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NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

«HOY, OS HA NACIDO UN SALVADOR: EL MESÍAS, EL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 9, 1-3.5-6 * Tit 2, 11-14 * Lc 2, 1-14

Con la solemnidad de la Natividad del Señor damos fin al Adviento y al mismo tiempo iniciamos el tiempo de Navidad. Han sido cuatro semanas en las que la liturgia nos ha hecho presente, por una parte, el advenimiento del Señor al final de los tiempos, y por otra parte el nacimiento del Niño-Dios en el tiempo.

En la liturgia cristiana celebramos durante el año dos acontecimientos extraordinarios. Por una parte, la Pascua de Resurrección del Señor Jesús que es el origen y centro de toda la vida cristiana. Es la celebración central de nuestra fe. Por otra parte, celebramos la Pascua de Navidad que nos hace presente el Nacimiento del Niño-Dios que, tomando una carne como la nuestra, da comienzo al cumplimiento de las promesas hechas desde antiguo por Dios-Padre a su Pueblo.

Queremos fijar nuestra atención en tres versículos tomados cada uno de las tres lecturas de la Misa de Medianoche. El profeta Isaías nos dice en la primera palabra de la Eucaristía: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombras, y una luz les brilló.» Esa era la situación de los hombres cegados por el pecado, imposibilitados para obrar el bien. Hacía falta que apareciera una luz, un foco, que alumbrara, que diera sentido a la vida de cada hombre. Hoy, la situación del hombre no es mejor que aquella. El dinero, el egoísmo, la sensualidad, etc., hacen que el hombre camine en tinieblas y tenga necesidad de que, en su noche, brille también una luz que dé sentido a su existencia.

San Pablo en su carta a Tito nos dice: «Ha parecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.» ¡Qué gran noticia! Si trae la salvación para todos, es porque todos estaban condenados. Ningún hombre es capaz de lograr la salvación mediante su esfuerzo, por eso el Apóstol nos dice que ha aparecido la gracia de Dios, es decir, el don gratuito de Dios. Tú y yo, no creo que tengas ninguna duda, somos pecadores, y, por tanto, somos incapaces con sólo nuestro esfuerzo de hacer el bien, de hacer aquello que agrada al Señor. Por eso, Él viene en nuestra ayuda, y sin ningún esfuerzo por nuestra parte, nos regala su salvación. Lo único que nos pide es que la aceptemos, que no la rechacemos.

Finalmente, en el evangelio, vemos al ángel del Señor que dice a los pastores: «No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.» Esta es la gran noticia. Lo fue entonces y continúa siéndolo hoy. En la noche de los pastores y también en la de nuestra vida, aparece una luz. Viene a romper las ataduras y esclavitudes a las que el pecado nos somete. Es el Salvador, es el Señor, que, encerrado en el débil cuerpecito de un niño, viene a dar cumplimiento en nuestra vida a las promesas de Dios-Padre.

Esta gran noticia lo será para nosotros, en primer lugar, si estamos convencidos de que somos pecadores, que estamos necesitados de salvación. De ser así, será también necesario que, con un corazón sencillo, como el de los pastores, bendigamos al Señor por el gran beneficio que nos hace con su visita.


DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -A-

«JOSÉ DESPERTÓ E HIZO LO QUE LE HABÍA MANDADO EL ÁNGEL»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 7, 10-14 * Rm 1, 1-7 * Mt 1, 18-24

Con este domingo damos inicio a la última semana de Adviento. Ya muy próxima la Navidad, en esta semana la liturgia nos prepara de una manera inmediata a celebrar el Nacimiento del Niño-Dios en Belén.

Hemos dicho con anterioridad que una de las figuras señeras del Adviento es la Virgen María. Sin embargo, el evangelio de hoy tendrá como centro la figura de José, el Carpintero de Nazaret. A través de los tiempos, y por el deseo de la Iglesia de afirmar el carácter sobrenatural del nacimiento de Jesucristo, a José, figura señera de la historia de salvación, no se le dio la importancia que merecía. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que, por fin, en 1870, el papa Pío IX, en el Concilio Vaticano I, declaró y constituyó a san José como Patrono Universal de la Iglesia. Recientemente, se le ha hecho justicia con un Año Jubilar dedicado a su persona, y con la inclusión de su nombre en todo los cánones de la Misa.

José, fue el humilde carpintero de Nazaret, elegido por Dios como esposo de la que había de ser Madre de su Hijo, y ser, a la vez, dentro del Pueblo Judío, el padre legal de Jesús, con todos los derechos y todas las obligaciones que ello conllevaba. Tendría como misión fundamental, enseñar al Niño Jesús a amar a Dios sobre todas las cosas, educándole como miembro del Pueblo Elegido y preocupándose de su cuidado y del cuidado de María su madre. Es el hombre al que el mismo Hijo de Dios llamó en esta tierra, padre.

El pasaje del evangelio de hoy es crucial en la historia de salvación. María acepta en la Anunciación engendrar en su seno al Hijo de Dios. Hoy, José, hace lo mismo, aceptando la misión para la que ha sido elegido por Dios. Previamente ha tenido que librar una batalla personal, al comprobar que su esposa María se encuentra grávida, tomando la decisión de repudiarla en secreto a fin de no hacerle daño. El ángel da a José, de parte de Dios, las explicaciones pertinentes, y éste, acepta de buen grado convertirse en eunuco por el Reino de los Cielos. Cuando el Señor Jesús, muchos años después utiliza en el evangelio esta expresión, sin duda, está pensando en su padre de la tierra.

En José tenemos un ejemplo excelente de aceptación de la voluntad de Dios. Sin duda, en su caso, como también en algunos que se nos presentan en la vida, esta voluntad de Dios rompe por completo los planes previstos y complica la vida. Sólo hemos de pensar cómo cambió la vida de la Virgen y también la de José, su esposo, cuando el Señor intervino en sus vidas. Podemos decir, sin embargo, que la voluntad de Dios para con nosotros, es con mucho lo mejor. Pidamos, pues, la docilidad y la obediencia tanto de María como de José, porque al final seremos nosotros los que saldremos ganando. A Dios nadie le gana en generosidad.


DOMINGO III DE ADVIENTO -A- Domingo Gaudete

DOMINGO III DE ADVIENTO -A- Domingo Gaudete

«ESTAD ALEGRES. EL SEÑOR ESTÁ CERCA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 1-6a.10 * St 5, 7-10 * Mt 11, 2-11

La situación del hombre después del pecado es lamentable. Creado para una vida eterna y feliz unido a Dios experimentando su amor, y a la vez siendo capaz de amar, se encuentra ahora sin hallar sentido a su vida, sometido al sufrimiento, a la enfermedad y a la muerte. Ya no es capaz de actuar movido por el amor al hermano. Ahora es el egoísmo el que rige su vida y por tanto se esfuerza en defenderla con uñas y dientes. De esta situación, el hombre no puede escapar. Conoce lo que es bueno, lo que es el bien, pero se halla incapacitado para realizarlo. Necesita que alguien rompa esta esclavitud al pecado y le devuelva la libertad.

En la palabra de Isaías, ese desierto del que habla y ese páramo, de por sí estériles, que somos tú y yo, cambiarán radicalmente cuando aparezca la gloria de Dios. Entonces se fortalecerán las manos débiles y volverán a estar robustas las rodillas vacilantes. El Señor, a través del profeta, nos dice a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, la lengua del mudo cantará, y volverán los rescatados del Señor

La respuesta del Señor Jesús a los enviados de Juan en el evangelio de hoy, hace referencia, precisamente, a este pasaje de Isaías: «Id anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen». En él, pues, halla cumplimiento la palabra del profeta. Él viene a abrirnos los oídos a la Palabra y a la historia, para que a través de ellas conozcamos la voluntad de Dios. Viene a abrirnos los ojos para que podamos contemplar, libres del pecado, la inmensa obra de su amor para con nosotros. Viene a fortalecer nuestra débil voluntad dañada por el pecado, viene, en fin, a desatarnos la lengua para que podamos cantar sus alabanzas.

Este tercer domingo de Adviento es conocido en la liturgia como el “Domingo de Gaudete”. Es un domingo en el que, dentro de la espera, se nos invita a vivir en la alegría y el gozo. Así nos lo recuerda la antífona de entrada con palabras del Apóstol: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca.» Pensemos en la desbordante alegría de aquel reo condenado a muerte, al que se le comunica que su deuda ha sido perdonada y que está libre. Ese somos tú y yo, que no teníamos remedio, que no teníamos salvación, y por la misericordia de Dios nos vemos libres del pecado y de la muerte. Esta alegría a la que nos invita el Apóstol, se ve reflejada también en el color de los ornamentos litúrgicos. Hoy, en vez del morado, vemos al presbítero vistiendo una casulla de color rosa. Todo, pues, nos invita a vivir con ilusión la venida del Señor que está ya próximo.

Pidamos al Señor un corazón agradecido que bendiga su nombre y le dé gracias, por todos los dones que gratuitamente nos regala sin merecimiento por nuestra parte. Hablando en lenguaje meramente humano, podemos imaginarnos el gozo del Señor al ver a sus hijos contentos y agradecidos.


DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

DOMINGO II DE ADVIENTO -A-

«PREPRAD EL CAMINO DEL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 11, 1-10 * Rm 15, 4-9 * Mt 3, 1-12

En el evangelio de este domingo aparece la figura de Juan el Bautista llamando a conversión a las gentes, para preparar la llegada del Reino de los Cielos, que él anuncia cercano. Juan Bautista es el precursor del Mesías. Es el encargado de prepararle el camino. El profeta Isaías ya hace referencia a Juan cuando dice: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.»

Dentro del Adviento aparecen tres figuras fundamentales que ocupan el centro de este tiempo litúrgico: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. En la primera semana del Adviento la liturgia nos mostrará la primera parte del libro del profeta Isaías, para continuar luego con el Libro de la Consolación. Ya en la tercera semana el protagonista será Juan el Bautista, y finalmente en la cuarta, el centro lo ocupará la Virgen María.

La primera lectura de hoy, sacada del libro de Isaías, nos anuncia la presencia del Mesías, representado en el Retoño del tronco de Jesé. Jesé es el padre del rey David, no en balde el Mesías será llamado Hijo de David. Isaías nos muestra al Mesías, que tendrá la misión de restaurar el orden primero, aquel que Dios tenía in mente cuando dispuso la creación del mundo. Un orden pervertido al aparecer el pecado del hombre. El relato que hace Isaías de la creación, es hermoso, aunque nos puede parecer idílico, sin embargo, podemos creer que ese era el paraíso que Dios había concebido para que en él habitáramos nosotros. Fue la insensatez del hombre, la tuya y la mía, al usar mal nuestra libertad, la que hizo rodar por los suelos el plan de Dios.

Juan, hoy, nos llama a conversión. Tenemos necesidad de reconocer nuestro pecado, que ha sido el origen de todo el mal en el que se mueve la humanidad. Hemos sido nosotros los que hemos dado la espalda a Dios, pidiendo la vida al dinero, al sexo, a todos los ídolos del mundo, llevándonos a enfrentamientos y guerras dentro de la familia y en la sociedad. El hombre se ha vuelto enemigo del hombre por su orgullo y egoísmo.

Reconocer esta situación, que no es otra cosa que convertirnos, nos llevará a experimentar la necesidad que tenemos de un Salvador. De alguien que nos introduzca en un orden nuevo en donde vuelvan a darse, el amor, la misericordia y el perdón. Un lugar en donde puedan volver a convivir el lobo y el cordero.

Isaías, refiriéndose a Juan dice, «una voz grita en el desierto preparad el camino al Señor». Hoy esa voz resuena de nuevo para ti y para mí que vivimos en el desierto de la vida. Nos invita a reconocer sin miedo nuestras limitaciones, nuestra pobreza, nuestros pecados, para que seamos conscientes de que necesitamos un Salvador. Un Salvador, que Juan nos anuncia cercano, y que derramará sobre nosotros el Espíritu Santo. 


DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

DOMINGO I DE ADVIENTO -A-

«ESTAD PREPARADOS PORQUE EL SEÑOR LLEGA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 2, 1-5 * Rm 13, 11-14 * Mt 24, 37-44

Damos comienzo en este domingo a un nuevo año litúrgico. A través de él, la Iglesia nos hará contemplar la figura del Señor Jesús, entroncada en la historia de salvación personal de cada uno de nosotros. Lo acompañaremos desde su nacimiento en Belén hasta su Ascensión a los cielos. Lo haremos, principalmente, a través del evangelio de san Mateo que es el que la liturgia nos propone para el ciclo A.

La primera parte de este recorrido anual lo forman las cuatro semanas que preceden al nacimiento del Señor en Belén, y que constituyen el Adviento. De estas cuatro semanas, las tres primeras, hasta el día 17 de diciembre, nos anuncian la venida del Señor Jesús al final de los tiempos. Nos hacen presente la parusía. A partir del día 17 de diciembre, la liturgia nos prepara de una manera inmediata a la celebración del gran acontecimiento de la Navidad, con el nacimiento del Niño Jesús en Belén.

Muchas veces vivimos casi ignorando que en este mundo sólo estamos de paso. Tenemos tendencia a aposentarnos como si nuestra estancia en esta tierra fuera definitiva. Pero no es cierto, somos ciudadanos del Cielo que, de momento, peregrinan en esta tierra. Por eso, es necesario no perder de vista cuál es nuestro fin. En el horizonte de nuestra vida ha de aparecer con claridad nuestra meta, la vida eterna, el Cielo.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, nos indica cuál ha de ser nuestra actitud. Nos advierte que puede sucedernos lo mismo que ocurrió en tiempos de Noé: «Antes del diluvio la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que entró Noé en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos.» «Por tanto, dice, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.»

Hemos de evitar caer en la tentación de pensar que el final está muy lejos. Quizá, el final de los tiempos sí, pero, es necesario que tú y yo no olvidemos que desconocemos cuál será nuestro final y que, quizá, puede no estar muy lejano. No lo decimos para infundir miedo a nadie, pero hay que reconocer que sería muy necio vivir la vida como si nunca hubiera de llegar el final.

El Adviento nos invita a estar alerta esperando la venida del Señor. Se trata de un tiempo especial de conversión, estando convencidos de nuestra realidad de pecado y de la necesidad que tenemos de encontrarnos con el Señor. San Pablo, en su carta, nos invita a ser conscientes de esta realidad y nos dice: «Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad.»

Alegrémonos, pues, porque el Señor llega, y llega para salvar.


DOMINGO XXXIV DEL T. O -C- CRISTO REY

DOMINGO XXXIV DEL T. O -C-  CRISTO REY

«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Sa 5, 1-3 * Col 1, 12-20 * Lc 23, 25-43

Con este domingo la Iglesia da fin al año litúrgico. El nuevo año dará comienzo el próximo domingo con el inicio del Adviento.

El Año litúrgico es el desarrollo de los misterios de la vida, muerte y resurrección de Cristo y las celebraciones de los santos que nos propone la Iglesia a lo largo del año. Es vivir y no sólo recordar en un año, toda la historia de la salvación. Es un camino de fe que nos adentra y nos invita a profundizar en el misterio de la salvación. Un camino de fe para recorrer y vivir el amor divino que nos lleva a la salvación.

Cristo es el centro del año litúrgico y de toda la vida de la Iglesia. En este domingo, último del año, como culmen de toda la historia de la salvación, la Iglesia pone a nuestra consideración la figura de Cristo Rey del Universo.

La realeza de Cristo no es fruto de nuestra devoción. Sabemos con certeza que lo es, porque él mismo lo afirma cuando responde a la pregunta de Pilato: «¿Luego tú eres rey?, diciéndole: Si, como dices, soy rey» 

En su carta a los Colosenses, san Pablo nos muestra a Cristo «como primogénito de toda criatura…» Nos dice que «todo fue creado por él y para él…» que «él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia…» que «es el primero, el principio en todo.» Y en la primera carta a los Corintios nos dice: «Cristo tiene que reinar hasta que todos sus enemigos estén puestos debajo de sus pies; y el último enemigo que será derrotado es la muerte.»

Considerar la figura de Cristo Rey ha de ser para nosotros motivo de inmenso gozo. No sólo por el hecho en sí, sino porque esa realeza también nos atañe a nosotros. Como discípulos de Cristo y miembros de su Iglesia, formamos con Él, que es la cabeza, su cuerpo. Ciertamente, un cuerpo de pecadores, pobres y débiles, peregrinos en esta tierra, pero que, guiados por Él y por su Espíritu, caminamos hacia el cielo, hacia la vida eterna.

Cristo, sentado a la derecha del Padre, revestido de toda autoridad, es además para nosotros, el Kyrios, el Señor de todo principado y potestad, de todo aquello que nos domina y nos impide ser felices. Es Señor, es Rey, de nuestro mal carácter, de nuestra sexualidad descontrolada, de nuestra ambición desmedida. Es el Señor, el rey de nuestros problemas familiares, de salud, de trabajo o de relación. Es Él el que a la derecha del Padre intercede por nosotros continuamente. Es Él el que nos envía su Espíritu para que nos ayude a hacer el bien, a perdonar a nuestros enemigos y a todos los que nos ofenden. Es un Rey, que no sólo está en el cielo, sino que, como nos prometió, está y estará a nuestro lado hasta la consumación de los siglos.


DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA: SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 3, 19-20a * 2Tes 3, 7-12 * Lc 21, 5-19 

Estamos llegando al final del año litúrgico, que culminará el próximo domingo con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. La liturgia nos ayuda a vivir resumida toda la historia de salvación en el transcurso de un año, por lo que es lógico que en estas semanas últimas nos haga presente el final de los tiempos.

Todos sabemos que el universo, la creación entera, no es algo eterno, sino que, por voluntad de Dios tuvo un principio y que, por la misma razón, camina hacia su fin. En el evangelio de este domingo, el Señor Jesús, partiendo del anuncio de la próxima destrucción del Templo, hace una exposición detallada de los acontecimientos que tendrán lugar cuando se acerque el final de los tiempos.

Habla en primer lugar de la aparición de falsos profetas que, incluso llegarán a presentarse en su nombre anunciando el final. Falsos mesías que aparecerán como salvadores de la humanidad. «No vayáis tras ellos» dice el SeñorEn segundo lugar, anuncia que habrá signos en la tierra, como terremotos, hambre y epidemias y sobre todo persecución a los elegidos, que serán entregados a los tribunales y metidos en las cárceles.

Viendo los acontecimientos que están sucediendo en nuestra sociedad, guerras, terremotos, inundaciones, persecución de los que se confiesan cristianos, la aparición de falsos profetas, falsos mesías, que pretenden mostrarnos caminos de felicidad y formas de vivir totalmente opuestas al Evangelio, al tiempo que persiguen y encarcelan a los que se mantienen fieles a la Verdad, diríase que estamos viviendo el preludio del fin. Sin embargo, no debemos alarmarnos y hemos de procurar mantenernos fieles al Señor.

Podemos afirmar casi con toda seguridad, que no seremos testigos del final de los tiempos. Sin embargo, no hemos de olvidar que para cada uno de nosotros existirá un final de los tiempos particular. El Señor tiene dispuesto para cada uno un final distinto. El fin del mundo a mí no me quita el sueño, como no nos lo ha de quitar a nadie. Lo que si ha de preocuparnos es estar vigilantes para que, cuando el Señor disponga, nos encuentre preparados para marcharnos con Él.

La muerte es para los creyentes una puerta que se abre hacia la vida eterna, donde se nos descubrirá un panorama tan maravilloso que hará exclamar a san Pablo: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios prepara para los que le aman». Tampoco debe amedrentarnos el hecho de encontrarnos con el Señor. Él, que cargó sobre sus hombros el peso de nuestros pecados, no puede en modo alguno rechazar a aquellos que se acogen a su misericordia. Lo que sí debe producirnos temor es que, usando mal nuestra libertad nos apartemos de Él. Ese ha de ser de verdad nuestro santo temor de Dios.

Desconocer el día y la hora no ha de producirnos inquietud, pero tampoco hemos de vivir demasiado despreocupados como si ese día nunca hubiera de llegar. El Señor, nuestro esposo, llega, y nosotros, como la novia, hemos de estar expectantes para partir con Él en cuanto se nos llame. Hoy, al final del evangelio, nos tranquiliza para que no nos afecten demasiado los sufrimientos, persecuciones y adversidades. Es Él mismo el que nos dice: «Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Nuestra actitud, por tanto, ha de ser de una vigilante y a la vez confiada espera.


DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO ES UN DIOS DE MUERTOS, SINO DE VIVOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 2 M 7, 1-2.9-14 * 2Tes 2, 16—3,5 * Lc 20, 27-38

El evangelio de este domingo trata un tema de vital importancia en la vida del hombre. De este asunto depende que tu vida y la mía tengan sentido, o por el contrario, sean un absurdo total. Serán una u otra cosa, según respondamos adecuadamente a las siguientes preguntas: ¿Yo para qué he nacido? ¿Para qué estoy en el mundo? ¿Mi vida es semejante a la de un animal que nace, se desarrolla, tiene opción de reproducirse y muere sin dejar rastro alguno? O, por el contrario, ¿he nacido para vivir un tiempo en este mundo y luego gozar de una vida eterna, plena y feliz?

Si nuestra vida es semejante a la de un animal es totalmente un fracaso. No se puede decir lo mismo de la vida de los animales, puesto que no tienen consciencia de lo que es su vida. Tú y yo vivimos, y somos conscientes de que vivimos, pudiendo orientar voluntariamente nuestros actos en una u otra dirección. Por el contrario, los animales, actúan de una manera ciega movidos por el instinto.

Esta inquietud respecto a la vida es la que tienen los saduceos, que se acercan planteando al Señor Jesús un dilema. Ellos pertenecen en Israel a una clase que podríamos asemejar a nuestra nobleza. De sus miembros salen los sumos sacerdotes que sirven al Templo. No creen en la resurrección de los muertos, y, por lo tanto, están enfrentados con los fariseos en el terreno religioso.

El problema que plantean al Señor es, resumiendo, el de una mujer que se casa sucesivamente con siete hermanos sin lograr descendencia de ninguno de ellos. Cuando ella muera y llegue la resurrección, preguntan, ¿de cuál de ellos será mujer? El Señor responde: «Cuando mueran, los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección, no se casarán, ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan de la resurrección.»

El Señor, para reafirmar el hecho de la resurrección de los muertos, les cita un pasaje del libro del Éxodo muy conocido por ellos: el de Moisés y la zarza ardiente, en el que Yahveh-Dios, se presenta a Moisés diciendo: «Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» El Señor Jesús continúa diciendo: «No es un Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos.»

Hoy, en una sociedad descreída y atea, es para nosotros un consuelo saber que, aunque vivamos un tiempo en esta tierra, somos ciudadanos del cielo en donde el Señor nos ha preparado una vida eterna y plenamente feliz. Esto, no ha de ser impedimento para que vivamos totalmente integrados en nuestra sociedad. Pero al mismo tiempo, también es cierto que no ha de desaparecer del horizonte de nuestra vida, la razón última de nuestra existencia, que hace que caminemos hacia la plenitud, hacia la vida para la que hemos sido creados por Dios.