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DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«HACED LO QUE ÉL OS DIGA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 62, 1-5 * 1Cor 12, 4-11 * Jn 2, 1-11

La Iglesia, para este segundo domingo del tiempo ordinario nos propone un fragmento del evangelio de san Juan, que no por ser muy conocido, tiene para nuestra vida de fe menos importancia. Se trata del pasaje de las Bodas de Caná y de la conversión del agua en vino. San Juan, gusta llamar a estos milagros signos, ya que es a través de ellos cómo el Señor rubrica su misión, y a la vez fortalece la fe de sus discípulos.

Veamos un poco lo que nos cuenta san Juan. Sitúa al Señor Jesús al principio de su misión. Ha acudido con su madre y un grupo de sus discípulos, a unas bodas que se celebran en una población próxima de Galilea llamada Caná. Las bodas en aquel tiempo eran un verdadero acontecimiento para toda la población. El festejo duraba varios días, y en ellos, como signo de la alegría, corría con abundancia el vino.

Todo se desarrollaba con normalidad, hasta que, en un momento dado, la Virgen, como mujer y buena observadora, se da cuenta de que el vino se está acabando. Esta contrariedad podía ser realmente grave para los esposos y sus familiares. Por muchos años que pasaran, los novios serían recordados como aquellos a los que faltó el vino en su boda. La Virgen quiere evitarles este bochorno, e intervine ante su Hijo Jesús diciéndole: «No tienen vino». La respuesta del Señor quizá sea para nosotros un tanto extraña: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». La Virgen, sin embargo, parece hacer poco caso a las palabras del Señor y, sin dudarlo, dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». Y el milagro se realiza. El agua con que los sirvientes han llenado las seis tinajas destinadas a las purificaciones, se convierte en un vino que, al ser probado por el mayordomo, le hace exclamar ante el novio: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú has guardado el vino bueno hasta ahora».

Dos cosas merecen ser destacadas en este pasaje. Sabemos que, poco antes de su muerte, el Señor nos entregó a María como madre, y una madre es aquella persona que, por amor, y sin esperar compensación alguna, se desvive por sus hijos hasta el extremo de estar dispuesta a dar la vida por ellos. Tenemos pues, una Madre, la del cielo, siempre atenta a nuestras necesidades. Siempre dispuesta a interceder por nosotros ante su Hijo, cuando observa que en nuestra vida se acaba el vino, se acaba la alegría. Hagamos para ella un hueco en nuestro corazón, y no olvidemos que es el camino seguro para llegar a su Hijo Jesús.

Otro aspecto a considerar y de gran importancia, son las palabras que la Virgen, nuestra madre, nos dirige en la persona de los sirvientes: «Haced lo que Él os diga». Lo hace así, porque sabe que nuestra vida, nuestra felicidad y nuestra salvación, depende de que sigamos las enseñanzas de su Hijo. Encontrarnos con el Señor Jesús es lo único que puede dar sentido a nuestra vida. Nuestra salvación aquí, y también la del último día, depende de que vivamos unidos a Él. Por eso, la preocupación de Ella, de nuestra Madre del Cielo, es llevarnos de la mano para presentarnos a su Hijo Jesús.

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -C-

«TÚ ERES MI HIJO, EL AMADO, EL PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 42, 1-4.6-7 * Hch 10, 34-38 * Lc 3, 15-16.21-22

En este domingo después de la Epifanía celebramos la Fiesta del Bautismo del Señor, dando fin de este modo al tiempo de Navidad e iniciando el tiempo ordinario.

            El acontecimiento que nos ofrece hoy la liturgia supone para el Señor Jesús, el fin de su vida oculta, el inicio de su vida pública, y a la vez el comienzo de su misión.

            El Señor ha venido a asumir una hora. Ha venido a destruir en su cuerpo al pecado y a la muerte y a darnos en su Resurrección nueva vida. Todo este proceso se ha iniciado el día de nuestro Bautismo. En ese día, por obra del Espíritu Santo y de igual manera que sucedió en María, anidó en nuestro interior un embrión. Un nuevo ser empezó a desarrollarse dentro de nosotros, para dar lugar a una criatura nueva, a un nuevo hijo de Dios.

            Para que esa nueva criatura alcanzara la edad adulta, hemos tenido que pasar por todos los estadios que pasó en su vida el Señor Jesús. Él, nació en Belén y fue creciendo bajo el cuidado de José y María. Vivió con ellos su infancia, su pubertad, su adolescencia, hasta llegar a la juventud y finalmente a la edad adulta. Todo ese largo espacio de tiempo fue para el Señor, como el catecumenado que le preparaba a llevar adelante la misión para la que el Padre le había enviado. Es el mismo proceso que seguimos nosotros recibiendo el cuidado de nuestra madre la Iglesia.

            También en nosotros, y desde nuestro Bautismo, el espíritu Santo viene trabajando en nuestra vida a través de su Iglesia. Hemos sido llamados a una misión que es primordial para que la salvación que Dios-Padre ha diseñado mediante la persona del Señor Jesús, alcance a todo el mundo.

            Quisiera, ahora, dejar una pregunta en el aire. ¿Somos conscientes de la misión para la que el Señor nos ha elegido? Quizá, no demasiado. Escuchemos lo que el Señor nos dice a través del profeta Isaías: «Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he tomado de la mano, te he formado y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de las mazmorras a los que habitan en las tinieblas».

            Ciertamente, estas palabras las pronunció Isaías refiriéndose al Señor Jesús. Sin embargo, hoy, somos tú y yo, los que en medio de aquellos que nos rodean, encarnamos la figura del Señor. Somos, como dice san Pablo, otros cristos. Por eso, las palabras que el Padre ha pronunciado sobre el Señor después de ser bautizado, han resonado aquí para ti y para mí. Ha sido Dios-Padre el que nos ha mirado complacido y ha pronunciado sobre cada uno de nosotros las palabras: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto».

            Hay alguien interesado en sembrar en tu corazón la duda para que no te apliques estas palabras. Lo quiere conseguir poniendo delante de ti tus pecados, tus deficiencias, tu pobreza. ¿Cómo es posible que el Señor diga esto de ti? Yo te digo, no entres en diálogo con el maligno. No permitas que te arrebate lo que la Sangre del Señor Jesús ganó para ti. No dudes del amor de Dios, dirige tu mirada hacia Él, y no te mires a ti mismo.  


DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

DOMINGO II DE NAVIDAD -C-

«LA PALABRA SE HIZO CARNE Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS:  Eclo 24, 1-2. 8-12 * Ef 1, 3-6. 15-18 * Jn 1, 1-18

 

En este domingo segundo de Navidad la Iglesia pone a nuestra consideración el mismo evangelio que se proclamó en la mañana del día de Navidad. Se trata del inicio del evangelio según san Juan. A este evangelista se le conoce como al evangelista teólogo, porque en sus escritos ha logrado penetrar con mayor profundidad que los otros tres, en el misterio de Dios.

Hoy nos habla de la Palabra que, nacida de la boca de Dios, acampa entre nosotros para darnos a conocer el amor sin límites del Padre. El Dios del Antiguo Testamento, es un Dios al que nadie puede ver y quedar con vida. Pero ese Dios quiere darse a conocer a su criatura, quiere dejarse encontrar por ella. Quiere que nosotros, que somos sus criaturas, podamos ponerle un rostro. Y ese rostro no es otro que el rostro del Señor Jesús. Recordemos cómo el mismo Jesús, se lo hace ver a a Felipe en otra parte del evangelio cuando le dice: «Felipe, el que me ha visto a mí, ha visto al Padre».

San Juan nos recuerda hoy, cómo esa Palabra del Padre que estaba junto a Él desde toda la eternidad, puso su tienda, su morada en medio de nosotros. En el Libro de los Proverbios se nos dice: “Yo estaba a su lado como un hijo querido… y mi delicia era estar con los hijos de los hombres.” Este deseo lo vemos realizado hoy cuando el evangelio nos dice: «Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros».

Sin embargo, no todo sucedió de una manera tan simple. «La Palabra vino a los suyos, vino a su casa, pero los suyos no la recibieron». Esta afirmación, halla cumplimiento cuando observamos que aquel pueblo elegido por Dios para que su Hijo acampara entre ellos, dándoles a conocer su inmenso amor, no fue capaz de recibirlo, porque cuando vino, nadie le ofreció un lugar donde acampar, nadie lo reconoció. Habían suspirado durante siglos esperando su venida, y en el momento en que apareció en el mundo, nadie lo reconoció.

Este rechazo del Pueblo de Dios hacia la Palabra hecha carne, tiene unas consecuencias para ti y para mí, inesperadas. Tú y yo, no pertenecemos al Pueblo de Dios, procedemos de la gentilidad, pero también estamos llamados a la salvación. Por eso, el rechazo del Pueblo de Israel a la Palabra hecha carne, ha sido el motivo de nuestra salvación. Porque dice el evangelio hablando de la Palabra: «A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre»  

Alegrémonos, pues, porque hoy formamos parte de ese pueblo que ha reconocido en el Señor Jesús a su Salvador. Formamos, por la benevolencia de Dios, parte del Nuevo Israel. Parte de la Iglesia del Señor Jesús. Somos beneficiarios de su Nacimiento, Pasión, Muerte y Resurrección. Nosotros, por gracia de Dios, «no hemos nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios».

Seamos fieles a la elección que Dios-Padre ha hecho sobre cada uno de nosotros en la persona de su Hijo Jesús. Hoy, a través de Él, podemos dirigirnos a nuestro Dios, llamándole, “Papá”.

 


DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA -C-

«BAJÓ CON ELLOS A NAZARET Y SIGUIÓ BAJO SU AUTORIDAD»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 2-6.12-14 * Col 3, 12-21 * Lc 2, 41-52

En este domingo dentro de la octava de Navidad, la Iglesia nos invita a contemplar a la Familia de Jesús, María y José, a la Sagrada Familia, viviendo en Nazaret la vida de cualquier otra familia del lugar. Para Jesús, la vida oculta, fue un catecumenado, o un noviciado, como se dice en las órdenes religiosas, muy largo, de unos treinta años, que persiguió fundamentalmente dos objetivos. En primer lugar, la Sagrada Familia fue la escuela doméstica en la que María y José, o mejor dicho, José y María, si tenemos en cuenta las costumbres judías, transmitieron primero al Niño, luego al adolescente y finalmente al joven Jesús, la fe del Pueblo de Dios. Le enseñaron que sólo existía un único Dios, que debía ser el centro de su existencia y grabaron en su corazón el Shemá, para que lo amara por encima de todas las cosas.

Por otro lado, este largo período de la vida de Jesús, sirvió para que aprendiera a vivir como un miembro más de la comunidad. Aprendió con su padre un oficio para poder ganarse el pan, y vivió su vida, su relación con los demás, familia, amigos, vecinos, etc., de manera que en nada se diferenciaba de la de cualquiera de sus compañeros o familiares. Participaba en los juegos y entretenimientos propios de cualquier muchacho de Nazaret, asistía cada sábado a la sinagoga, y sin duda se sentía atraído por las muchachas de su edad.

Todo lo que estamos diciendo ha de servir para rechazar todo halo de tipo sobrenatural, con el que desde siempre se ha adornado la vida oculta del Señor. En nada se diferenciaba de tu vida y de la mía. Con toda seguridad en su niñez hubo risas, llantos, caprichos y también algún enfado. Sólo en un aspecto fue totalmente distinto a nosotros, no pudo pecar, aunque sí experimentar la tentación.

Para nosotros, la figura de la Sagrada Familia es fundamental dentro de nuestra vida de fe. Es en la familia cristiana donde se desarrollan nuevos hijos de Dios. Los padres cristianos son los maestros en la fe de sus hijos. Son ellos, como José y María, los encargados de transmitirles la fe. Sin la familia cristiana no existiría la Iglesia, por eso es el punto de mira de aquellos que desde los gobiernos pretenden dominar a la sociedad según sus turbios intereses. Puesto que la Iglesia molesta por ser defensora de la verdad, y el hecho de que la Iglesia esté formada por familias cristianas, pone a éstas en el punto de mira para atacarlas, e indirectamente atacar a la Iglesia.

Para conseguir sus objetivos, defienden que los hijos pertenecen a la sociedad, al estado, y no a los padres, negándoles el derecho sagrado que tienen de educar a sus hijos según sus principios y creencias. Es necesario que los padres hagan frente a estas manipulaciones y nunca renuncien a tener el control total de la educación de sus hijos. Son ellos los únicos que tienen el derecho y a la vez la obligación de educarles convenientemente.

Pongamos a los nuestros bajo la protección de la Sagrada Familia. Ella, que conoció también las dificultades y la persecución llevada a cabo por los poderosos, saldrá, sin duda en nuestra ayuda, a la hora de comportarnos como padres de familia cristianos.


DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

DOMINGO IV DE ADVIENTO -C-

«¡DICHOSA TÚ QUE HAS CREÍDO!, PORQUE LO QUE HA DICHO EL SEÑOR SE CUMPLIRÁ» 

 

CITAS BÍBLICAS: Mi 5, 1-4a * Hb 10, 5-10 * Lc 1, 39-45

Entramos en la última semana del Adviento. Nos acercamos a la Navidad. La liturgia en estos días pone el acento en el inminente nacimiento del Señor Jesús en Belén.

El fragmento del evangelio de san Lucas que hoy no ofrece la Iglesia, es ciertamente entrañable. María, que ha recibido la visita del ángel anunciándole que ha sido elegida por Dios para ser madre del Mesías, ha conocido al mismo tiempo la noticia del embarazo de su pariente Isabel. Movida, sin duda, por la fuerza del Espíritu Santo, se pone presurosa en camino para compartir con ella estas buenas nuevas.

Al llegar a la casa de Zacarías y saludar a Isabel, ésta, llena del Espíritu Santo exclama a voz en grito: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!». «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?». En esta escena se da un doble encuentro. Por un lado, se encuentran María e Isabel, y por otro, y este encuentro es mucho más importante, se encuentran Jesús y Juan, el Mesías y su Precursor. Isabel ha experimentado la presencia del Señor, porque, como ella misma afirma, en cuanto ha oído la voz de María, «la criatura saltó de alegría en mi vientre». Y añade: «¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Es importante señalar que en la vida del cristiano este pasaje halla pleno cumplimiento. Somos testigos de que la Palabra de Dios proclamada en la asamblea litúrgica, en ocasiones, ha realizado en nuestro interior, en nuestro corazón, el mismo efecto que ha producido en Isabel el saludo de María. Esa nueva criatura, ese hombre nuevo que se empezó agestar en nuestro Bautismo, y que crece a impulsos de la Palabra, también se ha estremecido en nuestro interior al escuchar la Palabra de Dios. Ha sido para nosotros una Buena Noticia. Nos ha hablado quizá, del amor de Dios, del perdón de nuestros pecados o de la misericordia de Dios, y nuestro corazón ha entrado en sintonía con esa noticia y se ha ensanchado. Por esto, precisamente, es importantísimo tener el oído abierto, atender, cuando se proclama la Palabra de Dios.

La decisión de María al ponerse en camino inmediatamente después del anuncio del Ángel, tiene para nosotros una doble lectura. Por una parte, vemos en ella a la primera evangelizadora. Llena de Espíritu Santo, no puede hacer otra cosa que llevar a los demás, en este caso a su pariente, la Buena Noticia de la salvación. Es el Mesías, el Salvador, el que viene a visitarnos, el que ha empezado a engendrarse en su seno. Por otra parte, vemos en María el espíritu de servicio. No le importa dejar su casa y a los suyos durante una larga temporada. Marcha junto a su prima y estará con ella sirviéndola y ayudándola, todo el tiempo que falta, seis meses, hasta el nacimiento de Juan.

Hay algo que no debemos pasar por alto en este evangelio. Se trata de las palabras de Isabel: «¡Dichosa tú, que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá». María ha creído desde el primer momento las palabras del ángel. No ha dudado. La única pregunta que ha hecho, y muy lógica es, cómo iba a tener lugar aquello si ella no había estado con ningún hombre. Isabel viene a decirle, que esa fe en las palabras de ángel, ha sido la garantía del cumplimiento de lo que se le ha anunciado. Esta actitud de María ha de ayudarnos a aceptar la Palabra, incluso cuando no la entendemos. La fe no es contraria a la razón, pero la fe no se razona. La mejor actitud ante la Palabra no es intentar razonarla y entenderla con nuestra inteligencia, sino aceptarla apoyándonos en la autoridad de aquel que nos la dice.


EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

EL JUICIO DE DIOS, EL INFIERNO Y LA SALVACIÓN

 

Durante la primera parte del Adviento la liturgia hace referencia en repetidas ocasiones a la segunda venida del Señor. Asociada a esta realidad aparece otra, el Juicio Universal, y ésta a la vez a la persona del Señor Jesús como juez de vivos y muertos.

La predicación sobre este pasaje del final de los tiempos y del juicio consiguiente, durante generaciones ha amedrentado a los creyentes, hasta el punto de que el sólo hecho de mencionar el Juicio Final hiciera temblar a más de uno. Incluso de algunos santos se cuenta que sintieron verdadero horror al pensarlo. Sin duda, el origen de este horror hay que buscarlo en el hecho de confundir el santo temor de Dios, con el miedo a Dios. No cabe la menor duda de que eso es lo más absurdo que se pueda imaginar. Llegar a tener miedo a nuestro propio Padre es algo que jamás debería haber ocurrido.

El origen de este miedo hay que buscarlo en la formación religiosa que hemos recibido. Sin duda tiene mucho que ver la definición que sobre Dios nos enseñaron de pequeños, y que decía, más o menos, que “Dios era un ser bueno, sabio, todopoderoso… premiador de buenos y castigador de malos.” Con esta definición, se equiparaba la justicia divina a la justicia humana. Sin embargo, esta manera de pensar es errónea, porque la justicia divina, muy diferente a la justicia humana, consiste en hacer justos a los injustos. Esto, nuestro Padre del cielo, lo llevó a cabo en la Cruz del Señor Jesús, porque, con el derramamiento de su Sangre, todos nosotros, injustos y pecadores, fuimos lavados de nuestros pecados y constituidos justos a los ojos de Dios nuestro Padre.

Esta justificación y salvación es universal, quiere esto decir que abarca a la humanidad entera. San Pablo dice en su Carta a los Romanos que, «si por el delito de uno sólo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos». También podemos citar al respecto las palabras de la Escritura en las que se dice: «Dios no hace acepción de personas». Su salvación es universal, de acuerdo también con lo afirmado por san Pablo en su primera carta a Timoteo: «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

Lo afirmado anteriormente podría poner en entredicho el Juicio universal y también la existencia del Infierno. Sin embargo, nada más lejos de esto. Con referencia al juicio, San Juan dice en su evangelio: «Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre». Y el Hijo, preguntamos, ¿cómo ha llevado a término este juicio? En su evangelio, san Juan pone en boca del Señor Jesús: «Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios».

El Hijo, sin ninguna duda, ha llevado a cabo este juicio en la Cruz, de manera que todos nuestros pecados, que merecían la condenación, han quedado clavados en ella. Desde la Cruz, el Señor Jesús ha derramado abundantemente su misericordia, de manera que todas nuestras miserias y rebeldías han sido lavadas en su Sangre. Todo aquel que acepta esta misericordia y esta salvación no es juzgado, porque ya se halla libre de pecado. Sin embargo, en aquel que rechaza libremente la misericordia del Señor, los pecados permanecen y no puede, por tanto, experimentar la salvación.

De todo esto se deduce que el Juicio Universal será mucho más sencillo de lo que podamos imaginar. Aquellos que se hayan acogido a la misericordia de Dios, y estén libres de toda culpa por los méritos de Jesucristo, escucharán de labios del Señor aquellas palabras: «Venid vosotros, benditos de mi Padre, y heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo». Sin embargo, aquellos que libremente hayan rechazado la misericordia de Dios y su salvación, escucharán de labios del justo Juez: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles».

De esta última frase se deduce, con toda seguridad, la existencia del infierno. Siempre se ha afirmado que la existencia del infierno es fruto de la justicia del Dios, ya que sería injusto que aquellos que no practicaron la justicia, aquellos que oprimieron al débil, o aquellos no respetaron la vida de los demás, etc., recibieran al final el mismo trato de parte del Señor, que los que obraron rectamente. Esta manera de razonar es propia de aquellos que entienden la justicia Dios, como semejante a la justicia de los hombres.

Creemos, sin embargo, que la manera de obrar del Señor al respecto es otra. El Señor es el que «hace salir el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos». El Señor, tanto a unos como a otros, les dio la vida para que tuvieran una existencia feliz unidos a Él por el amor. Además, y fruto de un amor sin límites a su criatura, les dio el don inconmensurable de la libertad. No quería ser amado a la fuerza.

Cuando el hombre pecó, el Señor puso de nuevo de manifiesto el inmenso amor que sentía hacia su criatura, haciendo que su Hijo se encarnara, anunciara su amor sin límites, y entregara su vida en rescate de los hombres. La salvación, como ya hemos apuntado, era universal, o sea, para todos los hombres sin distinción de raza, sexo, o religión. Sin embargo, una vez más, el Señor respetaba escrupulosamente la libertad del individuo, de manera que nadie se viera obligado a aceptar a la fuerza su salvación.

Vista esta realidad, y aunque repele a nuestra razón, afirmamos que la existencia del infierno es también un rasgo del amor de Dios. Era necesario crear un lugar en donde tuvieran cabida aquellos que rechazan su salvación y su misericordia, que blasfeman continuamente su Nombre, que lo consideran su enemigo y que sienten hacia él un odio rencoroso. Un lugar en donde pudieran continuar renegando de él e insultándolo por toda la eternidad.

Entendido así, el infierno no debe considerarse como un castigo, ya que ha sido una elección voluntaria de los condenados al rechazar la misericordia divina. Hay que considerarlo, pues, como la solución para aquellos que rechazan el amor Dios, su misericordia y la salvación que ha dispuesto para todos los hombres desde toda la eternidad.

Para los demás, para los que obran con recta intención, para los que se acogen a su misericordia, para aquellos que aun sin conocerle no rechazan conscientemente la salvación, el Señor, por caminos que sólo él conoce, hará que, por los méritos de Jesucristo, les alcance también la salvación eterna.

DOMINGO III DE ADVIENTO -C-

DOMINGO III DE  ADVIENTO -C-

«YO OS BAUTIZO CON AGUA... VIENE EL QUE OS BAUTIZARÁ CON ESPÍRITU SANTO»

 

CITAS BÍBLICAS: So 3, 14-18a * Flp 4, 4-7 * Lc 3, 10-18

Estamos en el tercer domingo de Adviento. La Palabra hasta ahora nos ha hablado de vigilancia, de conversión, de espera ilusionada de la venida del Señor. Es fácil que a nosotros nos ocurra lo mismo que a los que escuchaban la predicación de Juan el Bautista. A ellos, en el evangelio de hoy, los vemos acercarse a Juan para decirle: «Entonces, ¿qué hacemos?».     

También a nosotros nos gusta ir a lo práctico. A pesar de decir que somos amantes de la libertad, por comodidad nuestra, nos gustaría saber la fórmula práctica en cada caso. Tú dime, ¿qué tengo que hacer? Seríamos capaces de renunciar a nuestra libertad, para caer de nuevo en la esclavitud de la ley. De esta forma nuestra salvación dejaría de ser un regalo del Señor, para convertirse en un fruto de nuestro esfuerzo.

La respuesta de Juan no deja lugar a dudas. Resumiendo, les dice: Piensa más en los demás y vete olvidándote de ti mismo. Si nos fijamos, su respuesta encierra lo que nos dice la segunda parte del Shemá: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esto lo tenía muy claro san Juan. Lo vemos en su primera carta cuando nos dice: “Para llegar al amor de Dios, al que no vemos, el mejor camino que tenemos es el amor a los hermanos a los que vemos, y que están cerca de nosotros”.

Fijémonos como lo hace Juan el Bautista. En primer lugar, invita a la gente corriente a compartir con los necesitados vestido y comida. A los recaudadores, los publicanos, que se dedican a cobrar los impuestos les dice, que no exijan más de lo debido y que no se enriquezcan a costa de los demás. A unos militares que también le preguntan responde: «No hagáis extorsión a nadie. No abuséis de vuestra autoridad… ».

Como ya hemos dicho, Juan Bautista, con estas respuestas les ayuda a ver que, para recibir el Reino de Dios como es debido, la mejor fórmula es olvidarse de uno mismo y pensar más en los demás. Esto es, al fin y al cabo, vivir en conversión.

El pueblo, que en aquel entonces estaba expectante ante la posible aparición del Mesías, escuchando la predicación de Juan, llega a pensar si no sería él el Mesías. Pero Juan, que sólo es el testigo de la Verdad, sólo es el amigo del Novio que anuncia su llegada, niega esta posibilidad y, mostrando su humildad, dice que no es merecedor de desatar al Mesías la correa de sus sandalias. Es ésta, la persona extremadamente humilde, que conoce su misión y la lleva cabo a rajatabla.

También el Señor nos ha llamado a ti y a mí para que en esta generación anunciemos su venida. La salvación y la felicidad de muchos, empezando por la de aquellos que nos rodean, depende de que, sin buscar protagonismo como Juan, hagamos llegar la Buena Nueva del Reino a todos aquellos que viven cerca de nosotros. A nuestros familiares, amigos, conocidos, compañeros de trabajo, etc. Nuestra misión, es anunciar con humildad que el Señor viene, que el Reino de Dios está cerca, que el Señor, que nos ama y nos perdona siempre, desea la felicidad para todos. Que no hemos de temer el encuentro con Él, que siempre que aparece en la vida del hombre, lo hace para salvar.

Vivimos en una generación descreída que se aleja Dios con gran rapidez. Que nunca ha oído hablar de que su perdón y su misericordia son universales. Una generación que al único Dios que conoce es aquel que aprendió en el Catecismo: «Premiador de buenos y castigador de malos». Un Dios que en breve veremos nacer pobre y humilde en Belén, y que un día vendrá glorioso a salvar a todos aquellos que se acojan a su misericordia, y no rechacen su salvación.


DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

DOMINGO II DE ADVIENTO -C-

«PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Ba 5, 1-9 * Flp 1, 4-6.8-11 * Lc 3, 1-6

Los tres personajes más importantes del Adviento son, la Virgen María, que espera con ilusión el nacimiento de su Hijo, el profeta Isaías que es el profeta del Adviento y que nos anuncia la llegada del Emmanuel, el Dios con Nosotros; finalmente, la tercera figura relevante de este tiempo es Juan el Bautista, que tiene como misión preparar al pueblo para la inminente manifestación del Mesías.

Hoy, san Lucas, nos habla de este último, Juan el Bautista, que recorre toda la orilla del Jordán predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. Da cumplimiento de este modo a la profecía de Isaías que dice: «Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y las colinas; que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale».

Hoy, es a nosotros, a ti y a mí, a los que Juan llama a conversión. Nos llama a reconocer nuestros defectos y nuestros fallos. Ese es el camino para que se nos perdonen los pecados. Somos nosotros los que hemos de salir de nuestra burguesía, de nuestra modorra, de nuestra vida acomodada. Vivimos en esclavitud, pero nos hemos acostumbrado y procuramos llevarlo lo mejor posible. Juan quiere sacarnos de esta vida chata, para mostrarnos la llegada de Aquel que dará sentido a nuestra vida, haciéndola verdaderamente feliz.

Para esto nos llama a conversión, nos llama a preparar nuestro corazón a la venida del Mesías. Es necesario por tanto allanar sus caminos. Es necesario salir de los valles del desánimo que siembra en nuestro interior nuestro enemigo el Maligno. Su misión es convencernos de que no podemos salir, de que no podemos hacer nada frente a nuestros vicios y nuestras manías.

Allanar el camino al Señor implica también, rebajar los montes y las colinas. Los montes de nuestro orgullo, nuestra soberbia, nuestro convencimiento de ser mejores que los demás, que nos lleva continuamente a juzgar a los otros creyéndonos superiores a ellos. El Señor viene humilde y se manifiesta a los humildes.

Con el Señor viene la salvación, pero, para poder experimentarla, hemos de reconocer primero nuestras limitaciones, nuestras faltas y pecados. Eso es convertirnos. Pero la conversión no es algo que dependa sólo de nuestro esfuerzo. Nosotros solos no podemos convertirnos. Es el Señor el que puede darnos la conversión, si nosotros estamos dispuestos a ello y se lo pedimos. El Adviento viene en nuestra ayuda. Nos recuerda que el Señor está próximo, que viene y viene para salvarnos.