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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -C-

«POR TI Y POR MÍ TOMÓ CONDICIÓN DE ESCLAVO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Lc 22, 14—23, 56

Damos comienzo con este domingo a la Semana Mayor, a la Semana Santa. En ella tendremos ocasión de revivir junto al Señor Jesús su Pasión y Muerte. Van a ser acontecimientos que pondrán de manifiesto ante nuestros ojos la magnitud inconmensurable del Amor de Dios por ti y por mí, que no hemos hecho ningún mérito para ser objeto de ese amor, sino todo lo contrario. Vivir estos acontecimientos nos llevará a celebrar con inmenso gozo la victoria del Señor sobre la muerte, que será a la vez su victoria sobre tu muerte y mi muerte.

Los fragmentos de la Escritura que en este domingo la Iglesia pone ante nuestros ojos, nos han de ayudar a identificarnos con la persona del Señor Jesús, que se enfrenta a la culminación de la misión que el Padre le ha encomendado. El profeta Isaías, que escribe más de doscientos años antes de Jesucristo, nos muestra la docilidad del Señor, dispuesto a cargar sin rebelarse, sin una sola protesta, con los golpes, los insultos y los salivazos, que tú y yo merecíamos por nuestros pecados. Si puede hacerlo, es porque ha tenido abierto el oído a la voluntad de Dios, y ha tenido la certeza de que el Señor le ayudará para no quedar confundido. También tú y yo necesitamos que el Señor nos abra cada mañana el oído ante los acontecimientos que nos presente la vida, a fin de estar dispuestos a cumplir su voluntad.

San Pablo en su carta a los filipenses nos muestra al Señor Jesús que, renunciando a su categoría de Dios, se rebaja hasta tomar la condición de esclavo. Quiere asumir por completo nuestra condición de criaturas para que, haciéndose uno más de nosotros, vivir en su persona todo aquello que conlleva la naturaleza humana: hambre, sed, cansancio y sufrimientos de todo tipo. Quiere identificarse en todo con nosotros, excepto en el pecado. Por eso Dios, viendo su anonadamiento, lo eleva, por encima de toda criatura y le concede el «Nombre sobre todo nombre». De esta manera muestra el camino para que el Señor se complazca en nosotros, que no es otro que el de la humildad. Somos gratos al Señor cuando, reconociendo nuestra pequeñez y nuestra impotencia, recurrimos a Él. Así lo dice la Escritura: «El Señor se complace en el humilde y mira desde lejos al soberbio».

Finalmente, el evangelio de hoy narra con detalle toda la Pasión del Señor. La Iglesia quiere así que contemplemos todo lo que el Señor tuvo que sufrir, para limpiar nuestros pecados y con su muerte derrotar al señor de la muerte, al maligno. Veremos al Señor en la tremenda lucha que comporta asumir su Pasión. Lo veremos abandonado por los suyos, vilipendiado por la muchedumbre, con el cuerpo destrozado por los azotes, con su cabeza coronada de espinas y exangüe colgando de la cruz. Todo lo sufrió por amor a ti y a mí, que cada día le pagamos con nuestras ingratitudes.

La Iglesia nos invita a no ser meros espectadores de esta epopeya, sino a vivirla de una manera existencial, porque somos los beneficiarios de la obra salvadora del Señor. Si sufrió, murió y resucitó, lo hizo por ti y por mí. Por tanto, acompañémosle en su Pasión, para poder así participar también en el triunfo de su Resurrección.


DOMINGO V DE CUARESMA -C-

DOMINGO V DE CUARESMA -C-

«EL QUE ESTÉ SIN PECADO, QUE LE TIRE LA PRIMERA PIEDRA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 43, 16-21 * Flp 3, 8-14 * Jn 8, 1-11  

Si en el evangelio del domingo pasado veíamos el icono de la misericordia en la figura de Dios-Padre, esperando ansioso el regreso del hijo y recibiéndolo sin ningún reproche, todo lo contrario, festejando a lo grande tenerlo de nuevo con él, en el evangelio de hoy, podemos contemplar a la misma misericordia encarnada en el Señor Jesús.

Estos evangelios son un verdadero bálsamo para todos aquellos que, como el que escribe, vivimos abrumados al contemplar nuestra realidad de pecado, y a la vez la imposibilidad que tenemos de responder con fidelidad al amor de nuestro Dios. Entendemos perfectamente, porque lo sufrimos igual que él a san Pablo, cuando exclama: «Mi proceder, no lo comprendo…» Queremos hacer el bien, pero estropeamos todo lo que tocamos.

Lo cierto es que tener un Dios así es un verdadero regalo. Su amor por ti y por mí, es la garantía que tenemos de nuestra felicidad ahora, y mucho más de la que nos espera en la otra vida. Nunca agradeceremos bastante tener la certeza de que nuestro Dios no es un Dios inquisidor, que toma en cuenta todos nuestros pecados, como los judíos que presentan al Señor Jesús a la mujer sorprendida en adulterio.

Los judíos hoy, esgrimen ante el Señor la ley para castigar a la adúltera, sin ser conscientes de que esa misma ley sería la que les condenaría a ellos por todos sus pecados. Por eso, el Señor, sin acusarles, con una gran delicadeza, les abre los ojos al decirles: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».

Es muy posible que, si nosotros tuviéramos presentes nuestros fallos, nuestras infidelidades y pecados a la hora de juzgar al hermano, cerraríamos la boca. Si Dios actuara con nosotros como nosotros actuamos con los demás, no habría para nosotros salvación posible. Recordemos las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: «Tratad a los demás como queréis que ellos os traten».

Finalmente, es enternecedor el diálogo del Señor con la pecadora: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado? … Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».

Apliquemos a nuestras vidas estas palabras del Señor. El único que podría condenarnos nos dice: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más». No peques más, porque no está la felicidad en lo que el mundo y el maligno te ofrecen. No peques más, porque el pecado tiene como fruto el sufrimiento, la infelicidad y la muerte.


DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

DOMINGO IV DE CUARESMA -C-

«PADRE, HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jos 5, 9a.10-12 * 2Cor 5, 17-21 * Lc 15, 1-3.11-32

La liturgia de este domingo nos brinda uno de los pasajes más hermosos y reconfortantes de los evangelios que, junto a las enseñanzas que nos ofrece, pone al descubierto el auténtico corazón de Dios-Padre. Se trata de la Parábola del Hijo Pródigo. Un título que se le ha dado desde siempre, pero que debería ser sustituido por otro mucho más adecuado. A esta parábola deberíamos llamarla la Parábola del Padre del Hijo Pródigo. Sólo el Señor Jesús, Dios como el Padre, podía desvelarnos, podía darnos a conocer, los secretos que encierra el corazón de nuestro Padre-Dios.

El Señor Jesús hace referencia en esta parábola a una situación que puede darse con frecuencia en nuestra sociedad. Vemos a un padre de familia rico y con dos hijos, al que, en un momento dado, el hijo menor pide la parte de la herencia que le corresponde. El padre, sin poner ninguna objeción, cumple con el deseo expresado por el hijo y le entrega su parte de herencia.

El hijo, juntando todo lo suyo, emigra a un lejano país y allí dilapida toda su fortuna. Pobre y sin amigos, recurre para poder comer a un habitante del lugar, que lo envía al campo encargándole cuidar de sus cerdos. Viene entonces a su mente la casa del padre, en donde hasta el último sirviente tiene comida en abundancia. Decide por eso volver, y pedir a su padre que lo considere como a uno de sus criados.

El padre, que cada día desde la terraza de la casa atisba el camino para ver si el hijo regresa, viéndolo a lo lejos, corre hacia él, y se le echa al cuello llenándolo de besos, sin pedirle explicación alguna.

Hay varios aspectos de esta parábola que merecen destacarse. En primer lugar, el comportamiento exquisito del padre que, a pesar de conocer los peligros a los que va a exponerse el hijo, respeta su libertad hasta el extremo. También Dios-Padre a ti y a mí, nos hizo el regalo de la libertad, aún sabiendo que íbamos a usar mal de ella.

Otro aspecto a tener en cuenta es que, a diferencia de lo que nosotros solemos hacer, Dios-Padre ni pide ni exige explicaciones, cuando, reconociendo nuestro error, volvemos el rostro hacia él. Siempre espera pacientemente nuestro regreso.

El Dios que nos da a conocer el Señor Jesús en esta parábola, no es el Dios de la exigencia y del temor, es el Dios todo amor y misericordia. Un Dios que ni castiga ni condena. Un Dios que, utilizando el lenguaje humano, sufre al vernos sufrir, porque, como padre nuestro que es, está al corriente del daño que producen en nosotros nuestros desvaríos y pecados.

No tengamos ningún miedo en regresar a la casa del Padre. Es el único lugar en donde encontraremos comprensión y amor, sin que se nos exija nada a cambio. Dios-Padre nos conoce mucho mejor de lo que nosotros nos conocemos. Él nunca se escandaliza de nuestra pobreza y de nuestros pecados. Formó nuestro corazón y conoce sus defectos y malas inclinaciones. Si volvemos el rostro hacia Él reconociendo nuestros pecados, sólo encontraremos cariño, compresión y amor, sin ninguna exigencia.

Finalmente, evitemos comportarnos como el hijo mayor, que no sabe disfrutar de todos los bienes de la casa de su padre, y juzga sin misericordia a su hermano.


DOMINGO III DE CUARESMA -C-

DOMINGO III DE CUARESMA -C-

«SI NO OS CONVERTÍS, TODOS PERECERÉIS DEL MISMO MODO»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 3, 1-8ª.13-15 * 1Cor 10, 1-6.10-12 * Lc 13, 1-9

Si siempre hemos de estar atentos a lo que el Señor nos dice en el evangelio, en este domingo lo hemos de estar de un modo especial. El Señor, que nos ama y quiere para nosotros una vida mejor, nos habla con palabras muy serias, llamándonos a conversión, porque con frecuencia vemos el pecado de los demás y sus consecuencias, pero no advertimos que también nosotros somos pecadores.

Para evitar caer en el juicio respecto al comportamiento de los demás, en otro tiempo, se nos ponía un ejemplo muy ilustrativo. Se decía que cada uno de nosotros lleva en una alforja a la espalda sus pecados, de modo que nos es difícil verlos. Sin embargo, nos es fácil ver y juzgar los pecados de las alforjas de los demás.

 Esto les sucede a los que en este evangelio van a contar al Señor lo ocurrido con los galileos ajusticiados por Pilato. El Señor Jesús los llama a conversión seriamente. Les dice: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis lo mismo».

Que el Señor nos hable así, ha de ponernos en guardia. Estamos viviendo la Cuaresma. Un tiempo especial de gracia en el que la Iglesia nos da las armas necesarias para que nos convirtamos, para que reconozcamos que nuestro comportamiento en la familia, en el trabajo o en nuestro foro interno, no es precisamente el de un discípulo del Señor. Somos egoístas, ambiciosos, lujuriosos, avaros, etc., nos creemos mejores que los demás y por ello nos tomamos la libertad de juzgar su comportamiento.

Es cierto que tener delante, no a la espalda, nuestras miserias y pecados, no ha de ser motivo de desilusión, pues eso es, precisamente, adonde quiere llevarnos el demonio, haciéndonos dudar del amor de Dios. Por el contrario, reconocer nuestras miserias, limitaciones, pecados y nuestra impotencia para obrar el bien, ha de llevarnos a volver nuestro rostro al Señor, eso es convertirse, pidiéndole que aquello que para nosotros es imposible, lo lleve Él a término por su gracia.

Nuestra vida de fe puede verse reflejada en la parábola de la higuera plantada en la viña, que el Señor cita en este evangelio. El propietario, figura de Dios-Padre, ha buscado en ella fruto durante tres años consecutivos sin encontrarlo. Cansado, dice al viñador: «Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala». El viñador, responde: «Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas».

Esta higuera es figura de tu vida y de mi vida. A pesar de los muchos dones y de los cuidados que hemos recibido de parte del Señor, nuestra naturaleza, dañada por el pecado, es estéril en buenas obras. Nos ocurre lo que dice san Pablo, «querer el bien lo tenemos a nuestro alcance, pero no el realizarlo». Sin embargo, no debemos desmayar. Tenemos junto a nosotros al Viñador, al Señor Jesús, que intercede continuamente por nosotros ante el Padre. Él, que conoce nuestra debilidad, nos da alimento a través de su Palabra y de los sacramentos, para que nuestra débil fe crezca y se fortalezca, a fin de que en nuestra vida podamos dar abundantes frutos de vida eterna.  


DOMINGO II DE CUARESMA -C-

DOMINGO II DE CUARESMA -C-

«ESTE ES MI HIJO, EL ESCOGIDO, ESCUCHADLE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 5-12.17-18 * Flp 3,17—4,1 * Lc 9, 28b-36

El evangelio de este segundo domingo de Cuaresma nos ha de llenar de gozo, por cuanto nos hace presente cuál es el destino que ha reservado para cada uno de nosotros nuestro Padre Dios.

Con frecuencia, las preocupaciones y los problemas a resolver que se nos presentan cada día, nos hacen vivir excesivamente centrados en las cosas de este mundo, relegando a un segundo término la razón última de nuestra existencia. Vivimos como si nuestra estancia en esta tierra fuera definitiva, olvidando que hemos sido creados para una vida eterna y feliz en el cielo, que es nuestra verdadera patria.

Hoy, el Señor Jesús en el evangelio, desea mostrar a sus discípulos, a Pedro, a Santiago y Juan, lo que se esconde debajo de su naturaleza humana. Es conveniente hacerlo porque se acercan acontecimientos que pueden hacer tambalear la fe de estos discípulos en su persona. Por eso, se los lleva a un monte alto y a su vista se transforma radicalmente. San Lucas nos dice que su rostro cambia y que sus vestidos brillan de blancos. Aparecen junto a Él Moisés y Elías, que hablan de la muerte que va a consumar en Jerusalén. Pedro, sin saber demasiado bien lo que dice, exclama: «Maestro, qué hermoso es estar aquí».

Dice el evangelio que, aún está hablando, cuando una nube los envuelve y que, asustados, escuchan una voz que dice: «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle». Momentos después, todo vuelve a la normalidad y se encuentran los cuatro solos en la cumbre del monte.

Hemos dicho al principio que este acontecimiento de la Transfiguración del Señor, ha de ser para nosotros motivo de gozo, porque de la misma manera que los discípulos ven transfigurada la figura del Maestro, así también, esta carne mortal que forma nuestro cuerpo, se verá transfigurada en la vida eterna y definitiva para la que hemos sido creados. Ahora, aunque somos ciudadanos del cielo, vivimos lejos de nuestra patria celestial. Somos extranjeros en este mundo en el que sólo estamos de paso.

Hemos de alegrarnos también porque las palabras del Padre, «Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle», iban dirigidas en aquel momento al Señor Jesús, pero hoy, el Padre las ha repetido dirigiéndose a nosotros que somos sus hijos, y que tenemos la misión de que, como otros cristos, continuemos la obra evangelizadora que inició el Señor Jesús. Hoy ha sido a ti y a mí, a los que el Padre ha llamado hijos suyos escogidos. Desde luego, no ha mirado nuestros merecimientos que son nulos, sino que ha sido por los méritos del Señor Jesús, que ha recuperado para nosotros en la Cruz la filiación divina.

¿Qué más podemos pedir? Tú y yo, pecadores empedernidos, pero lavados con la Sangre del Cordero, escuchamos de la boca del Padre esas palabras en las que él muestra su complacencia hacia nosotros. Sólo podemos responder pidiendo el auxilio del Espíritu Santo, para que nos conceda ser dóciles a la voluntad del Padre, estando dispuestos a llevar adelante la misión que él ha dejado en nuestras manos.


DOMINGO I DE CUARESMA -C-

DOMINGO I DE CUARESMA -C-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 26, 4-10 * Rm 10, 8-13 * Lc 4, 1-13 

Nos encontramos en el primer domingo de Cuaresma. Un tiempo fuerte que nos prepara y encamina hacia la celebración del acontecimiento primordial de nuestra fe: la Pascua del Señor Jesús. Serán cuarenta días intensos en los que la Iglesia, a través de la liturgia, nos hará presente el misterio de nuestra salvación, reviviendo la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, llevadas a cabo en la persona del Señor Jesús, a fin de reconciliarnos con el Padre.

En este primer domingo san Lucas nos presenta al Señor Jesús tentado por el diablo. Antes de seguir quisiéramos aclarar algunas dudas que pueden asaltarnos al pensar en el Señor. Hay muchas personas que, de buena fe, tienen idealizada la figura del Señor. Al observar la manera de comportarse suelen utilizarla expresión, “como él era Dios…”, queriendo significar que sus obras son algo inalcanzable para nosotros. Esta forma de pensar es errónea. El Señor era un hombre total, con toda la problemática que es inherente a la condición humana. Tuvo las mismas necesidades que tenemos tú y yo: hambre, sed, cansancio… Pudo sufrir, así mismo, problemas de salud y, sin duda, sintió una sana atracción normal hacia las jóvenes con las que se relacionaba. En todo era y sentía como tú y como yo. Sólo en un aspecto fue diferente, en su vida no tuvo cabida el pecado. Hoy, asemejándose a ti y a mí, es tentado por el diablo. Era necesario que pasara por esta circunstancia, para ser en todo igual a nosotros.

Las tres tentaciones a las que lo somete el diablo, tienen que ver con tres situaciones por las que pasamos todos. En primer lugar y, aprovechándose de su debilidad porque ha estado ayunando 40 días, el maligno, le presenta la tentación del pan. «Si eres Hijo de Dios, di que esta piedra se convierta en pan». Para nosotros esta tentación sería dar prioridad a asegurarnos el pan material. Asegurarnos la vida. Jesús, tiene una visión distinta: «No sólo de pan vive el hombre». Dicho de otra manera, hay cosas en la vida, que, aunque parezca mentira, son más importantes que el pan. La abundancia de pan o de bienes materiales, no nos asegura la verdadera felicidad.

En la segunda tentación el maligno invita al Señor a no aceptar su realidad. Eres un trabajador manual en un pueblo perdido de Galilea. ¿Quién va a hacerte caso? Haz un prodigio para que todos lo vean y crean en ti. Jesús rechaza la tentación: No puedo obligar a Dios a hacer un milagro. También a ti y a mí nos tienta el diablo en este sentido. Todos cambiaríamos en algo nuestra historia, nuestra vida, nuestra familia, nuestro trabajo…. Hasta en lo personal no estamos del todo de acuerdo. Cuando te miras al espejo, siempre hay algo que corregirías de tu físico. No estás de acuerdo con lo que el Señor te ha dado. Piensas, seguramente, que tú lo hubieras hecho mejor.

Finalmente, el atrevimiento del maligno no tiene medida. Se trata de la tentación de los ídolos: «Todo esto te daré, porque a mí me ha sido dado, si te postras y me adoras». Le invita a quitar a Dios de su corazón, y a pedir la vida a los ídolos del mundo: riquezas, poder, sexo… ¿Te suena esta tentación? Tú dirás que nunca te has arrodillado delante del diablo, piensa, sin embargo, que es cierto que cada día, aún inconscientemente, pides la vida al dinero, al poder, a los afectos, al sexo… Para ti y para mí, aunque no nos atrevamos a confesarlo, el Señor no ocupa el primer lugar en nuestra vida. Es a los ídolos del mundo a los que pedimos la felicidad. Que estas respuestas del Señor nos ayuden a hacer frente a las tentaciones del maligno.


DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«CADA ÁRBOL SE CONOCE POR SU FRUTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 4-7 * 1Cor 15, 54-58 * Lc 6, 39-45

El evangelio de hoy pertenece, como el de las semanas anteriores, al Sermón del Llano de san Lucas.

El Señor Jesús, mediante este discurso nos está mostrando una nueva forma de vivir, diametralmente opuesta a lo que cada día nos muestra el mundo. Por ejemplo, el mundo considera que perdonar, disculpar, etc., son muestras de debilidad. Para él lo importante es hacer justicia caiga quien caiga. Según el mundo, el que obra mal ha de cargar con su culpa. Lo correcto, por ejemplo, es que un padre, ante el abuso perpetrado a su hija, exija que el culpable vaya a la cárcel. Según el mundo, perdonar, impide que al culpable se le aplique la corrección que merece.

Nuestro espíritu, más que un espíritu justo, es un espíritu justiciero totalmente contrario a lo que hoy nos dice el Señor: «¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?». Somos muy dados a juzgar al otro pasando por alto nuestros propios defectos y pecados. Si el Señor actuara así con nosotros no tendríamos salvación posible. Por eso, a ti y a mí, que nos llamamos discípulos del Señor, nos conviene tener siempre presente nuestras debilidades y miserias, en primer lugar, para pedir perdón al Señor por ellas, y, en segundo lugar, para que viendo nuestra realidad, que no es mejor que la del otro, podamos evitar caer en el pecado del juicio.

Antes de juzgar y condenar, vale la pena echar una mirada al Señor Jesús en la Cruz. ¿Tienes en cuenta que no sólo está clavado por tus pecados y los míos, sino que lo está también por los pecados de aquel que te ha ofendido, te ha menospreciado o te ha infligido un daño físico? La salvación también alcanza a aquel que ha obrado así. No tienes ningún derecho a erigirte en su juez. El Señor, que te ha perdonado, también lo ha perdonado a Él.

Más adelante el Señor dice: «No hay árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano». Nosotros, por el pecado de origen, deberíamos ser todos árboles dañados, pero, por la misericordia de Dios, a través de nuestro Bautismo, hemos sido injertados en el árbol de la Cruz que no puede dar frutos malos. Sin embargo, no debemos caer en la tentación de pensar que damos frutos buenos porque somos mejores que los demás. El único mérito que tenemos tú y yo es que, bajo la acción del Espíritu Santo, no nos hemos resistido a la gracia y hemos dejado al Señor obrar en nuestras vidas.

 Una forma que tenemos para agradecer tantos dones, es hacer lo que dice el Señor al final del evangelio: «De lo que rebosa el corazón, habla la boca». Seamos, pues, testigos delante de los demás de las obras que el Señor realiza en nosotros, porque si actúa así, lo hace para que demos a conocer a los demás su amor y su misericordia. Eso es evangelizar.


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«TRATAD A LOS DEMÁS COMO QUERÉIS QUE ELLOS OS TRATEN»

 

CITAS BÍBLICAS: 1S 26, 2.7-9-13.22-23 * 1Cor 15, 45-49 * Lc 6, 27-38

El evangelio de hoy pertenece como el de la semana pasada al Sermón del Llano de san Lucas. En este discurso, como en el de san Mateo en el Sermón de las Bienaventuranzas, el Señor Jesús expone lo más genuino, la esencia de su doctrina, que es diametralmente opuesta a lo que nos propone el mundo.

Habla del amor y del perdón. No podría ser de otra forma porque pone de manifiesto el interior del corazón de Dios-Padre. La esencia de Dios es el amor, que es lo mismo que decir, con una expresión humana, que el amor es la materia de la que está hecho Dios. De acuerdo con esta afirmación podemos decir que, a pesar de la omnipotencia divina, hay algo que para Él es imposible. Dios es incapaz de odiar. No puede en modo alguno sentir odio, dado que el odio es la antítesis del amor, de la misma manera que la luz es la antítesis de la oscuridad. Dicho de otro modo, todo lo que Dios hace con referencia a nosotros que somos sus criaturas, tiene como móvil, como único origen, su corazón de amor.

Como tema dominante o leitmotiv de todo este fragmento del evangelio, el Señor insiste resaltando la importancia del amor, manifestado en amar a nuestros enemigos, en bendecir a los que nos maldicen, en orar por los que nos injurian… Resumiendo, «tratando a los demás como queremos que ellos nos traten.» 

Esta forma de comportarnos como discípulos del Señor, la resume más adelante diciendo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.»

 No es difícil entender el interés del Señor, al insistir en que el signo distintivo de sus discípulos, de ti y de mí, ha de ser el amor. Todo hombre, para alcanzar la salvación ha de llegar al conocimiento del amor y la misericordia que Dios-Padre ha derramado superabundantemente sobre todos los hombres, en la Pascua del Señor Jesús. Para eso vino el Señor hace dos mil años. Cumplió su misión y subió al cielo, dejándonos a nosotros, que somos sus discípulos, la misión de perpetuar su obra, dando conocimiento de ese amor a todos los que nos rodean.

Hoy, en el evangelio, el Señor nos dice qué hemos de hacer y cómo hemos de actuar para llevar a cabo su obra. Ser hijos del Altísimo es hacer las obras del Altísimo: amar, perdonar, tener misericordia de todos. A esto nos llama el Señor.

Sin duda, esta tarea va mucho más allá de lo que podemos hacer con nuestras propias fuerzas. Sin embargo, dado que la empresa es del Señor, Él está dispuesto a fortalecernos con su Santo Espíritu, con el fin de que sea posible lo que para nosotros es imposible. Lo único que es necesario es que estemos dispuestos a colaborar en su obra. Recordemos las palabras del salmo: «Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.»

Llevar a cabo la tarea encomendada por el Señor a nosotros, que somos sus discípulos, nos hará alcanzar, ahora, en esta vida, pese a dificultades, sufrimientos y persecuciones, la única felicidad posible en este mundo, y luego, la felicidad plena en el cielo.