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DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LA PIEDRA QUE DESECHARON LOS ARQUITECTOS ES AHORA LA PIEDRA ANGULAR»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

La parábola del evangelio de los viñadores homicidas halla pleno cumplimiento en la figura del Señor Jesús. Dios-Padre para poder llevar a cabo la obra de salvación de todos los hombres, eligió a un pueblo, el pueblo de Israel. Lo trató con mimo exquisito. Le dio patriarcas y profetas. Lo sacó de la esclavitud de Egipto y le dio una tierra que, como dice la Escritura, manaba leche y miel.

  Educó a Israel para que, abandonando los ritos sacrificiales del resto de los pueblos, le diera culto en espíritu y verdad. Para eso, lo fue llevando de los sacrificios rituales con animales al verdadero sacrificio, a aquel que es el único que le agrada. Lo dice David en el salmo 40 «Mi sacrificio es un espíritu quebrantado. Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias».

  Desde el principio el Señor anunció a su pueblo la salvación, porque el hombre había caído en el pecado, lo había abandonado, y buscaba la vida en el culto a los ídolos. Sin embargo, la respuesta de Israel al plan de salvación de Dios no dio los frutos que el Señor esperaba. Él había ido a través de la historia a buscar fruto a su viña, pero los labradores, aquellos que estaban al frente de la misma para trabajarla, se negaron a dar los frutos a sus enviados, los profetas, y, no contentos con ello, acabaron con sus vidas.

  Por último, en la plenitud de los tiempos envió a su propio Hijo, pero, como dice la parábola, lo agarraron, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Vemos en esta descripción la figura del Señor Jesús, maltratado, despreciado y arrojado fuera de Jerusalén para ser clavado en una cruz.

  Llega el momento de preguntarnos, ¿cómo es nuestra actitud? Tú y yo formamos parte de la viña del Señor que nos ha llamado a su Iglesia y, ¿cuál ha sido nuestra respuesta ante los mimos y cuidados del Señor? ¿Usamos los dones y beneficios que recibimos de sus manos sólo en nuestro provecho, o hacemos partícipes de ellos  a los que nos rodean? ¿Cuántas veces vivimos nuestra vida para nosotros sin tener en cuenta al Señor? Somos como aquellos constructores, arquitectos, los llama el Señor, que en vez de edificar nuestra vida sobre la roca firme que es Él, la construimos sobre arena, sobre cosas materiales que no tienen consistencia y que cuando llegan las dificultades hacen que se derrumbe como un castillo de naipes.

  El Señor dice a los escribas y fariseos: «Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los Cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos». Esto ya ha ocurrido en la historia. Si tú y yo estamos ahora en la Iglesia, que es el reino de los cielos aquí en la tierra, se debe a que el pueblo elegido por Dios no ha reconocido en el Señor Jesús al Mesías enviado por el Padre. Dice san Pablo que, hasta el día de hoy, un velo cubre sus mentes. Somos, pues, los beneficiarios de esta ceguera temporal que sufre el pueblo de Israel, y que supone un tiempo de gracia para los gentiles, para ti y para mí. Sin embargo, hemos de tener presente que la historia se puede repetir. También a nosotros se nos puede quitar el Reino. Pidamos al Señor la fuerza de su Espíritu para mantenernos fieles y poder dar así los frutos que Él espera de nosotros. 

 

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«LOS PUBLICANOS Y LAS PROTITUTAS OS PRECEDEN EN EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

Hoy, para empezar, podríamos hacernos las siguientes preguntas: ¿Cómo vivo yo mi vida de fe? ¿Cuál es mi actitud ante lo que el Señor y la Iglesia me piden?

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, para ayudarnos a responder a estas cuestiones, nos presenta una parábola. Un padre, figura de Dios-Padre, llama a uno de sus hijos y le manda ir a trabajar a la viña. La reacción del hijo es inmediata: «No quiero». Sin embargo, al cabo de un rato recapacita y sin decir nada, obedece a su padre y va a la viña.

El padre llama a su otro hijo y le hace el mismo encargo. La respuesta de este hijo es totalmente diferente a la de su hermano: «Voy, señor», pero sin embargo, todo se queda en palabras porque en realidad, no va.

¿En cuál de los dos hijos ves reflejada tu vida? ¿Eres de los que siempre reniegan, que todo les parece mal, pero que al final obedecen? O más bien, ¿eres de los que no osan replicar, y que aparentemente todo les parece bien, pero al final hacen lo que les da la gana?

Son dos actitudes diametralmente opuestas. ¿Cuál es tu actitud frente a lo que es la voluntad del Señor? ¿Protestas y todo te parece absurdo, pero al final acomodas tu vida a lo que es voluntad del Señor? o por el contrario, ¿aparentemente eres fiel en el cumplimiento de la ley, pero vives tu vida  y todo lo que muestras ante los demás es mera fachada?

En resumen, ¿eres sincero como el primer hijo y respondes con aquello que nace de tu corazón? o ¿te acomodas a las circunstancias y aparentas una bondad y una buena disposición que están muy lejos de reflejar lo que realmente eres?

El Señor aterriza la palabra contraponiendo la actitud de los escribas y fariseos con la de las prostitutas y los publicanos. Los primeros, son aparentemente religiosos y cumplidores de la ley hasta en sus menores detalles, pero sin embargo esa manera de comportarse no va más allá de las apariencias. Dentro están llenos de rapiña, de orgullo, de lascivia. El Señor Jesús en otro pasaje del evangelio les llamará «sepulcros blanqueados», muy hermosos por fuera pero dentro llenos de podredumbre y de miseria. Representan al hijo que no discute la orden del padre, pero que luego no la lleva a la práctica.

Los segundos, prostitutas y publicanos, son gente para los que no existe salvación posible. Se han puesto la ley por montera y viven su vida por completo al margen de la misma. Son los que dicen: «no quiero». Sin embargo, no están ciegos a su realidad. A diferencia de los escribas y fariseos, tienen presente su condición de pecadores. Por eso, su actitud interior es la del publicano de la parábola, que se ve indigno de entrar en el templo, y desde la puerta, golpeándose el pecho exclama: «Señor, ten compasión de mí, que soy un pecador»

 Ésta es la actitud que agrada al Señor. No le importan nuestras rebeldías. El conoce nuestras miserias y pecados y se alegra cuando nosotros nos humillamos ante Él, reconociendo nuestras faltas. Se entiende ahora que, dirigiéndose a los escribas y fariseos, el Señor les diga: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas o llevan la delantera en el camino del Reino de Dios».


 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 55,6-9 * Flp 1,20c-24.27a * Mt 20, 1-16

En el evangelio de este domingo, el Señor Jesús nos propone la parábola de los trabajadores enviados a la viña. El propietario de una finca sale a diferentes horas del día a contratar trabajadores. A unos los envía a trabajar a primeras horas del día, a otros a media mañana, a otros a mediodía, a media tarde, e incluso a otros casi al final de la jornada. A la hora de abonarles el jornal, empieza pagando a aquellos que han estado menos tiempo trabajando, pero les da la misma cantidad que había ajustado con los enviados a la viña a primeras horas del día.

El comportamiento de este propietario, juzgado con criterios humanos, nos lleva a la conclusión de que el dueño de la viña se comporta de una manera injusta con sus trabajadores, porque unos han soportado todo el peso del día con su calor, mientras que otros apenas han trabajado una hora y, sin embargo, a la hora de percibir el jornal, no ha habido diferencia en la cantidad abonada a unos y otros.

Consideramos injusto el comportamiento del dueño de la viña, el Señor, porque juzgamos con criterios humanos la manera de actuar de Dios. Tú y yo somos esos trabajadores llamados a la viña del Señor, que es la Iglesia. No todos hemos sido llamados a la misma edad. A unos nos llamó desde la infancia, a otros lo hizo en la adolescencia o la juventud. A otros, sin embargo, nos llamó en la madurez e incluso en la vejez. Todos, sin embargo, hemos recibido la misma paga. ¿Cuál es esa paga? Puedes preguntarte. La única que puede darnos el Señor: la vida eterna.

La diferencia entre los llamados a la Iglesia al principio y los que hemos sido llamados en la madurez, estriba en que la vida de los primeros, iluminada por la Palabra, la presencia de Dios y su amor, ha sido ciertamente mucho más feliz que la de los últimos, que han soportado todas las dificultades de su existencia, sin conocer a Dios y sin tener respuesta al sufrimiento y a los problemas de su vida. Pero todos, unos y otros recibimos al final la misma paga: la vida eterna.

Si piensas de una manera distinta, si piensas que es en el mundo donde se pasa bien, es, sencillamente, porque no te has enterado de nada. La felicidad que ofrece el mundo es falsa, es sólo un espejismo que dura un instante y que al fin acarrea sufrimiento, decepción, e incluso desesperación. Lo único capaz de llenar tu corazón y dar sentido a tu vida, es el encuentro personal con el Señor, su perdón, su misericordia y su amor.  


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«PERDONA NUESTRAS OFENSAS COMO NOSOTROS PERDONAMOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 33 –28,9 * Rm 14, 7-9 * Mt 18, 21-35

La esencia de Dios es el Amor, pero el amor no es algo etéreo que flota en la nube. Para que el amor se pueda manifestar es necesario un ser que ame, y otro que sea el objeto de ese amor. Precisamente por esto, la mejor representación que tenemos de Dios es la Santísima Trinidad, porque hace posible que entre las tres divinas personas se dé el amor.

El Señor, cuando creó al hombre, dice la Escritura, quiso que su criatura fuera semejante a él, por eso lo hizo capaz de amar y a la vez capaz de experimentar el amor. De todas las criaturas creadas por Dios, únicamente en el hombre se da esta particularidad. Ninguna otra criatura puede libremente experimentar el amor, y a la vez ser capaz también de amar.

Una de las formas más eminentes de demostrar el amor es, sin duda, el perdón. El Señor nos manifiesta su amor perdonando todas nuestras infidelidades y pecados. Ya lo hizo patente en la Cruz de su Hijo Jesucristo, lavando con su sangre todas nuestras culpas, y llamándonos a su Iglesia para que también a través de nuestra vida se hiciera presente ese amor y ese perdón. Hoy, en el evangelio, cuando Pedro pregunta si debe perdonar hasta siete veces, la respuesta del Señor es total: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Dicho de otro modo, para el perdón no hay límite.

Hoy somos nosotros los que hemos recibido el encargo de hacer visible ese amor y ese perdón, a todos los que nos rodean. De ello depende que a aquellos que no pertenecen a la Iglesia, les llegue la Buena Noticia de la Salvación. No son de extrañar, pues, las duras frases que en el Libro del Eclesiástico el Señor dirige a aquellos que, habiendo sido llamados a esta misión, no manifiestan en su vida el amor y la misericordia que Dios siente por todos los hombres.

Fijémonos en algunas de estas frases: «Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas». «Perdona las ofensas de tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas». «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?». No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?».

Son frases muy duras pero necesarias, que muestran el amor de Dios y su celo por la salvación del pecador, poniendo de manifiesto a la vez, la importancia de la misión que él ha puesto en nuestras manos. Nos ha elegido como a sus discípulos, para que su salvación alcance a todos los hombres. Nosotros, por nuestra parte, no hagamos vano su amor. De ti y de mí depende la felicidad y la vida de aquellos que, por desconocer el amor y la misericordia de Dios, viven alejados de él ignorando la salvación que Dios, en su Hijo Jesucristo, ha dispuesto para todos los hombres. No pienses que la misión es demasiado grande para ti. El Espíritu Santo suplirá nuestras deficiencias, haciendo posible lo que para nosotros es imposible. Pidamos su ayuda.

 


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SI TU HERMANO PECA, REPRÉNDELO A SOLAS ENTRE LOS DOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 33, 7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

El evangelio de hoy viene a ayudarnos arrojando luz sobre cuál es nuestra situación dentro de la Iglesia. ¿Qué buscas o qué quieres conseguir perteneciendo a la Iglesia? Seguramente me dirás: mi salvación. Esta respuesta es cierta, pero no es exacta. El Señor no te ha llamado a su Iglesia para salvarte. La salvación ya nos la otorgó el Buen Dios en la Cruz y Resurrección del Señor Jesús. Nuestra misión en la Iglesia es hacer llegar a todos los que nos rodean, aunque no pisen el templo, la noticia de la misericordia y la salvación que el Padre a otorgado a todos los hombres a través de la Cruz del Señor Jesús.

Con facilidad podemos caer en la tentación de buscar en la Iglesia nuestra salvación personal, o sea, buscar salvarnos de una manera individual. Pensar así es erróneo ya que la Iglesia es un cuerpo formado por muchos miembros. Nosotros sólo somos un miembro más de ese cuerpo cuya cabeza es el Señor Jesús. Si estamos convencidos de esto, será fácil comprender el evangelio de hoy, que gira alrededor de la corrección fraterna. El Señor nos dice: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos». Quizá me preguntes, ¿qué derecho tengo yo a meterme en la vida de mi hermano para corregirlo? Te pongo un ejemplo. Tu cuerpo está formado por muchos miembros. Cuando uno de ellos, la mano, el pie, la cabeza, el corazón… cae enfermo, ¿qué haces? Inmediatamente, el resto de miembros buscan remedio porque tu cuerpo no puede desenvolverse con normalidad teniendo un miembro enfermo. Lo mismo sucede en el cuerpo de la Iglesia. Cuando algún miembro falla, los demás hemos de preocuparnos y acudir en su ayuda, de manera que todo el cuerpo pueda seguir trabajando con normalidad, cumpliendo la misión que ha puesto en sus manos el Señor Jesús.

En la corrección fraterna, o sea, cuando corregimos a un hermano, hemos de tener presente que lo hacemos porque lo queremos y buscamos su bien y el del resto de la comunidad. Nunca debemos corregir pensado que tenemos la razón. La razón, cuando falta el amor, no sirve para nada. El Señor dice en la Escritura: «Yo a quien amo, corrijo y reprendo». Dicho de otro modo, corrige y reprende porque ama. Si obramos así, buscando por encima de todo el bien del hermano, siendo el móvil el amor, se cumplirán las palabras del Señor: «Lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo…».

Para afianzar más aún la convicción de que en la Iglesia todos somos hermanos, al final del evangelio el Señor nos da a conocer la fuerza que tiene la oración en comunidad. Buena es la oración individual, pero es mucho más eficaz, tiene mucha más fuerza, la oración comunitaria, por eso nos dice: «Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo». Y añade la razón última para que esto sea así diciendo: «Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».


DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SI UNO QUIERE SALVAR LA VIDA, LA PERDERÁ... »

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 7-9 * Rm 12, 1-2 * Mt 16, 21-27

El evangelio de hoy es continuación del de la semana pasada. El Señor Jesús ha preguntado a los suyos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». La respuesta ya la conocemos. Pedro lo ha confesado como al Mesías, al Hijo de Dios vivo.

Seguidamente, el Señor, que camina hacia Jerusalén para culminar su misión, va adoctrinando a sus discípulos dándoles a conocer los acontecimientos que van a tener lugar allí. No desea que los ignoren y quiere evitar que se escandalicen. Ellos están convencidos de que el Mesías ha de liberarles de la opresión de los romanos y ha de restaurar la hegemonía de Israel.

Sin embargo, lo que le espera al Señor es muy distinto, por eso les dice sin rodeos que camina hacia Jerusalén para ser entregado en manos de los senadores, los sumos sacerdotes y los letrados, que le condenarán a muerte, aunque él resucitará al tercer día. Pedro no puede resistir escuchar estas palabras. Lo toma aparte y se pone a increparlo diciendo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». La respuesta del Señor es lapidaria: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios». Jesús defiende con toda su alma la misión que le ha confiado el Padre, hasta el extremo de no tener inconveniente en llamar Satanás a su mejor amigo, cuando éste intenta apartarlo de su misión.

El Señor nos dice a continuación: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga». Nosotros, ante esto pensamos, si la cruz es aquello de lo que queremos escapar, ¿por qué el Señor nos invita a llevarla como condición necesaria para nuestra salvación?

La cruz de cada día no la ha inventado el Señor. El Señor no es el origen de nuestros sufrimientos. El Libro de la Sabiduría nos dirá: «Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes». Ha sido nuestro pecado el que ha hecho surgir a la muerte. Hemos sido tú y yo los que dando la espalda a Dios que es el origen de la vida, nos hemos encontrado de repente ante la muerte.

La cruz es pues, consecuencia de nuestro pecado. El Señor, sin embargo, ha hecho de ella para nosotros un instrumento de salvación. Nos hace presente cada día nuestra impotencia y nuestras limitaciones, pero al mismo tiempo, es a través de ella como nosotros experimentamos el poder del Señor que nos salva de la muerte, como salvó a Pedro cuando estaba a punto de ahogarse. Resumiendo, sin cruz, sin problemas, sin dificultades, no hay salvación, porque es imposible experimentar la presencia y el poder del Señor Jesús, cuya misión específica es, precisamente, nuestra salvación.

Detrás de la cruz está todo aquello que nos hace sufrir. Para nosotros la cruz es una carga insoportable, pero el señor viene en nuestra ayuda haciéndose nuestro Cirineo, de manera que se hacen realidad sus palabras, cuando en otra parte del Evangelio nos dice, que su «yugo es suave y su carga ligera». Con su ayuda no hay nada imposible.


DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 *Rm 11, 13-36 * Mt 16, 13-20                 

Hoy, encontramos al Señor Jesús que, acompañado por sus discípulos, se dirige hacia Cesarea de Filipo en la parte norte de Galilea. Su fama se ha extendido por todo Israel y alcanza aún, más allá de sus fronteras. Sin embargo, no todos los que lo siguen tienen claro de quién se trata. ¿Es el Mesías? ¿Es un profeta? ¿Quién es?

En un momento del viaje Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Ellos contestan: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Sin embargo, lo que realmente quiere saber el Señor es lo que sus propios discípulos piensan de su persona. Por eso, a continuación, sin más, les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón Pedro, siempre tan lanzado, toma la palabra y dice: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Ante esta confesión de Pedro, el Señor responde: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo». Ahora te digo yo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del Infierno no la derrotará».

Este diálogo del Señor con sus discípulos es el mismo que hoy quiere tener con cada uno de nosotros. Es muy fácil que tú y yo, después de estar mucho tiempo en la Iglesia siguiendo al Señor, nunca nos hayamos parado a preguntarnos, ¿quién es, realmente para mí Jesucristo? ¿Por qué lo sigo? Por eso, hoy, en este momento, la pregunta que Jesús formula a sus discípulos, nos la hace a ti y a mí. ¿Quién dices tú que soy yo? pregunta. Es fácil que para responder tengamos que echar mano de lo que aprendimos en el Catecismo, cuando nos preparábamos para nuestra Primera Comunión.

¿Qué experiencia tenemos nosotros de lo que el Señor ha hecho en nuestra vida? Lo conocemos o ¿sólo Conocemos a Jesucristo por lo que nos han enseñado? ¿Tienes experiencia de que, en los momentos cruciales de tu vida, en las dificultades y sufrimientos, invocando el Nombre, el poder del Señor, has podido hacer frente a todo, sin que los problemas acabaran destruyéndote? ¿Puedes decir, como Pedro, tú eres el Señor? ¿Tú eres el que con tu poder me has hecho caminar por encima de las aguas embravecidas del mar de la vida sin que me hundiera?

Si es así, no tengas inconveniente en proclamarlo, en darlo a conocer. Ayudarás con ello a otros que atraviesan dificultades parecidas a las tuyas y no saben a quién acogerse. Es una magnífica ocasión de ser testigo de Jesucristo. No tengas inconveniente en dar la cara por Él.  

Contestar a esta pregunta del Señor es urgente, particularmente hoy. Hoy, la sociedad en la que vivimos está necesitando imperiosamente testigos de Jesucristo. El ateísmo, la degradación de las costumbres, la laicización de la sociedad que se afana en borrar de la vida pública la figura de Dios. El humanismo radical que pone al hombre como centro, desplazando a Dios del lugar que le corresponde. Todo esto, exige que se manifiesten los verdaderos testigos de Jesucristo. Cristianos que puedan testimoniar con su vida, que Cristo vive, que está resucitado y actúa en su Iglesia. Que encontrarse con Él es la única solución que tenemos para que nuestra vida tenga sentido.


DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1. 6-7 * Rm 11, 13-15.29-32 * Mt 15, 21-28

Llegamos al vigésimo domingo del tiempo ordinario que, tanto en la primera lectura como en el evangelio, destaca un hecho que debemos apreciar en lo que vale. Cuando el Señor eligió al pueblo de Israel para que fuera el pueblo de su heredad, nosotros, los gentiles, quedamos fuera de esa elección. Para un hebreo, tú y yo, estábamos excluidos del pueblo hasta el extremo de ser considerados como perros. Ellos desconocían que sólo eran el instrumento necesario para que la salvación de Dios llegara a todos los hombres de la tierra.

El Señor Jesús, en algunos pasajes del evangelio, reafirma esta postura cuando afirma que sólo ha sido enviado a las ovejas de pueblo de Israel. Es lo que sucede en el evangelio que hoy nos propone la Iglesia. Una mujer cananea, y por tanto, no perteneciente al pueblo de Israel, camina detrás de Jesús pidiendo que libre a su hija de un demonio muy malo que la posee. El Señor no la atiende y sigue caminando. Ella grita con tal insistencia que los discípulos llegan a decirle al Señor: «Atiéndela que viene detrás gritando». El Señor Jesús les responde: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». La mujer los alcanza y postrándose en tierra le dice: «Señor, socórreme». La respuesta del Señor es incompresible y es capaz de helar la sangre al más pintado. «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Sin embargo, la respuesta de la mujer, la respuesta de una madre angustiada, es capaz de romper el corazón misericordioso del Señor. La mujer responde: «Tienes razón Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». El Señor Jesús lleno de admiración, responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

San Pablo, en el fragmento de su carta a los Romanos señala cómo nosotros, los gentiles, nos hemos beneficiado del rechazo de Israel hacia el Señor Jesús, verdadero Mesías que el pueblo esperaba. Sin embargo, afirma que esta reprobación es temporal, dado que los dones de Dios y su llamada son irrevocables. Nosotros, que en otro tiempo desobedecimos a Dios, por su desobediencia, hemos obtenido misericordia.

Tanto los hebreros, como nosotros los gentiles, hemos rechazado los planes de Dios desobedeciéndole. Se ha cumplido así lo que afirma san Pablo al decir que «Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos». Evidentemente, Dios no nos ha empujado al pecado, pero nos ha dado la libertad, sabiendo, de antemano, que haríamos mal uso de ella. De esta manera, podía mostrarse misericordioso con nosotros perdonando nuestros desvaríos.

De nuestro interior ha de brotar una bendición agradecida al Señor, porque, para liberarnos del pecado y de la muerte, ha suscitado en su Hijo Jesucristo un salvador tanto para los judíos, como para nosotros los gentiles.