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DOMINGO III DE ADVIENTO -C- GAUDETE

DOMINGO III DE ADVIENTO -C- GAUDETE

«ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Celebramos hoy el domingo tercero de Adviento al que tradicionalmente se le ha llamado de “Gaudete”, debido a que la epístola de san Pablo empieza diciendo: «Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca».

Yo me pregunto: ¿tenemos motivos para estar alegres? ¿Cuáles son las razones para esta alegría? Para sentir esta alegría es indispensable ser conscientes de nuestra situación existencial. ¿Estamos convencidos de que no somos libres, sino que vivimos en esclavitud? Quizá tú, extrañado, me preguntes, ¿de qué soy esclavo? Mira, entre otras cosas somos esclavos de los condicionamientos sociales, de manera que, en muchas ocasiones, nos vemos obligados a actuar en contra de lo que sería nuestro gusto. Somos esclavos del trabajo, de la familia, de la diversión, del qué dirán, pero sobre todo somos esclavos del pecado, que en cada uno se muestra de una manera diferente. A unos nos domina el egoísmo que nos impide tener en cuenta al otro. A otros es la soberbia la que los hace sentirse superiores a los demás. A otros es la sexualidad la que nos trae de calle, y a todos, son las riquezas, el afán por el dinero, las que rigen nuestra forma de actuar. Estamos sujetos además a los problemas de salud, a las enfermedades, que acaban haciéndonos presente que somos esclavos de la muerte.

Estar convencidos de que somos esclavos, que vivimos supeditados a los demás, que nuestras pasiones e inclinaciones nos dominan, es la situación óptima para recibir con alegría la noticia que nos da el Apóstol: «El Señor está cerca». El Señor está cerca y viene para salvar, para devolver el sentido a nuestra vida desorientada por el pecado. El cristiano es el único que puede vivir alegre porque sabe que nada de lo que le ocurre sucede para mal, sino que, en su vida, todo sucede para bien. Nuestro Padre Dios, no puede dar o desear nada malo para sus hijos.

Hoy, Juan el Bautista, nos llama a conversión. A reconocer que muchas veces hacemos las cosas mal, y que, ante la inminente llegada de Señor, es necesario reconocer nuestros fallos. Es necesario reconocer que somos pecadores y que, aunque lo deseamos, no podemos abandonar el pecado. Necesitamos la ayuda del Señor que está próximo y que lo único que nos pide es que, con humildad, reconozcamos nuestra debilidad, y las veces que, siguiendo nuestros caprichos, vamos a la nuestra y le damos la espalda. Él, no se escandaliza de nosotros porque nos conoce perfectamente y sabe que, con solo nuestro esfuerzo, somos incapaces de hacer lo que le agrada.

El Señor está cerca y hemos de preparar adecuadamente nuestro corazón para que pueda nacer en él. Cuando vino hace más de dos mil años, no quiso nacer en un palacio, eligió un humilde pesebre. Ahora no desea encontrar en nosotros superhombres, sino más bien, quiere nacer en un corazón que conoce sus debilidades y limitaciones. Un corazón que, como dice san Juan, esté dispuesto a hacer un lugar en él, al necesitado, al pobre, a aquel que pasa desapercibido y al que nadie tiene en cuenta. Alegrémonos, por tanto, porque el Señor no busca a hombres santos e impecables, sino que se complace en el pobre, en el humilde, en el pecador, en el que no vale. Para nosotros, convertirnos, es precisamente reconocer esto, reconocer que no somos mejor que nadie y que necesitamos la ayuda del Señor para vivir plenamente nuestra vida y ser felices.  


DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Bar 5, 1-9 * Flp 1, 4-6.8-11 * Lc 3, 1-6

San Lucas nos narra hoy el inicio de la predicación de Juan el Bautista anunciando la venida del Señor. Para que nos demos cuenta de que no se trata de acontecimientos imaginados por los discípulos, sitúa la acción del Bautista dentro de unos parámetros de la historia. Señala quiénes gobernaban en Judea y en las regiones limítrofes, y cita el nombre de Poncio Pilato que, como delegado del emperador romano, gobernaba aquel territorio.

Era un tiempo en que las gentes se hallaban sensibilizadas esperando la venida del Mesías que había de devolver a Israel su antiguo esplendor, liberándolo del dominio del poder romano.

Juan, como en otro tiempo hiciera el profeta Isaías, invitaba al pueblo a conversión para que a su llegada el Mesías encontrara a un pueblo bien dispuesto. Isaías había dicho: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale».

Una vez más se repite la historia. Una voz, la de la Iglesia, grita en medio del desierto del mundo anunciando que existe la salvación, que, aunque la sociedad, hombres y mujeres, vivan alejados de Dios impulsados por su egoísmo, buscando sólo la satisfacción personal sin tener en cuenta al prójimo, Dios no los ha abandonado. Que el amor de Dios permanece inalterable. Que Dios no se escandaliza ante tanta ingratitud, sino que, como Padre amoroso, espera al pecador con los brazos abiertos.

A nosotros, que nos llamamos discípulos del Señor, ver la situación de nuestras familias, de nuestros vecinos y conocidos, de nuestros gobiernos, no nos ha de desalentar, sino todo lo contrario. El Señor nos llama a ser, como Juan, sus testigos. A anunciar a todos más con hechos que con palabras, que nada está perdido y que el amor de Dios supera con creces todos los pecados.

La llamada que hace el profeta es totalmente actual. Hemos de estar dispuestos y vigilantes ante la venida del Señor que nunca viene a condenar, sino que su deseo es salvarnos a ti y a mí, que tantas veces le damos la espalda. Es necesario preparar el camino de Aquel que se acerca para librarnos de la esclavitud del pecado y del poder de la muerte. Con su ayuda, es necesario elevar los valles de nuestro desánimo y de nuestras depresiones. Es preciso pedir que nos ayude a rebajar los montes y las colinas de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo. En eso consiste preparar el camino al Señor.

Como ya hemos dicho, cuando el Señor acontece lo hace siempre para salvar, nunca para condenar. Los que elegimos la condenación somos nosotros mismos al actuar según nuestro albedrío, sin reconocer ante Él que, aunque nos gustaría obrar el bien, cuando lo intentamos no podemos. Reconocer nuestra impotencia y la necesidad que tenemos de Él, es suficiente. Nov nos pide más.

Lograr la salvación con nuestro esfuerzo y nuestro empeño es totalmente imposible. Ningún hombre es capaz de conseguirlo. Sin embargo, la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven. Por eso nos envía a su Hijo Jesucristo, hombre débil como nosotros, pero omnipotente como Dios. Débil naciendo en un pesebre, débil colgando sin vida de una cruz, pero victorioso saliendo del sepulcro y derrotando a la muerte, para que nosotros, con su espíritu, podamos vencer también a la muerte.

Alegrémonos y permanezcamos vigilantes. Despojémonos, como dice el profeta Baruc, del vestido de luto y aflicción, fruto de nuestros pecados, y vistámonos las galas perpetuas que, con su amor, Dios nos da.           


DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

«ESTAD ALERTA Y MANTENEOS EN PIE ANTE EL HIJO DEL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3, 12—4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico correspondiente al ciclo C, que toma las lecturas del evangelio de san Lucas. A este evangelio se le conoce como el evangelio de la Misericordia, debido a que san Lucas tiene una especial inclinación a resaltar en sus escritos, la misericordia del Señor hacia el pecador.

Como ya comentamos la semana pasada, las lecturas que nos propone la Iglesia hacen referencia a los últimos tiempos, en los que tendrá lugar la segunda venida del Señor. El Señor Jesús nos dice que serán tiempos «de angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje», y que «los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán».

Como vemos es un panorama poco halagüeño para los que tengan que vivir estos acontecimientos. Sin embargo, es curioso que el Señor nos diga: «Cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación». ¿Cómo podemos entender esto? Para muchas personas, para aquellas que consideran la vida en este mundo como un fin y no como un camino que nos conduce a la vida eterna, todo lo que anuncia el Señor significa una gran catástrofe, significa el fin de todo aquello por lo que han luchado. Significa volver a la nada.

Sin embargo, para aquellos que vivimos en este mundo soportando sufrimientos, enfermedades y la esclavitud de la muerte, como consecuencia del pecado; los que no montamos nuestra tienda aquí como si ya no existiera nada más, sino que caminamos con los ojos puestos en la vida eterna, el anuncio de la manifestación del Señor al final de los tiempos, es un anuncio de liberación. Es una buena noticia, semejante a la que recibe el condenado a muerte encerrado en una celda, cuando le comunican que ha llegado la suspensión de la pena y que goza de libertad. San Juan en el Apocalipsis nos dirá: «Vi un cielo nuevo y una tierra nueva… donde ya no habrá muerte ni llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado». Si creemos esto, si estamos convencidos de lo que el Señor nos reserva, ¿cómo esperar su venida con miedo?

Seguramente ninguno de nosotros seremos testigos del fin del mundo que nos narra san Lucas, sin embargo, queremos reiterar lo que decíamos la semana pasada. Para todos llegará el final de los tiempos, cuando el Señor nos llame a su presencia y terminemos nuestra peregrinación en este mundo. Por eso también para nosotros son de aplicación las palabras que el Señor Jesús ha pronunciado al final del evangelio: «Tened cuidado: no se embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero, y se os eche encima de repente aquel día». Quiere esto decir que corremos el peligro de vivir demasiado preocupados por las cosas de la vida, la salud, el dinero, los afectos, la familia, etc., y que la venida particular del Señor a nuestra vida nos sorprenda y no nos encontremos en vela.

Por eso, el evangelio termina con estas palabras del Señor: «Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre». En otro lugar dirá el Señor: estad alerta para escapar de esta generación malvada y pervertida. Ciertamente el Señor sabe en qué ambiente, en qué sociedad nos ha tocado vivir. Una sociedad que ha rechazado del todo a Dios, que no respeta la vida, que hace burla y se ríe de lo santo. Una sociedad egoísta que consiente en la muerte por hambre de miles de niños inocentes, porque al único dios que conoce es al dinero. Por eso hemos de mantenernos alerta para no aceptar la catequesis continua de la televisión, en donde cada día se nos machaca para que al final nos acostumbremos y aceptemos como normal, costumbres totalmente inmorales, que son inaceptables para un cristiano.  


EL KERIGMA: LA BUENA NOTICIA

EL KERIGMA: LA BUENA NOTICIA

En estos domingos que nos acercan al final del año litúrgico, y también en aquel con el que iniciaremos el nuevo año, o sea en el primer domingo de Adviento, las palabras del Evangelio nos harán presente el final de los tiempos, con las catástrofes cósmicas que les acompañarán. Serán tiempos de sufrimiento y congoja. Tiempos que, como dice el Señor en el evangelio de san Mateo, se abreviarán en atención a los elegidos, porque de lo contrario nadie se salvaría.

Ante tanta catástrofe y calamidad el corazón se nos encoge, sin embargo, para aquellos que creemos en el Señor Jesús, existe una palabra capaz de tranquilizarnos y devolvernos la paz interior. Se trata del KERIGMA, de la Buena Noticia de la Salvación.

Cada uno de nosotros no ha sido creado por Dios para el sufrimiento y la aniquilación, sino todo lo contario, hemos sido creados para la felicidad y la vida eterna, experimentando en el corazón el amor de Dios. Lo que ocurre es que, si contemplamos nuestras obras, nos damos cuenta de que no hemos correspondido al Señor con el amor que él se merece, sino que, buscándonos a nosotros mismos, hemos pecado dándole la espalda una y mil veces. Por nuestras obras sólo mereceríamos la condenación.

La respuesta del Padre ante tantas infidelidades y pecados, ha sido, en un arranque de amor inconcebible, entregar a su Hijo a la muerte comprando con su sangre todos nuestros pecados. De manera que cuando tú pecas, el pecado no te pertenece porque el Señor Jesús ha pagado por él un precio desorbitado. Así se lo dijo a san Jerónimo: “Quiero que me des algo que tienes y que me pertenece”. “Quiero tus pecados porque por ellos he pagado un alto precio”.

Significa esto que Dios Padre nunca te rechazará a causa de tus pecados. Que te ama con locura tal y como eres. Que para él eres perfecto. Al contrario de lo que hacemos nosotros con los demás, nunca te exigirá que cambies para quererte, para manifestarte su amor. Él modeló tu corazón y nunca se escandalizará de tus obras. Dios que es amor, es incapaz de odiar. Sólo puede amarte y comprenderte en tu realidad.

Si creemos esto, si estamos convencidos del amor de Dios, pase lo que pase nunca anidará en nuestro corazón el temor. Dios, por encima de todo, sólo quiere tu salvación. Pero nunca te forzará, nunca violentará tu libertad. Por eso, experimentar esa salvación que Él te ofrece, dependerá únicamente de ti. Está en tus manos desearla, aceptarla o rechazarla.   

 

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -CRISTO REY-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -CRISTO REY-

«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 7, 13-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

En su carta a los Colosenses san Pablo nos dice refiriéndose a Cristo: «Todo fue creado por él y para él. Él existe con anterioridad a todo, y todo se mantiene en él.  Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo, porque Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud».

Esta palabra de san Pablo viene a refrendar la solemnidad que hoy, último domingo del año litúrgico, celebra la Iglesia: la solemnidad de Cristo Rey. No podía ser de otra manera. La historia de salvación halla su culmen mostrando al Señor Jesús, que en su primera venida vino en humildad y pobreza, dispuesto a morir cargando con todos nuestros pecados, como Rey y Señor de todo lo creado. Dice san Pablo: «Todo fue creado por él y para él y todo se mantiene en él». En su carta a los Corintios dirá también san Pablo: «Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies».

Lo que hemos afirmado está fuera de toda discusión, pero, aunque es cierto, nosotros podemos preguntarnos ¿cómo afecta esta realeza de Cristo a nuestra vida de cada día? ¿De qué me sirve el hecho de que Cristo sea el Rey de todo lo creado? La clave para responder a estas preguntas la encontramos en la segunda lectura de hoy, cuando dice san pablo que «será aniquilado todo principado poder y fuerza… y el último enemigo aniquilado será la muerte».

Nuestra vida, por el mal uso que hemos hecho de nuestra libertad, se halla dominada por el demonio, el mundo y la carne, que son los enemigos que nos someten a esclavitud y que nos tienen bajo el dominio de la muerte. Nada podemos hacer para librarnos de ellos. Pero, las entrañas de misericordia de nuestro Padre-Dios, se han conmovido ante nuestro sufrimiento y nos han suscitado un Salvador, Cristo-Jesús, que, con su Pasión, Muerte y Resurrección, se ha convertido en nuestro ayudador y ha sido constituido por el Padre como Señor y Kirios de todo lo que nos oprime y esclaviza.

¿Qué significa esto? Significa que, con toda seguridad, tú tienes en tu vida situaciones, acontecimientos, inclinaciones personales, que no te gustan y que con frecuencia te fastidian. Quieres evitarlos o por lo menos ignorarlos y, sin embargo, no puedes. Ese genio que más de una vez te ha jugado una mala pasada, esa inclinación o ese vicio que te domina y que tú procuras que nadie conozca. Esa situación familiar que te es imposible soportar o ese carácter dominante de tu suegra o tu suegro, que te saca de las casillas. Esa forma de ser de tus hijos que te hace sufrir y que escapa a tu control. Esa enfermedad que te hace presente tu impotencia y que te está amargando la vida… ¿Cuántas cosas más hacen que tu vida no sea lo que a ti te gustaría? Añade las que quieras. Lo cierto es que, aunque te cueste reconocerlo, no eres feliz y procuras emborracharte, distraerte, alienarte, con la televisión, el futbol o cualquier otra diversión, con tal de aparcar los problemas que te preocupan.

La noticia que hoy te traemos es que esa situación particular a la que tú no puedes hacer frente, tiene solución. Dios-Padre, que te ha creado para ser feliz, ha dispuesto que allí donde tú no puedes llegar con tu esfuerzo, llegue el poder de su Hijo Jesucristo al que ha nombrado Rey del Universo. Rey de tu mal genio, rey de tu sexualidad descontrolada, rey de tu falta de trabajo, rey tu enfermedad y también rey de la muerte. Lo que para ti es imposible se vuelve posible con su ayuda. No estás solo. Él está a tu lado esperando que tú le digas: Señor, no puedo más, ayúdame. Haz la prueba. Invoca su nombre, su poder, y te aseguro que no quedarás confundido.  

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VERÁN VENIR AL HIJO DEL HOMBRE SOBRE LAS NUBES CON GRAN PODER Y MAJESTAD ».

 

CITAS BÍBLICAS: Dan 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32

Estamos en el penúltimo domingo del año litúrgico. La liturgia nos hace presente a través de todo el año la historia de salvación, empezando por los domingos de Adviento que preparan la venida del Señor Jesús en Navidad, hasta su segunda venida al final de los tiempos. Durante todo el año vamos contemplando los distintos misterios de nuestra fe: Encarnación del Señor, Pasión, Muerte y Resurrección y finalmente Ascensión a los cielos hasta su segunda venida.

Ahora, ya casi finalizado el año, san Marcos nos muestra en su evangelio los acontecimientos que tendrán lugar al final de los tiempos. Nos habla de la segunda venida del Señor. En la primera vino en humildad dispuesto a vivir su vida como lo hacemos tú y yo. Quería ser uno más de nosotros y pasar por todos los acontecimientos, buenos y malos, que se presentan a lo largo de la vida de cualquier hombre. De esta forma, conociendo nuestras alegrías y penas y también los sufrimientos que tú y yo soportamos, puede ayudarnos en cada momento.

La segunda venida, que es la que san Marcos nos muestra hoy, será por completo distinta. La primera tuvo relación directa con los pecados, puesto que vino a cargar con todos ellos, para eliminar en su cuerpo el veneno que nos conducía a la muerte. Su segunda venida ya no tendrá para nada relación con el pecado, sino que se presentará vivo, resucitado, glorioso y con todo poder. En su primera venida vino en debilidad para dejar al hombre libre de aceptarlo o rechazarlo. En esta ocasión se mostrará con todo poder como juez de vivos y muertos.

Esta segunda venida fue anunciada en distintos pasajes del evangelio, como en el momento de la Ascensión, cuando los ángeles se dirigen a los discípulos diciéndoles: «Galileos, ¿qué hacéis aquí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse».

Que este mundo y todo el universo no son eternos, es cierto. Para creerlo no hace falta recurrir a la fe. La ciencia lo tiene completamente asumido. Tuvo su origen en Dios que lo creó de la nada, y volverá a la nada cuando el mismo Dios lo disponga. Ocurrirá de manera semejante a lo que nos pasará a ti y a mí. Hemos salido de Dios, y a Dios volveremos irremediablemente lo queramos o no.

Ahora podemos preguntarnos, ¿cuándo sucederá esto? El Señor nos dice: «Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sólo el Padre». Sin embargo, el tiempo en que sucederá este final del mundo y el propio Juicio Universal, no ha de preocuparnos excesivamente. Para ti y para mí, el final del mundo tendrá lugar cuando Dios disponga el final de nuestra vida mortal, y nos llame a su presencia. Eso, como sabes, puede ocurrir en cualquier momento. El Señor nos dice al respecto en el evangelio: «Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su Señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran».

La incertidumbre de lo que el Señor nos reserva no ha de agobiarnos. El Señor nos ama con locura y no hará nada que pueda hacernos daño. Por encima de nuestras debilidades y miserias, que ya quedaron saldadas en la Cruz del Señor Jesús, está la voluntad del Padre que entregó a su Hijo a la muerte, para que tú y yo no muriéramos para siempre. La magnitud de nuestros pecados es una nimiedad comparada con la infinita misericordia del Señor. El Señor, como dice san Pablo, quiere la salvación para todos los hombres, también para ti y para mí, con tal de que nosotros no la rechacemos. 

 

 

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ESA POBRE VIUDA HA ECHADO MÁS QUE NADIE, PORQUE HA ECHADO TODO LO QUE TENÍA PARA VIVIR»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Heb 9, 24-28 * Mc 12, 38-44

En la primera parte del evangelio de hoy, el Señor Jesús nos pone en alerta para que nuestra conducta no sea semejante a la de los escribas y fariseos, que les encantan los reconocimientos humanos. Gustan que les llamen maestros, que les hagan reverencias en la plaza y que les reserven los mejores sitios en los banquetes. Aunque es posible que nuestra manera de actuar no sea exactamente la de estos personajes, sí es cierto que tenemos el peligro de considerarnos mejores que los demás, porque acudimos a la iglesia, no robamos, no matamos, no mentimos, etc. Nos gusta que tengan de nosotros un buen concepto. Pero eso tiene el peligro de que nos atrevamos a juzgar a los demás, considerándonos superiores a ellos.

En la segunda parte de este evangelio, el Señor nos enseña a no dejarnos llevar por las apariencias. Jesús está sentado frente al cepillo del templo. Observa cómo los que van entrando para la oración, depositan sus limosnas en él. Los ricos lo hacen de una manera ostentosa. Quieren que todos se den cuenta de que sus limosnas alcanzan cifras considerables. Las limosnas de los otros son más modestas y pasan desapercibidas.

Jesús observa como una viuda deposita en el cepillo dos moneditas, y llamando a sus discípulos les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Es fácil que en nuestra vida corriente nos dejemos llevar por las apariencias, y juzguemos a nuestro prójimo a la ligera. Con frecuencia nos dejamos impresionar por el porte, los vestidos o las maneras de actuar de aquellos que nos rodean. Por suerte, los ojos del Señor no miran a nuestro exterior, sino que penetran el corazón y conocen cuáles son nuestras intenciones. Por eso el Señor ve en esta viuda a una persona que cumple el Shemá, que pone a Dios como al primero por encima del dinero.

Como norma hemos de procurar no juzgar a los demás, porque tenemos el peligro de hacerlo equivocadamente. Santiago nos dice en su carta: «Uno sólo es el legislador y juez, que puede salvar o perder. En cambio, tú, ¿quién eres para juzgar al prójimo?»

El juicio es un pecado que cometemos con frecuencia y al que no damos demasiada importancia. Sin embargo, cuando juzgamos al otro le estamos haciendo un mal, y al propio tiempo nos lo hacemos a nosotros mismos. Cuando juzgas te sientes superior al otro y eres incapaz de amarle en sus defectos y debilidades. Si Dios hiciera contigo lo mismo, ¿qué pasaría? Te lo voy a decir, nadie nos salvaríamos. Tenemos, sin embargo, la suerte de que Dios no nos mira a ti y a mí, con los ojos con que nosotros miramos a los demás.

De la misma forma que tú no deseas ser el blanco de las críticas de los otros, has de obrar en consecuencia y no juzgar a los demás. De esta forma se cumplirá en ti el segundo mandamiento que nos mostraba el Señor en el evangelio de la semana pasada, al decirnos: «El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Tengamos, pues, esto muy presente a la hora de enjuiciar a los que nos rodean.

 

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«AMARÁS EL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN Y CON TODA EL ALMA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 6, 2-6 * Heb 7, 23-28 * Mc 12 28b-34

El leitmotiv, o motivo central que se repite en las lecturas que nos presenta la Iglesia en la liturgia de este domingo, no es otro que el amor total y sin condiciones a Dios, que es el mismo amor.

Si tú y yo hemos aparecido en este mundo no ha sido para otra cosa, que para tener a Dios como al primero en la vida, amándolo con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser. Gozando, como consecuencia, de una existencia feliz en su presencia para toda la eternidad. Hemos sido creados por Él y para Él.

Amar a Dios de esta manera es la clave, el secreto, para alcanzar una vida dichosa. Así lo ha dispuesto Dios, y así se lo revela a Israel en la lectura del libro del Deuteronomio: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas tus fuerzas. Las palabras que yo te digo quedarán en tu memoria».

Estas palabras de vida, son la respuesta que el Señor da en el evangelio de hoy, al escriba que le pregunta: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?» Notemos que el Señor además añade: «El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”». Estos dos mandamientos o palabras de vida son inseparables. El que ama a Dios con todo el corazón, no puede hacer más que, como consecuencia, amar al hermano, al prójimo, como a su propia vida. También se puede hacer el planteamiento al revés. El amor al prójimo, a quien vemos, es el camino que nos lleva a mar a Dios a quien no vemos. Así lo expresa el apóstol san Juan en su primera carta.

Este amor total a Dios, aparece también en la segunda lectura, en la Carta a los Hebreos. Cristo, sumo sacerdote de nuestra fe, ama al Padre hasta el extremo, y, obediente, se ofrece de una vez para siempre para que tú y yo, pudiéramos experimentar de nuevo el amor Dios, que habíamos rechazado con nuestro pecado. Se convierte de este modo en sacerdote y víctima a la vez. Ama a Dios con toda su mente, coronada de espinas. Ama Dios con todo su corazón, traspasado por la lanza del soldado. Y ama a Dios con todas sus fuerzas clavado en la cruz de pies y manos.

Este es el amor que Dios siente por ti y por mí. Para que tú y yo fuéramos salvos, teniéndonos en una mano a nosotros y en la otra a su Hijo Jesucristo, no lo dudó. Lo entregó a la muerte ignominiosa de la cruz, para que tú y yo no nos condenáramos para siempre. ¿Eres consciente de esto? Aunque es difícil expresar este amor con palabras humanas, podemos afirmar que Dios nos amó a ti y a mí, más que a la vida de su propio Hijo.

Hoy, en el evangelio, el Señor Jesús nos recuerda una vez más que la clave de la verdadera vida feliz, consiste en tener a Dios como al primero, amarle con todo el corazón y amar al prójimo como a uno mismo. Este mandamiento de vida parece fácil, pero para nosotros es imposible llevarlo a la práctica con solo nuestras fuerzas, porque, si bien, hemos sido rescatados de la muerte por el Señor, el hombre viejo, que sigue en nuestro interior, solo busca, que, olvidándonos de los demás, busquemos la vida en las riquezas, en el ser, en el poder, en el sexo, en la salud, en las diversiones, etc., viviendo nuestra vida alejados de Dios.

Es necesario reconocer cada día nuestra impotencia y pedir la asistencia del Espíritu Santo. Caeremos una y otra vez, pero el Señor está dispuesto a levantarnos una y mil veces si se lo pedimos. Nuestros pecados no han de conseguir que dudemos del amor de Dios. Su amor está por encima de nuestras faltas. No nos escandalicemos de nosotros mismos y digámosle al demonio una y otra vez: Dios me ama en la debilidad y nunca me rechaza.