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DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«MUJER, QUÉ GRANDE ES TU FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1. 6-7 * Rm 11, 13-15.29-32 * Mt 15, 21-28

Llegamos al vigésimo domingo del tiempo ordinario que, tanto en la primera lectura como en el evangelio, destaca un hecho que debemos apreciar en lo que vale. Cuando el Señor eligió al pueblo de Israel para que fuera el pueblo de su heredad, nosotros, los gentiles, quedamos fuera de esa elección. Para un hebreo, tú y yo, estábamos excluidos del pueblo hasta el extremo de ser considerados como perros. Ellos desconocían que sólo eran el instrumento necesario para que la salvación de Dios llegara a todos los hombres de la tierra.

El Señor Jesús, en algunos pasajes del evangelio, reafirma esta postura cuando afirma que sólo ha sido enviado a las ovejas de pueblo de Israel. Es lo que sucede en el evangelio que hoy nos propone la Iglesia. Una mujer cananea, y por tanto, no perteneciente al pueblo de Israel, camina detrás de Jesús pidiendo que libre a su hija de un demonio muy malo que la posee. El Señor no la atiende y sigue caminando. Ella grita con tal insistencia que los discípulos llegan a decirle al Señor: «Atiéndela que viene detrás gritando». El Señor Jesús les responde: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel». La mujer los alcanza y postrándose en tierra le dice: «Señor, socórreme». La respuesta del Señor es incompresible y es capaz de helar la sangre al más pintado. «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». Sin embargo, la respuesta de la mujer, la respuesta de una madre angustiada, es capaz de romper el corazón misericordioso del Señor. La mujer responde: «Tienes razón Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». El Señor Jesús lleno de admiración, responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

San Pablo, en el fragmento de su carta a los Romanos señala cómo nosotros, los gentiles, nos hemos beneficiado del rechazo de Israel hacia el Señor Jesús, verdadero Mesías que el pueblo esperaba. Sin embargo, afirma que esta reprobación es temporal, dado que los dones de Dios y su llamada son irrevocables. Nosotros, que en otro tiempo desobedecimos a Dios, por su desobediencia, hemos obtenido misericordia.

Tanto los hebreros, como nosotros los gentiles, hemos rechazado los planes de Dios desobedeciéndole. Se ha cumplido así lo que afirma san Pablo al decir que «Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos». Evidentemente, Dios no nos ha empujado al pecado, pero nos ha dado la libertad, sabiendo, de antemano, que haríamos mal uso de ella. De esta manera, podía mostrarse misericordioso con nosotros perdonando nuestros desvaríos.

De nuestro interior ha de brotar una bendición agradecida al Señor, porque, para liberarnos del pecado y de la muerte, ha suscitado en su Hijo Jesucristo un salvador tanto para los judíos, como para nosotros los gentiles.


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