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DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 15, 5-12.17-18 * Flp 3, 17- 4,1 * Lc 9, 28b-36

En este segundo domingo de cuaresma, la Iglesia nos invita a contemplar un acontecimiento extraordinario de la vida del Señor Jesús: su Transfiguración.

San Lucas nos cuenta que el Señor tomó aparte a Pedro, Santiago y Juan, y subió con ellos a un monte alto para orar. Puesto en oración, su rostro se transfiguró y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. A su lado aparecieron Moisés y Elías que se pusieron a conversar con él.

Pedro y sus compañeros, admirados, pudieron contemplar la gloria del Señor. Pedro, tomando la palabra dice a Jesús: «Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otras para Moisés y otra para Elías». El evangelista afirma que no sabía lo que decía. Todavía estaba hablando cuando una nube los envolvió y una voz desde la nube dijo: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo».

Este pasaje del evangelio tiene para nosotros una gran importancia, ya que nos anuncia nuestra propia transfiguración. San Juan afirma en su primera carta: «Somos hijos de Dios pero aún no se ha manifestado lo que seremos». También san Pablo en su primera carta a los Corintios anuncia que «nosotros seremos transformados».

No hemos sido creados por Dios para vivir una vida burguesa y chata. Hemos sido creados para vivir una vida plena y feliz, contemplando eternamente la hermosura de nuestro Dios. Hoy solo contemplamos nuestra naturaleza física. Nuestros ojos miopes no son capaces de llegar a imaginar, lo que el Señor nos reserva. Sin embargo esta vida que hoy disfrutamos, no es ni mucho menos la definitiva. No tiene comparación con lo que Dios nos reserva. Dirá san Pablo citando a la Escritura: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman». En la transfiguración del Señor, pues, podemos atisbar hoy un poco lo que será nuestra propia transfiguración.

La felicidad que nos reportará la vida eterna, podemos ligeramente imaginarla al escuchar las palabras que Pedro dirige al Señor: «Maestro, qué hermoso es estar aquí…». Si sólo ser testigo de la transfiguración del Señor, hace que se olvide de todo y que desee que aquel momento no termine, podemos imaginar lo que será nuestra propia transfiguración.

Hay otro momento importantísimo en este pasaje. Dice san Lucas que cuando la nube los envolvió, se oyó la voz del Padre que decía: «Éste es mi Hijo, el escogido; escuchadlo». Estas palabras que se escucharon entonces, han resonado aquí para cada uno de nosotros. Es Dios-Padre el que hoy nos llama hijos suyos, porque nosotros, unidos a Cristo por el bautismo, hemos recibido ser hijos de Dios por adopción. Sin embargo, hemos de hacer una salvedad. No todos los bautizados han recibido la filiación divina. El bautismo no es un sacramento que obre en nosotros de una manera mágica. Para ser hijos de Dios, es necesario que el espíritu de Cristo habite dentro de nosotros. Y, podemos preguntarnos, ¿cómo se comprueba eso? Se sabe que una persona posee el espíritu de Cristo, cuando hace las obras de Cristo. Cuando ama a Dios por encima del dinero y de los afectos, cuando no se defiende ante acusaciones injustas, y sobre todo, cuando es capaz de perdonar de corazón a sus enemigos y a todos aquellos que sin razón le ofenden.

El embrión de fe que la Iglesia sembró en nuestro bautismo es necesario que crezca y se desarrolle, hasta llegar a dar frutos de vida eterna. A ese embrión, lo único que lo hace crecer es la escucha de la Palabra de Dios y la predicación. Dios-Padre nos invita a escuchar a su Hijo. Es la Palabra escuchada y aceptada, la que es capaz de penetrar en nuestro corazón dañado por el pecado, transformándolo totalmente y haciéndolo capaz de amar a Dios sobre todas las cosas.    

 


 


 

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