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DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ELLOS SALIERON A PREDICAR LA CONVERSIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7,12-15 * Ef 1,13-14 * Mc 6,7-13

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que envía a los Doce de dos en dos, a anunciar el Evangelio. Los envía con poder, con autoridad, sobre los espíritus inmundos. Quiere que su equipaje sea lo más ligero posible. Por eso les encarga que no lleven pan, ni alforja, ni dinero, ni una túnica de repuesto. Sólo un bastón y unas sandalias.  De este modo, serán totalmente libres y no tendrán nada que defender.

La misión de los discípulos será, fundamentalmente, llevar la buena noticia del evangelio a todas las gentes. Esta buena noticia trae consigo la paz. Por eso los discípulos serán portadores de paz. Esta paz es la que proporciona tener conocimiento del amor de un Dios que es Padre, y que ama sin distinción a todos los hombres. Un Dios que, estando al corriente de la pobreza y debilidad del hombre, no se acerca a él con exigencias, sino todo lo contrario, lo que desea es que tenga conocimiento de su amor y su perdón, por encima de cualquier pecado por grave o enorme que sea.

El Señor da a sus discípulos autoridad sobre los espíritus inmundos. Nosotros, podemos preguntarnos porqué. La respuesta es sencilla. El maligno, enemigo acérrimo de Dios, tiene como objetivo enemistar al hombre, a ti y a mí, con su Creador, sembrando en el corazón la duda sobre el amor de Dios, cuando, por nuestra debilidad caemos en el pecado. Lo hace de una manera sutil, para que al comprobar que lo que hacemos nos es conforme a la voluntad de Dios, nos escandalicemos de nosotros mismos, poniendo en duda que merezcamos ser perdonados por el Señor.

Este envío a la misión que el Señor Jesús hace a sus discípulos, se actualiza en cada generación, porque a cada generación es necesario hacer llegar la noticia, la Buena Nueva, de la salvación que el Señor Jesús con su Pasión, ha ganado para todos los hombres. Hoy, somos nosotros, tú y yo, que nos llamamos discípulos de Jesús, los que recibimos el encargo. De nosotros depende que los que se relacionan contigo y conmigo, familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo o de estudio, etc., se enteren de que Dios-Padre los ama con locura, y que desea para ellos una vida y una felicidad eternas. Necesitan saber que ese amor es de tal magnitud, que el Señor no ha tenido inconveniente de entregar a su Hijo a una muerte horrorosa, para que todos, también tú y yo, nos veamos libres del pecado que cada día engendra en nosotros la muerte.

También nosotros, como los primeros discípulos, somos portadores de paz. Una paz muy diferente a la que da el mundo, porque es una paz que nace del corazón del hombre, al sentirse amado y perdonado por Dios.

Ciertamente, si nos miramos a nosotros mismos, veremos que somos pobres siervos cargados de defectos sin ningún merecimiento por nuestra parte. Sin embargo, como el Señor gusta escoger a los pequeños, a los que no valen, para confundir a los que valen, se ha complacido en nosotros dejando en nuestras manos una misión tan grande.

Agradezcamos al Señor su dignación, y pidámosle la ayuda del Espíritu Santo, para cumplir fielmente la misión para la que nos ha elegido.   


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2,2-5 * 2Co 12,7-10 * Mc 6,1-6

Hoy vemos en el trozo del evangelio de san Marcos, la actitud de los habitantes de Nazaret ante las palabras del Señor Jesús. Ponen de manifiesto su mala voluntad, porque en vez de estar pendientes del contenido de la predicación, sin importar quién la lleva a cabo, lo primero en que se fijan es en la persona del Señor. «¿No es éste, el carpintero, el hijo de María…? ¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? Y desconfiaban de él».

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es la misma que presentaba el pueblo de Israel en la palabra que se ha proclamado del profeta Ezequiel. El Señor dice de ellos: «Son rebeldes, testarudos y obstinados». Sin embargo, no los abandona a su suerte. Los llama a conversión a través de la predicación del profeta, aunque sabe de antemano que no lo van a escuchar. Le dice a Ezequiel: «Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos». Dicho de otra manera, sabrán que yo, a pesar de su tozudez y su pecado, les he enviado la palabra de salvación que necesitan.

Esta actitud del pueblo también ha sido frecuente dentro de la Iglesia. Recuerdo que, en mi infancia y juventud, cuando la vivencia religiosa era mucho más fuerte que ahora, existía la costumbre en acontecimientos importantes, como fiestas patronales, sermones de Cuaresma, etc., de llamar a predicadores relevantes para que fueran ellos los que se encargaran de, como se decía entonces, ocupar la sagrada cátedra. Dicho de otra manera, predicar a los fieles.

En aquellas ocasiones el contenido del sermón era importante, pero no tanto como la persona que lo llevaba a cabo. Los fieles, no adoptaban una actitud tan radical como la del pueblo de Israel, pero, sin embargo, quizá sin ser conscientes, se dejaban llevar por la personalidad del predicador, en detrimento del contenido del sermón. Vemos pues que la historia se repite. También nosotros tenemos que estar alerta, para no caer en el mismo pecado. Es necesario valorar más el mensaje, que al mensajero que lo trae.

En toda la historia de salvación, Dios ha elegido siempre a gente sencilla y humilde, para poner en sus manos la salvación del pueblo. Lo hizo con Abraham, un pastor nómada sin hijos; con David, el último de los hijos de Jesé, que nadie tenía en cuenta porque estaba cuidando el rebaño. Volvió a hacerlo al elegir a los apóstoles, sencillos pescadores o cobradores de impuestos. Él mismo, se despojó de su rango, de su categoría de Dios, para hacerse uno de nosotros y nacer en un establo, porque nadie quiso acogerlo en su casa.

Cuando nos llamó a nosotros, tampoco buscó a sabios y entendidos, sino que eligió a lo que no vale, para confundir a lo que vale. De modo que, a través de nuestras obras, mostráramos a los que nos contemplan, lo que puede hacer su gracia y su poder, en aquellos que no tienen nada de qué presumir. Todo para que no quedara ninguna duda sobre quién realizaba la obra, y quedara patente que era cosa personal de Dios.

El Señor nos llama pues, en este evangelio, a no dejarnos llevar por las apariencias y a contemplar con los ojos de la fe, las maravillas que Él obra en aquellos que nos envía, y que, probablemente, valen poco a los ojos de los hombres. Tenemos que valorar más el mensaje, que al mensajero que nos lo trae.


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1,13-15 * 2Cor 8,7-9.13-15 * Mc 5,21-43

La semana pasada veíamos a los discípulos atravesando un mar embravecido en medio de una tremenda tempestad, que se calma obediente a la voz del Señor.

Cuando llegan a la orilla una gran multitud les espera dispuesta a escuchar al Maestro. De pronto, llega uno de los jefes de la sinagoga llamado Jairo que, echándose a los pies de Jesús, le ruega que cure a su hija gravemente enferma.

El Señor accede a acompañarle y se pone en camino. En el trayecto, una mujer que desde hacía doce años sufría pérdidas de sangre, se acerca a Jesús con el convencimiento de que, si llega a tocar por lo menos el borde de su manto, quedará sana. Consigue hacerlo y experimenta cómo de repente, recobra por completo la salud.

  EL Señor se detiene y pregunta: «¿Quién me ha tocado?». Los discípulos, extrañados, porque la multitud casi lo lleva en volandas, no acaban de comprender la pregunta. Ante su insistencia, la mujer, asustada y temblorosa, cuenta al Señor lo ocurrido. Éste, por toda respuesta le dice: «Hija, tu fe te ha curado; vete en paz, libre ya de tu enfermedad».

        En esto llegan algunos de casa del jefe de la sinagoga que le dicen: «Tu hija ha muerto. No molestes ya al maestro». Pero Jesús, sin hacer caso de ellos, dice al jefe de la sinagoga: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta».

     Llegados a la casa y después de hacer salir a los que lloran y se lamentan, acompañado de Pedro, Santiago, Juan y los padres de la niña, coge a ésta de la mano mientras le ordena: «Muchacha, yo te digo: ¡Levántate!». Al momento la niña se incorpora y el Señor la entrega sana a sus padres.

        A través del acontecimiento de la curación de la hemorroísa, el Señor nos llama a conversión a aquellos que desde siempre hemos estado en la Iglesia, quizá porque así nos educaron nuestros padres. En el evangelio de hoy sucede que junto al Señor Jesús hay muchos que lo tocan y están cercanos a él, pero sólo una mujer que se acerca con fe, convencida de su poder, queda curada. Con nosotros puede ocurrir lo mismo. Muchos asistimos a la Eucaristía y comulgamos con el Cuerpo del Señor, pero, ¿creemos sinceramente que Jesús es el Señor y que tiene poder para curarnos, o lo seguimos por inercia sin mucho convencimiento? ¿Cuál es tu actitud?

       En nuestra vida, como Jairo, nos encontraremos también ante acontecimientos de muerte que no seremos capaces de superar. Como entonces, el Señor viene en nuestra ayuda y nos dice: «No tengas miedo; tú ten fe, y basta». Si lo haces así, también escucharás las palabras de Jesús: «¡Levántate!». ¡Sal de ese vicio¡! No te hundas en la depresión¡! Perdona a tu enemigo que yo estoy contigo ¡

       Acude a Él porque, yo te aseguro que, como la hemorroísa o como Jairo, serás testigo de la obra y el poder del Señor en tu vida.


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 38,1.8-11 * 2Cor 5,14-17 * Mc 4,35-40 

San Marcos, en el evangelio de este domingo nos cuenta que al atardecer, después de despedir a la gente, el Señor dice a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla».       

Embarcan y, ya en medio del mar, se desata una terrible tempestad que amenaza con hacer naufragar la barca. Jesús se ha dormido. Los discípulos amedrentados por la violencia de las olas, lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús, puesto en pie increpa al viento y dice al lago: «¡Silencio, cállate!». Al momento, el viento cesa y una gran calma se hace presente en el lago.  Jesús dice a sus discípulos: «Por qué sois tan cobardes? ¿Aun no tenéis fe?» 

Este pasaje del Evangelio es fiel reflejo de lo que sucede en nuestras vidas. Vivimos aposentados en esta tierra como si nuestra vida fuera definitiva. Hemos montado nuestra tienda sin pensar que en este mundo sólo somos peregrinos, y que caminamos hacia la plenitud, hacia la vida eterna, que es para lo que hemos sido creados.

El Señor, como a los discípulos, nos invita a subir a la barca, a lanzarnos, a caminar hacia la vida verdadera. Quiere sacarnos de nuestra vida acomodada, chata y sin sentido en la que nos encontramos. Quiere que abandonemos la vida burguesa y cómoda, que no es capaz de llenar nuestro corazón. Quiere llevarnos a la otra orilla, a la plenitud, a la felicidad.

Pero en este trayecto vamos a encontrar multitud de problemas y dificultades. No se trata de un viaje de placer. Nuestro hombre viejo, que lleva sobre sí el lastre del pecado, tendrá que enfrentarse a situaciones de sufrimiento. A situaciones que no podrá resolver con sólo su esfuerzo: enfermedades, falta de recursos necesarios para vivir, enfrentamientos a nivel familiar o entre vecinos y amigos. Fracasos en el trabajo, desilusiones porque aquellos en los que confiábamos, nos han fallado. Vicios ocultos que nos amargan la existencia... Son las olas que están a punto de anegar la barca de nuestra vida.

La mayoría de las veces nos encontraremos solos sin saber a quién recurrir. Pensaremos que Dios nos ha abandonado, porque no le veremos por ninguna parte. Sin embargo, eso no es así. Como en este evangelio, el Señor está cerca de nosotros. Aparentemente está dormido, pero él camina a nuestro lado, está junto a nosotros, aunque nosotros no seamos capaces de verlo.

Con su actitud, pretende hacernos ver nuestra realidad, nuestra impotencia y la necesidad que tenemos de Él. Quiere que, como los discípulos, le llamemos, le gritemos: ¡Señor, sálvanos que perecemos! Hagámoslo así, con la seguridad de que nadie que ha invocado el nombre del Señor, ha quedado defraudado. 


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE DIOS SE PARECE A UN GRANO DE MOSTAZA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17,22-24 * 2Cor 5,6-10 * Mc 4,26-34

Al igual que hace en otras ocasiones, el Señor Jesús, en el evangelio de hoy recurre a las parábolas para hacer más asequible su doctrina. La gente que le sigue, por lo general, es una gente sencilla que conoce muy bien los trabajos del campo, y que por tanto comprende perfectamente todo lo relativo al cultivo y cuidado de todo tipo de plantas y hortalizas.

En la primera parábola de hoy el Señor compara el Reino de Dios a lo que ocurre con una semilla. Una vez que el labrador la deposita en la tierra, sin que él sepa cómo, germina y crece porque tiene en su interior el germen de vida necesario para desarrollarse, independientemente de la voluntad del labrador. También la Palabra de Dios, cuando cae en una tierra fértil, arraiga, crece, y al final da el fruto correspondiente. Significa esto que, con tal de que nosotros no la rechacemos conscientemente, la Palabra tiene el potencial necesario para desarrollarse en nuestro interior y fructificar. No depende, pues, de nuestro esfuerzo en entenderla, es suficiente que la aceptemos y la dejemos obrar en nuestra vida.

El Señor Jesús sigue diciendo que el Reino de Dios se parece a un grano de mostaza. ¿Por qué, podemos preguntarnos, elige una semilla tan pequeña? La semilla de mostaza es, probablemente, la más pequeña de las semillas de las hortalizas, pero, sin embargo, después que brota, se hace más alta que las demás hortalizas, hasta el punto que los pájaros pueden anidar en sus ramas.

Nosotros nos preguntamos: ¿Por qué el Señor Jesús para hablar del Reino de Dios, que es la Iglesia, recurre a compararlo con la más pequeña de las semillas? Sin duda, para que se cumplan las palabras de la Escritura: «Dios se complace en el humilde, pero mira al soberbio desde lejos». El Señor, para fundar su Iglesia, no elige a hombres inteligentes, cultos y poderosos, sino que elige a lo pequeño, a lo que vale poco: sencillos pescadores y cobradores de impuestos. Con ellos lleva adelante la inmensa obra de su Iglesia. Elige a lo pequeño, para confundir a los sabios y poderosos.

A ti y a mí, quizá nos resulte difícil vernos reflejados en la figura de los primeros discípulos. En el fondo estaos convencidos de que nosotros valemos, de que no somos unos sencillos patanes. Sin embargo, no es así. Si estamos llamados a la Iglesia, es porque el Señor, que nos conoce mejor que nos conocemos nosotros, está al tanto de nuestra pobreza. Él está empeñado en hacer valer lo que no vale, de manera, que los demás, que nos conocen, cuando nos vean realizar obras grandes, nunca pensarán que son fruto de nuestra valía, sino de la obra del Señor en nuestras vidas.

Nosotros somos, aunque a veces no estemos muy convencidos, estériles en buenas obras. Si algo bueno hacemos es por la fuerza del Señor y la de su Santo Espíritu. Es ella la que obrando en nosotros nos hace capaces de hacer obras de vida eterna. Si de algo podemos gloriarnos es, precisamente, de la obra llevada a cabo en nosotros por la fuerza del Señor. Si contemplamos nuestra vida siendo objetivos y sin ninguna pasión, nos identificaremos con esa pequeña semilla de mostaza, símbolo de la Palabra que un día se nos anunció, y que hoy, sin mérito por nuestra parte, ha crecido y está dando frutos de vida eterna.


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

«TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 24,3-8 * Heb 9,11-15 * Mc 14,12-16.22-26

En la noche del Jueves Santo, el Señor Jesús, cerca ya de consumar su vida entregándola por todos los hombres, por todos nosotros, pecadores, no queriendo dejarnos huérfanos, se quedó para siempre bajo las especies de pan y vino.

            Deseando celebrar como es debido esta entrega total del Maestro, y no pudiendo hacerlo el Jueves Santo debido a la proximidad de su Pasión, la Iglesia celebra en este domingo la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

            No sé hasta qué punto somos conscientes de lo que supone el hecho de que todo un Dios, aquel que creó cielos y tierra, aquel que nos dio la vida modelándonos con sus manos y haciéndonos a su imagen y semejanza, aquel que murió exangüe en la Cruz para rescatarnos del poder del pecado y que, resucitando, nos dio una vida eterna, decidiera permanecer entre nosotros hasta la consumación de los siglos sirviéndonos de alimento.

            El Señor Jesús, conociendo nuestra debilidad, nuestra impotencia para obrar el bien, quiso, no sólo estar entre nosotros resucitado, sino que quiso quedarse físicamente, para ser en nuestra fragilidad fortaleza, y hacer fecunda nuestra esterilidad en obras buenas.

            Cada vez que, sobre la mesa del altar, el presbítero, en la persona de Cristo, convierte por las palabras de la consagración el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, tiene lugar el milagro más grande del universo. Un milagro que no tiene parangón. Un milagro mucho mayor que la propia creación del mundo. Somos testigos de un acontecimiento que asombra a los propios ángeles. Somos más afortunados que ellos, porque no sólo somos testigos de ese milagro, sino que tenemos acceso a ese alimento espiritual, cosa que no está a su alcance.

            El Señor nos ha elegido para reproducir en el mundo su imagen siendo “otros cristos”, a fin de que hagamos actual su salvación en cada generación. Por eso, ha querido que su Cuerpo y su Sangre nos sirvan de alimento, pero no un alimento corriente. San Agustín dice que los alimentos corrientes se transforman en nosotros mismos, haciendo que nuestros miembros crezcan y se desarrollen. Por el contrario, el alimento eucarístico hace que seamos nosotros los que nos transformemos en Cristo.

            Este don rompe por completo todos nuestros esquemas. Participamos gratuitamente de un banquete del que ni a los propios ángeles les es dado participar. Es la locura de un Dios que, después de su Pascua, ya no sabía cómo demostrarnos de una manera más patente, hasta donde llegaba su amor.


DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4,32-34.39-40 * Rm 8,14-17 * Mt 28,16-20

Reanudamos con este domingo dentro de la liturgia el tiempo ordinario. Las palabras que la Iglesia propone para la Eucaristía de hoy, son por una parte bellísimas y por otra, muy adecuadas para nuestra vida de fe.

En el trasfondo de las tres aparece la figura de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. No en balde, este domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés, está dedicado por la Iglesia de un modo especial, a contemplar al Dios uno y trino.

Por nuestra fe, creemos en la existencia de un solo Dios. Sin embargo, reconocemos en él, la presencia de tres personas distintas. Las diferenciamos por las diversas funciones que han llevado a cabo a través de la historia de la creación. Así, reconocemos en el Padre al Dios Creador, en el Hijo al Dios Redentor y en el Espíritu Santo al Dios Santificador.

No queremos profundizar en razonamientos teológicos, que, por otra parte, serían estériles y nos servirían de poco. Lo que sí queremos señalar, es que las tres divinas personas han intervenido directamente en nuestra existencia. Sin duda, si hoy tú y yo existimos es por una acto voluntario de Dios-Padre, que desde toda la eternidad pensó en nosotros, nos amó y como consecuencia nos creó dándonos la vida.

Creemos que el Hijo, a causa de nuestra rebeldía, de nuestro pecado, tuvo que tomar una naturaleza semejante a la nuestra, con el fin de poder vencer a la muerte penetrando en ella, librándonos de ese modo de la esclavitud a la que ella nos tenía sometidos. Finalmente, creemos en el Espíritu Santo, que, penetrando en nuestro interior, nos santifica, nos da fortaleza para enfrentarnos en nuestra lucha diaria contra el mal, y testifica desde nuestro interior, que somos hijos de Dios.

Deteniéndonos ahora en los tres fragmentos de la Escritura que la Iglesia nos propone para esta Solemnidad, podemos ver, en la palabra del Deuteronomio, cómo Moisés recuerda al pueblo, que Dios ha estado desde siempre interviniendo en su historia, no como un Dios lejano, sino un Dios cercano que conoce y se preocupa de cada uno de ellos. También en tu vida y en la mía Dios ha estado siempre presente, porque nuestro Dios, es un Dios próximo, cercano, es un Padre que cuida con cariño a sus hijos y se preocupa de sus necesidades.

San Pablo, en su carta, nos habla de ese Espíritu que el Padre ha derramado sobre nosotros, que nos libra de la esclavitud, que nos hace vivir en la libertad, y que elimina de nuestra vida todo temor. Un espíritu que, anidando en nuestro interior, nos hace llamar a Dios Papá, dándonos la certeza de que de verdad somos sus hijos, y que, como tales, somos herederos de vida eterna, y coherederos con nuestro hermano Jesucristo.

Finalmente, en el evangelio, tomado del final del evangelio de san Mateo, vemos cómo, terminada la misión que el Padre le ha encomendado, el Señor Jesús, deja en manos de sus discípulos, en las tuyas y en las mías, anunciar al mundo entero la Buena Nueva de la salvación. Les dice a ellos y hoy nos dice a nosotros: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Luego, para darles ánimo en esta misión, añade: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». 


SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

«ENVÍA, SEÑOR, TU ESPÍRITU Y RENUEVA LA FAZ DE LA TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2,1-11 * 1Co 12,3b-7.12-13 * Jn 20,19-23

El Tiempo Pascual culmina con la Solemnidad de Pentecostés. El Señor Jesús antes de su Ascensión a los cielos prometió a sus discípulos el envío del Consolador, el envío del Espíritu Santo. Era Él el que debía dar plenitud a su obra redentora.

El Señor Jesús dio cumplimiento a la voluntad del Padre, que deseaba restaurar la obra creadora realizada en el hombre, y que había sido destruida por el pecado. La muerte no entraba en el plan inicial de la creación, pero hizo su aparición en el momento en que el hombre, por el pecado, dio la espalda a la Vida. Se hizo necesario para vencerla, que alguien, con poder, penetrara en ella a fin de destruirla.

Ésta fue la misión principal que el Señor Jesús llevó a cabo con su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. Dio a conocer, además, el amor y la misericordia de un Padre, que nunca dejó de amar intensamente a su criatura. Para dar continuidad a su misión redentora y actualizarla en cada generación, el Señor dejó en medio del mundo a su Iglesia, como cuerpo que hiciera visible su amor, dando conocimiento de salvación a todas las gentes. Él, como cabeza, está en el cielo, y son sus miembros, sus discípulos, los que en este mundo lo hacen presente en cada generación.

Con su Ascensión al cielo, quedó completada la obra redentora del Señor y cumplido el encargo recibido del Padre. Es ahora el Espíritu Santo, el protagonista que tiene como misión llevar adelante la salvación del hombre en el mundo hasta la consumación de los tiempos. No significa esto que queramos desplazar la figura del Señor Jesús, que, como Él mismo afirmó, está entre nosotros hasta el fin del mundo, lo que sí que queremos señalar es que, absolutamente todo, lo que ocurre en la Iglesia tiene como autor al Espíritu Santo. Sin su acción no se llevaría a cabo ni la consagración del pan y del vino, ni tampoco se daría el perdón de los pecados.

Queremos señalar una circunstancia que nos duele. La figura y la obra del Señor Jesús es algo tan gigantesco, que a través de la historia e incluso dentro de la Iglesia, ha eclipsado en cierto modo la figura del Espíritu Santo, hasta el extremo de que, al hablar de Él, se le llamase el Gran Desconocido.

No podemos resistirnos a reproducir unas frases de san Cirilo de Jerusalén hablando del Espíritu Santo: «Es un auténtico protector que viene a salvar, a sanar, a enseñar, a aconsejar, a fortalecer, a consolar, a iluminar el alma primero, de quien le recibe; luego mediante éste, las de los demás».

El Señor, en el Evangelio, nos ha mostrado el camino, pero para nosotros es imposible seguirlo si no es con la ayuda del Espíritu Santo. La obra redentora del Señor Jesús sería vana si no fuera por la acción del Espíritu Santo que la actualiza y la aplica a cada uno de nosotros. Él es el que, como dice san Pablo a los Filipenses, mueve en nosotros el querer y el obrar. Él, nos impulsa a desear obrar el bien, y a la vez nos da fuerza para realizarlo.

Que esta meditación sobre el Espíritu Santo nos mueva a colocarlo en nuestra vida en un lugar preeminente. Que sea Él el que dirija todas nuestras acciones y que esté siempre a nuestro lado, para darnos fortaleza en nuestras luchas, consuelo en nuestro sufrimiento y, sobre todo, que por su acción se santifiquen nuestras vidas.