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DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«TODO LO HA HECHO BIEN: HACE OÍR A LOS SORDOS Y HABLAR A LOS MUDOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

San Marcos en el evangelio de hoy nos narra la curación de un sordo y casi mudo, que presentan al Señor Jesús para que le imponga las manos. El Señor, apartándolo un poco de la gente le mete el dedo en los oídos y luego con un poco de saliva le toca la lengua al tiempo que dice: «Effetá (esto es, “ábrete”)». Al momento a aquel hombre se le abren los oídos, se le suelta la lengua, y empieza a hablar sin dificultad.

A muchos de nosotros, no a todos, cuando nuestros padres nos llevaron a la iglesia para recibir el bautismo, dentro de los ritos que corresponden a este sacramento, se nos realizó un signo que tenía como origen este pasaje del evangelio. El celebrante, después de haber derramado sobre nuestra cabeza las aguas bautismales, con su saliva nos tocó los oídos y la lengua al tiempo que decía: «Effetá, ábrete».

¿Cuál era el significado de este rito que hoy prácticamente está reservado para los catecúmenos que reciben el bautismo siendo ya adultos? Veámoslo. La fe es un don que recibimos del Señor a través de la Iglesia, mediante la escucha de la predicación de la Palabra de Dios. Quiere decir esto que la fe no crece en nosotros porque recemos mucho o hagamos obras de caridad. Estos actos ayudarán a fortalecerla cuando ya la poseamos, pero no pueden darla partiendo de cero. La fe, dice san Pablo en su carta a los Romanos, solo viene a través de la predicación, y la predicación encuentra su origen en la Palabra de Dios.

¿Qué es necesario para recibir la predicación? Sin duda, tener el oído abierto. Y, ¿qué significa tener el oído abierto? Tener el oído abierto significa llegar a descubrir que aquel acontecimiento que narra el evangelio halla cumplimiento, se realiza, en nuestra propia vida. La Palabra proclamada, deja de ser una mera narración de hechos, para convertirse en un espejo donde queda reflejada la vida de aquellos que la escuchan. Ésta es la función de la homilía, como lo son también estos sencillos comentarios que hacemos cada semana de la Palabra del Evangelio.

Tú y yo, comprobamos que la figura del sordo de hoy es nuestra figura, porque oímos sin escuchar, de manera que la Palabra que se proclama no penetra en nuestro corazón, sino que resbala. Que aquel leproso que pide al Señor que lo limpie, somos tú y yo manchados por la lepra del pecado que necesitamos también ser limpiados. Que aquel ciego del camino que gritaba: «Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí», somos también nosotros que estamos ciegos para ver el amor de Dios, y que esa ceguera, nuestro egoísmo, nos impide ver a los demás para poder amarlos. Tener el oído abierto hace, en fin, que al escuchar la Palabra tengamos el firme convencimiento de que es el Señor Jesús el que en ese momento nos está hablando personalmente.

Si logramos, con la ayuda del Señor, tener el oído abierto haciendo nuestra la Palabra proclamada, comprobaremos cómo nuestra fe crece y se fortalece, dando sentido a los acontecimientos buenos y adversos de nuestra vida. Veremos también a través de ellos la voluntad de Dios, que no es otra que nuestra propia salvación. Finalmente, viendo nuestra historia, nuestra vida y la actuación del Señor en ella, podremos exclamar con los discípulos: «Todo lo ha hecho bien».

 

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt, 1-2.6-8 * St 1, 17-18.21b-22.27 * Mc 7, 1-8.14-15.21-23

En el evangelio de hoy los judíos plantean al Señor una cuestión que para ellos tiene suma importancia. Se trata de lo que se conoce como la pureza legal. Para los judíos la limpieza corporal tiene una importancia extraordinaria que quiere ser reflejo de la limpieza interior. Lo que ocurre es que como en tantas otras prescripciones de la Ley, su cumplimiento se queda en lo meramente superficial, sin que implique una conversión de corazón.

Hoy, los escribas y fariseos al observar que los discípulos del Señor se sientan a la mesa sin lavarse las manos previamente, le preguntan: «¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?» El Señor, conociendo su interior, que está muy lejos de reflejar lo que ellos pretenden al purificarse, les cita al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».

Sería conveniente, partiendo de esta cita de Isaías, preguntarnos cuál es nuestra actitud en lo que se refiere al cumplimiento de la ley. Nosotros, que nos llamamos cristianos, acudimos los domingos a la eucaristía, comulgamos con cierta frecuencia, aunque somos menos asiduos a la hora de confesar nuestros pecados. Participamos con mayor o menor cuantía en las diversas colectas que la Iglesia propone, y aunque, no todos, tomamos parte en las manifestaciones religiosas que tienen lugar en las calles, como las procesiones, etc. Todo esto es estupendo, pero llega el momento de preguntarnos: ¿Nuestra vida en la familia, en el trabajo, en las relaciones con los demás, es consecuente con nuestras creencias? ¿Si alguien observara nuestro comportamiento podría deducir que tú y yo somos cristianos? En muchas ocasiones nuestra vida ordinaria está muy lejos de reflejar, de hacer patente, que somos discípulos del Señor, que pertenecemos a su Iglesia. Queda de manifiesto un divorcio entre la fe que decimos poseer y las obras que realizamos.

El Señor Jesús tomando pie de la actitud de los escribas y fariseos, aprovecha la ocasión para exponer lo que conocemos como doctrina de lo puro y de lo impuro. Dice así: «Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre». ¿Cómo podemos entender esto? Es muy sencillo. Lo que entra en el hombre, la comida y la bebida, va directamente al estómago, es digerido y, posteriormente, va a parar al excusado. Sin embargo, lo que sale del corazón del hombre es lo que puede mancharlo. ¿De dónde, si no, salen los malos propósitos, envidias, robos, fornicaciones, orgullo, difamación, homicidios, etc.? Todo esto tiene como origen el corazón del hombre, y son precisamente estas acciones las que manchan al hombre, las que lo hacen impuro. Por tanto, cambia el corazón del hombre y cambiará radicalmente su vida.

Sin duda este cambio de corazón no está a nuestro alcance. Nuestro hombre viejo, el hombre de la carne, no conoce otro camino que el del egoísmo, el de buscar todo aquello que le construye sin preocuparse demasiado por los demás. Ha de ser el Señor el que a través de su Palabra vaya cambiando nuestro corazón de piedra, como dice el profeta Ezequiel, por uno de carne, capaz de amar, de perdonar y de preocuparse por el bien de los demás.

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

 

¿TAMBIÉN VOSOTROS QUERÉIS MARCHAROS?

 CITAS BÍBLICAS:  Jos 24, 1-2ªa.15-17.18b * Ef 5, 21-32 * Jn 6, 60-69

Durante estos domingos la Iglesia nos está mostrando el Discurso del Pan de Vida, del evangelio según san Juan, que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando el Señor Jesús y sus discípulos regresan a aquella ciudad después de la multiplicación de los panes.

Durante toda la predicación, el Señor se muestra a los que le escuchan como el “verdadero Pan de Vida”. Un pan que verdaderamente sacia, no como el maná. Un pan que ha bajado del cielo, para que, el que lo coma no sienta más hambre.

En el evangelio del domingo pasado el Señor decía, «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Afirmar que ese pan era su propia carne, produjo entre los que lo escuchaban el consiguiente escándalo. Hoy, en el evangelio, que es continuación del de la semana pasada, vemos el desconcierto que estas palabras producen entre los mismos discípulos del Señor. «Este modo de hablar, afirman, es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?». El Señor, sin embargo, insiste diciendo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida, pero con todo algunos de vosotros no creen» … «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». El evangelista sigue diciendo que, desde entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. El Señor Jesús, viendo este comportamiento, dice a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro, tomando la palabra dice: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna…».

Quizá en tu vida te encuentres en momentos de duda. Hoy son muchos los que por influencia del mundo y por no haber sido educados convenientemente en la fe, abandonan la Iglesia. Buscan algo distinto. En el fondo buscan la felicidad y hacen caso por eso a los señuelos del mundo. No se dan cuenta de que la felicidad que ofrece el mundo es falsa, y que seguir sus dictados acarrea mucho sufrimiento.

Vivir una vida distinta a la que nos muestra la sociedad, requiere, las más de las veces, remar contracorriente. Por eso es normal que aparezca el cansancio y la tentación de abandonar. Hoy, la pregunta que el Señor hace a sus discípulos nos la hace a ti y a mí: «¿También vosotros queréis marcharos?». Macharnos significa meternos en la vorágine del mundo, seguir sus dictados y buscar en él a toda costa la felicidad. Aunque sabemos con certeza y por experiencia que esto es irrealizable, hay que reconocer que para nosotros no deja de ser una gran tentación.

Hagamos memoria de los momentos de nuestra vida en que hemos visto colmada nuestra ansia de felicidad. ¿Con quién estábamos? ¿Quién nos ha hecho de verdad felices? ¿Quién nos ha hecho experimentar la alegría de perdonar o ser perdonados? ¿Quién nos ha dado la fuerza para superar los momentos amargos de nuestra vida?  ¿Ha sido el mundo? Ciertamente, no. Sabemos perfectamente que, en los momentos difíciles, cuando nadie podía echarnos una mano, la ayuda nos ha llegado de lo alto. Por tanto, respondamos a la pregunta del Señor con las mismas palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna…».

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL QUE COME MI CARNE Y BEBE MI SANGRE HABITA EN MÍ Y YO EN ÉL»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-58

El evangelio de hoy, como el de las semanas anteriores, pertenece al discurso del Pan de Vida en la sinagoga de Cafarnaúm. Hoy el Señor Jesús empieza diciendo: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Como es lógico, estas palabras producen en aquellos que las escuchan el consiguiente escándalo. ¿Cómo es posible, preguntan, que éste nos dé a comer su carne? Sin embargo, el Señor, insiste diciendo: «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

El escándalo de los que llenan la sinagoga es del todo comprensible. Tomadas estas palabras, humanamente, al pie de la letra son del todo inaceptables. Es necesaria la acción del Espíritu Santo para comprenderlas y asumirlas. El amor de Dios-Padre hacia el hombre, hacia ti y hacia mí, manifestado en la persona del Señor Jesús, alcanza niveles totalmente incomprensibles para nosotros. No satisfecho con la locura de amor de hacer que su Hijo se encarnara para entregar su vida por nosotros, que por el pecado habíamos renegado de él, quiere ahora que su carne y su sangre se conviertan para ti y para mí en verdadero alimento.

San Pablo en su primera carta a Timoteo dice: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». Para hacer realidad este deseo, Dios envió al mundo a su Hijo Jesucristo que pasó haciendo el bien, dándonos a conocer el amor del Padre y entregando su vida en rescate por todos. Ahora bien, para que esta salvación alcanzara a todas las generaciones, era necesaria la presencia continuada del Señor Jesús en medio de los hombres. Para conseguirlo deja en medio del mundo a su Iglesia, haciendo de sus discípulos «otros cristos» como dice san Pablo. Esta transformación se lleva a cabo al cumplirse en nosotros, sus discípulos, las palabras que nos dice hoy en el evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

San Agustín nos explica cómo se lleva a cabo esta transformación. Cuando comemos, los alimentos, mediante la digestión y la absorción de nutrientes hacen que crezcan y se desarrollen los distintos órganos de nuestro cuerpo, proporcionando a la vez la energía necesaria para su funcionamiento. No sucede así cuando nos alimentamos con las Especies Eucarísticas, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Estos alimentos en vez de hacer que se desarrollen nuestras células, poseen la virtud de hacer que seamos nosotros los que paulatinamente nos vayamos transformando en el mismo Cristo, que seamos, como ya hemos dicho, «otros cristos». Considerar este milagro nos ha de hacer vivir con temor y con temblor y con un agradecimiento sin límites, la elección que el Señor ha hecho sobre cada uno de nosotros. Ha de hacer también nacer en nosotros un amor sin límites hacia la Eucaristía, el alimento del cielo que nos regala el Señor.


DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«YO SOY EL PAN VIVO QUE HA BAJADO DEL CIELO: EL QUE COMA DE ESTE PAN VIVIRÁ PARA SIEMPRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Prv 9, 1-6 * Ef 5, 15-20 * Jn 6, 51-59 

En el evangelio del domingo pasado el Señor Jesús decía a los judíos: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed». Hoy, vemos en el evangelio la reacción de aquellos que le escuchan. Vienen a decir: Pero ¿qué dice? ¿Pero qué se ha creído éste? ¿No es este Jesús, el hijo de José el carpintero? ¿Cómo dice estas cosas? Esta actitud de los habitantes de Cafarnaúm nos recuerda a los habitantes de Nazaret cuando el Señor Jesús les habla en su sinagoga.

Esta actitud de los judíos sólo puede entenderse si tenemos en cuenta que la fe es un don, un regalo del Señor que no está al alcance de todos. Tener fe no depende de la voluntad o del esfuerzo del hombre. La fe es un don que Dios-Padre regala a aquellos que elige para una misión muy concreta: hacer llegar a todos la noticia de la salvación que Dios ha otorgado a los hombres por medio de su Hijo Jesucristo. porque la voluntad de Dios-Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Teniendo esto en cuenta, podemos entender las palabras del Señor: «Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado». En este sentido hay que entender también la frase del Señor cuando, en otra parte del Evangelio, afirma: «Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos». Muchos son los que escuchan la predicación, pero solo en unos pocos arraiga la semilla que un día dará fruto abundante.

La Buena Noticia es necesario recibirla desde una actitud humilde, desde un corazón sencillo que no desea pasar por la razón todo lo que escucha. Es una actitud totalmente opuesta a la que adoptan los judíos en este pasaje que tiene lugar en la sinagoga de Cafarnaúm. No ha sido suficiente para ellos ser testigos del signo, del milagro realizado por el Señor dando de comer con cinco panes y dos peces a más de cinco mil personas. Se dejan llevar por las apariencias y solo ven en el Señor Jesús al hijo del carpintero. Su orgullo les impide aceptar que aquel que tienen delante es el enviado de Dios para su salvación.

Es necesario estar con humildad a la escucha de lo que dice el Padre. Ciertamente, como dice el Señor, nadie ha visto al Padre, sin embargo, no necesitamos verle físicamente, sino que es suficiente tener los ojos abiertos ante sus obras. Con frecuencia, en nuestra vida, achacamos a la buena o mala fortuna acontecimientos a los que no encontramos explicación lógica. Somos reacios a admitir que el Señor actúa en nuestras vidas; por eso la realidad de la vida eterna está ausente en nuestro día a día. Es la consecuencia de nuestra falta de fe, de nuestra débil fe.

Descubrir esta realidad, esta falta de fe, no debe hacernos caer en desánimo. El Señor conoce nuestra debilidad, nuestra impotencia y aún a veces nuestra apatía. Por eso, al igual que un día alimentó a su pueblo con el maná, hoy, en este evangelio, nos promete alimentarnos con su propio cuerpo. Nos dice: «Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el coma de este pan vivirá para siempre».

Estas palabras del Señor van contra de toda lógica. Es imposible entenderlas desde la razón. Por eso en vez de intentar buscarles una explicación, debemos mirar a aquel que las pronuncia. Él es la Verdad, y todo lo que nos ha anunciado ha hallado cumplimiento. Así es como crece nuestra fe, comprobando como cada una de las palabras del Señor se cumple en nuestra vida.    

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

 

ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR

CITAS BÍBLICAS: Jer 23, 1-6 * Ef 2, 13-18 * Mc 6, 30-34

El evangelio de este domingo nos muestra a los discípulos que regresan eufóricos narrando todo lo que les ha ocurrido en la misión que les había encomendado el Señor, y que vimos la semana pasada.

Con el fin de que puedan descansar y a la vez puedan contar pausadamente todas sus experiencias, el Señor les dice: «Vamos solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Lo decía así, porque era tan grande el número de personas que le seguían que no encontraban tiempo ni para comer.

Las gentes los ven partir en la barca y, adivinando a donde se dirigen se les adelantan, de manera que al llegar Jesús con sus discípulos se encuentra a una gran multitud que le espera.

Llegado a este punto, el evangelista nos muestra de una manera entrañable lo que contiene el corazón del Señor Jesús. Nos dice: «Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato». Otra traducción dice, se puso a enseñarles con calma.

La expresión se compadeció de ella, pone de manifiesto lo que el Señor sentía por aquella pobre gente. No se miró a sí mismo, ni tuvo en cuenta la necesidad de descanso de los discípulos y el suyo propio. Él sólo vio a personas necesitadas que tenían problemas tanto del cuerpo como del alma. Los veía como ovejas que no tienen pastor.

Esta situación se repite hoy en nuestra sociedad. Abundan los sufrimientos de todo tipo, físicos y espirituales. La gente no encuentra sentido a su vida e intenta llenarla con las riquezas, el dominio sobre los demás, el sexo en todas sus variantes, las diversiones de toda índole etc. La felicidad que obtienen es pasajera, y al final sólo consiguen sentir hastío e insatisfacción.

Ante esta situación podemos responder de dos maneras. Primero, como lo hace el mundo, juzgando a los demás. Diciendo que son unos inútiles, unos vagos, unos manirrotos, o como mucho, que no han tenido suerte en la vida, etc. Otra forma de responder, otra actitud, es la que nos muestra hoy el Señor en el evangelio. Tú y yo, que somos sus discípulos, no tenemos ningún derecho a juzgar a los demás como lo hace el mundo. Tú y yo, sabemos, por gracia de Dios, que ese comportamiento es fruto del pecado. Que lo que esas personas necesitan es que alguien les mire con ojos de amor, de compresión y misericordia, sin echar sobre ellos ningún juicio condenatorio.

Si eres consciente de que el Señor ha obrado así en tu vida, que no ha tenido en cuenta tus muchos defectos y pecados, sino que te ama en tu realidad, hoy te dice como al escriba de la parábola del Buen Samaritano: «Ve tú y haz lo mismo».

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

ELLOS SALIERON A PREDICAR LA CONVERSIÓN

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7, 12-15 * Ef 1, 3-14 * Mc 6, 7-13

El Señor Jesús ha dado comienzo a su misión evangelizadora. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, anunciando la Buena Nueva de la salvación. La tarea que tiene entre manos es ingente. Necesita colaboradores que le ayuden en su misión. Por eso, hoy, pone en manos de sus apóstoles esta tarea. Les encarga que vayan de dos en dos anunciando por todas partes que el Reino de Dios está cerca. Que Dios está llevando a cumplimiento las promesas hechas desde antiguo a su pueblo.

El Señor, además de otorgarles autoridad sobre los espíritus inmundos, les da una serie de recomendaciones: les pide que no lleven otra cosa que un bastón para el camino. Sin pan, sin alforja y sin dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias, pero no una túnica de repuesto. Quizá a nosotros nos extrañen un tanto estas exigencias, porque estamos acostumbrados a preparar nuestros viajes previendo todo aquello que vamos a necesitar durante el camino. No ha de ser así para los que son llamados a anunciar el Evangelio. Es necesario llevar un bagaje en extremo ligero, para que no impida la marcha y no ponga obstáculos al desarrollo de la misión.

Por otra parte, estar equipados de este modo, hace que los discípulos no posean nada que deban defender. No llevan nada que puedan apetecer aquellos que, amigos de lo ajeno, tengan la intención de asaltarles. De todo lo que llevan, lo único que importa, lo que es verdaderamente valioso, es la noticia que anuncia la salvación, la liberación de pecado y de la muerte. Es algo que el hombre ha necesitado escuchar, desde que por su orgullo eligió vivir separado de Dios.

Es posible que algunos tengáis dificultad para encontrar vuestro lugar dentro de este pasaje del evangelio. Sin embargo, es una palabra muy importante que hoy nos busca a ti y a mí. Contra lo que pudiéramos pensar, no estamos en la Iglesia para alcanzar nuestra salvación personal. La misión de la Iglesia no es lograr que los que están dentro de ella se salven. La salvación es un don que el Señor Jesús ganó para todos los hombres de una vez para siempre, a través de su Pascua. La misión de la Iglesia es hacer llegar a cada generación el conocimiento de esta salvación. Y ahí, es donde entramos tú y yo.

Vemos cómo el Señor envía a sus apóstoles de dos en dos para anunciar el Evangelio. Hoy, somos tú y yo, los que ocupamos el lugar de aquellos primeros discípulos. Somos nosotros los que tenemos la misión de hacer llegar a los que nos rodean, ya sean de nuestra familia, de nuestras amistades, de nuestros vecinos o de aquellos que trabajan con nosotros, la noticia del amor de Dios, que no hace acepción de personas, y que ha dispuesto para todos la salvación por medio de su Hijo Jesús. Es necesario que todos se enteren, estén o no dentro de la Iglesia, de que tenemos un Dios-Padre que nos ama con locura en nuestras debilidades y pecados, y que en su Hijo Jesucristo ha dispuesto la salvación universal para todos aquellos que estén dispuestos a aceptar libremente esa salvación.

Nosotros hemos de estar agradecidos al Señor porque nos ha elegido para esta misión, sin que tengamos mérito alguno. Con toda seguridad hay mucha gente fuera de la Iglesia que es mejor que nosotros, y que haría este trabajo mucho mejor que nosotros. Sin embargo, el Señor se ha fijado en ti y en mí que somos poca cosa, y ha dispuesto que la salvación de los que nos rodean llegue hasta ellos a través de nuestro testimonio.

Seamos agradecidos y no hagamos oídos sordos a este encargo del Señor. Él, que está vivo y resucitado, estará junto a nosotros siempre dispuesto a ayudarnos. 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2,2-5 * 2Co 12,7-10 * Mc 6,1-6  

Hemos dicho muchas veces que la Palabra de Dios cuando se proclama busca a aquellos que la escuchan para iluminar su vida y transformarla. La palabra de Dios es totalmente distinta, por ejemplo, a un discurso o mitin político, o a otro discurso de cualquier otra índole. La Palabra de Dios, como dice la Escritura, es viva y eficaz. Es una palabra que tiene la fuerza de transformar la vida del que la escucha y la acepta en su corazón.

Decimos esto, porque en el evangelio de hoy encontramos dos posturas totalmente opuestas ante el acontecimiento que supone el anuncio de la Palabra de Dios. El Señor Jesús se encuentra en la sinagoga de su pueblo, Nazaret. Es sábado y empieza a enseñar a los que han acudido a la oración y a la escucha de la Escritura.

De inmediato, se observan dos actitudes completamente distintas. Por una parte, aquellos que aceptan la predicación y la escuchan con interés. Por otra aquellos que sólo se fijan en las apariencias y exclaman: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿No es este el hijo del carpintero?» El Evangelista sigue diciendo, «que desconfiaban de él». Estos últimos, por su mala voluntad, en la figura del Señor Jesús, no son capaces de ver algo que no sea a uno de sus conciudadanos humildes, obrero manual, hijo a la vez de un carpintero.

Esta actitud de los habitantes de Nazaret es la misma que presentaba el pueblo de Israel en la palabra que se ha proclamado del profeta Ezequiel. El Señor dice de ellos: «Son rebeldes, testarudos y obstinados». Sin embargo, no los abandona a su suerte. Los llama a conversión a través de la predicación del profeta, aunque sabe de antemano que no lo van a escuchar. Le dice a Ezequiel: «Ellos, te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos». Dicho de otra manera, sabrán que yo, a pesar de su tozudez y su pecado, les he enviado la palabra de salvación que necesitan.

  También nosotros hemos de estar al tanto y no dejarnos llevar por las apariencias, de lo contrario, como los habitantes de Nazaret, tenemos el peligro de estar rechazando la ayuda que nos envía el Señor. El Señor nos llama, pues, en este evangelio, a no dejarnos llevar por las apariencias y a contemplar con los ojos de la fe las maravillas que Él obra en aquellos que nos envía, y que, probablemente, valen poco a los ojos de los hombres. Tenemos que valorar más el mensaje, que al mensajero que nos lo trae.