Blogia

Buenasnuevas

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31,7-9 * Heb 5,1-6 * Mc 14,46-52

El profeta Isaías, 200 años antes del Jesucristo, anunció que el Siervo del Señor abriría los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, que haría caminar a los cojos y que anunciaría un año de gracia del Señor.

En el evangelio de hoy vemos cumplida parte de esa profecía. El Señor Jesús está saliendo de Jericó rodeado por una gran multitud. Sentado junto al camino se encuentra un ciego pidiendo limosna. Es Bartimeo, el hijo de Timeo, que por el tumulto se entera de que es Jesús Nazareno el que está pasando por delante de él. Sin pensarlo, empieza a gritar con todas sus fuerzas: «Hijo de David, ten compasión de mí». El Señor se detiene y dice: «Llamadlo». Se lo dicen al ciego que, al enterarse de que es Jesús el que lo llama, suelta el manto y de un salto se acerca al Señor. Éste, le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». «Maestro, que pueda ver». La respuesta del Señor no se hace esperar: «Anda, tu fe te ha curado». Al momento recobra la vista y el evangelista añade: «Y lo seguía por el camino».

Si nuestro orgullo y nuestra ceguera no lo impiden, veremos reflejada nuestra vida en este pasaje del evangelio. Ese ciego, Bartimeo, somos tú y yo. Como él somos ciegos porque pedimos la vida a las cosas del mundo. Riquezas, poder, afectos, sexo, salud, etc., pedimos la felicidad a todas estas cosas sin ser capaces de encontrarla. Como él, como el ciego, estamos sentados junto al camino de nuestra vida pidiendo limosna. Nosotros no alargamos la mano esperando una moneda, pero sí que pedimos a los que nos rodean, a los que pasan junto a nosotros una limosna de amor. Pedimos que nos quieran, aunque sólo sea un poquito. Pedimos que cuenten con nosotros, que nos hagan caso. Sin embargo, lo cierto es que, aun teniendo la consideración y el afecto de los demás, no somos capaces de llenar por completo nuestro corazón de felicidad.

También en nuestra vida está presente el Señor Jesús. Nos habla a través de su Palabra, a través de la predicación de la Iglesia, a través de la persona de ese pobre que te alarga la mano pidiendo ayuda, a través de ese enfermo que necesita un poco de compañía y una palabra de ánimo, o de ese conocido o conocida desconsolados por la pérdida de un ser querido. El Señor está con nosotros y camina junto a nosotros, pero hacen falta los ojos de la fe para descubrirlo, como lo hizo el ciego del evangelio.

Ahora, fijémonos en lo que hace el ciego al descubrir al Señor. Grita con toda su alma. Sabe que de ese grito, de esa petición, depende recobrar la vista. No se amilana cuando los que están a su alrededor lo hacen callar. Grita una y otra vez: «Hijo de David, ten compasión de mí». Ahora te digo yo, haz tú lo mismo. Grita al Señor hasta que se detenga y te pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?».

Tenemos pues en la mano un arma que no falla. El arma de la oración. El Señor, que dijo “pedid y recibiréis”, está siempre atento a nuestras súplicas. Hagamos nuestra la oración del Ciego: «Hijo de David, ten compasión de mí». Repitámosla una y cien veces durante el día. Por la calle, en el trabajo, en casa. Que esta sea nuestra oración continua. Y si añadimos «que soy un pobre pecador», mucho mejor. Esta es la oración del corazón, que conseguirá que la presencia del Señor en nuestra vida sea constante.


DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL HIJO DEL HOMBRE NO HA VENIDO PARA QUE LE SIRVAN, SINO PARA SERVIR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 53, 10-11 * Hb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45

El evangelio de hoy arroja luz sobre la tendencia a ser, a sobresalir, que todos experimentamos en nuestra vida. Vemos a Santiago y a Juan que hacen al Señor Jesús una petición que, como menos, es poco modesta. «Concédenos, le dicen, sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Como otras veces hemos señalado, tanto Santiago como Juan, y también el resto de los apóstoles, están convencidos de que la misión del Señor como Mesías, tiene como finalidad liberar al pueblo de Israel de la dominación romana, y restablecer de nuevo el Reino de Israel. Por eso, no es de extrañar la petición que hacen al Señor los dos hermanos.

Ante una petición tan poco desinteresada, el Señor, les responde: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Los dos hermanos, con tal de conseguir lo que piden, responden resueltos: «Lo somos». El Señor confirma que efectivamente beberán su cáliz y que serán bautizados con su mismo bautismo, pero, que lo que piden, no está en sus manos concederlo, sino que ya está reservado.

El resto de los apóstoles, al conocer la pretensión de los dos hermanos se indignan contra ellos, pero el Señor Jesús aprovecha la ocasión para decirles: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Hemos dicho al principio que este pasaje arroja luz sobre la tendencia de todo hombre, también la nuestra, por medrar, por ser reconocidos, por conseguir alcanzar los primeros puestos. Santiago y Juan, como cada uno de nosotros, no están exentos de este deseo de notoriedad, que es inherente a la condición humana. La razón de este impulso se explica por la condición pecadora del hombre. Tú y yo, creados para una vida eternamente feliz, por el pecado hemos arrojado de nuestro corazón el amor de Dios, que era el origen de nuestra felicidad. El hueco dejado por el amor de Dios es necesario rellenarlo. Para eso, tú y yo, recurrimos a las riquezas, al poder, al sexo y a los demás ídolos que nos ofrece el mundo. Pero nuestro corazón, por gracia de Dios, se comporta como un embudo. Todo lo que entra en él, no consigue llenarlo. Hemos dicho por gracia de Dios, porque es el Señor el que ha dispuesto que con nada se satisfaga nuestro deseo de felicidad, que nada consiga llenar nuestro corazón. De este modo no tenemos otra solución que volvernos hacia Aquel que, con su amor, es el único que puede colmar nuestro deseo de felicidad.

Hemos de estar agradecidos porque la Palabra arroja luz sobre esta insatisfacción general que rige la vida del hombre. Nosotros, creyentes, conocemos a través de ella cuál es el origen de esta inquietud, y a la vez cuál es la solución. Sabemos también, que nada de lo que nos ofrece el mundo es capaz de llenar el hueco dejado por el amor de Dios. Por tanto, no seamos necios y no nos dejemos engañar por los señuelos del mundo. Recordemos las palabras de san Agustín: «Señor, nos has hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti».   


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«VENDE LO QUE TIENES, DALE EL DINERO A LOS POBRES Y LUEGO SÍGUEME»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 7, 7-11 * Hb 4, 12-13 * Mc 10, 17-30

En el evangelio de hoy encontramos a uno, al que siempre se ha considerado como a un joven, que corriendo se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» El Señor le responde enumerando los mandamientos con excepción del primero.

El joven responde al Señor: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Aquí el evangelista nos muestra los sentimientos de Jesús hacia aquella persona diciendo que, mirándolo con cariño, le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, sígueme».

San Marcos nos dice que, ante estas palabras, el joven frunce el ceño y se marcha apesadumbrado, porque es muy rico. El Señor Jesús mirando a sus discípulos les dice: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!». Esta frase les produce una gran extrañeza porque, para los israelitas, la abundancia de bienes era signo de la bendición de Dios. Sin embargo, el Señor sigue diciendo: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el agujero de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios».

Este evangelio viene hoy en nuestra ayuda para que seamos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero y las riquezas. De pequeños aprendimos en el Catecismo que la respuesta a ¿cuál es el primer mandamiento de la Ley de Dios? era: “El primer mandamiento de la Ley de Dios es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. Por eso hoy, el Señor Jesús ha enumerado los mandamientos, sin hacer referencia al primero. Quería hacerle ver al joven y también nos lo hace ver a nosotros, que de nada sirve el cumplimiento de todos los mandamientos, si no se pone a Dios como lo primero en la vida. Recordemos otro pasaje del evangelio en el que el Señor afirma tajantemente: «No se puede servir a Dios y al dinero».

Los discípulos, que piensan que las riquezas son signo de la bendición de Dios, extrañados, preguntan: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» A lo que el Señor responde: «Es imposible para los hombres, pero no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro, que está siempre ojo avizor, le dice a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Esta frase equivale a decirle al Señor: ¿cuáles serán nuestras ganancias? Jesús responde: «Os aseguro, que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, … y en la edad futura vida eterna».

Para terminar, queremos aclarar que en la mente del Señor no está la idea de que todos nos convirtamos en pobres y mendigos. Lo que sí que tenemos que tener en cuenta, es que los bienes que recibimos del Señor nunca han de ocupar el primer lugar de nuestro corazón. Somos sólo administradores, hemos de disfrutarlos y a la vez compartirlos con nuestros hermanos más necesitados. Ellos serán los que nos abran las puertas del Cielo, cuando al final de nuestra vida nos presentemos ante el Señor. Recordemos las palabras de Jesús: «Todo lo que hicisteis a uno de esos pequeños, a mí me lo hicisteis».


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«SERÁN LOS DOS UNA SÓLA CARNE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Hb 2, 9-11 * Mc 10, 2-12

Si echamos un vistazo a nuestra sociedad, y si se me permite, afinando la puntería, hacia el núcleo de nuestros familiares, amigos y conocidos, nos daremos cuenta de la trepidante actualidad del evangelio de este domingo. Lo que hace sólo unos cincuenta o sesenta años no dejaban de ser casos aislados, hoy, se ha convertido en algo tan corriente que ya no llama la atención de nadie. Nos estamos refiriendo a las uniones matrimoniales que, según las estadísticas, la mitad no alcanzan a cumplir el primer año de convivencia, sino que se rompen antes.

Vemos en el evangelio a un grupo de fariseos, que, para ponerlo a prueba, plantean una cuestión al Señor. «Le es lícito a un hombre, preguntan, ¿repudiar a su mujer?». El Señor, que ve su mala intención, les pregunta a su vez: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Ellos contestan que Moisés permitió dar a la mujer acta de divorcio y repudiarla. El Señor, les replica: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Esta unión de la que habla el Señor Jesús, es la unión que desde un principio diseñó Dios-Padre para el hombre y la mujer. Una unión que desde los inicios han venido llevando a la práctica todos los pueblos. Sin embargo, el Señor quiso que a la vez fuera signo de la unión entre su persona y la Iglesia, por eso, la elevó a la categoría de sacramento, quedando reservada únicamente a los cristianos.

De la manera que el Señor se expresa en el evangelio, la voluntad del Padre fue desde el principio que esta unión fuera indisoluble, sólo rota por la muerte de uno de los dos contrayentes. Esta indisolubilidad, vendría en favor de los propios esposos dando estabilidad a su unión, pero sobre todo vendría en favor de su descendencia. Son los hijos los que necesitan crecer y desarrollarse en un ambiente seguro y estable. Por esta razón, estamos convencidos de que esa indisolubilidad alcanza también por voluntad de Dios a los matrimonios civiles actuales, aunque las leyes de los hombres, contemplen el divorcio.

Como creyentes debemos tener todos estos conceptos referidos al matrimonio muy claros. La única unión que puede recibir el nombre de matrimonio, digan las leyes lo que digan, es la que tiene lugar entre un hombre y una mujer. Las restantes uniones, contempladas por las leyes humanas, en ningún modo pueden ser consideradas por un creyente como matrimonios. Tengamos las cosas claras y no nos dejemos convencer, por la continua catequesis que cada día recibimos a través de los medios de comunicación, y también por aquellos que nos rodean, y que, no tienen inconveniente en aceptar como bueno y santo, algo que es, según la razón, inaceptable.

El evangelio termina con una frase del Señor que no admite discusión alguna: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».  


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR NUESTRO»

 

CITAS BÍBLICAS: Nm 11, 25-29 * St 5, 1-6 * Mc 9, 38-43.45.47-48

El evangelio de este domingo es una llamada a conversión para todos, pero en especial para aquellos que con mayor intensidad vivimos nuestra vida de fe, integrados en las distintas organizaciones de la Parroquia.

Juan, se escandaliza porque han encontrado a un hombre que, sin ser del grupo de los discípulos, expulsaba demonios en nombre del Señor Jesús. Se trata de la misma situación que nos ha presentado la primera lectura. Dos de los ancianos elegidos por Moisés para recibir el espíritu, Eldad y Medad, no han podido asistir a la reunión con el resto de los ancianos. Sin embargo, empiezan a profetizar en el campamento. Josué, como hoy Juan, se escandaliza y pide a Moisés que se lo impida. La respuesta de Moisés es significativa: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».

La respuesta que el Señor da a Juan, es también tajante: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

No caigamos nosotros en la tentación de considerarnos superiores a los demás, por estar viviendo nuestra fe en una u otra organización dentro de la Parroquia. Hemos de tener en cuenta que trabajamos para el mismo Amo. Cada uno en nuestra parcela, pero todos en la misma finca que es la Iglesia. Si no lo hacemos así y somos motivo de escándalo para alguno, podemos escuchar de labios del Señor estas tremendas palabras: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar».

Podemos preguntarnos, ¿quiénes son esos pequeñuelos de los que habla el Señor? Son aquellas personas de buena voluntad que, aunque un poco alejadas de la Iglesia, viendo la forma de vivir y de afrontar los problemas de la vida de algún creyente, se sienten atraídos hacia la Iglesia. Son los pequeños en la fe, son los que empiezan a creer. El Señor emplea palabras muy duras para aquellos que, siendo motivo de escándalo, hagan que estos pequeños, en vez de acercarse más a la Iglesia, se aparten de ella.

Nosotros tenemos la suerte de ver realizado el deseo de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!». Somos testigos de cómo ese Espíritu ha sido derramado sobre nosotros. San Juan nos lo cuenta cuando hablando de la muerte del Señor en la Cruz nos dice: «Inclinando la cabeza entregó el Espíritu». Más tarde, haría entrega de ese Espíritu de una forma visible, en Pentecostés. Tú y yo, a través de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, hemos recibido también ese Espíritu que nos convierte en profetas y que nos permite interpretar cuál es la voluntad de Dios, a través de los acontecimientos de la historia.

Esta visión de la vida es muy diferente de la que tiene el mundo porque, cuando la figura de Dios desaparece de la vida, nada tiene sentido. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni la multitud de dificultades que hemos de afrontar cada día, tienen ninguna razón de ser. Sólo quedan iluminadas a la luz de la fe. Por eso, el cristiano, iluminado por la Palabra, tiene la facultad de profetizar, de leer en los acontecimientos, qué quiere el Señor de nosotros.    


DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO DE TODOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 2, 12.17-20 * St 3, 16-4,3 * Mc 9, 30-37

Señalábamos la semana pasada el interés del Señor Jesús en evitar todo triunfalismo por parte de sus discípulos, al conocer que él era el Mesías que Israel estaba esperando. Hoy, de nuevo, insiste sobre este tema. Están atravesando Galilea, pero lo hacen de una manera discreta, porque desea seguir instruyendo a sus discípulos. Les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Ellos, dice el evangelista, no entienden lo que les dice, pero, al mismo tiempo, tienen miedo a preguntarle. 

La razón de la actitud de los discípulos se explica por el hecho de que todos ellos conciben al Mesías como un caudillo, un rey, que devolverá a Israel la libertad, engrandeciendo a la nación y devolviéndole la importancia que tuvo en otro tiempo. De ahí que las palabras del Señor al hablar de sufrimientos y de muerte, no puedan entrar en sus cálculos.

El Señor, en este pasaje y en otros similares, se esfuerza en hablarles con claridad de lo que le va a suceder en Jerusalén. No quiere que estén engañados. Van a ser muy duros los acontecimientos que les esperan y, por tanto, es necesario que estén preparados para asumirlos.

Lo que nos narra el evangelio a continuación, pone de manifiesto la ceguera de los discípulos en lo que se refiere a la misión del Señor. Él se ha dado cuenta de que durante el camino han estado discutiendo. Por eso, al llegar a Cafarnaúm, ya en casa, les pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos no se atreven a responder, porque por el camino han discutido sobre quién de ellos era el más importante. Hablando en un lenguaje más adecuado, podríamos decir que tomaban posiciones para ocupar los mejores cargos.

El Señor, los llama y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Podemos decir que esto, es justamente lo contrario de lo que nos gusta a nosotros. Todos queremos sobresalir. Todos queremos que los demás nos consideren y nos tengan en cuenta. Todos buscamos en la vida ocupar un lugar destacado y respetable. Este espíritu es totalmente opuesto al espíritu cristiano. El cristiano nunca busca los primeros puestos. Siempre está dispuesto a ceder la derecha a los demás. Es feliz ocupando los últimos lugares. Todo esto, esta manera de obrar, no lo es por imposición, sino por convencimiento. La felicidad del cristiano no depende del aprecio y la consideración de los demás. No depende de ocupar los puestos más importantes en la sociedad, ni de las riquezas. Depende de tener en el corazón la certeza del amor de Dios, que cubre por completo toda ansia, toda ambición. Teniendo el amor de Dios en el corazón, el cristiano no tiene necesidad de nada más.

Para corroborar lo que está diciendo, haciendo patente la importancia de sentirse pequeño, el Señor toma a un niño, lo pone en medio de ellos, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado». El Señor, de este modo, se fija en los pequeños y los compara con los niños. De los niños, ciertamente nos preocupamos, pero a la hora de tomar decisiones importantes, ya sea en la familia o en la sociedad, nadie tiene en consideración sus opiniones. Es necesario, pues, en nuestra vida de fe, ser semejantes a los niños.

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«Y VOSOTROS, ¿QUIÉN DECÍS QUE SOY YO?»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 5-9a * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

Los tres pasajes de la Escritura que este domingo propone la Iglesia a nuestra consideración, son, ciertamente excepcionales. Isaías nos brinda la figura del Siervo de Yahvé, que no es otra que la figura del Señor Jesús, que, por ti y por mí, afronta todo tipo de humillaciones y ultrajes. No tiene miedo a perder su vida porque es el Señor el que lo sostiene. Por eso afirma: «Mirad, el Señor Dios me ayuda: ¿quién me condenará?».

Santiago, por su parte, nos muestra la vaciedad de la fe cuando no va acompañada de obras. «La fe, nos dice, si no tiene obras, está muerta». Y añade: «Alguno dirá: tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe». Hemos de ser, por tanto, prudentes y consecuentes con lo que hacemos, para que nadie pueda echarnos en cara el refrán que dice: “Predicar, no es dar trigo”.

El evangelio merece un punto y aparte. Es fundamental para nuestra vida como creyentes. El Señor Jesús plantea a los discípulos una cuestión de importancia primordial. En primer lugar, les pregunta sobre lo que la gente piensa de él. «¿Quién dice la gente que soy yo?». Sin embargo, lo que el Señor quiere saber va más allá. Al Señor le importa saber lo que la gente piensa sobre él, pero le importa mucho más saber qué es lo que piensan de él sus discípulos. Por eso, les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro, sin dudarlo, responde: «Tú eres el Mesías». El evangelista continúa diciendo, que les conmina a que no hablen de ello con nadie.

Conocer que el Señor Jesús es el Mesías, puede comportar para los discípulos una actitud triunfalista, por eso, para que no caigan en esa tentación, el Señor se apresta a instruirles diciendo: «El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Pedro, no puede en ningún modo aceptar estas palabras y se pone a increparlo. El Señor, mirando a los discípulos, le dice: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios»! Y, dirigiéndose a la gente, añade: «Si alguien quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien la pierda por mí y por el Evangelio, la salvará».

Nos toca a nosotros ahora situarnos dentro de este evangelio. Hoy, el Señor, hace contigo lo mismo que hizo entonces con los discípulos y te dice: «¿Quién dices tú que es el Hijo del Hombre?». Yo también te digo, ¿te has hecho esta pregunta seriamente alguna vez? ¿Yo por qué sigo a Jesucristo? ¿Lo hago por inercia, porque me lo han enseñado, o porque tengo experiencia de que es la razón de mi existencia, y es el que en lo bueno y en lo malo sostiene mi vida? ¿Quién es de verdad Jesucristo para mí?

Es fundamental responder sinceramente a esta pregunta. Nuestra respuesta tiene mucho que ver con el sentido último de nuestra existencia. Si Dios, en este caso el Señor Jesús, no aparece en nuestra vida nada tiene sentido. Quedan por responder preguntas tan importantes como, ¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo? ¿Qué pinto aquí? ¿A dónde voy? Quitar a Dios de nuestra vida, es rechazar la razón última de nuestra existencia.

Si por el contrario tenemos experiencia de que el Señor ha estado presente en nuestra vida, mostrándonos amor y comprensión en nuestras luchas, en nuestras caídas y debilidades, siempre pronto a levantarnos, no tendremos inconveniente en confesar con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».


DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«TODO LO HA HECHO BIEN... »

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 35, 4-7a * St 2, 1-5 * Mc 7, 31-37

En la primera lectura de este domingo Dios anuncia, a través del profeta Isaías, que llega en persona y lo hace para salvar. Viene a abrir los ojos de los ciegos y los oídos de los sordos. Viene a hacer saltar al cojo como un ciervo y a desatar la legua del mudo.

Esta profecía de Isaías halla cumplimiento en la persona del Señor Jesús, al que vemos hoy caminando hacia el mar de Galilea mientras atraviesa la Decápolis. El evangelista san Marcos nos dice que le presentan a un sordo, que apenas puede hablar, para que le imponga las manos. El Señor, lo aparta de la gente, mete sus dedos en los oídos, le moja la lengua con un poco de saliva y le dice: «Effetá», que significa ábrete. Al momento se le abren los oídos al sordo y se le suelta la lengua, de manera que puede oír perfectamente y expresarse si ningún impedimento.

Si somos un poco humildes y recordamos la historia de nuestra vida, es fácil que nos veamos reflejados en este sordo. La sordera, no ha de ser necesariamente física. Se puede oír muy bien, pero tener cerrado el oído a las palabras que el Señor nos envía cada día a través de los acontecimientos que tienen lugar en nuestra vida. ¿Cuántas veces no encuentras explicación a lo que te sucede? ¿Por qué esta enfermedad? ¿Por qué estos problemas económicos o de relación en la familia o en el matrimonio? ¿Por qué estoy en el paro? ¿Por qué tengo éste o aquel vicio que intento ocultar y que me amarga la vida?

El Señor permite estos y otros acontecimientos que no nos gustan, para que nos demos cuenta de que no somos capaces de llevar adelante nuestras vidas con sólo nuestro esfuerzo. Nos creemos autosuficientes, pero la verdad es que tú y yo somos limitados y necesitamos su ayuda. Él sabe que nuestra felicidad estriba en conocerle a Él y experimentar su amor. Un amor que nunca exige. Un amor dispuesto a darlo todo sin pedir nada a cambio. Sin embargo, nosotros, cerramos los oídos a sus llamadas, nos volvemos sordos, y nos empeñamos en vivir la vida a nuestro aire sin tenerle a Él en cuenta.

Como el sordo del evangelio, necesitamos que el Señor Jesús meta sus dedos en nuestros oídos para que se abran, y para comprobar que nada de lo que nos sucede ocurre para nuestro mal.

El evangelio termina diciendo que las gentes, admiradas y en el colmo de su asombro, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos». Yo ahora te digo: da un repaso a tu vida, haz memoria de todo lo que ha ocurrido en ella desde que tienes uso de razón. Viendo tu historia, viendo los acontecimientos que te ocurren cada día, ¿puedes decir también del Señor «Todo lo ha hecho bien»? Si dices que esta frase es verdadera y que se cumple en tu vida, ciertamente, tienes el oído abierto. Sin embargo, si hay cosas que borrarías, acontecimientos que deseas olvidar, sin duda, necesitas que el Señor te abra el oído, que abra tus ojos para comprobar que todo, incluso aquellos acontecimientos que te han hecho sufrir, han ocurrido para tu bien. El Señor los permitió porque te amaba. De la misma manera que tú, porque amas a tus hijos, les corriges y procuras para ellos lo mejor. No olvides, pues, la frase de la Escritura: «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman».