Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -B-

«¿QUÉ ES ESTO? ESTE ENSEÑAR CON AUTORIDAD ES NUEVO». 

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 18, 15-20 * 1Cor 7, 32-35 * Mc 1, 21b-28

El Señor Jesús da comienzo a su predicación. En Galilea y después en todo el territorio de Israel, visita, sobre todo en los sábados, las sinagogas para anunciar a todos la Buena Nueva del Reino.

Hoy lo hace en la sinagoga de Cafarnaúm. Ha acudido a la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo. El demonio, por boca de este endemoniado, se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpa y le dice: «Cállate y sal de él». El evangelista continúa diciendo que el espíritu inmundo lo retuerce y dando un fuerte grito sale de él. Los presentes, estupefactos se preguntan: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Es importante que de este evangelio nos fijemos en dos frases que dice el demonio por boca de aquel poseído: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?». Con el pecado de Adán, el mundo ha quedado bajo el dominio del maligno, de manera que el hombre se encuentra impotente por completo para librarse de la esclavitud del demonio. Este dominio, sin embargo, toca a su fin con la llegada del Señor Jesús. Él viene a devolver al hombre su dignidad primera. Viene a destruir el pecado y con el pecado la muerte. Destruir la muerte implica la derrota de aquel que es el príncipe de las tiniebla y señor de la muerte.

Para nosotros este pasaje del evangelio es hoy una buena noticia. También nosotros, por nuestro pecado de origen, estamos sometidos a la autoridad del maligno. Exceptuando algunos casos especiales, no se trata de un dominio total, pero es cierto que, influenciados por su sabiduría y sus malas artes, muy superiores a nuestra sabiduría, nos dejamos arrastrar con frecuencia siguiendo sus instigaciones. Él, posee el arte de hacernos ver como bueno y apetecible para lograr la felicidad, acciones que son intrínsecamente malas y que, una vez cometidas, producen en nosotros desazón e infelicidad.

Nos ayudará a comprender esto, recordar el primer pecado de la humanidad. El maligno, convence a Eva de que comer del fruto prohibido le va a proporcionar la sabiduría y el ser como Dios. Se trata de un regalo envenenado con un envoltorio llamativo, pero que en su interior sólo contiene muerte y sufrimiento. Lo malo es que, a Adán y a Eva, sólo se les abren los ojos cuando ya no hay remedio.

La reacción del demonio en el pasaje de hoy se comprende, porque descubre que por fin ha llegado Aquel que, con su poder, puede quitarle la autoridad que durante siglos ha ejercido sobre el hombre. Por el contrario, para nosotros, esa, precisamente, es una magnífica noticia.

Para terminar, es interesante fijarnos en lo que, admirada, dice la gente: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». ¿Qué significa que el Señor Jesús enseña o habla con autoridad? Las palabras del Señor no son de aquellas que se lleva el viento. Las palabras del Señor tienen poder, porque detrás de esas palabras hay una vida que las ratifica.

Nosotros somos discípulos de Jesucristo. Tenemos como misión extender el Reino de Dios en nuestro tiempo. Podemos anunciar a los que nos rodean la Buena Nueva, pero ese anuncio sólo será eficaz, si nuestras acciones, y nuestra vida, corresponden a aquello que de palabra anunciamos. Pidamos al Señor ser consecuentes haciendo carne en nosotros aquello que de boca profesamos.  

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VENID CONMIGO Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Jon 3, 1-5. 10 * 1 Cor 7, 29-31 * Mc 1, 14-20 

El fragmento de la primera carta a los Corintios de san Pablo que hoy nos propone la Iglesia, tiene tal actualidad que no nos resistimos a reproducirlo entero. Dice así: «Os digo, pues, hermanos: El momento es apremiante. Queda como solución: que los que tienen mujer, vivan como si no la tuvieran. Los que lloran, como si no lloraran. Los que están alegres, como si no lo estuvieran. Los que compran, como si no poseyeran. Los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él. Porque la presentación de este mundo se termina».

Hemos dicho con frecuencia que la Palabra de Dios es viva y halla siempre cumplimiento en medio de aquellos que la escuchan. Hoy, san Pablo, nos dice que el momento es apremiante, y si miramos a nuestro alrededor y nos fijamos en los acontecimientos que está viviendo nuestra sociedad, estaremos de acuerdo en que está expresión es totalmente actual. La sociedad ha dejado de lado a Dios y da culto al dinero, al poder, al sexo, y a toda clase de ídolos muertos que, en vez de dar la vida, la exigen. El hombre se ha erigido como dios de su propia vida, y todo cuanto hace, a todos los niveles, tiene como motor su egoísmo. Como consecuencia aparecen abusos de todo tipo. Prácticas horrendas como el aborto o la eutanasia. Confrontaciones entre las naciones que dan como fruto, guerras, terrorismo y atropellos de toda clase, que de manera especial sufren los más débiles. Al eliminar a Dios de la vida, el egoísmo hace que el hombre se vuelva enemigo del hombre.

En esta situación es apremiante que, como en el evangelio, aparezcan discípulos dispuestos para que, de palabra, pero sobre todo con su vida, hagan presente el amor de Dios a los hombres y la existencia de la vida eterna. En el evangelio de este domingo, vemos como el Señor llama a Simón y a su hermano Andrés. A Santiago y a Juan, su hermano, que, dejándolo todo le siguen. También hoy el Señor sigue llamando a nuevos discípulos que estén dispuestos a ser sus testigos, en la familia, en el trabajo, en la política, etc. Es necesario mostrar una forma distinta de vivir. Es necesario dar a conocer a Dios como Padre que comprende nuestras debilidades y nos ama sin exigirnos nada a cambio, y que tiene preparada para nosotros una vida feliz y eterna.

Hoy el Señor nos llama a ti y a mí porque quiere que seamos sus manos, sus pies, su boca y su corazón, en medio de una sociedad que, por haber borrado a Dios de su vida, ha perdido la razón de ser, ha perdido la razón última de su existencia.

Ser objeto de esta elección del Señor ha de movernos por una parte a la gratitud, porque nada hemos hecho para merecerlo, y por otra a la docilidad, estando dispuestos a seguirle, sin poner condiciones, como los primeros discípulos.

 

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«RABÍ, ¿DÓNDE VIVES?  VENID Y LO VERÉIS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Sam 3, 3b-10.19 * 1Cor 6, 13c-15ª.17-20 * Jn 1, 35-42 

San Juan, en el evangelio de hoy, nos narra en primer lugar el testimonio que Juan el Bautista da del Señor Jesús cuando lo muestra a dos de sus discípulos diciéndoles: «Éste es el Cordero de Dios». Ellos, sin dudarlo, se ponen a seguir al Señor, que al darse cuenta se vuelve y les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos, a su vez, le preguntan: «Rabí, ¿dónde moras?» A lo que el Señor les responde: «Venid y lo veréis». Le siguen y pasan con él el resto del día.

Uno de ellos es Andrés, hermano de Simón Pedro, que al encontrarse con su hermano se apresura a decirle: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y a continuación lo lleva ante Jesús. Éste al ver a Pedro se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro)». De esta manera, después de haber sido bautizado en el Jordán, empieza el Señor Jesús a dar cumplimiento al encargo recibido del Padre, eligiendo a sus primeros discípulos.

Es importante fijarnos en dos aspectos de este trozo del evangelio que afectan directamente a nuestra vida. En primer lugar, la elección que el Señor hace sobre estos primeros discípulos. Yo me pregunto, tú y yo, que nos consideramos discípulos del Señor, ¿somos conscientes de la elección que el Señor Jesús ha hecho sobre cada uno de nosotros? No hay ninguna duda de que, si hoy somos miembros de su Iglesia, en un momento de nuestra vida, aún sin darnos cuenta, el Señor nos ha llamado para que le sigamos. Lo puede haber hecho a través de nuestros padres que nos educaron en la fe, a través de la formación religiosa que recibimos de parte de la Iglesia, a través de su predicación, o incluso a través del ejemplo recibido de otros hermanos.  Lo cierto es que, de una manera o de otra, el Señor nos ha elegido para formar parte de su Iglesia.

El otro aspecto a señalar lo encontramos en la pregunta que el Señor hace a los dos discípulos: «¿Qué buscáis?». Es muy importante que también nosotros nos hagamos esta pregunta. ¿Qué busco yo cuando sigo al Señor Jesús? ¿Por qué le sigo? ¿Porque me han educado así? ¿Porque si no lo hago tengo miedo a condenarme? O, por el contrario, ¿le sigo porque he descubierto que unido a Él todo en mi vida tiene sentido, y encuentro en Él al único que comprende mis debilidades y al único que no toma en cuenta mis faltas? Finalmente, también podemos preguntarnos: ¿Le sigo movido por el amor o por el miedo?

¿Sabes que la vida del cristiano a pesar de que tiene que cubrir las mismas necesidades vitales que los demás, es totalmente distinta? Existe una diferencia fundamental entre el cristiano y el que no lo es. La gente se agobia por los bienes materiales, en especial por el dinero. El cristiano sabe vivir en la riqueza y en la pobreza, en la abundancia y en la precariedad, porque tiene presente que Dios es su Padre, y que un padre nunca abandona a sus hijos, sino que está pronto a satisfacer sus necesidades. Por otra parte, el norte de la vida del cristiano es el amor, el perdón, la comprensión, que hace que su vida sea distinta a la de los demás. Por el contrario, en el mundo abunda el egoísmo que impide amar de verdad y perdonar de corazón. Finalmente, aunque en la vida del cristiano se dan los mismos acontecimientos negativos, las enfermedades, los fracasos, la muerte, etc., nunca aparece en ella la desesperación. Los sufrimientos de todo tipo se asumen sin perder la paz del corazón, mientras que, en el resto del mundo, las personas se desesperan, caen en depresión y llegan hasta a quitarse la vida.

Esta forma distinta de vivir del cristiano es fruto del encuentro vivencial con el Señor Jesús. Eso fue lo que buscaban los discípulos y eso fue lo que encontraron.


FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR - B -

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR - B -

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4. 6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 7-11

Con este domingo damos fin al Tiempo de Navidad, que en este año ha sido muy breve.

En el evangelio de hoy, san Marcos, nos presenta al Señor Jesús que acude al Jordán para ser bautizado por Juan. El evangelista nos dice que apenas Jesús sale del agua, se rasga el cielo y baja sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma. Mientras tanto, se oye una voz del cielo que dice: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto».

Hemos aludido en alguna ocasión, al hecho de que el Señor Jesús a través de su vida ha ido adquiriendo consciencia de una manera paulatina de su condición divina. El Señor Jesús no es un dios disfrazado de hombre. Su naturaleza divina ha quedado por completo velada, por eso, ha necesitado desde pequeño ser educado en la fe como cualquier niño perteneciente al Pueblo de Dios. María y José le han dado a conocer a Dios y le han enseñado a llamarle Padre, a amarle sobre todas las cosas, y a tenerlo como lo más importante de su vida.

Lo vemos hoy acercarse al Jordán para ser bautizado, y es en ese mismo momento, cuando el Padre, desde el cielo confirma su filiación divina: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto». En la primera lectura, Isaías, ya hace presente la elección que el Padre ha hecho en la persona del Señor Jesús cuando dice: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». Y poco más adelante: «Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones».

Quisiéramos ahora señalar la importancia de este acontecimiento para nuestra vida. Hoy, tú y yo, por beneplácito del Padre y sin ningún merecimiento por nuestra parte, ocupamos el lugar del Señor Jesús. Hemos sido elegidos por Dios, precisamente, para hacer visible a los que nos rodean la figura de Jesucristo. Hemos sido llamados, como dice san Pablo, a ser otros cristos. Al Señor Jesús no se le puede ver físicamente, pero sí conocerlo a través de sus obras. Y esas obras son las que tú y yo llevamos a cabo por la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas. Decimos esto, para tener el convencimiento de que las palabras del Padre «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto», han resonado hoy para nosotros. El Padre, viendo encarnada en nosotros la figura de su Hijo, las ha repetido de nuevo.

Para terminar, señalar que todas las buenas obras que hacemos con nosotros y con los demás, son fruto de nuestro Bautismo. Por él, y cuando por la Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia la semilla de fe recibida crece, es cuando somos capaces de dar frutos de vida eterna, es decir, hacer las mismas obras que Jesucristo: amar sin esperar recompensa, perdonar a los que nos ofenden y pedir perdón a los que hemos ofendido, etc. Todo esto, para el hombre de la carne es imposible, pero para la criatura nueva renacida en un Bautismo desarrollado y consciente, todo es posible. Es la fuerza del Espíritu Santo presente en su Iglesia y en nuestras vidas, la que nos permite morir al otro, la que nos permite amar sin condiciones…


FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA -B-

«EL NIÑO IBA CRECIENDO Y LA GRACIA DE DIOS LO ACOMPAÑABA» 

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 22-40 

En este domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia quiere que pongamos nuestros ojos en la Santa Familia de Nazaret. Esto es importante porque, para el creyente, la familia formada por Jesús, María y José, ha de ser un referente a la hora de vivir cada uno su propia familia. Es muy importante no perder de vista, que, por voluntad de Dios, la célula principal que conforma toda la sociedad y, por tanto, también la Iglesia, es la familia.

Al fijarnos en la Sagrada Familia tenemos el peligro de idealizarla, como se ha venido haciendo a través de la historia. La vida que llevaban Jesús, María y José, no era diferente a la forma de vivir de una familia de cualquiera de nuestros pueblos. María vivía preocupada por el cuidado de su hijo, de su marido y de la organización de la casa, mientras que José, su esposo, se afanaba con su trabajo para que, a su esposa y a su hijo, no les faltara lo indispensable para vivir. Los dos estaban convencidos de que tenían que cumplir con esmero la misión que el Padre les había confiado: la educación integral del Niño Jesús.

Al referirnos a la educación integral, queremos decir que se dedicaban a educar a su hijo, tanto en el aspecto humano como en el religioso. El pequeño Jesús no era para nada diferente a cualquier niño de su edad. Era necesario, por tanto, educarle como un miembro más de la comunidad civil, e inculcarle al mismo tiempo los valores religiosos del Pueblo de Israel. Era fundamental darle a conocer a Dios como Padre y enseñarle a amarlo sobre todas las cosas. Esto nos lleva a dejar de lado esas imágenes idílicas que la pintura o la imaginería religiosa nos ofrecen con frecuencia. Jesús era exactamente como tu hijo o el mío y necesitaba los mismos cuidados que necesitan cualquiera de nuestros hijos.

Un aspecto importante de la Familia de Nazaret, era, sin duda, que todas sus obras estaban dirigidas a llevar a la práctica las palabras del Shemá: “Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo”. Eso era lo que María y José intentaban grabar en el corazón de su hijo. Nazaret era la escuela en donde Jesús se educaba en la fe, ayudándole a descubrir a Dios como padre.

En este aspecto la familia de Nazaret ha de ser modelo para nuestras familias. Es necesario que, por encima de todo, nuestras familias sean el lugar en donde se transmita la fe a nuestros hijos, enseñándoles a poner a Dios por encima de todo. Pasar la fe a los hijos es una misión y un derecho irrenunciable para los padres cristianos. De esta forma, la familia cristiana se convierte en el semillero en donde nacerán los miembros adultos de la Iglesia. La persecución abierta que hoy sufre la familia cristiana, tiene su origen precisamente en esta misión. Destruir la familia es el camino directo que lleva a la destrucción de la Iglesia.

El maligno, enemigo irreconciliable de Dios, no pudiendo atacarle directamente, se esfuerza en destruir su obra, la Iglesia. Y como conoce que el medio más directo para conseguir su objetivo es la destrucción de la familia, instiga a los cuerpos legislativos de las naciones, a aprobar leyes que impidan a la familia cristiana llevar a cabo su misión. La implantación del aborto, la del mal llamado matrimonio homosexual, el adoctrinamiento de los niños con la ideología del género, etc., etc., son cargas de profundidad que no tienen otro fin que destruir los cimientos de la familia. Es necesario estar alerta, y aun sabiendo que nuestra actitud puede acarrearnos persecución, no renunciar en modo alguno a la verdad.     

 

 

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -B-

«HE AQUÍ LA ESCLAVA DEL SEÑOR» 

 

CITAS BÍBLICAS: 2 Sam 7, 1-5.8b-12.14a.16 * Rm 16, 25-27 * Lc 1, 26-38

Llegamos al final del Adviento. El evangelio que hoy la Iglesia pone a nuestra consideración, es una de las páginas más hermosas y a la vez más esperanzadoras de toda la Escritura. Dios-Padre se dispone a llevar a cumplimiento la promesa que hizo al principio de los tiempos a Adán y Eva, cuando al maldecir a la serpiente dijo: «Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar».

Esta promesa hecha al hombre después de haber caído en el pecado, y anunciada repetidamente a los patriarcas, a los profetas y a todo el Pueblo de Israel, Dios se apresta a cumplirla llegada la plenitud de los tiempos. Si entonces por una mujer entró el pecado en el mundo y con el pecado la muerte, ahora, por otra Mujer, quedará de manifiesto para el hombre el perdón de su pecado, como manifestación de las entrañas de misericordia de nuestro Dios.

San Lucas, en su evangelio, nos narra cómo Dios empieza a cumplir su promesa eligiendo como madre de su Hijo a una doncella de Israel. El pasaje no puede ser más entrañable. El ángel saluda a María con estas palabras: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las mujeres». Estas palabras que fueron para María la gran noticia, lo son hoy también para nosotros. Hoy, somos nosotros los destinatarios de este saludo. Hoy, por la misericordia de Dios-Padre y por el perdón que nos ha otorgado en su Hijo Jesús, somos colmados por su gracia, y revestidos, sin merecerlo, de la dignidad de hijos de Dios.

El ángel Gabriel anuncia a María que ha sido elegida por Dios para ser la madre del Deseado de las naciones, para ser madre de Aquel, que va a devolver al hombre su dignidad de hijo de Dios. María sólo acierta a decir al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». En las palabras de María no existe duda alguna sobre lo anunciado por el ángel, pero sí extrañeza de cómo se llevará a cabo. La respuesta del ángel aclara todas sus dudas: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios». Aunque María no exige prueba alguna de la veracidad de lo afirmado por el ángel, éste le comunica que, Isabel, su pariente, aquella a la que llamaban estéril, está ya en su sexto mes de embarazo, porque, «para Dios nada hay imposible». La respuesta de María no se hace esperar: «Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra».

Este pasaje también halla cumplimiento en tu vida y en la mía. Por el bautismo recibimos de la Iglesia un embrión que, convenientemente gestado y desarrollado, alcanzará a ser un hijo de Dios. Un hermano de Jesucristo. Si somos conscientes de lo que esto significa, también nos preguntaremos: ¿Cómo es posible esto si yo soy un pecador, si muchas veces vivo mi vida fuera de la voluntad del Señor? Pero, también a nosotros el ángel nos dice: “No temáis. El Señor conoce vuestras debilidades y no las toma en cuenta porque os ama entrañablemente. Tanto, que no ha dudado en entregar a su Hijo a la Cruz, para que su Sangre lavara por completo vuestras culpas. La obra es suya y la llevará adelante por medio de su Espíritu, porque para Dios nada hay imposible. Sólo pone una condición: que, como María, aceptéis sin oponer ninguna resistencia, que Él lleve adelante en vosotros su obra. La misma que realizó en María”.

Si somos conscientes del gran regalo que nos hace el Señor, nuestra respuesta no puede ser otra que la misma de María: «Hágase en mí según tu palabra».  

DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

DOMINGO III DE ADVIENTO (GAUDETE) -B-

«EL SEÑOR ME HA ENVIADO A DAR LA BUENA NOTICIA A LOS QUE SUFREN»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 61, 1-2a. 10-11 * 1 Tes 5, 16-24 * Jn 1, 6-8. 19-28 

Llegamos al tercer domingo de Adviento. En este domingo, la Iglesia, en nuestro camino hacia la Navidad, hace algo así como situarnos sobre una colina desde la que se divisa a lo lejos la meta hacia la que nos lleva este tiempo litúrgico: la venida en el tiempo de nuestro Salvador, el Señor Jesús.

En este domingo, llamado Gaudete, la Iglesia quiere que hasta los signos litúrgicos dispongan nuestro ánimo para esperar con ilusión la Navidad. Para ello, dejará de lado el color morado de los ornamentos y lo cambiará por el color rosa. Será algo así como un luto aliviado.

También las palabras elegidas para la Eucaristía están cargadas de esperanza y son como un bálsamo que alivia nuestros sufrimientos. Isaías pondrá en boca del Siervo de Yahvé, el Señor Jesús, estas palabras de consuelo: «El Señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor». ¿Te sientes identificado en estas palabras? ¿Eres consciente de que en tu vida hay sufrimientos diversos, que a veces sientes el corazón desgarrado por problemas que no tienes bajo control, o tienes la sensación de vivir esclavo del qué dirán, de tus inclinaciones, de tus pecados, de tus obsesiones o de tus manías? Si es así, estás de enhorabuena. Ese Pequeñito que nacerá pronto en Belén, trae la solución a tus problemas. Dios-Padre lo envía para salvar lo que no tiene salvación. Sólo hace falta que prepares tu corazón para recibirlo, reconociendo tus miserias y tu impotencia para hacer las cosas bien hechas.

Si todo lo dicho es realidad en tu vida, no cabe duda de que se cumplirá el deseo que san Pablo expresa en su carta a los Tesalonicenses: «Estad siempre alegres», nos dice, porque la alegría sana es fruto de tener la conciencia tranquila. El Señor dice: «Por sus frutos los conoceréis». Y, ¿cuál es uno de los frutos que ofrece la vida del cristiano? Sin duda, la alegría. Alegría sana que nace del corazón que está reconciliado con la historia, con la vida.

Juan Bautista, en el evangelio sigue llamándonos a conversión. De nuevo nos invita a allanar los caminos, los senderos, por los que ha de llegar el Señor. Juan, con su predicación, quiere preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor. Un pueblo humilde que no tenga inconveniente en reconocer su pobreza y su limitación. Un pueblo en el que el Señor al llegar se encuentre a gusto. De ti y de mí depende que esto sea realidad.

DOMINGO II DE ADVIENTO -B-

DOMINGO II DE ADVIENTO -B-

«PREPARADLE EL CAMINO AL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 40, 1-5. 9-11 * 2 Pe 3, 8-14 * Mc 1, 1-8 

La palabra de Isaías que hoy nos ofrece la Iglesia para este segundo domingo de Adviento, refleja perfectamente tu situación y la mía. El Señor, que conoce sin duda nuestros sufrimientos y nuestras luchas, viene a hablarnos al corazón. Viene a levantar nuestro ánimo tantas veces decaído a causa de nuestros pecados e infidelidades. Nos dice: «Se ha cumplido tu servicio… tu crimen está pagado». El Señor llega y como siempre viene a salvarnos.

Hoy la Palabra nos dice: «En el desierto preparadle un camino al Señor». Podemos preguntarnos, ¿cómo hemos de preparar al Señor ese camino? Nos responde a continuación el Profeta: «Que los valles se levanten, que los montes y las colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale». Dicho de otra manera, que nos convirtamos de nuestro orgullo y de nuestra soberbia y que reconozcamos nuestra pobreza y nuestra impotencia, que volvamos el rostro hacia él.  

La Palabra también nos indica dónde debemos preparar ese camino al Señor: «En el desierto». En el desierto de nuestra vida. Una vida en la que abundan las espinas: enfermedades, problemas familiares, problemas en el trabajo o en el paro, problemas económicos o de relación…  Una vida llena de dificultades, como ese vicio que nos domina y que no queremos que los demás conozcan… Esta es nuestra realidad, aunque pretendamos disimularla mediante la barahúnda de la vida diaria.

Es en esa realidad en donde resuena la palabra del Adviento: «No temas: aquí está tu Dios. Mira: Dios, el Señor llega con fuerza, su brazo domina… Como un pastor apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida de las madres.» Son palabras de consuelo y de ánimo. Son palabras que ponen al descubierto el corazón amoroso de alguien que no sólo es nuestro Dios, sino que es también a la vez nuestro Padre.

En el evangelio de hoy es Juan el que, encarnando la figura del profeta, y mediante un bautismo de penitencia, nos invita a prepararnos para recibir a Aquel que viene a salvarnos y que nos bautizará con Espíritu Santo.

La mejor actitud para esperar al Señor en nuestra vida, es reconocer que necesitamos ser salvados. Como dice un himno al Espíritu Santo, “el Señor salva al que busca salvarse”. ¿Tú sientes necesidad de ser liberado de todas las ataduras que te impiden ser feliz? ¿De todas esas inclinaciones que, con frecuencia, te hacen compórtate como a ti no te gusta? Si es así, estás en el mejor momento. Espera en el Señor. Ponte ante él mostrándole que quieres hacer lo que al él le gusta, pero que no puedes. El Señor está cerca y no tardará. Ten ánimo. Espera en el Señor. Prepárate para su venida.