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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -B-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR  -B-

«SE REBAJÓ HASTA SOMETERSE INCLUSO A LA MUERTE»

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mc 14, 1- 15-47

Damos comienzo en este día a la Semana Santa o Semana Mayor dentro de la liturgia de la Iglesia. Se la llamó en otro tiempo “la Gran Semana”, porque en ella tienen lugar los acontecimientos primordiales de nuestra historia de salvación. Con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, llega a su culmen y halla cumplimiento la misión salvífica del Señor Jesús, que dio comienzo con su encarnación y nacimiento en Belén.

Las dos primeras lecturas que nos propone la Iglesia, nos conducen al Evangelio en donde san Marcos en la narración de la Pasión del Señor, nos muestra el cumplimiento en el tiempo, de lo que el profeta Isaías, entre 600 y 700 años antes de Jesucristo, nos narra en la lectura de hoy.

Isaías nos habla del Siervo de Yahvé, del Señor Jesús, que ha recibido «una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento». Yo no sé cómo te sientes tú, espero que por las circunstancias de la vida, en más de una ocasión te halles abatido. En más de una ocasión compruebes que los acontecimientos te desbordan. Que los problemas familiares, de salud o económicos, te superan. Que el hecho de comprobar que una y otra vez, en contra de tu voluntad, caes en las mismas faltas, en los mismos pecados, te abrume e incluso te haga dudar de tu salvación. Si es así, alégrate, porque para ti el Señor tiene una palabra de aliento, una palabra en la que te hace patente su amor, que es mucho más fuerte que todas tus miserias.

Dice también el Siervo, «el Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás». ¿Qué es tener el oído abierto? Preguntas. Tener el oído abierto es saber interpretar los acontecimientos de la vida, los buenos y los que nos parecen malos, como venidos de la mano de Dios. Tener la certeza de que Él, que es Padre y nos ama, nunca nos dará nada que no vaya orientado hacia nuestra salvación. El Señor Jesús, ante la horrenda pasión que se le echa encima, en ningún momento duda del amor de Dios. Sabe que ese es el camino que conduce a la vida plena y a la resurrección.

Por esto, como dice san Pablo a los Filipenses, no se defiende, no se resiste, no se aferra a su categoría de Dios. «Toma la categoría de esclavo y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebaja hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz». Dios Padre, ante este sometimiento, ante esta obediencia, viendo aquel cadáver enterrado en una tumba en la ladera del Gólgota, descubre en él la impronta de su ser, le resucita de la muerte y no contento con esto, le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre».

Todo lo expuesto nos lleva a comprobar que el camino de la salvación, el camino de la resurrección, no es un camino de rosas, sino que es un camino lleno de abrojos y espinos. Un camino sembrado de dificultades y sufrimientos. Sin embargo, no debemos pensar que el Señor pone adrede estas dificultades. No, los sufrimientos, las dificultades y los problemas de la vida, no tienen su origen en Dios, sino que son fruto de nuestros pecados. Son ellos los que nos apartan del único que puede dar sentido a nuestra vida, del único que puede hacernos plenamente felices.

Para remediar esta situación, nació, padeció y murió el Señor Jesús. Es Él, el que sentado a la derecha del Padre, e investido de todo poder, derrama sobre nosotros su Espíritu para darnos fortaleza en la lucha diaria contra el mundo, y contra las asechanzas del enemigo. Invoquémosle pues con fe, porque ha prometido a quien lo haga, que no quedará confundido.

 


 

 

DOMINGO V DE CUARESMA -B-

DOMINGO V DE CUARESMA  -B-

«EL QUE SE AMA A Sí MISMO SE PIERDE»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 31-34 * Heb 5, 7-9 * Jn 12, 20-33

 

En el evangelio de hoy san Juan nos dice que ya cerca de la Pascua, unos gentiles piden a Felipe poder ver a Jesús. Felipe y Andrés van y lo ponen en conocimiento del Señor. Algo que visto humanamente sería motivo de complacencia, ya que da a entender la fama que está alcanzando el Señor, tiene para Jesús una interpretación muy distinta. Al conocer el interés que suscita también entre los gentiles, el Señor contesta: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

Para el Señor este acontecimiento tiene un significado concreto: su misión en esta tierra está tocando a su fin. Él sabe que ha venido para entregar su vida en rescate de muchos. Sabe que no está aquí para recibir honores, sino para entregarse por completo a la muerte, y con su resurrección destruirla por completo. Por eso sigue diciendo: «El que se ama a sí  mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».

Este fragmento del evangelio tiene una gran importancia para nuestra vida de fe. Tengamos en cuenta que como discípulos del Señor, no podemos pretender buscar honores, ni que los demás tengan para nosotros consideraciones especiales. El discípulo no es más que el Maestro, así lo afirma el Señor en otra parte del Evangelio. El grano de trigo del que habla hoy, es su propia persona. Él sabe que su misión en este mundo es precisamente entregarse a la muerte por todos nosotros. Se trata de la expresión más grande del amor de Dios hacia el hombre. Nosotros, que seguimos sus huellas, también estamos llamados, con la fuerza del Espíritu Santo, a entregar nuestra vida en favor de los que nos rodean. Esa es la misión del cristiano.

La vida se puede entregar de muchas maneras. No es necesario que haya derramamiento de sangre. Cada vez que tenemos en cuenta al otro, ya sea nuestro hijo, nuestra mujer, nuestro marido, nuestro vecino o nuestro compañero de trabajo, y, aun teniendo razón, renunciamos a salir con la nuestra, morimos en cierta manera por ellos. No rebelarte ante la injusticia que el otro comete contigo y perdonarle de corazón, significa también morir a ti mismo en favor de esa persona. El cristiano nunca exige justicia, deja en manos  del Señor que sea el que le haga justicia.

Todo esto, pensaréis, es imposible. En verdad es imposible humanamente. Mirad lo que dice el Señor Jesús: «El que se ama a sí  mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna». No podemos ceder ante las injusticias de los demás, porque nos amamos en exceso a nosotros mismos. Porque cada día defendemos nuestra vida con uñas y dientes. Yo no puedo renunciar a aquello que he conseguido en la vida a base de esfuerzo y sacrificio. Luchamos por lograr una existencia digna. Queremos que los demás nos respeten y nos tengan en cuenta. ¿Por qué obramos así? Sencillamente porque esperamos de ese modo ser felices. Sin embargo ignoramos que la verdadera felicidad no radica en recibir, sino en dar. El que ama de verdad no tiene inconveniente en entregarse por completo al ser amado. Esto es lo que hizo el Señor Jesús con nosotros, y en esto consiste la auténtica felicidad.

Si eres casado o casada, quisiera preguntarte, ¿al casarte qué buscabas, que tu novio o tu novia te hiciera feliz, o hacerlos tú felices a él o a ella? En el fondo todos buscábamos que nos hicieran felices. Pues mira, el verdadero amor busca siempre hacer feliz al otro olvidándose de sí mismo. Esto, tan sencillo, es imposible si no se tiene en el interior el amor de Dios que llena por completo nuestro corazón. Un corazón lleno de amor, no tiene inconveniente en amar, en morir por el otro entregándose sin condiciones. 


 

 

DOMINGO IV DE CUARESMA

DOMINGO IV DE CUARESMA

«DIOS NO MANDÓ A SU HIJO AL MUNDO PARA CONDENAR AL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Cro 36, 14-16.19-23 * Ef 2, 4-10 * Jn 3, 14-21

Nos encontramos en el cuarto domingo de Cuaresma. Ya llevamos recorrido la mitad de este tiempo que nos prepara para la Pascua. A éste cuarto domingo se le llama en la liturgia de “Laetare”, porque así empieza la antífona del rito de entrada que dice: “¡Alégrate, Jerusalén…!” Es un domingo en el que la austeridad penitencial que caracteriza toda la Cuaresma, significada en los ornamentos morados, se ve un tanto aliviada al cambiar el morado por el color rosa. La Iglesia, con este signo, viene a decirnos: ¡Ánimo, ya falta menos. Ya nos acercamos a la gran fiesta de Pascua!

Hoy la Iglesia nos propone un fragmento del evangelio de san Juan. Se trata de una lectura que pone de manifiesto el gran amor de Dios Padre hacia su criatura, el hombre. San Juan compara la serpiente de bronce que Moisés puso en un mástil como remedio para aquellos que habían sido mordidos por las serpientes venenosas, con la figura del Señor Jesús pendiente del árbol de la Cruz. Mirar la serpiente de bronce era suficiente para verse libre del veneno de las víboras. Mirar con fe al Señor crucificado, es así mismo el remedio que tú y yo tenemos para vernos libres del veneno de la mordedura del pecado.

La manifestación mayor del amor de Dios hacia ti y hacia mí, que somos pecadores, llegó a su punto culminante al no tener inconveniente en entregar a su propio Hijo a una muerte ignominiosa, para que tú y yo, libres del pecado y de la muerte, pudiéramos disfrutar de la vida eterna.

«Dios, dice san Juan, no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo». Eso sería absurdo ya que eran nuestros propios pecados los que nos condenaban. Si Dios envió a su Hijo al mundo, fue precisamente para destruir al pecado y con él a la muerte que es su fruto. Pero, ¿cuál es la condición para experimentar la salvación? Creer en el Señor Jesús, que es aquel al que el Padre ha enviado para nuestra salvación. De la misma manera que era indispensable mirar la serpiente de bronce con fe para verse libre del veneno, es indispensable también creer en Aquel que con su muerte y resurrección, nos ha devuelto la vida.

Dios no condena a nadie. Todo lo contrario, si ha enviado a su Hijo el mundo es porque su voluntad es que todos los hombres se salven. Sin embargo, tú y yo somos libres para aceptar o rechazar esa salvación. San Juan dice: «El que cree en Él, no será condenado; el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios». Por tanto, somos nosotros los que rechazando la salvación, elegimos la condenación.

Y, ¿cuál es la causa de esa condenación? Nos lo dice también san Juan: «Que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». De esto todos tenemos experiencia. Todos evitamos que los demás nos vean cuando pecamos. Hasta los niños pequeños se esconden de los mayores cuando hacen travesuras. Ha de estar una persona muy destruida para presumir de hacer el mal, delante de los demás.

Sin embargo, no hemos de tener miedo en reconocer nuestras infidelidades. Probablemente los demás se escandalicen al comprobar nuestros fallos, pero el Señor que es luz no se escandaliza y nos ama en nuestra realidad. Él quiere iluminar nuestro interior destruyendo el pecado, y hacernos experimentar a la vez su gran amor.


 

 

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA  -B-

«NO CONVIRTÁIS EN UN MERCADO LA CASA DE MI PADRE».

 

CITAS BÍBLICAS:  Éx 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25

 

San Juan nos dice hoy que Jesús con sus discípulos sube hacia Jerusalén. Al llegar al templo encuentran

 el atrio repleto de vendedores que ofrecen a los que entran animales destinados al sacrificio. También están los cambistas sentados en sus mesas, ofreciendo cambio de monedas para facilitar la entrega de limosnas destinadas al templo.

El Señor Jesús no puede resistir el espectáculo. Monta en cólera y haciendo con unas cuerdas un látigo, arroja del templo a los vendedores y vuelca las mesas de los cambistas mientras les dice: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

En el templo, que es lugar de oración y recogimiento, los comerciantes están dando culto al dinero. Todos buscan obtener pingües ganancias, porque lo que ciertamente les importa, no son los sacrificios y ofrendas, sino el beneficio que obtienen de las ventas y del cambio de moneda.

Esta palabra, como siempre, viene también hoy en nuestra ayuda. ¿Qué relación, preguntaréis, existe entre este pasaje de los vendedores del templo y nuestra vida cotidiana? Vamos a verlo. Nuestro cuerpo, por el Bautismo, se convierte en templo del Espíritu Santo. San Pablo en su primera carta a los Corintios dice: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?». El Espíritu de Dios habita en nosotros siempre que nosotros no lo rechacemos y lo contristemos.

¿Cómo podemos contristar al Espíritu Santo para que abandone nuestro interior? Dando culto en él a otros ídolos. Tú y yo, de palabra, decimos que queremos que el Señor sea lo primero en nuestra vida, sin embargo, ponemos nuestra confianza en el dinero y en los bienes materiales. Buscamos la felicidad en la familia, en el trabajo, en las amistades, en las diversiones, en el sexo. Siempre que está en nuestra mano buscamos complacernos en todo. Resumiendo, no es precisamente a Dios a quien pedimos la felicidad en primer lugar. A Él recurrimos cuando no tenemos más remedio. Cuando nos encontramos impotentes. Él es nuestro último recurso, y a veces, ni eso.  

¿Se parece, pues, nuestro interior al atrio del templo del evangelio de hoy? No cabe la menor duda. Lo verdaderamente grave estriba en que si en tu interior das culto a los ídolos del mundo, dinero, afectos, sexo, etc., es imposible que el Espíritu Santo comparta con ellos ese espacio. No podemos dar culto a la vez a Dios y a Belial. «No se puede servir a Dios y al dinero», nos dirá el Señor Jesús.

Vemos cómo este evangelio vine a situarnos en nuestra realidad. Viene a echarnos en cara nuestras infidelidades, pero no para hundirnos en ellas, sino para descubrir que en el templo de nuestro interior damos culto a los ídolos. Éste es un primer paso para cambiar de dirección, para convertirnos, para reconocer delante del Señor que somos pecadores. Él no nos exige ser impecables. Él conoce nuestra condición humana pecadora y sabe que no está en nuestras fuerzas cambiar de vida. Por eso pone delante de nosotros este tiempo de Cuaresma que nos prepara a celebrar la Pascua. En ella podremos con el Señor vencer las inclinaciones que nos llevan a la muerte, y experimentar que podemos alcanzar una vida nueva, una vida de resucitados, unidos al Señor Jesús vencedor de la muerte. 

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA  -B-

«NO CONVIRTÁIS EN UN MERCADO LA CASA DE MI PADRE».

 

CITAS BÍBLICAS:  Éx 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25

 

San Juan nos dice hoy que Jesús con sus discípulos sube hacia Jerusalén. Al llegar al templo encuentran

 el atrio repleto de vendedores que ofrecen a los que entran animales destinados al sacrificio. También están los cambistas sentados en sus mesas, ofreciendo cambio de monedas para facilitar la entrega de limosnas destinadas al templo.

El Señor Jesús no puede resistir el espectáculo. Monta en cólera y haciendo con unas cuerdas un látigo, arroja del templo a los vendedores y vuelca las mesas de los cambistas mientras les dice: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

En el templo, que es lugar de oración y recogimiento, los comerciantes están dando culto al dinero. Todos buscan obtener pingües ganancias, porque lo que ciertamente les importa, no son los sacrificios y ofrendas, sino el beneficio que obtienen de las ventas y del cambio de moneda.

Esta palabra, como siempre, viene también hoy en nuestra ayuda. ¿Qué relación, preguntaréis, existe entre este pasaje de los vendedores del templo y nuestra vida cotidiana? Vamos a verlo. Nuestro cuerpo, por el Bautismo, se convierte en templo del Espíritu Santo. San Pablo en su primera carta a los Corintios dice: «¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?». El Espíritu de Dios habita en nosotros siempre que nosotros no lo rechacemos y lo contristemos.

¿Cómo podemos contristar al Espíritu Santo para que abandone nuestro interior? Dando culto en él a otros ídolos. Tú y yo, de palabra, decimos que queremos que el Señor sea lo primero en nuestra vida, sin embargo, ponemos nuestra confianza en el dinero y en los bienes materiales. Buscamos la felicidad en la familia, en el trabajo, en las amistades, en las diversiones, en el sexo. Siempre que está en nuestra mano buscamos complacernos en todo. Resumiendo, no es precisamente a Dios a quien pedimos la felicidad en primer lugar. A Él recurrimos cuando no tenemos más remedio. Cuando nos encontramos impotentes. Él es nuestro último recurso, y a veces, ni eso.  

¿Se parece, pues, nuestro interior al atrio del templo del evangelio de hoy? No cabe la menor duda. Lo verdaderamente grave estriba en que si en tu interior das culto a los ídolos del mundo, dinero, afectos, sexo, etc., es imposible que el Espíritu Santo comparta con ellos ese espacio. No podemos dar culto a la vez a Dios y a Belial. «No se puede servir a Dios y al dinero», nos dirá el Señor Jesús.

Vemos cómo este evangelio vine a situarnos en nuestra realidad. Viene a echarnos en cara nuestras infidelidades, pero no para hundirnos en ellas, sino para descubrir que en el templo de nuestro interior damos culto a los ídolos. Éste es un primer paso para cambiar de dirección, para convertirnos, para reconocer delante del Señor que somos pecadores. Él no nos exige ser impecables. Él conoce nuestra condición humana pecadora y sabe que no está en nuestras fuerzas cambiar de vida. Por eso pone delante de nosotros este tiempo de Cuaresma que nos prepara a celebrar la Pascua. En ella podremos con el Señor vencer las inclinaciones que nos llevan a la muerte, y experimentar que podemos alcanzar una vida nueva, una vida de resucitados, unidos al Señor Jesús vencedor de la muerte. 

DOMINGO II DE CUARESMA -B-

DOMINGO II DE CUARESMA   -B-

«ÉSTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO».

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 22, 1-2.9-13.15-18 * Rm 8, 31b-34 * Mc 9, 2-10

En El evangelio de hoy nos cuenta san Marcos la transfiguración del Señor. Nos dice que el Señor Jesús se marchó con Pedro, Santiago y Juan a un monte alto en donde delante de ellos se transfiguró. El evangelista dice que los vestidos del Señor se volvieron de un blanco deslumbrador, y que aparecieron Moisés y Elías que se pusieron a conversar con Él.

De pronto una nube los envolvió y desde el interior se oyó una voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». Al punto todo volvió a la normalidad y solo quedó Jesús delante de Pedro, Santiago y Juan.

Con esta manifestación quiso el Señor Jesús fortalecer la fe de sus discípulos, ante los acontecimientos adversos que iban a producirse en breve, ya que caminaban hacia Jerusalén en donde Él iba a consumar su Pascua.

A través de esta palabra el Señor Jesús nos invita a ti y a mí a trascendernos, a mirar más allá de nuestra condición humana. Tenemos el peligro de limitar nuestra existencia a una vida meramente física, a una vida semejante a la de cualquier animal. Nacemos, crecemos, nos relacionamos unos con otros, nos reproducimos y finalmente volvemos a la nada. Esto es lo que aparentemente podemos deducir al observar la vida de cualquier persona.

Sin embargo esto no es así. Somos criaturas destinadas a vivir una vida eterna, feliz y plena, disfrutando de la contemplación de Dios. Debajo de nuestra apariencia física se esconde una criatura llamada por gracia de su Creador, a recibir del Señor la adopción filial. Estamos llamados desde toda la eternidad a ser hijos de Dios. San Juan lo atestigua así en su primera carta cuando afirma: «Queridos, ahora somos hijos de Dios  y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste,  seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

Debajo de la apariencia normal del Señor Jesús, quedaba escondida su condición divina, cosa que quiso manifestar por unos momentos a sus discípulos. Esta condición divina quedaba atestiguada de manera fehaciente por las palabras del Padre: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». Del mismo modo cada uno de nosotros, los que por el Bautismo hemos recibido el don de ser hijos de Dios, somos así mismo receptores de las palabras de Padre. Hoy, ha sido a ti y a mí a los que nos ha llamado hijos amados.

¿Somos conscientes de lo que esto significa? ¿Podemos llegar a comprender hasta qué punto llega el amor sin límites de Dios hacia su criatura, hacia ti y hacia mí? ¿Qué méritos has hecho para recibir gratuitamente este don? Lo único que podemos presentar ante Dios son nuestras manos llenas de pecados. Pecados concretos: egoísmo, que hace que nos encerremos en nosotros mismos y busquemos complacernos en todo. Idolatría, por la que ponemos al dinero como el dios de nuestra vida. Orgullo, por el que nos creemos superiores a todos, con derecho a juzgar sus acciones, etc. Sin embargo, el Señor no se escandaliza de nuestros pecados. Él, que ha modelado cada uno de nuestros corazones, comprende perfectamente nuestras debilidades y nuestras faltas. Precisamente fueron ellas las que, como cantamos en el Pregón Pascual, nos han merecido tan gran Redentor. Alegrémonos, porque hoy, el Señor, mirando a su Hijo Jesucristo, nos dice a cada uno de nosotros: Tú eres mi hijo amado.

DOMINGO I DE CUARESMA -B-

DOMINGO I DE CUARESMA  -B-

«CONVERTÍOS Y CREED LA BUENA NOTICIA»

 CITAS BÍBLICAS: Gn 9, 8-15 * 1Pe 3, 18-22 * Mc 1, 12-15

 

En el evangelio de hoy, domingo primero de Cuaresma, vemos al Señor Jesús que después de recibir el bautismo de Juan en el Jordán, es empujado al desierto por el Espíritu. Va a permanecer allí en oración y ayuno durante cuarenta días, para prepararse a su vida pública.

 

            El número cuarenta aparece en diversas ocasiones en la Escritura. En el Génesis, primer libro de la Biblia, vemos a Noé y a su familia entrar en el arca para salvar su vida durante el diluvio universal, que duró cuarenta días y cuarenta noches. El diluvio supuso para Noé y su familia el inicio de una vida totalmente nueva.

 

            Lo mismo sucedió con el Pueblo de Israel cuando después de cuatrocientos años de esclavitud en Egipto, anduvo durante cuarenta años en el desierto hasta poder disfrutar de la tierra que el Señor había prometido a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob.

 

            Los cuarenta días en el desierto del Señor Jesús, suponen para Él, el final de un tiempo de vida privada en Nazaret, y a la vez, el inicio de su vida pública en la que llevará a cabo la misión que el Padre le ha encomendado. Este tiempo también nos invita a nosotros a un cambio radical en nuestra vida, que queda manifiesto en las palabras del Señor: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia».

 

            El Señor se priva de alimentos durante los cuarenta días que pasa en el desierto, y se mantiene en diálogo continuo con el Padre mediante la oración. De este modo nos muestra dos armas importantes que debemos usar, para luchar contra las asechanzas y tentaciones del maligno, el ayuno y la oración

 

            Hemos dicho en muchas ocasiones que el Señor Jesús, al tomar nuestra condición humana se hizo totalmente semejante a nosotros, de manera que nada de lo que nos pudiera suceder le fuera extraño. Sintió hambre, sed, y cansancio. Estuvo sometido a dolencias y enfermedades exactamente igual que tú y yo y, sin duda, tuvo momentos de desánimo y pasó por horas bajas. Solo en un aspecto de su vida fue totalmente diferente a nosotros, no conoció el pecado, pero sin embargo fue sometido a tentación como cada uno de nosotros.

 

            Hoy, vemos como el maligno después de los cuarenta días de ayuno, y aprovechándose sin duda de su debilidad física, le ataca en tres tipos diferentes de tentación. Estas tres tentaciones las conocemos como la tentación del pan, la tentación de la historia y la tentación de los ídolos.

 

                Estas tres tentaciones son paradigma de todo tipo de tentación. Ya las sufrió el pueblo de Israel durante los cuarenta años que anduvo en el desierto. El pueblo quiso asegurarse el pan. Sabían que en el desierto es imposible la vida, por eso exigieron a Moisés  y en consecuencia a Dios, pan, agua y carne en abundancia. Querían tener la seguridad de no morir en el desierto por inanición. Protestaron y renegaron también del plan de Dios, porque les llevaba por el desierto no aceptando la historia que se les proponía. Finalmente dieron culto a los ídolos poniéndolos en el lugar del único Dios y pidiéndoles la felicidad y la vida.

 

            El Señor nos muestra la manera de resistir al maligno, porque también nosotros, como el pueblo, buscamos en primer lugar asegurarnos la vida; estamos disconformes con los acontecimientos que nos toca vivir, y los cambiaríamos si estuviera en nuestras manos. Finalmente damos culto a los ídolos, representados en el dinero, haciendo que ocupen en nuestra vida el lugar del Dios verdadero.  

 

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«SI QUIERES PUEDES LIMPIARME»

CITAS BÍBLICAS: Lev 13, 1-2.44-46 * 1Cor 10, 31-11,1 * Mc 1, 40-45

En el evangelio de hoy san Marcos nos narra la curación de un leproso que acercándose a Jesús y cayendo de rodillas le dice: «Si quieres puedes limpiarme». El Señor siente compasión por él, le mira con ojos de misericordia y le dice: «Quiero: queda limpio». Al momento se le quita la lepra y queda completamente limpio.

Varios son los aspectos que podemos destacar de este pasaje del evangelio. En primer lugar, el hombre que se acerca a Señor tiene la certeza de que está afectado por una enfermedad terrible: la lepra. Sabe también que se halla totalmente impotente ante una dolencia de este tipo, que no tiene curación. Tiene así mismo la certeza de que el único que puede librarle de la enfermedad es el Señor Jesús, porque, seguramente, conoce la Escritura y tiene presente lo que dice el profeta Isaías cuando habla del Siervo de Yahvé: Sanará los corazones destrozados, hará caminar a los cojos, abrirá los ojos del ciego, limpiará a los leprosos y anunciará a todos una año de gracia del Señor. Finalmente, teniendo todo esto presente, no tiene inconveniente en postrarse a los pies del Señor Jesús y pedirle que le cure.   

La lepra en tiempos de Jesús era una enfermedad terrible que difícilmente llegaba a curarse. Los que estaban afectados por esta enfermedad, tenían que dejar sus casas y a sus familiares y vivir en cuevas lejos de las ciudades y de las aldeas. Tenían la obligación de hacer notar su presencia haciendo sonar una campanilla y al mismo tiempo llamar la atención de la gente gritando: ¡Impuro, impuro! Eran enfermos desahuciados que se alimentaban con la comida que a una distancia considerable, les dejaban sus familiares.

¿Qué aplicación para nuestra vida tiene este pasaje del evangelio? La Iglesia, tradicionalmente, ha comparado la lepra con el pecado. De la misma forma que esta enfermedad cubre el cuerpo del enfermo, el pecado, como una segunda piel nos cubre por completo a nosotros. De la misma forma que el enfermo no puede librarse de la enfermedad, tampoco nosotros podemos con solo nuestro esfuerzo librarnos del pecado. Es inútil que nos esforcemos. San Pablo dirá: «Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta».

¿Qué hacer entonces? Fijémonos en el leproso del evangelio. Antes que nada es indispensable reconocer que estamos enfermos, que somos leprosos, porque si tú crees que estás sano, difícilmente acudirás a Aquel que puede limpiarte. Analiza sin miedo tu vida: ¡Cuántos egoísmos, cuánto orgullo, cuántos juicios y cuántas críticas a los demás! ¡Cuántos pecados en el sexo, cuántas miradas y cuántos deseos impuros! ¿Te das cuenta que en tu vida das más importancia al dinero que al mismo Dios? ¿Cómo compaginas aquello que dice el Señor en el evangelio, «No se puede servir a Dios y al dinero?».

No tengas ningún miedo de ver tus manos llenas de pecados. Se trata del primer paso para alcanzar la salvación. El Señor te conoce y te ama pecador como eres. Reconoce pues que estás lleno de lepra y acude como el leproso del evangelio y dile: «Si quieres puedes limpiarme». ¿Cómo no va a querer? Claro que quiere. Su corazón se conmueve al ver nuestra limitación y nuestra impotencia, y está dispuesto a sanarnos, a limpiarnos sin exigirnos nada a cambio. Lo único que quiere es que reconozcamos su amor y su poder. Dios-Padre lo ha nombrado Señor de todo lo que nos agobia, nos hace sufrir y nos impide ser felices. Póstrate ante Él como el leproso. Pídele que te cure, que te limpie y también tú escucharás de sus labios: «Quiero: queda limpio»