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DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NADA QUE ENTRE DE FUERA PUEDE HACER AL HOMBRE IMPURO»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 4,1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8.14-15.21-23

En el evangelio de hoy encontramos a unos letrados de Jerusalén y a unos fariseos, que se escandalizan al observar que los discípulos del Señor comen sin haberse lavado previamente las manos. Esta actitud no debe extrañarnos, porque los judíos tenían muy en cuenta lo que la ley de Moisés prescribía en relación a la limpieza corporal. Nunca se sentaban a la mesa sin haberse lavado a conciencia las manos restregando bien, y lo mismo hacían al regresar del mercado.

En esta ocasión acuden al Señor para preguntarle: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?». El Señor Jesús, que no se deja llevar por las apariencias y que conoce lo que hay en el corazón de aquellos hombres, responde: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío…”». Quería decir con esto que aquellas personas se aferraban a las normas de la ley, pero que su comportamiento sólo era mera fachada, ya que, en su vida privada, su conducta no era la que correspondía a la de un hombre fiel y religioso.

Esta primera parte del evangelio debe ayudarnos a considerar cuál es nuestra conducta como creyentes. A muchos de nosotros se nos ha educado desde pequeños en el cumplimiento de los Mandamientos. Hoy, ya mayores, seguimos en la Iglesia y continuamos llevando a la práctica las enseñanzas que recibimos. Vamos a misa los domingos, confesamos, comulgamos, damos limosnas, etc. Sin embargo, tenemos el peligro de caer en el mismo pecado de los escribas y fariseos. Ellos, cumplidores de la ley, no tenían inconveniente en faltar a la caridad juzgando a aquellos que no seguían sus mismas prácticas. También nosotros, a veces de manera inconsciente, podemos entrar en juicio con aquellos que viven al margen de la Iglesia, considerándonos mejores que ellos. Tengamos en cuenta que el Señor cuando nos mira no se fija en las apariencias, sino que su mirada penetra el corazón. Hemos de pedir, por tanto, con insistencia que nuestras obras estén de acuerdo con aquello que confiesan nuestros labios.

Entre los judíos, debido a las leyes que el Señor entregó a Moisés, los alimentos se clasificaban en puros e impuros. Esta clasificación podía acarrear discusiones entre los discípulos a la hora de interpretar estas normas. Hoy, el Señor, afronta este problema, dejando nula esta distinción entre alimentos puros e impuros. Lo hace con unas palabras que están fuera de toda discusión. Dice así: «Escuchad y entended. Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». Dicho de otra manera, nada de lo que entra en la boca y va a parar al estómago y luego al escusado, hace impuro al hombre. El Señor sigue diciendo: «Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, envidia, difamación… Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Ciertamente, estas palabras no requieren explicación alguna. A ti y a mí, lo que de verdad nos hace impuros, lo que nos hace caer en el pecado, no es un tipo u otro de comida, sino lo que sale de dentro del corazón. Nos volvemos impuros, o sea, pecamos, cada vez que envidiamos a los demás y ambicionamos sus bienes. Cada vez que juzgamos al otro sin tener en cuenta que somos peores que él. Cada vez que nuestros ojos con mirada impura desean al otro o a la otra, en beneficio propio. Cada vez que por egoísmo no alargamos la mano hacia quien nos tiende la suya. Y muchas circunstancias más que no podemos enumerar. En todos estos casos se hace patente la maldad que alberga nuestro corazón. Conocer esta circunstancia nos ha de hacer estar alerta para poder responder adecuadamente, con la ayuda del Señor, a estas tentaciones.


DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?

 

CITAS BÍBLICAS:  Jos 24, 1-2ªa.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 60-69

Durante estos domingos la Iglesia nos está mostrando el Discurso del Pan de Vida, del evangelio según san Juan, que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando el Señor Jesús y sus discípulos regresan a aquella ciudad después de la multiplicación de los panes.

Durante toda la predicación, el Señor se muestra a los que le escuchan como el “verdadero Pan de Vida”. Un pan que verdaderamente sacia, no como el maná. Un pan que ha bajado del cielo, para que, el que lo coma no sienta más hambre.

En el evangelio del domingo pasado, que no se proclamó por coincidir con la Asunción de la Virgen, el Señor decía a las gentes: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Afirmar que ese pan era su propia carne, produjo entre los que lo escuchaban el consiguiente escándalo. El Señor, sin embargo, insiste en lo mismo afirmando: «Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros». «Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida».

El evangelio de hoy, que es continuación del de la semana pasada, muestra el desconcierto que producen en los discípulos las palabras del Señor. «Este modo de hablar, afirman, es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». A pesar de eso, el Señor, afirma: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida, pero algunos de vosotros no creen» … «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El evangelista sigue diciendo que, desde entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. El Señor Jesús, viendo este comportamiento, dice a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro, tomando la palabra dice: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna…».

Quizá en tu vida te encuentres en momentos de duda. Hoy son muchos los que por influencia del mundo y por no haber sido educados convenientemente en la fe, abandonan la Iglesia. Buscan algo distinto. En el fondo buscan la felicidad y hacen caso por eso a los señuelos del mundo. No se dan cuenta de que la felicidad que ofrece el mundo es falsa, y que seguir sus dictados acarrea mucho sufrimiento.

Vivir una vida distinta a la que nos muestra la sociedad, requiere, con frecuencia, remar contracorriente. Por eso es normal que aparezca el cansancio y la tentación de abandonar. Hoy, la pregunta que el Señor hace a sus discípulos nos la hace a ti y a mí: «¿También vosotros queréis marcharos?». Macharnos significa meternos en la vorágine del mundo, seguir sus dictados y buscar en él a toda costa la felicidad. Todo esto sabemos por experiencia que es irrealizable.

Hagamos memoria de los momentos de nuestra vida en que hemos visto colmada nuestra ansia de felicidad. ¿Con quién estábamos? ¿Quién nos ha hecho de verdad felices? ¿Quién nos ha hecho experimentar la alegría de perdonar o ser perdonados? ¿Quién nos ha dado la fuerza para superar los momentos amargos de nuestra vida?  ¿Ha sido el mundo? Ciertamente, no. Sabemos perfectamente que, en los momentos difíciles, cuando nadie podía echarnos una mano, la ayuda nos ha llegado de lo alto. Por tanto, respondamos a la pregunta del Señor con las mismas palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna…».


SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN

«BENDITA TÚ ENTRE LAS MUJERES»

 

CITAS BÍBLICAS: Ap 11, 19a; 12,1-6a. 10ab * 1Cor 15, 20-27a * Lc 1, 39-56

Hoy deberíamos celebrar el domingo XX del tiempo ordinario, pero dado que este año coincide con la solemnidad de la Asunción de la Virgen María, son las lecturas correspondientes a esta solemnidad, las que la liturgia nos ofrece.

Celebramos hoy el hecho de que la Virgen María, terminada su peregrinación en esta tierra, después de su muerte, fue llevada al cielo sin que su cuerpo experimentara la corrupción. Quiere decir esto que, al igual que el Señor Jesús, la Virgen está en el cielo en cuerpo y alma.

La muerte apareció en el mundo como consecuencia del pecado. Por tanto, nosotros, tú y yo, por nuestro pecado, hemos de pasar irremediablemente por la muerte. No debería ocurrir lo mismo con María. Preservada del pecado original, o sea, nacida en gracia, estaba exenta de pasar por la muerte. Sin embargo, asociada a la obra redentora de su Hijo, fue semejante a Él, incluso en el hecho de saborear la muerte.

La devoción popular ha querido sublimar este paso por la muerte de la Virgen, dándole el nombre de Dormición de la Virgen. Sin embargo, la realidad es que también la Virgen estuvo en brazos de la muerte como cualquier otro mortal. Lo que sí es cierto es que, al igual que ocurrió con el Señor Jesús, su cuerpo no experimentó la corrupción, sino que, después de su tránsito, fue llevado al cielo por los ángeles.

Al hablar del Señor Jesús, hemos afirmado siempre que tuvo una naturaleza humana idéntica a la nuestra, sometida al cansancio, la sed, el hambre, el sueño, las enfermedades, las tentaciones, etc., exactamente igual a la tuya y la mía. Sólo en un aspecto era diferente: el Señor Jesús, ni conoció ni pudo conocer el pecado. Quiso con esto asemejarse en todo a nosotros, para conocer de primera mano todas las dificultades y sufrimientos que, inherentes a la naturaleza humana dañada por el pecado, padecemos nosotros. Para salvarnos, su amor por ti y por mí, llegó al extremo, aceptando pasar por el suplicio de la muerte.

La Virgen María, unida a su Hijo Jesús, y asociada a su obra redentora, pasó también por todas las circunstancias propias de nuestra naturaleza humana. En la Cruz, el Señor Jesús, nos la entregó como Madre, de manera que fuéramos objeto de los cuidados y desvelos, propios de una madre. Nada de lo que nos puede suceder le es ajeno. Ella ha pasado por toda clase de dificultades, y entiende perfectamente lo que cada día nos ocurre. Ella ha estado al pie de la Cruz, con el corazón traspasado por una espada de dolor, viendo agonizar a su Hijo. Por tanto, ninguno de nuestros sufrimientos le es extraño.

Todos sabemos que el amor de una madre es único. No se puede comparar con ningún otro tipo de amor. Por eso tenemos la certeza de que María, nuestra Madre, está desde el cielo al tanto de todos nuestros sufrimientos, de nuestras debilidades, y, como hicieron nuestras madres cuando empezábamos a caminar, está alerta para levantarnos pronto en nuestras caídas. Ella, desde el cielo, cuida de cada uno de sus hijos, de ti y de mí, para, con inmenso amor, llevarnos a su Hijo Jesucristo.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 19,4-8 * Ef 4,30-5,2 * Jn 6,41-51

En el evangelio del domingo pasado el Señor Jesús decía a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Hoy, en el evangelio, estas palabras escandalizan profundamente a los que le escuchan, y más aún, cuando se atreve a afirmar: «Yo soy el pan bajado del cielo». La reacción es parecida a la de los habitantes de Nazaret cuando visitó su sinagoga. Dicen: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

La actitud de los judíos se entiende si tenemos en cuenta que la fe es un don, un regalo del Señor que no está al alcance de todos. Tener fe no depende de la voluntad o del esfuerzo del hombre. La fe es un don que Dios-Padre regala a aquellos que elige para una misión muy concreta: hacer llegar a todos la noticia de la salvación que ha otorgado a los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. La voluntad de Dios-Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Se entienden ahora las palabras del Señor: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». En este sentido hay que entender también la frase del Señor cuando, en otra parte del Evangelio, afirma: «Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos». Muchos son los que escuchan la predicación, pero solo en unos pocos arraiga la semilla que un día dará fruto abundante.

La Buena Noticia es necesario recibirla desde una actitud humilde, desde un corazón sencillo que no desea pasar por la razón todo lo que escucha. Es una actitud totalmente opuesta a la que adoptan los judíos en este pasaje que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm. No ha sido suficiente para ellos ser testigos del signo, del milagro realizado por el Señor dando de comer con cinco panes y dos peces a más de cinco mil personas. Se dejan llevar por las apariencias y solo ven en el Señor Jesús al hijo del carpintero. Su orgullo les impide aceptar que aquel que tienen delante es el enviado de Dios para su salvación.

Es necesario estar con humildad a la escucha de lo que dice el Padre. Ciertamente, como dice el Señor, nadie ha visto al Padre, sin embargo, no necesitamos verle físicamente, sino que es suficiente tener los ojos abiertos ante sus obras. Con frecuencia en nuestra vida achacamos a la buena o mala suerte, acontecimientos a los que no encontramos explicación lógica. Somos reacios a admitir que el Señor actúa en nuestras vidas; por eso la realidad de la vida eterna está ausente en nuestro día a día. Es la consecuencia de nuestra falta de fe, de nuestra débil fe.

Descubrir esta realidad, esta falta de fe, no debe hacernos caer en desánimo. El Señor conoce nuestra debilidad, nuestra impotencia y aún a veces nuestra apatía. Por eso, al igual que un día alimentó a su pueblo con el maná, hoy, en este evangelio, nos promete alimentarnos con su propio cuerpo. Nos dice: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre».

Estas palabras del Señor van contra de toda lógica. Es imposible entenderlas desde la razón. Por eso en vez de intentar buscarles una explicación, debemos mirar a aquel que las pronuncia. Él es la Verdad, y todo lo que nos ha anunciado ha hallado cumplimiento. Tener fe consiste, precisamente en esto, en comprobar como cada una de las palabras del Señor se cumple en nuestra vida.     


DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN DE VIDA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 16,2-4.12-15 * Ef 4,17.20-24 * Jn 6,24-35

El evangelio de este domingo es la continuación del que nos narraba la multiplicación de los panes y los peces llevada a cabo por el Señor Jesús. Con cinco panes y un par de peces, había dado de comer a cinco mil hombres, y también a todas las mujeres y niños que le seguían. Después de realizar este milagro, el evangelista nos decía que, para evitar que quisieran llevárselo para proclamarlo rey, el Señor se había retirado al monte.

Hoy, nos lo encontramos en Cafarnaúm en donde la gente, extrañada, le pregunta: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». La respuesta del Señor es tajante: «Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna».

Llegados a este punto podemos detenernos un instante. Tú y yo decimos que somos discípulos del Señor. Como aquellos de su tiempo también nosotros vamos siguiendo sus huellas. Sería por eso importante que nos detuviéramos un momento para hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué sigo yo al Señor? ¿Qué beneficio pretendo obtener con este seguimiento? Estas preguntas pueden parecernos obvias, sin embargo, en la respuesta que demos está la clave de nuestra felicidad y el sentido último de nuestra vida.

Al Señor se le puede seguir por inercia, por temor, o por haber descubierto que caminar con Él es la mejor forma para vivir esta vida. Le siguen por inercia aquellos que están en la Iglesia por costumbre, porque lo recibieron de sus padres y nunca se han planteado cambiar en este aspecto. Son católicos, van a misa y comulgan, pero solo confiesan en raras ocasiones. Por lo general sus creencias influyen poco en su manera de actuar en la vida.

Los que le siguen por temor están obsesionados por su salvación. Temen condenarse. Han recibido una formación muy estricta, que les oprime a modo de corsé. No han descubierto en Dios al Padre que ama y perdona sin medida. En su vida de fe no aparece la alegría. Suelen ser exigentes consigo mismo y con los demás. Muchos acaban abandonando la Iglesia y poniéndose en contra de ella.

Finalmente están los que, reconociendo su pequeñez, su condición de pecadores, su impotencia para obrar el bien, han descubierto en Dios al Padre que los ama sin condiciones. Al Padre que nunca exige, que es paciente, que respeta su libertad y que no pide explicaciones cuando después de haber obrado mal, vuelven su rostro hacia Él. Han conocido a Dios por medio de Jesucristo y comprueban que con Él la vida tiene razón de ser y que merece vivirse.

Siguiendo con el evangelio vemos que el Señor ha dicho a los judíos: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del Hombre». ¿Cuál es ese alimento, podemos preguntarnos? Los hebreos comieron en el desierto el maná: «Pan del cielo les dio a comer» dice la Escritura, pero a ¿qué pan se refiere ahora el Señor? Él mismo nos lo aclara: «Es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo. Ante esta respuesta los judíos le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan». A lo que el Señor responde: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.


SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

«EL QUE QUIERA SER PRIMERO ENTRE VOSOTROS, QUE SEA VUESTRO ESCLAVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 11, 19-21;12,1-2.24 * 2Cor 4, 7-15 * Mt 20,20-28

Con frecuencia nos hemos referido a las expectativas que tenían los apóstoles, sobre el reino que iba a instaurar el Mesías. Ellos esperaban un reino temporal que les librara de la opresión romana y devolviera a Israel su antiguo esplendor.

No es de extrañar, por tanto, que, siendo amigos y colaboradores del Mesías, esperaran recibir cargos de gran responsabilidad y relevancia en el futuro gobierno. El evangelio de hoy demuestra a las claras lo que acabamos de afirmar. La madre de los Zebedeos, Santiago y Juan, se postra ante el Señor para hacerle un ruego. Sólo pretende que sus hijos se sienten en el futuro reino uno a la derecha y el otro a la izquierda del Señor. Dicho de otro modo, pretende que sus hijos ocupen los dos lugares de mayor importancia dentro del Reino.

Ante tamaña pretensión, el Señor solo responde: “No sabéis lo que pedís. ¿Seréis capaces de beber el cáliz que yo voy a beber?” ¿Qué cáliz es el que el Señor va a beber? Es el cáliz de la entrega total. De la negación de sí mismo en favor de cada uno de nosotros. Y, cuando llegue ese momento, ¿a quién tendrá a su lado? ¿Quién compartirá su trono? Si nos fijamos, cuando Jesús empieza a reinar, que según san Juan lo hace desde la Cruz, a su derecha y a su izquierda, se encuentran dos condenados que sufren su mismo suplicio. Estar al lado de Jesús, significa participar con él de su pasión, de su muerte y cómo no, de su resurrección. “Quien quiera ser mi discípulo, dirá en otro lugar, cargue con su cruz y sígame”.

El verdadero discípulo, no busca honores e ínfulas. El verdadero discípulo es aquel que está dispuesto a perder su vida, a entregarla en beneficio de los demás. Esto es lo que el Señor explica al resto de los apóstoles cuando, indignados por la pretensión de los Zebedeos, demuestran su disconformidad.

En el mundo los jefes de los pueblos, los que los gobiernan, los tiranizan y oprimen. “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo”. Siguiendo las huellas dejadas por el Maestro, el discípulo, tu yo, ha sido llamado a servir y no a ser servido por los demás.

En la Iglesia ocurre o debe ocurrir todo lo contrario de lo que sucede en el mundo. En el mundo los jefes buscan dominar sobre los demás. Buscan el respeto y la consideración de los otros. El corazón del hombre, falto del amor de Dios, experimenta un deseo incontrolado de ser, de destacar a toda costa. De que los demás le quieran y le respeten. No entra en sus planes servir a los demás, sino más bien servirse de los demás.

Esta misión del cristiano la ha resumido muy bien el Papa, cuando, refiriéndose a los presbíteros, ha advertido que su ministerio no ha de servir de peldaño para promocionar en el escalafón dentro de la Jerarquía, sino más bien, ha de ser un lugar privilegiado para entregarse por completo al servicio de las ovejas que el Señor les ha confiado. También tú y yo, miembros del Cuerpo de Cristo, estamos llamados a vivir unidos a Él, y a servir con Él a los que nos rodean. ¿Preguntas por la paga?: la Vida Eterna.

 

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15

Aunque durante el presente ciclo litúrgico las palabras para la misa están tomadas del evangelio según san Marcos, dejaremos durante unos domingos este evangelio para escuchar pasajes del evangelio según san Juan.

En la palabra de hoy san Juan nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que lo acompaña a todas partes.

Jesús atraviesa el lago, llega a la otra orilla, y tiene ante sí a un enorme gentío que le sigue atraído por sus enseñanzas y por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Se repite la situación que nos ha narrado la primera palabra. El criado pregunta al profeta Eliseo: «¿Qué hago yo con esto?, veinte panes de cebada, ¿para dar de comer a cien personas?». Hoy, en el pasaje que nos narra san Juan, el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces y hace lo mismo que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que los repartan entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo da de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor con solo cinco, alimenta a cinco mil sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que quieren y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio no tienen la menor duda de que éste es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, en el que el Señor da alimento material y sacia el hambre física de estos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos los hombres. Si estos panes han servido de comida a estas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos los hombres, también nosotros, experimentamos cada día.

Será durante los evangelios de las próximas semanas cuando el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y le proporciona la vida eterna.

Para terminar, diremos que hay un detalle en el evangelio de hoy que no podemos pasar por alto. Después que las gentes comen y se sacian el Señor Jesús dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra de Dios, a todas las gentes del mundo.

Nosotros no estuvimos presentes en la multiplicación de los panes y de los peces, pero también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna. Además, hoy ocupamos el lugar de aquellos discípulos, y somos nosotros los encargados de hacer llegar el alimento de la Palabra de Dios a los que nos rodean. 

 

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Y SE PUSO A ENSEÑARLES CON CALMA»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 23,1-6 * Ef 2,13-18 * Mc 6,30-34

El evangelio de este domingo es un breve fragmento sacado del evangelio escrito por san Marcos, que es el que estamos siguiendo en el presente ciclo B de la liturgia.

Los apóstoles regresan junto a Jesús una vez terminada la misión que el Señor les ha encomendado, de anunciar la conversión a las gentes. Vienen cansados, agotados, pero contentos. Han sido testigos de cómo los espíritus inmundos se sometían ante su palabra, y de cómo por la imposición de sus manos, devolvían la salud a los enfermos. Están ansiosos por contar al Señor sus experiencias.

El Señor Jesús les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Lo hace así porque, eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.

Se hacen a la mar buscando un sitio tranquilo y apartado, en donde, con mayor intimidad, poder hablar tranquilamente y descansar. Sin embargo, las gentes, adivinando cuál era su intención, se les adelantan, de manera que al desembarcar se encuentran con una gran multitud que les está esperando.

Sin duda, si esto nos hubiera ocurrido a nosotros nos hubiéramos contrariado al comprobar que no teníamos ni derecho al descanso. Pero la reacción del Señor fue muy distinta. San Marcos nos dice: «Jesús al ver a la multitud tuvo lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma».

Esta frase tiene la virtud de mostrarnos de manera fehaciente el interior del corazón del Señor. Jesús vio, que de la misma manera que las ovejas necesitan la presencia continua del pastor, aquellos que iban tras él necesitaban también su presencia, su palabra, sus cuidados. Por eso, su corazón misericordioso no pudo resistirse y, dejando de lado el descanso merecido, se puso a enseñarles con calma.

También tú y yo andamos muchas veces vagando sin sentido en la vida. Buscamos una felicidad que nadie es capaz de darnos y, quizá, vamos en pos de falsos pastores que son incapaces de saciar los deseos del corazón. En esas circunstancias los ojos del Señor también sienten lástima de nosotros, y su corazón misericordioso se apresta a ayudarnos mostrándonos el camino verdadero.

Resulta consolador saber que la mirada del Señor es siempre para nosotros, una mirada cariñosa, una mirada comprensiva, que nunca exige ni reprende, porque conoce de antemano nuestra debilidad, nuestra pobreza. Conoce también la facilidad con la que nos dejamos engañar por el maligno. Por eso, como en este pasaje, quiere quedarse con nosotros una y otra vez, para, con calma y mucha paciencia, hablarnos al corazón dándonos a conocer hasta qué punto nos ama.

No seamos reacios a sus cuidados. Dejémonos llevar por Él. Sólo Él tiene palabras de vida y es el único que, viendo nuestra debilidad y nuestros pecados, no se escandaliza de nosotros, y nos ama en nuestra realidad sin exigirnos nada a cambio.