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DOMINGO VI DE PASCUA -B-

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

«ESTO OS MANDO: QUE OS AMÉIS UNOS A OTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48 * 1Jn 4, 7-10 * Jn 15, 9-17

Nosotros podemos preguntarnos ¿cuál es la verdadera Iglesia de Jesucristo? ¿Qué signos la distinguen de otras religiones? La respuesta nos la da hoy el Señor Jesús en el evangelio. Él sabía que esta pregunta que nos hemos hecho nosotros, se la harían muchos a través de la historia, por eso, para que no exista ninguna duda, hoy, entrega a sus discípulos, a ti y a mí, el mandamiento, la señal más importante que nos ha de distinguir de aquellos que no son sus discípulos. Dice el Señor: «Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado».

Nosotros, todavía podemos preguntarnos ¿por qué, precisamente, el amor es el signo de cristiano? La respuesta es muy sencilla, nos la da san Juan en el trozo de su carta que se ha proclamado hoy: «Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios».

La esencia de Dios es el amor, o, dicho de otra manera, si Dios estuviera formado por materia, esa materia sería el amor. Significa esto que cuando en tu vida o en la mía, o en la de cualquier discípulo del Señor, aparece el amor, el que en realidad se está haciendo presente, es el mismo Dios. De ahí la importancia del mandamiento que nos entrega el Señor Jesús, poco antes de su pasión.

El verdadero amor, el amor de Dios, únicamente se hace presente en la Iglesia de Jesucristo. Él nos ha dicho: «Amaos como yo os he amado». Yo, ahora te pregunto ¿cómo nos ha amado a ti y a mí el Señor Jesús? La respuesta es, hasta el extremo. De manera que no existe posibilidad alguna de manifestar mejor el amor. Nos ha amado entregando totalmente su vida por ti y por mí, que éramos sus enemigos, y que con nuestros pecados lo estábamos clavando en la cruz. ¿Se puede dar amor más grande?

Pues ese amor es, precisamente, el que quiere que nos tengamos entre nosotros el Señor. Un amor que llegue hasta el extremo. Un amor, que, de nuevo, como hace más de dos mil años, haga exclamar a los paganos: «Mirad, como se aman». Ese es un amor que llama a la fe, porque es el amor que hace presente al mismo Dios en esta generación. Es un amor que sólo puede darse en la Iglesia de Jesucristo. Ninguna religión lo tiene como distintivo, porque para todas las religiones, amar al enemigo hasta el extremo con que nos amó el Señor Jesús, es imposible. Sólo el cristiano es capaz de amar en esa dimensión.

Me imagino lo que estás pensando. ¿Amo yo en esa dimensión? ¿Se da ese amor en mi vida? ¿Soy capaz de perdonar hasta el extremo de olvidar las ofensas de mi enemigo? Te doy ya la respuesta, no. Ni tú ni yo somos capaces, con sólo nuestro esfuerzo, de amar en esa dimensión. Podemos afirmar que amar así es totalmente contra natura. Tú y yo, egoístas de nacimiento, que sólo pretendemos medrar personalmente, que nos buscamos en todo, somos incapaces de negarnos a nosotros mismos, como lo hizo el Señor, en favor de aquel que tenemos al lado, y, por supuesto, mucho menos, si se trata de un enemigo nuestro.

Nadie puede dar nada que no haya recibido. Por eso nos dice san Juan: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros pecados». Él, por tanto, nos amó primero. Significa esto que, si tú y yo hemos experimentado el amor de Dios, seremos capaces, con la ayuda de su Espíritu, de amar a los demás del mismo modo.

El Señor nos dice en el evangelio que es Él el que nos ha elegido y nos ha destinado para que demos fruto. Por eso, quiere derramar sobre nosotros su Espíritu, para que aquello que para nosotros es imposible, como amar al enemigo, podamos hacerlo con la fuerza de su gracia.


DOMINGO V DE PASCUA -B-

DOMINGO V DE PASCUA -B-

EL QUE PERMANCE EN MÍ Y YO EN ÉL, ESE DA FRUTO ABUNDANTE

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 9, 26-31 * 1Jn 3, 18-24 * Jn 15, 1-8

La semana pasada veíamos al Señor Jesús presentándose a sí mismo como el Buen Pastor. En el trozo del evangelio de san Juan que hoy nos ofrece la Iglesia, lo vemos encarnando la figura de la vid. Resulta que tanto la función del pastor, como la del labrador que cultiva su viña o la del sembrador que esparce en su campo la semilla, resultan muy familiares para aquellos que siguen a Jesús, escuchando su predicación. Por eso el Señor, según las circunstancias, se presenta como uno u otro de estos personajes.

Hoy, el Señor empieza diciendo a los que le escuchan, a ti y a mí, estas palabras: «Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador. A todo sarmiento mío que no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto lo limpia para que dé más fruto». Sin duda, todos los que escuchan entienden este lenguaje. Saben que, cuando después del invierno las cepas empiezan a brotar, aparecen sarmientos nuevos, largos, que no tienen fruto, mientras que hay otros, más pequeños, que muestran lo que con el tiempo llegarán a ser racimos de uva. El viñador corta los sarmientos estériles para que no quiten fuerza a la planta, y al mismo tiempo limpia aquellos que tienen fruto.

Cuando un sarmiento es cortado de la vid, se seca y muere. Para que un sarmiento llegue a dar fruto, es indispensable que se mantenga unido a la vid. Esta circunstancia la aprovecha el Señor para hacernos ver que, si nosotros somos los sarmientos y él es la vid, sólo podremos dar fruto abundante si nos mantenemos unidos a él. Si no lo hacemos así, nos ocurrirá lo mismo que le ocurre al sarmiento que es separado de la vid, nos secaremos y moriremos.

El Señor dice: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada». Quiere decir esto que, en nuestra vida, y en particular en nuestra vida de fe, es imposible que hagamos nada bueno, si no vivimos unidos al Señor Jesús. No podemos actuar como francotiradores. El sarmiento vive, porque estando unido a la vid, recibe de ésta la savia, el alimento que le permite crecer y dar fruto abundante. Del mismo modo, nuestra vida, únicamente tendrá sentido si está unida a Jesucristo. Nosotros, sólo por nuestra cuenta, somos incapaces de obrar el bien. Nuestro hombre viejo, dañado por el pecado, no puede amar de verdad, no puede darse al otro, porque el egoísmo se lo impide. Para darme al otro, he de renunciar a mi propio yo, y eso para mí es totalmente imposible.

Esta situación es la que padece todo hombre que viene al mundo. Su vida, la tuya y la mía, es por completo un contrasentido. Lo expresa muy bien san Pablo en su Carta a los Romanos: «Mi proceder no lo comprendo. Querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo. Quiero hacer el bien y es el mal el que se me presenta». Esta lucha es que la padecemos todos los hombres, y es la razón de nuestra insatisfacción. He sido creado para ser feliz, pero, por más que me esfuerce, no puedo lograrlo.

Hoy, el Señor Jesús, viene a nuestro encuentro dispuesto a ayudarnos a resolver este conflicto interno. Él es el único capaz de cambiar nuestro corazón, de manera que, unidos a Él, que es la vid, nosotros, los sarmientos, encontremos el sentido a la vida y podamos dar fruto abundante.

El evangelio, al final, nos descubre la condición indispensable para que aquello que deseamos para ser felices, podamos obtenerlo con toda seguridad. Dice así: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará».

 

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

«YO SOY EL BUEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 8-12 *1Jn 3, 1-2 * Jn 10, 11-18

En el evangelio de hoy san Juan nos presenta al Señor Jesús encarnando una figura entrañable, la del Buen Pastor. Decimos entrañable, porque el vínculo que une al rebaño con su pastor y viceversa al pastor con su rebaño, es una relación que rebasa con mucho lo que pudiera considerarse como normal. El pastor considera a sus ovejas como si fueran sus hijas. Las conoce una por una, las distingue dándoles a cada una un nombre distinto. Conoce sus caprichos, sus preferencias y sus debilidades, por lo que no las trata a todas por igual, sino que las cuida de una manera individualizada y está siempre alerta para protegerlas ante los posibles enemigos, estando dispuesto a arriesgar su vida para defenderlas.

Por contra, las ovejas conocen a su pastor. Distinguen su voz de la de otros extraños. Obedecen sus indicaciones y le siguen de una manera ciega, confiando en que las va a conducir a los mejores pastos y a las fuentes más frescas.

El pueblo de Israel, desde sus orígenes, ya con Abraham, es un pueblo de pastores. Un pueblo nómada que lleva a sus rebaños de un lado para otro buscando hierba fresca y fuentes de agua pura. Por eso, ya desde el Antiguo Testamento, la figura de Dios-Padre aparece como la del Buen Pastor que, como dice el salmo, «guía a José como a un rebaño y hacia las aguas de la vida lo conduce». Y el pueblo, que es consciente de esto, exclama: «El Señor es mi pastor, nada me falta».

No es de extrañar, por tanto, que el Señor Jesús, en el evangelio, guste encarnar la figura del pastor que cuida con mimo a su rebaño, que «conoce a sus ovejas y las suyas le conocen, que hace frente al lobo cuando lo ve venir, y que entrega por completo su vida en defensa de las ovejas».

A los fieles, a los creyentes, a ti y a mí, en el rebaño, nos corresponde ocupar el lugar de las ovejas. Por eso es necesario no de perder de vista, cómo se comportan las ovejas con su pastor. La virtud más grande de las ovejas es la docilidad. La oveja obedece a la voz del pastor sin cuestionar sus órdenes porque tiene depositada toda su confianza en él, y no duda en ningún momento que aquello que le manda es lo más conveniente para ella.

Esta manera de actuar choca frontalmente con lo que predica el mundo. El mundo no entiende la obediencia y sumisión de la oveja a su pastor. El mundo desprecia esta obediencia y la define, como aborregamiento. Para el mundo lo importante es la democracia, ignorando que el Señor Jesús nunca concibió a la Iglesia como una democracia. Muchas situaciones conflictivas entre la Jerarquía de la Iglesia y los fieles, tienen su origen, precisamente, en que estos ignoran lo que acabamos de afirmar, influenciados negativamente por el mundo.

Lo que el mundo desconoce es que el pastor nunca tiraniza a la oveja, sino que la relación que mantiene con ella está basada en el amor, hasta el punto de estar dispuesto a entregar su vida por ella. Esto es, precisamente, lo que el Señor Jesús hizo por ti y por mí. A pesar de nuestros pecados y rebeldías, nunca nos trató con violencia, sino que lo hizo con misericordia, conociendo que nuestra condición no es otra que la de pecadores.

Hoy, por voluntad del Supremo Pastor, hay otros pastores que han recibido el encargo de llevar al rebaño hacia jugosos pastos y frescas aguas. Los que tenemos más cercanos son nuestro párroco y nuestros presbíteros. Un poco más lejano, pero igualmente próximo, está nuestro Obispo y finalmente llegamos al que, el Espíritu Santo ha puesto al frente de la Iglesia para ser su principal servidor, el Papa.

¿Qué nos corresponde hacer a nosotros? Ser dóciles a sus enseñanzas en todo aquello encaminado a nuestro crecimiento en la fe, y ser sumisos y obedientes en el amor, pidiendo para ellos la asistencia del Espíritu Santo.      


DOMINGO III DE PASCUA -B-

DOMINGO III DE PASCUA -B-

«EL MESÍAS PADECERÁ Y RESUCITARÁ DE ENTRE LOS MUERTOS AL TERCER DÍA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Hch 3, 13-15.17-19 * 1Jn 2, 1-5ª * Lc 24, 35-48

En estos primeros domingos del Tiempo Pascual, la Iglesia nos propone diversos pasajes en los que siempre se hace presente la figura del Señor Resucitado. Hoy será san Lucas el que nos narre una de las apariciones del Señor a sus discípulos, después de resucitar de la muerte.

El pasaje es continuación de aquel que nos narraba la aparición de Jesús a dos discípulos que iban de camino de la aldea de Emaús. En aquella ocasión, y después de anunciarles el cumplimiento de las Escrituras en Jesús de Nazaret, sin que ellos llegaran a conocerle, se les manifiesta en la posada en el momento de partir el pan, desapareciendo a continuación de su presencia.

Ellos, nos dirá hoy san Lucas, llenos de gozo deshacen el camino andado y regresan a Jerusalén para dar la noticia a los Doce. Están aún hablando contando su experiencia, cuando de nuevo se hace presente en medio de los reunidos el Señor Jesús. «Paz a vosotros» les dice. Los discípulos, al verle, sorprendidos y atemorizados, creen estar delante de un fantasma.

El Señor, para tranquilizarles, les invita a tocar su cuerpo para que comprueben que no se trata de un fantasma. Les muestra las señales de los clavos y finalmente les pide algo de comer. Ellos siguen atónitos por la alegría, y no acaban de dar crédito a lo que ven sus ojos.

También a nosotros nos puede suceder algo parecido. Ciertamente, nosotros no podemos ver al Señor físicamente, pero la fe nos dice que su presencia es continua cerca de aquellos que nos consideramos sus discípulos. Muchas veces afirmamos que el Señor vive resucitado en su Iglesia, pero quizá lo decimos de una manera intelectual. No acabamos de ser conscientes de que su presencia es real, aunque nuestros sentidos no puedan percibirla. Nosotros, no seguimos a un fantasma, el Señor nos acompaña, está a nuestro lado, en las alegrías y sobre todo en las penas. Así nos lo prometió cuando dijo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

Ocurre, sin embargo, que necesitamos tener abiertos los ojos de la fe, para ver en aquel pobre que nos alarga la mano pidiendo limosna, en aquel inmigrante que llega buscando una vida mejor y no tiene donde cobijarse, en aquel niño maltratado o en aquel pobre hombre que se ve obligado a robar para poder comer, etc. la figura del Señor que se nos acerca. ¡Cuántas veces encontramos mil razones para no ayudarles y miramos hacia otro lado!

Sucede también que, con frecuencia, atribuimos a la buena o a la mala suerte, acontecimientos de nuestra vida que escapan a nuestro control. No nos damos cuenta de que la suerte no existe. Sería horroroso que nuestra vida estuviera sometida al azar. Si el Señor dice que ni un cabello de nuestra cabeza cae sin su permiso, ¿cómo es posible que incidentes de nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestra salud, etc., sucedan porque sí y los atribuyamos a la buena o mala suerte? Lo cierto es que existe la providencia divina, que es cierta la presencia del Señor que camina a nuestro lado, dispuesto siempre a ayudarnos si nosotros se lo pedimos.

A los discípulos se les apareció en muchas ocasiones antes de su Ascensión, porque quería que fueran testigos de su resurrección. También nosotros estamos llamados a ser testigos de que está resucitado, y lo seremos, al manifestar las veces que ante acontecimientos que nos desbordan, como enfermedades, muertes, situaciones extremas en la familia, en el trabajo, etc., comprobamos que lo que era imposible se vuelve posible gracias a su ayuda.


DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

¡SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO!

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 32-35 * 1Jn 5, 1-6 * Jn 20, 19-31

Con este domingo cerramos la Octava de Pascua, que, como ya dijimos, prolonga el domingo de Resurrección ocho días formando con él un gran domingo. Este domingo recibe el nombre de “domingo In albis”, porque en él dejaban ya sus vestiduras blancas los neófitos que había sido bautizados en el Vigilia Pascual. Finalmente, y por deseo del papa Juan Pablo II, este es el Domingo de la Divina Misericordia.

El evangelio nos sitúa en el Cenáculo, donde los discípulos se han refugiado desconcertados y temerosos de los judíos, después de la Pasión del Señor. Es al atardecer del primer día de la semana, o sea del domingo, y tienen puertas y ventanas atrancadas. De repente se hace presente en medio de ellos el Señor Resucitado. Su saludo no puede ser más tranquilizador: «Paz a vosotros», les dice, a la vez que les enseña las manos y el costado traspasados.

Hemos dicho que el saludo era tranquilizador, porque lo normal hubiera sido echarles en cara su cobardía en los momentos difíciles de la Pasión, cuando todos, menos Juan, le abandonaron. El Señor vuelve a repetir: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo… Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». El Señor, no sólo no recrimina a los discípulos su conducta pasada, sino que les da autoridad para perdonar pecados, un poder, sólo reservado al propio Dios.

Esta forma de actuar del Señor pone de manifiesto su corazón misericordioso. Un corazón en el que no cabe el odio o la revancha. Un corazón que, porque ama con locura al pecador, perdona sin limitación alguna nuestros desvaríos e infidelidades. Él sabe que el pecado es el origen del sufrimiento y de la muerte, por eso, da a su Iglesia autoridad para borrarlo, de manera que nosotros, pecadores, nos veamos libres de la esclavitud de la muerte, a la que nos tiene sometidos el pecado.

En la tarde de aquel Domingo de la Resurrección no estaban todos los apóstoles en el Cenáculo, faltaba Tomás, que no da crédito a lo que le dicen sus compañeros cuando afirman haber visto al Señor Resucitado. Es tal su incredulidad, que llega a afirmar: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

El evangelista nos dice que ocho días después, en las mismas circunstancias del día anterior, pero esta vez con la presencia de Tomás, vuelve a hacerse presente el Señor Resucitado. Después de saludarles deseándoles la paz, como el domingo anterior, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». El discípulo, rendido ante la evidencia, sólo acierta a decir: «¡Señor mío y Dios mío!». El Señor sigue diciendo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Las palabras que el Señor Jesús ha dirigido a Tomás deben llenarnos de gozo, porque en ellas el Señor nos tiene presentes a ti y a mí que, aunque nunca le hemos visto físicamente, por su misericordia, creemos en Él. Así nos lo dice también san Pedro en su primera epístola: «Jesucristo, a quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no lo veáis…». Somos, pues, unos privilegiados porque nos ha sido dado gratuitamente conocer al Señor para alcanzar nuestra salvación, no sólo al final de nuestra vida, sino en el día a día, cuando el Señor nos da fuerza para afrontar los acontecimientos, muchas veces negativos de nuestra vida, que no podríamos soportar sino fuera porque de verdad vive resucitado en medio de nosotros.

 

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

«¡ALELUYA! CRISTO HA RESUCITADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 34a.37-43 * Col 3, 1-4 * Jn 20, 1-9

Celebramos en este día, Domingo de Pascua de Resurrección, el acontecimiento más importante, no sólo de carácter religioso, sino el más importante en toda la historia de la creación. El Señor Jesús, Hijo de Dios, por su propia virtud y poder, rompe las ataduras de la muerte y sale victorioso del sepulcro.

La resurrección del Señor tiene lugar en la noche, poco antes del alba. La noche hace presente la situación del hombre, la tuya y la mía, separados de Dios e inmersos en el pecado. Nosotros, que por el pecado nos hemos apartado de Dios, vivimos en las tinieblas. Dios es la luz, Dios es el amor, y nosotros, como dice san Juan en su evangelio, hemos elegido las tinieblas para que nuestras miserias no se manifiesten. Al rechazar la luz vivimos en la oscuridad. Al rechazar a Dios que es el Amor verdadero, nos hemos encerrado en nuestro egoísmo. Cada uno buscamos únicamente nuestro propio interés, porque somos incapaces de negarnos a nosotros mismos en favor de los demás. Pues, en esta situación de oscuridad y tinieblas brilla hoy la luz esplendente del Señor Resucitado. Viene a sacarnos de ese egoísmo, de esa ceguera que, con frecuencia, nos impide ver al que tenemos al lado.

Al apartarnos de Dios, del que hemos salido, constatamos que nuestra vida no tiene sentido alguno. Si he sido creado para una felicidad auténtica y compruebo que me es imposible alcanzarla, me pregunto, ¿qué sentido tiene mi vida? ¿Yo para qué vivo?

Este panorama que hemos esbozado no es una entelequia, es pura realidad, aunque tú y yo procuramos emborracharnos con las cosas del mundo para no pensar en ello. Pero, Dios-Padre en ningún momento ha renunciado a que tú y yo alcancemos la felicidad plena para la que habíamos si creados. Tu pecado y el mío, que han echado al traste el plan de Dios, tienen, sin embargo, una consecuencia positiva. Por ese pecado, por esa rebeldía, el Hijo de Dios se encarnó, sufrió la pasión, murió y finalmente resucitó. Era necesario, pues, el pecado de Adán, para que Cristo nos rescatara de la muerte. Lo dice la Iglesia en el Pregón Pascual: «Sin el pecado de Adán, Cristo no nos hubiera rescatado. ¡Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!».

Este Redentor es el que, llevado a la tumba por el veneno de nuestros pecados, hoy resucita triunfante de la muerte y nos arrastra con Él hacia la vida eterna. Ya no somos condenados muerte, ya no somos esclavos de nuestros pecados y de nuestros vicios. Cristo ha roto el cerco de muerte que nos oprimía y que nos impedía ser de verdad felices, cargando sobre sí toda la inmundicia de la humanidad.

Cristo, con su resurrección, nos da también la posibilidad de recuperar la filiación divina que perdimos al apartarnos de Dios. Hoy, si lo deseas, el Señor hará en ti una nueva creación. Serás de verdad un hombre nuevo en el que residirá el Espíritu de Jesucristo. Esta transformación, este cambio, es el que realiza en nosotros el Bautismo, cuando, puestos en manos de la Iglesia, el embrión de fe que recibimos el día en que nos bautizaron, se desarrolla y da abundante fruto. Depende de nosotros, de nuestra libertad, que esta transformación llegue a feliz término.

Si de verdad somos conscientes de la situación que nos ha producido vivir separados de Dios, y de las consecuencias que nos ha acarreado el pecado, hoy exultaremos agradecidos y bendeciremos al Señor, por el inmenso don que nos ha proporcionado la victoria de Cristo sobre la muerte.    

 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«NO SEA LO QUE YO QUIERO, SINO LO QUE QUIERAS TÚ»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mc 14, 1—15,47 

Con este domingo se abre la Semana Mayor o Semana Santa, en la que vamos a ser testigos de los acontecimientos primordiales de nuestra historia de salvación. Durante los cuarenta días de la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos ha ido preparando para celebrar estos acontecimientos, no sólo como un recuerdo de lo ocurrido hace más de dos mil años, sino, como unos hechos que hoy, en el siglo XXI, acontecen de nuevo, y nos hacen testigos del inmenso amor de un Dios que es Padre y que siente hacia nosotros, sus criaturas, un amor que no tiene parangón con otro en el mundo.

Hoy vemos al Señor Jesús que llega a Jerusalén para la celebración de la Pascua, aunque en esta ocasión no la celebrará como en años anteriores, sino que la Pascua la hará realidad en su propio cuerpo. Será Él, el que como cordero manso se entregará como oblación al Padre para librarnos a ti y a mí del veneno del pecado que nos lleva cada día a la muerte. Como dijo en el evangelio de la semana pasada, «Ha llegado la hora de pasar de este mundo al Padre». Ha llegado la hora de llevar a cumplimiento, a través de su Pasión, Muerte y Resurrección, la misión que el Padre le ha encomendado desde el principio. En la liturgia de la Misa se proclamará completa la Pasión del Señor según san Marcos.

En este evangelio podremos constatar la lucha que el Señor libra antes de entrar de lleno en su Pasión. Su naturaleza humana se resiste a aceptar el inmenso sufrimiento que esto le acarreará. Ya vimos lo que la semana pasada decía la carta a los Hebreos: «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte…». Hoy lo vemos, en el Huerto de los Olivos, muerto de tristeza dirigiéndose al Padre: «¡Abba (Padre)!: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Oración entrañable la del Señor Jesús, que en este momento terrible se dirige al Padre de una manera cariñosa. Le llama Papá, papaíto, expresión que emplean los niños pequeños que tienen por completo puesta la confianza en su padre. Sin embargo, consciente de que esa es su misión, la acepta plenamente diciendo: «Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú». Después de este momento de lucha y de la consiguiente aceptación de la voluntad del Padre, el Señor sale dispuesto y decidido a entregarse por completo a su Pasión.

Esta lucha del Señor puede iluminar acontecimientos de nuestra vida de fe, en los que, con una intensidad muchísimo menor, tengamos que doblegar nuestra voluntad, aceptando morir a nosotros mismos en favor de los demás. La fuerza que impulsa al Señor a entregarse por completo a la muerte por nosotros, no es otra que la del amor. Pero amar, lo decíamos la semana pasada, supone morir a nosotros mismos, negarnos a nosotros mismos, renunciando a nuestra razón y a nuestros derechos. Sólo la fuerza del Espíritu obrando en nuestro interior, será capaz de vencer la lucha de nuestro yo, de nuestro hombre viejo, que se resistirá con todas sus fuerzas a que renunciemos a lo que  creemos que es justo.

Todo esto, humanamente, no es razonable, como tampoco es razonable esta clase de amor. Sin embargo, así es como Dios-Padre nos ha amado a ti y a mí en su Hijo Jesucristo, y hoy nos está llamando a hacer presente este amor, el único que salva, en medio del mundo.

Durante esta semana acompañemos al Señor Jesús. Sentémonos con él a su mesa en el Jueves Santo y alimentémonos con su Cuerpo y con su Sangre, para tener la fortaleza necesaria para seguirle en su Pasión. Compartamos sus sufrimientos. No temamos entrar con Él en la muerte, porque, si lo hacemos, también con Él resucitaremos a una vida nueva.

DOMINGO V DE CUARESMA -B-

DOMINGO V DE CUARESMA -B-

«Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto».

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 31-34 * Heb 5, 7-9 * Jn 12, 20-33

El Señor Jesús se encuentra en Jerusalén para celebrar las Fiestas de Pascua. Entre los forasteros que han acudido a la ciudad, hay un grupo de griegos que, asombrados de lo que se dice de él, se acercan a Felipe manifestándole su deseo de conocerle. Felipe se lo comenta a Andrés, y los dos se lo hacen saber a Jesús. Éste, al oírles les dice: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto».

Con esta respuesta el Señor nos enseña a leer los acontecimientos de la historia, para discernir en ellos cuál es la voluntad de Dios. Lo que para nosotros hubiera supuesto un motivo de complacencia al comprobar cómo nuestra fama traspasaba fronteras, para Jesús, es signo de que su misión en este mundo está llegando a su fin. Sabe perfectamente que no está en el mundo para recibir el reconocimiento de las gentes, sino para morir, como holocausto, para la salvación de los hombres. Y es este acontecimiento, precisamente, el que le da a entender que ese momento ha llegado.

El grano de trigo al que alude en su respuesta es su propio cuerpo. Es necesario que ese grano de trigo muera para que dé abundante fruto. Nosotros estamos llamados en esta generación a una misión idéntica a la suya. Estamos llamados a morir como él en favor de los demás. Él lo hizo de una manera cruenta, es decir, derramando su sangre, tú y yo tenemos que morir negándonos, por amor, a nosotros mismos, en favor de aquellos que nos rodean. Morir de este modo es la mayor manifestación de amor a nuestro prójimo.

¿Cómo se muere de este modo? El marido muere por la mujer renunciando a tener razón, aunque así sea, y elude cualquier enfrentamiento. No le importa sacrificarse por su esposa en pequeñas cosas, en pequeños caprichos, aunque hacerlo suponga renunciar a su comodidad. Lo mismo podemos decir de la mujer. Los dos compiten negándose a sí mismos, para dar gusto al otro. Morir al otro es morir a nuestra razón, a nuestros derechos, ya sea entre familiares, entre amigos, en el trabajo, etc.

Resumiendo, amar al prójimo supone la negación de uno mismo. El que ama de verdad busca hacer feliz al otro, aunque, la mayoría de las veces, lo haga fastidiándose así mismo. Significa esto que amar implica sufrir, implica olvidarse de uno mismo en favor del otro. Ahora se comprenden las palabras del Señor: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».

Nosotros podemos preguntarnos, ¿qué ganaré yo actuando así? Actuando así, experimentarás la felicidad más grande posible. La felicidad más grande es la que se experimenta cuando uno, renunciando a sí mismo, se entrega de verdad al otro por amor. En ese momento estás haciendo con tu prójimo lo mismo que Dios hace cada día contigo. Por eso, dice a continuación el Señor Jesús: «El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí estará también mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará». Servir a Cristo es llevar a cabo su misión en esta generación. Para eso nos ha elegido y para eso nos da cada día la fuerza del Espíritu Santo. Para nosotros, es totalmente imposible ser otros cristos si el Espíritu Santo no derrama con abundancia sus dones. Sin embargo, esa ayuda nunca nos faltará porque la empresa no es nuestra. La empresa es del mismo Dios que, «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

Alegrémonos, pues, de que el Señor se haya fijado en nosotros. Somos por ello los primeros beneficiarios. Nada hemos hecho para merecerlo, pero el Señor nos mima y nos cuida porque nos ama, pero, sobre todo, porque ama con locura al resto de los hombres.