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DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1, 13-15; 2, 23-25 * 2Cor 8, 7-9.13-15 * Mc 5, 21-43

El problema más grande que tenemos que resolver en la vida es el de la muerte. Sin embargo, vivimos la vida sin afrontarlo porque sabemos que no tenemos la solución en las manos. Adoptamos más o menos la táctica del avestruz. Procuramos que nada nos la haga presente. Por eso, cuando es posible, sacamos de la población los hospitales y los cementerios, procurando ignorar todo aquello que nos recuerda que nuestra estancia en este mundo no es definitiva.

El Libro de la Sabiduría nos habla hoy, precisamente, del tema de la muerte. La primera afirmación que hace es rotunda. En contra lo que normalmente pudiéramos pensar, nos dice: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes». «Dios, dice, creó al hombre incorruptible, haciéndolo imagen de su misma naturaleza». Nos aclara a continuación cuál ha sido, entonces, el origen de la muerte: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».

Cuando el hombre, tú y yo, se encuentra ante el hecho de la muerte, comprueba su total impotencia para salir de ella. No está en nuestras manos vencer a la muerte. Sólo puede vencerla Aquel que es la Vida misma. Así nos lo hace ver hoy san Marcos en su evangelio.

Jairo, jefe de la sinagoga, busca al Señor, se echa a sus pies y le ruega con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». El Señor accede y se va con él. De camino, avisan al padre de que su hija ha muerto. La respuesta del Señor es reconfortante: «No temas; basta que tengas fe».

Al llegar a la casa el alboroto es enorme, todos lloran y se lamentan a gritos. El Señor entra con los padres, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, en la estancia donde se encuentra la niña. La coge de la mano mientras le dice: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate». Inmediatamente la niña se pone en pie y echa a andar.

Este pasaje es para todos nosotros, para ti y para mí, reconfortante. Todos, lo aceptemos o no, vivimos bajo la esclavitud de la muerte. Como ha dicho el libro de la Sabiduría, el demonio, por envidia y ante la imposibilidad de hacerle daño a Dios, ha conseguido seducirnos aparatándonos de Él haciéndonos saborear la muerte. Lo lamentable es que una vez que la muerte se ha enseñoreado de cada uno de nosotros, nos encontramos imposibilitados para romper los lazos que nos atenazan.

Y aquí viene la buena noticia. ¿Qué es lo que el Señor Jesús dice a Jairo cuando le comunican que su hija ha muerto? «No temas; basta que tengas fe». Fe, ¿en quién? En aquel que ha sido capaz de hacer regresar de la muerte a la hija de Jairo. La misma fe que ha tenido la hemorroísa cuando en el camino ha tocado el borde del manto del Señor, y se ha visto curada de su enfermedad. Es necesario que, como ella, descubramos que aquel que pasa por nuestra vida tiene poder de librarnos de la muerte y del pecado.

Ahora yo te pregunto: ¿Crees tú eso? ¿Crees tú que el Señor Jesús es el enviado del Padre para librarnos de las esclavitudes a las que nos tiene sometidos el pecado? ¿Crees que Él es capaz de vencer en ti ese orgullo que exige que todo gire a tu alrededor, creyéndote el centro del universo? o ¿ese egoísmo que te impide acercarte al otro para echarle una mano?  o quizá ¿esa sexualidad desenfrenada que hace que los demás se conviertan para ti en meros objetos de placer? Si es así, alégrate, porque el Padre, que te ama, lo ha enviado a tu vida como Salvador. Llámalo, invócalo, dile, como Jairo, que también tú estás en las últimas. Si lo haces así, escucharás de sus labios aquella palabra: «Levántate».

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

¿QUIÉN ES ESTE? HASTA EL VIENTO Y LAS AGUAS LE OBEDECEN.

 

CITAS BÍBLICAS: Jb 38, 1.8-11 * 2Cor 5, 14-17 * Mc 4, 35-40

La palabra que este domingo nos ofrece la Iglesia corresponde al domingo XII del tiempo ordinario. Como estamos celebrando el ciclo B, pertenece al evangelio según san Marcos. Es un evangelio corto, pero con importantes aplicaciones a nuestra vida de fe.

El Señor Jesús está con sus discípulos y les dice: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevan en barca, mientras otras barcas los acompañan. De momento se levanta un fuerte huracán de manera que las olas casi anegan la barca. El Señor Jesús duerme sobre un cabezal. Los discípulos, asustados, lo despiertan diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Puesto en pie, el Señor, increpa al viento y dice al lago: «¡Silencio, cállate!». El viento cesa y sobreviene una gran calma. El Señor Jesús dirigiéndose a sus discípulos les dice: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Ellos, espantados se preguntan: «Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

Para nosotros es muy importante la invitación del Señor a pasar a la otra orilla. El Señor nos conoce y sabe la tendencia que tenemos todos a aposentarnos, a sentarnos, a considerar esta vida como una situación definitiva. No hemos de olvidar que los cristianos vivimos en este mundo, pero no pertenecemos a este mundo. Somos ciudadanos del cielo, que caminamos durante nuestra vida hacia nuestra patria definitiva, hacia el cielo. Es necesario, pues, ponernos decididamente en camino hacia la otra orilla. Para eso nos creó el Señor.

Otro detalle importante a tener en cuenta es que, en ese viaje, la barca en la que navegamos es la Iglesia. Es abordo de ella como esperamos llegar a buen puerto. Es cierto que, en la travesía hacia la otra orilla, hacia el cielo, suelen ser frecuentes las tormentas, las dificultades de todo tipo: enfermedades, problemas económicos, vicios secretos que nos dominan, problemas familiares y en el trabajo… que muchas veces amenazan con hundir la barca. Sin embargo, como en este evangelio, en la barca, va con toda seguridad el Señor Jesús. Cierto que, con frecuencia, parece que va dormido, pero sólo es en apariencia. Lo hace para forzarnos, como a los discípulos, a gritarle, a pedirle ayuda. Los discípulos desconocían quién era de verdad el Maestro. Nosotros sabemos que es el Señor, el Kyrios, que camina junto a nosotros en la travesía de la vida, y que siempre está dispuesto a ayudarnos si nosotros lo invocamos.

Hemos de agradecer de corazón el detalle que tiene el Señor con nosotros, porque al conocer de antemano las dificultades que cada uno encontrará en su vida, no nos abandona a nuestra suerte, sino que está alerta para ser nuestro ayudador.

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A UN GRANO DE MOSTAZA» 

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17, 22-24 * Cor 5, 6-10 * Mc 4, 26-34

En el evangelio de hoy, una vez más, el Señor Jesús nos habla del Reino de Dios y lo hace mediante parábolas. ¿A qué se parece el Reino de Dios? Se parece a un hombre que echa semilla en un campo. La semilla cae en la tierra y sin que se sepa cómo, germina y crece hasta que la planta, cargada de fruto, está a punto de que se le meta la hoz en el momento de la siega. No ha tenido nada que ver la voluntad del sembrador que solo se ha limitado a sembrar. Ha sido el potencial, el germen de vida encerrado en la semilla, el que ha hecho el milagro.

¿Cómo tenemos que entender esta parábola? Es muy sencillo. La semilla es la Palabra de Dios que llega a nosotros a través de la predicación. Si tú la has escuchado, si has dejado que la Palabra penetre en tu interior como lo hace la lluvia fina que empapa la tierra, y la has guardado en tu corazón, esa Palabra tiene el poder de crecer dentro de ti hasta dar fruto abundante. No se trata de que te esfuerces intentando llevar a la práctica lo que dice la Palabra, se trata de que la aceptes, de que no te defiendas ante ella y no pongas impedimentos para que con su fuerza vaya transformando poco a poco tu vida.

La otra parábola del evangelio de hoy, compara al Reino de Dios con la diminuta semilla de la mostaza que, a pesar de ser tan pequeña, cuando se la siembra, brota y crece hasta convertirse en un arbusto de tamaño semejante a un árbol. A él acuden las aves del cielo para cobijarse y colocar en sus ramas sus nidos. Así es el Reino de Dios. No llega a nosotros con demostraciones de fuerza o de poder. Lo hace de una manera humilde, sin exigencias. Lo hace fundamentalmente a través de la Palabra que, como la semilla, cuando cae sobre una tierra fértil, germina y crece, llegando a dar abundante fruto.

Para que comprendamos mejor la parábola es necesario señalar que hoy, el Reino de Dios en la tierra, es la Iglesia. Los orígenes de la Iglesia no pudieron ser más humildes. Un joven carpintero, vecino de una pequeña aldea, Nazaret, empieza a anunciar en la comarca de Galilea una nueva doctrina, una nueva forma de vivir. Como colaboradores, en vez de buscar personas cultas entendidas en la Ley, como los escribas y fariseos, elige a unos pescadores y a un recaudador de impuestos. Con ellos recorre todo Israel anunciando la Buena Nueva. No pueden ser unos inicios más humildes. Ocurre aquí, como lo que sucede con la pequeña semilla de la parábola.

La Palabra sembrada por el joven Maestro de Nazaret y aceptada por la gente más humilde y sencilla de Israel, ha crecido como la planta de la mostaza, de manera que sus ramas se extienden por toda la tierra. Nosotros, como las aves, nos cobijamos a su sombra y nos alimentamos con sus frutos abundantes.

 

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIÉNES SON MI MADRE Y MIS HERMANOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 3, 9-15 * 2Cor 4, 13—5, 1 * Mc 3, 20-35 

Con el domingo del Bautismo del Señor iniciamos dentro de la liturgia el llamado Tiempo Ordinario, que tuvimos que interrumpir al iniciar la Cuaresma seguida del Tiempo Pascual. Hoy, después de haber celebrado la solemnidades de la Stma. Trinidad y del Santísimo Cuerpo del Señor, retomamos los evangelios del Tiempo Ordinario a partir del domingo décimo. Como estamos en el ciclo litúrgico B, las lecturas se toman del evangelio según san Marcos.

En la primera lectura de la Eucaristía de hoy, tomada del Génesis, vemos a Adán y Eva que, haciendo caso omiso a las indicaciones del Señor, deciden por su cuenta comer del fruto del árbol de la Ciencia del Bien y del Mal. En contra de lo que tradicionalmente se ha afirmado, la advertencia del Señor no hay que tomarla como una prueba a la que el Señor somete a Adán y Eva, sino como un rasgo de su amor que quiere evitarles caer en un peligro real. El resultado es catastrófico. La vida tranquila y feliz que llevaban en el paraíso, se convierte por el pecado en algo insoportable. Separados voluntariamente de Dios, experimentan el miedo, el sufrimiento y la muerte. Sus vidas pierden por completo la razón de ser. Creados para la felicidad y la vida, se encuentran con el sufrimiento y la muerte. 

Dios, sin embargo, que les continúa amando con locura, les hace el anuncio de un Salvador, que será el Hijo de la Mujer, y que aplastará por completo la cabeza del maligno, encarnado en la serpiente. 

Adán y Eva no están muy lejos de nuestras vidas. Somos tú y yo, que convencidos de nuestra sabiduría y queriendo hacer uso de nuestra libertad, elegimos libremente vivir de espaldas a Dios. Nos sucede lo mismo que a Adán y Eva. Por haber dejado de lado al que es la Vida, nos hundimos irremediablemente en la muerte. 

Esto mismo les sucede a los letrados del evangelio. Muy convencidos de su sabiduría y de su valer, su mala voluntad les hace cerrar los ojos ante los signos que realiza el Señor Jesús. Son incapaces de reconocer en Él al enviado de Dios para salvarles. Ese empecinamiento y esa tozudez les impide alcanzar la salvación, hasta el extremo de afirmar que las obras del Señor son fruto de la acción del mismísimo Satanás. Con su actitud rechazan la posibilidad de alcanzar el perdón de Dios. Para ser sujetos del perdón de Dios, es necesario reconocer el pecado y para ellos eso es imposible. Por eso el Señor dirá que ese pecado no tendrá perdón jamás. 

En el fondo este pasaje nos da la certeza a ti y a mí, de que con toda seguridad alcanzaremos el perdón de nuestros pecados, sean cuales fueren, con tal de re conocerlos. Con tal de, con humildad, pedir al Señor perdón de ellos, teniendo la certeza de que la misericordia de Dios llena la tierra y que nuestras faltas, por grandes que fueren, siempre serán una nimiedad comparadas con la infinita misericordia del Señor. 

La parte final del evangelio nos muestra a los familiares del Señor Jesús que, convencidos de que no está en sus cabales, y, sin duda, forzando a María su madre a acompañarles, pretenden que abandone su misión y vuelva a Nazaret. 

Cuando los que acompañan al Señor le dicen: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan», Él, se limita a decir «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Y señalando a los que le rodean añade: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre». 

Alegrémonos, por tanto, de las palabras del Señor si nos identificamos como sus discípulos, estando dispuestos, con su ayuda, a cumplir la voluntad de Dios. 

 


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR (Solemnidad)

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DEL SEÑOR (Solemnidad)

"TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO..." 

 

CITAS BÍBLICAS:  Ex 24, 3-8 * Heb 9, 11-15 * Mc 14, 12-16.22-26

San Juan en su evangelio pocas horas antes de la Pasión dice refiriéndose al Señor, «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo». Esta frase, sin duda, hace referencia a la entrega total del señor Jesús por todos los hombres, al asumir, cumpliendo la voluntad del Padre, la hora de su entrega total por cada uno de nosotros.

Esta frase, sin embargo, se sitúa inmediatamente antes de que el Señor, en la Última Cena, en la Cena de Pascua, dispusiera ocupar con su propio cuerpo el lugar del cordero pascual que presidía la mesa, convirtiéndose de esa manera en el alimento de todos los presentes. Él, como más tarde dirá a sus discípulos, deseaba de este modo permanecer con ellos y con nosotros, hasta la consumación de los siglos.

No contento con alimentarnos con su Palabra, y conociendo de antemano nuestra debilidad y pobreza, transforma su carne para cada uno de nosotros en el alimento espiritual que nos dé fuerza para llevar adelante la misión, que, como miembros de su Iglesia, ha dejado en nuestras manos.

Su carne y su sangre nos acompañarán en nuestro peregrinar hacia la vida eterna, como la roca espiritual que, como dice san Pablo, acompañaba al Pueblo por el desierto, y esa roca era Cristo.

Estar participando con asiduidad de este Alimento, hace que tengamos el peligro de caer en la rutina y no seamos capaces de evaluar la grandeza de este don que el Señor nos da gratuitamente. Somos ciertamente afortunados. Somos la envidia de los propios ángeles. Ellos contemplan de continuo el rostro del Señor, pero no les es dado alimentarse, como nosotros lo hacemos, con su Cuerpo y con su Sangre. No somos conscientes de que cada día que asistimos a la Eucaristía, en el altar tiene lugar un acontecimiento, un milagro, más grande que la propia creación del mundo.

Es el mismo Dios, el que acontece y se hace presente realmente sobre el altar. Viene a nosotros con su cuerpo y con su sangre. Quiere transformar nuestra debilidad en fortaleza. Quiere que sea su propia Sangre la que circule por nuestras venas. Quiere que nuestro cuerpo se vaya transformando paulatinamente en el suyo. Es la manera de que tú y yo, pecadores y poca cosa, lleguemos a ser otros cristos.

¿Qué méritos o qué razones podemos esgrimir para que esto sea así? ¿Quién eres tú o quién soy yo, para que no solo hayamos sido lavados con la sangre del Señor, sino que lleguemos a alimentarnos con su Cuerpo? 

Nuestra existencia es un camino hacia la vida eterna, pero el lastre de nuestros pecados hace demasiado pesada la marcha. Con nuestras fuerzas, por más que lo pretendamos, nunca llegaremos a la meta. Nuestra vida por tanto no dejará de ser un fracaso. Por eso el Señor viene en nuestra ayuda como lo hizo con los panes que dio al profeta Elías cuando huía de Ajab. Como a él, también a ti y a mí nos dice: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti».

Bendigamos al Señor. Démosle gracias por el inmenso amor que ha mostrado hacia nosotros en este Sacramento. Participemos asiduamente de este Banquete. Ciertamente, no somos dignos de hacerlo, pero Él, penetrando en nosotros hará digno lo indigno y hará santos a los que somos pecadores.

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

«BENDITA SEA LA SANTA E INDIVISA TRINIDAD»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 4, 32-34. 39-40 * Rom 8, 14-17 * Mt 28, 16-20  

En este domingo, siguiente al de Pentecostés, la Iglesia pone ante nuestros ojos a la  Santísima Trinidad. En ella celebramos a un Dios que es plenitud. Un Dios que siendo sólo uno, se nos muestra en tres personas totalmente distintas. A través de esas personas se acerca a nosotros mostrándose en tres facetas diferentes.

  En el Padre, el Abbá, como nos lo mostró Jesucristo, encontramos al papá que nos quiere y nos comprende, al papá en el que se puede confiar. Al papá que nos permite respirar sin atosigarnos con sus exigencias. Al papá que no deja de amarnos aun cuando nosotros seamos hijos malcriados que hacemos caso omiso a sus indicaciones. Él, no interfiere nunca en nuestra libertad. Él, que es el padre del Hijo Pródigo, otea cada día el horizonte para ver si regresamos a la casa paterna porque desea abrazarnos, pero no envía mensajeros para que nos obliguen y fuercen nuestro regreso. Él nos deja libres porque nos ama en nuestra libertad.

En el Hijo podemos ver al hermano que, siendo Dios como el Padre, se ha rebajado tomando nuestra naturaleza, para que nosotros podamos contemplar el rostro de Dios. Es el hermano mayor que conociendo nuestro desvarío, ha salido en nuestra defensa cargando con todas nuestras culpas y liberándonos de la muerte que por ellas merecíamos. Él es el que nos ha dado a conocer al Padre y nos ha enseñado a llamarle papá. Él es el que en el cielo muestra constantemente sus llagas gloriosas, intercediendo por nosotros que abandonamos con frecuencia la casa paterna, buscando la vida en ídolos que no nos la pueden dar.

  Finalmente, Dios se nos muestra como Espíritu Santo, dándonos la fuerza interior que necesitamos para que nuestra vida sea acorde con la voluntad de Dios. Él, en nuestra debilidad es fortaleza. En nuestro sufrimiento, consuelo. Él está junto a nosotros en nuestras luchas y nuestros fracasos, en nuestros momentos de oscuridad y en los momentos de alegría y gozo. Él, desde lo más profundo de nuestro ser, testifica que somos hijos de Dios y hace que llamemos a Dios-Padre, Abbá, papá. Él es también el Paráclito, nuestro defensor ante las asechanzas del maligno.

El Dios de la Trinidad, por lo tanto, no es un Dios lejano oculto en el misterio, sino que es un Dios cercano que nos muestra su rostro y nos da a conocer su amor.


DOMINGO DE PENTECOSTÉS

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO.»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1 Cor 12, 3b-7. 12-13 * Jn 20, 19-23

Con la solemnidad de Pentecostés finaliza el Tiempo Pascual. Aunque en toda la liturgia cristiana el centro es el Señor Jesús, durante este tiempo hemos contemplado de un modo especial su Resurrección, su victoria sobre la muerte.

El acontecimiento que da plenitud, que completa la obra redentora del Señor, es, sin duda, la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente. Podríamos decir que La Iglesia con este don del Padre alcanza su mayoría de edad. Decimos esto porque, ciertamente, la Iglesia fue fundada por Jesucristo, pero fue la fuerza del Espíritu Santo la que la puso en marcha.

Dios es el que lleva adelante la Historia de Salvación de la humanidad. Sin embargo, dentro de esa historia, cada una de las Tres Divinas Personas desempeña una función distinta. Procurando no faltar al respeto y explicándolo de una manera un tanto burda, podríamos comparar la Historia de Salvación a una carrera por relevos. El primer tramo abarca lo que llamamos Antiguo Testamento, y el que lleva el testigo es Dios Padre, que hace entrega del mismo al Señor Jesús, Dios Hijo, en lo que llamamos Nuevo Testamento. Finalmente, el atleta que recibe el testigo de manos del Señor Jesús cuando asciende a los cielos, es el Espíritu Santo, que lo conservará hasta la consumación de los siglos teniendo como misión principal la santificación de la Iglesia.

Queremos aclarar que la acción de cada una de las Tres Divinas Personas, su presencia en la Historia de Salvación, no es excluyente, sino que las tres están presentes en los tres tramos de la carrera, aunque el protagonismo esté repartido.

Desde la Ascensión a los cielos del Señor Jesús, todos los acontecimientos de la vida de la Iglesia están impulsados, están llevados a cabo por la acción directa del Espíritu Santo. Nada de lo que sucede en la Iglesia, incluso la acción santificadora de los sacramentos, se podría realizar sin esta presencia del Espíritu Santo. Hemos afirmado en muchas ocasiones que lo que fundamentalmente distingue a un cristiano de otra persona que no lo es, es el amor. Amor que se manifiesta de una manera excelente en el perdón al enemigo y en la misericordia hacia el pecador aceptando sus fallos y errores. Hemos dicho también que manifestar al mundo ese amor sin límites, es la mejor forma de evangelizar, de hacer presente a Dios en la vida de los que nos rodean. Sin embargo, nos encontramos, como san Pablo, con un dilema. Él, lo expresa así: «Mi proceder no lo comprendo. Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta». También nosotros queremos obrar el bien. Queremos perdonar al que viene a hacernos daño adrede. Queremos amar a aquel que conscientemente nos hace daño. Queremos no tomar en cuenta los insultos y las calumnias, pero, no podemos. No podemos negarnos a nosotros mismos. No podemos, por amor, renunciar a tener la razón. Todo esto es algo que en nosotros va “contra natura”. Pues bien, aquí llega la acción del Espíritu Santo. Lo que para ti y para mí es imposible, se vuelve posible con su ayuda. Nada hay imposible en la vida de fe, que no pueda realizarse con la fuerza del Espíritu Santo.

La presencia del pecado en nuestra vida, ha tenido como consecuencia la aparición de todo tipo de sufrimientos, empezando por la enfermedad y acabando con la muerte. También aquí se manifiesta la acción del Espíritu Santo. Él es fortaleza en nuestra debilidad, consuelo en el sufrimiento y, sobre todo, defensa frente a nuestro enemigo el maligno. Es necesario, pues, que hagamos ocupe en nuestra vida de fe un puesto relevante.


DOMINGO VII DE PASCUA -B- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO VII DE PASCUA -B- ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mc 16, 15-20 

En este día celebramos que el Señor Jesús, después de consumar su Pascua y de estar durante cuarenta días resucitado apareciéndose a sus discípulos, ascendió al cielo y está sentado a la derecha de poder de Dios.

Se cumple lo que san Pablo en su carta a los Filipenses afirma: por haber asumido la condición de esclavo, por no haber retenido ávidamente su divinidad, por haberse humillado hasta el extremo, Dios Padre lo levantó, lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Celebramos, pues, que uno de los nuestros, con la misma naturaleza humana, con un cuerpo, que, si bien ahora es glorioso, es idéntico al nuestro, está sentado a la derecha de Dios y ha sido constituido Señor del universo.

Este acontecimiento no es en modo alguno ajeno a nuestra vida. El Hombre-Dios, Cristo Jesús, ha penetrado en el cielo. Nosotros, que somos su Iglesia, somos miembros de un cuerpo, del que Él es la cabeza. Del mismo modo que en el nacimiento de una criatura, cuando ésta saca la cabeza del vientre de la madre, inmediatamente le sigue el resto del cuerpo, así también nos ocurre a nosotros. Nuestra cabeza que es Cristo está en el cielo, y nosotros, su cuerpo, unidos a Él somos arrastrados penetrando también en el cielo.

Los acontecimientos vividos por el Señor Jesús a lo largo de su vida terrena, su entrega, su humillación y su muerte, hechos extremadamente negativos a los ojos del mundo, han sido el motivo de su glorificación. Si Cristo no hubiera pasado por ellos, no hubiera sido constituido por el Padre como Señor todo lo creado. La negación de sí mismo, los sufrimientos, los desprecios que padeció, fueron el camino de su exaltación.

Lo ocurrido al Señor Jesús, arroja luz sobre todo aquello que nos sucede a nosotros. Todos los acontecimientos de nuestra vida tienen sentido. Nada sucede en vano. Todo entra dentro del plan de salvación que ha diseñado el Padre para nosotros. Las humillaciones, los sufrimientos, la muerte, que tienen su origen en el pecado, escandalizan al mundo y le hacen blasfemar de Dios. Sin embargo, para los elegidos, para los creyentes, para nosotros, son el camino que lleva a la salvación.

Hemos dicho que el Señor Jesús está sentado a la derecha del poder de Dios. ¿Qué importancia tiene esto para nuestra vida? Cristo Jesús ascendido al cielo posee todo poder. Todo le ha sido sometido. Nosotros, que somos miembros de su cuerpo, aquí en la tierra seguimos bajo el dominio de mal. Muchos acontecimientos de nuestra vida nos desbordan. Con frecuencia no podemos resistir a las seducciones del mal. Se nos presentan enfermedades, problemas económicos, problemas familiares, etc., ante los cuales nos hallamos totalmente indefensos. Nos desbordan y hacen que experimentemos nuestra impotencia. También nos hacen sufrir nuestras inclinaciones pecaminosas, nuestros vicios ocultos, nuestro genio, nuestra soberbia, que van minando nuestro carácter y nos amargan la existencia. Pues bien, el Señor Jesús ha sido constituido por el Padre Señor de todo lo que nos amarga y nos hace infelices. Donde está tu impotencia, aparece su poder, donde está tu debilidad, se manifiesta su fuerza. Solo hace falta que tú y yo, en esos momentos en que se nos cierra el cielo, lo invoquemos, lo llamemos, le digamos con fuerza: ¡Señor, no puedo! ¡Ayúdame! Tengamos la certeza de que, si ponemos en Él nuestra confianza, no quedaremos nunca defraudados.