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DOMINGO IV DE CUARESMA -B-

DOMINGO IV DE CUARESMA -B-

«Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él».

 

CITAS BÍBLICAS: 2Cro 36, 14-16.19-23 * Ef 2, 4-10 * Jn 3, 14-21

En este domingo cuarto de Cuaresma san Juan nos narra una parte del encuentro del Señor Jesús con Nicodemo. Nicodemo es un rico fariseo, maestro en Israel y miembro del Sanedrín, que reconoce en el Señor a un gran profeta, pero que por respeto humano se entrevista con él por la noche.

  El Señor Jesús, hablando con Nicodemo, se refiere a su misión comparando su muerte en cruz, con el pasaje de la serpiente de bronce que se narra en el Éxodo. En aquella ocasión en la que el pueblo murmuró contra Dios y contra Moisés, el Señor ordena a éste que construya una serpiente de bronce y que la coloque en el extremo de un mástil, para que todo aquel que sea mordido por una víbora, se vea libre de la muerte al dirigir su mirada a la serpiente. Dice el Señor a Nicodemo: «Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna».

  El Señor continúa diciendo: «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».  Nosotros, aplicando esta frase a nuestra vida decimos: Tanto nos ama Dios a ti y a mí, que no ha tenido inconveniente de que su Hijo muera en la Cruz, con tal de salvar tu vida y la mía. ¿No es ésta la prueba de amor más grande que pueda darse? El amor que Dios siente por ti y por mí que somos unos miserables pecadores, que sólo buscamos nuestra conveniencia y nuestro placer dándole la espalda cada día, llega al extremo de sacrificar por nosotros a su propio Hijo. ¿Hubiéramos sido capaces de imaginar un amor más grande?

  El Señor Jesús continúa diciendo a Nicodemo: «Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Esta afirmación del Señor es fundamental para nuestra vida. Siempre hemos pensado que Dios condenaba a aquellos que no cumplían su ley, pero esto no es cierto. Dios no condena al mundo. Dios no condena a nadie. Dios no nos condena ni a ti ni a mí, somos nosotros mismos los que apartándonos del él, caemos en la condenación. La obra de Dios con nosotros no es la condenación, sino que es la salvación. Para eso ha enviado a su Hijo al mundo.

  ¿Quieres saber cuál es la causa de la condenación del mundo? La respuesta también nos la da el Señor: «Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas». También nosotros cuando pecamos, cuando hacemos el mal, procuramos escondernos de la vista de los demás. No queremos que los otros conozcan nuestros defectos y debilidades. Por eso dice también el Señor: «Todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras».

 

  Si nos fijamos en la primera frase, nos daremos cuenta de que la condenación no tiene su origen en Dios, sino en nosotros mismos. La condenación consiste en vivir apartados de Dios, que es la vida y que es la luz. Cuando tú y yo elegimos vivir nuestra vida apartados de Dios, somos nosotros mismos los que elegimos la oscuridad y la muerte. Dios, respetando nuestra libertad, no puede hacer nada que la violente. Todo lo que podía hacer ya lo llevó a cabo en la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. Nosotros, unidos a él, podemos librarnos de la esclavitud de la muerte y por obra del Espíritu Santo, tener la certeza de que somos hijos de Dios. Pero todo esto siempre supeditado a nuestra libertad.

  Nuestra libertad, sin embargo, a causa del pecado de origen, no es del todo completa. Nosotros, sin la asistencia del Espíritu Santo, nos somos capaces de obrar el bien, necesitamos su ayuda. Lo explica muy bien san Pablo en la Carta a los Romanos: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo». Somos libres, sin embargo, para decir a Dios que no. Que no queremos su salvación. Que queremos vivir la vida a nuestro antojo.

  Conociendo todo esto. Teniendo ya la experiencia de que la felicidad que proporciona el mundo es pasajera y con frecuencia falsa, y que únicamente en Dios puede descansar nuestro corazón, seríamos necios e insensatos sin continuáramos viviendo apartados de Dios. Él es el único que nos ama tal y como somos y el único que no se escandaliza de nuestros pecados. 

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

DOMINGO III DE CUARESMA -B-

«DESTRUID ESTE TEMPLO, Y EN TRES DÍAS LO LEVANTARÉ»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 20, 1-17 * 1Cor 1, 22-25 * Jn 2, 13-25

Hoy san Juan nos muestra al Señor Jesús que se acerca al Templo para orar. Al llegar encuentra en sus atrios a los vendedores de ovejas, palomas y bueyes, y también a los cambistas que, bajo el pretexto de ayudar a los que acuden al templo a hacer sus ofrendas y sacrificios, han convertido el lugar en un verdadero mercado.

Irritado al ver aquel espectáculo, hace un azote de cordeles y con él arroja del templo a toda aquella gente, volcando las mesas de los cambistas y esparciendo sus monedas por el suelo. «Quitad esto de aquí, les dice, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Los judíos intervienen diciéndole: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» o lo que es lo mismo, ¿con qué autoridad haces esto? Jesús contesta: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré». El evangelista añade que ellos no comprenden, cómo una obra que ha costado 46 años construirla, él la va a levantar en tres días. Por eso aclara, que el Señor se está refiriendo al templo de su cuerpo. Los discípulos sólo comprenderán estas palabras del Señor Jesús, cuando al tercer día de muerto y enterrado, resucite de entre los muertos.

Para nuestra vida, este pasaje del evangelio supone una gran ayuda. Nuestros cuerpos, por el Bautismo, se han convertido en templos del Espíritu Santo. Él desea habitar en ellos para testimoniarnos que somos hijos de Dios. Dicho de otra forma, el Espíritu del Señor resucitado desde nuestro interior, como dice san Pablo, se dirige a Dios Padre llamándole Abbá, papá.

Sucede, sin embargo, que en muchísimas ocasiones este templo interior nuestro se halla, como el atrio del templo del evangelio, atiborrado de trastos. Son las preocupaciones de la vida, los negocios, la salud, las diversiones, y con frecuencia los pecados, los que lo llenan por completo, no dejando espacio al Espíritu Santo, que se ve imposibilitado de habitar en nuestro interior.

Es posible que muchas veces no seamos conscientes de este problema. Por eso, hoy, la Palabra viene en nuestra ayuda haciéndonos conscientes de esta realidad. Aquel espacio que el Espíritu Santo había elegido para vivir en nuestro interior, nosotros lo hemos convertido en un mercado o en una cueva de ladrones.

Darnos cuenta de esta realidad es ya un paso importante para intentar poner orden en nuestro interior. Estamos viviendo la Cuaresma, un tiempo de conversión. Un tiempo especial para volver nuestro rostro hacia el Señor y pedirle ayuda, a fin de que en nuestra vida hagamos aquello que a Él le agrada. Precisamente en esto consiste la verdadera felicidad, porque la voluntad del Señor no es otra que el que nosotros seamos felices.

Convertirnos es eso precisamente. Es reconocer que en nuestra vida hemos elegido un camino equivocado. Reconocer que nos afanamos en buscar la felicidad en las cosas del mundo: dinero, poder, sexo, diversión… y comprobar que la felicidad que estos ídolos del mundo nos dan es sólo momentánea, no dura, y que cuando pasa suele dejarnos mal sabor de boca. Reconocer que esto es verdad es un primer paso y cambiar de dirección, cambiar el rumbo de nuestra vida es el siguiente. En esto consiste la conversión.

La Palabra de Dios y la predicación de la Iglesia, son las que vienen en nuestra ayuda para iluminar nuestra vida y, como ha sucedido en el evangelio de hoy, darnos a conocer la verdad.

 

DOMINGO II DE CUARESMA -B-

DOMINGO II DE CUARESMA -B-

«ESTE ES MI HIJO AMADO; ESCUCHADLO»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 22, 1-2.9a.10-13.15-18 * Rm 8, 31b-34 * Mc 9, 2-10

El evangelio de hoy es el de la Transfiguración del Señor. Este pasaje de la vida de Jesús se proclama el segundo domingo de Cuaresma en los tres ciclos litúrgicos. Esta circunstancia nos da a entender la importancia que la Iglesia otorga a este acontecimiento de la vida del Señor.

El Señor Jesús va con sus discípulos camino de Jerusalén. En un momento dado, se lleva a Pedro, a Santiago y a Juan, para subir con ellos a una alta montaña. Una vez en la cima y puesto en oración, su aspecto físico experimenta una gran transformación. Sus vestidos se vuelven blancos como la nieve, y aparecen Moisés y Elías que se ponen a conversar con Él.

Los discípulos presencian la escena llenos de temor. Pedro sólo acierta a decir al Señor: «Maestro. ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía está hablando cuando se ven envueltos en una densa nube. Del interior de la nube sale una voz que dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo». De pronto todo vuelve a la normalidad y sólo ven a Jesús junto a ellos.

El Señor Jesús quiere hacer testigos de su gloria a estos tres discípulos fortaleciendo la fe sobre su persona, porque sabe que los acontecimientos que les va a tocar vivir en Jerusalén, pueden hacer que se tambalee esa fe. Ellos están acostumbrados a escuchar su predicación y a comprobar los poderes que tiene sobre todo tipo de dolencia, e incluso sobre el maligno, pero no pueden imaginárselo vilipendiado, humillado, escarnecido y despreciado en Jerusalén. Es necesario que no pierdan de vista que aquel que carga sobre sí todo tipo de sufrimientos, no deja de ser el Hijo de Dios.

También en nuestra vida puede tambalearse nuestra fe cuando aparecen en ella acontecimientos negativos. Enfermedades terribles como el cáncer, situaciones económicas en las que no encontramos solución posible, enfrentamientos familiares, momentos de soledad y amargura ante acontecimientos de muerte y toda clase de sufrimientos, pueden hacernos dudar de la presencia de Dios y de su bondad hacia nosotros. ¿Cómo es posible, nos susurra el maligno al oído, que Dios sea bueno y permita tanto sufrimiento?

En estas situaciones es necesario reafirmarnos en el convencimiento de que, detrás de todos esos acontecimientos está siempre el Señor, dispuesto a ayudarnos, dispuesto a hacernos caminar por encima de tanto sufrimiento.

Hay otro aspecto importante en este pasaje de la Transfiguración. Aquella gloria y aquella felicidad, (no olvidemos lo que dice Pedro, «Maestro. ¡Qué bien se está aquí!»), que los discípulos comprueban viendo al Señor Jesús transfigurado, es la misma que el Señor tiene reservada para cada uno de nosotros. Estamos llamados a ser transformados, a disfrutar con Él de su misma gloria. También para nosotros ha resonado la voz del Padre «Este es mi Hijo amado». Nosotros, tú y yo, somos ese hijo amado del Padre, en tanto en cuanto poseemos en nuestro interior el Espíritu de Jesucristo que llama a Dios Abbá, papá.

Hay que tener en cuenta, sin embargo, algo fundamental. Podemos preguntarnos ¿es suficiente estar bautizados para ser hijos de Dios? Eso es lo que creemos como fruto del Bautismo, pero no es del todo cierto. El Bautismo no nos hace hijos de Dios de una manera automática. En el bautismo la Iglesia nos entrega un germen, una semilla de fe, que necesita cultivarse para que creciendo llegue a dar frutos de vida eterna, que hagan patente que dentro de nosotros actúa el Espíritu Santo. El principal fruto de vida eterna es el amor y el perdón sin condiciones al enemigo.

Por el hecho de estar bautizados no debemos considerarnos llegados. Somos peregrinos y necesitamos que la Iglesia, depositaria de la fe, mediante la Palabra de Dios y la predicación, haga crecer la semilla que nos entregó en el bautismo.  

 

 

DOMINGO I DE CUARESMA -B-

DOMINGO I DE CUARESMA -B-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 9, 8-15 * 1Pe 3, 18-22 * Mc 1, 12-15

El pasado miércoles iniciamos el tiempo litúrgico de la Cuaresma. Un tiempo muy importante en la vida de la Iglesia y por lo tanto también en nuestra vida de fe. La Cuaresma no supone para nosotros una meta, tampoco pone de manifiesto la forma normal de vivir del cristiano. Es un tiempo cerrado que tiene como finalidad preparar la celebración gozosa de la Pascua.

La Cuaresma está formada por cuarenta días, en los que el cristiano, como en un gimnasio, prepara su cuerpo y sobre todo su espíritu, para vivir plenamente el acontecimiento primordial de su vida de fe: la Pascua. La Pascua de nuestro Señor Jesús es el centro, el eje sobre el que gira toda la vida de la Iglesia.

El Señor Jesús, después de ser bautizado en el Jordán, consciente de que ha llegado la hora de llevar adelante la misión que el Padre le ha encomendado, marcha al desierto para prepararse mediante la oración y el ayuno. Hoy le vemos, cuarenta días después, librando una batalla con el maligno que lo somete a tres tentaciones importantes. Son las mismas tentaciones que sufrió el pueblo de Israel cuando caminaba por el desierto: la tentación del pan, la tentación de la historia y la tentación de los ídolos. San Marcos, en su evangelio, nos narra de una manera muy escueta este pasaje. Nosotros daremos algunos detalles más sobre el mismo ampliándolo.

A través de la tentación del pan, el enemigo invita a Jesús a asegurarse la vida, a asegurarse la comida a asegurarse el pan. ¿Tienes hambre? Di que estas piedras se conviertan en pan. Haz un milagro en beneficio propio, ¿para qué vas a sufrir? ¿No eres tú el Hijo de Dios? La respuesta del Señor es tajante: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»

El diablo no se da por vencido e insiste poniendo por en medio la misión del Señor. Le hace ver que su forma de vestir, su figura, etc., no son las que corresponden a un profeta. ¿Quién va a hacerte caso con esa facha? Es necesario que hagas un milagro gordo. Arrójate desde la parte más alta del templo, y como Dios evitará que te hagas daño, todos creerán en ti. El Señor le responde: «No tentarás al Señor tu Dios». Que quiere decir, no obligarás al Señor a hacer un milagro innecesario.

El atrevimiento del maligno llega al máximo en la última tentación. Le ofrece todos los reinos y todas las riquezas del mundo, si postrado le adora. El Señor ya harto le responde: «Vete Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto». 

Estas tentaciones tienen para nosotros una gran importancia, porque son las mismas a las que el tentador nos somete en nuestra vida. Vamos a verlo. Todos, desde que tenemos uso de razón, nos preocupamos por asegurarnos el pan. Queremos asegurarnos la vida con el trabajo, los estudios, los negocios… Hemos escuchado muchas veces aquello de que es necesario labrarnos un porvenir. Somos nosotros los que queremos diseñar nuestra historia, nuestra vida. Queremos tenerla segura sin darnos cuenta de que, como dice Jesús, «La vida del hombre no está asegurada en los bienes». No nos creemos que tenemos un Padre que no nos abandonará, como no abandona al más pequeño de los pajarillos.

La segunda tentación la tenemos cuando el demonio nos invita a escapar de nuestra historia. No nos gusta nuestro físico. No aceptamos la manera de ser de nuestros padres y hermanos. Si estuviera en nuestras manos desaparecerían los pobres, las enfermedades, los abusos, las guerras... No comprendemos cómo Dios tolera todo esto. Estamos convencidos de que nosotros lo haríamos mejor.

Finalmente hemos entronizado en nuestra vida y damos culto al dios dinero, a las riquezas, a los placeres y a los ídolos del mundo. Somos unos idólatras, que poco a poco hemos ido sacando de nuestras vidas a Dios, y así nos va.


DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SI QUIERES PUEDES LIMPIARME. QUIERO, QUEDA LIMPIO»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 13, 1-2.44-46 * 1Cor 10, 31-11, 1 * Mc 1, 40-45

En el evangelio de este domingo san Marcos nos narra la curación de un leproso. Aunque lo hemos dicho en otras ocasiones, no estará de más recordar cuál era la situación de aquellos que contraían la enfermedad de la lepra en tiempos de Jesús. Esta enfermedad, incurable y ya de por sí terrible, tenía para los que la padecían un sufrimiento añadido. La ley les ordenaba abandonar su hogar y su familia viviendo lejos de las poblaciones. Además, debían hacer notar su presencia haciendo sonar una campanilla, con el fin de que nadie se acercara a ellos.

Hoy, uno de estos enfermos se hinca de rodillas ante el Señor Jesús suplicándole: «Si quieres, puedes limpiarme». Es una frase sencilla, es una oración que, ya de entrada, supone en este hombre una confianza y una fe total en Aquel al que suplica. La respuesta del Señor no se hace esperar. Jesús, extiende la mano, le toca y dice: «Quiero: queda limpio». Al momento la lepra desaparece y queda completamente limpio. El Señor lo despide diciéndole: «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés».

La Iglesia ha visto desde siempre en la lepra la figura del pecado. De la misma manera que esta enfermedad destruye paulatinamente la carne del que la padece, así también el pecado nos destruye interiormente matando poco a poco nuestro espíritu. Alguno puede pensar que en esta afirmación exageramos. Precisamente, esta forma de pensar es, sin duda, consecuencia del pecado, que va volviendo laxa nuestra conciencia hasta el punto de no dar importancia a nuestras faltas.

El leproso, que sufre en su propia carne las consecuencias de la enfermedad, ha descubierto en el Señor Jesús al enviado del Padre con poder de sanar su dolencia. No duda, por tanto, en acudir a Él para rogarle que lo sane.

Tres son, pues, las condiciones para alcanzar la salud. En primer lugar, tener conciencia de padecer la enfermedad, en segundo lugar, creer en Aquel que tiene poder para sanar, y finalmente pedir la curación.

Yo te pregunto, ¿has descubierto que también tú, por el pecado, eres un leproso? Ser consciente de padecer una enfermedad es la condición necesaria y principal para acudir al médico. Segundo, ¿estás convencido de que el Padre ha enviado a su Hijo con poder para curarte? Si estas dos condiciones se cumplen en tu vida, sería necio no pedir con insistencia al Señor la curación. Dile al Señor con el leproso: «Si quieres, puedes limpiarme». Seguro que no tardarás en escuchar la respuesta: «Quiero: queda limpio».

Después de realizar el milagro, el Señor Jesús ordena discreción al que era leproso diciéndole: «No se lo digas a nadie». Pensamos que, en esta ocasión, pide un imposible, porque el enfermo, ya curado, empieza a divulgar por todas partes el hecho con grandes ponderaciones. Anuncia a todos la buena noticia. No puede callar que el Señor ha tenido misericordia de Él.

Lo mismo ha de suceder contigo. Es necesario que hagas partícipes a los demás, a aquellos que te rodean, de que el Señor ha tenido misericordia de ti. Que no ha tomado en cuenta tus infidelidades y que ha perdonado tus pecados sin exigirte nada a cambio. En esto consiste precisamente evangelizar. En dar a conocer a los demás que, por el pecado también son leprosos, que no hay nada perdido. Que el Señor no se escandaliza de nuestros pecados y que, para esa enfermedad, hay un remedio. Pedir con humildad al Señor la curación. Decirle: «Señor, si quieres, puedes limpiarme».


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VAMOS A OTRA PARTE A PREDICAR, QUE PARA ESO HE VENIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Job 7, 1-4.6-7 * 1Cor 9, 16-19 .22-23 * Mc 1, 29-39

San Marcos nos narra en el evangelio de hoy que, el Señor Jesús, al salir de la sinagoga de Cafarnaúm se dirige a la casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón se halla en cama con fiebre. El Señor la coge de la mano, la levanta, se le pasa la fiebre y se pone a servirles.

Las gentes del pueblo conociendo la presencia del Señor en la casa, le traen a todos los enfermos y endemoniados para que les cure. Él lo hace así y una multitud se agolpa a la puerta de la casa. De madrugada se levanta, sale al campo y se pone a rezar. Los discípulos van en su busca porque la gente desea verle. Él les dice: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido».

El Señor Jesús está llevando a cabo la misión que el Padre ha dejado en sus manos: el anuncio de la salvación, del perdón de los pecados y de la entrañable misericordia del Padre hacia el pecador.

El Señor anuncia la llegada del Reino de Dios. Anuncia la liberación del hombre dominado por el pecado y por lo tanto esclavo de la muerte. Él mismo nos dice: «Yo para eso he venido». Conocer la misión que el Padre ha encomendado a Jesús, nos hace ver a nosotros, que somos sus discípulos, para qué nos ha llamado el Señor a su Iglesia.

Lo hemos dicho en múltiples ocasiones pero nunca serán suficientes. El Señor a ti y a mí nos necesita y pone en nuestras manos una misión fundamental, porque ama con locura a los hombres. Esa misión es lograr que lleguen a conocer el amor de Dios. Si hoy tú y yo estamos aquí en la iglesia, no lo estamos para vivir preocupados por nuestra salvación. Eso sería mezquino y egoísta. Nuestra misión va mucho más allá. San Pablo dice que el cristiano es otro Cristo. Nosotros estamos llamados a ser el Cristo del siglo XXI. El Señor nos ha elegido y nos está dando abundantes gracias, para que también nosotros podamos exclamar con san Pablo: «No vivo yo, es Cristo quien vive en mí»

Los hombres de este siglo, los que conviven con nosotros, desconocen el amor de un Dios que es Padre, y no saben que tienen un hermano que es Jesucristo, que, por ellos, sin exigirles nada a cambio, entregó su vida en la cruz para salvarles. Esta noticia del Amor de Dios que salva, es necesario pregonarla de palabra y sobre todo con nuestra vida. El Señor ha dispuesto que a una serie de personas les alcance la salvación, ya ahora, a través de ti y de mí. Si no lo hacemos es posible que nunca lleguen a conocer el amor de Dios, el perdón de los pecados y la Vida Eterna que Dios les tiene reservada.

Es fácil que te preguntes: ¿Cómo puede ser eso si soy un pecador incapaz de hacer nada bueno? Mira, en primer lugar, has de saber que Dios tiene una debilidad, lo dice la Escritura: Gusta elegir al que no sirve, para confundir a los que sirven. Quiere decir esto que, cuando nosotros, que no valemos, hagamos cosas importantes, aquellos que lo vean no nos alabarán a nosotros, porque nos conocen, sino que pensarán que es obra de Dios. Así lo dice el Evangelio: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos».

Otra cosa a tener en cuenta es que, en este negocio, el interesado en que funciones es el Señor. Es su obra la que te encarga realizar, por tanto, también será Él el que te asista con su Espíritu santo.

Por último, para tu tranquilidad, tienes que saber que el Señor no te pide ningún imposible, ni tampoco te exige grandes obras o sacrificios. Sólo quiere que vivas tu vida con normalidad. Que la forma de comportarte en tu familia, en tu trabajo, con tus familiares o amigos o en la diversión, sea la de un cristiano que es consecuente con su fe. Ese será el mejor testimonio que puedas darles.


DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«¿QUÉ ES ESTO? ESTE ENSEÑAR CON AUTORIDAD ES NUEVO».

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 18, 15-20 * 1Cor 7, 32-35 * Mc 1, 21b-28

El Señor Jesús da comienzo a su predicación. En Galilea y después en todo el territorio de Israel, visita, sobre todo en los sábados, las sinagogas para anunciar a todos la Buena Nueva del Reino.

Hoy lo hace en la sinagoga de Cafarnaúm. La gente le escucha con gusto y a la vez asombrada porque su manera de predicar, dista mucho de la forma en que lo hacen sus letrados. Predica con autoridad.

En esta ocasión ha acudido a la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo. El demonio, por boca de este endemoniado, se pone a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpa y le dice: «Cállate y sal de él». El evangelista continúa diciendo que el espíritu inmundo lo retuerce y dando un fuerte grito sale de él. Los presentes, estupefactos se preguntan: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen».

Es importante que de este evangelio nos fijemos en dos frases que dice el demonio por boca de aquel poseído: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?». Con el pecado de Adán, el mundo ha quedado bajo el dominio del maligno, de manera que el hombre se encuentra impotente por completo para librarse de la esclavitud del demonio. Este dominio, sin embargo, toca a su fin con la llegada del Señor Jesús. Él viene a devolver al hombre su dignidad primera. Viene a destruir el pecado y con el pecado a la muerte. Destruir la muerte implica la derrota de aquel que es el príncipe de las tiniebla y señor de la muerte.

Para nosotros este pasaje del evangelio es hoy una buena noticia. También nosotros, por nuestro pecado de origen, estamos sometidos a la autoridad del maligno. Exceptuando algunos casos especiales, no se trata de un dominio total, pero es cierto que, influenciados por su sabiduría y sus malas artes, muy superiores a nuestra sabiduría, nos dejamos arrastrar con frecuencia obedeciendo sus instigaciones. Él, posee el arte de hacernos ver como bueno y apetecible para lograr la felicidad, acciones que son intrínsecamente malas y que, una vez cometidas, producen en nosotros desazón e infelicidad.

Nos ayudará a comprender esto, recordar el primer pecado de la humanidad. El maligno, convence a Eva de que comer del fruto prohibido le va a proporcionar la sabiduría y el ser como Dios. Se trata de un regalo envenenado con un envoltorio llamativo, pero que en su interior sólo contiene muerte y sufrimiento. Lo malo es que, a Adán y a Eva, sólo se les abren los ojos cuando ya no hay remedio.

La reacción del demonio en este pasaje se comprende, porque descubre que por fin ha llegado Aquel que, con su poder, puede quitarle la autoridad que durante siglos ha ejercido sobre el hombre. Por el contrario, para nosotros, esa, precisamente, es una magnífica noticia.

Para terminar, es interesante fijarnos en lo que, admirada, dice la gente: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». ¿Qué significa que el Señor Jesús enseña o habla con autoridad? Las palabras del Señor no son de aquellas que se lleva el viento. Las palabras del Señor tienen poder, porque detrás de esas palabras hay una vida que las ratifica.

Nosotros somos discípulos de Jesucristo. Tenemos como misión extender el Reino de Dios en nuestro tiempo. Podemos anunciar a los que nos rodean la Buena Nueva, pero ese anuncio sólo será eficaz, si nuestras acciones, y nuestra vida, corresponden a aquello que de palabra anunciamos. Pidamos al Señor ser consecuentes haciendo carne en nosotros aquello que de boca profesamos.  

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SE HA CUMPLIDO EL PLAZO, ESTÁ CERCA EL REINO DE DIOS». 

 

CITAS BÍBLICAS: Jon 3,1-5.10 * 1Cor, 7, 29-31 * Mc 1, 14-20

Antes de iniciar este comentario semanal del evangelio, deseo pedir perdón a los lectores de Hoja Parroquial, porque debido a una confusión a la hora de buscar las citas, el comentario que se publicó la semana pasada correspondía al evangelio del domingo tercero, o sea el de la presente semana.

El tema de fondo de los dos evangelios es similar. El de la semana pasada pertenecía al evangelista san Juan, que nos narraba cómo Juan el Bautista viendo acercarse a Jesús, lo muestra a dos de sus discípulos diciéndoles: «Éste es el cordero de Dios». Ellos, cuando lo oyeron, se pusieron a seguir a Jesús. De esta manera, empezó a cumplirse lo que Juan había anunciado en otra ocasión: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».

Uno de los discípulos que siguieron a Jesús era Andrés, que encontrando a su hermano Simón Pedro, le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Éste, se le queda mirando y le dice: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que significa Pedro).

Como ya comentamos, el evangelio de hoy es de san Marcos, y en él, el evangelista nos narra la llamada a los primeros discípulos. Por una parte, Simón y su hermano Andrés y por otra, Santiago y su hermano Juan.

Hoy, Andrés, Pedro, Santiago o Juan, somos tú y yo. El Señor nos tiene en su Iglesia porque quiere asociarnos a su obra redentora. Han pasado más de dos mil años desde que sucedieron los dos pasajes evangélicos que hemos citado. Es cierto que el Señor Jesús está presente de continuo en su Iglesia, pero también es cierto que no podemos experimentar esa presencia de una manera física. Por eso, los que hoy han de hacer visible en medio del mundo, en medio de la sociedad actual, a la persona del Señor Jesús, somos aquellos a los que nos ha llamado a su Iglesia.

Permíteme que te pregunte, ¿por qué eres creyente? ¿Para qué vienes a la Iglesia? ¿Viene quizá buscando la salvación de tu alma? Salvar el alma es una consecuencia, pero no la finalidad principal por la que el Señor te tiene en su Iglesia. Para salvarse, en la otra vida se entiende, no es necesario pertenecer a la Iglesia. De ser así, serían muy pocos los que se salvaran en comparación al número de habitantes que tiene la tierra. El Señor te llama, como llamó a sus primeros discípulos, para que hoy seas tú, como Él lo hizo personalmente hace más de dos mil años, el que de palabra y sobre todo con tu vida, anuncies a los que te rodean la Buena Noticia.

Ellos esa Buena Noticia no la conocen. No saben que existe la vida eterna. No saben que existe un Dios que es todo amor, que tiene una misericordia infinita, que les ama con todo su ser, y que comprende y perdona sin límite todas sus debilidades y pecados, por grandes y enormes que sean. No saben que el amor de ese Dios, llega hasta el extremo de entregar a la muerte a su propio Hijo, para rescatarlos de la muerte diaria en la que ellos están inmersos. La salvación para ellos consiste precisamente en conocer esta Buena Noticia: la muerte ha sido vencida en la Resurrección del Señor Jesús. Ya no hay que temer. La vida del Hombre vuelve a recobrar su sentido. Hemos sido creados para la vida eterna y hay un Dios dispuesto a dárnosla, si nosotros la aceptamos. Pero yo ahora te pregunto, ¿Cómo llegarán a enterarse? ¿Quién les dará la Buena Noticia? Hoy el Señor Jesús ya no está vivo físicamente entre nosotros. Somos nosotros, sus discípulos, los llamados y a la vez elegidos, para hacer llegar a todos los hombres esta Buena Noticia de la salvación.

Para eso, y no para otra cosa, te ha llamado el Señor a su Iglesia. Hoy, con estos pasajes del Evangelio te lo recuerda. ¡Sígueme! Te dice. Ocupa mi lugar entre los tuyos, entre tus familiares y amigos; entre tus compañeros de trabajo y de diversión. Diles que yo les amo y que me he entregado a la muerte por amor a ellos. Que nada teman, que mi amor y misericordia rebasan con mucho todos sus pecados.