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DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NINGÚN PROFETA ES BIEN MIRADO EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 1, 4-5.17-19 * 1Cor 12, 31—13-13 * Lc 4, 21-30

En el evangelio de hoy, san Lucas continúa narrándonos la visita del Señor Jesús a la sinagoga de Nazaret.

            Después de haber leído al profeta Isaías el Señor dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». Parte de la asamblea se admira por las palabras de gracia que salen de su boca, mientras que otros, no queriendo aceptar los hechos, se preguntan: «¿No es éste el hijo de José?».

            Jesús, dándose cuenta de sus comentarios y observando la actitud de rechazo que muestran hacia su persona, les dice: «Sin duda me recitaréis aquel refrán: "Médico, cúrate a ti mismo"; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm». Y añadió: «Os aseguro ningún profeta es bien mirado en su tierra».

                A continuación, y citando la Escritura les dice: «Os garantizo que  en  Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en  Israel  en  tiempos  del  profeta  Elíseo;  sin  embargo,  ninguno  de  ellos  fue curado,  más  que  Naamán,  el  sirio.»

            Estas palabras de Jesús echándoles en cara su incredulidad, hacen que toda la asamblea se soliviante y que a empujones, lleven al Señor hasta un barranco del monte en el que se alza su pueblo con intención de despeñarlo. Jesús, sin embargo, abriéndose paso entre ellos se aleja.

            La actitud de los habitantes de Nazaret es inaudita. Ellos, como todo el pueblo de Israel, han estado esperando la manifestación del Mesías durante muchísimos años, y ahora, cuando lo tienen presente, un velo cubre sus ojos y no aciertan a reconocerlo. No entienden cómo uno de ellos, uno a quien han visto crecer, que nada especial dejaba entrever, puede ser el enviado de Dios para su liberación

            El Señor, al tomar nuestra condición humana, lo hizo sin que nada diera a entender su categoría de Dios. Se hizo uno de tantos. Renunció a todas sus prerrogativas como Dios. No quiso que ninguna circunstancia especial pudiera violentar la libertad y la voluntad de los que le escuchaban.

            Fue el orgullo de sus convecinos el que impidió reconocer en Él al Mesías.

            También tú y yo estamos necesitados de la presencia del Señor. Necesitamos encontrarnos con Él para vernos libres de nuestras esclavitudes, de nuestras inclinaciones pecaminosas, de todo aquello que, en vez de conducirnos a la felicidad, nos hunde en el sufrimiento.

            El Señor Jesús, conoce nuestra situación. El Padre lo ha enviado precisamente para que nos salve del sinsentido al que nos empuja el pecado. Sin embargo, no esperemos que se manifieste en nuestra vida de una manera extraordinaria. Él, ciertamente está vivo y resucitado entre nosotros, pero como en el pasaje de los discípulos de Emaús, gusta caminar a nuestro lado de incógnito.

            Está presente en ese pobre que se te acerca pidiéndote ayuda. Está presente en ese niño indefenso que ha quedado huérfano. En el padre de familia numerosa que no tiene recursos y que se ha quedado en el paro. En ese anciano olvidado de todos en una residencia. En ese enfermo al que nadie lleva una palabra de ánimo y consuelo. En ese emigrante por el que nadie se preocupa y que sólo tiene por compañía la soledad. El Señor, gusta identificarse con todos los que sufren y las más de las veces lo hace de una manera nada atractiva. Dirá en el Evangelio: “Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis”.

            Procuremos que nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestra comodidad, no cieguen nuestros ojos como a los habitantes de Nazaret y podamos descubrir en el OTRO, al mismo Cristo que se acerca a nosotros.


DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«HOY SE CUMPLE ESTA ESCRITURA QUE ACABÁIS DE OÍR»

 

CITAS BÍBLICAS: Neh 8, 2-4a * 1Cor 12, 12-30 * Lc 1, 1-4; 4, 14-21

El fragmento del evangelio que la Iglesia nos propone para este domingo, pertenece al evangelio según san Lucas. San Lucas era el más culto de los cuatro evangelistas y escribió en griego. Era médico y acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, que lo cita como al “querido médico.” Hoy se proclamarán los cuatro primeros versículos del capítulo primero de su evangelio.

San Lucas desea transmitir a sus lectores con exactitud, narrándolos según su orden, los acontecimientos que han tenido lugar referentes a la vida del Señor Jesús. Toma como base todas las tradiciones que transmitieron aquellos que fueron testigos presenciales, y que luego expusieron al predicar la Palabra. Quiere de esta forma que conozcamos la solidez de las enseñanzas que ahora en su evangelio nos transmite.

Debemos estar agradecidos al Señor, porque inspiró a san Lucas la realización de este trabajo, que es Palabra de Dios, y que viene en nuestra ayuda para dar fortaleza a nuestra fe.

Terminado este preámbulo vemos en el evangelio de hoy al Señor Jesús que, después de haber recibido el Bautismo de Juan, se dirige a Galilea, concretamente a su ciudad de Nazaret. Es sábado y, según su costumbre, acude a la sinagoga. Se levanta en el momento de hacer la lectura y le entregan el Libro del profeta Isaías. Lo desenrolla y lee el siguiente pasaje: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Terminada la lectura se dirige a la asamblea diciendo: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”

Ciertamente, en la persona del Señor Jesús hallaban cumplimiento aquellas palabras del profeta Isaías. Era cierto que el Espíritu Santo que en el Jordán se había manifestado como una paloma, estaba sobre el Señor que traía una palabra de consuelo a los pobres, a los despreciados de la sociedad. Venía a salvar a los que vivían en esclavitud liberándolos de la opresión. Venía a devolver la vista a los ciegos y, finalmente, a anunciar un año de gracia del Señor.

Hoy, el Señor Jesús, presente en su Iglesia, continúa salvando a los pobres, a los ciegos, a los que padecen esclavitud. A ti y a mí que, aunque estamos convencidos de que vemos, estamos en muchas ocasiones cegados por nuestro egoísmo. Somos incapaces de ver que junto a nosotros hay gente que sufre, hay gente que nos necesita. Somos también esclavos del trabajo, de la familia, de la salud, de nuestros vicios, aunque intentamos disimularlos. Somos esclavos, así mismo, del dinero que es el que, en último término, rige nuestra sociedad.

La salvación del Señor es actual, no pasa de moda, porque ciegos, esclavos, pobres, gente necesitada de una palabra de consuelo, como tú y como yo, existirá siempre. Por eso, somos nosotros los que necesitamos experimentar la salvación que para el día a día trae el Señor, reconociendo nuestra pobreza, nuestra limitación, nuestra incapacidad de obrar según la voluntad del Señor. Este reconocimiento es necesario porque si no reconocemos nuestras limitaciones y nuestras faltas, difícilmente buscaremos solución para ellas. Al mismo tiempo, no hemos de escandalizarnos al descubrir nuestra pobreza y nuestros pecados, porque, precisamente, el Señor ha venido a salvar a los que estaban perdidos, a los que son como tú y como yo.


DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO  -C-

«HACED LO QUE ÉL OS DIGA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 62, 1-5 * 1Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11 

El evangelio de hoy nos muestra la tercera epifanía o manifestación del Señor. Recordaremos que la primera fue la adoración de los Magos. En aquella ocasión el Señor se daba a conocer a los gentiles. La segunda tuvo lugar el domingo pasado con el Bautismo del Señor, siendo el Padre el que daba testimonio del Hijo. En la de hoy, extraída del evangelio de san Juan, el Señor, mediante la realización de un signo, se manifiesta a sus discípulos.

Jesús, con María, su madre, y sus discípulos, ha sido invitado a unas bodas que se celebran en Caná. Las bodas, en Israel, suponían una gran fiesta en la que participaba prácticamente todo el pueblo. Duraban varios días y en el banquete corría el vino en abundancia.

En un momento dado, la Virgen, como toda mujer muy buena observadora, se percata de que el vino se está agotando. Preocupada, porque sabe el ridículo que supondrá para los jóvenes esposos este percance, se acerca a Jesús para decirle: «No les queda vino». La respuesta del Señor es capaz de desanimar a cualquiera: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora», le responde. La Virgen no se amilana. Sin hacer caso a lo que le ha dicho su Hijo dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga».

Nos dice el evangelista que había allí seis tinajas de piedra de unos cien litros cada una, que se empleaban para el ritual de purificación de los judíos. El Señor ordena a los criados que las llenen de agua. Después les dice: «Sacad ahora y llevádselo al mayordomo». Lo hacen así, y el mayordomo al probar el agua convertida en vino, dice al novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú en cambio has guardado el vino bueno hasta ahora». Con este signo, nos dice san Juan, creció la fe de los discípulos en el Señor.

Dos aspectos de este evangelio queremos subrayar y los dos tienen como protagonista a la Virgen. En primer lugar, como ya lo hemos citado, la perspicacia de la Virgen, que antes de que nadie se dé cuenta, observa que está faltando el vino. Es muy consolador saber que nuestra Madre de Cielo está pendiente de nosotros hasta en el menor detalle de nuestra vida. El vino es signo de alegría y de fiesta, y cuántas veces en el día a día de nuestra existencia nos quedamos sin vino. Cuántas veces desaparece la alegría porque los problemas que tenemos que afrontar superan a nuestras fuerzas. Problemas de salud, de convivencia en la familia, económicos, en el trabajo, etc. caen sobre nosotros y después de esforzarnos para resolverlos, exclamamos: “No puedo más. Esto es superior a mis fuerzas”.

En esta situación, cuando parece que todo está perdido, aparece la Madre que, con un inmenso amor, dice al Hijo: «No les queda vino». Y, como sucedió en Caná, el Hijo no le niega nada a la Madre.

El otro aspecto a destacar, son las palabras de la Madre que nos dice: «Haced lo que él os diga». Ella sabe muy bien que nuestra salvación pasa necesariamente por el Hijo. Por eso, no se arroga el protagonismo, sino que, en el camino de nuestra vida, nos muestra a Aquel que nos ama y es que es nuestra única salvación.

Conociendo esto, ¿cuál ha de ser nuestro comportamiento? Pues, muy sencillo. El Señor Jesús, estando clavado en la cruz a punto de morir, quiso que no nos quedáramos abandonados, que no nos quedáramos huérfanos. Por eso, dispuso que el camino a seguir para alcanzar la salvación, para llegar hasta Él, pasara necesariamente por la Madre. La Virgen es el camino de doble dirección, una, para llegar a Jesús, y otra para recibir sus gracias.

 No desperdiciemos este regalo. Acudamos a la Madre en todas nuestras necesidades, con la seguridad de que ella intercederá por nosotros ante su Hijo.


EL BAUTISMO, HOY

EL BAUTISMO, HOY

“El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”

 

Celebramos este domingo, último del tiempo de Navidad, la fiesta del Bautismo del Señor. Con este motivo, quisiéramos hacer algunas reflexiones sobre lo que supone para nosotros este sacramento.

El Bautismo es la puerta que nos abre la entrada en la Iglesia, haciéndonos hijos adoptivos de Dios y por tanto hermanos de Jesucristo. El Señor Jesús dice a Nicodemo en el evangelio de san Juan: “El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. No debemos confundir la entrada en el Reino de Dios, con la salvación última. La salvación de Cristo es universal, o sea para todos los hombres bautizados y no bautizados, con tal de que acepten libremente esa salvación. No sucede lo mismo con la entrada en el Reino de Dios, que es la Iglesia. Para entrar en la Iglesia, Reino de Dios en esta tierra, es indispensable haber recibido el Bautismo.

El Bautismo debe recibirse conscientemente para que pueda dar frutos en aquel que se bautiza. Significa esto que el Bautismo no hace hijos de Dios de una manera mágica. De ahí que aquellos que son candidatos a recibirlo, deban manifestar con obras de vida eterna que son aptos para recibir el sacramento. San Juan Crisóstomo dice al respecto: “No puedo bautizarte mientras no hagas obras de vida eterna… No te bautizo para que no peques, sino porque ya no pecas”.

Después de lo afirmado podemos preguntarnos ¿qué ocurre entonces en aquellos que reciben el Bautismo siendo niños? Ocurre algo que desgraciadamente, hoy, no se tiene demasiado en cuenta. La fe que entrega la Iglesia al que se bautiza, es sólo un embrión, una semilla de fe, que requiere todo un proceso de crecimiento y maduración. Por eso antes de recibir el sacramento, la Iglesia, pregunta a padres y padrinos si están dispuestos a hacer que ese germen, esa semilla, adecuadamente cultivada llegue a producir frutos de vida eterna. Si esto no ocurre, esa semilla quedará enquistada y no se desarrollará. El sacramento será válido, pero quedará ineficaz. Ahora comprenderemos el comportamiento de muchas personas que son cristianas de nombre, pero que sus obras no corresponden a las de un hijo de Dios.

Vemos, pues, cuál es nuestra responsabilidad si nos consideramos cristianos. Es necesario abrir caminos de crecimiento en la fe, abrir catecumenados, para que la débil fe de la mayoría, crezca hasta alcanzar la estatura de hijos de Dios. Filiación que se hará patente por la realización de obras de vida eterna, manifestadas fundamentalmente por el amor al enemigo y el perdón de corazón hacia el que nos hace daño.

 

BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

Con este domingo en el que celebramos la fiesta del Bautismo del Señor, damos fin al tiempo de Navidad. Mañana lunes, daremos comienzo a la primera parte del tiempo ordinario que precede a la Cuaresma.

Desde que el domingo pasado contempláramos la adoración de los Magos, en la que era la Epifanía o manifestación del Señor, hasta el evangelio que hoy nos propone la Iglesia, han pasado unos treinta años. Para Jesús ha sido un tiempo que en la vida de fe denominamos catecumenado o lo que es lo mismo, Nazaret ha sido la escuela en la que el señor Jesús ha aprendido a conocer y amar a Dios sobre todas las cosas. Han sido años vividos junto a María y José, en los que se ha ido preparando para la misión que el Padre le ha encomendado.

Hemos de rechazar de plano todas las narraciones idílicas que sobre este tiempo han aparecido a través de la historia. Jesús es un niño como como los demás. Un niño que ha llorado como otro cualquiera, que ha tenido caprichos y que ha pasado por las distintas etapas del desarrollo de cualquier muchacho: pubertad, adolescencia y juventud, con las consiguientes crisis que las acompañan.

Durante todo este tiempo la naturaleza divina ha estado velada por completo. No podemos pensar que Jesús tuviera consciencia de su condición divina. Es algo que irá descubriendo en el transcurso de su vida. Por otra parte, era necesario que fuera así, para asumir por completo nuestra condición humana, a excepción del pecado.

Hoy encontramos a Juan anunciando la conversión de corazón necesaria para preparar el camino al Mesías. Está en el Jordán administrando un bautismo de penitencia. Juan dice: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego». Jesús, movido por el Espíritu, acude también al Jordán para ser bautizado. Mientras está en oración, se abre el cielo, y baja sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma, y se oye la voz del Padre desde el cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto». Es la segunda epifanía, la segunda manifestación del Señor, hoy, atestiguada por el Padre.

Para nuestra vida de fe este acontecimiento es primordial. El bautismo del Señor nos hace presente nuestro propio bautismo Tú y yo, también renacimos un día por el agua y el Espíritu. En aquella ocasión quedaron borrados nuestros pecados y recibimos la filiación divina. Significa esto, que también el Padre se complació en ti y en mí, y aunque no se oyeran físicamente sus palabras, también resonaron en aquel momento y fuimos para Él sus hijos amados y predilectos.

Hoy, en el evangelio, se han vuelto a escuchar estas palabras, que no sólo han de ser aplicadas al señor Jesús, sino que han sido pronunciadas para nosotros. Ciertamente no tenemos ningún mérito para que así sea, pero el Padre nos está llamando a reproducir en el mundo, en esta generación, entre nuestros familiares y amigos, la figura de su Hijo Jesucristo. Quiere que llegue a todos la noticia de la salvación que el Señor Jesús, con su Pasión, Muerte y resurrección, ha ganado para todos los hombres.

Hoy, pues, con el bautismo del Señor Jesús, recordamos también nuestro bautismo. Recordamos que, un día el Señor, a través de las aguas del Bautismo nos introdujo en su Iglesia haciéndonos hermanos suyos y permitiendo que pudiéramos dirigirnos a Dios, llamándole como él, “papá.”  


EPIFANÍA DEL SEÑOR -C-

EPIFANÍA DEL SEÑOR -C-

«ENTRARON EN LA CASA Y CAYENDO DE RODILLAS, LO ADORARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 60, 1-6 * Ef 3, 2-3a.5-6 * Mt, 2, 1-12

Celebramos hoy la solemnidad de la Epifanía del Señor. La palabra epifanía equivale a revelación o manifestación, por tanto, lo que hoy celebra la Iglesia es la revelación o manifestación del Señor.

¿Qué significa esto? ¿A quién se ha revelado o manifestado el Señor? Cuando el Señor Jesús nace en Belén, los ángeles dan a conocer la noticia a los más humildes de Israel: a los pastores. La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que ha elegido, por decisión del Padre, humillarse hasta el extremo revistiéndose de una carne mortal como la tuya y la mía, quiere que los primeros que reciban la gran noticia de la salvación, sean también los más humildes, los rechazados por el pueblo, los pastores, que, debido a su profesión, porque no pueden cumplir con las prescripciones de la ley y son menospreciados por los demás. Ellos son los primeros beneficiarios en el Pueblo de Dios de la gran noticia.

Sin embargo, la salvación que viene a traer ese pequeño, no queda circunscrita sólo a los miembros del Pueblo de Dios. Es una salvación universal. Israel sólo ha sido el depositario de la Promesa y el primer beneficiario de la misma. Por eso hoy, la gran noticia traspasa las fronteras de Israel, y llega a todas las naciones representadas por los tres Magos de Oriente.

Hoy, el Señor se manifiesta a los gentiles, a aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel. Por tanto, hoy, es nuestra fiesta. Tú y yo, que no pertenecemos al Israel de la carne, somos los beneficiarios de la misericordia de Dios y de su salvación. Nosotros, nos acercamos a Belén para ser testigos del amor de Dios que no hace distinción ni razas ni lenguas.

La primera lectura, la del profeta Isaías, halla cumplimiento en tu vida y en la mía. Somos esa Jerusalén a la que se invita a levantarse, porque una luz, la gloria del Señor, amanece sobre nosotros. El profeta dice: «Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad de los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria parecerá sobre ti».

El mundo, la sociedad, vive en tinieblas. Está rechazando de una manera sistemática a Dios, que es la verdadera luz. También nosotros, con frecuencia, vivimos en la oscuridad. Huimos de la luz, porque, como dice el Señor, preferimos la oscuridad para que no queden al descubierto nuestras miserias.

Una de las manifestaciones de la oscuridad en que vivimos es nuestro egoísmo, que nos impide ver, las más de las veces, que a nuestro lado hay otras personas que necesitan nuestra comprensión y nuestra ayuda. Tenemos en nuestro interior un YO muy grande que hace que en todo nos busquemos a nosotros mismos, sin tener en cuenta a los demás.

Es posible que más de uno piense que estamos exagerando, pero esta forma de obrar es instintiva. No es fruto de un razonamiento previo. Por instinto nos defendemos y rechazamos todo aquello que merme nuestra posición, nuestro estatus en la familia, en el trabajo o en la sociedad en general.

Hoy, brilla para nosotros, como un día lo hizo para los Magos, una estrella que nos lleva a los pies del Recién nacido, haciéndonos testigos de su amor que no hace distinción de personas. Él, se ha rebajado, se ha humillado para ponerse a nuestra altura, para caminar a nuestro lado, sacándonos de la oscuridad y dándonos a conocer al amor de un Padre, que lo único que quiere es hacernos felices.      


SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ -C-

SAGRADA FAMILIA: JESÚS, MARÍA Y JOSÉ -C-

«BAJÓ CON ELLOS A NAZARET Y SIGUIÓ BAJO SU AUTORIDAD

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2 41-52

La Iglesia en el domingo que cae dentro de la octava de Navidad, nos invita a contemplar la figura de la Sagrada Familia de Nazaret. Lo hace porque quiere, por una parte, resaltar la importancia de esta figura mostrándola como paradigma de toda familia cristiana. Por otra parte, porque reconoce que la unidad familiar, no sólo es la célula que constituye a la sociedad, sino también porque sin ella, difícilmente podría existir la propia Iglesia.

La misión que Dios-Padre puso en manos de María y de José era de una importancia vital. No sólo tenían que preocuparse por atender a todas las necesidades materiales, alimentos, vestidos, cuidado de la salud, etc., de su Hijo, sino que debían de educarle en el conocimiento y el amor de Dios, para que éste ocupase en su vida el primer lugar. También debían educarle en la relación con los demás, de manera que llegara a ser un miembro responsable de la comunidad a la hora de cumplir sus obligaciones, y a la vez ejercitar los derechos que tenía como ciudadano. Dicho de manera resumida, diríamos que su misión era prepararle para la vida.

Hemos dicho que la Familia de Nazaret es el paradigma, el espejo en el que se han de mirar las familias cristianas. La relación entre sus miembros, a diferencia de lo que por error muchos pretenden para la familia de hoy, no es una relación de igualdad, dado que las funciones que cada miembro realiza le son propias, y son a la vez complementarias con las que realiza el resto. Estas relaciones tienen como substrato el amor, que impide que surjan litigios de competencia entre sus miembros, y que hace que se dé entre ellos una auténtica armonía. De esta manera nadie es más importante que el otro. Todos son necesarios.     

Este modelo de familia choca frontalmente con aquellos que pretenden establecer entre sus miembros una igualdad radical. Sucede lo mismo con la pretendida igualdad entre el hombre y la mujer, algo que es, por supuesto, imposible. El hombre siempre será hombre con las peculiaridades que le son propias y lo mismo le ocurre a la mujer. La igualdad a la que debemos aspirar es aquella que otorga a la mujer la misma consideración que al hombre, y a la vez los iguala a la hora de asumir obligaciones y derechos. 

La Sagrada Familia fue la escuela en la que se transmitieron al Niño Jesús, en primer lugar, la fe y el amor a Dios, y después los valores cívicos y de convivencia que iba a necesitar para relacionarse con los demás. Esta particularidad es el origen de que hoy se persiga con saña a la familia cristiana, impidiendo que los padres transmitan a sus hijos la fe, y aquellos valores que les van a ser necesarios durante su vida, empezando por el trabajo y la familia y terminando por la diversión.

Hoy, so capa de proteger la libertad de los niños, se pretende arrebatar a los padres el derecho de educar a sus hijos según sus convicciones y creencias, hasta el punto de llegar a quitarles la patria potestad, si se oponen a los principios que los gobiernos establecen en sus planes educativos, de un modo especial en lo concerniente a la educación sexual.

Necesitamos volver la mirada hacia la Santa Familia de Nazaret. Ella ha de iluminar a nuestras propias familias. Hemos de pedir a María y José la sabiduría necesaria y la valentía para educar a nuestros hijos en el santo temor de Dios. Hemos de pedirles también que, en nuestra familia, aparezca como el lazo más fuerte de unión el amor. Ese amor, y a la vez esa obediencia en el amor que, como dice el evangelio de hoy, haga que, como Jesús, estemos unos sumisos a los otros.  


DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

«DICHOSA TÚ PORQUE HAS CREÍDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Miq 5, 1-4ª * Heb 10, 5-l * Lc 1, 39-45

Damos comienzo con este domingo a la cuarta y última semana del Adviento. En las semanas anteriores hemos hablado de que, durante este tiempo litúrgico, la Iglesia nos ha recordado las dos venidas del Señor. Una venida que nos recuerda que hace más de 2000 años el Señor vino para salvarnos, y otra que nos hace presente que el Señor vendrá con poder por segunda vez al final de los tiempos.

Durante las tres primeras semanas del Adviento, la Palabra nos ha recordado la segunda venida del Señor invitándonos a estar alerta, porque nadie conoce ni el tiempo ni la hora de esa venida, sólo la conoce el Padre. En estos últimos días del Adviento, la Iglesia nos prepara de una manera inmediata a la celebración del nacimiento de Niño Dios en Belén, exhortándonos a disponer nuestro corazón adecuadamente para recibirle.

En el evangelio de este domingo san Lucas nos muestra a María que acaba de recibir la visita del ángel, anunciándole que va a concebir en su seno al Hijo del Altísimo. Ha conocido también que su pariente Isabel, anciana y estéril, ha concebido un hijo y se halla ya en el sexto mes del embarazo.

Llena de gozo por estas buenas nuevas se pone en camino hacia la casa de Isabel. Desea compartir con ella todo aquello que el Señor le ha revelado por medio de ángel. Se convierte así en la primera evangelizadora, en la primera mensajera que anuncia la Buena Nueva de la salvación.

Apenas Isabel oye el saludo de María salta de gozo en su seno el hijo que espera, y a voz en grito exclama: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, porque has creído!».

Es interesante constatar que todos estos acontecimientos que narra el evangelio, hallan cumplimiento en nuestra vida. En primer lugar, es de señalar la actitud de María después de recibir la buena nueva. Podía haberla guardado en su corazón, a la espera de que hallara cumplimiento. Sin embargo, no actúa de esa manera. Impulsada por el Espíritu Santo quiere hacer partícipe de esta noticia a los demás, en este caso a su pariente Isabel. A ti y a mí, también la Iglesia nos ha dado la gran noticia del amor de Dios, del perdón de nuestros pecados y de la salvación que nos ha otorgado a través de su Hijo Jesucristo. Una noticia que es desconocida para mucha gente, que vive esclava del pecado y sometida a la muerte. ¿Seremos capaces de, viendo su sufrimiento, callar y no hacerles partícipes de esta gran noticia? Si el Señor nos ha llamado a su Iglesia, no es para otra cosa, sino para que hagamos llegar a todos los que nos rodean el conocimiento de su salvación.

Yo, ahora, como Isabel te pregunto y a la vez me pregunto: ¿Qué méritos hemos hecho para que el Señor nos haya elegido y se haya complacido en nosotros? ¿Somos, acaso nosotros mejores que los demás? Ciertamente no, y probablemente, todo lo contrario. Por eso de nuestro corazón ha de brotar agradecimiento haciendo nuestras las palabras de Isabel: ¿Quién soy yo, Señor, para recibir sin merecerlos, tantos bienes de tus manos?

Una manera de mostrar nuestro agradecimiento consiste, en dar a conocer a los de más el gran amor que Dios nos tiene. Un amor que supera inmensamente todas nuestras infidelidades. Un amor que es capaz de amarnos sin medida y sin pedirnos nada a cambio. Un amor que nunca exige que cambiemos de vida, sino que nos quiere tal y como somos, con nuestros defectos y pecados. Ser testigos de este amor en medio de aquellos que nos rodean, es evangelizar. Es llevar a cabo la misión para la que Dios nos ha elegido.