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DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«TAMPOCO YO TE CONDENO. ANDA, Y EN ADELANTE NO PEQUES MÁS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11

El domingo pasado tuvimos ocasión de ver el corazón misericordioso de Dios-Padre, que nos mostró el Señor a través de la parábola del Hijo Pródigo. Hoy, san Juan, nos va a mostrar esa misma misericordia de Dios, pero en la persona del propio Señor Jesús.

El evangelio nos dice que los escribas y fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en flagrante adulterio. La Ley era muy estricta en estos casos y castigaba con la muerte a pedradas a las mujeres adúlteras. «Esta mujer, dicen al Señor, ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La Ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú, ¿qué dices?».

La pregunta, hecha con muy mala fe, sitúa al Señor ante un gran dilema. Si se inclina hacia el perdón será acusado de ir contra la Ley. Si por el contrario afirma que ésta debe cumplirse, se situará en contra de lo que cada día predica a las gentes: el amor y la misericordia de Dios hacia el pecador, hacia aquel que, equivocado, no obra el bien.

El Señor, no responde. Se limita a agacharse y a escribir con el dedo en el suelo. Ellos, insisten exigiéndole una respuesta. Puesto en pie les dice: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». El evangelista continúa diciendo: «Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos hasta el último». Finalmente, queda sólo Jesús y la mujer en medio. «Mujer, le dice, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno de ha condenado? Ella responde: Ninguno, Señor. Jesús añade: Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Si hubiéramos estado en el lugar del Señor Jesús, probablemente nuestra respuesta hubiera sido diferente. Es cierto que el Señor nos dice en el evangelio que tenemos que perdonar al pecador, pero nosotros pensamos que perdonar no quita el tener que recriminar la conducta al pecador, afeando su comportamiento. Pensamos que, perdonar sin más, no evita que el pecador reincida. En vez de cerrar nuestros ojos a la maldad como nos pide el Señor, de nosotros sale un impulso justiciero que exige al otro que cambie de actitud para poder perdonarle. La razón de esta postura hay que buscarla en el convencimiento que tenemos de que, si nosotros somos capaces de hacer las cosas bien, el otro no tiene excusa para hacer otro tanto. Somos unos inconscientes porque negamos la misericordia al prójimo, y la pedimos a Dios para nosotros.

Quisiera hacer una pregunta: ¿qué pasaría en tu vida y en la mía, si Dios actuara con nosotros con la misma exigencia que nosotros usamos para con los demás? La respuesta es sencilla. Ni para ti ni para mí existiría salvación. Por suerte para nosotros el amor de Dios es un amor, como dice san Pablo, que todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera, soporta todo… Es un amor incapaz de condenar al pecador. Es un amor que no nos exige que cambiemos de vida para querernos. Dios odia al pecado porque nos mata a nosotros que somos sus hijos, pero nunca, nunca, rechaza al pecador. Para salvarnos de la muerte y del pecado, no ha dudado en sacrificar a su Hijo en la Cruz. Usando una expresión humana, podemos decir que, en un momento dado de la historia, Dios nos amó a ti y a mí, más que a su propio Hijo.

San Pablo en la carta a los Romanos y en un arranque de entusiasmo exclama: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es quien justifica. ¿Quién condenará?» Pero, ojo, el Señor nos ha llamado a ti y a mí a su Iglesia, precisamente para que a través de nuestras vidas se haga presente para los demás, ese amor de Dios que no hace acepción de personas, que nunca condena, que ama hasta el extremo y que quiere la salvación para todos los hombres, sin distinción de raza, lengua o religión.

Por nuestra parte lo único que hemos de pedir es que, por nuestra mala cabeza, no seamos impedimento para que ese amor de Dios, sea conocido por todos, empezando por los que viven más cerca de nosotros. 


DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

«ALEGRAOS, PORQUE ESTE HIJO MÍO ESTABA MUERTO Y HA REVIVIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Jos 5, 9a.10-12 * 2Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3.11-32

Llegamos al domingo cuarto de Cuaresma llamado de “laetare”, debido a que en la antífona de entrada se invita a Jerusalén, a la Iglesia, a la alegría: “Festejad a Jerusalén, alegraos de su alegría”. Alegraos con la Iglesia, viene a decir, porque la Pascua está ya cerca. La liturgia resalta esta alegría cambiando el color morado de los ornamentos, por el color rosa.

            En este ciclo C, con lecturas tomadas del evangelio de san Lucas hay otro motivo de alegría, porque se proclama una de las palabras más hermosas de todos los evangelios. Una parábola en la que el Señor Jesús pone al descubierto el corazón misericordioso de Dios-Padre. Un corazón en el que no cabe, de ningún modo, el menor rechazo hacia el pecador. Un corazón que se derrite como cera cada vez que, reconociendo nuestras miserias, volvemos nuestro rostro hacia Él.

            Todos conocemos esta parábola. La resumimos. Un hombre tiene dos hijos y en un momento dado el menor pide al padre la parte de la herencia que le corresponde. El padre accede y el hijo marcha a tierras lejanas en donde dilapida todo lo que ha heredado. Sólo y sin amigos, se ve en la situación de aceptar trabajar como porquerizo. Añora el bienestar de la casa paterna y decide ponerse en camino, para pedir a su padre que lo acepte como a uno de sus criados. El padre, lleno de gozo al reencontrar a su hijo, organiza un gran banquete para celebrar su regreso.

            En esta parábola, en contra de lo que acostumbramos, el Señor no pretende resaltar la figura del hijo sino la del padre. Veamos cómo actúa éste a través de toda la narración. Primeramente, el padre, que ama su hijo con toda el alma, respeta hasta el extremo su libertad y no se opone a la hora de darle la herencia, pese a ser conocedor de los peligros a los que se va a enfrentar.

            En segundo lugar, destaca también la actitud del padre que espera ansioso la vuelta del hijo atisbando cada día el camino que lleva a la casa. De modo que cuando adivina a lo lejos la silueta del hijo que regresa, sale presuroso a su encuentro para echarle los brazos al cuello y llenarlo de besos, sin hacerle un reproche ni pedirle ninguna justificación. El hijo pretende darle explicaciones, pero él no las atiende y ordena a la servidumbre: «Sacad enseguida el mejor traje y vestidlo, ponedle un anillo en la mano… matad el ternero cebado y celebremos un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».

            Ese hijo pródigo que se aprovecha de la bondad del padre somos tú y yo. Tú y yo que, habiendo recibido de Dios todo lo que tenemos: la vida, la libertad, la familia, la salud, el trabajo, etc., lo malgastamos buscado egoístamente medrar nosotros, sin preocuparnos demasiado de los demás. Damos la espalda a nuestro Padre-Dios viviendo la vida alejados de él, y aunque conocemos su voluntad, lo que nos importa es salir con la nuestra. Y, ¿cuál es su respuesta? La misma que la del padre de la parábola. El Señor respeta nuestra libertad y espera un día y otro día, a que, hastiados y cansados de buscar la felicidad sin encontrarla, regresemos a la casa paterna. Y ¿cómo nos recibe? Siempre con los brazos abiertos y sin pedirnos explicaciones. Ni se cansa de esperar, ni se cansa de perdonar.

            Finalmente señalar que los que vivimos cerca de la Iglesia tenemos el peligro de actuar como el hijo mayor que, teniendo como él a nuestro alcance todos los bienes y gracias que Dios nos da, vivamos una vida mezquina y constreñida, juzgando a los demás sin saber disfrutar de los dones que hemos recibido.

 

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

DOMINGO III DE CUARESMA  -C-

«SI NO OS CONVERTÍS, TODOS PERECERÉIS DEL MISMO MODO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 3, 1-8a.13-15 * 1Cor 10, 1-6.10-12 * Lc 13, 1-9

Los que frecuentamos la iglesia y acudimos con regularidad a las celebraciones, tenemos el peligro de juzgar a aquellos que, aunque bautizados, solo se acercan al templo para algún entierro o para las primeras comuniones. Pensamos que somos mejores, aunque quizá no lo expresamos públicamente, porque cumplimos con lo que manda la Iglesia.

 Hoy se acercan al Señor Jesús un grupo de personas que, quizá, piensan del mismo modo. Están escandalizados y cuentan al Señor que Pilato después de matar a algunos galileos que se alzaron contra él, mezcló su sangre con la de sus sacrificios. Esto era inadmisible dado que para los hebreos la sangre es el lugar donde reside la vida.

El Señor Jesús aprovecha la ocasión para llamar a conversión a todos y en particular a aquellos que le traían la noticia. «¿Pensáis,  les dice,  que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos?» «Os digo que no; y si nos os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

También a nosotros nos invita a conversión el Señor. Él conoce, mejor que nosotros, lo que hay dentro nuestro corazón. Sabe con qué facilidad juzgamos a los demás. En muchas ocasiones estamos convencidos de que tenemos la razón, y nos tomamos la libertad de juzgar a los demás sólo por las apariencias. El Señor nos alerta para que no caigamos en el pecado del juicio. Un pecado al que, con demasiada frecuencia, no damos la importancia que tiene. Santiago nos dice en su carta: «No habléis mal unos de otros, hermanos. El que habla mal de un hermano o juzga a su hermano, habla mal de la Ley y juzga a la Ley; y si juzgas a la Ley, ya no eres un cumplidor de la Ley, sino un juez… ¿quién eres tú para juzgar a tu hermano».

Estamos en Cuaresma, un tiempo especial de conversión. Por tanto, es necesario ser conscientes de este pecado y moderar no sólo nuestra lengua, sino también nuestros pensamientos. No hay que juzgar en ningún modo al otro, aunque sea evidente que obra mal. Tener presentes nuestras deficiencias y ponernos en su lugar, nos ayudará a no caer en este pecado. No olvidemos las palabras del Señor: «No juzguéis y no seréis juzgados».

El Señor nos pone una parábola para ayudarnos a ver cuál es nuestra situación en esta vida. Nos habla de un propietario que posee una viña con una higuera, y que lleva tres años buscando fruto en ella sin encontrarlo. Cansado dice al viñador: «Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Pero el viñador le responde: Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás».

Quizá preguntes: ¿Qué tiene que ver esta parábola con tu vida o con la mía? Muy sencillo. La higuera somos tú y yo. El propietario es Dios Padre y el viñador es Jesucristo. El Padre nos ha dado la vida y la libertad junto con otros muchos dones, esperando que nosotros diéramos fruto. Sin embargo, incapacitados para obrar el bien a causa de nuestros pecados, hemos utilizado esos dones sólo en beneficio nuestro. Somos como la higuera que crece frondosa con muchas hojas, pero que no da fruto alguno.

¿Qué frutos espera el Señor de nosotros? Fundamentalmente estos: el amor, la misericordia y la comprensión para aquellos que nos rodean y que en muchas ocasiones se equivocan y nos hacen daño. Tus hijos, tus padres, tu suegra o tu suegro, tus hermanos o tus vecinos, tu jefe o tus compañeros de trabajo, etc. ¿Cuántas veces eres intolerante con ellos, no los soportas y no les perdonas? Merecemos, sin duda, un castigo. Sin embargo, por suerte para nosotros, tenemos a uno, al viñador, al Señor Jesús, que intercede por nosotros ante el Padre mostrándole sus llagas, y recordándole que ya Él pagó por nuestras infidelidades y pecados. Convirtamos, pues, nuestro corazón a Él y pidámosle su ayuda.

 


SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA B. VIRGEN MARÍA

SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA B. VIRGEN MARÍA

«EL SEÑOR LO PUSO AL FRENTE DE SU FAMILIA»

 

Celebramos esta semana la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y Padre Legal del Señor Jesús.

San José es una figura indispensable  en la historia de la salvación. Dios lo eligió para llevar adelante el plan que, desde toda la eternidad, había preparado para el hombre, para ti y para mí, a fin de salvarnos del pecado y de la muerte

Queremos fijarnos hoy en los títulos que acumula una de las figuras más humildes de toda la Historia de la salvación.

 El mayor título que ostenta es el de Esposo de la Virgen María y, por tanto, padre legal del Hijo de Dios, con todos los derechos y obligaciones que la Ley reconocía al hombre, como cabeza de la familia.

El Papa Francisco dice al respecto:

 “De este hombre que se hizo cargo de la paternidad y del misterio se dice que era la sombra del Padre: la sombra de Dios Padre. Y si Jesús hombre aprendió a decir ‘papá’, ‘padre’, a su Padre que conocía como Dios, fue gracias a que lo aprendió de la vida, del testimonio de José: el hombre que custodia, el hombre que hace crecer, el hombre que lleva adelante la paternidad y el misterio, y que no toma nada para sí mismo.”

San José tiene múltiples “patronazgos”.

Destacamos los tres más importantes

 San José patrono de la Iglesia Universal.

En el concilio Vaticano I, más de 300 padres solicitaron la elevación de San José como santo patrono de la Iglesia Universal. Así como Jesucristo es el cuerpo de la Iglesia y María Madre de la Iglesia, también a San José se le ha puesto como protector de la Iglesia Universal. Fue el Papa Pío IX, en el Concilio Vaticano I, quien declaró y constituyó a San José Patrono Universal de la Iglesia el 8 de diciembre de 1870.

San José es el patrono de los Seminarios.

Hubiera sido más acorde con el sentido común que el patrón fuera, por ejemplo, un apóstol, o un santo obispo o sacerdote cuya vida y escritos estuvieran dirigidos principalmente a la formación sacerdotal. Pero no, es San José. Lo es porque toda su vida es una enseñanza para aquellos que sienten la llamada a trabajar en la mies.

 San José, patrono de la Buena Muerte.

No podía ser de otro modo. ¿Quién no desearía entregar el último aliento antes de entrar en la vida eterna como lo hizo san José, en los brazos de su hijo Jesús y junto a María su esposa?

Es, además, patrón de las familias, los padres, las mujeres embarazadas, viajeros, inmigrantes, artesanos, ingenieros y trabajadores. Es también el patrón de las Américas, Canadá, China, Croacia, México, Corea, Austria, Bélgica, Perú, Filipinas y Vietnam.

Pongamos nuestra vida bajo la protección de este gran santo que, según santa Teresa, nunca desatendió ninguna de sus súplicas.

 

 

 

 


DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12. 17-18 * Flp 3, 17—4-1 * Lc 9, 28b-36

Tenemos el peligro de considerar nuestra presencia en este mundo de una manera meramente humana. Podemos pensar que, como todo ser viviente, nacemos, crecemos, nos reproducimos y finalmente morimos. Pensar así nos llevaría a valorar nuestra existencia comparándola con la de cualquier ser viviente, animal o planta.

Esta manera de enfocar nuestra vida tiene lugar, cuando eliminamos de ella la trascendencia. Es decir, cuando la contemplamos de tejas abajo. Cuando borramos de nuestra existencia la figura del Dios creador. Sin embargo, la realidad es muy distinta. Tenemos nuestro origen en Dios y hacia Él caminamos. Dirá san Pablo, «en Él vivimos nos movemos y existimos.»

Somos seres trascendentes, o sea, seres llamados a una vida eterna. A una vida muy superior a la que experimentamos cada día. A una vida que, citamos de nuevo a san Pablo, «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.»

Precisamente hoy, en el evangelio, el Señor Jesús quiere que tres de sus discípulos, Pedro, Santiago y Juan, sean testigos de esa vida superior, de esa felicidad sin límites, que Dios preparó para el hombre cuando lo hizo aparecer sobre la tierra. Para eso, sube con ellos a un monte alto y en su presencia se transfigura, se transforma, es decir, permite que los tres contemplen su condición divina.

Junto a Jesús transfigurado, aparecen, por una parte, Moisés, que representa la Ley, y por otra Elías como representación de los profetas, significando que, en Él, alcanzan su plenitud tanto la Ley como los profetas. Dice el evangelista que los tres conversan sobre la cercana muerte que va a consumar en Jerusalén. Jesús desea preparar a sus discípulos para que no ignoren cuál es su principal misión en este mundo. Quiere que estén al corriente de que, para llevar a cabo la salvación de los hombres, es necesario pasar primero por la ignominia de la Pasión.

La sensación que viven los tres discípulos es sumamente placentera, hasta el punto de hacer exclamar a Pedro: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». San Lucas añade: «No sabía lo que decía».

Todavía está hablando cuando una nube los envuelve, y de dentro de la nube se oye una voz que dice: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Es la voz del Padre que confirma de este modo que aquel al que ellos siguen, es el Hijo de Dios.

Esta frase del Padre dirigida a Jesús en aquel momento, ha de llenarnos hoy de gozo y agradecimiento, a nosotros que, por el Bautismo y unidos a Jesucristo, hemos recibido la filiación divina. El Padre, hoy, a ti y a mí, nos ha dicho que somos sus hijos escogidos. Por tanto, como dice san Pablo a los filipenses, «somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos la venida de un Salvador: Nuestro hermano mayor, el Señor Jesús. Él transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su condición divina».

Hoy, pues, en la Transfiguración del Señor, el Padre nos muestra lo que un día será nuestra propia transfiguración. «Este ser corruptible, en palabras de san Pablo, se revestirá de incorruptibilidad y este ser mortal se revestirá de inmortalidad».

Estemos agradecidos por tanto a Dios, porque se ha complacido en nosotros, pobres y pecadores, y nos ha elegido en su Hijo Jesucristo para ser sus hijos, sin que por nuestra parte hayamos hecho merecimiento alguno.

CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO

CONVIÉRTETE Y CREE EN EL EVANGELIO

Hemos iniciado la Cuaresma recibiendo sobre nuestras cabezas la ceniza.

Este sacramental nos recuerda las penitencias que antiguamente llevaban a cabo los pecadores públicos que, a causa de sus pecados, se veían imposibilitados de tomar parte en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Dado que su pecado era conocido por todos, la penitencia correspondiente tenía que ser también pública.

Hasta el Concilio la fórmula que se empleaba al imponer la ceniza era: “Recuerda, hombre, que eres polvo y que en polvo te has de convertir”. Se trataba de una fórmula eminentemente penitencial que hacía presente el origen del hombre hecho del barro de la tierra y también su final, donde el cuerpo se descompondrá en cenizas.

Esta fórmula adolece de no empujar al hombre hacia la esperanza. Está centrada únicamente en la condición perecedera del hombre.

La fórmula que ahora emplea la Iglesia es muy diferente. Hace referencia a la conversión y a creer en el Evangelio. «Conviértete y cree en el Evangelio». Es una fórmula que nos abre un camino a la esperanza.

Por una parte, nos invita a la conversión. Y ¿qué es la conversión, podemos preguntar? Convertirse significa asumir, reconocer delante de Dios nuestra naturaleza de pecado. Nuestra pequeñez, nuestra debilidad… que hacen que seamos incapaces de obrar el bien. De hacer lo que es la voluntad de Dios para nosotros. La conversión implica, por tanto, la humildad y también el reconocimiento de la misericordia de Dios, que no abandona al pecador.

La segunda parte de la fórmula dice: «Cree en el Evangelio». Creer en el Evangelio significa creer en la Buena Noticia. ¿Cuál es la Buena Noticia? La buena noticia es tener la certeza del inmenso amor que Dios-Padre siente por el hombre pecador. Es tener el convencimiento de que el Señor nos ama en nuestra realidad. Que no pone condiciones ni nos exige nada. Que su amor llega hasta el extremo de entregar a su propio Hijo a la muerte, para que tú y yo no nos perdamos para siempre. Esa es la gran noticia. Un Dios que odia al pecado, pero que ama entrañablemente al pecador. Un Dios que ha resucitado a su Hijo de la muerte y nos ha regalado su Espíritu, que clama dentro de nosotros: Abbá, papá. Esa es la Buena Noticia. Esa es la gran noticia.

Bendigamos, pues, al Señor, que no se cansa en perdonar y que cada día espera nuestro regreso con ansia, si nos hemos apartado de su amor.

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«ESTÁ ESCRITO: NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 26, 4-10 * Rm 10, 8-13 * Lc 4, 1-13

Estamos en el primer domingo de la Cuaresma, que dio comienzo el pasado miércoles con la imposición de la ceniza.

La Cuaresma es un tiempo de preparación a la celebración de la gran fiesta cristiana de la Pascua. La Pascua del Señor Jesús es el hecho primordial de nuestra fe. De nada hubieran servido el resto de acontecimientos de la vida del Señor, si no hubieran culminado con la Pascua. Por eso, por la importancia que tiene, la Iglesia la prepara durante los cuarenta días que la preceden, o sea los cuarenta días de la Cuaresma.

En nuestra vida, aunque no somos conscientes de ello, está presente el maligno que, como enemigo acérrimo de Dios, pretende desbaratar el plan de salvación que el Señor ha preparado para nosotros. Lo hace, como un día lo hizo con nuestros primeros padres, mostrándonos como bueno y apetecible aquello que el Señor, a fin de que seamos felices, nos aconseja no hacer.

La tentación, en nuestra vida, es indispensable porque nos ayuda a ejercitar nuestra libertad. El Señor no desea que lo amemos a la fuerza, sino que quiere que lo hagamos de una manera libre y consciente.

Las tres tenciones a las que el demonio somete hoy al Señor Jesús, son las mismas que sufrieron nuestros padres cuando salieron de Egipto y se dirigieron a la Tierra Prometida. Son tres: en primer lugar, exigieron a Dios comida y agua. Hoy el maligno ha dicho al Señor: «¿Tienes hambre? ¿No eres el Hijo de Dios? Di, pues, que estas piedras se conviertan en panes».

En la segunda tentación, el Pueblo se niega a caminar por el desierto. No acepta la historia, el plan que Dios ha preparado para ellos. El maligno hace lo mismo con el Señor. Le invita a no aceptar su condición de aldeano de Nazaret, y a mostrar su condición de Dios, a fin de que la gente crea en él.

En la tercera tentación vemos al Pueblo que, harto de seguir a un Dios al que no pueden ver, un Dios al que no pueden manejar y llevar de un lugar a otro, se construyen un ídolo de plata y oro, proclamando que es él, el que los ha sacado de Egipto. El maligno tienta al Señor Jesús, mostrándole todas las naciones y sus riquezas, y prometiendo entregárselas si lo adora. Le invita, pues, a dar culto a los ídolos, al dinero, a las riquezas, al poder. La respuesta del Señor es tajante: «Sólo Dios merece ser adorado. Sólo a Él debemos dar culto».

También en nuestra vida somos tentados como el Pueblo o como el Señor. El maligno, sobre todo, nos invita a asegurarnos la vida. El alimento, el bienestar. La meta fundamental de todo hombre es alcanzar una situación económica holgada, pensando con ello vivir feliz y sin preocupaciones. La realidad es que para ser felices necesitamos algo más que tener nuestro estómago satisfecho. «No sólo de pan vive el hombre, dice el Señor, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Tampoco nosotros estamos de acuerdo con nuestra historia, con nuestra manera de ser, con nuestro físico, con nuestra situación familiar o de trabajo. Todos, si pudiéramos, cambiaríamos algo de nuestra vida. No somos conscientes de que el Señor nos da a cada uno aquello que es más conveniente para nuestra felicidad.

Finalmente, también nosotros, como el Pueblo, damos culto a los ídolos. Todos, consciente o inconscientemente, pedimos la vida al dinero. Es nuestro ídolo. Nadie concebiría una vida en la que no estuviera presente el dinero. Sin embargo, El Señor Jesús nos dice claramente en el Evangelio: «No podéis servir a Dios y al dinero»

 

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¿ACASO PUEDE UN CIEGO GUIAR A OTRO CIEGO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 4-7 * 1Cor 15, 54-58 * Lc 6, 39-45

Con este domingo damos por finalizada la primera parte del tiempo ordinario, ya que el próximo domingo, si Dios quiere, daremos comienzo a los domingos de Cuaresma.

En la vida cristiana es fundamental tener conocimiento de nuestra limitación y de nuestros fallos. Es muy fácil caer en la tentación de creernos superiores a los demás, y, por tanto, enjuiciar sus obras.

La presunción o el engreimiento, puede hacernos mucho daño a nosotros y también a aquellos que nos rodean. De ahí, que el Señor, en el evangelio quiera prevenirnos de ese mal cuando hoy nos dice: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?». Yo te digo ¿Quién te crees tú para ir dando consejos? ¿Acaso te consideras superior a los demás? Antes de erigirte en maestro será conveniente que tengas muy presente tus fallos, tus defectos, tu ignorancia.

A la hora de juzgar a los demás, será bueno considerar que podemos ver sus defectos porque los tenemos delante, mientras que los nuestros no podemos evaluarlos, porque los llevamos a la espalda como en una mochila. Por eso el Señor nos dice: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

El Señor sigue diciendo: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». El hombre, tú y yo, a causa del pecado original es un árbol dañado. Significa esto que el pecado de origen nos incapacita para dar frutos buenos. Dicho de otra manera, por más que nos esforcemos, sin la ayuda del Señor no podemos obrar el bien. El motor que mueve nuestros actos, aunque a veces no nos demos cuenta, es el egoísmo. Queremos, al precio que sea, alcanzar la felicidad. Es lo que nos pide el corazón.

Esta ansia de ser, de destacar, tiene como origen el hueco que ha dejado en nuestro corazón el amor de Dios a causa del pecado. Nada de lo que nos rodea, familia, dinero, sexo, poder, diversión, etc., puede dar satisfacción a nuestro corazón. Estamos condenados a vivir insatisfechos.

Para mejor comprensión ponemos un ejemplo. Imaginemos una bombilla que pueda razonar. Si está fabricada para que unida a la corriente eléctrica produzca luz, quedará frustrada si se le corta la corriente. Se convertirá en un objeto inservible, en un trasto. Eso mismo le ocurre al hombre. Dios lo ha creado con un corazón hecho para amar y para ser amado. Si en un momento dado se encuentra imposibilitado de amar, experimentará el fracaso y no encontrará sentido a la vida.

Esta es la situación del hombre después del pecado. Hemos cortado la corriente, el lazo de amor que nos unía a Dios, le hemos vuelto la espalda y ya no encontramos una razón por la que valga la pena vivir. Sin embargo, Dios, no se da por vencido. Él nos ha creado para una existencia feliz y no puede consentir que las fuerzas del mal se alcen victoriosas. Por eso, ha dispuesto realizar en nosotros una nueva creación. Lo ha hecho cancelando la deuda que por el pecado habíamos contraído con él. Ha sido el Señor Jesús el que con su sangre ha pagado nuestra factura y nos ha sacado del dominio de la muerte. Su Espíritu, dentro de nosotros, ha restaurado el lazo que nos unía a Dios, devolviendo el sentido a nuestra vida y llenando de nuevo nuestro corazón de su amor.