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DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HOY HA SIDO LA SALVACIÓN DE ESTA CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 11, 22—12, 2 * 2Tes 1, 11—2, 2 * Lc 19, 1-10

En el evangelio de este domingo nos encontramos al Señor Jesús entrando en la ciudad de Jericó, seguido por una gran muchedumbre. Todos quieren acercarse a él para poder verle de cerca. Un hombre, Zaqueo, que es de baja estatura, pretende ver al Señor sin conseguirlo. Observando que hay un gran sicómoro en el trayecto que sigue Jesús, sin pensarlo dos veces se adelanta y sube a él.

           El Señor cuando llega a la altura del árbol, mira hacia arriba y se limita a decir: «Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Podemos imaginar la alegría de este hombre, y la rapidez con que baja del árbol para dirigirse de inmediato a su casa.

Antes de continuar podemos preguntarnos, ¿quién es ese tal Zaqueo? Pues ni más ni menos, que un jefe de publicanos muy rico. El domingo pasado ya explicamos en qué consistía el trabajo de los publicanos. Vamos a recordarlo. Los publicanos eran judíos contratados por los romanos, para que cobraran a sus convecinos los impuestos que se remitían a Roma. Ellos aprovechaban el cargo para enriquecerse cobrando al pueblo más de la cuenta. Esta situación hacía que fueran odiados por el pueblo, que los consideraba traidores y ladrones.

Podemos imaginar el revuelo que se monta entre la gente al escuchar que Jesús quiere alojarse en casa de Zaqueo. Todos murmuran diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». Zaqueo, conociendo lo que la gente piensa, puesto en pie dice al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más». La respuesta de Jesús no se hace esperar. El Señor contesta: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Este pasaje es ciertamente consolador para aquellos que, al escucharlo, no tienen ningún inconveniente en reconocer sus muchos pecados. Zaqueo era un gran pecador, un pecador público, que según la ley de Moisés no tenía salvación. Era imposible restituir por completo todo lo que durante su vida había robado. Al publicano de la semana pasada le pasaba lo mismo, veía que su salvación solo podía llegarle acogiéndose a la misericordia divina.

Sería estupendo que tú y yo nos viéramos reflejados en la figura de Zaqueo. Lo que ocurre es que hemos recibido una educación en la que sistemáticamente se rechaza al pecador, se rechaza a aquel que no hace las cosas bien. No está bien visto reconocer públicamente nuestros fallos y defectos. Sin embargo, el Señor, que nos conoce muy bien, no se escandaliza de nuestros pecados. Él sabe que nuestra naturaleza, herida por el pecado de origen, no puede hacer otra cosa que errar y hacer las cosas mal.

Por eso hoy, precisamente, pasa por nuestra vida buscando alojamiento en nuestro interior. Quiere quedarse con nosotros porque sabe que lo necesitamos. Por eso, como a Zaqueo nos dice: «baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». ¿Qué significa bajar? Bajar significa reconocer sin miedo nuestra realidad, nuestra impotencia y nuestras rebeldías. Por muchos pecados que tengamos, Él nunca nos rechazará. Él ha dicho que «ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido». No seamos necios y no rechacemos su invitación. Abramos nuestro corazón para que halle en él, el alojamiento adecuado.

 

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 35, 15b-17.20-22a * 2Tim 4, 6-8.16-18 * Lc 18, 9-14

De nuevo el evangelio tiene como eje central la oración. Ya hemos dicho la importancia que tiene la oración en la vida del cristiano, tanta, que no se concibe a un discípulo del Señor Jesús, sin que la oración sea el centro de su vida.

La semana pasada hablábamos de las tres condiciones necesarias que hay que tener en cuenta a la hora de rezar: estar necesitados, como la viuda; tener la certeza de que aquel al que dirigimos la oración tiene poder para concedernos lo que pedimos, y finalmente, ser constantes, ser insistentes, a la hora de presentar nuestra petición.

Hoy, en la parábola que expone el Señor Jesús aparecen dos personajes que acuden al templo a orar: un fariseo y un publicano. La vida de estas dos personas es totalmente opuesta. Por una parte, el fariseo pertenece a una clase social elevada, muy respetada por la gente, y en la que sus miembros se distinguen por ser muy religiosos y extremadamente cumplidores de la Ley. El publicano, sin embargo, pertenece a una clase social rechazada, e incluso odiada por todos, porque son los encargados de cobrar los impuestos de los dominadores romanos. La gente los considera grandes pecadores y traidores al pueblo, porque se enriquecen cobrando cantidades superiores a las que debieran.

Los dos se acercan al templo a orar, pero con actitudes distintas. El fariseo, de pie, en medio del templo enumera todas las obras buenas que realiza, dando gracias a Dios por ello, y por ser diferente al publicano cargado de pecados. Es de notar, que en todo lo que dice, no miente. Son ciertos sus ayunos, sus oraciones y el pago escrupuloso de los diezmos. Su oración, sin embargo, como dirá Jesús, no es grata al Señor. Quizá alguno se pregunte el porqué, ya que es un hombre religioso que ayuda al culto del templo, reza varias veces al día y domina su cuerpo con el ayuno. La respuesta es sencilla. Del primer mandamiento de la Ley sólo tiene en cuenta la primera parte: amar a Dios sobre todas las cosas. Sin embargo, se olvida de la segunda parte: Amar al prójimo como a uno mismo. Se toma la libertad, sin tener ningún derecho, de juzgar al publicano. Su corazón es justiciero y sin misericordia. No tiene en cuenta lo que dice el Señor en la Escritura: «Misericordia quiero que no sacrificios».

El publicano, sin embargo, está en el fondo del templo, junto a la puerta, postrado rostro en tierra golpeándose el pecho, mientras dice una y otra vez: «¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador». Ante esta oración, el corazón misericordioso de Dios no puede resistirse, no puede hacer oídos sordos. Por eso, el fariseo se retira con un pecado más, mientras que el publicano sale del templo justificado.

Con esta parábola el Señor Jesús nos muestra cuál ha de ser nuestra actitud en la oración. Tú y yo somos pecadores, no tenemos solución, y por eso necesitamos que el Señor nos mire con ojos misericordiosos, de lo contrario estamos perdidos. Por eso, al ponernos a orar lo hemos de hacer en actitud humilde. Nada merecemos. Sólo podemos poner delante del Señor nuestras miserias y pecados, pidiendo perdón por ellas. Esta actitud es la que complace al Señor, que estará siempre dispuesto a concedernos aquello que necesitamos, si nuestra oración es humilde.


DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HAZME JUSTICIA FRENTE A MI ADVERSARIO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 17, 8-13 * 2Tim 3,14—4, 2 * Lc 18, 1-8

El evangelio de este domingo tiene como eje principal la oración. La oración es un arma imprescindible en nuestra vida de fe. Podemos afirmar con toda seguridad que difícilmente se puede ser cristiano, discípulo del Señor, si la oración no ocupa un lugar primordial en la vida. Recordemos que es el mismo Señor Jesús quien, en otro fragmento del Evangelio, nos dice: «Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá».

Tenemos experiencia, sin embargo, de que no siempre con la oración alcanzamos aquello que deseamos. Esto sucede en algunas ocasiones porque nuestra oración es una oración rutinaria. Nos limitamos a repetir frases sin pensar demasiado en lo que decimos. Otras veces sucede que no tenemos confianza en recibir aquello que pedimos. Finalmente, puede ocurrir lo que nos dice Santiago en su carta: «Pedís y no recibís porque pedís mal» o lo que dice san Pablo a los Romanos: «Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene». 

Hoy, el Señor, que conoce estas deficiencias nuestras, viene en nuestra ayuda para enseñarnos a pedir como conviene, presentándonos la parábola de la Viuda insistente y el Juez injusto. A esta mujer un adversario le ha hecho un gran daño. Podemos pensar que se ha apropiado de aquellos bienes que necesita para subsistir. Buscando justicia acude al juez. Una y otra vez repite en vano: «Hazme justicia frente a mi adversario». Pero se trata de un juez injusto y malvado que, también una y otra vez, hace oídos sordos a la petición de la viuda.

La situación de la viuda es complicada. Necesita que se le haga justicia porque de ello depende su vida. Por eso, no desmaya. Un día y otro día espera la llegada del juez a la puerta de la sala de audiencias, para gritarle con todo su ser: «Hazme justicia frente a mi adversario».  El juez, al fin, se cansa de la insistencia de la mujer y piensa en sus adentros: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara».

Ante estas palabras del juez el Señor Jesús dice: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará largas?» Sin ninguna duda, atenderá a sus gritos.

Nuestra oración ha de ser como la de la viuda: machacona e insistente. Como ella, también nosotros tenemos que tener la certeza de que Aquel a quien pedimos, tiene poder para atender nuestras súplicas. Y también como ella, hemos de gritar día y noche con insistencia y confianza si queremos obtener aquello que necesitamos.

Aquel a quien pedimos no es injusto como el juez de la parábola, y quiere para nosotros lo mejor. Por eso, si lo que pedimos es para nuestro bien, atenderá nuestra oración insistente y nos dará aquello que necesitamos.

Finalmente, tengamos en cuenta que también nosotros tenemos un adversario dispuesto a hacernos daño, apartándonos del camino que lleva a la vida. Como enemigo de Dios, al que no puede hacer daño, se ensaña con nosotros que somos sus criaturas preferidas. Hagamos pues nuestra la oración de la viuda diciéndole al Señor: «Hazme justicia frente a mi adversario».


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«MIENTRAS IBAN DE CAMINO QUEDARON LIMPIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 5, 14-17 * 2Tim 2, 8-13 * Lc 17, 11-19 

San Lucas, en el evangelio de este domingo nos narra la curación hecha a diez leprosos por el Señor Jesús, que se dirige a Jerusalén. En el camino, entre Galilea y Samaría, le sale al encuentro un grupo de diez leprosos, que desde lejos y a grandes gritos le dicen: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». Él, acercándose, les dice: «Id a presentaros a los sacerdotes». El evangelista nos dice que «mientras iban de camino quedaron limpios».

El evangelio sigue diciendo que uno de ellos, que era samaritano, viendo que estaba curado, se vuelve alabando a Dios a grandes gritos, para dar gracias al Señor Jesús. Éste, extrañado de sólo ver al samaritano, pregunta: «No han quedado limpios lo diez?; los otros nueve, ¿dónde están?». Y dirigiéndose al samaritano le dice: «Levántate, vete: tu fe te ha salvado».

Se trata de un pasaje breve, pero muy intenso del evangelio, del que podemos sacar grandes frutos para nuestra vida de fe. En primer lugar, queremos destacar la terrible enfermedad que aquejaba a estas personas. La lepra era en aquel tiempo un enfermedad horrible e incurable. Los enfermos que la padecían tenían que abandonar su casa y a sus familiares, para vivir en chozas o cuevas completamente solos. Cuando iban por los caminos tenían que agitar una campanilla, al tiempo que gritaban: “Impuro, impuro.” En el caso, poco probable, de que alguno recuperara la salud, debía presentarse al sacerdote ofreciendo un sacrificio, para que diera fe de su curación.

La Iglesia, tradicionalmente, ha visto en esta enfermedad un símbolo del pecado que como una piel nos cubre, y de la que somos incapaces de desprendernos. Nosotros, si somos conscientes de estar en esta situación, como los leprosos, hemos de acudir a Aquel que tiene poder para limpiarnos, gritando como ellos: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».

No debemos pasar por alto la frase del evangelio que dice: «mientras iban de camino quedaron limpios». Tú y yo, también vamos de camino. Nuestra vida de fe no es algo estático sino dinámico. Toda nuestra vida, como discípulos, es un continuo caminar en este mundo hacia la vida eterna, guiados por la Palabra de Dios y formando la Iglesia de Jesucristo. Es a través de este camino donde experimentamos la misericordia de Dios que nos libra de nuestra lepra, nos limpia de nuestros pecados, y nos hace experimentar su amor.

Finalmente, tenemos que considerar la persona del leproso samaritano. Un samaritano, para el judío, era un hereje excluido del Pueblo de Dios. Sin embargo, es el único que, consciente del beneficio recibido, regresa exultante a dar gracias a Dios. Tú y yo, por nuestra condición de pecadores nada merecíamos, sin embargo, el Señor, en su misericordia nos ha colmado de sus bienes. Todo lo que tenemos lo hemos recibido de sus manos. Nos ha dado a conocer su amor y, cuando para nosotros no había salvación, mediante la Sangre de su Hijo lavó totalmente nuestros pecados. Además, y por si esto no era suficiente, nos adoptó como hijos haciéndonos herederos de la vida eterna. Ahora, podemos preguntarnos con el salmista: «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?». Muy sencillo, dándole gracias y bendiciendo su nombre. No nos pide nada más.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«SOMOS UNOS POBRES SIERVOS, HEMOS HECHO LO QUE TENÍAMOS QUE HACER»

 

CITAS BÍBLICAS: Ha 1, 2-3; 2, 2-4 * Tim 1, 6-8.13-14 * Lc 17, 5-10

En el evangelio de este domingo vemos que los Apóstoles se acercan al Señor para pedirle: «Auméntanos la fe». Nosotros, partiendo de esta petición, quisiéramos detenernos para considerar lo que entendemos por fe.

Si preguntamos a la gente es fácil que muchos nos digan que, “la fe es creer lo que no se ve”. Sin embargo, esta clase de fe es una fe que no salva de nada. A mí, creer que la China existe, aunque yo nunca haya estado allí, no me salva de nada. Lo mismo sucede cuando afirmo o niego de una manera intelectual la existencia de Dios. La fe que salva, aquella de la que habla Santiago en su epístola, no es una fe sustentada en ideas. La fe no son ideas. La fe que salva es una fe existencial, una fe que se apoya en la experiencia personal. Yo creo en la existencia de Dios o en la intercesión de los santos, porque en una situación determinada de mi vida, cuando era imposible encontrar una solución humana, de repente, al invocar al Señor o a alguno de los santos de mi devoción, lo que era imposible para mí se convirtió en posible. Esta es una experiencia que difícilmente olvidaré en mi vida y que afianzará cada vez más mi fe.

Para el cristiano la fe nace de un encuentro personal con el Señor Jesús, que no sólo está en el cielo, sino que está vivo y resucitado en su Iglesia. Tener experiencia de que cuando lo invocamos está junto a nosotros y nos ayuda, es lo que hace crecer nuestra fe. Una fe que, como ya hemos dicho antes no es una fe de ideas, sino de experiencias.

Ante esta fe de la que hablamos, no es de extrañar la respuesta del Señor Jesús a sus Apóstoles: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería». Esta es la fe que salva. La fe que mueve montañas. No hemos de olvidar que la fe existencial implica por parte de aquel que la posee, tener la certeza del poder de aquel a quien pedimos. Le pides a Dios, a La Virgen o a los santos, gracias, porque tienes la certeza de que tienen poder para atender a tu petición. En la vida, esta experiencia de fe, es una roca firme sobre la que podemos construir sin temor nuestra vida.

El evangelio termina llamándonos a conversión. Lo hace con el ejemplo del criado, en el que podemos ver reflejada nuestra vida. Como discípulos del Señor hemos recibido dones y gracias muy abundantes, que no han recibido el resto de personas. Se nos han dado para que con ellas hagamos llegar a los que nos rodean la Buena Noticia del Evangelio. Si el Señor nos ha llamado a nosotros, ha sido en función del resto de la gente, somos instrumentos en sus manos. Sin embargo, corremos el peligro de, al ver los frutos que logramos, atribuirnos el éxito. Pensar que todo lo hemos conseguido gracias a nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.

Pidamos al Señor que nos conceda la suficiente humildad como para hacer nuestras sus palabras: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Contemplar la obra que Él ha realizado a través de nosotros, será nuestra mejor paga. 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«AMA A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Am 6, 1a.4-7 * 1Tim 6, 11-16 * Lc 16, 19-31

Con todas las personas, hombres y mujeres, que pueblan la tierra, podemos hacer dos grandes grupos: los sensatos y los necios. Los sensatos, son aquellos que saben que su vida en la tierra es un tiempo pasajero, que aquí sólo estamos de paso, y que el destino definitivo del hombre es el cielo. Tener conocimiento de esta realidad hace que, en su vida, sepan disfrutar de los bienes que les concede el Señor, pero sin dedicar todo su esfuerzo a amontonar riquezas y bienes materiales. Como tienen clara su relación con estos bienes, están más inclinados a compartirlos con los demás.

Los necios, en cambio, en vez de considerar su vida en la tierra como algo temporal, pasan el tiempo buscando seguridades. Seguridades en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales etc. El denominador común de estas seguridades lo forman las riquezas, el dinero, los bienes materiales. Como buscan llenar su corazón con estos bienes, les resulta difícil compartirlos con los demás. La vida de los necios presenta una característica particular: la insatisfacción. Nada les llena por completo. Sus momentos de felicidad son efímeros.

Un ejemplo de persona necia nos lo brinda el evangelio de este domingo. El rico de la parábola, es el paradigma de esta persona egoísta que solo utiliza sus riquezas en provecho propio. Come, bebe, banquetea, sin importarle que en el portal de su casa un pobre hambriento y enfermo, desee, al menos, recibir para alimentarse las migajas y mendrugos que caen de su mesa. Vive para sí mismo sin preocuparse para nada de los demás.

El final de estos dos hombres es totalmente distinto. Mientras el pobre Lázaro, predilecto del Señor, entra a participar del gozo de la vida eterna, el rico, que se ha estado buscando siempre a sí mismo, en la otra vida, sigue atado a su egoísmo, privado de toda felicidad. Lo que le ocurre no podemos considerarlo un castigo, ya que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven. Ha sido él mismo el que se ha buscado la perdición. Ha sido incapaz de amar, ha sido incapaz de sentir misericordia hacia el pobre. Con sus riquezas se ha convertido en el Dios de sí mismo. Su orgullo y su egoísmo le han impedido experimentar la misericordia divina. No está de más recordar que Dios no condena en absoluto a nadie, pero tampoco salva a la fuerza. Somos nosotros los que, haciendo uso de nuestra libertad, podemos rechazar su misericordia y su salvación y, en consecuencia, condenarnos.

Agradezcamos al Señor que nos haya hecho partícipes de su mismo Espíritu, y nos haya elegido para dar a conocer a los que nos rodean esta forma distinta de vivir. En ella aparecemos como peregrinos que nos dirigimos hacia la meta, que es la Vida Eterna, a la que Dios-Padre nos llama.


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«ES IMPOSIBLE SERVIR A DIOS Y AL DINERO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 8, 4-7 * 1Tim 2, 1-8 * Lc 16, 1-13  

En el evangelio de este domingo, el Señor, mediante la parábola del administrador infiel, nos enseña a ser astutos. Así lo afirma cuando dice: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: “Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”».

¿Qué era lo que había hecho aquel administrador infiel? Sencillamente, al conocer que su amo lo removía del cargo de administrador, y dándose cuenta de que no tenía fuerzas para trabajar la tierra y que, por supuesto, no entraba en sus planes vivir de la limosna de los demás, sagazmente ideó un plan para continuar teniendo una buena forma de vida, sin tener que esforzarse demasiado.

Se dedicó a visitar a todos los deudores de su amo antes de dar cuenta de su administración, firmando un recibo en el que rebajaba de una manera considerable la deuda de cada uno. De este modo se ganaba su agradecimiento, y a la vez obtenía la ayuda necesaria para seguir viviendo. En la práctica continuaba administrando unos bienes que no le pertenecían y se lucraba con los beneficios.

Podemos preguntarnos ahora: ¿Por qué el Señor Jesús nos pone como ejemplo esta figura del administrador infiel y nos dice: “Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas?” Sencillamente, porque tú y yo también hemos recibido muchos bienes que no son nuestros, para que hagamos con ellos un uso correcto compartiéndolos con los demás. Sin embargo, nosotros, que somos egoístas, en vez de darles el uso adecuado, los usamos sólo en beneficio propio.

Sería necio que pensaras que lo que tienes lo has ganado con tu esfuerzo, que es fruto de tu trabajo y que a ti nadie te ha regalado nada. ¿De quién has recibido la inteligencia? ¿Quién te ha dado ese ojo certero para los negocios? Seguramente conoces a más de uno que siendo inteligente, tanto o más que tú, siendo trabajador y emprendedor, ha fracasado en todos los negocios que ha emprendido. No digas que ha tenido mala suerte. La suerte no existe. Sería horroroso que nuestras vidas estuvieran en manos del azar. Lo que ciertamente existe es la Providencia de Dios, que, sin violentar nuestra libertad, pone ante nosotros acontecimientos que tienen como finalidad nuestra propia salvación.

Hoy el Señor te invita a que utilices esos dones que has recibido, que no te pertenecen y que son el dinero injusto de la parábola, para que negociándolos logres hacerte amigos que un día en el cielo den testimonio en tu favor. El Señor dice: «El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar». Que no se te pegue el corazón al dinero, porque «es imposible servir a Dios y al dinero» 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«ME PONDRÉ EN CAMINO ADONDE ESTÁ MI PADRE»

 

Ex 32, 7-11.13-14 * Tim 1, 12-17 * Lc 15, 1-32

Es posible que alguno de nosotros, que nos confesamos creyentes, en más de una ocasión nos hayamos preguntado ¿cómo es el Dios en el que creemos? Por la formación que hemos recibido, quizá tengamos en la mente una idea estereotipada y no muy acertada de cómo es en realidad nuestro Dios.

La mejor referencia que tenemos para conocer a nuestro Dios es la persona del Señor Jesús, que puede darnos la única respuesta válida y la más adecuada a todas nuestras preguntas. Él es el que mejor conoce lo íntimo de Padre, ya que, con él y con el Espíritu Santo es igualmente Dios. Hoy, en el evangelio, tenemos la ocasión de conocer de primera mano, tal como nos lo muestra el Señor Jesús, a nuestro Padre-Dios.

En la parábola que hoy nos propone Jesús, en contra de lo que tradicionalmente se nos ha transmitido, la figura central es el padre. En él, el Señor Jesús quiere que descubramos la figura de nuestro Padre Dios. Se trata de un hombre rico que tiene dos hijos. En un momento dado, el menor de ellos pide al padre la parte de la herencia que le corresponde. Llegados a este momento merece que nos detengamos para comprobar hasta qué punto el padre ama al hijo y respeta libertad, porque, aún a sabiendas de los peligros a los que va a enfrentarse, accede a su petición.

Lo que hace el hijo con todas las riquezas que le han correspondido, es muy similar a lo que tú y yo hacemos con los dones y gracias que cada día recibimos de las manos del Señor. Las malgastamos, y en vez de compartirlas con los demás, nos buscamos a nosotros mismos y alimentamos nuestro egoísmo. Buscamos, como el hijo de la parábola, una felicidad que dura poco y que nos deja interiormente vacíos.

El padre del Hijo Pródigo no pierde la esperanza de ver regresar a su hijo. Cada día, desde la terraza de la casa, otea el horizonte en espera de descubrir a lo lejos su figura. Cuando esto sucede, baja presuroso y con los brazos abiertos corre para estrechar en los suyos al hijo que, inútilmente, pretende darle explicaciones. Inmediatamente ordena a los criados que lo vistan y que pongan en su dedo un anillo, como signo de su dignidad de hijo, y que organicen un gran banquete, porque aquel hijo suyo estaba perdido y ha sido hallado.

La figura del padre del Hijo Pródigo y su comportamiento, está a millares de años luz del concepto que de Dios teníamos en otro tiempo. No es un Dios justiciero, no es un Dios exigente, no es un Dios que imponga una ley sin cuyo cumplimiento es imposible la salvación. Por el contrario, es un Dios que espera pacientemente nuestro regreso, cuando por nuestros pecados nos apartamos de Él. Es un Dios que a ti y a mí, que somos sus hijos, no puede desearnos mal alguno. Recordemos las palabras del Señor Jesús: «Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más hará vuestro Padre del Cielo?...»  

Lo único que nuestro Padre desea para hacernos partícipes de su salvación, es que, reconociendo nuestros fallos y defectos nos acojamos a su inmensa misericordia, y no rechacemos esa salvación que ya nos ha otorgado de antemano en la Sangre de su Hijo Jesús. Él tiene preparado para todos los hombres sin distinción de raza o religión, un banquete en el cielo. Lo único que nos pide es que, aceptemos voluntariamente su invitación.