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DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«AMAD A VUESTROS ENEMIGOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 26, 2.7-9.12-13.22-23 *1Cor 15, 45-49* Lc 6, 27-38

La Iglesia continúa ofreciéndonos hoy el Sermón llamado del Llano, que es una versión distinta y algo más corta que el Sermón del Monte de san Mateo.

Lo que nos dice el Señor Jesús en el evangelio cae por completo dentro de lo que la sociedad de hoy denomina lo políticamente incorrecto. Exceptuando aquellos que deseamos ser y obrar como discípulos de Jesús, lo que el Señor nos propone es inaceptable para la gente del mundo.

No se nos puede pedir que amemos a nuestros enemigos, que hagamos el bien a aquellos que nos odian y que recemos por los que nos injurian. Lo correcto sería defendernos de nuestros enemigos, de los que nos odian y de aquellos que hablan mal de nosotros.

Cuando en los medios de comunicación un padre o una madre perdona públicamente a alguien que ha abusado o asesinado a uno de sus hijos, en gran parte de la población se levanta una oleada de indignación. ¿Cómo es posible perdonar a un malhechor o a un asesino? Eso es injusto, afirman. Lo correcto es protegernos de esos delincuentes y hacer que paguen por sus fechorías.

Por suerte, la manera de obrar de Dios es distinta a la de los hombres. Si Dios actuara sobre nuestras infidelidades y pecados, como nosotros actuamos ante un malhechor o un asesino, nadie tendríamos salvación. La Escritura pone en boca de Dios esta frase: «Pero yo soy Dios y no hombre» Lo que significa que nuestras maldades y pecados, tienen como respuesta de parte de Dios, siempre, el perdón y la misericordia.

El Señor continúa mostrándonos cómo hemos de obrar, si de veras queremos ser felices, pese a lo que quiere vendernos el mundo. «Al que te pide, dale». No se te ocurra pensar si va a malgastar tu limosna o se la va a beber en vino. «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? «Si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores lo hacen.

«Vosotros, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos».

Esto que nos dice el Señor Jesús es de suma importancia, porque quien obra así, hace presente a Dios en la vida de los demás. A Dios nadie puede verle, pero si nosotros, ruines y pecadores, por impulso del Espíritu Santo somos capaces de obrar así, será Dios mismo el que se hará presente en la vida de aquellos que nos vean. Estaremos evangelizando mediante nuestra propia vida.

Con la siguiente frase del Señor queda al descubierto el mismo corazón de Dios: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y nos seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados: perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará». Todo esto es, precisamente, lo que Dios está haciendo contigo y conmigo. Tiene misericordia de nosotros, aunque no lo merezcamos. Mereciendo ser juzgados por nuestros pecados y torpezas, nadie nos juzga. Finalmente, el Señor nos otorga siempre gratuitamente su perdón, aunque no hagamos ningún merecimiento para que así sea.

Ese es nuestros Dios. Ese es el Padre del Cielo que nos ha mostrado el Señor Jesús. Incapaz de odiar, incapaz de exigirnos que cambiemos, porque conoce mejor que nadie de qué material estamos hechos. Pidámosle que derrame sobre nosotros su Espíritu Santo, para que podamos llevar a cabo lo imposible, y los demás, viendo nuestras buenas obras, lo conozcan y glorifiquen.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«DICHOSOS LOS POBRES, PORQUE VUESTRO ES EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 17, 5-8 * 1Cor 15, 12.16-20 * Lc 6, 17.20-26

La forma que tenemos de entender la felicidad en este mundo difiere mucho de aquella que el Señor nos muestra en el evangelio de hoy.

La gente corriente nunca entenderá que los pobres, los que tienen hambre, los que lloran o los que se sienten perseguidos por causa del Evangelio, puedan ser felices. Sin embargo, esto es lo que el Señor Jesús nos da a conocer hoy a través de su Palabra.

San Lucas nos muestra a Jesús bajando de la montaña y deteniéndose en un llano. Allí, rodeado por una gran multitud, empieza a adoctrinarles. Lo hará de una manera muy semejante a lo que nos narra San Mateo en el Sermón del Monte, Jesús dará comienzo a lo que conocemos como las Bienaventuranzas.

Jesús sabe que hoy, son muchos los que sufren porque no disponen de lo más elemental para vivir. Sabe también, que otros nadan en la abundancia apropiándose de los muchos bienes que han recibido, sin compartirlos con los demás. Proclamará, por eso, dichosos a los primeros haciéndoles poseedores del reino, y recordará a los segundos que ya han recibido su recompensa.

«Dichosos, dirá el Señor, si ahora tenéis hambre, no sólo hambre física, sino hambre de justicia y de amor, porque seréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis porque seréis consolados. Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

El Señor sabe que aquellos que ahora ríen, que tienen éxito, que se sienten ricos y autosuficientes, no necesitan de Él, por eso no lo buscarán nunca ni encontrarán de verdad la vida. Los que por el contrario se encuentran vacíos, son pobres, lloran, o son perseguidos, encontrarán en el Señor a quien los llene, los enriquezca y los consuele. Esos son, a los que Él llama bienaventurados.

¿En cuál de los dos grupos nos encontramos? ¿Somos de los pobres o de los ricos? ¿Reímos o lloramos? ¿Tenemos hambre o nos consideramos saciados? Si somos sinceros reconoceremos que, con frecuencia, nuestro egoísmo hace que nos encerremos en nosotros mismos y que nuestras preocupaciones sean motivo de que no tengamos en cuenta a los demás.

Si queremos ser de verdad discípulos del Señor, hemos de insistir en la oración, para que, por la fuerza de su Espíritu, podamos, dentro de nuestra impotencia y de nuestra limitación, obrar como Él obró, para que, a través de nuestra vida, los demás lleguen a conocerle.

Finalmente debemos recordar que al final de nuestra vida, lo único que nos preguntará el Señor es si hemos practicado el amor y la misericordia con los demás. Como dice san Juan de la Cruz, sólo seremos examinados en el amor.


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«MAESTRO, POR TU PALABRA ECHARÉ LAS REDES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 6, 1-2a.3-8 * 1Cor 15, 1-11* Lc 5, 1-11 

Jesús se halla junto al lago de Galilea. Una multitud se agolpa a su alrededor. Él, desde una barca próxima a la orilla anuncia la Palabra de Dios. Al terminar dice a Simón que es el dueño de la barca: «Rema mar adentro y echad las redes para pescar». Simón responde: «Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

El evangelio sigue diciendo que, puestos a la obra, hacen una redada de peces tan grande, que casi revienta la red. Es necesario que desde otra barca vengan a echarles una mano. El resultado es, dos barcas llenas a rebosar que casi se hunden. Simón Pedro, lleno de asombro y fuera de sí, se arroja a los pies de Jesús y le dice: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Jesús responde: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Ellos, sacando las barcas a tierra y dejándolo todo, le siguen.

Hay algunos aspectos de este evangelio que será bueno comentar. En primer lugar, la obediencia, la docilidad de Pedro a la palabra del Señor. Tiene motivos serios para dudar. En primer lugar, el experto en el arte de la pesca es él. En segundo lugar, deducimos por el evangelio que no es precisamente durante el día el momento más adecuado para pescar, sino la noche. Sin embargo, Pedro, no se deja llevar por su razón y se limita a responder: «En tu palabra Señor, echaré las redes».

¿Qué significa esta expresión «en tu palabra echaré las redes»? Equivale a decirle al Señor: me fío de ti. No quiero poner excusas ni quiero atender a mi experiencia ni a mi razón. Tú lo ordenas y yo obedezco. El resultado ya lo hemos visto.

¡Cuántas veces en la vida nos encontramos con situaciones muy parecidas a esta! Cuando se nos presentan dificultades serías, problemas en el trabajo, en la familia o en la salud, nos dejamos llevar por nuestra experiencia, y por nuestra razón, sin lograr encontrar la solución adecuada. Nuestra fe es tan insignificante que no somos capaces de abandonarnos en manos del Señor, confiando en su poder. No nos fiamos de Dios. No entra en nuestra vida como un ser real que está junto a nosotros dispuesto a ayudarnos. Sólo confiamos en nuestro esfuerzo.

El resultado es que, como Pedro, nos pasamos la noche bregando, afanándonos inútilmente. ¡Cuántos esfuerzos vanos! ¡Cuántas energías malgastadas! ¡Cuántos sufrimientos sin sentido y cuántos proyectos fracasados, por sólo querer utilizar nuestras fuerzas!

Si todo esto lo aplicamos a nuestra vida ordinaria, con cuánta más razón lo tenemos que aplicar a nuestra vida de fe. Sabemos con mayor o menor certeza qué es lo que deberíamos hacer ante situaciones complicadas en nuestra relación con los que nos rodean, padres, hijos, familiares, compañeros de trabajo, vecinos, etc. Sin embargo, a la hora de actuar, nos encontramos en que somos incapaces de obrar adecuadamente. Nos pasa como a san Pablo: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo… Quiero hacer el bien, pero es el mal el que se me presenta». 

Tenemos otro problema. Nos miramos demasiado a nosotros mismos. Si san Pedro se hubiera mirado a sí mismo convencido de su experiencia y de sus conocimientos en la práctica de la pesca, no hubiera contemplado jamás la maravilla de la pesca milagrosa. Pero no, no se miró a sí mismo, sino que puso su mirada, su confianza, en Aquel que tenía poder.

Hagamos nosotros lo mismo. Caminemos en la vida puestos los ojos en Aquel que conoce nuestra debilidad, pero que, como nos ama, está siempre a nuestro lado dispuesto a ayudarnos.


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 1, 4-5.17-19 * 1Cor 12, 31—13-13 * Lc 4, 21-30

En el evangelio de hoy, san Lucas continúa narrándonos la visita del Señor Jesús a la sinagoga de Nazaret.

            Después de haber leído al profeta Isaías el Señor dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Parte de la asamblea se admira por las palabras de gracia que salen de su boca, mientras que otros, no queriendo aceptar los hechos, se preguntan: «¿No es éste el hijo de José?».

            Jesús, dándose cuenta de sus comentarios y observando la actitud de rechazo que muestran hacia su persona, les dice: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm». Y añadió: «Os aseguro ningún profeta es bien mirado en su tierra».

                A continuación, y citando la Escritura les dice: «Os garantizo que  en  Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en  Israel  en  tiempos  del  profeta  Elíseo;  sin  embargo,  ninguno  de  ellos  fue curado,  más  que  Naamán,  el  sirio.»

            Estas palabras de Jesús echándoles en cara su incredulidad, hacen que toda la asamblea se soliviante y que a empujones, lleven al Señor hasta un barranco del monte en el que se alza su pueblo con intención de despeñarlo. Jesús, sin embargo, abriéndose paso entre ellos se aleja.

            La actitud de los habitantes de Nazaret es inaudita. Ellos, como todo el pueblo de Israel, han estado esperando la manifestación del Mesías durante muchísimos años, y ahora, cuando lo tienen presente, un velo cubre sus ojos y no aciertan a reconocerlo. No entienden cómo uno de ellos, uno a quien han visto crecer, que nada especial dejaba entrever, puede ser el enviado de Dios para su liberación

            El Señor, al tomar nuestra condición humana, lo hizo sin que nada diera a entender su categoría de Dios. Se hizo uno de tantos. Renunció a todas sus prerrogativas como Dios. No quiso que ninguna circunstancia especial pudiera violentar la libertad y la voluntad de los que le escuchaban.

            Fue el orgullo de sus convecinos el que impidió reconocer en Él al Mesías.

            También tú y yo estamos necesitados de la presencia del Señor. Necesitamos encontrarnos con Él para vernos libres de nuestras esclavitudes, de nuestras inclinaciones pecaminosas, de todo aquello que, en vez de conducirnos a la felicidad, nos hunde en el sufrimiento.

            El Señor Jesús, conoce nuestra situación. El Padre lo ha enviado precisamente para que nos salve del sinsentido al que nos empuja el pecado. Sin embargo, no esperemos que se manifieste en nuestra vida de una manera extraordinaria. Él, ciertamente está vivo y resucitado entre nosotros, pero como en el pasaje de los discípulos de Emaús, gusta caminar a nuestro lado de incógnito.

            Está presente en ese pobre que se te acerca pidiéndote ayuda. Está presente en ese niño indefenso que ha quedado huérfano. En el padre de familia numerosa que no tiene recursos y que se ha quedado en el paro. En ese anciano olvidado de todos en una residencia. En ese enfermo al que nadie lleva una palabra de ánimo y consuelo. En ese emigrante por el que nadie se preocupa y que sólo tiene por compañía la soledad. El Señor, gusta identificarse con todos los que sufren y las más de las veces lo hace de una manera nada atractiva. Dirá en el Evangelio: “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”.

            Procuremos que nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestra comodidad, no cieguen nuestros ojos como a los habitantes de Nazaret y podamos descubrir en el OTRO, al mismo Cristo que se acerca a nosotros.


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÁIS DE OÍR»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a * 1Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

El fragmento del evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo, pertenece al evangelio según san Lucas. San Lucas era el más culto de los cuatro evangelistas y escribió en griego. Era médico y acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, que lo cita como al “querido médico.” Hoy se proclamarán los cuatro primeros versículos del capítulo primero de su evangelio.

San Lucas desea transmitir a sus lectores con exactitud, narrándolos según su orden, los acontecimientos que han tenido lugar referentes a la vida del Señor Jesús. Toma como base todas las tradiciones que transmitieron aquellos que fueron testigos presenciales, y que luego expusieron al predicar la Palabra. Quiere de esta forma que conozcamos la solidez de las enseñanzas que ahora en su evangelio nos transmite.

Debemos estar agradecidos al Señor, porque inspiró a san Lucas la realización de este trabajo, que es Palabra de Dios, y que viene en nuestra ayuda para dar fortaleza a nuestra fe.

Terminado este preámbulo vemos en el evangelio de hoy al Señor Jesús que, después de haber recibido el Bautismo de Juan, se dirige a Galilea, concretamente a su ciudad de Nazaret. Es sábado y, según su costumbre, acude a la sinagoga. Se levanta en el momento de hacer la lectura y le entregan el Libro del profeta Isaías. Lo desenrolla y lee el siguiente pasaje: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Terminada la lectura se dirige a la asamblea diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”

Ciertamente, en la persona del Señor Jesús hallaban cumplimiento aquellas palabras del profeta Isaías. Era cierto que el Espíritu Santo que en el Jordán se había manifestado como una paloma, estaba sobre el Señor que traía una palabra de consuelo a los pobres, a los despreciados de la sociedad. Venía a salvar a los que vivían en esclavitud liberándolos de la opresión. Venía a devolver la vista a los ciegos y, finalmente, a anunciar un año de gracia del Señor.

Hoy, el Señor Jesús, presente en su Iglesia, continúa salvando a los pobres, a los ciegos, a los que padecen esclavitud. A ti y a mí que, aunque estamos convencidos de que vemos, estamos en muchas ocasiones cegados por nuestro egoísmo. Somos incapaces de ver que junto a nosotros hay gente que sufre, hay gente que nos necesita. Somos también esclavos del trabajo, de la familia, de la salud, de nuestros vicios, aunque intentamos disimularlos. Somos esclavos, así mismo, del dinero que es el que, en último término, rige nuestra sociedad.

La salvación del Señor es actual, no pasa de moda, porque ciegos, esclavos, pobres, gente necesitada de una palabra de consuelo, como tú y como yo, existirá siempre. Por eso, somos nosotros los que necesitamos experimentar la salvación que para el día a día trae el Señor, reconociendo nuestra pobreza, nuestra limitación, nuestra incapacidad de obrar según la voluntad del Señor. Este reconocimiento es necesario porque si no reconocemos nuestras limitaciones y nuestras faltas, difícilmente buscaremos solución para ellas. Al mismo tiempo, no hemos de escandalizarnos al descubrir nuestra pobreza y nuestros pecados, porque, precisamente, el Señor ha venido a salvar a los que estaban perdidos, a los que son como tú y como yo.


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«HACED LO QUE ÉL OS DIGA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 62, 1-5 * 1Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11 

El evangelio de hoy nos muestra la tercera epifanía o manifestación del Señor. Recordaremos que la primera fue la adoración de los Magos. En aquella ocasión el Señor se daba a conocer a los gentiles. La segunda tuvo lugar el domingo pasado con el Bautismo del Señor, siendo el Padre el que daba testimonio del Hijo. En la de hoy, extraída del evangelio de san Juan, el Señor, mediante la realización de un signo, se manifiesta a sus discípulos.

Jesús, con María, su madre, y sus discípulos, ha sido invitado a unas bodas que se celebran en Caná. Las bodas, en Israel, suponían una gran fiesta en la que participaba prácticamente todo el pueblo. Duraban varios días y en el banquete corría el vino en abundancia.

En un momento dado, la Virgen, como toda mujer muy buena observadora, se percata de que el vino se está agotando. Preocupada, porque sabe el ridículo que supondrá para los jóvenes esposos este percance, se acerca a Jesús para decirle: «No les queda vino». La respuesta del Señor es capaz de desanimar a cualquiera: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora», le responde. La Virgen no se amilana. Sin hacer caso a lo que le ha dicho su Hijo dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».

Nos dice el evangelista que había allí seis tinajas de piedra de unos cien litros cada una, que se empleaban para el ritual de purificación de los judíos. El Señor ordena a los criados que las llenen de agua. Después les dice: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo». Lo hacen así, y el mayordomo al probar el agua convertida en vino, dice al novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora». Con este signo, nos dice san Juan, creció la fe de los discípulos en el Señor.

Dos aspectos de este evangelio queremos subrayar y los dos tienen como protagonista a la Virgen. En primer lugar, como ya lo hemos citado, la perspicacia de la Virgen, que antes de que nadie se dé cuenta, observa que está faltando el vino. Es muy consolador saber que nuestra Madre de Cielo está pendiente de nosotros hasta en el menor detalle de nuestra vida. El vino es signo de alegría y de fiesta, y cuántas veces en el día a día de nuestra existencia nos quedamos sin vino. Cuántas veces desaparece la alegría porque los problemas que tenemos que afrontar superan a nuestras fuerzas. Problemas de salud, de convivencia en la familia, económicos, en el trabajo, etc. caen sobre nosotros y después de esforzarnos para resolverlos, exclamamos: “No puedo más. Esto es superior a mis fuerzas”.

En esta situación, cuando parece que todo está perdido, aparece la Madre que, con un inmenso amor, dice al Hijo: «No les queda vino». Y, como sucedió en Caná, el Hijo no le niega nada a la Madre.

El otro aspecto a destacar, son las palabras de la Madre que nos dice: «Haced lo que él os diga». Ella sabe muy bien que nuestra salvación pasa necesariamente por el Hijo. Por eso, no se arroga el protagonismo, sino que, en el camino de nuestra vida, nos muestra a Aquel que nos ama y es que es nuestra única salvación.

Conociendo esto, ¿cuál ha de ser nuestro comportamiento? Pues, muy sencillo. El Señor Jesús, estando clavado en la cruz a punto de morir, quiso que no nos quedáramos abandonados, que no nos quedáramos huérfanos. Por eso, dispuso que el camino a seguir para alcanzar la salvación, para llegar hasta Él, pasara necesariamente por la Madre. La Virgen es el camino de doble dirección, una, para llegar a Jesús, y otra para recibir sus gracias.

 No desperdiciemos este regalo. Acudamos a la Madre en todas nuestras necesidades, con la seguridad de que ella intercederá por nosotros ante su Hijo.


EL BAUTISMO, HOY

EL BAUTISMO, HOY

“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”

 

Celebramos este domingo, último del tiempo de Navidad, la fiesta del Bautismo del Señor. Con este motivo, quisiéramos hacer algunas reflexiones sobre lo que supone para nosotros este sacramento.

El Bautismo es la puerta que nos abre la entrada en la Iglesia, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y por tanto hermanos de Jesucristo. El Señor Jesús dice a Nicodemo en el evangelio de san Juan: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. No debemos confundir la entrada en el Reino de Dios, con la salvación última. La salvación de Cristo es universal, o sea para todos los hombres bautizados y no bautizados, con tal de que acepten libremente esa salvación. No sucede lo mismo con la entrada en el Reino de Dios, que es la Iglesia. Para entrar en la Iglesia, Reino de Dios en esta tierra, es indispensable haber recibido el Bautismo.

El Bautismo debe recibirse conscientemente para que pueda dar frutos en aquel que se bautiza. Significa esto que el Bautismo no hace hijos de Dios de una manera mágica. De ahí que aquellos que son candidatos a recibirlo, deban manifestar con obras de vida eterna que son aptos para recibir el sacramento. San Juan Crisóstomo dice al respecto: “No puedo bautizarte mientras no hagas obras de vida eterna… No te bautizo para que no peques, sino porque ya no pecas”.

Después de lo afirmado podemos preguntarnos ¿qué ocurre entonces en aquellos que reciben el Bautismo siendo niños? Ocurre algo que desgraciadamente, hoy, no se tiene demasiado en cuenta. La fe que entrega la Iglesia al que se bautiza, es sólo un embrión, una semilla de fe, que requiere todo un proceso de crecimiento y maduración. Por eso antes de recibir el sacramento, la Iglesia, pregunta a padres y padrinos si están dispuestos a hacer que ese germen, esa semilla, adecuadamente cultivada llegue a producir frutos de vida eterna. Si esto no ocurre, esa semilla quedará enquistada y no se desarrollará. El sacramento será válido, pero quedará ineficaz. Ahora comprenderemos el comportamiento de muchas personas que son cristianas de nombre, pero que sus obras no corresponden a las de un hijo de Dios.

Vemos, pues, cuál es nuestra responsabilidad si nos consideramos cristianos. Es necesario abrir caminos de crecimiento en la fe, abrir catecumenados, para que la débil fe de la mayoría, crezca hasta alcanzar la estatura de hijos de Dios. Filiación que se hará patente por la realización de obras de vida eterna, manifestadas fundamentalmente por el amor al enemigo y el perdón de corazón hacia el que nos hace daño.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

Con este domingo en el que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, damos fin al tiempo de Navidad. Mañana lunes, daremos comienzo a la primera parte del tiempo ordinario que precede a la Cuaresma.

Desde que el domingo pasado contempláramos la adoración de los Magos, en la que era la Epifanía o manifestación del Señor, hasta el evangelio que hoy nos propone la Iglesia, han pasado unos treinta años. Para Jesús ha sido un tiempo que en la vida de fe denominamos catecumenado o lo que es lo mismo, Nazaret ha sido la escuela en la que el señor Jesús ha aprendido a conocer y amar a Dios sobre todas las cosas. Han sido años vividos junto a María y José, en los que se ha ido preparando para la misión que el Padre le ha encomendado.

Hemos de rechazar de plano todas las narraciones idílicas que sobre este tiempo han aparecido a través de la historia. Jesús es un niño como como los demás. Un niño que ha llorado como otro cualquiera, que ha tenido caprichos y que ha pasado por las distintas etapas del desarrollo de cualquier muchacho: pubertad, adolescencia y juventud, con las consiguientes crisis que las acompañan.

Durante todo este tiempo la naturaleza divina ha estado velada por completo. No podemos pensar que Jesús tuviera consciencia de su condición divina. Es algo que irá descubriendo en el transcurso de su vida. Por otra parte, era necesario que fuera así, para asumir por completo nuestra condición humana, a excepción del pecado.

Hoy encontramos a Juan anunciando la conversión de corazón necesaria para preparar el camino al Mesías. Está en el Jordán administrando un bautismo de penitencia. Juan dice: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Jesús, movido por el Espíritu, acude también al Jordán para ser bautizado. Mientras está en oración, se abre el cielo, y baja sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, y se oye la voz del Padre desde el cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Es la segunda epifanía, la segunda manifestación del Señor, hoy, atestiguada por el Padre.

Para nuestra vida de fe este acontecimiento es primordial. El bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio bautismo Tú y yo, también renacimos un día por el agua y el Espíritu. En aquella ocasión quedaron borrados nuestros pecados y recibimos la filiación divina. Significa esto, que también el Padre se complació en ti y en mí, y aunque no se oyeran físicamente sus palabras, también resonaron en aquel momento y fuimos para Él sus hijos amados y predilectos.

Hoy, en el evangelio, se han vuelto a escuchar estas palabras, que no sólo han de ser aplicadas al señor Jesús, sino que han sido pronunciadas para nosotros. Ciertamente no tenemos ningún mérito para que así sea, pero el Padre nos está llamando a reproducir en el mundo, en esta generación, entre nuestros familiares y amigos, la figura de su Hijo Jesucristo. Quiere que llegue a todos la noticia de la salvación que el Señor Jesús, con su Pasión, Muerte y resurrección, ha ganado para todos los hombres.

Hoy, pues, con el bautismo del Señor Jesús, recordamos también nuestro bautismo. Recordamos que, un día el Señor, a través de las aguas del Bautismo nos introdujo en su Iglesia haciéndonos hermanos suyos y permitiendo que pudiéramos dirigirnos a Dios, llamándole como él, “papá.”