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FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -B-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR  -B-

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREFERIDO»

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Mc 1, 7-11

En este domingo damos fin al Tiempo de Navidad. Celebramos hoy la fiesta del Bautismo del Señor. En la vida del Señor Jesús este acontecimiento supone el inicio de su vida pública. Significa esto el abandono de la vida tranquila de Nazaret, que ha sido la escuela en la que sus padres lo han ido educando en el amor de Dios, y lo han preparado para la misión que Dios-Padre había diseñado para Él.

Durante estos treinta años su vida ha sido la de cualquier otro miembro del Pueblo de Dios. Ha trabajado junto a su padre José para ganar el sustento de la familia. Ha acudido los sábados a la sinagoga para escuchar la Palabra y participar en la oración de la comunidad. Ha peregrinado todos los años a Jerusalén para celebrar la Pascua y ha tomado parte en las fiestas y acontecimientos familiares como cualquier otro miembro de la familia. Ha sido un niño totalmente normal que ha experimentado los problemas que acarrea el desarrollo físico, tanto en la pubertad, en la adolescencia como en la juventud. En nada se ha diferenciado de sus primos y de sus amigos, y ha vivido sumiso a María y a José, creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.

Hoy lo vemos dirigiéndose desde Nazaret en Galilea hacia el Jordán, donde su primo Juan está bautizando y llamando al pueblo a conversión, mientras anuncia la inminente manifestación del Mesías. Son muchísimos los que acuden a escuchar a Juan y a hacerse bautizar por él. Jesús se acerca como uno más y penetrando en el río es bautizado por Juan.

Dice san Marcos en el evangelio de hoy, que apenas Jesús sale del agua se rasga el cielo y baja sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma, mientras se oye una voz que dice: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido». Es la voz de Dios-Padre la que da testimonio de que aquel es el Mesías, de que aquel es su enviado para la salvación de todos los hombres.

También a nosotros nos llevaron un día a la Iglesia. Nos llevaron a la Pila Bautismal que era nuestro Jordán, y el Espíritu Santo sembró en nuestro interior la semilla de la fe, con capacidad de desarrollarse y hacer de nosotros hijos de Dios. En aquella ocasión no se escuchó físicamente la voz del Padre, pero tenemos la seguridad que también de sus labios brotaron para cada uno de nosotros estas palabras: «Tú eres mi Hijo amado, mi preferido».

Somos creyentes, decimos que somos cristianos, pero ¿somos capaces aquilatar lo que esto significa? ¿Que a ti y a mí, sin haber hecho ningún mérito por nuestra parte se nos conceda el honor más grande que pueda existir, y se nos eleve a la categoría de hijos De Dios? ¿Hay algún don superior a este? Hijos de Dios y hermanos de Jesucristo. Esta es la obra del Padre en cada uno de nosotros, cuando el bautismo que recibimos alcanza su plenitud.

Tengamos en cuenta sin embargo, ya lo hemos repetido en distintas ocasiones, que el Bautismo no obra por arte de magia. El Bautismo requiere desarrollarse. Lo que nos dio la Iglesia el día en que nos bautizaron era una semilla, un embrión que requería cuidados para germinar, crecer, desarrollarse y dar fruto. Se nos bautizó en la fe de la Iglesia y se encargó a nuestros padres y padrinos, que cultivaran adecuadamente la semilla que el Espíritu Santo sembraba en nosotros.

¿Qué hemos de hacer para que nuestra fe crezca y se desarrolle? Iniciar un camino en el que la Iglesia nos lleve a revivir conscientemente cada una de las partes de nuestro Bautismo, y abrir los oídos a la Palabra de Dios que es la única que tiene poder para hacernos criaturas nuevas, hijos de Dios, como afirmó san Juan el domingo pasado: «A cuantos la recibieron (está hablando de la Palabra), les da poder para ser hijos de Dios».



 

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