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DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«TÚ ERES EL MESÍAS, TU ERES EL HIJO DEL DIOS VIVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 * Rm 11, 33-36 * Mt 16, 13-20

Si siempre la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda y es como una lámpara que alumbra nuestra vida de fe, la que hoy nos propone la Iglesia, si prestamos atención, pondrá ante nosotros un tema que, como creyentes, quizá nunca nos hayamos planteado, pero que necesariamente tenemos que afrontar.

El Señor Jesús, de camino hacia Cesarea de Filipo, de momento se detiene y hace a sus discípulos la siguiente pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Las respuestas de los discípulos son de lo más variadas. Unos dicen que Juan Bta. que ha vuelto a la vida, otros que Elías o Jeremías o alguno de los profetas.

El Señor no busca precisamente saber lo que la gente opina sobre él, sino que lo que le interesa es poder plantear a los discípulos una pregunta cuya respuesta es para él muy importante. Por eso, sin hacer demasiado caso a las respuestas que le van dando, pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Seguramente esta pregunta les pilla desprevenidos. Ellos le siguen, escuchan su predicación y son testigos de los muchos milagros que realiza, pero, ¿quién es en verdad para ellos Jesús de Nazaret?

Pedro, siempre tan dispuesto, no duda en responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». El Señor, complacido por la respuesta de Pedro, le dice: «Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo».

Hemos dicho al principio que esta palabra era importante para nuestra vida, porque, hoy, el Señor, nos la formula a ti y a mí. Yo me pregunto, ¿alguna vez hemos pensado seriamente quién es Jesucristo en nuestra vida? Es posible que sólo seamos capaces de contestarla recurriendo a lo que de pequeños aprendimos en el Catecismo. Quizá digamos: Jesús es el Hijo de Dios. Pero yo pregunto ¿tenemos experiencia en nuestra vida de que esto sea así? ¿Para qué nos ha servido que Jesús sea el Hijo de Dios?

Muchos eran los que seguían a Jesús en su vida pública y fueron testigos de sus milagros, sin embargo, unos veían en él a un enviado de Dios, a un gran profeta, mientras que otros, viendo exactamente lo mismo, lo acusaban de endemoniado y falso profeta. La clave para entender esta diferencia nos la da el Señor Jesús cuando dice a Pedro: «Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». Yo me pregunto ¿tenemos dispuesto nuestro corazón para escuchar humildemente la voz del Padre, o por el contrario cerramos los oídos y nos dejamos llevar por nuestra razón? ¿Qué actitud adoptamos cuando se proclama la Palabra de Dios? ¿Somos tierra buena o por el contrario rechazamos todo aquello que no encaja con lo que nos dicta la razón?

Hoy, el Señor te ha preguntado: ¿Quién dices tú que soy yo? Él es el enviado del Padre para tu salvación. ¿Lo crees? Para creerlo, es necesario estar convencido de que necesitas que te salven. ¿Quieres saber de qué te han de salvar? Voy a ayudarte. Han de salvarte de tu soberbia, que te hace pensar que tú harías las cosas mejor que los demás. Han de salvarte de tu egoísmo que hace que en todo busques tu conveniencia. Han de salvarte de tu sexualidad descontrolada que te domina, aunque tú intentes disimularlo. Han de librarte de tu esclavitud al trabajo, a la familia, a la salud, al qué dirán, etc.

Si en todas estas circunstancias llegas a tener experiencia de que el Señor Jesús actúa en tu vida, que el Señor Jesús salva, entonces, sin duda, podrás decirle de verdad con Pedro: «Tú eres el Mesías, tú eres el Hijo del Dios vivo».


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

 

 CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

Cuando hacemos uso de la exresión "madre coraje", pensamos enseguida en una mujer decidida que ha plantado cara a todas las dificultades que se le han presentado, con tal de defender a sus hijos, sin amilanarse y poniendo incluso su vida en peligro.

 En el evangelio de hoy, muchos siglos antes de que se nombrara así a esta clase de madres, encontramos a una madre coraje. Se trata de una mujer cananea, y por tanto extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y ha tenido conocimiento de que Jesús, el profeta de Nazaret, está por el lugar. Lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y a nosotros nos resulta difícil ponerla en labios del Señor: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». (Perro es el nombre que los judíos empleaban cuando se referían a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios). La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje, no tiene vuelta de hoja. El Señor, admirado, le responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

Parecía imposible que el Señor atendiera a aquella madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, fiel a la respuesta que da al padre del endemoniado epiléptico en el evangelio de san Marcos, obra el milagro. En aquella ocasión dijo al padre: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree», y esta madre ha demostrado que tenía por completo puesta su fe en el Señor.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

Otra cosa que debemos aprender de esta madre es la insistencia en la petición. No hemos de temer hacernos demasiado pesados. Al Señor le gusta que insistamos, porque al insistir por una parte palpamos nuestra impotencia y por otra reconocemos su poder. Hoy lo ha hecho con esta madre y en otra ocasión lo hizo con el Ciego de Jericó. Con la oración insistente hacemos presente al Señor, la necesidad y el interés que tenemos en aquello que pedimos.

Al Señor le gusta que nosotros recurramos a él porque conoce nuestra limitación, y porque está puesto por el Padre como Señor de aquello que para nosotros es imposible, de aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. Hablando con lenguaje humano podemos decir, que él es feliz, cuando nos ve felices.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13a * Rm 9, 1-5 * Mt 14, 22-33 

El evangelio de hoy es continuación del que se proclamó el domingo pasado. Recordemos que se trataba de la multiplicación de los panes y los peces. El Señor Jesús, con sólo cinco panes y dos peces, dio de comer a unas cinco mil personas sin contar mujeres y niños.

Hoy, vemos en el evangelio que, después que la gente se ha saciado, el Señor apremia a sus discípulos a que embarquen y vayan a la otra orilla. Seguramente lo hace para evitarles la tentación del protagonismo. Es sólo Él, el que se queda para despedir a la gente. Luego sube al monte y permanece en oración hasta bien entrada la noche.

Mientras tanto, los discípulos, en la barca, lejos de tierra, no lo están pasando muy bien. El viento les es contrario y el mar está encrespado. De madrugada, el Señor Jesús se acerca a la barca caminando sobre el mar. Ellos, creyendo que se trata de un fantasma, empiezan a gritar de miedo. «¡Ánimo, no tengáis miedo, soy yo!», les dice el Señor Jesús.

Pedro, siempre tan impetuoso, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ira ti andando sobre el agua». Él le contesta: «Ven». Pedro no lo duda. Baja de la barca y empieza a caminar sobre el mar, pero viendo la fuerza del viento y las olas, se mira a sí mismo y empieza a hundirse. «Señor, sálvame» grita. Jesús se acerca, lo coge de la mano y le dice: «¡Que poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Estamos frente a un fragmento del evangelio que puede arrojar luz sobre nuestra vida, al dar respuesta a situaciones que no acabamos de entender. Veamos. Si somos sinceros y analizamos nuestra situación en este mundo, es posible que nos identifiquemos con los discípulos, bregando en la barca, de noche y encontrando en nuestra vida dificultades que somos incapaces de afrontar. Situaciones económicas y de trabajo. Problemas familiares que nos desbordan. Condicionamientos sociales que, a distintos niveles, nos impiden actuar según nuestro criterio y que, por tanto, en ciertas circunstancias nos esclavizan. No hablemos ya, de esas inclinaciones de tipo sexual o afectivo, que nos dominan y que con frecuencia hasta nos escandalizan. Nuestra vida se parece mucho a la barca zarandeada en la noche por el viento y el mar.

Uno de los significados que se han atribuido al mar, es ser signo de muerte. Recordemos a los israelitas frente al Mar Rojo incapaces de cruzarlo porque hacerlo significaba la muerte. También hoy los discípulos están en peligro de naufragio, o sea, en peligro de muerte. Sin embargo, en estas circunstancias es cuando aparece el Señor. Él camina por encima de la muerte y Él es también capaz de hacer caminar a Pedro por encima de las olas encrespadas. Solo es necesario cumplir una condición: caminar con los ojos puestos en el Señor. Es precisamente, lo que no ha sabido hacer Pedro. En vez de caminar mirando al Señor, ha mirado su realidad y por eso ha empezado a hundirse.

Tú y yo, caminamos por el mar encrespado de la vida. Si hacemos como Pedro y nos miramos el ombligo, o sea, nos fijamos en nuestras debilidades y pecados, en nuestra impotencia para obrar el bien, en nuestro egoísmo…, no habrá quien nos salve. Nos hundiremos. Sin embargo, si caminamos con los ojos puestos en el Señor, que nos conoce, nos ama y no nos reprocha nada, seremos capaces de caminar por encima de la muerte de cada día. Él nos ama en nuestra realidad y nunca nos exigirá lo que nosotros no podemos darle.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21          

En el evangelio de hoy vemos que Jesús al tener conocimiento de que Herodes ha ordenado decapitar a Juan el Bautista, afectado por la noticia, se embarca buscando un lugar tranquilo y apartado donde descansar. La gente al saberlo le sigue por tierra, de manera que, al desembarcar, el Señor se encuentra con un gran gentío que le espera.

La reacción del Señor al ver a la gente es, con toda seguridad, muy distinta a la que hubiéramos tenido nosotros. Es fácil que nosotros hubiéramos sentido fastidio al comprobar que ni siquiera podíamos disponer de unos momentos de descanso. Jesús, por el contrario, nos dice san Mateo, «al ver el gentío le dio lástima y curó a los enfermos». Comprendía la necesidad que tenían de escuchar su palabra y el cansancio que sentían por la caminata que habían llevado a cabo. Esa es la mirada del Señor cuando se fija en ti y en mí, cansados del camino y heridos por el pecado. Nunca tiene una mirada de reproche, al contrario, conoce nuestra situación. Sabe que los problemas de la vida a veces nos agobian, y está dispuesto a echarnos una mano. Nos mira con cariño.

Entre tanto, se ha hecho tarde. El día va de caída y el lugar en donde están dista bastante de las aldeas. Los discípulos, preocupados, dicen al Señor: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer». La respuesta del Señor les deja un tanto descolocados: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». «Sólo tenemos cinco panes y dos peces», responden. El Señor les dice: «Traédmelos».

El Señor Jesús hace que la gente se recueste sobre la hierba. Coge los cinco panes y los dos peces, pronuncia la bendición, los parte y los entrega sus discípulos para que los repartan entre la gente. Comieron todos hasta saciarse, dice el evangelio, y con los trozos sobrantes llenaron doce cestos. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

La situación que san Mateo nos narra en este evangelio, se repite hoy entre nosotros casi al pie de la letra. Si nos fijamos en la sociedad actual, en aquellos que nos rodean, comprobaremos que todos se afanan en buscar una vida mejor, en buscar una felicidad que no llega. Es hambre de ser felices lo que la gente siente, aunque, ni el dinero, ni la amistad, ni los afectos, ni el sexo, ni el trabajo o la familia, consigan llenar el corazón. Desconocen que lo único que puede saciarles, lo único que puede hacerles felices dándoles paz en el corazón, es el amor de Dios. Un amor distinto a todos. Un amor que no conoce exigencias. Un amor que perdona sin límite. Un amor dispuesto siempre a dar, aunque no reciba nada.

Tú y yo, discípulos de Jesucristo, elegidos por Él como colaboradores suyos, hemos de mirar con cariño a todos los que, por vivir alejados de Él, no encuentran sentido a su vida, no encuentran nada que sacie de verdad su corazón. El Señor nos llama a hacer llegar a todos el conocimiento de su amor. Hoy, como a los discípulos de entonces, nos dice: «dadles vosotros de comer». Decidles que existe un pan que sacia, un pan capaz de llenar los deseos de felicidad que todos sienten.

Es urgente que lo que nosotros, por gracia de Dios, hemos experimentado en mayor o menor grado, lo hagamos llegar a los demás.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO ESCONDIDO EN EL CAMPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 3 5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

El evangelio de hoy nos presenta las tres últimas Parábolas del Reino. La primera, el tesoro escondido en el campo, y la segunda la del comerciante en perlas finas, nos muestran a dos personajes que, al encontrar un objeto de gran valor, no dejan pasar la ocasión, y deshaciéndose de todos sus bienes, consiguen adquirir el valioso objeto.

En el primer caso se trata de un tesoro inmenso hallado en un campo, y el que lo encuentra no duda en vender todos sus bienes, con tal de poder adquirir aquel campo y entrar en posesión del tesoro.

En el segundo caso el protagonista es un mercader en perlas finas que, al descubrir una de un gran valor, sin pensarlo dos veces, vende cuanto tiene con tal de poder adquirir aquella la valiosa perla.

A través de estas dos parábolas el Señor nos invita a considerar nuestra vida de fe. Quizá tú pienses que no has sido tan afortunado como los personajes de estas dos parábolas. Ni has descubierto un tesoro escondido en el campo, ni has encontrado una perla de valor extraordinario.

Yo, sin embargo, me atrevo a preguntarte: ¿eres consciente del don que el Señor te ha dado gratuitamente a través de su Palabra? ¿Qué don, preguntas? Conocer el amor de Dios, el perdón de tus pecados, la misericordia divina y al final, una vida eterna e inmensamente feliz. ¿Lo has pensado alguna vez, o te pasa como a Esaú que no sabe valorar el don que tiene, y por un placer pasajero, un simple plato de lentejas, es capaz de renunciar a la primogenitura y a la bendición de Dios?

La felicidad que el mundo te ofrece es fugaz y a la vez falsa. Dinero, poder, sexo… nada de esto puede llenar por completo el corazón del hombre. Esforzarse por todos estos bienes, al final sólo produce hastío y desencanto, y lo peor, nos priva de libertad y nos esclaviza. Ya lo decía muy bien aquella vieja canción ranchera: “Todos queremos más”. Nunca nos encontramos saciados. Esto, que visto con ojos humanos parece una maldición, es, sin embargo, un don del Señor. Si las cosas del mundo fueran capaces de satisfacer a nuestro corazón, nunca buscaríamos al Señor.

Por el contrario, vivir con la certeza del amor de Dios que nos capacita para amarnos y perdonarnos, saber que después de un breve tiempo nos espera una vida eterna y feliz, nos empuja a considerar basura todo lo que nos ofrece el mundo. Ya lo dice el Cantar de los Cantares: «Dar por ese Amor todos los bienes de la casa, sería despreciarlo». Por eso, los protagonistas de las parábolas, no dudan en deshacerse de todos sus bienes, para adquirir el tesoro y la perla preciosa.

No seamos, por tanto, necios y no sigamos pidiendo la vida a las cosas materiales. No nos dejemos engañar. Recordemos las palabras de san Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti”.

La tercera parábola de hoy, la de la red, nos recuerda que estamos viviendo un tiempo de gracia. Vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, disfrutando del don de la libertad personal que el Señor nos ha dado y que nunca violentará. Pero, ciertamente, nuestro tiempo, el tuyo y el mío, un día terminará. Aprovechemos, pues, este tiempo, para que cuando finalice, seamos contados entre aquellos que se han acogido a la misericordia de Dios, y son contados entre los buenos.

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A...

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12,13.16-19 * Rm 8, 26-27 * Mt 13, 24-43

El Señor Jesús sigue hablando a las gentes mediante parábolas. Hoy son tres las que la Iglesia nos propone en el evangelio. La primera es la parábola de la cizaña. Esta parábola pone de manifiesto el antagonismo que desde el principio de los tiempos ha existido entre el bien y el mal.

Sabemos que antes de la creación del mundo, Dios, supremo bien, creó a los ángeles. Conocemos también por las Escrituras cómo un grupo de esos ángeles, capitaneado por Luzbel, se rebeló contra su Creador. Finalmente, conocemos también, cómo Miguel y sus ángeles entablaron batalla contra los rebeldes, les vencieron y les arrojaron del cielo.

Este enfrentamiento entre el bien y el mal, ha estado presente desde el principio en toda la historia de la salvación. El maligno, con su soberbia, ha intentado desde siempre hacer daño al Creador, sin conseguirlo. Por eso, no pudiendo atacarle personalmente, ha pretendido hacerle daño atacando al hombre que es la criatura predilecta de Dios.

Hoy, por una parte, vemos al sembrador, al Señor Jesús, sembrando buena semilla en el campo del mundo, y vemos también cómo el enemigo, por la noche, siembra en el campo la cizaña. Al crecer, empiezan a distinguirse las plantas de trigo y también las de cizaña, pero, como muestra de la paciencia de Dios y de su amor hacia el que se equivoca, no se arranca de inmediato la cizaña, sino que se deja que crezca junto con el trigo. Se trata de dar un tiempo de gracia, un tiempo que permita al pecador dar un giro a su vida, abriéndose a la misericordia de Dios y a su perdón.

¿Qué sería de nosotros si, cuando pecamos, cuando damos la espalda a Dios, él actuara de inmediato como lo hacen los hombres aplicando la justicia humana? Ninguno de nosotros alcanzaría la salvación. Por eso es necesario estar atentos continuamente porque no todo lo que encontramos en el mundo es trigo limpio. Necesitamos que el Señor nos conceda discernimiento para poder distinguir el bien de aquello que no lo es, a pesar de parecerlo.

Otra parábola del Señor Jesús es la del grano de mostaza. Se trata de una parábola que hace referencia directa a la Iglesia. La semilla de mostaza es una de las semillas más diminutas que podamos encontrar. Sin embargo, cuando se deposita en la tierra y germina, crece hasta convertirse en un arbusto más alto que las hortalizas, de manera que permite que los pájaros aniden en sus ramas.

Hemos dicho que esta parábola hace referencia a la Iglesia, que es el Reino de los cielos en el mundo, porque en el transcurso de la historia, el crecimiento que ha experimentado ha sido semejante al de la semilla de mostaza. Comenzó con doce pobres hombres, la mayoría pescadores, que no tenían una gran cultura, sino todo lo contrario, y que en los momentos difíciles abandonaron a su Maestro y se escondieron temerosos. Este material humano es que eligió el Señor Jesús para dar comienzo a su Iglesia, y fue la humildad, la pobreza y la sencillez de aquellos hombres, unida a la acción del Espíritu Santo en ellos, la que hizo que Iglesia se extendiera por todo el mundo como una mancha de aceite. Aquella semilla, ahora árbol frondoso, es la que hoy nos da cobijo a todos los creyentes.

Finalmente, una tercera parábola, la de la levadura, es la que pone de manifiesto la misión que Dios desea que llevemos a cabo los creyentes. Para hacer fermentar una gran masa de harina, sólo hace falta una pequeña cantidad de levadura. Esa levadura somos tú y yo, que somos muy poca cosa, pero que podemos ser capaces de hacer fermentar a una gran masa de personas, si dejamos que el Señor actúe en nuestras vidas. El mérito no será nuestro, será del Señor, pero nosotros habremos sido instrumento en sus manos para que su salvación alcance a todos los que nos rodean. Dejémonos, pues, llevar por Él, si lo hacemos seremos los primeros beneficiarios.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DICHOSOS VUESTROS OJOS PORQUE VEN Y VUESTROS OÍDOS PORQUE OYEN»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

La parábola del Sembrador que hoy se ha proclamado en el evangelio, pone en evidencia las distintas formas que adopta la gente ante el anuncio de la Buena Noticia.

El Señor, una vez más, para hacer más comprensible su predicación, recurre a las parábolas. En esta ocasión, la imagen que elige es la de un sembrador. Lo hace porque, para aquellos que le escuchan, la figura del sembrador es harto familiar. Todos conocen los trabajos del campo porque pertenecen a un pueblo de agricultores y pastores.

El Señor Jesús explica en la parábola, que no toda la semilla alcanza a caer en tierra fértil. El motivo es que, a diferencia de lo que hoy se hace con máquinas, el sistema de siembra utilizado entonces era el conocido como siembra a voleo, que consiste en coger un puñado de semillas y lanzarlas con la mayor destreza posible para que queden esparcidas uniformemente por el terreno de cultivo. El problema surge cuando se siembra cerca de zonas pedregosas próximas al camino o en los zarzales que limitan el campo, ya que involuntariamente parte de las semillas caen en estas zonas. Significa esto que, de toda la semilla esparcida, una buena parte cae en tierra fértil, otra sobre pedregal o en los zarzales y finalmente otra cae en el camino.

El Señor utiliza el símil entre la siembra del grano de trigo y la siembra de la Palabra de Dios, para hacernos comprender lo que de verdad nos sucede a nosotros cuando nos disponemos a escuchar la Buena Noticia del Evangelio. No todos adoptamos la misma actitud. Para unos la Palabra de Dios no se diferencia en nada de la palabra de los hombres. No son permeables a la Palabra y por lo tanto no penetra en su interior. Les ocurre exactamente como a la semilla que cae en el camino. No tiene ninguna opción de germinar y sólo sirve como alimento de las aves o para ser pisoteada por los caminantes.

A la semilla que cae en pedregal le sucede que es capaz de germinar aprovechando la poca humedad de que dispone, pero que acaba secándose porque esa humedad resulta insuficiente para crecer. En este grupo se encuentran aquellos que, al escuchar la Palabra reconocen en ella la verdad, pero se cansan, abandonan pronto y no son capaces de dar fruto.

El grano caído entre zarzas consigue crecer y se desarrolla considerablemente, pero los abrojos y las malas hierbas, finalmente, le impiden dar fruto. Esto mismo ocurre a aquellos que descubren en la Palabra la verdad, pero son tantas las preocupaciones sobre la salud, el dinero, el trabajo, la vida social, etc., que acaban sofocando a la Palabra y son incapaces de dar fruto.

La semilla caída en tierra fértil, que da fruto abundante, representa a aquellos que han descubierto en la Palabra la razón de ser de su vida. Para ellos todo lo demás es relativo, sólo la Palabra es capaz de dar sentido a su existencia, y como consecuencia el fruto que dan es muy abundante.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos ¿a qué grupo pertenezco? ¿Soy de los que la predicación les resbala o soy de los que escuchan, pero están demasiado preocupados por las cosas del mundo y no intentan vivir según el Evangelio? Si es así, no pierdas de vista que esa actitud embota el corazón, cierra los oídos e impide la conversión.

Pidamos humildemente al Señor su gracia, para ser conscientes de que lo que hoy el Señor nos regala muchos lo han deseado sin conseguirlo, mientras que, a ti y a mí, se nos da sin merecerlo.


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«VENID A MÍ LOS QUE ESTÁIS CANSADOS Y AGOBIADOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Zac 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

Santiago nos dice en su carta: «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes». ¿Por qué dirá esto el apóstol, podemos preguntarnos? La respuesta es muy sencilla. El corazón de Dios, que tiene entrañas de madre, se conmueve cuando el hombre, tú y yo, es consciente de su debilidad, de sus fallos, de su impotencia a la hora de obrar el bien. Dios sabe que nos ha dado un corazón que ansía continuamente ser feliz y sabe, también, que por más que nos esforcemos nunca llegaremos a alcanzar esa felicidad.

Hay dos caminos para salir de esta situación. Por una parte, podemos rebelarnos, endiosarnos y creer que esforzándonos podemos lograr la felicidad, es lo que hizo Lucifer alzándose en contra de Dios, y también Adán y Eva que quisieron igualarse a Él. Los habitantes de la tierra después del diluvio, intentaron también, por soberbia, perpetuar su nombre construyendo una torre que alcanzara al cielo. Unos y otros, así como los soberbios que a través de la historia han querido destacar y dominar por su esfuerzo, han fracasado estrepitosamente. Dios no permite que nadie le arrebate su gloria.

El otro camino para alcanzar la felicidad es el de la humildad. Es el de aquellos que, reconociendo su inutilidad, su impotencia y su pecado, se acogen a la misericordia de Dios.  A Dios se le ensancha el corazón cada vez que puestos en su presencia, somos conscientes de que nada bueno puede salir de nosotros. Por eso, hoy, en el evangelio, el Señor Jesús exclama: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Obrando así, Dios-Padre, ha querido manifestar que la obra de salvación la ha iniciado Él, la sostiene Él actualmente, y será Él el que por fin la llevará término. Nosotros no seremos nunca los protagonistas, seremos los beneficiarios de esa salvación. El Señor sólo nos pide que seamos dóciles a sus inspiraciones, que no opongamos resistencia, que le dejemos llevar adelante su obra en nosotros.

Si hoy te consideras pequeño, pobre, pecador, tienes que alegrarte, porque las palabras del Señor Jesús están dichas para ti. Él se complace viendo cómo el Padre obra maravillas en tu vida, sin que tu condición pecadora sea impedimento. Al contrario, si el Señor te ha elegido, es, precisamente, por tu pobreza y pequeñez, a fin de que no haya duda de que es Él, el que lleva adelante esta empresa.

El Señor Jesús sabe que tu vida y la mía es una lucha constante, una lucha con grandes agobios, muchos sufrimientos y muchas caídas. Sabe, también, que pesa sobre nosotros el yugo y la esclavitud al pecado y la muerte. Por eso viene en nuestra ayuda. Quiere ser nuestro Cirineo, quiere ayudarnos a llevar esa cruz que muchas veces nos aplasta. Por eso nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso».

Si es el Señor el que viene en nuestra ayuda, si es Él el que camina junto a nosotros, ¿qué debemos temer? ¿Quién nos hará temblar? Como dice san Pablo en su carta a los Romanos, «ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro…podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro».