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DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

«A VOSOTROS LO DIGO: ¡VELAD! »

 

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16c-17. 19c; 64, 2b-7 * 1 Cor 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

En nuestra vida hay dos acontecimientos que no se pueden discutir. En primer lugar, la certeza de que tarde o temprano moriremos. En segundo lugar, la incertidumbre del cuándo, cómo y dónde, va a ocurrir ese acontecimiento. Es una necedad intentar vivir la vida ignorándolos porque, lo queramos o no, tendremos que asumirlos.

Existen dos posturas a la hora de afrontar esta realidad. Para aquellos que no creen en la vida eterna, no hay más remedio que asumir que la existencia del hombre en este mundo es un puro fracaso. Venimos de la nada y a la nada retornamos. No pensamos así los creyentes. Sabemos que tenemos nuestro origen en Dios, y que nuestra existencia culminará cuando definitivamente estemos unidos a él por toda la eternidad.

El Señor Jesús, en el evangelio de hoy, nos muestra cuál ha de ser nuestra actitud ante nuestro encuentro definitivo con él. Hoy nos dice: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». «Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche o al canto del gallo… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos».

Es muy fácil que tú y yo vivamos nuestra vida terrena como si fuera definitiva. Es fácil que hayamos montado nuestra tienda poniendo demasiado empeño en las cosas del mundo, dejando de lado que nuestra existencia en esta tierra es pasajera. Eso es estar dormidos. San Pablo en su primera carta a los corintios nos advierte que «la representación de este mundo se termina». Es necesario, pues, estar vigilantes, estar prestos a responder de inmediato a la llamada del Señor.

Con este evangelio la Iglesia abre ante nosotros el tiempo del Adviento, tiempo de espera a la venida del Señor. Si los creyentes hemos de estar siempre dispuestos a la llamada del Señor, lo hemos de estar de un modo especial durante el Adviento. El Señor viene, y viene para salvar.

Con frecuencia, y debido a la formación religiosa que hemos recibido, en vez de ver en Dios al Padre amoroso, comprensivo, que nos ama a pesar de nuestros fallos y pecados, vemos en él, como decía el Catecismo, a un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Un Dios que, ciertamente perdona, pero que exige para salvarnos el cumplimiento de la ley. Consecuencia de esto es que en vez de amar a Dios como a nuestro padre, lo que surge en nosotros es el temor.

Es necesario tener la certeza de que cuando Dios aparece en nuestra vida, nunca lo hace para castigar, siempre lo hace para salvar. De ahí, que este tiempo de Adviento que iniciamos, tenga que ser un tiempo de gozosa espera. Un tiempo, como hoy nos dice el Señor, de vigilia y de espera ilusionada. El Señor viene. Estemos atentos y procuremos que no nos encuentre dormidos o enfollonados en los problemas del mundo.  


DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

¡ CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA !

 

CITAS BÍBLICAS:  Ez 34, 11-12. 15-17 * 1 Cor 15, 20-26. 28 * Mt 25, 31-46 

Con este domingo damos fin al año litúrgico. La Iglesia no podía hacer otra cosa que mostrarnos en este día la figura de Cristo Rey del Universo. San Pablo, en su primera carta a los Corintios, nos dice hoy: «Cristo tiene que reinar hasta que Dios “haga de sus enemigos estrado de sus pies”. El último enemigo aniquilado será la muerte» 

            El Señor Jesús, siendo Dios, se humilló hasta el extremo. Tomó condición de esclavo y se sometió a la voluntad del Padre, hasta el punto de entregar su vida en una muerte ignominiosa. Por eso, dice san Pablo en su carta a los Filipenses, «Dios-Padre lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre. De manera que, al Nombre de Jesús, toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra, y toda lengua proclame que Jesús es Señor para gloria de Dios-Padre». La palabra Nombre, es empleada aquí, en la Escritura, con el significado de poder. Quiere decir, por eso, que el Señor Jesús ha recibido del Padre el dominio y el poder sobre todo lo creado.

            ¿Qué consecuencia tiene para nuestra vida este poder otorgado por el Padre al Señor Jesús? Hemos dicho en muchas ocasiones que nosotros estamos, a causa del pecado, incapacitados para obrar el bien. hacemos nuestras las palabras de san Pablo en su carta a los Romanos: «Mi proceder no lo comprendo: querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo». Así, pues, nos encontramos impotentes, queremos, pero no podemos.

            No podemos, porque para nosotros, por ejemplo, es imposible perdonar de corazón, porque perdonar significa renunciar a lo que consideramos nuestros derechos, y eso sobrepasa nuestras fuerzas. Perdonar al enemigo, como nos pide el Señor, es hacer que el otro se salga con la suya, y eso es intolerable. Es necesario, decimos, hacer justicia.

            También somos impotentes para liberarnos de las esclavitudes que nos oprimen. A unos nos domina el sexo, y aunque muchas veces no queremos, caemos una y otra vez en él. A otros la ambición nos ciega y somos capaces de vender nuestra alma con tal de ser y aparentar. A otros es nuestro carácter el que nos lleva de calle. No podemos controlarnos, saltamos a la más mínima y luego nos arrepentimos de ser tan bruscos.

            Nos vemos también impotentes de reaccionar ante acontecimientos adversos. Problemas económicos, enfermedades y sufrimientos, desavenencias familiares…la muerte. Todo esto nos hace caer en angustia y hasta desesperación, porque comprobamos que la solución no está a nuestro alcance.

            Pues bien, hay uno que hoy te dice: «Venid a mí los que estáis cansados y agobiados». Venid a mí los impotentes, los esclavos de vuestros vicios, los atribulados. Yo he sido constituido por el Padre, Señor de todo lo que te oprime y te hace infeliz. Nada escapa a mi poder. Conozco todo lo que te hace sufrir. Para mí no hay nada imposible. Invoca mi Nombre, mi poder. Soy el Rey del universo. He entrado en la muerte por ti y la he vencido, para que no tengas que sufrirla tú. Te ofrezco esa victoria. Estoy muy cerca de ti. Camino a tu lado. ¡Llámame! ¡Invócame! Y yo te ayudaré, porque lo que más me complace es verte feliz. 

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ERES UN EMPLEADO FIEL. PASA AL BANQUETE DE TU SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 31, 10-13. 19-20. 30-31 * 1 Tes 5, 1-6 * Mt 25, 14-30 

El Señor Jesús recurre en muchas ocasiones a las parábolas, con el fin de hacer más comprensible su doctrina a aquellos que le escuchan.

Aunque todas las parábolas pueden aplicarse a nuestra vida, unas van dirigidas de un modo especial a algunos oyentes determinados. Nos referimos a aquellas que el Señor dirige a escribas y fariseos, o de un modo general al Pueblo de Israel. Otras, sin embargo, encuentran aplicación en la vida de cualquier persona que las escuche.

La que en este domingo XXXIII nos ofrece el evangelio, va dirigida de un modo especial a todos aquellos que el Señor llama a trabajar en su Iglesia. Somos nosotros los tres empleados que un hombre rico elige antes de partir a un largo viaje, haciéndoles entrega de una cantidad de dinero, con objeto de que con su trabajo la incrementen.

La parábola nos dice que dos de ellos se pusieron enseguida a trabajar con objeto de hacer crecer el capital recibido, mientras que el tercero, por miedo a exponerse y perder el dinero, lo esconde y no lo hace producir.

Al regreso de su señor, y cuando éste les pide cuenta de su trabajo, los dos primeros reciben alabanzas por la labor realizada, mientras que al tercero le recrimina su pasividad diciéndole: «Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses… Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez…»

Esta parábola, al final del año litúrgico nos hace presente nuestra propia vida. Nosotros encarnamos la figura de los tres sirvientes. Me atrevería a decir que va dirigida especialmente a los que vivimos nuestra vida de fe en la Iglesia y nos consideramos, por tanto, discípulos de Jesucristo. Él nos ha dado abundantes gracias en orden a la misión que ha puesto en nuestras manos. El Señor no nos ha llamado a su Iglesia para que nos salvemos. No es condición indispensable para alcanzar la salvación vivir dentro de la Iglesia. De ser así, serían muchos más los que se condenarían que los que lograrían salvarse. Nosotros estamos en la Iglesia para una misión. Para ser la luz que alumbre las tinieblas de los hombres que viven lejos de Dios. Así mismo, estamos llamados a ser la sal que dé sentido a la vida de los que no conocen a Dios ni a su Hijo Jesucristo. Finalmente, el Señor nos ha elegido para que seamos la levadura que haga fermentar la masa de una sociedad que vive a espaldas de Dios.

Para llevar a cabo esta misión, hemos recibido dones que el Señor no ha dado a los demás. Y aquí viene el paralelismo de nuestra vida con la parábola de hoy. Las gracias que tú y yo hemos recibido, son unos dones que no tienen como finalidad nuestro propio disfrute. Son dones que hemos recibido para hacerlos producir en beneficio de aquellos que, o no conocen a Dios, o lo han apartado de su vida. Tú y yo, discípulos de Cristo, tenemos la misión de gastar nuestras vidas anunciando a los demás el amor, la misericordia y el perdón de un Padre que no rechaza nada de lo que ha creado. Él, cuando creó a cada hombre lo hizo para que fuera eternamente feliz, pero, como lo hizo libre, el hombre pudo volverle la espalda y apartarse de Él. Es necesario, por tanto, que tú y yo con nuestra vida le anunciemos el amor de un Padre que no toma en cuenta esos desvaríos y que ha llegado al extremo de entregar a la muerte a su Hijo, para evitar que él muera.

 

 

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ESTAD EN VELA Y PREPARADOS, VIENE EL HIJO DEL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 6, 12-16 *1Tes 4, 13-18 * Mt 25, 1-13 

Estamos acercándonos al final de año litúrgico. Durante todo el año, a través de la liturgia, la Iglesia ha ido haciendo un repaso de la historia de salvación aplicada a nuestra vida. Esta historia terminará con la manifestación o segunda venida del Señor Jesús al final de los tiempos.

Con la parábola de las Vírgenes necias y prudentes, el Señor nos ayuda a mantenernos vigilantes ante su próxima venida. Hoy, como en otras ocasiones, nos habla de unas bodas. Conviene, antes de continuar, recordar cómo se celebraban las bodas en el pueblo de Israel.

La relación entre un chico y una chica empezaba después de un acuerdo previo entre las dos familias. Cuando llegaba el día de la boda, las dos familias se reunían en la casa del novio ultimando los tratos sobre la dote que correspondía a ambos contrayentes. Cada familia exponía a la otra, los bienes, casas, tierras o dinero, que aportaba para el nuevo matrimonio. Al terminar, el novio, acompañado por sus amigos, marchaba a la casa de la novia. Allí lo esperaban ella y las doncellas, sus amigas, que habían sido invitadas a la fiesta. Todos juntos entre cantos y danzas partían hacia el que iba a ser el nuevo hogar de los esposos, alumbrando la noche con antorchas que portaban las amigas de la novia.

En la parábola que nos narra el Señor, los tratos se alargaron hasta altas horas de la noche. Por este motivo, al tardar tanto el esposo, todas las doncellas se durmieron. A media noche, se oyó gritar una voz: «¡Qué llega el esposo, salid a recibirlo!». Las doncellas se apresuraron a preparar sus lámparas. Unas habían provisto el aceite necesario mientras que las otras no, por lo que tuvieron que salir a comprarlo. La comitiva se puso en marcha y al llegar entró en la casa, cerrando después las puertas. Las doncellas que no fueron previsoras, no pudieron entrar y, por tanto, no pudieron participar en la boda.

¿Qué enseñanza pretende darnos el Señor con esta parábola? Nosotros también estamos invitados a unas bodas. Son las que el Señor nos prepara en el cielo. Nuestra salvación depende de que nos mantengamos alerta para recibir al Esposo. Al hablar de salvación, no sólo nos referimos a la del último día. Nos referimos a todas las veces que el Señor Jesús aparece en nuestra vida, haciéndolo siempre para salvar. Son muchas más de las que nosotros podamos pensar. A través de un pobre que nos alarga la mano. A través del sufrimiento de un amigo o conocido que ha padecido un revés o que se encuentra enfermo, etc. También se hace presente en los acontecimientos alegres, no sólo en los tristes.

 Permite que te pregunte, ¿has tenido en estas ocasiones los ojos abiertos para poder decir, aquí está el Señor, o, te has dormido, como las doncellas, distraído en tus cosas y en tus negocios? Por eso es necesario mantenernos alerta, porque cuando menos lo esperemos, también para nosotros se escuchará esta voz: «Llega el esposo, salid a recibirlo». ¿Qué ocurrirá entonces? Pueden ocurrir dos cosas: si nuestras alcuzas están llenas de aceite, signo del Espíritu Santo, podremos entrar con el Esposo en la sala del banquete. Si por el contrario esta llamada nos encuentra inmersos en las preocupaciones del mundo: dinero, familia, trabajo, salud, diversiones, etc., faltos de aceite, con mucho espíritu mundano, pero carentes de Espíritu Santo, es posible que nos veamos imposibilitados a entrar en el banquete.

Hoy, el Señor, nos invita a mantenernos vigilantes para no escuchar de sus labios las terribles palabras: «Os lo aseguro: No os conozco»

 

 

 

 

 


DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL PRIMERO ENTRE VOSOTROS SERÁ VUESTRO SERVIDOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Mal 1, 14b—2, 2b. 8-10 * 1Tes 2,7b-9.13 * Mt 23, 1-12

La naturaleza humana, herida por el pecado, busca por todos los medios ser, destacar, ocupar un lugar de relevancia en la vida. Tú y yo, necesitamos imperiosamente llenar el hueco dejado por el Amor de Dios en nuestro corazón, a causa de nuestro pecado. Hemos sido creados para ser felices, pero nos encontramos con la amarga realidad de no poder conseguirlo.

Esta situación, que a los ojos del mundo puede parecer una condenación, vista desde la fe no es otra cosa que un rasgo más del amor de Dios. Si las cosas del mundo, afectos, riquezas, poder, etc., fueran capaces de llenar el vacío de nuestro corazón, jamás buscaríamos a Dios y jamás llegaríamos a saborear la felicidad que es estar unidos a Él, por toda una eternidad. Nunca se haría realidad la razón última por la que hemos sido creados.

A los fariseos y a los letrados a los que se refiere el Señor Jesús en el evangelio, les sucede exactamente todo esto. El Señor dice de ellos: «alargan las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias por la calle y que la gente los llame “maestros”». Buscan con este comportamiento satisfacer su ansia de ser, de aparentar, de destacar. Buscan en el fondo la felicidad. Algo que por más que se esfuercen nunca consiguen.

A continuación, el Señor nos dice cuál ha de ser nuestro comportamiento y nuestra forma de hablar. No os dejéis llamar maestros, dirá, ni jefes y ni mucho menos padres, porque sólo tenemos un Padre que es el del cielo y un sólo Señor que es el Cristo.

Lo que dice a continuación el Señor Jesús es totalmente contrario al espíritu del mundo: «El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido». Es la forma de obrar de Dios, que se complace en el humilde y mira al soberbio de lejos. La humildad, es la virtud, es la actitud, que más agrada al Señor. La Virgen, dice en el Magníficat: «El Señor ha mirado la humildad de su esclava», por eso todas las generaciones la felicitarán y la llamarán bienaventurada.

Cuando tú y yo nos humillamos reconociendo nuestra pequeñez, nuestra impotencia y nuestro pecado, hacemos posible que se vea en nosotros la obra del Señor. No debemos querer ser protagonistas como los escribas y fariseos, debemos querer que los que nos rodean, familiares, amigos o vecinos, vean que, en nosotros, que valemos muy poco, el Señor realiza grandes obras. Es una estupenda forma, que está a nuestro alcance, para dar gloria a Dios.


DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«AMA A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS Y AL PRÓJIMO COMO A TI MISMO »

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 22, 21-27 * 1Tes 1,5c-10 * Mt 22, 34-40

En el evangelio de este domingo la pregunta que el fariseo formula al Señor, encierra en sí misma la verdad más importante de toda la fe, tanto para el pueblo hebreo como para nosotros los cristianos.

El Señor Jesús, a la pregunta de cuál es el mandamiento principal de la Ley, responde diciendo: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todo tu ser». Esta frase esta sacada del libro del Deuteronomio que dice así: «Escucha, Israel. El Señor Dios es el único Dios. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». En esta ocasión el Señor Jesús añadirá: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». «Estos dos mandamientos, el amor a Dios y el amor al prójimo, sostienen la Ley entera y los profetas».

En este mandamiento primordial del Deuteronomio, encontramos tres partes bien diferenciadas. La primera, que suele pasar desapercibida, es «Escucha, Israel». Aunque parezca mentira, si esta primera parte no se da, difícilmente se cumplen las dos siguientes. Alguien puede preguntar, ¿por qué es tan importante? Porque tanto en la vida de Israel como en el cristianismo, la fe entra en nuestro corazón a través de la escucha de la Palabra. No hay otro camino. Para tener fe no hay que hacer grandes rezos, no hay que hacer obras de caridad, no hay que esforzarse en hacer el bien. Todo esto que es muy laudable, está muy bien, pero, sin embargo, el único medio de que disponemos para que nuestra fe crezca, es a través de la Palabra de Dios. Y no hay que perder de vista que la Palabra de Dios sólo puede penetrar en nuestro Corazón, si la escuchamos.

En este mandamiento que estamos considerando hay otras dos partes. La primera es: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». La segunda es, «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.». Sin embargo, para llevarlas a la práctica, hay que invertir el orden. Amar a nuestro prójimo, al que vemos, como dice san Juan, es el camino para amar a Dios al que no vemos.

Resumiendo, la fuerza de la Palabra escuchada y aceptada, nos llevará en primer lugar a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, para luego poder amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Éste es el único camino de que disponemos tú y yo, para alcanzar la verdadera felicidad. Así lo ha dispuesto el Señor, que nos ama con locura y que nos ha creado para una felicidad eterna. Unidos a Él, teniéndolo como al único y amándolo con todo el corazón, se hará realidad la voluntad del Padre a la hora de crearnos.

Finalizamos haciendo una aclaración: solemos llamar mandamientos a las palabras de Dios en el Sinaí, y hay que de tener en cuenta que el mandato o mandamiento implica una ley que debe ser cumplida. Sin embargo, para nosotros, y después del pecado, ese cumplimiento es imposible sin la acción del Espíritu Santo. Por eso, lo correcto en vez de llamarlos mandamientos, es darles el nombre de Palabras de Vida, porque nos dan a conocer la voluntad de Dios y nos marcan el camino a seguir para lograr la vida eterna. 

 


DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS». 

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

Israel se encuentra bajo el dominio de los romanos. Esta situación supone para el pueblo la carga de tener que pagar impuestos a aquellos que les oprimen. Como es lógico los israelitas sienten odio hacia los romanos y no pueden aceptar de ningún modo esta obligación.

Los escribas y fariseos, aprovechando esta situación, plantean al Señor Jesús un dilema: «¿Es lícito pagar impuestos al César?» Ellos conocen la complejidad de la cuestión. Si el Señor dice que sí, automáticamente se granjea la repulsa de los que le siguen. Si dice que no, tienen un motivo grave para acusarle delante de las autoridades romanas, que no tardarán en detenerle.

El Señor se limita a pedirles la moneda con la que se pagan los impuestos. Ellos le muestran un denario. El Señor pregunta: «¿De quién es esta inscripción y a quién corresponde esta imagen?» Al César le responden. Entonces, les dice: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Ante la sabiduría que encierra esta respuesta, nada pueden objetar y se retiran.

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Cuál es nuestra postura con relación a Dios y a nuestros deberes como miembros de la sociedad? ¿Somos conscientes de que debemos cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos? La Iglesia, basándose en la Escritura, reconoce que toda autoridad proviene de Dios. Por lo tanto, las leyes que la autoridad promulgue son para nosotros de obligado cumplimiento. ¿Todas?, nos preguntamos. No. Solo aquellas que estén de acuerdo con la ley de Dios o con la ley natural. Tenemos, pues, obligación de cumplir todas aquellas leyes que sean justas, que busquen el bien común y que respeten la ley natural que Dios ha grabado en el corazón del hombre.

Lo expuesto significa la prevalencia de la voluntad de Dios por encima de las leyes de los hombres. «Dad a Dios lo que es de Dios», dice el Señor Jesús. ¿Qué significa esto? Significa que por encima de toda ley humana está el precepto «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Toda norma, ley o decreto humano que no respete este precepto, debe ser rechazada por aquel que se considere cristiano.

Nos ha tocado vivir en una sociedad que está dando la espalda a Dios. Una sociedad desorientada, insensata y ególatra, de la que emanan leyes perversas que no respetan la vida, como las que se refieren al aborto o la eutanasia, que no defienden a la familia, y que presumen de ser legales, porque las han promulgado cámaras legislativas elegidas democráticamente. Normas tan absurdas y destructivas como las que emanan de la ideología de género, que defiende que el sexo no tiene su origen en la naturaleza, sino que es algo que cada individuo puede elegir siguiendo sus preferencias particulares.

Con todas estas leyes, contrarias a la ley natural, el hombre pretende ocupar el lugar de Dios. Ya no es Él el primero. Por tanto, no solo no deben ser acatadas por un cristiano, sino que tienen que ser combatidas.

 

 


 


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS»

 

 CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10ª * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El profeta Isaías nos ha dicho hoy en la primera lectura: «Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…». De este modo Isaías compara el Reino de los Cielos a un banquete preparado por Dios-Padre, al que estamos invitados todos.

Los primeros invitados fueron los miembros del Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, por eso, la parábola que hoy nos brinda el Señor Jesús va especialmente dedicada a ellos. La semana pasada sucedió algo semejante cuando la parábola fue dirigida especialmente a los sacerdotes y senadores del pueblo.

Dios, desde los inicios, eligió a un pueblo que fuera el depositario de la promesa de salvación que Él había preparado para todos los hombres. Se dio a conocer a este pueblo mediante grandes prodigios y lo fue educando a través de los siglos, para que, al llegar la plenitud de los tiempos, su Hijo tomara carne mortal y se hiciera hombre dentro de ese pueblo.

Todos los miembros del pueblo de Israel fueron los primeros invitados a las bodas, al banquete. Pero, vemos hoy en la parábola, que no supieron valorar adecuadamente la importancia que tenía el acontecimiento. Por eso, uno tras otro fue declinando la invitación, dando más importancia a sus asuntos particulares que el asistir a la boda. Algunos, a imitación de lo que hicieron los labradores homicidas, maltrataron a los enviados llegando a matar a algunos.

La consecuencia que tuvo el comportamiento de los primeros invitados, queda clara en la parábola. El Rey invita al banquete a todo aquel que quiera asistir. La invitación deja de ser particular para convertirse en general. Somos nosotros, que no pertenecemos al pueblo escogido, los que nos hemos beneficiado de la negativa del pueblo de Dios. Somos nosotros, los gentiles, los que somos llamados a participar del banquete que el Señor ha preparado.

Hemos dicho en muchas ocasiones que el reino de los cielos aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor envía a todas partes a discípulos suyos para que inviten a los hombres a formar parte de ella. Quiere que disfruten de los bienes de su casa, del banquete que tiene preparado. Sin embargo, y la historia se repite, son pocos los que aceptan la invitación, porque todos tienen cosas que hacer, asuntos que consideran más importantes.

Tu comportamiento y el mío muchas veces no está lejos de esta forma de actuar. ¡Cuántas veces hemos dejado de lado la invitación del Señor, y nos hemos ido tras de nuestros ídolos! Hemos preferido las bellotas que nos ofrece el mundo, dinero, sexo, afectos, poder, etc. a los manjares exquisitos que nos brinda el Señor. Somos ciegos y no nos damos cuenta de ello. Buscamos la vida donde no está.

En las bodas hebreas todos los invitados lucen un traje de fiesta especial. Por eso cuando el rey entra en la sala para saludar a sus invitados y se percata de que uno no viste de manera adecuada, hace que los sirvientes lo arrojen sin contemplaciones al exterior.

Dentro de la Iglesia, y para dar una explicación a esta parte de la parábola, se ha dicho que el traje de fiesta era estar en gracia de Dios, o sea, no estar en pecado. Aunque esta afirmación no se puede negar, sucede que, así, el estar en gracia se entiende como una situación estática en la que prima la ley. Peco, me confieso, y estoy en gracia. Existe una interpretación mucho más amplia y acertada. Estar en gracia es vivir en la gratuidad. Es reconocer y adecuar nuestra forma de vida, considerando a Dios como un Padre que nos ama, teniendo el convencimiento de que todo se nos concede gracias a ese amor gratuito que el Señor siente por nosotros, sin que lo merezcamos. Lo contrario es vivir bajo la carga de la ley, con el corazón encogido, sin ser capaces de disfrutar de los bienes que el Señor nos regala. Es lo que le ocurría al hijo mayor de la parábola del Hijo Prodigo. Toda la vida con el padre sin ser capaz de disfrutar de su amor. Para nosotros, diríamos, toda la vida en la Iglesia sin ser capaces de aceptar que, por encima de todo, de todas nuestras miserias, Dios nos ama sin limitación alguna.