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DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SERÁN LOS DOS UNA SÓLA CARNE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Hb 2, 9-11 * Mc 10, 2-12

Si echamos un vistazo a nuestra sociedad, y si se me permite, afinando la puntería, hacia el núcleo de nuestros familiares, amigos y conocidos, nos daremos cuenta de la trepidante actualidad del evangelio de este domingo. Lo que hace sólo unos cincuenta o sesenta años no dejaban de ser casos aislados, hoy, se ha convertido en algo tan corriente que ya no llama la atención de nadie. Nos estamos refiriendo a las uniones matrimoniales que, según las estadísticas, la mitad no alcanzan a cumplir el primer año de convivencia, sino que se rompen antes.

Vemos en el evangelio a un grupo de fariseos, que, para ponerlo a prueba, plantean una cuestión al Señor. «Le es lícito a un hombre, preguntan, ¿repudiar a su mujer?». El Señor, que ve su mala intención, les pregunta a su vez: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Ellos contestan que Moisés permitió dar a la mujer acta de divorcio y repudiarla. El Señor, les replica: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Esta unión de la que habla el Señor Jesús, es la unión que desde un principio diseñó Dios-Padre para el hombre y la mujer. Una unión que desde los inicios han venido llevando a la práctica todos los pueblos. Sin embargo, el Señor quiso que a la vez fuera signo de la unión entre su persona y la Iglesia, por eso, la elevó a la categoría de sacramento, quedando reservada únicamente a los cristianos.

De la manera que el Señor se expresa en el evangelio, la voluntad del Padre fue desde el principio que esta unión fuera indisoluble, sólo rota por la muerte de uno de los dos contrayentes. Esta indisolubilidad, vendría en favor de los propios esposos dando estabilidad a su unión, pero sobre todo vendría en favor de su descendencia. Son los hijos los que necesitan crecer y desarrollarse en un ambiente seguro y estable. Por esta razón, estamos convencidos de que esa indisolubilidad alcanza también por voluntad de Dios a los matrimonios civiles actuales, aunque las leyes de los hombres, contemplen el divorcio.

Como creyentes debemos tener todos estos conceptos referidos al matrimonio muy claros. La única unión que puede recibir el nombre de matrimonio, digan las leyes lo que digan, es la que tiene lugar entre un hombre y una mujer. Las restantes uniones, contempladas por las leyes humanas, en ningún modo pueden ser consideradas por un creyente como matrimonios. Tengamos las cosas claras y no nos dejemos convencer, por la continua catequesis que cada día recibimos a través de los medios de comunicación, y también por aquellos que nos rodean, y que, no tienen inconveniente en aceptar como bueno y santo, algo que es, según la razón, inaceptable.

El evangelio termina con una frase del Señor que no admite discusión alguna: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».  


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR NUESTRO»

 

CITAS BÍBLICAS: Nm 11, 25-29 * St 5, 1-6 * Mc 9, 38-43.45.47-48

El evangelio de este domingo es una llamada a conversión para todos, pero en especial para aquellos que con mayor intensidad vivimos nuestra vida de fe, integrados en las distintas organizaciones de la Parroquia.

Juan, se escandaliza porque han encontrado a un hombre que, sin ser del grupo de los discípulos, expulsaba demonios en nombre del Señor Jesús. Se trata de la misma situación que nos ha presentado la primera lectura. Dos de los ancianos elegidos por Moisés para recibir el espíritu, Eldad y Medad, no han podido asistir a la reunión con el resto de los ancianos. Sin embargo, empiezan a profetizar en el campamento. Josué, como hoy Juan, se escandaliza y pide a Moisés que se lo impida. La respuesta de Moisés es significativa: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».

La respuesta que el Señor da a Juan, es también tajante: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

No caigamos nosotros en la tentación de considerarnos superiores a los demás, por estar viviendo nuestra fe en una u otra organización dentro de la Parroquia. Hemos de tener en cuenta que trabajamos para el mismo Amo. Cada uno en nuestra parcela, pero todos en la misma finca que es la Iglesia. Si no lo hacemos así y somos motivo de escándalo para alguno, podemos escuchar de labios del Señor estas tremendas palabras: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar».

Podemos preguntarnos, ¿quiénes son esos pequeñuelos de los que habla el Señor? Son aquellas personas de buena voluntad que, aunque un poco alejadas de la Iglesia, viendo la forma de vivir y de afrontar los problemas de la vida de algún creyente, se sienten atraídos hacia la Iglesia. Son los pequeños en la fe, son los que empiezan a creer. El Señor emplea palabras muy duras para aquellos que, siendo motivo de escándalo, hagan que estos pequeños, en vez de acercarse más a la Iglesia, se aparten de ella.

Nosotros tenemos la suerte de ver realizado el deseo de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!». Somos testigos de cómo ese Espíritu ha sido derramado sobre nosotros. San Juan nos lo cuenta cuando hablando de la muerte del Señor en la Cruz nos dice: «Inclinando la cabeza entregó el Espíritu». Más tarde, haría entrega de ese Espíritu de una forma visible, en Pentecostés. Tú y yo, a través de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, hemos recibido también ese Espíritu que nos convierte en profetas y que nos permite interpretar cuál es la voluntad de Dios, a través de los acontecimientos de la historia.

Esta visión de la vida es muy diferente de la que tiene el mundo porque, cuando la figura de Dios desaparece de la vida, nada tiene sentido. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni la multitud de dificultades que hemos de afrontar cada día, tienen ninguna razón de ser. Sólo quedan iluminadas a la luz de la fe. Por eso, el cristiano, iluminado por la Palabra, tiene la facultad de profetizar, de leer en los acontecimientos, qué quiere el Señor de nosotros.    


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO DE TODOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 2, 12.17-20 * St 3, 16-4,3 * Mc 9, 30-37

Señalábamos la semana pasada el interés del Señor Jesús en evitar todo triunfalismo por parte de sus discípulos, al conocer que él era el Mesías que Israel estaba esperando. Hoy, de nuevo, insiste sobre este tema. Están atravesando Galilea, pero lo hacen de una manera discreta, porque desea seguir instruyendo a sus discípulos. Les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Ellos, dice el evangelista, no entienden lo que les dice, pero, al mismo tiempo, tienen miedo a preguntarle. 

La razón de la actitud de los discípulos se explica por el hecho de que todos ellos conciben al Mesías como un caudillo, un rey, que devolverá a Israel la libertad, engrandeciendo a la nación y devolviéndole la importancia que tuvo en otro tiempo. De ahí que las palabras del Señor al hablar de sufrimientos y de muerte, no puedan entrar en sus cálculos.

El Señor, en este pasaje y en otros similares, se esfuerza en hablarles con claridad de lo que le va a suceder en Jerusalén. No quiere que estén engañados. Van a ser muy duros los acontecimientos que les esperan y, por tanto, es necesario que estén preparados para asumirlos.

Lo que nos narra el evangelio a continuación, pone de manifiesto la ceguera de los discípulos en lo que se refiere a la misión del Señor. Él se ha dado cuenta de que durante el camino han estado discutiendo. Por eso, al llegar a Cafarnaúm, ya en casa, les pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos no se atreven a responder, porque por el camino han discutido sobre quién de ellos era el más importante. Hablando en un lenguaje más adecuado, podríamos decir que tomaban posiciones para ocupar los mejores cargos.

El Señor, los llama y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Podemos decir que esto, es justamente lo contrario de lo que nos gusta a nosotros. Todos queremos sobresalir. Todos queremos que los demás nos consideren y nos tengan en cuenta. Todos buscamos en la vida ocupar un lugar destacado y respetable. Este espíritu es totalmente opuesto al espíritu cristiano. El cristiano nunca busca los primeros puestos. Siempre está dispuesto a ceder la derecha a los demás. Es feliz ocupando los últimos lugares. Todo esto, esta manera de obrar, no lo es por imposición, sino por convencimiento. La felicidad del cristiano no depende del aprecio y la consideración de los demás. No depende de ocupar los puestos más importantes en la sociedad, ni de las riquezas. Depende de tener en el corazón la certeza del amor de Dios, que cubre por completo toda ansia, toda ambición. Teniendo el amor de Dios en el corazón, el cristiano no tiene necesidad de nada más.

Para corroborar lo que está diciendo, haciendo patente la importancia de sentirse pequeño, el Señor toma a un niño, lo pone en medio de ellos, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». El Señor, de este modo, se fija en los pequeños y los compara con los niños. De los niños, ciertamente nos preocupamos, pero a la hora de tomar decisiones importantes, ya sea en la familia o en la sociedad, nadie tiene en consideración sus opiniones. Es necesario, pues, en nuestra vida de fe, ser semejantes a los niños.

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 5-9a * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

Los tres pasajes de la Escritura que este domingo propone la Iglesia a nuestra consideración, son, ciertamente excepcionales. Isaías nos brinda la figura del Siervo de Yahvé, que no es otra que la figura del Señor Jesús, que, por ti y por mí, afronta todo tipo de humillaciones y ultrajes. No tiene miedo a perder su vida porque es el Señor el que lo sostiene. Por eso afirma: «Mirad, el Señor Dios me ayuda: ¿quién me condenará?».

Santiago, por su parte, nos muestra la vaciedad de la fe cuando no va acompañada de obras. «La fe, nos dice, si no tiene obras, está muerta». Y añade: «Alguno dirá: tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe». Hemos de ser, por tanto, prudentes y consecuentes con lo que hacemos, para que nadie pueda echarnos en cara el refrán que dice: “Predicar, no es dar trigo”.

El evangelio merece un punto y aparte. Es fundamental para nuestra vida como creyentes. El Señor Jesús plantea a los discípulos una cuestión de importancia primordial. En primer lugar, les pregunta sobre lo que la gente piensa de él. «¿Quién dice la gente que soy yo?». Sin embargo, lo que el Señor quiere saber va más allá. Al Señor le importa saber lo que la gente piensa sobre él, pero le importa mucho más saber qué es lo que piensan de él sus discípulos. Por eso, les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro, sin dudarlo, responde: «Tú eres el Mesías». El evangelista continúa diciendo, que les conmina a que no hablen de ello con nadie.

Conocer que el Señor Jesús es el Mesías, puede comportar para los discípulos una actitud triunfalista, por eso, para que no caigan en esa tentación, el Señor se apresta a instruirles diciendo: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Pedro, no puede en ningún modo aceptar estas palabras y se pone a increparlo. El Señor, mirando a los discípulos, le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios»! Y, dirigiéndose a la gente, añade: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará».

Nos toca a nosotros ahora situarnos dentro de este evangelio. Hoy, el Señor, hace contigo lo mismo que hizo entonces con los discípulos y te dice: «¿Quién dices tú que es el Hijo del Hombre?». Yo también te digo, ¿te has hecho esta pregunta seriamente alguna vez? ¿Yo por qué sigo a Jesucristo? ¿Lo hago por inercia, porque me lo han enseñado, o porque tengo experiencia de que es la razón de mi existencia, y es el que en lo bueno y en lo malo sostiene mi vida? ¿Quién es de verdad Jesucristo para mí?

Es fundamental responder sinceramente a esta pregunta. Nuestra respuesta tiene mucho que ver con el sentido último de nuestra existencia. Si Dios, en este caso el Señor Jesús, no aparece en nuestra vida nada tiene sentido. Quedan por responder preguntas tan importantes como, ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Qué pinto aquí? ¿A dónde voy? Quitar a Dios de nuestra vida, es rechazar la razón última de nuestra existencia.

Si por el contrario tenemos experiencia de que el Señor ha estado presente en nuestra vida, mostrándonos amor y comprensión en nuestras luchas, en nuestras caídas y debilidades, siempre pronto a levantarnos, no tendremos inconveniente en confesar con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«TODO LO HA HECHO BIEN... »

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

En la primera lectura de este domingo Dios anuncia, a través del profeta Isaías, que llega en persona y lo hace para salvar. Viene a abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. Viene a hacer saltar al cojo como un ciervo y a desatar la legua del mudo.

Esta profecía de Isaías halla cumplimiento en la persona del Señor Jesús, al que vemos hoy caminando hacia el mar de Galilea mientras atraviesa la Decápolis. El evangelista san Marcos nos dice que le presentan a un sordo, que apenas puede hablar, para que le imponga las manos. El Señor, lo aparta de la gente, mete sus dedos en los oídos, le moja la lengua con un poco de saliva y le dice: «Effetá», que significa ábrete. Al momento se le abren los oídos al sordo y se le suelta la lengua, de manera que puede oír perfectamente y expresarse si ningún impedimento.

Si somos un poco humildes y recordamos la historia de nuestra vida, es fácil que nos veamos reflejados en este sordo. La sordera, no ha de ser necesariamente física. Se puede oír muy bien, pero tener cerrado el oído a las palabras que el Señor nos envía cada día a través de los acontecimientos que tienen lugar en nuestra vida. ¿Cuántas veces no encuentras explicación a lo que te sucede? ¿Por qué esta enfermedad? ¿Por qué estos problemas económicos o de relación en la familia o en el matrimonio? ¿Por qué estoy en el paro? ¿Por qué tengo éste o aquel vicio que intento ocultar y que me amarga la vida?

El Señor permite estos y otros acontecimientos que no nos gustan, para que nos demos cuenta de que no somos capaces de llevar adelante nuestras vidas con sólo nuestro esfuerzo. Nos creemos autosuficientes, pero la verdad es que tú y yo somos limitados y necesitamos su ayuda. Él sabe que nuestra felicidad estriba en conocerle a Él y experimentar su amor. Un amor que nunca exige. Un amor dispuesto a darlo todo sin pedir nada a cambio. Sin embargo, nosotros, cerramos los oídos a sus llamadas, nos volvemos sordos, y nos empeñamos en vivir la vida a nuestro aire sin tenerle a Él en cuenta.

Como el sordo del evangelio, necesitamos que el Señor Jesús meta sus dedos en nuestros oídos para que se abran, y para comprobar que nada de lo que nos sucede ocurre para nuestro mal.

El evangelio termina diciendo que las gentes, admiradas y en el colmo de su asombro, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Yo ahora te digo: da un repaso a tu vida, haz memoria de todo lo que ha ocurrido en ella desde que tienes uso de razón. Viendo tu historia, viendo los acontecimientos que te ocurren cada día, ¿puedes decir también del Señor «Todo lo ha hecho bien»? Si dices que esta frase es verdadera y que se cumple en tu vida, ciertamente, tienes el oído abierto. Sin embargo, si hay cosas que borrarías, acontecimientos que deseas olvidar, sin duda, necesitas que el Señor te abra el oído, que abra tus ojos para comprobar que todo, incluso aquellos acontecimientos que te han hecho sufrir, han ocurrido para tu bien. El Señor los permitió porque te amaba. De la misma manera que tú, porque amas a tus hijos, les corriges y procuras para ellos lo mejor. No olvides, pues, la frase de la Escritura: «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman».   


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NADA QUE ENTRE DE FUERA PUEDE HACER AL HOMBRE IMPURO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4,1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8.14-15.21-23

En el evangelio de hoy encontramos a unos letrados de Jerusalén y a unos fariseos, que se escandalizan al observar que los discípulos del Señor comen sin haberse lavado previamente las manos. Esta actitud no debe extrañarnos, porque los judíos tenían muy en cuenta lo que la ley de Moisés prescribía en relación a la limpieza corporal. Nunca se sentaban a la mesa sin haberse lavado a conciencia las manos restregando bien, y lo mismo hacían al regresar del mercado.

En esta ocasión acuden al Señor para preguntarle: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?». El Señor Jesús, que no se deja llevar por las apariencias y que conoce lo que hay en el corazón de aquellos hombres, responde: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”». Quería decir con esto que aquellas personas se aferraban a las normas de la ley, pero que su comportamiento sólo era mera fachada, ya que, en su vida privada, su conducta no era la que correspondía a la de un hombre fiel y religioso.

Esta primera parte del evangelio debe ayudarnos a considerar cuál es nuestra conducta como creyentes. A muchos de nosotros se nos ha educado desde pequeños en el cumplimiento de los Mandamientos. Hoy, ya mayores, seguimos en la Iglesia y continuamos llevando a la práctica las enseñanzas que recibimos. Vamos a misa los domingos, confesamos, comulgamos, damos limosnas, etc. Sin embargo, tenemos el peligro de caer en el mismo pecado de los escribas y fariseos. Ellos, cumplidores de la ley, no tenían inconveniente en faltar a la caridad juzgando a aquellos que no seguían sus mismas prácticas. También nosotros, a veces de manera inconsciente, podemos entrar en juicio con aquellos que viven al margen de la Iglesia, considerándonos mejores que ellos. Tengamos en cuenta que el Señor cuando nos mira no se fija en las apariencias, sino que su mirada penetra el corazón. Hemos de pedir, por tanto, con insistencia que nuestras obras estén de acuerdo con aquello que confiesan nuestros labios.

Entre los judíos, debido a las leyes que el Señor entregó a Moisés, los alimentos se clasificaban en puros e impuros. Esta clasificación podía acarrear discusiones entre los discípulos a la hora de interpretar estas normas. Hoy, el Señor, afronta este problema, dejando nula esta distinción entre alimentos puros e impuros. Lo hace con unas palabras que están fuera de toda discusión. Dice así: «Escuchad y entended. Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Dicho de otra manera, nada de lo que entra en la boca y va a parar al estómago y luego al escusado, hace impuro al hombre. El Señor sigue diciendo: «Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, envidia, difamación… Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Ciertamente, estas palabras no requieren explicación alguna. A ti y a mí, lo que de verdad nos hace impuros, lo que nos hace caer en el pecado, no es un tipo u otro de comida, sino lo que sale de dentro del corazón. Nos volvemos impuros, o sea, pecamos, cada vez que envidiamos a los demás y ambicionamos sus bienes. Cada vez que juzgamos al otro sin tener en cuenta que somos peores que él. Cada vez que nuestros ojos con mirada impura desean al otro o a la otra, en beneficio propio. Cada vez que por egoísmo no alargamos la mano hacia quien nos tiende la suya. Y muchas circunstancias más que no podemos enumerar. En todos estos casos se hace patente la maldad que alberga nuestro corazón. Conocer esta circunstancia nos ha de hacer estar alerta para poder responder adecuadamente, con la ayuda del Señor, a estas tentaciones.


DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 24, 1-2ªa.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 60-69

Durante estos domingos la Iglesia nos está mostrando el Discurso del Pan de Vida, del evangelio según san Juan, que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando el Señor Jesús y sus discípulos regresan a aquella ciudad después de la multiplicación de los panes.

Durante toda la predicación, el Señor se muestra a los que le escuchan como el “verdadero Pan de Vida”. Un pan que verdaderamente sacia, no como el maná. Un pan que ha bajado del cielo, para que, el que lo coma no sienta más hambre.

En el evangelio del domingo pasado, que no se proclamó por coincidir con la Asunción de la Virgen, el Señor decía a las gentes: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Afirmar que ese pan era su propia carne, produjo entre los que lo escuchaban el consiguiente escándalo. El Señor, sin embargo, insiste en lo mismo afirmando: «Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

El evangelio de hoy, que es continuación del de la semana pasada, muestra el desconcierto que producen en los discípulos las palabras del Señor. «Este modo de hablar, afirman, es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». A pesar de eso, el Señor, afirma: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida, pero algunos de vosotros no creen» … «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El evangelista sigue diciendo que, desde entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. El Señor Jesús, viendo este comportamiento, dice a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro, tomando la palabra dice: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna…».

Quizá en tu vida te encuentres en momentos de duda. Hoy son muchos los que por influencia del mundo y por no haber sido educados convenientemente en la fe, abandonan la Iglesia. Buscan algo distinto. En el fondo buscan la felicidad y hacen caso por eso a los señuelos del mundo. No se dan cuenta de que la felicidad que ofrece el mundo es falsa, y que seguir sus dictados acarrea mucho sufrimiento.

Vivir una vida distinta a la que nos muestra la sociedad, requiere, con frecuencia, remar contracorriente. Por eso es normal que aparezca el cansancio y la tentación de abandonar. Hoy, la pregunta que el Señor hace a sus discípulos nos la hace a ti y a mí: «¿También vosotros queréis marcharos?». Macharnos significa meternos en la vorágine del mundo, seguir sus dictados y buscar en él a toda costa la felicidad. Todo esto sabemos por experiencia que es irrealizable.

Hagamos memoria de los momentos de nuestra vida en que hemos visto colmada nuestra ansia de felicidad. ¿Con quién estábamos? ¿Quién nos ha hecho de verdad felices? ¿Quién nos ha hecho experimentar la alegría de perdonar o ser perdonados? ¿Quién nos ha dado la fuerza para superar los momentos amargos de nuestra vida?  ¿Ha sido el mundo? Ciertamente, no. Sabemos perfectamente que, en los momentos difíciles, cuando nadie podía echarnos una mano, la ayuda nos ha llegado de lo alto. Por tanto, respondamos a la pregunta del Señor con las mismas palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna…».


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

«BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES»

 

CITAS BÍBLICAS: Ap 11, 19a; 12,1-6a. 10ab * 1Cor 15, 20-27a * Lc 1, 39-56

Hoy deberíamos celebrar el domingo XX del tiempo ordinario, pero dado que este año coincide con la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, son las lecturas correspondientes a esta solemnidad, las que la liturgia nos ofrece.

Celebramos hoy el hecho de que la Virgen María, terminada su peregrinación en esta tierra, después de su muerte, fue llevada al cielo sin que su cuerpo experimentara la corrupción. Quiere decir esto que, al igual que el Señor Jesús, la Virgen está en el cielo en cuerpo y alma.

La muerte apareció en el mundo como consecuencia del pecado. Por tanto, nosotros, tú y yo, por nuestro pecado, hemos de pasar irremediablemente por la muerte. No debería ocurrir lo mismo con María. Preservada del pecado original, o sea, nacida en gracia, estaba exenta de pasar por la muerte. Sin embargo, asociada a la obra redentora de su Hijo, fue semejante a Él, incluso en el hecho de saborear la muerte.

La devoción popular ha querido sublimar este paso por la muerte de la Virgen, dándole el nombre de Dormición de la Virgen. Sin embargo, la realidad es que también la Virgen estuvo en brazos de la muerte como cualquier otro mortal. Lo que sí es cierto es que, al igual que ocurrió con el Señor Jesús, su cuerpo no experimentó la corrupción, sino que, después de su tránsito, fue llevado al cielo por los ángeles.

Al hablar del Señor Jesús, hemos afirmado siempre que tuvo una naturaleza humana idéntica a la nuestra, sometida al cansancio, la sed, el hambre, el sueño, las enfermedades, las tentaciones, etc., exactamente igual a la tuya y la mía. Sólo en un aspecto era diferente: el Señor Jesús, ni conoció ni pudo conocer el pecado. Quiso con esto asemejarse en todo a nosotros, para conocer de primera mano todas las dificultades y sufrimientos que, inherentes a la naturaleza humana dañada por el pecado, padecemos nosotros. Para salvarnos, su amor por ti y por mí, llegó al extremo, aceptando pasar por el suplicio de la muerte.

La Virgen María, unida a su Hijo Jesús, y asociada a su obra redentora, pasó también por todas las circunstancias propias de nuestra naturaleza humana. En la Cruz, el Señor Jesús, nos la entregó como Madre, de manera que fuéramos objeto de los cuidados y desvelos, propios de una madre. Nada de lo que nos puede suceder le es ajeno. Ella ha pasado por toda clase de dificultades, y entiende perfectamente lo que cada día nos ocurre. Ella ha estado al pie de la Cruz, con el corazón traspasado por una espada de dolor, viendo agonizar a su Hijo. Por tanto, ninguno de nuestros sufrimientos le es extraño.

Todos sabemos que el amor de una madre es único. No se puede comparar con ningún otro tipo de amor. Por eso tenemos la certeza de que María, nuestra Madre, está desde el cielo al tanto de todos nuestros sufrimientos, de nuestras debilidades, y, como hicieron nuestras madres cuando empezábamos a caminar, está alerta para levantarnos pronto en nuestras caídas. Ella, desde el cielo, cuida de cada uno de sus hijos, de ti y de mí, para, con inmenso amor, llevarnos a su Hijo Jesucristo.