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DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«A JESÚS LE DIO LÁSTIMA DE ELLOS, PORQUE ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 23, 1-6 * Ef 2, 13-18 * Mc 6, 30-34 

El evangelio de hoy es continuación del de la pasada semana. Los discípulos, a los que el Señor ha enviado a evangelizar, regresan contentos y a la vez admirados porque han sido testigos de la fuerza de la Palabra. Han contemplado cómo la predicación ha sido capaz de cambiar la vida de aquellos que les han escuchado.

El Señor Jesús, que desea escuchar con tranquilidad sus experiencias, les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Suben a la barca, dice el evangelio, y se dirigen a un sitio tranquilo y apartado. Quizá con esto, el Señor nos está mostrando algo que convendría que tuviéramos en cuenta en nuestra vida. Vivimos en una sociedad llena de ruidos. El trabajo llena casi por completo las horas de nuestro día. Es casi imposible descansar porque el vértigo de la vida nos arrastra. Las familias tienen gran dificultad a la hora de reunirse en la casa. Todo esto va en detrimento del matrimonio y de la relación con los hijos. Es, por tanto, interesante encontrar espacios de tranquilidad y sosiego para, a ser posible, apartarse de vez en cuando de la vorágine de la sociedad, y hacer que la relación más estrecha entre los miembros de la familia, haga que los lazos familiares se fortalezcan.

Lo que ocurre en el evangelio de hoy, difiere de lo que el Señor y sus discípulos han planeado. La muchedumbre, dándose cuenta de la dirección que lleva la barca, corre por tierra hasta el lugar y se les adelanta, de tal manera que cuando se disponen a desembarcar, una multitud ingente les está esperando en la orilla.

San Marcos nos cuenta así lo ocurrido: «Al desembarcar, Jesús vio una multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma.»

Con esta frase, el evangelista pone al descubierto el corazón del Señor, que no se ha lamentado ante la imposibilidad de dar un poco de descanso a su cuerpo fatigado. El Señor no se mira a sí mismo. Contempla a la muchedumbre que está ávida de escuchar su palabra. Los mira, los ama, y se dispone a enseñarles con calma.

El Señor nos muestra a nosotros, que somos sus discípulos, cuál ha de ser nuestra actitud frente a los demás. Lo normal es que, a causa del pecado, todos busquemos nuestra propia conveniencia. Sin embargo, el Señor nos llama para que, olvidándonos de nosotros mismos, como lo ha hecho hoy en el evangelio, nos entreguemos por completo a los que nos rodean, haciéndoles llegar la noticia de la salvación. San Pablo dice en la segunda carta a los Corintios que Cristo murió por nosotros para que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.

La mirada del Señor hacia la muchedumbre es entrañable. Su corazón misericordioso los ve como ovejas sin pastor. La oveja necesita al pastor y pone su confianza en él, porque tiene la experiencia de que la llevará hacia pastos jugosos y hacia fuentes tranquilas. Cuando la oveja anda sola, acaba perdiéndose y cayendo en las fauces del lobo. Esa mirada del Señor es la misma que te dirige a ti y a mí, cuando en vez de seguirle nos buscamos la vida apartándonos de sus cuidados. No es una mirada de reproche. El Señor nunca nos reprochará nada porque conoce nuestra debilidad. Conoce el enorme atractivo que tiene lo que nos ofrecen en mundo y el demonio. Conoce que somos incapaces de resistir la tentación porque siempre llega a nosotros como algo capaz de hacernos felices. Por eso, nos mira con amor, con compresión, sin rechazarnos, esperando que los fracasos, las experiencias negativas, nos hagan volver la mirada hacia Él.

 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ANUNCIAD QUE EL REINO DE DIOS HA LLEGADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7, 12-15 * Ef 1, 3-14 * Mc 6, 7-13

El Señor Jesús ha dado comienzo a su misión evangelizadora. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, anunciando la Buena Nueva de la salvación. La tarea que tiene entre manos es ingente. Necesita colaboradores que le ayuden en su misión. Por eso, hoy, pone en manos de sus apóstoles esta tarea. Les encarga que vayan de dos en dos anunciando por todas partes que el Reino de Dios está cerca. Que Dios está llevando a cumplimiento las promesas hechas desde antiguo a su pueblo.

El Señor, además de otorgarles autoridad sobre los espíritus inmundos, les da una serie de recomendaciones: les pide que no lleven otra cosa que un bastón para el camino. Sin pan, sin alforja y sin dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias, pero no una túnica de repuesto. Quizá a nosotros nos extrañen un tanto estas exigencias, ya que estamos acostumbrados a preparar nuestros viajes previendo todo aquello que vamos a necesitar durante el camino. No ha de ser así para los que son llamados a anunciar el Evangelio. Es necesario llevar un bagaje en extremo ligero, para que no impida la marcha y no ponga obstáculos al desarrollo de la misión.

Por otra parte, estar equipados de este modo, hace que los discípulos no posean nada que deban defender. No llevan nada que puedan apetecer aquellos que, amigos de lo ajeno, pudieran tener la intención de asaltarles. De todo lo que llevan, lo único que importa, lo que es verdaderamente valioso, es la noticia que anuncia la salvación, la liberación de pecado y de la muerte. Es algo que el hombre ha necesitado escuchar, desde que por su orgullo eligió vivir separado de Dios.

Es posible que algunos tengáis dificultad para encontrar vuestro lugar dentro de este pasaje del evangelio. Sin embargo, es una palabra muy importante que hoy nos busca a ti y a mí. Contra lo que pudiéramos pensar, no estamos en la Iglesia para alcanzar nuestra salvación personal. La misión de la Iglesia no es lograr que los que están dentro de ella se salven. La salvación es un don que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, de una vez para siempre, a través de su Pascua. La misión de la Iglesia es hacer llegar a cada generación, el conocimiento de esta salvación. Y ahí, es donde entramos tú y yo.

Vemos cómo el Señor envía a sus apóstoles de dos en dos para anunciar el Evangelio. Hoy, somos tú y yo, los que ocupamos el lugar de aquellos primeros discípulos. Somos nosotros los que tenemos la misión de hacer llegar a los que nos rodean, ya sean de nuestra familia, de nuestras amistades, de nuestros vecinos o de aquellos que trabajan con nosotros, la noticia del amor de Dios, que no hace acepción de personas, y que ha dispuesto para todos la salvación por medio de su Hijo Jesús. Es necesario que todos se enteren, estén o no dentro de la Iglesia, de que tenemos un Dios-Padre que nos ama con locura en nuestras debilidades y pecados, y que en su Hijo Jesucristo ha dispuesto la salvación universal para todos los hombres, que estén dispuestos a aceptar libremente esa salvación.

Nosotros hemos de estar agradecidos al Señor porque nos ha elegido para esta misión. No tenemos ningún mérito por nuestra parte. Con toda seguridad hay mucha gente fuera de la Iglesia que es mejor que nosotros, y que haría este trabajo mucho mejor que nosotros. Sin embargo, el Señor se ha fijado en ti y en mí que somos poca cosa, y ha dispuesto que la salvación de los que nos rodean, llegue hasta ellos a través de nuestro testimonio.

Seamos agradecidos y no hagamos oídos sordos a este encargo del Señor. Él, que está vivo y resucitado, estará junto a nosotros siempre dispuesto a ayudarnos. 

 


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA, ENTRE SUS PARIENTES Y EN SU CASA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2, 2-5 * 2Cor 12, 7-10 * Mc 6, 1-6

El comportamiento de los personajes del evangelio de hoy, es la antítesis del que ofrecían los personajes de la semana pasada. Allí encontrábamos, por una parte, a un jefe de la sinagoga, Jairo, que, ante la noticia de la muerte de su hija, su fe no le hace dudar y sigue confiando en el poder del Maestro. El resultado final es que esa fe hace que su hija vuelva a la vida.

Por otra parte, aparece otro personaje cuando el Señor se dirige a la casa de Jairo. Se trata de la hemorroísa que hace años que sufre flujos de sangre. Ella tiene la convicción, la fe, de que tan sólo tocando el manto del Señor encontrará la curación. Y así sucede, y así se lo hace ver el Señor cuando le dice: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

Hoy, san Marcos, nos muestra al Señor Jesús llegando a su pueblo de Nazaret, y acudiendo el sábado a la sinagoga, según su costumbre, para enseñar en ella. La actitud de sus convecinos es diametralmente opuesta a la de los dos personajes de la semana pasada. En vez de dar gloria a Dios y estar agradecidos a las enseñanzas del Señor Jesús, se dedican a cuestionar su persona. «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿No es éste el hijo del carpintero?...»

También nosotros hemos de estar alerta porque tenemos el peligro de adoptar en la vida la misma actitud que los habitantes de Nazaret. Con frecuencia nos dejamos llevar por las apariencias. Es mucho más fácil atender a aquel que nos habla si su presencia y su manera de expresarse es agradable, que escuchar a alguien que no se expresa demasiado bien y que su apariencia exterior es más bien ruda.

Cuando se nos da una noticia o se nos ofrece una información, no es lo más importante la persona que nos la da, sino que lo importante de verdad es el contenido de la noticia o la información.

Los habitantes de Nazaret no saben ver más allá de la apariencia exterior. Tienen los ojos cegados y no saben descubrir en aquel que les habla a un profeta enviado por Dios. El Señor Jesús, extrañado por su falta de fe, no puede en esta ocasión realizar ningún milagro. Dolido por su ceguera y terquedad, exclama: «No desprecian a un profeta más que en su propia tierra, entre sus parientes y en su casa».

En la historia de la salvación, la elección del Señor siempre ha recaído en personas que humanamente valían poco. Así, por ejemplo, Abraham, fue un pastor nómada fracasado por no haber podido tener descendencia. Moisés, caudillo de Israel, era torpe de palabra y necesitaba a su hermano Aarón como portavoz. Y así, otros muchos. ¿Por qué? Porque Dios nunca ha querido que la obra que él realizaba en el pueblo, fuera atribuida a los hombres.

Jesús de Nazaret, lo vemos en la palabra de hoy, no aparece como un Superman. Es el hijo del carpintero. Uno más entre los habitantes de Nazaret. No es su persona física la que atrae a sus discípulos, es su palabra y, todavía más, sus obras las que dan testimonio de él. De esta manera, aquellos que lo ven, siempre tendrán la libertad de rechazarlo.

Lo mismo sucede con la predicación de la Iglesia. El Señor nunca coartará nuestra libertad. Por eso, nosotros, debemos escuchar con un corazón sencillo, sin cuestionar aquello que nos dice el Evangelio, como hicieron los habitantes de Nazaret. Es la fe, no la razón, la que nos salvará. Hemos de escuchar como los niños pequeños, que aceptan a pies juntillas lo que les dice su padre. Es necesario creer que es el mismo Dios el que nos habla través de la Palabra.  


DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1, 13-15; 2, 23-25 * 2Cor 8, 7-9.13-15 * Mac 5, 21-43

El problema más grande que tiene que resolver en su vida el hombre es el de la muerte. Sin embargo, intenta vivir la vida sin afrontarlo porque sabe que no tiene en sus manos la solución. Adopta más o menos la táctica del avestruz. Procura que nada se la haga presente. Por eso, cuando es posible saca de la población los hospitales y también los cementerios, procurando ignorar todo aquello que le recuerda que su estancia en este mundo no es permanente.

La primera lectura de hoy, un fragmento del Libro de la Sabiduría, nos habla, precisamente, del tema de la muerte. La primera afirmación que hace es rotunda. Contra lo que normalmente pudiéramos pensar, afirma: «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes». «Dios, dice, creó al hombre incorruptible, haciéndolo imagen de su misma naturaleza». Nos aclara a continuación cuál ha sido, entonces, el origen de la muerte: «Por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen».

Cuando el hombre, tú y yo, se encuentra ante el hecho de la muerte, comprueba su total impotencia para salir de ella. No está en nuestras manos vencer a la muerte. Sólo puede vencerla Aquel que es la Vida misma. Así nos lo hace ver hoy san Marcos en su evangelio.

Nos cuenta el evangelista que, Jairo, jefe de la sinagoga, se echa a los pies del Señor y le ruega con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». El Señor accede y se va con él, acompañado de mucha gente. De camino, avisan al padre de que su hija ha muerto. La respuesta del Señor es reconfortante: «No temas; basta que tengas fe».

Al llegar a la casa el alboroto es enorme, todos lloran y se lamentan a gritos. El Señor entra con los padres, acompañado de Pedro, Santiago y Juan, en la estancia donde se encuentra la niña. La coge de la mano mientras le dice: «Talitha qumi (que significa: contigo hablo, niña, levántate». Inmediatamente la niña se pone en pie y echa a andar.

Este pasaje es para todos nosotros, para ti y para mí, reconfortante. Todos, lo aceptemos o no, vivimos bajo la esclavitud de la muerte. Como ha dicho el libro de la Sabiduría, el demonio, por envidia y ante la imposibilidad de hacerle daño a Dios, ha conseguido seducirnos aparatándonos de Él haciéndonos saborear la muerte. Lo lamentable es que una vez que la muerte se ha enseñoreado de cada uno de nosotros, nos encontramos imposibilitados para romper los lazos que nos atenazan.

Y aquí viene la buena noticia. ¿Qué es lo que el Señor Jesús dice a Jairo cuando le comunican que su hija ha muerto? «No temas; basta que tengas fe». Fe, ¿en quién? En aquel que ha sido capaz de hacer regresar de la muerte a la hija de Jairo. La misma fe que ha tenido la hemorroísa cuando en el camino ha tocado el borde del manto del Señor, y se ha visto curada de su enfermedad. Es necesario que, como ella, descubramos que aquel que pasa por nuestra vida tiene poder de librarnos de la muerte y del pecado.

Ahora yo te pregunto: ¿Crees tú eso? ¿Crees tú que el Señor Jesús es el enviado del Padre para librarnos de las esclavitudes a las que nos tiene sometidos el pecado? ¿Crees que Él es capaz de vencer en ti ese orgullo que exige que todo gire a tu alrededor, creyéndote el centro del universo? o ¿ese egoísmo que te impide acercarte al otro para echarle una mano?  o quizá ¿esa sexualidad desenfrenada que hace que los demás se conviertan para ti en meros objetos de placer? Si es así, alégrate, porque el Padre, que te ama, lo ha enviado a tu vida como Salvador. Llámalo, invócalo, dile, como Jairo, que también tú estás en las últimas. Si lo haces así, escucharás de sus labios aquella palabra: «Levántate».


NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA

«Y A TI NIÑO, TE LLAMARÁN PROFETA DEL ALTÍSIMO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 1-6 * Hch 13, 22-26 * Lc 1, 57-66.80

Las lecturas de este domingo XII del tiempo ordinario, se sustituyen por las que corresponden a la solemnidad del Nacimiento de Juan el Bautista, que es lo que celebramos en este día 24 de junio.

La liturgia de la Iglesia, a diferencia de lo que ocurre con el resto de los santos, sólo celebra tres nacimientos: el del señor Jesús en Navidad, el de la Virgen María, y hoy el de Juan el Bautista. Los tres al nacer estaban libres del pecado. Los dos primeros desde su concepción, el tercero desde el momento en que María visita a su pariente Isabel, y el niño, detectando la presencia del Señor Jesús en el vientre de María, salta de alegría en el seno de su madre de Isabel.

La figura de Juan el Bautista es una figura primordial en la historia de salvación. El Señor Dios lo elige para que prepare el camino al Señor Jesús, de manera que éste, a su venida, encuentre un pueblo bien dispuesto. Isaías lo anuncia en la lectura de hoy diciendo: «Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas, y pronunció mi nombre». Zacarías, padre de Juan, al imponerle el nombre como se lo había ordenado el ángel, pone de manifiesto la misión para la que el Señor lo ha elegido diciendo: «A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos».

Es importante para nosotros la figura de Juan, porque a su vez pone de manifiesto la misión para la que nos ha elegido el Señor. También a nosotros, discípulos del Señor Jesús, Dios Padre nos llamó desde el seno de nuestra madre. Por un rasgo de su gran amor nos dio la vida y puso en nuestras manos una misión primordial: hacer presente su amor y su salvación a todos aquellos que nos rodean. Juan lo hizo en su día, señalando a Jesús y mostrándolo a aquellas gentes como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.

Hoy somos nosotros los que, como Juan, estamos llamados a mostrar a los hombres la figura de aquel que es el único que puede dar sentido a su existencia, proporcionándoles, con las limitaciones propias de la condición humana, una vida feliz.

Tu y yo lo sabemos. Por un don gratuito de Dios, hemos conocido su amor, somos testigos de su presencia en este mundo y sabemos que el Señor Jesús está vivo y resucitado en medio de esta generación. Sin embargo, esta figura no se hace presente de una manera física como lo hizo en aquel tiempo. La única manera que existe para que las gentes lleguen a experimentar la presencia del Señor en este mundo, es a través de las obras. Y aquí es donde entra nuestra misión.

Si tú y yo, débiles y pecadores, incapaces de hacer el bien por nuestro propio esfuerzo, somos capaces de hacer las mismas obras que hizo el Señor Jesús en su tiempo, haremos presente su figura y su salvación en medio de los que nos rodean. ¿Qué obras son esas, podemos preguntarnos? La obra principal del Señor es la misericordia y el perdón sin condiciones hacia aquellos que se equivocan. Para nosotros, tarados por el pecado de origen, es imposible perdonar cuando nos hacen daño injustamente. Perdonar en ese caso, supone renunciar a nuestra propia razón, a nuestros derechos. Nos es imposible amar a aquellos que conscientemente se acercan a nosotros para hacernos daño. Por eso, si llegado el caso perdonamos de corazón, quedará de manifiesto ante los demás, que no ha sido por nuestra bondad o nuestro esfuerzo, sino por obra de Aquel que es el único capaz de perdonar sin pedir explicaciones.

Obrar así, es preparar, como Juan, el camino del Señor. Los que nos rodean llegarán a conocerlo al comprobar las obras que realiza a través de nosotros, injustos y pecadores.


DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN GRANO DE MOSTAZA...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17, 22-24 * 2Cor 5, 6-10 * Mc 4, 26-34

El Señor Jesús se ha encarnado, se ha hecho hombre, para salvarnos de la muerte y del pecado, instaurando en este mundo el Reino de Dios. Lo que el hombre, tú y yo, había destruido por el pecado cambiando el edén creado por Dios, en un valle de lágrimas, viene a restaurarlo haciendo de nuevo presente en el mundo el Reino de Dios. No es de extrañar, por eso, que muchas de las parábolas que emplea en su predicación, hagan referencia a ese Reino, que es desconocido para los que le escuchan.

El evangelio nos trae hoy dos de esas parábolas. La de la semilla que el labrador siembra en la tierra y la del grano de mostaza. Para que se comprendan mejor esas parábolas, es necesario hacer una aclaración sobre lo que es hoy para nosotros el Reino de Dios. El Reino de Dios no es un ente abstracto. No es algo difícil de contemplar. El Reino de Dios que el Señor Jesús ha instaurado en este mundo, no es otro que la Iglesia. La Iglesia es, pues, el Reino de Dios presente en este mundo.

En la primera parábola vemos al sembrador que arroja la semilla sobre la tierra. Dice el Señor que, aunque el labrador duerma de noche o se levante por la mañana, «la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo». Lo mismo sucede en la Iglesia. La semilla, la Palabra de Dios, que la Iglesia siembra a través de la predicación, tiene, como el grano de trigo, un potencial interior enorme que la hace crecer en aquel que la recibe, hasta llegar a dar fruto abundante. Este potencial de la semilla es totalmente independiente de la mano de aquel que la siembra. No importa ni quién ni cómo proclame la Palabra. Ella lleva en sí misma la fuerza para que el que la reciba pueda dar abundante fruto.

Sin embargo, este proceso no sucede de manera automática. Del mismo modo que la semilla necesita que una tierra fértil la acoja, así también la Palabra. De ahí la importancia que tiene para nosotros escuchar la Palabra abriendo nuestro corazón, para que encuentre en él, como la semilla, una tierra ávida dispuesta a acogerla. De no ser así, todo se quedará en palabras que el viento se lleva.

La otra parábola, la del grano de mostaza, no sólo encontró cumplimiento en tiempos de Jesús, sino que se ha venido cumpliendo a través de toda la historia, en la vida de la Iglesia. El grano de mostaza, dice el Señor, es la semilla más pequeña, pero una vez sembrada crece y se desarrolla hasta convertirse en una planta frondosa, donde los pájaros encuentran sitio para colocar sus nidos. Lo mismo ha sucedido siempre en toda la historia de la salvación, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Dios, como dice san Pablo, ha elegido siempre a lo necio a lo pequeño del mundo, para confundir a los sabios.

Significa esto que todas las empresas divinas como, órdenes religiosas, congregaciones, manifestaciones sobrenaturales, apariciones, etc., han tenido su origen en personas humildes e insignificantes, a las que, con frecuencia, se ha perseguido, para posteriormente crecer como la semilla de mostaza, hasta dar grandes frutos. Dios ha sido muy celoso de su gloria, dejando claro que cada una de estas obras, eran realizadas por su voluntad y poder.

El ejemplo más destacado de lo que estamos diciendo lo tenemos en el origen de la propia Iglesia. El Señor Jesús, a la hora de fundarla, a quién eligió. Eligió a unos humildes pescadores incultos, a un cobrador de impuestos, pecador y rechazado por el pueblo por su ofició, etc. Con este material inició su andadura la Iglesia. Fue la fuerza del Espíritu Santo la que hizo que, como la semilla o como el grano de mostaza, creciera convirtiéndose en un árbol frondoso cuyas ramas cubren la superficie de la tierra, quedando patente, que la obra es totalmente de Dios.  


DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO X DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN CUMPLE LA VOLUNTAD DE DIOS, ES MI HERMANO, MI HERMANA Y MI MADRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 3, 9-15 * 2Cor 4, 13—5, 1 * Mc 3, 20-35   

Después de la Cuaresma y del Tiempo Pascual, la liturgia retoma los llamados domingos del tiempo ordinario. Queremos hacer una aclaración respecto a estos domingos que ocupan la mayor parte del año. El hecho de que se les denomine del tiempo ordinario, no significa que sean menos importantes que los del resto del año. Estos domingos hacen presente lo que es el día a día en la vida del cristiano. El Adviento, la Navidad, la Cuaresma o la Pascua, sin embargo, son tiempos extraordinarios que no reflejan lo que debe ser la vida corriente del cristiano.

Hoy, retomamos los evangelios del Tiempo Ordinario a partir del domingo décimo de este tiempo. Como estamos en el ciclo litúrgico B, las lecturas se toman del evangelio según san Marcos.

En la primera lectura de la Eucaristía de hoy, tomada del génesis, vemos por una parte que, Adán y Eva, haciendo caso omiso a las indicaciones del Señor, deciden por su cuenta comer del fruto del árbol prohibido. El resultado es catastrófico. La vida tranquila y feliz que llevaban en el paraíso, se convierte por el pecado en algo insoportable. Separados voluntariamente de Dios, experimentan el miedo, el sufrimiento y la muerte. Sus vidas pierden por completo la razón de ser. Creados para la felicidad y la vida, se encuentran con el sufrimiento y la muerte.

Dios, sin embargo, que les continúa amando con locura, les hace el anuncio de un Salvador, que será el Hijo de la Mujer, y que aplastará por completo la cabeza del maligno, encarnado en la serpiente.

Adán y Eva no están muy lejos de nuestras vidas. Somos tú y yo, que convencidos de nuestra sabiduría y queriendo hacer uso de nuestra libertad, elegimos libremente vivir de espaldas a Dios. Nos sucede lo mismo que a Adán y Eva. Por haber rechazado al que es la Vida, nos hundimos irremediablemente en la muerte.

Esto mismo les sucede a los letrados del evangelio. Muy convencidos de su sabiduría y de su valer, su mala voluntad les hace cerrar los ojos ante los signos que realiza el Señor Jesús. Son incapaces de reconocer en Él al enviado de Dios para salvarles. Ese empecinamiento y esa tozudez les impide alcanzar la salvación, hasta el extremo de afirmar que las obras del Señor, son fruto de la acción del mismísimo Satanás. Con su actitud rechazan la posibilidad de alcanzar el perdón de Dios. Para ser sujetos del perdón de Dios, es necesario reconocer el pecado y para ellos eso es imposible. Por eso el Señor dirá que ese pecado no tendrá perdón jamás.

En el fondo este pasaje nos da la certeza a ti y a mí, de que con toda seguridad alcanzaremos el perdón de nuestros pecados, sean cuales fueren, con tal de re conocerlos. Con tal de, con humildad, pedir al Señor perdón de ellos, teniendo la certeza de que la misericordia de Dios llena la tierra y que nuestras faltas, por grandes que fueren, siempre será una nimiedad, comparadas con la infinita misericordia del Señor.

La parte final del evangelio nos muestra a los familiares del Señor Jesús que, convencidos de que no está en sus cabales, y, sin duda, forzando a María su madre a acompañarles, pretenden que abandone su misión y vuelva a Nazaret.

Cuando los que acompañan al Señor le dicen: «Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan», Él, se limita a decir «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?» Y señalando a los que le rodean añade: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».

Alegrémonos, por tanto, de las palabras del Señor, si, como sus discípulos, estamos dispuestos con su ayuda a cumplir la voluntad de Dios.


SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

«TOMAD, ESTO ES MI CUERPO...ESTA ES MI SANGRE, SANGRE DE LA ALIANZA, DERRAMADA POR TODOS» 

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 24, 3-8 * Heb 9, 11-15 * Mc 14, 12-16.22-26

En la Última Cena dice san Juan en su evangelio que el Señor Jesús, «habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Sin duda, el apóstol hace referencia con esta frase a la entrega total del Señor Jesús hacia ti y hacia mí, para librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Habla así, inmediatamente antes del lavatorio de los pies y de la cena pascual, en donde con un signo concluirá la Alianza Nueva que sellará con su sangre, poco después entregando su vida en la cruz. Con este signo nos hará patente hasta dónde llega la inmensidad de su amor.

El Señor sabe que no puede prolongar por más tiempo su estancia en este mundo. Sabe que ha llegado la hora de llevar a cumplimiento la voluntad del Padre, pero al mismo tiempo su deseo es quedarse con los suyos para siempre. Por eso en mitad de la cena pascual, coge un pan, y después de dar gracias lo reparte entre sus discípulos diciendo: «Tomad y comed. Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Del mismo modo, después de cenar, tomando la copa con el vino les dice: «Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que bebáis, en memoria mía».

¿Qué pretende el Señor al obrar así? Por una parte, ya lo hemos dicho, marcharse, pero a la vez quedarse. Por otra, convertir su carne y sangre en alimento para ser fortaleza de aquellos que como tú y como yo, somos muy débiles ante las tentaciones del demonio. Si no, ¿cómo íbamos a ser capaces de llevar a buen término la obra de salvación que él ha dejado en nuestras manos? Ciertamente, con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él, obtuvo la salvación para toda la humanidad; para los que vivieron antes que él, los de su época y los que, como nosotros, hemos llegado después. Esa salvación, sin embargo, debe actualizarse en cada generación, y en la nuestra, somos nosotros los elegidos para darla a conocer a quienes nos rodean.

Estamos, pues, como dice san Pablo, llamados a ser otros cristos en esta generación. Tú y yo, sin embargo, viendo nuestra realidad y nuestra debilidad, mirando nuestra pobreza, somos conscientes de que la misión desborda con mucho nuestras posibilidades. Eso, el Señor ya lo sabía, por eso decidió quedarse entre nosotros, no sólo para estar junto a nosotros, sino, para que, su carne y su sangre, se convirtieran en nuestro alimento, a fin de transformarnos poco a poco en su misma persona, de manera que los demás al vernos, descubrieran en nosotros al mismo Señor Jesús.

Cada vez que en altar se hace presente el sacrificio de Cristo, somos testigos de un milagro que es, con mucho, infinitamente más grande que la propia creación de universo. Que un trozo de pan y un poco de vino se transformen en el Cuerpo y la Sangre del mismo Dios, es algo que difícilmente podemos llegar a asimilar. El pan y el vino sobre el altar, sin cambiar de apariencia, se convierten por las palabras del sacerdote en el Cuerpo y en la Sangre del Hijo de Dios.

El Señor Jesús, para llevar acabo su deseo de permanecer para siempre a nuestro lado, podría haber elegido un material más noble y menos corruptible que el pan y el vino. Sin embargo, no quiso hacerlo así. Quiso quedarse en el pan y el vino, para que nos sirviera de alimento, de viático, en nuestra peregrinación hacia la vida eterna, hacia la Casa del Padre. Alimento capaz de fortalecer nuestra debilidad. Alimento que posee en sí mismo la fuerza de transformarnos en otros cristos.

Que el Señor nos conceda capacidad de asombro, ante una demostración de amor que no tiene en el mundo parangón.