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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

«GLORIA AL PADRE, Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 4, 32-34. 39-40 * Rm 8, 14-17 * Mt 28, 16-20

La liturgia de la Iglesia, terminado el tiempo pascual, quiere que fijemos nuestra atención en el misterio que encierra en sí mismo la misma esencia de Dios: el misterio de la Santísima Trinidad.

Hemos dicho en repetidas ocasiones que la esencia de Dios, la materia, valga la expresión, de que está formado, es el amor. Sin embargo, el amor, para que pueda darse, necesita el concurso de más de una persona. Quiere decir esto que, en una persona, hombre o mujer, que se encuentre en una isla desierta completamente sola, es imposible que se dé el amor.

Decimos esto para que, sin meternos en profundidades teológicas, lleguemos a entender que, en Dios, un Dios único, existen tres personas distintas. La forma más elemental de explicar este misterio es la siguiente. La Palabra de Dios, a diferencia de lo que ocurre en el hombre, es tan potente, tiene tal fuerza, que aquello que expresa, se hace de inmediato realidad. Cuando Dios dice, «Hágase la luz», automáticamente aparece luz, destruyendo por completo las tinieblas. La fuerza de la palabra de Dios-Padre es tal, que cuando se la pronuncia engendra una persona diferente al Padre, pero Dios como el Padre, el Hijo. Finalmente, entre el Padre y el Hijo, surge una relación de amor de tal intensidad, que engendra una nueva persona, el Espíritu Santo, que es igualmente Dios, como el Padre y el Hijo.

Llegados a este punto, queremos aclarar que la explicación que acabamos de dar sobre la Santísima Trinidad, es algo que sirve de muy poco y no nos salva de nada. A ti y a mí lo que verdaderamente nos salva es tener la certeza de que, desde toda la eternidad, Dios-Padre pensó en nosotros, nos amó con verdadera locura y que, por ese amor creador nos dio la existencia. Tú y yo, por lo tanto, y todos los hombres, somos fruto del amor de Dios.

Otro aspecto que nos atañe directamente, es saber que la libertad que Dios-Padre nos regaló al crearnos, nosotros, en vez de utilizarla para vivir unidos a Él, la empleamos para seguir nuestros desvaríos y entrar en la muerte, algo para lo que no habíamos sido creados. Sin embargo, Dios-Padre continuaba amándonos y dispuso que su Hijo se revistiera de una naturaleza mortal como la nuestra, para rescatarnos del pecado y de la muerte, haciendo con cada uno de nosotros una nueva creación.

Finalmente, para completar en nosotros su obra, Dios-Padre envió desde su seno a la Tercera Persona, el Espíritu Santo, con la misión de consolidar toda su obra de salvación hacia nosotros, haciéndonos santos, como el propio Dios es santo. El Espíritu siempre presente en la Iglesia es el que mueve nuestra voluntad hacia el bien, nos defiende de las asechanzas del maligno, y nos da testimonio desde nuestro interior, de que somos hijos de Dios.

Así pues, conocemos a Dios-Padre como Creador, a Dios-Hijo como Redentor y al Espíritu Santo como Santificador. “Mis Tres” como solía llamar a la Santísima Trinidad, una santa a la que el Señor permitió en su corazón vivir unida al Dios Uno y Trino, sor Isabel de la Trinidad.

Que el Espíritu Santo nos conceda poder dar gracias a la Santísima Trinidad por todos los bienes con los que cada día nos favorece, a fin de que nuestra vida se convierta en una continua alabanza hacia su gloria.  


DOMINGO DE PENTECOSTÉS -B-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -B-

«RECIBID EL ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11* 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23

Con este domingo damos por finalizado el Tiempo Pascual. Pentecostés viene a ser como el sello final del Padre a la obra de salvación llevada a cabo por el Señor Jesús, con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Con su ascensión al Cielo, el Señor, completa la misión que el Padre le había encomendado. Era necesario restablecer el orden primero, el plan inicial que Dios-Padre había trazado, cuando decidió crear al hombre a su imagen y semejanza, porque la aparición del pecado en el mundo y con él dominio de la muerte, había echado al traste todo su proyecto.

Sucede, sin embargo, que, aunque destruida la muerte y perdonados los pecados, la naturaleza del hombre, sigue dañada por el pecado de origen. La obra de salvación del Señor, no anula a nuestro hombre viejo que sigue exigiendo sus derechos. Lo que sí que hace, es darnos a ti y a mí la posibilidad de ser recreados de nuevo. Y esa nueva creación, el Padre, ha dispuesto que la lleve a cabo el Espíritu santo.

Descendiendo al terreno de lo práctico podemos preguntarnos, ¿cómo nos afecta a ti y a mí todo lo expuesto? Nosotros comprobamos cada día que somos “el hombre del quiero y no puedo”. ¿Qué significa esto? Pues que nos pasa lo mismo que expresa san Pablo en su carta a los Romanos. Dice: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, pero no el realizarlo». También nosotros deseamos hacer el bien y sabemos que ello es bueno, pero comprobamos que, en la práctica, no somos capaces de hacerlo.

Tú y yo sabemos, por ejemplo, que olvidarnos de nosotros mismos y entregarnos a los demás, que ser capaces de perdonar al que nos hace daño y no guardarle rencor, que amar a Dios sobre todo poniéndolo en nuestra vida incluso por encima de las riquezas, etc., produce un gozo interior que no es comparable con nada del mundo. Sin embargo, tenemos la experiencia de que cuando hemos querido poner en práctica alguna de estas cosas, no hemos sido capaces de hacerlo.

Otro ejemplo puede ayudarnos a comprender nuestra situación. El Señor, en el evangelio, nos muestra el camino de la felicidad y la vida cuando nos dice: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, rezad por los que os persiguen, bendecid a los que os calumnian…». Podemos preguntarnos ¿es posible que nos pida algo que no podamos cumplir?  No, y aquí vine la misión del Espíritu Santo que hoy envía el Padre sobre su Iglesia, sobre ti y sobre mí en cumplimiento de la promesa del Señor Jesús cuando nos dijo: «No os dejaré huérfanos» y también, «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

La obra del Espíritu Santo en la Iglesia, es precisamente, hacer posible lo que para ti y para mí es imposible. Él es en nuestra debilidad, la fortaleza. En nuestro sufrimiento, el consuelo. En nuestra ignorancia, en nuestra necedad, él es la sabiduría. Él es el que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos. Él es, finalmente, el que desde nuestro interior nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

El Espíritu Santo tiene en nuestra vida, además, una misión importantísima. Él es el Paráclito, que significa el Defensor, porque al maligno le gusta mostrarnos nuestros defectos y pecados, para que desesperemos de nuestra salvación. Es como si nos dijera: vive tu vida, porque para ti no hay remedio. Sin embargo, el Espíritu Santo nos dice: No temas. El Padre conoce tus debilidades y te ama. Su misericordia supera infinitamente el tamaño de tus miserias. Yo estoy a tu lado siempre para defenderte del enemigo y para darte fuerzas en tu debilidad.

Invoquemos al Espíritu Santo. Pidámosle ayuda en nuestras luchas y debilidades, con la certeza de que su ayuda nunca nos faltará.

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR B

DOMINGO VII DE PASCUA - ASCENSIÓN DEL SEÑOR B

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO A TODA LA CREACIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11 * Ef 1, 17-23 * Mc 16, 15-20

Nos estamos acercando al final del Tiempo Pascual. Consumada su Pascua, completada la misión que el Padre le había encomendado, y haciendo que sus discípulos le vieran resucitado para que pudieran ser testigos de su victoria sobre la muerte, el Señor Jesús se dispone a regresar al cielo para sentarse a la derecha del Padre. Así se lo comunica a sus discípulos: «Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios».

La misión que el Padre había puesto en manos del Señor, no era otra, en primer lugar, que la de cargar sobre sí todos nuestros pecados, porque el veneno que producían nos hacía saborear cada día nuestra esclavitud a la muerte. Otro aspecto de esa misión era hacernos comprender, que la misericordia del Padre superaba inmensamente la magnitud de nuestro pecado. Quiere decir esto, que nos hizo saber que nunca el Padre había dejado de amarnos. Que éramos nosotros los que habíamos rechazado ese amor.

Ésta era la gran noticia que ahora encomendaba anunciar a sus discípulos. Era preciso que a todos los hombres llegara la buena nueva de la salvación. Por eso hoy, a punto de ascender a los cielos, deja en manos de sus discípulos la misión de anunciar al mundo entero la salvación que nos ha ganado con su Pasión, Muerte y Resurrección: «Id al mundo entero, les dice, y proclamad el Evangelio a toda la creación».

Hoy, somos tú y yo, los que recibimos este encargo de boca del Señor. Hoy, como entonces, muchos hombres desconocen el fin último de su existencia. Viven una vida meramente animal. Nacen, se desarrollan, se reproducen y mueren, sin más. Viven así, porque nadie les ha hecho llegar la gran noticia del amor de Dios. Conocer el amor de Dios y la salvación que ha preparado para el hombre, es lo único que puede dar sentido a la vida. Es necesario que el hombre conozca que su existencia no es semejante a la de los hongos, que aparecen sobre la tierra de manera espontánea. Tú y yo, no somos hongos, somos seres amados por Dios y llamados a una vida sobrenatural.

El Señor dice también: «El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado». Esto es fácil de entender. Si tú y yo, cuando estamos gravemente enfermos rechazamos la medicación que se nos ofrece para curarnos, nos pondremos, sin dudar, en peligro de muerte. Lo mismo le pasa a todo aquel que se le anuncia la salvación de Dios y la rechaza, camina voluntariamente hacia su condenación.

Hay en este evangelio otro detalle que merece contemplarse. San Marcos nos dice: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». ¿Qué significa la expresión sentarse a la derecha de Dios? Significa haber recibido de Dios todo poder. Vemos, pues, al Señor Jesús, con su naturaleza humana, elevado a la máxima dignidad, así lo asegura él, cuando en otra parte del Evangelio dice: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Este pormenor tiene para nosotros una gran importancia. Nosotros formamos con él un solo cuerpo. Él es la cabeza, nosotros los miembros. El hecho de que nuestra cabeza esté en el cielo, supone para nosotros, que somos el resto del cuerpo, tener abierto el acceso a la vida eterna. Por otra parte, que a nuestra cabeza se le haya dado todo poder, es para nosotros una garantía de que todo aquello que él ha dejado en nuestras manos, para que lo hagamos presente en cada generación, podamos realizarlo a pesar de nuestra condición débil y pecadora.

Tú y yo, unidos a Cristo, podremos amar sin medida incluso a aquellos que nos hacen daño, a nuestros enemigos. Podremos entregar nuestra vida a los demás sin miedo a perderla. Podremos vencer las tentaciones del demonio y del mundo, porque Él está siempre a nuestro lado fortaleciendo nuestra debilidad.

 

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

«ESTO OS MANDO: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48 * 1Jn 4, 7-10 * Jn 15, 9-17

Nosotros podemos preguntarnos ¿cuál es la verdadera Iglesia de Jesucristo? ¿Qué signos la distinguen de otras religiones? La respuesta nos la da hoy el Señor Jesús en el evangelio. Él sabía que esta pregunta que nos hemos hecho nosotros, se la harían muchos a través de la historia, por eso, para que no exista ninguna duda, hoy, entrega a sus discípulos, a ti y a mí, el mandamiento, la señal más importante que nos ha de distinguir de aquellos que no son sus discípulos. Dice el Señor: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado».

Nosotros, todavía podemos preguntarnos ¿por qué, precisamente, el amor es el signo de cristiano? La respuesta es muy sencilla, nos la da san Juan en el trozo de su carta que se ha proclamado hoy: «Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios».

La esencia de Dios es el amor, o, dicho de otra manera, si Dios estuviera formado por materia, esa materia sería el amor. Significa esto que cuando en tu vida o en la mía, o en la de cualquier discípulo del Señor, aparece el amor, el que en realidad se está haciendo presente, es el mismo Dios. De ahí la importancia del mandamiento que nos entrega el Señor Jesús, poco antes de su pasión.

El verdadero amor, el amor de Dios, únicamente se hace presente en la Iglesia de Jesucristo. Él nos ha dicho: «Amaos como yo os he amado». Yo, ahora te pregunto ¿cómo nos ha amado a ti y a mí el Señor Jesús? La respuesta es, hasta el extremo. De manera que no existe posibilidad alguna de manifestar mejor el amor. Nos ha amado entregando totalmente su vida por ti y por mí, que éramos sus enemigos, y que con nuestros pecados lo estábamos clavando en la cruz. ¿Se puede dar amor más grande?

Pues ese amor es, precisamente, el que quiere que nos tengamos entre nosotros el Señor. Un amor que llegue hasta el extremo. Un amor, que, de nuevo, como hace más de dos mil años, haga exclamar a los paganos: «Mirad, como se aman». Ese es un amor que llama a la fe, porque es el amor que hace presente al mismo Dios en esta generación. Es un amor que sólo puede darse en la Iglesia de Jesucristo. Ninguna religión lo tiene como distintivo, porque para todas las religiones, amar al enemigo hasta el extremo con que nos amó el Señor Jesús, es imposible. Sólo el cristiano es capaz de amar en esa dimensión.

Me imagino lo que estás pensando. ¿Amo yo en esa dimensión? ¿Se da ese amor en mi vida? ¿Soy capaz de perdonar hasta el extremo de olvidar las ofensas de mi enemigo? Te doy ya la respuesta, no. Ni tú ni yo somos capaces, con sólo nuestro esfuerzo, de amar en esa dimensión. Podemos afirmar que amar así es totalmente contra natura. Tú y yo, egoístas de nacimiento, que sólo pretendemos medrar personalmente, que nos buscamos en todo, somos incapaces de negarnos a nosotros mismos, como lo hizo el Señor, en favor de aquel que tenemos al lado, y, por supuesto, mucho menos, si se trata de un enemigo nuestro.

Nadie puede dar nada que no haya recibido. Por eso nos dice san Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados». Él, por tanto, nos amó primero. Significa esto que, si tú y yo hemos experimentado el amor de Dios, seremos capaces, con la ayuda de su Espíritu, de amar a los demás del mismo modo.

El Señor nos dice en el evangelio que es Él el que nos ha elegido y nos ha destinado para que demos fruto. Por eso, quiere derramar sobre nosotros su Espíritu, para que aquello que para nosotros es imposible, como amar al enemigo, podamos hacerlo con la fuerza de su gracia.


DOMINGO V DE PASCUA -B-

DOMINGO V DE PASCUA -B-

EL QUE PERMANCE EN MÍ Y YO EN ÉL, ESE DA FRUTO ABUNDANTE

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 9, 26-31 * 1Jn 3, 18-24 * Jn 15, 1-8

La semana pasada veíamos al Señor Jesús presentándose a sí mismo como el Buen Pastor. En el trozo del evangelio de san Juan que hoy nos ofrece la Iglesia, lo vemos encarnando la figura de la vid. Resulta que tanto la función del pastor, como la del labrador que cultiva su viña o la del sembrador que esparce en su campo la semilla, resultan muy familiares para aquellos que siguen a Jesús, escuchando su predicación. Por eso el Señor, según las circunstancias, se presenta como uno u otro de estos personajes.

Hoy, el Señor empieza diciendo a los que le escuchan, a ti y a mí, estas palabras: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. A todo sarmiento mío que no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto». Sin duda, todos los que escuchan entienden este lenguaje. Saben que, cuando después del invierno las cepas empiezan a brotar, aparecen sarmientos nuevos, largos, que no tienen fruto, mientras que hay otros, más pequeños, que muestran lo que con el tiempo llegarán a ser racimos de uva. El viñador corta los sarmientos estériles para que no quiten fuerza a la planta, y al mismo tiempo limpia aquellos que tienen fruto.

Cuando un sarmiento es cortado de la vid, se seca y muere. Para que un sarmiento llegue a dar fruto, es indispensable que se mantenga unido a la vid. Esta circunstancia la aprovecha el Señor para hacernos ver que, si nosotros somos los sarmientos y él es la vid, sólo podremos dar fruto abundante si nos mantenemos unidos a él. Si no lo hacemos así, nos ocurrirá lo mismo que le ocurre al sarmiento que es separado de la vid, nos secaremos y moriremos.

El Señor dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada». Quiere decir esto que, en nuestra vida, y en particular en nuestra vida de fe, es imposible que hagamos nada bueno, si no vivimos unidos al Señor Jesús. No podemos actuar como francotiradores. El sarmiento vive, porque estando unido a la vid, recibe de ésta la savia, el alimento que le permite crecer y dar fruto abundante. Del mismo modo, nuestra vida, únicamente tendrá sentido si está unida a Jesucristo. Nosotros, sólo por nuestra cuenta, somos incapaces de obrar el bien. Nuestro hombre viejo, dañado por el pecado, no puede amar de verdad, no puede darse al otro, porque el egoísmo se lo impide. Para darme al otro, he de renunciar a mi propio yo, y eso para mí es totalmente imposible.

Esta situación es la que padece todo hombre que viene al mundo. Su vida, la tuya y la mía, es por completo un contrasentido. Lo expresa muy bien san Pablo en su Carta a los Romanos: «Mi proceder no lo comprendo. Querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo. Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta». Esta lucha es que la padecemos todos los hombres, y es la razón de nuestra insatisfacción. He sido creado para ser feliz, pero, por más que me esfuerce, no puedo lograrlo.

Hoy, el Señor Jesús, viene a nuestro encuentro dispuesto a ayudarnos a resolver este conflicto interno. Él es el único capaz de cambiar nuestro corazón, de manera que, unidos a Él, que es la vid, nosotros, los sarmientos, encontremos el sentido a la vida y podamos dar fruto abundante.

El evangelio, al final, nos descubre la condición indispensable para que aquello que deseamos para ser felices, podamos obtenerlo con toda seguridad. Dice así: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará».

 

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

«YO SOY EL BUEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 8-12 *1Jn 3, 1-2 * Jn 10, 11-18

En el evangelio de hoy san Juan nos presenta al Señor Jesús encarnando una figura entrañable, la del Buen Pastor. Decimos entrañable, porque el vínculo que une al rebaño con su pastor y viceversa al pastor con su rebaño, es una relación que rebasa con mucho lo que pudiera considerarse como normal. El pastor considera a sus ovejas como si fueran sus hijas. Las conoce una por una, las distingue dándoles a cada una un nombre distinto. Conoce sus caprichos, sus preferencias y sus debilidades, por lo que no las trata a todas por igual, sino que las cuida de una manera individualizada y está siempre alerta para protegerlas ante los posibles enemigos, estando dispuesto a arriesgar su vida para defenderlas.

Por contra, las ovejas conocen a su pastor. Distinguen su voz de la de otros extraños. Obedecen sus indicaciones y le siguen de una manera ciega, confiando en que las va a conducir a los mejores pastos y a las fuentes más frescas.

El pueblo de Israel, desde sus orígenes, ya con Abraham, es un pueblo de pastores. Un pueblo nómada que lleva a sus rebaños de un lado para otro buscando hierba fresca y fuentes de agua pura. Por eso, ya desde el Antiguo Testamento, la figura de Dios-Padre aparece como la del Buen Pastor que, como dice el salmo, «guía a José como a un rebaño y hacia las aguas de la vida lo conduce». Y el pueblo, que es consciente de esto, exclama: «El Señor es mi pastor, nada me falta».

No es de extrañar, por tanto, que el Señor Jesús, en el evangelio, guste encarnar la figura del pastor que cuida con mimo a su rebaño, que «conoce a sus ovejas y las suyas le conocen, que hace frente al lobo cuando lo ve venir, y que entrega por completo su vida en defensa de las ovejas».

A los fieles, a los creyentes, a ti y a mí, en el rebaño, nos corresponde ocupar el lugar de las ovejas. Por eso es necesario no de perder de vista, cómo se comportan las ovejas con su pastor. La virtud más grande de las ovejas es la docilidad. La oveja obedece a la voz del pastor sin cuestionar sus órdenes porque tiene depositada toda su confianza en él, y no duda en ningún momento que aquello que le manda es lo más conveniente para ella.

Esta manera de actuar choca frontalmente con lo que predica el mundo. El mundo no entiende la obediencia y sumisión de la oveja a su pastor. El mundo desprecia esta obediencia y la define, como aborregamiento. Para el mundo lo importante es la democracia, ignorando que el Señor Jesús nunca concibió a la Iglesia como una democracia. Muchas situaciones conflictivas entre la Jerarquía de la Iglesia y los fieles, tienen su origen, precisamente, en que estos ignoran lo que acabamos de afirmar, influenciados negativamente por el mundo.

Lo que el mundo desconoce es que el pastor nunca tiraniza a la oveja, sino que la relación que mantiene con ella está basada en el amor, hasta el punto de estar dispuesto a entregar su vida por ella. Esto es, precisamente, lo que el Señor Jesús hizo por ti y por mí. A pesar de nuestros pecados y rebeldías, nunca nos trató con violencia, sino que lo hizo con misericordia, conociendo que nuestra condición no es otra que la de pecadores.

Hoy, por voluntad del Supremo Pastor, hay otros pastores que han recibido el encargo de llevar al rebaño hacia jugosos pastos y frescas aguas. Los que tenemos más cercanos son nuestro párroco y nuestros presbíteros. Un poco más lejano, pero igualmente próximo, está nuestro Obispo y finalmente llegamos al que, el Espíritu Santo ha puesto al frente de la Iglesia para ser su principal servidor, el Papa.

¿Qué nos corresponde hacer a nosotros? Ser dóciles a sus enseñanzas en todo aquello encaminado a nuestro crecimiento en la fe, y ser sumisos y obedientes en el amor, pidiendo para ellos la asistencia del Espíritu Santo.      


DOMINGO III DE PASCUA -B-

DOMINGO III DE PASCUA -B-

«EL MESÍAS PADECERÁ Y RESUCITARÁ DE ENTRE LOS MUERTOS AL TERCER DÍA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 3, 13-15.17-19 * 1Jn 2, 1-5ª * Lc 24, 35-48

En estos primeros domingos del Tiempo Pascual, la Iglesia nos propone diversos pasajes en los que siempre se hace presente la figura del Señor Resucitado. Hoy será san Lucas el que nos narre una de las apariciones del Señor a sus discípulos, después de resucitar de la muerte.

El pasaje es continuación de aquel que nos narraba la aparición de Jesús a dos discípulos que iban de camino de la aldea de Emaús. En aquella ocasión, y después de anunciarles el cumplimiento de las Escrituras en Jesús de Nazaret, sin que ellos llegaran a conocerle, se les manifiesta en la posada en el momento de partir el pan, desapareciendo a continuación de su presencia.

Ellos, nos dirá hoy san Lucas, llenos de gozo deshacen el camino andado y regresan a Jerusalén para dar la noticia a los Doce. Están aún hablando contando su experiencia, cuando de nuevo se hace presente en medio de los reunidos el Señor Jesús. «Paz a vosotros» les dice. Los discípulos, al verle, sorprendidos y atemorizados, creen estar delante de un fantasma.

El Señor, para tranquilizarles, les invita a tocar su cuerpo para que comprueben que no se trata de un fantasma. Les muestra las señales de los clavos y finalmente les pide algo de comer. Ellos siguen atónitos por la alegría, y no acaban de dar crédito a lo que ven sus ojos.

También a nosotros nos puede suceder algo parecido. Ciertamente, nosotros no podemos ver al Señor físicamente, pero la fe nos dice que su presencia es continua cerca de aquellos que nos consideramos sus discípulos. Muchas veces afirmamos que el Señor vive resucitado en su Iglesia, pero quizá lo decimos de una manera intelectual. No acabamos de ser conscientes de que su presencia es real, aunque nuestros sentidos no puedan percibirla. Nosotros, no seguimos a un fantasma, el Señor nos acompaña, está a nuestro lado, en las alegrías y sobre todo en las penas. Así nos lo prometió cuando dijo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Ocurre, sin embargo, que necesitamos tener abiertos los ojos de la fe, para ver en aquel pobre que nos alarga la mano pidiendo limosna, en aquel inmigrante que llega buscando una vida mejor y no tiene donde cobijarse, en aquel niño maltratado o en aquel pobre hombre que se ve obligado a robar para poder comer, etc. la figura del Señor que se nos acerca. ¡Cuántas veces encontramos mil razones para no ayudarles y miramos hacia otro lado!

Sucede también que, con frecuencia, atribuimos a la buena o a la mala suerte, acontecimientos de nuestra vida que escapan a nuestro control. No nos damos cuenta de que la suerte no existe. Sería horroroso que nuestra vida estuviera sometida al azar. Si el Señor dice que ni un cabello de nuestra cabeza cae sin su permiso, ¿cómo es posible que incidentes de nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestra salud, etc., sucedan porque sí y los atribuyamos a la buena o mala suerte? Lo cierto es que existe la providencia divina, que es cierta la presencia del Señor que camina a nuestro lado, dispuesto siempre a ayudarnos si nosotros se lo pedimos.

A los discípulos se les apareció en muchas ocasiones antes de su Ascensión, porque quería que fueran testigos de su resurrección. También nosotros estamos llamados a ser testigos de que está resucitado, y lo seremos, al manifestar las veces que ante acontecimientos que nos desbordan, como enfermedades, muertes, situaciones extremas en la familia, en el trabajo, etc., comprobamos que lo que era imposible se vuelve posible gracias a su ayuda.


DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 32-35 * 1Jn 5, 1-6 * Jn 20, 19-31

Con este domingo cerramos la Octava de Pascua, que, como ya dijimos, prolonga el domingo de Resurrección ocho días formando con él un gran domingo. Este domingo recibe el nombre de “domingo In albis”, porque en él dejaban ya sus vestiduras blancas los neófitos que había sido bautizados en el Vigilia Pascual. Finalmente, y por deseo del papa Juan Pablo II, este es el Domingo de la Divina Misericordia.

El evangelio nos sitúa en el Cenáculo, donde los discípulos se han refugiado desconcertados y temerosos de los judíos, después de la Pasión del Señor. Es al atardecer del primer día de la semana, o sea del domingo, y tienen puertas y ventanas atrancadas. De repente se hace presente en medio de ellos el Señor Resucitado. Su saludo no puede ser más tranquilizador: «Paz a vosotros», les dice, a la vez que les enseña las manos y el costado traspasados.

Hemos dicho que el saludo era tranquilizador, porque lo normal hubiera sido echarles en cara su cobardía en los momentos difíciles de la Pasión, cuando todos, menos Juan, le abandonaron. El Señor vuelve a repetir: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El Señor, no sólo no recrimina a los discípulos su conducta pasada, sino que les da autoridad para perdonar pecados, un poder, sólo reservado al propio Dios.

Esta forma de actuar del Señor pone de manifiesto su corazón misericordioso. Un corazón en el que no cabe el odio o la revancha. Un corazón que, porque ama con locura al pecador, perdona sin limitación alguna nuestros desvaríos e infidelidades. Él sabe que el pecado es el origen del sufrimiento y de la muerte, por eso, da a su Iglesia autoridad para borrarlo, de manera que nosotros, pecadores, nos veamos libres de la esclavitud de la muerte, a la que nos tiene sometidos el pecado.

En la tarde de aquel Domingo de la Resurrección no estaban todos los apóstoles en el Cenáculo, faltaba Tomás, que no da crédito a lo que le dicen sus compañeros cuando afirman haber visto al Señor Resucitado. Es tal su incredulidad, que llega a afirmar: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

El evangelista nos dice que ocho días después, en las mismas circunstancias del día anterior, pero esta vez con la presencia de Tomás, vuelve a hacerse presente el Señor Resucitado. Después de saludarles deseándoles la paz, como el domingo anterior, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». El discípulo, rendido ante la evidencia, sólo acierta a decir: «¡Señor mío y Dios mío!». El Señor sigue diciendo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Las palabras que el Señor Jesús ha dirigido a Tomás deben llenarnos de gozo, porque en ellas el Señor nos tiene presentes a ti y a mí que, aunque nunca le hemos visto físicamente, por su misericordia, creemos en Él. Así nos lo dice también san Pedro en su primera epístola: «Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no lo veáis…». Somos, pues, unos privilegiados porque nos ha sido dado gratuitamente conocer al Señor para alcanzar nuestra salvación, no sólo al final de nuestra vida, sino en el día a día, cuando el Señor nos da fuerza para afrontar los acontecimientos, muchas veces negativos de nuestra vida, que no podríamos soportar sino fuera porque de verdad vive resucitado en medio de nosotros.