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DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19,4-8 * Ef 4,30-5,2 * Jn 6,41-51

En el evangelio del domingo pasado el Señor Jesús decía a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Hoy, en el evangelio, estas palabras escandalizan profundamente a los que le escuchan, y más aún, cuando se atreve a afirmar: «Yo soy el pan bajado del cielo». La reacción es parecida a la de los habitantes de Nazaret cuando visitó su sinagoga. Dicen: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

La actitud de los judíos se entiende si tenemos en cuenta que la fe es un don, un regalo del Señor que no está al alcance de todos. Tener fe no depende de la voluntad o del esfuerzo del hombre. La fe es un don que Dios-Padre regala a aquellos que elige para una misión muy concreta: hacer llegar a todos la noticia de la salvación que ha otorgado a los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La voluntad de Dios-Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Se entienden ahora las palabras del Señor: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». En este sentido hay que entender también la frase del Señor cuando, en otra parte del Evangelio, afirma: «Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos». Muchos son los que escuchan la predicación, pero solo en unos pocos arraiga la semilla que un día dará fruto abundante.

La Buena Noticia es necesario recibirla desde una actitud humilde, desde un corazón sencillo que no desea pasar por la razón todo lo que escucha. Es una actitud totalmente opuesta a la que adoptan los judíos en este pasaje que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm. No ha sido suficiente para ellos ser testigos del signo, del milagro realizado por el Señor dando de comer con cinco panes y dos peces a más de cinco mil personas. Se dejan llevar por las apariencias y solo ven en el Señor Jesús al hijo del carpintero. Su orgullo les impide aceptar que aquel que tienen delante es el enviado de Dios para su salvación.

Es necesario estar con humildad a la escucha de lo que dice el Padre. Ciertamente, como dice el Señor, nadie ha visto al Padre, sin embargo, no necesitamos verle físicamente, sino que es suficiente tener los ojos abiertos ante sus obras. Con frecuencia en nuestra vida achacamos a la buena o mala suerte, acontecimientos a los que no encontramos explicación lógica. Somos reacios a admitir que el Señor actúa en nuestras vidas; por eso la realidad de la vida eterna está ausente en nuestro día a día. Es la consecuencia de nuestra falta de fe, de nuestra débil fe.

Descubrir esta realidad, esta falta de fe, no debe hacernos caer en desánimo. El Señor conoce nuestra debilidad, nuestra impotencia y aún a veces nuestra apatía. Por eso, al igual que un día alimentó a su pueblo con el maná, hoy, en este evangelio, nos promete alimentarnos con su propio cuerpo. Nos dice: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre».

Estas palabras del Señor van contra de toda lógica. Es imposible entenderlas desde la razón. Por eso en vez de intentar buscarles una explicación, debemos mirar a aquel que las pronuncia. Él es la Verdad, y todo lo que nos ha anunciado ha hallado cumplimiento. Tener fe consiste, precisamente en esto, en comprobar como cada una de las palabras del Señor se cumple en nuestra vida.     


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 16,2-4.12-15 * Ef 4,17.20-24 * Jn 6,24-35

El evangelio de este domingo es la continuación del que nos narraba la multiplicación de los panes y los peces llevada a cabo por el Señor Jesús. Con cinco panes y un par de peces, había dado de comer a cinco mil hombres, y también a todas las mujeres y niños que le seguían. Después de realizar este milagro, el evangelista nos decía que, para evitar que quisieran llevárselo para proclamarlo rey, el Señor se había retirado al monte.

Hoy, nos lo encontramos en Cafarnaúm en donde la gente, extrañada, le pregunta: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». La respuesta del Señor es tajante: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna».

Llegados a este punto podemos detenernos un instante. Tú y yo decimos que somos discípulos del Señor. Como aquellos de su tiempo también nosotros vamos siguiendo sus huellas. Sería por eso importante que nos detuviéramos un momento para hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué sigo yo al Señor? ¿Qué beneficio pretendo obtener con este seguimiento? Estas preguntas pueden parecernos obvias, sin embargo, en la respuesta que demos está la clave de nuestra felicidad y el sentido último de nuestra vida.

Al Señor se le puede seguir por inercia, por temor, o por haber descubierto que caminar con Él es la mejor forma para vivir esta vida. Le siguen por inercia aquellos que están en la Iglesia por costumbre, porque lo recibieron de sus padres y nunca se han planteado cambiar en este aspecto. Son católicos, van a misa y comulgan, pero solo confiesan en raras ocasiones. Por lo general sus creencias influyen poco en su manera de actuar en la vida.

Los que le siguen por temor están obsesionados por su salvación. Temen condenarse. Han recibido una formación muy estricta, que les oprime a modo de corsé. No han descubierto en Dios al Padre que ama y perdona sin medida. En su vida de fe no aparece la alegría. Suelen ser exigentes consigo mismo y con los demás. Muchos acaban abandonando la Iglesia y poniéndose en contra de ella.

Finalmente están los que, reconociendo su pequeñez, su condición de pecadores, su impotencia para obrar el bien, han descubierto en Dios al Padre que los ama sin condiciones. Al Padre que nunca exige, que es paciente, que respeta su libertad y que no pide explicaciones cuando después de haber obrado mal, vuelven su rostro hacia Él. Han conocido a Dios por medio de Jesucristo y comprueban que con Él la vida tiene razón de ser y que merece vivirse.

Siguiendo con el evangelio vemos que el Señor ha dicho a los judíos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre». ¿Cuál es ese alimento, podemos preguntarnos? Los hebreos comieron en el desierto el maná: «Pan del cielo les dio a comer» dice la Escritura, pero a ¿qué pan se refiere ahora el Señor? Él mismo nos lo aclara: «Es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo. Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan». A lo que el Señor responde: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.


SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

«EL QUE QUIERA SER PRIMERO ENTRE VOSOTROS, QUE SEA VUESTRO ESCLAVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 11, 19-21;12,1-2.24 * 2Cor 4, 7-15 * Mt 20,20-28

Con frecuencia nos hemos referido a las expectativas que tenían los apóstoles, sobre el reino que iba a instaurar el Mesías. Ellos esperaban un reino temporal que les librara de la opresión romana y devolviera a Israel su antiguo esplendor.

No es de extrañar, por tanto, que, siendo amigos y colaboradores del Mesías, esperaran recibir cargos de gran responsabilidad y relevancia en el futuro gobierno. El evangelio de hoy demuestra a las claras lo que acabamos de afirmar. La madre de los Zebedeos, Santiago y Juan, se postra ante el Señor para hacerle un ruego. Sólo pretende que sus hijos se sienten en el futuro reino uno a la derecha y el otro a la izquierda del Señor. Dicho de otro modo, pretende que sus hijos ocupen los dos lugares de mayor importancia dentro del Reino.

Ante tamaña pretensión, el Señor solo responde: “No sabéis lo que pedís. ¿Seréis capaces de beber el cáliz que yo voy a beber?” ¿Qué cáliz es el que el Señor va a beber? Es el cáliz de la entrega total. De la negación de sí mismo en favor de cada uno de nosotros. Y, cuando llegue ese momento, ¿a quién tendrá a su lado? ¿Quién compartirá su trono? Si nos fijamos, cuando Jesús empieza a reinar, que según san Juan lo hace desde la Cruz, a su derecha y a su izquierda, se encuentran dos condenados que sufren su mismo suplicio. Estar al lado de Jesús, significa participar con él de su pasión, de su muerte y cómo no, de su resurrección. “Quien quiera ser mi discípulo, dirá en otro lugar, cargue con su cruz y sígame”.

El verdadero discípulo, no busca honores e ínfulas. El verdadero discípulo es aquel que está dispuesto a perder su vida, a entregarla en beneficio de los demás. Esto es lo que el Señor explica al resto de los apóstoles cuando, indignados por la pretensión de los Zebedeos, demuestran su disconformidad.

En el mundo los jefes de los pueblos, los que los gobiernan, los tiranizan y oprimen. “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”. Siguiendo las huellas dejadas por el Maestro, el discípulo, tu yo, ha sido llamado a servir y no a ser servido por los demás.

En la Iglesia ocurre o debe ocurrir todo lo contrario de lo que sucede en el mundo. En el mundo los jefes buscan dominar sobre los demás. Buscan el respeto y la consideración de los otros. El corazón del hombre, falto del amor de Dios, experimenta un deseo incontrolado de ser, de destacar a toda costa. De que los demás le quieran y le respeten. No entra en sus planes servir a los demás, sino más bien servirse de los demás.

Esta misión del cristiano la ha resumido muy bien el Papa, cuando, refiriéndose a los presbíteros, ha advertido que su ministerio no ha de servir de peldaño para promocionar en el escalafón dentro de la Jerarquía, sino más bien, ha de ser un lugar privilegiado para entregarse por completo al servicio de las ovejas que el Señor les ha confiado. También tú y yo, miembros del Cuerpo de Cristo, estamos llamados a vivir unidos a Él, y a servir con Él a los que nos rodean. ¿Preguntas por la paga?: la Vida Eterna.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15

Aunque durante el presente ciclo litúrgico las palabras para la misa están tomadas del evangelio según san Marcos, dejaremos durante unos domingos este evangelio para escuchar pasajes del evangelio según san Juan.

En la palabra de hoy san Juan nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que lo acompaña a todas partes.

Jesús atraviesa el lago, llega a la otra orilla, y tiene ante sí a un enorme gentío que le sigue atraído por sus enseñanzas y por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Se repite la situación que nos ha narrado la primera palabra. El criado pregunta al profeta Eliseo: «¿Qué hago yo con esto?, veinte panes de cebada, ¿para dar de comer a cien personas?». Hoy, en el pasaje que nos narra san Juan, el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces y hace lo mismo que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que los repartan entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo da de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor con solo cinco, alimenta a cinco mil sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que quieren y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio no tienen la menor duda de que éste es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, en el que el Señor da alimento material y sacia el hambre física de estos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos los hombres. Si estos panes han servido de comida a estas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos los hombres, también nosotros, experimentamos cada día.

Será durante los evangelios de las próximas semanas cuando el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y le proporciona la vida eterna.

Para terminar, diremos que hay un detalle en el evangelio de hoy que no podemos pasar por alto. Después que las gentes comen y se sacian el Señor Jesús dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra de Dios, a todas las gentes del mundo.

Nosotros no estuvimos presentes en la multiplicación de los panes y de los peces, pero también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna. Además, hoy ocupamos el lugar de aquellos discípulos, y somos nosotros los encargados de hacer llegar el alimento de la Palabra de Dios a los que nos rodean. 

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Y SE PUSO A ENSEÑARLES CON CALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 23,1-6 * Ef 2,13-18 * Mc 6,30-34

El evangelio de este domingo es un breve fragmento sacado del evangelio escrito por san Marcos, que es el que estamos siguiendo en el presente ciclo B de la liturgia.

Los apóstoles regresan junto a Jesús una vez terminada la misión que el Señor les ha encomendado, de anunciar la conversión a las gentes. Vienen cansados, agotados, pero contentos. Han sido testigos de cómo los espíritus inmundos se sometían ante su palabra, y de cómo por la imposición de sus manos, devolvían la salud a los enfermos. Están ansiosos por contar al Señor sus experiencias.

El Señor Jesús les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Lo hace así porque, eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se hacen a la mar buscando un sitio tranquilo y apartado, en donde, con mayor intimidad, poder hablar tranquilamente y descansar. Sin embargo, las gentes, adivinando cuál era su intención, se les adelantan, de manera que al desembarcar se encuentran con una gran multitud que les está esperando.

Sin duda, si esto nos hubiera ocurrido a nosotros nos hubiéramos contrariado al comprobar que no teníamos ni derecho al descanso. Pero la reacción del Señor fue muy distinta. San Marcos nos dice: «Jesús al ver a la multitud tuvo lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma».

Esta frase tiene la virtud de mostrarnos de manera fehaciente el interior del corazón del Señor. Jesús vio, que de la misma manera que las ovejas necesitan la presencia continua del pastor, aquellos que iban tras él necesitaban también su presencia, su palabra, sus cuidados. Por eso, su corazón misericordioso no pudo resistirse y, dejando de lado el descanso merecido, se puso a enseñarles con calma.

También tú y yo andamos muchas veces vagando sin sentido en la vida. Buscamos una felicidad que nadie es capaz de darnos y, quizá, vamos en pos de falsos pastores que son incapaces de saciar los deseos del corazón. En esas circunstancias los ojos del Señor también sienten lástima de nosotros, y su corazón misericordioso se apresta a ayudarnos mostrándonos el camino verdadero.

Resulta consolador saber que la mirada del Señor es siempre para nosotros, una mirada cariñosa, una mirada comprensiva, que nunca exige ni reprende, porque conoce de antemano nuestra debilidad, nuestra pobreza. Conoce también la facilidad con la que nos dejamos engañar por el maligno. Por eso, como en este pasaje, quiere quedarse con nosotros una y otra vez, para, con calma y mucha paciencia, hablarnos al corazón dándonos a conocer hasta qué punto nos ama.

No seamos reacios a sus cuidados. Dejémonos llevar por Él. Sólo Él tiene palabras de vida y es el único que, viendo nuestra debilidad y nuestros pecados, no se escandaliza de nosotros, y nos ama en nuestra realidad sin exigirnos nada a cambio.




DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ELLOS SALIERON A PREDICAR LA CONVERSIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7,12-15 * Ef 1,13-14 * Mc 6,7-13

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que envía a los Doce de dos en dos, a anunciar el Evangelio. Los envía con poder, con autoridad, sobre los espíritus inmundos. Quiere que su equipaje sea lo más ligero posible. Por eso les encarga que no lleven pan, ni alforja, ni dinero, ni una túnica de repuesto. Sólo un bastón y unas sandalias.  De este modo, serán totalmente libres y no tendrán nada que defender.

La misión de los discípulos será, fundamentalmente, llevar la buena noticia del evangelio a todas las gentes. Esta buena noticia trae consigo la paz. Por eso los discípulos serán portadores de paz. Esta paz es la que proporciona tener conocimiento del amor de un Dios que es Padre, y que ama sin distinción a todos los hombres. Un Dios que, estando al corriente de la pobreza y debilidad del hombre, no se acerca a él con exigencias, sino todo lo contrario, lo que desea es que tenga conocimiento de su amor y su perdón, por encima de cualquier pecado por grave o enorme que sea.

El Señor da a sus discípulos autoridad sobre los espíritus inmundos. Nosotros, podemos preguntarnos porqué. La respuesta es sencilla. El maligno, enemigo acérrimo de Dios, tiene como objetivo enemistar al hombre, a ti y a mí, con su Creador, sembrando en el corazón la duda sobre el amor de Dios, cuando, por nuestra debilidad caemos en el pecado. Lo hace de una manera sutil, para que al comprobar que lo que hacemos nos es conforme a la voluntad de Dios, nos escandalicemos de nosotros mismos, poniendo en duda que merezcamos ser perdonados por el Señor.

Este envío a la misión que el Señor Jesús hace a sus discípulos, se actualiza en cada generación, porque a cada generación es necesario hacer llegar la noticia, la Buena Nueva, de la salvación que el Señor Jesús con su Pasión, ha ganado para todos los hombres. Hoy, somos nosotros, tú y yo, que nos llamamos discípulos de Jesús, los que recibimos el encargo. De nosotros depende que los que se relacionan contigo y conmigo, familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo o de estudio, etc., se enteren de que Dios-Padre los ama con locura, y que desea para ellos una vida y una felicidad eternas. Necesitan saber que ese amor es de tal magnitud, que el Señor no ha tenido inconveniente de entregar a su Hijo a una muerte horrorosa, para que todos, también tú y yo, nos veamos libres del pecado que cada día engendra en nosotros la muerte.

También nosotros, como los primeros discípulos, somos portadores de paz. Una paz muy diferente a la que da el mundo, porque es una paz que nace del corazón del hombre, al sentirse amado y perdonado por Dios.

Ciertamente, si nos miramos a nosotros mismos, veremos que somos pobres siervos cargados de defectos sin ningún merecimiento por nuestra parte. Sin embargo, como el Señor gusta escoger a los pequeños, a los que no valen, para confundir a los que valen, se ha complacido en nosotros dejando en nuestras manos una misión tan grande.

Agradezcamos al Señor su dignación, y pidámosle la ayuda del Espíritu Santo, para cumplir fielmente la misión para la que nos ha elegido.   


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2,2-5 * 2Co 12,7-10 * Mc 6,1-6

Hoy vemos en el trozo del evangelio de san Marcos, la actitud de los habitantes de Nazaret ante las palabras del Señor Jesús. Ponen de manifiesto su mala voluntad, porque en vez de estar pendientes del contenido de la predicación, sin importar quién la lleva a cabo, lo primero en que se fijan es en la persona del Señor. «¿No es éste, el carpintero, el hijo de María…? ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? Y desconfiaban de él».

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es la misma que presentaba el pueblo de Israel en la palabra que se ha proclamado del profeta Ezequiel. El Señor dice de ellos: «Son rebeldes, testarudos y obstinados». Sin embargo, no los abandona a su suerte. Los llama a conversión a través de la predicación del profeta, aunque sabe de antemano que no lo van a escuchar. Le dice a Ezequiel: «Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos». Dicho de otra manera, sabrán que yo, a pesar de su tozudez y su pecado, les he enviado la palabra de salvación que necesitan.

Esta actitud del pueblo también ha sido frecuente dentro de la Iglesia. Recuerdo que, en mi infancia y juventud, cuando la vivencia religiosa era mucho más fuerte que ahora, existía la costumbre en acontecimientos importantes, como fiestas patronales, sermones de Cuaresma, etc., de llamar a predicadores relevantes para que fueran ellos los que se encargaran de, como se decía entonces, ocupar la sagrada cátedra. Dicho de otra manera, predicar a los fieles.

En aquellas ocasiones el contenido del sermón era importante, pero no tanto como la persona que lo llevaba a cabo. Los fieles, no adoptaban una actitud tan radical como la del pueblo de Israel, pero, sin embargo, quizá sin ser conscientes, se dejaban llevar por la personalidad del predicador, en detrimento del contenido del sermón. Vemos pues que la historia se repite. También nosotros tenemos que estar alerta, para no caer en el mismo pecado. Es necesario valorar más el mensaje, que al mensajero que lo trae.

En toda la historia de salvación, Dios ha elegido siempre a gente sencilla y humilde, para poner en sus manos la salvación del pueblo. Lo hizo con Abraham, un pastor nómada sin hijos; con David, el último de los hijos de Jesé, que nadie tenía en cuenta porque estaba cuidando el rebaño. Volvió a hacerlo al elegir a los apóstoles, sencillos pescadores o cobradores de impuestos. Él mismo, se despojó de su rango, de su categoría de Dios, para hacerse uno de nosotros y nacer en un establo, porque nadie quiso acogerlo en su casa.

Cuando nos llamó a nosotros, tampoco buscó a sabios y entendidos, sino que eligió a lo que no vale, para confundir a lo que vale. De modo que, a través de nuestras obras, mostráramos a los que nos contemplan, lo que puede hacer su gracia y su poder, en aquellos que no tienen nada de qué presumir. Todo para que no quedara ninguna duda sobre quién realizaba la obra, y quedara patente que era cosa personal de Dios.

El Señor nos llama pues, en este evangelio, a no dejarnos llevar por las apariencias y a contemplar con los ojos de la fe, las maravillas que Él obra en aquellos que nos envía, y que, probablemente, valen poco a los ojos de los hombres. Tenemos que valorar más el mensaje, que al mensajero que nos lo trae.


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1,13-15 * 2Cor 8,7-9.13-15 * Mc 5,21-43

La semana pasada veíamos a los discípulos atravesando un mar embravecido en medio de una tremenda tempestad, que se calma obediente a la voz del Señor.

Cuando llegan a la orilla una gran multitud les espera dispuesta a escuchar al Maestro. De pronto, llega uno de los jefes de la sinagoga llamado Jairo que, echándose a los pies de Jesús, le ruega que cure a su hija gravemente enferma.

El Señor accede a acompañarle y se pone en camino. En el trayecto, una mujer que desde hacía doce años sufría pérdidas de sangre, se acerca a Jesús con el convencimiento de que, si llega a tocar por lo menos el borde de su manto, quedará sana. Consigue hacerlo y experimenta cómo de repente, recobra por completo la salud.

  EL Señor se detiene y pregunta: «¿Quién me ha tocado?». Los discípulos, extrañados, porque la multitud casi lo lleva en volandas, no acaban de comprender la pregunta. Ante su insistencia, la mujer, asustada y temblorosa, cuenta al Señor lo ocurrido. Éste, por toda respuesta le dice: «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz, libre ya de tu enfermedad».

        En esto llegan algunos de casa del jefe de la sinagoga que le dicen: «Tu hija ha muerto. No molestes ya al maestro». Pero Jesús, sin hacer caso de ellos, dice al jefe de la sinagoga: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta».

     Llegados a la casa y después de hacer salir a los que lloran y se lamentan, acompañado de Pedro, Santiago, Juan y los padres de la niña, coge a ésta de la mano mientras le ordena: «Muchacha, yo te digo: ¡Levántate!». Al momento la niña se incorpora y el Señor la entrega sana a sus padres.

        A través del acontecimiento de la curación de la hemorroísa, el Señor nos llama a conversión a aquellos que desde siempre hemos estado en la Iglesia, quizá porque así nos educaron nuestros padres. En el evangelio de hoy sucede que junto al Señor Jesús hay muchos que lo tocan y están cercanos a él, pero sólo una mujer que se acerca con fe, convencida de su poder, queda curada. Con nosotros puede ocurrir lo mismo. Muchos asistimos a la Eucaristía y comulgamos con el Cuerpo del Señor, pero, ¿creemos sinceramente que Jesús es el Señor y que tiene poder para curarnos, o lo seguimos por inercia sin mucho convencimiento? ¿Cuál es tu actitud?

       En nuestra vida, como Jairo, nos encontraremos también ante acontecimientos de muerte que no seremos capaces de superar. Como entonces, el Señor viene en nuestra ayuda y nos dice: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta». Si lo haces así, también escucharás las palabras de Jesús: «¡Levántate!». ¡Sal de ese vicio¡! No te hundas en la depresión¡! Perdona a tu enemigo que yo estoy contigo ¡

       Acude a Él porque, yo te aseguro que, como la hemorroísa o como Jairo, serás testigo de la obra y el poder del Señor en tu vida.