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DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO. ESCUCHADLE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Gén 12, 1-4a * 2Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9     

El hombre, tú y yo, ha sido creado para una vida feliz disfrutando de la presencia de Dios por toda la eternidad. La irrupción del pecado en la vida del hombre, como nos lo cuenta el Génesis, rompió por completo los planes de Dios. Llamados a vivir en la luz, perdimos la razón de nuestra existencia al separarnos de nuestro Creador.

Nuestra vocación hacia la vida eterna quedó velada. Teníamos ansia de permanencia, pero el pecado hacía que sólo apareciera delante de nosotros la finitud. La vida del hombre se convirtió en un absurdo. Nos sentíamos llamados a una vida en plenitud, pero sólo aparecía delante de nosotros la limitación que desembocaba en la muerte.

Con objeto de sacarnos de este círculo vicioso, Dios-Padre dispuso que su Hijo se encarnara tomando una naturaleza como la nuestra, y rompiera los lazos de la muerte que nos mantenían en la esclavitud. Hoy, en el evangelio, el Señor Jesús manifiesta por unos instantes a Pedro, Santiago y Juan, esa divinidad que está escondida bajo su naturaleza humana. Quiere fortalecer la fe de sus discípulos, preparándolos a los acontecimientos extremos que se les presentarán en Jerusalén.

San Mateo nos narra este pasaje diciendo que el Señor se lleva a sus discípulos a una montaña alta. En ella se transfigura delante de ellos mostrando su rostro radiante como el sol. Al mismo tiempo se hacen presentes Moisés y Elías que empiezan a conversar con él. Pedro, ante aquel espectáculo, sólo puede exclamar: «Señor, ¿qué hermoso es estar aquí!». Aún está hablando cuando una luminosa nube los envuelve y desde dentro se oye una voz que dice: «Éste es mi Hijo, mi amado, mi predilecto. Escuchadle».

Viendo al Señor transfigurado vemos también cuál es la voluntad del Padre sobre nosotros. No hemos sido creados para vivir una vida chata, sin sentido, con sufrimientos y sometida a la muerte, consecuencia de nuestro pecado, como hemos dicho al principio. Hemos sido creados para una vida plena, que es la que nos ha conseguido el Señor Jesús con su Muerte y Resurrección, al reconciliarnos con el Padre. Hemos sido lavados con su sangre, recibiendo una nueva naturaleza, la de hijos de Dios. Por eso, hoy, las palabras que ha pronunciado el Padre sobre el Señor Jesús, han resonado también para nosotros. Tú y yo, unidos a Jesucristo, somos ese hijo amado al que se ha referido el Padre.

De nuestro interior ha de brotar una inmensa gratitud por la obra llevada a cabo por el Señor en nosotros. Nada merecíamos. Por nuestros pecados estábamos destinados a la condenación, pero Dios-Padre, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó en su Hijo Jesús, nos ha vivificado y nos ha devuelto la condición de hijos. No podemos más que exclamar: ¡Bendito sea por siempre su Nombre!

 

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

«NO SÓLO DE PAN VIVE EL HOMBRE,                                                                      SINO DE TODA PALABRA QUE SALE DE LA BOCA DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7 * Rm 5, 12-19 * Mt 4, 1-11  

El pasado miércoles dimos inicio al tiempo de la Cuaresma, que nos llevará hasta la Pascua, donde celebraremos la victoria del Señor Jesús sobre el pecado y la muerte.

Para entender adecuadamente la historia de salvación, es necesario conocer la relación entre el pecado del hombre y la respuesta de Dios-Padre ante ese pecado. Por eso, en la primera palabra de la Eucaristía de hoy, el Génesis, nos narra cómo, en el origen de la creación, el hombre, que había sido creado por Dios para una existencia eterna y feliz, al dar la espalda a su Creador utilizando mal su libertad, queda sumergido en el pecado y por tanto, en el sufrimiento y en la muerte.

El inmenso amor de Dios por su criatura hace que no se quede impasible ante esta nueva situación del hombre. Por eso, de inmediato, le anuncia el plan de salvación que tiene preparado para él. San Pablo nos dice que, «del mismo modo que por un hombre entró el pecado y la muerte, por otro hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación».

En el evangelio de san Mateo vemos a ese hombre del que habla san Pablo, el Señor Jesús, que, después de su bautismo, retirado en el desierto durante cuarenta días de oración y ayuno, se prepara para dar inicio a su vida pública y a la misión para la que ha sido enviado por el Padre.

Quizá, debido a la devoción popular, tenemos idealizada la figura del Señor. No podemos olvidar que debajo de la figura del hombre se encuentra Dios. Esta percepción, sin embargo, es falsa. La persona divina del Señor quedó totalmente anonadada, de manera, que Jesús de Nazaret, no era un dios disfrazado de hombre, sino que era totalmente un hombre como tú y como yo. Con las mismas necesidades, las mismas debilidades y carencias que tenemos tú y yo. Sólo fue diferente en su imposibilidad de pecar. Prueba de lo que decimos es que, en el evangelio de hoy, lo vemos sometido a tentación por parte del maligno.

Tres son las tentaciones que ha de sufrir, que coinciden con las tres tentaciones que tiene todo hombre. Todos queremos tener asegurado el pan en nuestra vida. Queremos tener el trabajo, la familia, los bienes materiales, etc., bajo control, con todas las necesidades de nuestra vida cubiertas. El Señor responderá al maligno diciendo que hay otras cosas importantes, «Porque no sólo de pan vive el hombre».

En la segunda tentación el maligno invita al Señor a no aceptar su historia. A no aceptar que para los demás es un desconocido, un lugareño de Nazaret. Por eso le empuja a hacer un milagro. También nosotros somos tentados en nuestra historia. Con toda certeza, si tuviéramos poder, cambiaríamos muchas cosas de nuestra vida. Pongo un ejemplo: si estuviera en nuestras manos, seguro que haríamos algún retoque, algún arreglo a nuestro físico. Haríamos cambios en nuestra familia, en nuestro trabajo, etc., porque no estamos de acuerdo plenamente con lo que hemos recibido. No somos conscientes de que Dios nos ha dado aquello que es lo que más conviene a nuestra salvación.

Finalmente, el maligno incita al Señor a dar culto a los ídolos del mundo: al dinero, a las riquezas, al poder, al sexo… ídolos mudos incapaces de proporcionar una vida feliz. Como a Él, también a nosotros nos tienta mostrándonos los falsos dioses del mundo para apartarnos del culto al único Dios. El único en el que ciertamente podemos realizarnos, encontrando la verdadera felicidad y el auténtico sentido a nuestra vida. 


DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SED PERFECTOS COMO VUESTRO PADRE CELESTIAL ES PERFECTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Lev 19, 1-2.17-18 * 1Cor 3, 16-23 * Mt 5, 38-48

Continuamos con el Sermón del Monte. Hoy, el Señor Jesús pone a nuestra consideración aquello que distingue sin lugar a error a un cristiano de otro que no lo es. Dos son los grandes preceptos que dio Dios a su pueblo contenidos en el Shemá. El primero es, “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”, luego, formando un todo con este precepto, encontramos el segundo: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. La felicidad del hombre consiste, efectivamente, en la puesta en práctica de estos dos preceptos. Así lo afirma en otro pasaje del evangelio el Señor cuando dice: “Haz esto y vivirás”. Queda claro pues que, si queremos vivir, vivir de verdad, nuestra vida ha de estar empapada de estos dos preceptos. Fuera de ellos, la vida del hombre no tiene sentido.

En el evangelio de hoy el Señor va a insistir de un modo especial en el segundo de estos preceptos. Nos dice: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Yo, en cambio, os digo: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian”». Si seguimos leyendo el evangelio encontraremos la razón por la cual el Señor quiere que esta sea nuestra conducta con los demás. Nos dice: «Si obráis así, seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos».

Vale la pena pensar que, obrando así, sólo hacemos con los demás lo que Dios-Padre ha hecho con nosotros. Tú y yo, pecadores, injustos, egoístas, lujuriosos, orgullosos, etc. éramos enemigos de Dios. No teníamos salvación. Estábamos condenados a vivir lejos de Dios eternamente. Sin embargo, Dios se fijó en nosotros, y en vez de destruirnos, que es lo que merecíamos, nos miró con amor y misericordia. Lavó nuestros pecados con la sangre de su Hijo, y en Él, dándonos su Espíritu, nos adoptó como hijos. ¿Qué derecho, pregunto yo ahora, tenemos nosotros para erigirnos en jueces de los demás exigiéndoles aquello que el Señor no nos exige a nosotros? Él, nos dice en otra parte del evangelio: «Dad gratis lo que gratis habéis recibido». El Señor quiere, pues, que, a través de nosotros llegue su amor a todos los que nos rodean, porque su voluntad es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad».

Quizá tú me digas: para mí es imposible devolver el bien a cambio del mal que me hacen. Tienes razón. Todo lo que el Señor expone en el Sermón del Monte es imposible llevarlo a la práctica con sólo nuestro esfuerzo. Sin embargo, es el Señor el que se ha comprometido con nosotros para que lo hagamos realidad. Nos ha elegido para que su salvación llegue a todos los que nos rodean. Sólo quiere que nosotros pongamos el cuerpo y que nos dejemos llevar por su Espíritu. Hagamos nuestra la respuesta de la Virgen al Ángel: «Hágase en mí según tu Palabra», y no opongamos resistencia a la obra del Espíritu Santo en nosotros. Dejémonos llevar por su impulso con la convicción de que suplirá nuestra impotencia con su gracia. Donde tú no llegues, llegará Él.

 

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY, SINO A DARLE CUMPLIMIENTO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 15, 16-21 * 1Co 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

Continuamos con el Sermón del Monte, que es el retrato, el perfil, de un cristiano auténtico. El Señor Jesús, hoy dice que no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento. La ley no está puesta para ser cumplida y conseguir con ello la salvación, sino para ayudar al hombre a reconocer sus pecados y a tener necesidad de recurrir a Dios ante su impotencia. El Señor la ha cumplido para que la ley no se convierta para nosotros en condenación. Él ha hecho por ti y por mí lo que nosotros no somos capaces de hacer, y nos la entrega cumplida en su cuerpo. Unidos a Él lo podemos todo.  

Nadie de nosotros puede conseguir la salvación mediante su esfuerzo. Para salvarnos es inútil apretar los puños. Si consiguieras tu salvación de esta manera llegarías a exigirle a Dios que te la concediera. Ya no se haría presente su amor y su misericordia hacia ti que eres pecador. Por el contrario, si con la ley te muestra el camino de la santificación y tú ves que no eres capaz de seguirlo, no tendrás más remedio que volver tu mirada hacia Él para decirle: “Señor, no puedo. Yo sé que lo que me propones es la verdad, pero, aunque me esfuerzo, soy incapaz de llevarlo a la práctica. ¡Ayúdame!” Será entonces cuando experimentarás que Él está a tu lado dispuesto a echarte una mano. Será entonces cuando se cumplirá lo hoy dice el Señor, «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento». Será Él quien cumpla la ley en ti.

Lo que hoy nos dice el Señor, echa por tierra lo que nosotros creemos que es justo, según la justicia humana. En la ley antigua se decía: «No matarás». Hoy el Señor te dice: para matar no es necesario pegarle un tiro a otro, basta con que sientas en tu corazón rencor hacia él. Basta con que no perdones el daño que te ha hecho. Si obras así, ya lo estás matándolo en tu corazón. Si éste es tu caso, dice el Señor, antes de acercarte al altar, antes de ir a misa y comulgar, pídele perdón. Reconcíliate con él. Eso es más importante que cumplir con tus deberes religiosos.

Otro mandamiento de la ley antigua decía: «No cometerás adulterio». En aquel tiempo para cometer adulterio era necesario que un hombre se uniera carnalmente a una mujer casada que no fuera la suya. Hoy el Señor nos dice: «También comete adulterio aquel que mira a una mujer casada deseándola en su corazón».  

Hoy el divorcio está al orden del día, por lo tanto, será interesante conocer lo que el Señor nos dice al respecto: «El que se divorcie de su mujer, la induce a adulterio y el que se case con una divorciada comete adulterio». No ocurría así en la antigua ley, porque estaba contemplado entregar a la mujer acta de repudio. Sin embargo, no es esa la voluntad de Dios. Dios quiere que por el bien de los propios esposos y también por el de sus hijos, el matrimonio sea indisoluble. Por eso, en la actualidad, la Iglesia no tiene potestad alguna para romper el vínculo de un matrimonio. Lo que, si hace, es declarar la nulidad de un enlace, o sea, declarar que entre los contrayentes nunca existió matrimonio. Como vemos, no es lo mismo anular, que declarar nulo.

Si nos fijamos, todo lo que nos propone el Señor requiere navegar siempre contra corriente. Los valores que nos ofrece el mundo están en contraposición con la voluntad del Señor.  Es imposible hacer nada sin su ayuda. Pero nosotros tenemos la seguridad de que todo es posible cuando Él está a nuestro lado. Y Él está siempre con nosotros vivo y resucitado, y se complace en suplir con su poder nuestra debilidad.

 


DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO  -A-

«VOSOTROS SOIS LA SAL DE LA TIERRA Y LA LUZ DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 58, 7-10 * 1Co 2, 1-5 * Mt 5, 13-16

En el evangelio de este domingo continúa el Sermón del Monte iniciado la pasada semana. Como ya dijimos, este sermón constituye el corazón de toda la doctrina del Señor Jesús.

Hoy va a poner de relieve cuál es la misión de los discípulos y, por lo tanto, cuál es la misión que tú y yo tenemos en el mundo. Dice, dirigiéndose a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra…». Es importante tener en cuenta de qué manera una mujer emplea este condimento cuando está guisando. Sabemos que con él, y empleado en muy pequeña cantidad, lo que se pretende es dar sabor al guiso, de manera que cada uno de los elementos empleados, tenga un sabor propio. El arroz sabe a arroz, la carne a carne y las verduras adquieren también su sabor propio, etc. Es significativo, sin embargo, que a ninguno de los comensales que está degustando el guiso, se le ocurre alabar a la sal. Es más, si por un descuido una piedrecita de sal cae en la olla y no se deshace, aquel a quien le toca la escupe.

El Señor quiere que nosotros, sus discípulos, seamos en medio de la sociedad esa pequeña cantidad de sal, que es capaz de dar sabor a todo el guiso. Quiere que los que conviven con nosotros sean salados. Que la sal del Evangelio alcance a todos dando sentido a su vida. Sin embargo, queremos poner de relieve un detalle. No todos los hombres están llamados a ser sal, esta misión está reservada por Dios a unos pocos. Sólo a su Iglesia. La historia se repite. Para salvar a la humanidad inmersa en el pecado, el Señor no eligió a un poderoso imperio para que en él naciera el Mesías, sino que eligió a un pequeño pueblo de pastores, y durante siglos lo educó y lo preparó para recibir a su Hijo. Hoy, nos elige a ti y a mí que también valemos poco.

Lo mismo sucede con la luz. El Señor dice: «Vosotros sois la luz del mundo». Con la luz ocurre como con la sal. No es necesario que una estancia esté completamente llena de luces. Sólo una es necesaria. Los que están en el interior de la sala tienen suficiente con un buen foco. Los demás están de sobra. No todos los hombres están llamados a ser luz. Sólo unos pocos cumplen con esta misión. El resto disfruta de la iluminación que este pequeño grupo ofrece.

Queremos finalmente averiguar cómo sala la sal y cómo ilumina un foco de luz. La respuesta es muy sencilla: muriendo. La sal se disuelve, desaparece, muere. La luz de una lámpara se consume lentamente mientras da luz, para, finalmente, como la sal, morir. Esa es también para nosotros la voluntad de Dios. Que, por amor, porque queremos a los demás, vayamos desgastándonos, perdiendo nuestra vida, para que los otros la obtengan. La compensación que recibimos de parte de Dios, es con mucho superior al sacrificio que supone perder la vida por los demás: empezar ya a saborear aquí la vida eterna, para luego disfrutarla plenamente por toda la eternidad, en la presencia del Señor.

Al final del evangelio el Señor nos dice: «Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo»

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU... »

 

CITAS BÍBLICAS:  Sof 2,3; 3, 12-13 * 1Cor 1,26-31 * Mt 5, 1-12a

En este cuarto domingo del tiempo ordinario daremos comienzo a la proclamación del Sermón del Monte, tomado del evangelio de san Mateo.

Vemos al Señor Jesús sobre la montaña, como hace muchos siglos vimos a Moisés sobre el Sinaí. En aquella ocasión Dios hizo una alianza con el pueblo, mostrándoles a través de las diez palabras de vida, cuál era el camino de la felicidad y la plenitud. Hoy el Señor Jesús, en el Sermón del Monte, hace con nosotros una Nueva Alianza que sellará posteriormente con su sangre, mostrando a sus discípulos y al pueblo quiénes en este mundo son verdaderamente felices y dichosos.

Se trata de una doctrina radicalmente contraria a la que preconiza el mundo. El mundo menosprecia a los pobres y se jacta de los débiles, mientras que el Señor afirma que de ellos es el Reino de los Cielos. El mundo rechaza de plano todo sufrimiento, mientras que el Señor dice de los sufridos que son los que van a heredar la tierra. Proclama también dichosos a los que ahora lloran, porque luego serán consolados.

El mundo es inclemente e inflexible con los que se equivocan. Por el contrario, el Señor Jesús se muestra misericordioso con ellos, y proclama que aquel que se muestre misericordioso hallará también para él misericordia.

El egoísmo del mundo y de los hombres hace imposible la paz. Todos buscan dominar sobre los otros, ocupar los primeros puestos y enriquecerse sin tener en cuenta los intereses de los demás. Esta actitud del hombre es la que provoca guerras, contiendas, injusticias y abusos de todas clases. Por eso el Señor declara bienaventurados y dichosos, a aquellos que trabajan y se esfuerzan para procurar la paz, porque ellos, dice, serán llamados hijos de Dios.

El mundo, finalmente, no tolera la verdad, y persiguió hasta la muerte a Aquel que se definió así mismo «como la Verdad y la Vida». Por eso aquel que defiende la verdad y la justicia también es objeto de persecución.

La justicia del Señor es totalmente distinta a la que aplica el mundo. Por la justicia del mundo el que la hace la paga, mientras que, para el Señor, la justicia consiste en hacer justos a los que no lo son. A ti y a mí que, si no fuera por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, no tendríamos salvación. El mundo no entiende de perdón. Para el mundo perdonar es signo de debilidad y los débiles no tienen cabida en él. El discípulo de Cristo es aquel que es capaz de perdonar, porque también él ha experimentado el perdón.

La doctrina que expone el Señor en este Sermón, cae hoy dentro de lo que se denomina políticamente incorrecto. Fijándonos en los frutos que produce la verdad del mundo, nos daremos cuenta de que aquello que ofrece sólo acarrea sufrimiento, injusticias y abusos de todo tipo, que la mayoría de las veces sufren los más débiles. Queda patente, pues, que siguiendo las directrices del mundo es imposible lograr la felicidad

Está claro, pues, que los caminos del Señor son, como dice Isaías, totalmente distintos a los nuestros. El Señor en el Sermón del Monte nos ha mostrado el retrato de lo que es un cristiano, un hijo de Dios. El único que ha cumplido totalmente este sermón es el propio Jesús. Para nosotros es imposible cumplirlo por más que nos esforcemos. Sin embargo, está a nuestro alcance cuando nuestra vida está unida a la del Señor. Es su Espíritu el que, habitando dentro de nosotros, lo lleva a total cumplimiento.

 

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«SEGUIDME Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 8, 23b-9,3 * 1Cor 1, 10-13.17 * Mt 4, 12-23

El evangelio de hoy nos muestra al Señor Jesús que después de haber sido encarcelado Juan, abandona Nazaret y se dirige a Cafarnaúm en donde fijará su residencia. Allí empieza su predicación invitando a la conversión, ante la inminente llegada del Reino de los cielos. Dice: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos».

San Mateo nos cuenta que, paseando el Señor por la orilla del lago ve a dos hermanos, a Simón llamado Pedro y a Andrés su hermano, que están echando el copo en el lago. Se acerca y les dice: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos, lo dejan todo e inmediatamente le siguen. Un poco más adelante ve a otros dos hermanos, a Santiago y a Juan, que están en la barca con su padre. Los llama y ellos dejando la barca y a su padre le siguen de inmediato. Se trata de los primeros discípulos a los que el Señor elige como colaboradores en su misión evangelizadora.

Desde ese momento se dedica a recorrer toda Galilea, anunciando en sus sinagogas la llegada del Reino, y curando a enfermos y poseídos del diablo.

La Buena Noticia del Reino, que el Señor anunció a aquella generación, ha de continuar llegando a todas las generaciones, también a la nuestra. Hoy, el Señor no está junto a nosotros de una manera física, pero sigue estando en medio del mundo resucitado, aunque nuestros ojos no sean capaces de verle.

Por esto, hoy, como ayer, el Señor sigue llamando a sus colaboradores, a aquellos que van a ser sus manos, su boca y su corazón. Hoy el Señor pasa como lo hizo entonces por la orilla del lago, diciéndonos: «Sígueme». Te lo dice a ti y me lo dice a mí. A nosotros que nos consideramos discípulos suyos. De nuestra respuesta depende que aquellos que están junto a nosotros, nuestros familiares, nuestros amigos y conocidos o nuestros compañeros de trabajo, lleguen a conocerle.

Debemos estar agradecidos al Señor por tenernos en su Iglesia. Pero no nos equivoquemos, no nos ha llamado a la Iglesia para que nos salvemos de una manera individual. Esa salvación ya la consiguió para todos el Señor Jesús en la Cruz. Nos concede estar en la Iglesia, porque es la voluntad del Padre «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad». ¿Pero cómo llegarán a ese conocimiento si no hay testigos que hagan presente a todos, su amor, su misericordia y el perdón de los pecados? Por eso nos llama a ti y a mí como colaboradores suyos, para que a través de nosotros llegue la Buena Nueva a los que nos rodean.

Quizá te preguntes ¿cómo puedo llevar a la práctica esta misión? No son necesarias muchas palabras. No se trata de predicar. Lo importante son las obras. Ama, perdona, se comprensivo con el que se equivoca. Ayuda al débil. Ponte junto al que sufre y sé su consuelo. Si estás dispuesto a hacerlo, el Señor te ayudará. Él es el primer interesado en que la gente a través de ti, llegue a conocerlo.


DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«HE AHÍ EL CORDERO QUE QUITA EL PECADO DEL MUNDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 49, 3.5-6 * 1Cor 1, 1-3 * Jn 1, 29-34

 

En el evangelio de hoy vemos a Juan el Bautista rodeado por sus discípulos. De momento ve al Señor que se acerca y cumple con la misión para la que ha sido llamado. Dirigiéndose a los que le acompañan, da testimonio del Señor Jesús y señalándolo dice: «Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». «Éste es de quien yo dije: tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo». 

            Juan cumple con la doble misión para la que ha sido llamado. Por una parte, predicando un bautismo de penitencia, prepara el camino a aquel que debe venir. Lo hace para que al llegar encuentre un pueblo bien dispuesto que quiera recibirlo. Por otra parte, cuando se presenta Jesús, da testimonio de él y lo muestra a sus discípulos señalándolo como al verdadero Mesías. Con esto da por terminada su misión. Así lo reconocerá en otra parte del evangelio cuando afirma: «Es necesario que él crezca y que yo disminuya». Juan, humildemente, reconoce así que sólo ha sido un instrumento en las manos de Dios-Padre, para llevar a término la misión que se le ha encomendado. No pretende retener a sus discípulos, sino que se limita a indicarles, a mostrarles, a quién deben seguir.

            Aunque a algunos les resulte extraño, nosotros ocupamos hoy el lugar de Juan el Bautista. El Señor nos ha llamado a su Iglesia para que, conociéndole a él, nosotros hagamos que otros lleguen también a conocerlo. Encontrarse con Cristo es el único camino que lleva al hombre a ser feliz. Nosotros tenemos la experiencia de que hemos buscado la felicidad de muchas maneras. La hemos buscado a través del dinero, de las riquezas. La hemos buscado queriendo tener éxito en nuestro trabajo, en nuestras relaciones con los demás. La hemos buscado en la diversión, en el sexo, en la comida o en la bebida. Sin embargo, tenemos que confesar que con todo esto sólo hemos logrado vivir momentos de una felicidad fugaz, que no ha sido capaz de saciarnos y que sólo ha producido en nosotros insatisfacción.

            El origen de esta situación es sin duda nuestro pecado. Tú y yo, hemos querido vivir la vida a nuestro aire. Hemos rechazado aquella vida que Dios había previsto para nosotros y nos hemos separado de él, que era el origen de nuestra vida y nuestra felicidad. El resultado ha sido que, sacando a Dios del corazón, nos hemos encontrado vacíos, sin saber para qué vivimos, y desconociendo cuál es el sentido último de nuestra existencia.  Pero Dios, ha tenido misericordia de nosotros, y a través de su Iglesia nos ha mostrado su amor y su perdón. Lo ha hecho porque nos ama, pero también porque ama con locura a todos los hombres, y quiere para todos la salvación. Para lograr este objetivo, a ti ya mí nos ha colmado de dones, pero lo ha hecho en función de los demás. Lo ha hecho para que nosotros, después de haberle conocido a Él, seamos sus testigos como Juan el Bautista, y hagamos que se encuentren con Él, mostrándoles cual es el verdadero camino de la felicidad. Este camino no es otro, que el encuentro personal con el Señor, experimentando en el corazón su amor y su perdón.