, hemos conocido su amor, somos testigos de su presencia en este mundo y sabemos que el Señor Jesús está vivo y resucitado en medio de esta generación. Sin embargo, esta figura no se hace presente de una manera física como lo hizo en aquel tiempo. La única manera que existe para que las gentes lleguen a experimentar la presencia del Señor en este mundo, es a través de las obras. Y aquí es donde entra nuestra misión.

Si tú y yo, débiles y pecadores, incapaces de hacer el bien por nuestro propio esfuerzo, somos capaces de hacer las mismas obras que hizo el Señor Jesús en su tiempo, haremos presente su figura y su salvación en medio de los que nos rodean. ¿Qué obras son esas, podemos preguntarnos? La obra principal del Señor es la misericordia y el perdón sin condiciones hacia aquellos que se equivocan. Para nosotros, tarados por el pecado de origen, es imposible perdonar cuando nos hacen daño injustamente. Perdonar en ese caso, supone renunciar a nuestra propia razón, a nuestros derechos. Nos es imposible amar a aquellos que conscientemente se acercan a nosotros para hacernos daño. Por eso, si llegado el caso perdonamos de corazón, quedará de manifiesto ante los demás, que no ha sido por nuestra bondad o nuestro esfuerzo, sino por obra de Aquel que es el único capaz de perdonar sin pedir explicaciones.

Obrar así, es preparar, como Juan, el camino del Señor. Los que nos rodean llegarán a conocerlo al comprobar las obras que realiza a través de nosotros, injustos y pecadores.


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN GRANO DE MOSTAZA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17, 22-24 * 2Cor 5, 6-10 * Mc 4, 26-34

El Señor Jesús se ha encarnado, se ha hecho hombre, para salvarnos de la muerte y del pecado, instaurando en este mundo el Reino de Dios. Lo que el hombre, tú y yo, había destruido por el pecado cambiando el edén creado por Dios, en un valle de lágrimas, viene a restaurarlo haciendo de nuevo presente en el mundo el Reino de Dios. No es de extrañar, por eso, que muchas de las parábolas que emplea en su predicación, hagan referencia a ese Reino, que es desconocido para los que le escuchan.

El evangelio nos trae hoy dos de esas parábolas. La de la semilla que el labrador siembra en la tierra y la del grano de mostaza. Para que se comprendan mejor esas parábolas, es necesario hacer una aclaración sobre lo que es hoy para nosotros el Reino de Dios. El Reino de Dios no es un ente abstracto. No es algo difícil de contemplar. El Reino de Dios que el Señor Jesús ha instaurado en este mundo, no es otro que la Iglesia. La Iglesia es, pues, el Reino de Dios presente en este mundo.

En la primera parábola vemos al sembrador que arroja la semilla sobre la tierra. Dice el Señor que, aunque el labrador duerma de noche o se levante por la mañana, «la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo». Lo mismo sucede en la Iglesia. La semilla, la Palabra de Dios, que la Iglesia siembra a través de la predicación, tiene, como el grano de trigo, un potencial interior enorme que la hace crecer en aquel que la recibe, hasta llegar a dar fruto abundante. Este potencial de la semilla es totalmente independiente de la mano de aquel que la siembra. No importa ni quién ni cómo proclame la Palabra. Ella lleva en sí misma la fuerza para que el que la reciba pueda dar abundante fruto.

Sin embargo, este proceso no sucede de manera automática. Del mismo modo que la semilla necesita que una tierra fértil la acoja, así también la Palabra. De ahí la importancia que tiene para nosotros escuchar la Palabra abriendo nuestro corazón, para que encuentre en él, como la semilla, una tierra ávida dispuesta a acogerla. De no ser así, todo se quedará en palabras que el viento se lleva.

La otra parábola, la del grano de mostaza, no sólo encontró cumplimiento en tiempos de Jesús, sino que se ha venido cumpliendo a través de toda la historia, en la vida de la Iglesia. El grano de mostaza, dice el Señor, es la semilla más pequeña, pero una vez sembrada crece y se desarrolla hasta convertirse en una planta frondosa, donde los pájaros encuentran sitio para colocar sus nidos. Lo mismo ha sucedido siempre en toda la historia de la salvación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Dios, como dice san Pablo, ha elegido siempre a lo necio a lo pequeño del mundo, para confundir a los sabios.

Significa esto que todas las empresas divinas como, órdenes religiosas, congregaciones, manifestaciones sobrenaturales, apariciones, etc., han tenido su origen en personas humildes e insignificantes, a las que, con frecuencia, se ha perseguido, para posteriormente crecer como la semilla de mostaza, hasta dar grandes frutos. Dios ha sido muy celoso de su gloria, dejando claro que cada una de estas obras, eran realizadas por su voluntad y poder.

El ejemplo más destacado de lo que estamos diciendo lo tenemos en el origen de la propia Iglesia. El Señor Jesús, a la hora de fundarla, a quién eligió. Eligió a unos humildes pescadores incultos, a un cobrador de impuestos, pecador y rechazado por el pueblo por su ofició, etc. Con este material inició su andadura la Iglesia. Fue la fuerza del Espíritu Santo la que hizo que, como la semilla o como el grano de mostaza, creciera convirtiéndose en un árbol frondoso cuyas ramas cubren la superficie de la tierra, quedando patente, que la obra es totalmente de Dios.  


DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN CUMPLE LA VOLUNTAD DE DIOS, ES MI HERMANO, MI HERMANA Y MI MADRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 3, 9-15 * 2Cor 4, 13—5, 1 * Mc 3, 20-35   

Después de la Cuaresma y del Tiempo Pascual, la liturgia retoma los llamados domingos del tiempo ordinario. Queremos hacer una aclaración respecto a estos domingos que ocupan la mayor parte del año. El hecho de que se les denomine del tiempo ordinario, no significa que sean menos importantes que los del resto del año. Estos domingos hacen presente lo que es el día a día en la vida del cristiano. El Adviento, la Navidad, la Cuaresma o la Pascua, sin embargo, son tiempos extraordinarios que no reflejan lo que debe ser la vida corriente del cristiano.

Hoy, retomamos los evangelios del Tiempo Ordinario a partir del domingo décimo de este tiempo. Como estamos en el ciclo litúrgico B, las lecturas se toman del evangelio según san Marcos.

En la primera lectura de la Eucaristía de hoy, tomada del génesis, vemos por una parte que, Adán y Eva, haciendo caso omiso a las indicaciones del Señor, deciden por su cuenta comer del fruto del árbol prohibido. El resultado es catastrófico. La vida tranquila y feliz que llevaban en el paraíso, se convierte por el pecado en algo insoportable. Separados voluntariamente de Dios, experimentan el miedo, el sufrimiento y la muerte. Sus vidas pierden por completo la razón de ser. Creados para la felicidad y la vida, se encuentran con el sufrimiento y la muerte.

Dios, sin embargo, que les continúa amando con locura, les hace el anuncio de un Salvador, que será el Hijo de la Mujer, y que aplastará por completo la cabeza del maligno, encarnado en la serpiente.

Adán y Eva no están muy lejos de nuestras vidas. Somos tú y yo, que convencidos de nuestra sabiduría y queriendo hacer uso de nuestra libertad, elegimos libremente vivir de espaldas a Dios. Nos sucede lo mismo que a Adán y Eva. Por haber rechazado al que es la Vida, nos hundimos irremediablemente en la muerte.

Esto mismo les sucede a los letrados del evangelio. Muy convencidos de su sabiduría y de su valer, su mala voluntad les hace cerrar los ojos ante los signos que realiza el Señor Jesús. Son incapaces de reconocer en Él al enviado de Dios para salvarles. Ese empecinamiento y esa tozudez les impide alcanzar la salvación, hasta el extremo de afirmar que las obras del Señor, son fruto de la acción del mismísimo Satanás. Con su actitud rechazan la posibilidad de alcanzar el perdón de Dios. Para ser sujetos del perdón de Dios, es necesario reconocer el pecado y para ellos eso es imposible. Por eso el Señor dirá que ese pecado no tendrá perdón jamás.

En el fondo este pasaje nos da la certeza a ti y a mí, de que con toda seguridad alcanzaremos el perdón de nuestros pecados, sean cuales fueren, con tal de re conocerlos. Con tal de, con humildad, pedir al Señor perdón de ellos, teniendo la certeza de que la misericordia de Dios llena la tierra y que nuestras faltas, por grandes que fueren, siempre será una nimiedad, comparadas con la infinita misericordia del Señor.

La parte final del evangelio nos muestra a los familiares del Señor Jesús que, convencidos de que no está en sus cabales, y, sin duda, forzando a María su madre a acompañarles, pretenden que abandone su misión y vuelva a Nazaret.

Cuando los que acompañan al Señor le dicen: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan», Él, se limita a decir «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Y señalando a los que le rodean añade: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Alegrémonos, por tanto, de las palabras del Señor, si, como sus discípulos, estamos dispuestos con su ayuda a cumplir la voluntad de Dios.


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

«TOMAD, ESTO ES MI CUERPO...ESTA ES MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA, DERRAMADA POR TODOS» 

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 24, 3-8 * Heb 9, 11-15 * Mc 14, 12-16.22-26

En la Última Cena dice san Juan en su evangelio que el Señor Jesús, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Sin duda, el apóstol hace referencia con esta frase a la entrega total del Señor Jesús hacia ti y hacia mí, para librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Habla así, inmediatamente antes del lavatorio de los pies y de la cena pascual, en donde con un signo concluirá la Alianza Nueva que sellará con su sangre, poco después entregando su vida en la cruz. Con este signo nos hará patente hasta dónde llega la inmensidad de su amor.

El Señor sabe que no puede prolongar por más tiempo su estancia en este mundo. Sabe que ha llegado la hora de llevar a cumplimiento la voluntad del Padre, pero al mismo tiempo su deseo es quedarse con los suyos para siempre. Por eso en mitad de la cena pascual, coge un pan, y después de dar gracias lo reparte entre sus discípulos diciendo: «Tomad y comed. Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Del mismo modo, después de cenar, tomando la copa con el vino les dice: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía».

¿Qué pretende el Señor al obrar así? Por una parte, ya lo hemos dicho, marcharse, pero a la vez quedarse. Por otra, convertir su carne y sangre en alimento para ser fortaleza de aquellos que como tú y como yo, somos muy débiles ante las tentaciones del demonio. Si no, ¿cómo íbamos a ser capaces de llevar a buen término la obra de salvación que él ha dejado en nuestras manos? Ciertamente, con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él, obtuvo la salvación para toda la humanidad; para los que vivieron antes que él, los de su época y los que, como nosotros, hemos llegado después. Esa salvación, sin embargo, debe actualizarse en cada generación, y en la nuestra, somos nosotros los elegidos para darla a conocer a quienes nos rodean.

Estamos, pues, como dice san Pablo, llamados a ser otros cristos en esta generación. Tú y yo, sin embargo, viendo nuestra realidad y nuestra debilidad, mirando nuestra pobreza, somos conscientes de que la misión desborda con mucho nuestras posibilidades. Eso, el Señor ya lo sabía, por eso decidió quedarse entre nosotros, no sólo para estar junto a nosotros, sino, para que, su carne y su sangre, se convirtieran en nuestro alimento, a fin de transformarnos poco a poco en su misma persona, de manera que los demás al vernos, descubrieran en nosotros al mismo Señor Jesús.

Cada vez que en altar se hace presente el sacrificio de Cristo, somos testigos de un milagro que es, con mucho, infinitamente más grande que la propia creación de universo. Que un trozo de pan y un poco de vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del mismo Dios, es algo que difícilmente podemos llegar a asimilar. El pan y el vino sobre el altar, sin cambiar de apariencia, se convierten por las palabras del sacerdote en el Cuerpo y en la Sangre del Hijo de Dios.

El Señor Jesús, para llevar acabo su deseo de permanecer para siempre a nuestro lado, podría haber elegido un material más noble y menos corruptible que el pan y el vino. Sin embargo, no quiso hacerlo así. Quiso quedarse en el pan y el vino, para que nos sirviera de alimento, de viático, en nuestra peregrinación hacia la vida eterna, hacia la Casa del Padre. Alimento capaz de fortalecer nuestra debilidad. Alimento que posee en sí mismo la fuerza de transformarnos en otros cristos.

Que el Señor nos conceda capacidad de asombro, ante una demostración de amor que no tiene en el mundo parangón.    


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

«GLORIA AL PADRE, Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 4, 32-34. 39-40 * Rm 8, 14-17 * Mt 28, 16-20

La liturgia de la Iglesia, terminado el tiempo pascual, quiere que fijemos nuestra atención en el misterio que encierra en sí mismo la misma esencia de Dios: el misterio de la Santísima Trinidad.

Hemos dicho en repetidas ocasiones que la esencia de Dios, la materia, valga la expresión, de que está formado, es el amor. Sin embargo, el amor, para que pueda darse, necesita el concurso de más de una persona. Quiere decir esto que, en una persona, hombre o mujer, que se encuentre en una isla desierta completamente sola, es imposible que se dé el amor.

Decimos esto para que, sin meternos en profundidades teológicas, lleguemos a entender que, en Dios, un Dios único, existen tres personas distintas. La forma más elemental de explicar este misterio es la siguiente. La Palabra de Dios, a diferencia de lo que ocurre en el hombre, es tan potente, tiene tal fuerza, que aquello que expresa, se hace de inmediato realidad. Cuando Dios dice, «Hágase la luz», automáticamente aparece luz, destruyendo por completo las tinieblas. La fuerza de la palabra de Dios-Padre es tal, que cuando se la pronuncia engendra una persona diferente al Padre, pero Dios como el Padre, el Hijo. Finalmente, entre el Padre y el Hijo, surge una relación de amor de tal intensidad, que engendra una nueva persona, el Espíritu Santo, que es igualmente Dios, como el Padre y el Hijo.

Llegados a este punto, queremos aclarar que la explicación que acabamos de dar sobre la Santísima Trinidad, es algo que sirve de muy poco y no nos salva de nada. A ti y a mí lo que verdaderamente nos salva es tener la certeza de que, desde toda la eternidad, Dios-Padre pensó en nosotros, nos amó con verdadera locura y que, por ese amor creador nos dio la existencia. Tú y yo, por lo tanto, y todos los hombres, somos fruto del amor de Dios.

Otro aspecto que nos atañe directamente, es saber que la libertad que Dios-Padre nos regaló al crearnos, nosotros, en vez de utilizarla para vivir unidos a Él, la empleamos para seguir nuestros desvaríos y entrar en la muerte, algo para lo que no habíamos sido creados. Sin embargo, Dios-Padre continuaba amándonos y dispuso que su Hijo se revistiera de una naturaleza mortal como la nuestra, para rescatarnos del pecado y de la muerte, haciendo con cada uno de nosotros una nueva creación.

Finalmente, para completar en nosotros su obra, Dios-Padre envió desde su seno a la Tercera Persona, el Espíritu Santo, con la misión de consolidar toda su obra de salvación hacia nosotros, haciéndonos santos, como el propio Dios es santo. El Espíritu siempre presente en la Iglesia es el que mueve nuestra voluntad hacia el bien, nos defiende de las asechanzas del maligno, y nos da testimonio desde nuestro interior, de que somos hijos de Dios.

Así pues, conocemos a Dios-Padre como Creador, a Dios-Hijo como Redentor y al Espíritu Santo como Santificador. “Mis Tres” como solía llamar a la Santísima Trinidad, una santa a la que el Señor permitió en su corazón vivir unida al Dios Uno y Trino, sor Isabel de la Trinidad.

Que el Espíritu Santo nos conceda poder dar gracias a la Santísima Trinidad por todos los bienes con los que cada día nos favorece, a fin de que nuestra vida se convierta en una continua alabanza hacia su gloria.  


DOMINGO DE PENTECOSTÉS -B-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -B-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11* 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

Con este domingo damos por finalizado el Tiempo Pascual. Pentecostés viene a ser como el sello final del Padre a la obra de salvación llevada a cabo por el Señor Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Con su ascensión al Cielo, el Señor, completa la misión que el Padre le había encomendado. Era necesario restablecer el orden primero, el plan inicial que Dios-Padre había trazado, cuando decidió crear al hombre a su imagen y semejanza, porque la aparición del pecado en el mundo y con él dominio de la muerte, había echado al traste todo su proyecto.

Sucede, sin embargo, que, aunque destruida la muerte y perdonados los pecados, la naturaleza del hombre, sigue dañada por el pecado de origen. La obra de salvación del Señor, no anula a nuestro hombre viejo que sigue exigiendo sus derechos. Lo que sí que hace, es darnos a ti y a mí la posibilidad de ser recreados de nuevo. Y esa nueva creación, el Padre, ha dispuesto que la lleve a cabo el Espíritu santo.

Descendiendo al terreno de lo práctico podemos preguntarnos, ¿cómo nos afecta a ti y a mí todo lo expuesto? Nosotros comprobamos cada día que somos “el hombre del quiero y no puedo”. ¿Qué significa esto? Pues que nos pasa lo mismo que expresa san Pablo en su carta a los Romanos. Dice: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo». También nosotros deseamos hacer el bien y sabemos que ello es bueno, pero comprobamos que, en la práctica, no somos capaces de hacerlo.

Tú y yo sabemos, por ejemplo, que olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás, que ser capaces de perdonar al que nos hace daño y no guardarle rencor, que amar a Dios sobre todo poniéndolo en nuestra vida incluso por encima de las riquezas, etc., produce un gozo interior que no es comparable con nada del mundo. Sin embargo, tenemos la experiencia de que cuando hemos querido poner en práctica alguna de estas cosas, no hemos sido capaces de hacerlo.

Otro ejemplo puede ayudarnos a comprender nuestra situación. El Señor, en el evangelio, nos muestra el camino de la felicidad y la vida cuando nos dice: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rezad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian…». Podemos preguntarnos ¿es posible que nos pida algo que no podamos cumplir?  No, y aquí vine la misión del Espíritu Santo que hoy envía el Padre sobre su Iglesia, sobre ti y sobre mí en cumplimiento de la promesa del Señor Jesús cuando nos dijo: «No os dejaré huérfanos» y también, «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

La obra del Espíritu Santo en la Iglesia, es precisamente, hacer posible lo que para ti y para mí es imposible. Él es en nuestra debilidad, la fortaleza. En nuestro sufrimiento, el consuelo. En nuestra ignorancia, en nuestra necedad, él es la sabiduría. Él es el que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Él es, finalmente, el que desde nuestro interior nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

El Espíritu Santo tiene en nuestra vida, además, una misión importantísima. Él es el Paráclito, que significa el Defensor, porque al maligno le gusta mostrarnos nuestros defectos y pecados, para que desesperemos de nuestra salvación. Es como si nos dijera: vive tu vida, porque para ti no hay remedio. Sin embargo, el Espíritu Santo nos dice: No temas. El Padre conoce tus debilidades y te ama. Su misericordia supera infinitamente el tamaño de tus miserias. Yo estoy a tu lado siempre para defenderte del enemigo y para darte fuerzas en tu debilidad.

Invoquemos al Espíritu Santo. Pidámosle ayuda en nuestras luchas y debilidades, con la certeza de que su ayuda nunca nos faltará.

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR B

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR B

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mc 16, 15-20

Nos estamos acercando al final del Tiempo Pascual. Consumada su Pascua, completada la misión que el Padre le había encomendado, y haciendo que sus discípulos le vieran resucitado para que pudieran ser testigos de su victoria sobre la muerte, el Señor Jesús se dispone a regresar al cielo para sentarse a la derecha del Padre. Así se lo comunica a sus discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

La misión que el Padre había puesto en manos del Señor, no era otra, en primer lugar, que la de cargar sobre sí todos nuestros pecados, porque el veneno que producían nos hacía saborear cada día nuestra esclavitud a la muerte. Otro aspecto de esa misión era hacernos comprender, que la misericordia del Padre superaba inmensamente la magnitud de nuestro pecado. Quiere decir esto, que nos hizo saber que nunca el Padre había dejado de amarnos. Que éramos nosotros los que habíamos rechazado ese amor.

Ésta era la gran noticia que ahora encomendaba anunciar a sus discípulos. Era preciso que a todos los hombres llegara la buena nueva de la salvación. Por eso hoy, a punto de ascender a los cielos, deja en manos de sus discípulos la misión de anunciar al mundo entero la salvación que nos ha ganado con su Pasión, Muerte y Resurrección: «Id al mundo entero, les dice, y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Hoy, somos tú y yo, los que recibimos este encargo de boca del Señor. Hoy, como entonces, muchos hombres desconocen el fin último de su existencia. Viven una vida meramente animal. Nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren, sin más. Viven así, porque nadie les ha hecho llegar la gran noticia del amor de Dios. Conocer el amor de Dios y la salvación que ha preparado para el hombre, es lo único que puede dar sentido a la vida. Es necesario que el hombre conozca que su existencia no es semejante a la de los hongos, que aparecen sobre la tierra de manera espontánea. Tú y yo, no somos hongos, somos seres amados por Dios y llamados a una vida sobrenatural.

El Señor dice también: «El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado». Esto es fácil de entender. Si tú y yo, cuando estamos gravemente enfermos rechazamos la medicación que se nos ofrece para curarnos, nos pondremos, sin dudar, en peligro de muerte. Lo mismo le pasa a todo aquel que se le anuncia la salvación de Dios y la rechaza, camina voluntariamente hacia su condenación.

Hay en este evangelio otro detalle que merece contemplarse. San Marcos nos dice: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». ¿Qué significa la expresión sentarse a la derecha de Dios? Significa haber recibido de Dios todo poder. Vemos, pues, al Señor Jesús, con su naturaleza humana, elevado a la máxima dignidad, así lo asegura él, cuando en otra parte del Evangelio dice: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Este pormenor tiene para nosotros una gran importancia. Nosotros formamos con él un solo cuerpo. Él es la cabeza, nosotros los miembros. El hecho de que nuestra cabeza esté en el cielo, supone para nosotros, que somos el resto del cuerpo, tener abierto el acceso a la vida eterna. Por otra parte, que a nuestra cabeza se le haya dado todo poder, es para nosotros una garantía de que todo aquello que él ha dejado en nuestras manos, para que lo hagamos presente en cada generación, podamos realizarlo a pesar de nuestra condición débil y pecadora.

Tú y yo, unidos a Cristo, podremos amar sin medida incluso a aquellos que nos hacen daño, a nuestros enemigos. Podremos entregar nuestra vida a los demás sin miedo a perderla. Podremos vencer las tentaciones del demonio y del mundo, porque Él está siempre a nuestro lado fortaleciendo nuestra debilidad.