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DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -B-

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR -B-

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1,1-11 * Ef 1, 17-23 * Mc 16,15-20             

Celebramos este domingo la solemnidad de la Ascensión del Señor, que tuvo lugar a los cuarenta días de la Resurrección. Lo tendríamos que haber celebrado el pasado jueves, pero, por ser un día laborable, la Iglesia traslada la celebración de esta solemnidad al séptimo domingo de Pascua.

Con el acontecimiento de la Ascensión, el Señor Jesús da por finalizada la misión que el Padre le ha encomendado en este mundo. Salió del Padre y vuelve al Padre. De ahora en adelante serán sus discípulos, tú y yo, los encargados de proclamar la Buena Nueva a toda la creación. Así lo deja establecido hoy cuando les dice: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado».

San Marcos continúa diciendo: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». 

Hay varias consideraciones a tener en cuenta en este pasaje que afectan a nuestra vida de fe. En primer lugar, si de veras nos consideramos discípulos del Señor, tenemos que ser conscientes de que somos nosotros los que hoy, recibimos el encargo de anunciar a todos los que nos rodean la Buena Noticia. ¿Cuál es esa Buena Noticia que el mundo desconoce? Es necesario dar a conocer a todos los que cada día entren en contacto con nosotros, el amor sin mesura que Dios-Padre siente por cada una de sus criaturas, y el perdón de los pecados que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, que nos libra de toda condenación.

El Señor ha dicho: «el que se resista a creer, será condenado». Es necesario entender bien esta frase. Para eso, hemos de tener en cuenta que nadie, absolutamente, se condena por voluntad de Dios. Sólo se condenan aquellos que, voluntariamente, y haciendo uso de su libertad, rechazan las salvación que Dios-Padre les ha otorgado a través de Jesucristo.

Hay otra frase que merece también nuestra atención. El evangelista dice que «El Señor Jesús… ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». ¿Qué significa la expresión estar sentado a la derecha de Dios? Estar sentado a la derecha significa haber recibido todo poder. Dicho de otra manera: ser constituido Señor. Señor de cielo y tierra, y Señor de todo Principado y de toda Potestad. Señor, también, de todo lo que a ti y a mí nos esclaviza y nos hace sufrir. Señor de nuestro egoísmo que nos impide amar al otro sin poner condiciones. Señor de nuestra sexualidad desordenada que nos hace ser esclavos de nuestro cuerpo. Señor de esos vicios ocultos que nos hacen la vida imposible. Señor de todo tipo de carencia, ya sea de salud, de carácter económico, de trabajo, etc. Él, en todo esto es el Señor. Es el que, como a Pedro, puede salvarnos de las aguas cuando estamos a punto de ahogarnos. Ha subido al cielo, pero, como dijo en otra ocasión, permanece a nuestro lado para ayudarnos en todo aquello que supera nuestras fuerzas. Sólo espera que pongamos nuestra confianza en Él, y lo invoquemos con fuerza. Si lo hacemos así, con toda seguridad, no fallará.

Finalmente, esta solemnidad de la Ascensión nos hace presente lo que el Señor ha dispuesto para cada uno de nosotros. Somos seres creados por Dios no para una vida terrena, sino para una vida eterna. En este mundo sólo estamos de paso. Formamos parte de un cuerpo que tiene su Cabeza en el cielo. Y de la misma manera que en el nacimiento de un niño, en cuanto asoma la cabeza todo el cuerpo es arrastrado al exterior, también nosotros, siguiendo a nuestra Cabeza, seremos introducidos en el cielo.


DOMINGO VI DE PASCUA -B-

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

«ESTO OS MANDO: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10,25-26.34-35.44-48 * 1Jn 4,7-10 * Jn 15,9-17

En el evangelio de san Juan, a los capítulos 14 al 17 se los conoce como el Discurso de Despedida, ya que faltan sólo unas horas para que dé comienzo la Pasión, y el Señor habla a los suyos queriendo dejarles como su testamento. El fragmento del evangelio que se proclama hoy, pertenece a este discurso.

El Señor sabe que está próxima su partida, y tiene la necesidad de dar a sus discípulos las últimas instrucciones o recomendaciones. El discurso es muy denso y tiene un gran contenido. Son muchas las cosas que el Señor desea decirles antes de partir. Son tantas que hasta llega a decirles: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello».

¿Cuál es el deseo más ferviente del Señor? Que sus discípulos se amen unos a otros como Él los ha amado. Así lo expresa hoy cuando les dice: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado». ¿Por qué este interés, podemos preguntarnos? La respuesta es muy sencilla. El fin último del hombre, el tuyo y el mío, el único que puede llenar por completo la vida, es el encuentro personal con el Señor. Si la Escritura dice que a Dios nadie lo ha visto jamás, ¿cómo podremos descubrir al Señor?

Dice san Juan: Dios es amor, y donde está el amor allí está Dios. No cabe duda, pues, que allí donde se manifieste el amor estará el Señor. Por tanto, si la misión a la que nos llama el Señor es hacerle presente en cada generación, allí en donde se dé el amor entre los discípulos, aparecerá el Señor. Por supuesto, que no estamos hablando del amor humano. El amor del que nos habla el Señor es el mismo con el que Él ha amado a los suyos. Y ¿cómo los ha amado? Con una entrega total, sin límites, san Juan dirá, hasta el extremo.

El amor del que nos habla el Señor es totalmente desconocido para el mundo. Es el mismo amor que une al Padre con el Hijo y con el Espíritu Santo. Es la misma esencia de Dios. Quiere decir esto, utilizando una expresión humana, que la materia de la que está hecho Dios, es el amor. Por eso el mandato del Señor es: «Que os améis unos a otros. Esta será la señal de que sois mis discípulos».

Amar en esta dimensión es totalmente imposible para nosotros. De ahí que el Señor derrame sobre nosotros su Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo el encargado de morar en nuestro interior para capacitarnos a amar en la misma dimensión en la que el Señor Jesús nos ha amado. Es Él el que nos ha elegido para realizar en nosotros esta obra admirable. Lo dice hoy en el evangelio: «No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure».

Somos muy afortunados. Tú y yo, pecadores, sin ningún merecimiento, hemos sido elegidos por el Señor Jesús para ser miembros activos en el plan de salvación que Dios-Padre ha diseñado para todos los hombres. Somos instrumentos en sus manos y a la vez los primeros beneficiarios. Lo único que nos pide es que seamos dóciles, que, como la arcilla en manos del alfarero, nos dejemos modelar. La obra es suya, y será Él el que la lleve a término.


 


DOMINGO V DE PASCUA -B-

DOMINGO V DE PASCUA  -B-

«SIN MÍ NO PODÉIS HACER NADA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 9,26-31 * 1Jn 3,18-24 * Jn 15,1-8

En el evangelio de la semana pasada, el Señor se nos mostraba como el Buen Pastor que cuida con mimo a cada una de sus ovejas y corderos. Hoy utiliza una figura que también para sus oyentes es muy familiar. Hoy nos dice: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto».

Si la semana pasada decíamos que a nosotros nos correspondía ser las ovejas del rebaño del Señor, hoy, nos corresponde ser los sarmientos de la vid. El sarmiento o rama de la vid, es la zona en la que aparecen los frutos, los racimos. No cabe duda de que para que en un sarmiento aparezcan los frutos, es indispensable que se mantenga unido al tronco de la vid. Esto es lo que afirma el Señor cuando nos dice: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí».

En las dos situaciones lo fundamental para nosotros es vivir unidos al Señor Jesús, ya sea como ovejas que buscan la proximidad del pastor para recibir de él sus cuidados, o ya como sarmientos que, deseando dar fruto, viven unidos al tronco de la vid.

Lo que es cierto es que en nuestra vida en general, y mucho más en nuestra vida de fe, no podemos actuar por nuestra cuenta como francotiradores. Lo expresa de una manera muy rotunda, hoy, el Señor cuando afirma: «Sin mí no podéis hacer nada». Queda claro, pues, que todo lo que hagamos separados del Señor, separados de la vid, está condenado al fracaso.

El Señor al principio del evangelio ha dicho: «Yo soy la vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto». ¿Qué significa que el Padre poda al sarmiento para que dé más fruto? ¿Cómo lo poda, podemos preguntarnos?

La poda, representa para el árbol una experiencia traumática. Le son cortadas ramas que le pertenecen. Sin embargo, este sufrimiento pasajero tiene como consecuencia un mejor desarrollo. Crece con mayor fuerza, se hace más frondoso, y a la hora de dar frutos, los da con mayor abundancia y de mejor calidad.

Nuestra naturaleza, dañada por el pecado, está inclinada hacia el mal. Sabemos lo que es bueno, como dice san Pablo, pero somos incapaces de llevarlo a la práctica. Somos como el árbol joven que necesita un tutor para crecer recto. Nosotros necesitamos que alguien nos indique el camino, y que nos corrija cuando erramos. Eso es lo que hace el Padre cuando permite en nuestra vida acontecimientos que no son de nuestro agrado. Nos pone ante nuestra limitación. Nos hace ver la necesidad que tenemos de su ayuda. De la misma manera que el podador busca el bien del árbol, el Señor, con la corrección, con la poda, nos ayuda también a dar mejores frutos, frutos de vida eterna.

La corrección, la poda, no es algo agradable, a nadie nos gusta que nos corrijan porque somos orgullosos, pero si el Señor lo hace es porque nos quiere. Obra así por amor. Ya lo dice la Palabra: «Yo a quien amo, corrijo y reprendo». Por nuestra parte, hemos de aceptar esa poda, esa corrección, ya que viene en nuestra ayuda. Dice la Carta a los Hebreos que el Señor nos corrige porque somos sus hijos, si no lo hiciera sería porque nos consideraría bastardos.


DOMINGO IV DE PASCUA -B-

DOMINGO IV DE PASCUA  -B-

«YO SOY EL BUEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4,8-12 * 1Jn 3,1-2 * Jn 10,11-18

Hoy la Iglesia nos muestra en el evangelio una figura del Señor Jesús muy entrañable. Nos lo muestra como al Buen Pastor. Así era como gustaba presentarse el Señor en muchas ocasiones ante aquellos que lo escuchaban. Sin embargo, lo único que hacía era hacer suya una figura, la del pastor, que ya se aplicaba a Dios en el Antiguo Testamento. Recordemos lo que dice el salmo 80: «Pastor de Israel escucha, tú que guías a José como a un rebaño… despierta tu poder y ven a salvarnos».

Podemos preguntarnos: ¿por qué razón la Escritura atribuye a Dios esta figura y el Señor Jesús la hace suya también en el Evangelio? La respuesta es muy sencilla. El Pueblo de Israel, en sus orígenes, estaba formado por pastores, como Abraham, que llevaban sus rebaños de un lugar a otro buscando los mejores pastos. Por eso, para aquellos a los que se dirige el Señor, la figura del pastor es, pues, muy familiar. Ellos están al corriente del comportamiento del pastor. Saben que conoce a cada una de las ovejas por su nombre, y que conoce también su carácter y sus caprichos. Saben, así mismo, que el amor del pastor por las ovejas, llega al extremo de exponer su vida para defenderlas ante los ataque del lobo o de otras fieras del campo.

En compensación a los cuidados del pastor, es de notar la respuesta que las ovejas dan a todos sus cuidados. Son dóciles, obedientes y atienden a su voz, cosa que no hacen con la voz de un extraño.

Hoy, en el evangelio de san Juan, el señor Jesús se presenta ante los fariseos como el Buen Pastor. Un pastor dispuesto a dar su vida por las ovejas. Un pastor que, a diferencia del pastor asalariado, no abandona al rebaño cuando ve venir al lobo. Un pastor, dice El Señor, que conoce a sus ovejas, y que ellas, a su vez, lo conocen. Un pastor, en fin, que se entrega por completo al rebaño, hasta el punto de llegar a dar su vida por las ovejas.

A nosotros, que nos llamamos discípulos del Señor, nos corresponde ocupar el lugar de las ovejas. Somos las ovejas del rebaño del Señor. Esto significa que somos objeto preferente de sus cuidados. Que para él no somos un número más del rebaño, sino que nos conoce a cada uno por nuestro propio nombre. Él ama al rebaño, pero no lo ama de una manera genérica, sino que ama y cuida de sus ovejas de una manera individual. Por eso, conoce nuestros afanes, nuestros deseos, nuestras ilusiones, y conoce también nuestros sufrimientos, nuestros fracasos, nuestras infidelidades y pecados. Su amor por ti y por mí, cubre todas nuestras deficiencias. A sus ojos somos perfectos.

Nosotros tenemos experiencia de cómo el Señor, cuando nos hemos separado del rebaño, ha venido en nuestra búsqueda, porque conocía los peligros a que estábamos expuestos. No lo ha hecho con malos tratos, sino que, exponiendo su vida, no ha descansado hasta devolvernos al redil.

Él quiere llevarnos a frescos pastos donde podamos alimentarnos y reposar. En nuestros sufrimientos quiere ser el consuelo. En nuestra debilidad quiere ser nuestra fortaleza y quiere ser compañía para nuestra soledad. Quiere defendernos de los lobos rapaces que, disfrazados de ovejas, pretenden que nos apartemos de su lado.

Por nuestra parte, hemos de ser dóciles y caminar a su lado. Si no lo hacemos así y creemos que nos bastamos solos y que no necesitamos su ayuda, caeremos en las garras de nuestro enemigo, que es mucho más inteligente que nosotros. Es necesario, pues, que seamos conscientes de nuestra debilidad, y estar prontos en recurrir a Él, que, sin duda, está pendiente de nosotros y siempre dispuesto a ayudarnos


DOMINGO III DE PASCUA -B-

DOMINGO III DE PASCUA -B-

«VOSOTROS SOIS TESTIGOS DE ESTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 3,13-15.17-19 * 1Jn 2,1-5a *Lc 24,35-48

El Evangelio de este domingo es continuación del pasaje de los Discípulos de Emaús. Cleofás y su compañero regresan a Jerusalén gozosos, para contar a los apóstoles y al resto de los discípulos que, en el camino, se han encontrado con el Señor Resucitado, y que le han reconocido en el momento de partir el pan.

Todavía están contando su experiencia, cuando Jesús se hace presente en medio de ellos y les saluda con estas palabras: “Paz a vosotros”. Una mezcla de asombro, alegría y a la vez temor, invade a todos.

Dándose cuenta de la situación, Jesús les dice: ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”.  Y como hizo en el camino con los discípulos de Emaús, abre también ahora sus inteligencias para que comprendan las Escrituras. Todo lo que le ha sucedido ya fue anunciado por Moisés y los profetas. Su Pascua era necesaria. Era necesario que entrara en la muerte cargado con todos nuestros pecados, para poder destruir aquello que nos mantenía de por vida esclavos del maligno: el temor a la muerte.

El evangelio de hoy termina con una frase lapidaria: “Vosotros sois testigos de esto”. Y ésta es, precisamente, la misión que el Señor deja en manos de sus discípulos. Dar testimonio a todos de haberlo visto resucitado.  

Como en aquella ocasión, también hoy el Señor se hace presente en tu vida y en la mía. Nosotros no lo vemos físicamente como lo vieron los discípulos, pero no por eso experimentamos su presencia de una manera menos real. Él está vivo y resucitado. Está junto al Padre, y al mismo tiempo está con nosotros como ayudador hasta el final de los tiempos, como prometió en el Evangelio.

También nosotros somos testigos de que cuando en los momentos de dificultad y desánimo le hemos gritado, le hemos invocado, se ha hecho presente, porque el Señor está vivo y está resucitado. Camina junto a nosotros en el camino de la vida, como lo hizo en otro tiempo al lado de los discípulos de Emaús. Él está siempre dispuesto a echarnos una mano en las dificultades que se presentan en nuestra vida.

Es necesario que esta experiencia la conozcan los que nos rodean. Que testifiquemos que el Señor no nos ha abandonado, que no estamos solos, sino que permanece entre nosotros vivo y resucitado. No lo vemos en persona, pero vemos su acción en nosotros. Ser testigos de esta realidad, dar a conocer esta presencia invisible, pero cierta, es el encargo que hoy nos hace el Señor.

PASCUA: FIESTA DE LA LIBERACIÓN

PASCUA: FIESTA DE LA LIBERACIÓN

Hay varios elementos que forman parte de la Pascua. Si alguno de ellos faltara no podría darse este acontecimiento de importancia primordial, tanto en la vida del Pueblo de Israel, como en la de la Iglesia. Esclavitud, libertad, muerte, vida y Tierra Prometida, forman un todo con el acontecimiento de la Pascua.

      El pueblo de Israel se halla en Egipto sometido a dura esclavitud. La vida de un hebreo carece por completo de valor. El sometimiento es tal, que hasta tienen que acatar la orden del Faraón que les obliga a matar a sus propios hijos, si al nacer son varones.

      En esta situación, Dios suscita un salvador, Moisés, al que encarga la tarea de conseguir la libertad de su pueblo. Por su mano, obra el Señor grandes prodigios que no logran doblegar la voluntad del Faraón. El último y definitivo, es la muerte de todos los primogénitos de hombres y animales.

       Los hebreos, en la noche de la Pascua, ven pasar al exterminador que daña a Egipto pero que respeta a Israel. Este paso de la muerte, saltando las moradas de los hebreos, constituirá lo que a partir de entonces el Pueblo de Israel celebrará como la Pascua.

       Muchos más prodigios llevará a cabo el Señor, para llevar a su pueblo de la esclavitud de Egipto a la libertad a la Tierra de Promisión, durante los cuarenta años que durará el viaje. Destacamos por su relevancia el paso a pie enjuto de Israel por el Mar Rojo, mientras las tropas del Faraón quedan anegadas en las aguas formidables. Esta es, otra Pascua. Otro paso del Señor que hace pasar de la muerte a la Vida.

        La Pascua celebrada por Israel, preanuncia la que celebrará el Señor Jesús en la plenitud de los tiempos. El hombre, tú y yo, desde que usando mal la libertad nos apartamos de Dios, caemos automáticamente en la esclavitud del pecado y saboreamos la muerte. Habiendo sido creados para la felicidad y la vida, experimentamos cada día el sufrimiento y la destrucción.

       En esta situación, Dios suscita un Salvador: su propio Hijo, que tomando una naturaleza como la nuestra, se anonada y se hace pecado, para penetrar así en la muerte y poder destruir su poder, haciéndonos partícipes de su victoria. Hace Pascua pasando de la muerte a la vida, y en este paso, nos arrastra a todos abriéndonos las puertas del Paraíso, de la Vida Eterna.

         La Pascua del Señor Jesús se realiza en cada generación. En cada generación Cristo muere y resucita en la figura del cristiano, que perdonando al enemigo y dando la vida por él, actualiza la obra redentora del Señor.

        Hoy la Pascua no es sólo un recuerdo, es un acontecimiento real. Cristo sigue salvando a los hombres mostrándoles su amor y su perdón. Cada vez que tú y yo amamos y perdonamos a aquel que por el pecado, vive sometido a esclavitud y nos ofende haciéndonos daño, volvemos a hacer presente la salvación del Señor Jesús, dándole opción a pasar de la esclavitud a la libertad, de la muerte del pecado a la vida.

 

 

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA

 

El segundo domingo de Pascua, por deseo de san Juan Pablo II, está dedicado a contemplar las entrañas de misericordia del Señor.

Hemos dicho muchas veces que la esencia, si utilizáramos el lenguaje humano diríamos la materia, de la que está hecho nuestro Dios, es el amor, y una de las manifestaciones más eminentes de ese amor, es la misericordia.

Entre las definiciones que el Diccionario de la RAE da de la palabra misericordia, queremos señalar dos: «Virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenos». Y también, «atributo de Dios, en cuya virtud perdona los pecados y miserias de sus criaturas». Sería inconcebible pensar en Dios de una manera distinta. No cabe otra manera de entender el comportamiento de Dios de una manera diferente.  

En nuestro origen hemos salido de las manos de Dios como criaturas perfectas, pero al utilizar mal nuestra libertad dando la espalda a nuestro Creador, el pecado ha afeado nuestra hermosura primera.

La reacción del corazón de Dios-Padre ante tu infidelidad y la mía, que somos sus hijos, la expresa maravillosamente el profeta Oseas, cuando, ante el pecado de Israel, pone en boca del Señor: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím? ¿Cómo entregarte, Israel? ...Mi corazón está en mí trastornado, y a la vez se estremecen mis entrañas. No daré curso al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím...» El Señor nos ama por encima de nuestros pecados. Si en Él tuviera cabida el sufrimiento, afirmaríamos que, como padre que ama intensamente a sus hijos, su corazón sufre viendo la esclavitud y el dolor al que nos somete el pecado.

Por otra parte, es consolador saber que por grande que sea nuestro pecado, nunca el Señor se escandaliza de nosotros. Dice el salmo 32: «Él formó cada corazón y comprende todas sus acciones». Nada hay, pues, de nuestro comportamiento que pueda escandalizarle. La respuesta ante nuestros desvaríos y pecados, es siempre la misma: comprensión, amor y misericordia, y como consecuencia, perdón sin límites.

¿Queremos decir con todo esto que no nos ha de preocupar nuestra condición de pecadores? No. El pecado nunca es un placer o una cosa buena que se nos prohíbe. El pecado engendra siempre sufrimiento y muerte. Por eso, nuestro Padre-Dios, odia al pecado y ama con locura al pecador, siendo siempre su respuesta para nosotros, pecadores, el perdón y la misericordia.

 

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

«COMO EL PADRE ME HA ENVIADO, ASÍ TAMBIÉN OS ENVÍO YO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4,32-35 * 1Jn 5,1-6 * Jn 20,19-31

En el evangelio de hoy encontramos a los discípulos reunidos en una casa con las puertas cerradas, temerosos de los judíos, al anochecer del primer día de la semana, o sea, del domingo. Están consternados y muy afectados por los acontecimientos que han tenido lugar durante esos días en Jerusalén. Sólo hace tres días en que han sido testigos del prendimiento, la pasión y la muerte en cruz del Señor Jesús. Temen caer en las manos de los judíos y correr la misma suerte que su Maestro.

De pronto aparece el Señor en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros» a la vez que les muestra las manos y el costado con las heridas de los clavos y la lanza. Ellos se llenan de alegría al ver a su Señor resucitado. Jesús repite: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.» «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

En este primer encuentro de Jesús Resucitado, merece destacarse la actitud del Señor Jesús con sus discípulos. Hubiera sido de esperar que, ante el comportamiento que han tenido con él durante toda la Pasión, merecieran, por lo menos, un reproche. Ninguno, excepto Juan, ha estado a su lado. Pedro, por temor, lo ha negado tres veces, y del resto nadie ha sido capaz de alzar la voz para defenderlo. Todos lo han abandonado.

Sin embargo, la respuesta del Señor ante la cobardía y la ingratitud de sus discípulos, es muy diferente. Ni un reproche, ni una queja, sino todo lo contrario. Hace llegar a ellos la paz, de la que están muy necesitados, y a la vez les hace un gran regalo al hacerles partícipes de un don que únicamente Dios posee: el poder de perdonar pecados.

Ver esta actitud del Señor ante el pecador ha de hacernos entrar en paz, apartando de nosotros todo temor. También tú y yo somos ingratos con el Señor. Sin embargo, su respuesta ante nuestra infidelidad y pecado sigue siendo la misma: amor y comprensión ante nuestra debilidad. Hemos de tener siempre presente que, nunca el Señor aparecerá en nuestra vida para exigirnos y reprendernos. Él, que formó nuestro corazón, jamás se escandaliza de nuestra pobreza.

Esta actitud de comprensión es la misma que emplea con Tomás ante su incredulidad. No tiene inconveniente en rebajarse a su exigencia de querer meter su dedo en el agujero de los clavos, y su mano en la herida del costado. Es precisamente esa incredulidad, la que impide a Tomás experimentar el gozo de la resurrección del Señor. Eso mismo puede sucedernos a nosotros. Que nuestra dureza de cerviz en reconocerlo en los acontecimientos, buenos o malos de nuestra vida, nos impida experimentar su presencia y su ayuda.

El Señor, hoy, vive resucitado en medio de nosotros, y nos invita a creer en Él y en su presencia continua. No lo vemos físicamente, pero, le ha dicho a Tomás, que somos dichosos por creer en Él sin haberlo visto.