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DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«ESCUCHA, ISRAEL, EL SEÑOR NUESTRO DIOS ES EL ÚNICO SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 6, 2-6 * Heb 7, 23-28 * Mc 12, 28b-34

El evangelio de este domingo nos presenta una cuestión fundamental para nuestra vida de fe. Necesitamos tener claro cuál es el mandamiento primero y más importante de la Ley. Al escriba del evangelio de hoy le pasa lo mismo, y por eso se acerca a Jesús a preguntarle. Él, seguramente, conoce la respuesta correcta, pero quiere asegurarse y por eso recurre al Señor. La respuesta que el Señor Jesús le da es indiscutible y no tiene vuelta de hoja: «El primero es: Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo, continúa diciendo, es éste: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

No sé muy cierto lo que nosotros hubiéramos contestado al hacernos esta pregunta. Vivimos en una sociedad en la que eso de amar a Dios no ocupa, ciertamente, el primer lugar en la vida de las personas. Tenemos muchas preocupaciones a las que damos prioridad y relegamos lo del amor de Dios a un segundo plano. Sin embargo, lo cierto es que lo único que puede dar sentido y plenitud a nuestra vida, es amar a Dios y ponerle como centro, como a lo más importante de nuestra vida.

Somos inconscientes y no nos damos cuenta de que nuestro origen es Dios, ya que de Él hemos salido, y hacia Él, como a nuestro fin, caminamos. Tú y yo no hemos aparecido en el mundo de la noche a la mañana como las setas. Tenemos un Creador que, pensando en nosotros, en ti y en mí, nos ha amado, siendo fruto de su amor nuestra existencia.

El fin que Dios perseguía al crearnos, no era otro que hacernos partícipes de su inmensa felicidad, teniendo en nuestro corazón su amor. Nos hizo capaces de experimentar el amor, y a la vez nos dio la posibilidad de poder amar. No quiso, sin embargo, que le amáramos a la fuerza, por eso, junto a la vida nos dio el gran regalo de la libertad. Un regalo que, como sabemos, no supimos aprovechar adecuadamente, y que sirvió para que, en vez de buscar la felicidad en el Creador, la buscáramos en las criaturas. Hoy, el evangelio nos recuerda que la razón última y primordial de nuestra existencia, radica en tenerle a Él como al primero, y amarle con todo el corazón.

Queremos aclarar que, en nuestro lenguaje, la palabra mandamiento tiene un sentido que hace referencia a obligación. No estamos obligados a amar a Dios a la fuerza, sino que amarle ha de ser para nosotros una necesidad. Los mandamientos en su origen no son obligaciones, sino palabras de vida que, como señales de tráfico, nos ayudan a encontrar el camino de la verdadera felicidad.

No queremos terminar sin hacer referencia al segundo mandamiento, que es a su vez consecuencia del primero. Si tu corazón está repleto del amor de Dios, si eres plenamente feliz, te será muy fácil amar a tu prójimo como a ti mismo. Hay una frase que podemos aplicar aquí: “De lo que rebosa el corazón, habla la boca”. Si tu corazón está repleto del amor de Dios, ese mismo amor te hará amar a tu prójimo sin ninguna limitación. 

 



DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31, 7-9 * Heb 5, 1-6 * Mc 10, 46-52 

Una vez más la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda arrojando luz sobre nuestra existencia. El Señor Jesús está saliendo de Jericó con sus discípulos. A la entrada de la ciudad junto al borde del camino se encuentra un ciego pidiendo limosna, que ante el ruido que arma la gente pregunta de qué se trata. Le contestan que es Jesús el Nazareno que pasa con sus discípulos. En cuanto oye que se trata de Jesús, empieza a gritar con todas sus fuerzas: «Hijo de David, ten compasión de mí». La gente de su alrededor le regaña por el escándalo que está armando, pero él, en vez de callar, grita con mayor fuerza: «Hijo de David, ten compasión de mí».

Jesús se detiene y dice: «Llamadlo». Los que están junto al ciego le dicen: «Ánimo, levántate, que te llama». Él, soltando su manto, da un salto y se acerca. Jesús le pregunta: «¿Qué quieres que haga por ti?». Él, sin dudarlo responde: «Maestro, que pueda ver». La respuesta del Señor no se hace esperar. Jesús le dice: «Anda, tu fe te ha curado». Y en aquel momento el ciego Bartimeo recobra la vista. El evangelista añade, «y lo seguía por el camino».

Hemos afirmado al principio que esta palabra arroja luz sobre nuestra existencia. Veamos cómo. Aunque para algunos resultará difícil vernos reflejados en la figura de este ciego, lo cierto es que tú y yo también somos ciegos y estamos en el camino de la vida pidiendo limosna. Pedimos una limosna de amor. Pedimos a gritos que los demás nos quieran, que cuenten con nosotros, porque de esto depende nuestra felicidad. No hay felicidad mayor que sentirse amado por otro, y poder a la vez amarlo devolviéndole su amor. Para esto hemos sido creados. Para amar y poder a la vez experimentar el amor.

Seguro que más de uno protestará diciendo, yo no estoy ciego. Veamos si es cierto. ¿Cuántas veces has pedido la felicidad a la familia, a los amigos, al dinero, a las riquezas, a tu trabajo, a los negocios, a las diversiones, al sexo o al culto a tu cuerpo? Dime pues, ¿cuál ha sido el resultado? Sin duda, has experimentado una felicidad momentánea que al final no ha podido satisfacerte plenamente. Necesitas más. Necesitas tener el corazón lleno, y ninguna de estas cosas ha logrado llenarlo por completo. Eres, por tanto, ciego, porque te empeñas en buscar la luz y la felicidad donde no está. Dices, cuando tenga dinero, cuando tenga trabajo, cuando me case, cuando… y llega esto, y sigues igual de vacío.

Hoy, para ti y para mí, como un día para el ciego, pasa por el camino de nuestra existencia Alguien que puede de verdad curarnos, dar sentido a nuestra vida. Lo que pasa es que para que nos cure son necesarias tres condiciones. En primer lugar, hemos de estar convencidos de nuestra ceguera. Tener la experiencia de que nada ni nadie ha conseguido hacernos felices de verdad. En segundo lugar, es necesario descubrir, como el ciego, que Aquel que pasa por nuestra vida tiene el poder de curarnos. Finalmente, es necesario gritar. Gritar con insistencia pidiendo ayuda: «Hijo de David, ten compasión de mí», para que el Señor se detenga y nos pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?». Nuestra respuesta no puede ser otra: «Maestro, que pueda ver». Que experimente que sólo en ti está de verdad la vida y la felicidad.

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«EL HIJO DEL HOMBRE HA VENIDO PARA SERVIR Y DAR SU VIDA POR TODOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 53, 10-11 * Heb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45 

La semana pasada el evangelio arrojaba luz sobre un problema que nos afectaba a todos. Se trataba de nuestra relación con el dinero. Influenciados por nuestro hombre viejo, el hombre de la carne, vimos que todos buscamos nuestra seguridad en los bienes materiales, las riquezas, y, sobre todo, el dinero. Lo hacemos, porque todos tenemos ansia de ser, todos tenemos necesidad de lograr en la vida una situación estable y segura.

Íntimamente ligado a nuestra relación con las riquezas, aparece un nuevo problema en la vida, cuya solución no está al alcance de nuestra mano. Podremos observar en el evangelio de hoy, que ni los propios discípulos del Señor se vieron libres a la hora de afrontarlo. Veamos cómo nos lo cuenta san Marcos. El Señor va de camino con sus discípulos cuando se le acercan Santiago y Juan. Tienen la pretensión de que el Señor Jesús les conceda el privilegio de poder sentarse en su reino, uno a su derecha y el otro a su izquierda. No estará demás recordar, a fin de entender la actitud de estos hermanos, que los que siguen al Señor piensan que será él, el que liberará al pueblo de la dominación de los romanos e instaurará el nuevo Reino de Israel. Es lógico, por tanto, que quieran asegurarse un lugar preeminente en este reino.

«No sabéis lo que pedís», les responde el Señor, y les enumera la serie de acontecimientos que le va a tocar vivir, preguntándoles si ellos también serán capaces de asumirlos. Sin dudarlo, contestan: «lo somos». Los otros diez, entre tanto, al conocer la pretensión de los dos hermanos, se indignan contra ellos. El Señor aprovecha la ocasión para explicarles que en el Reino va a suceder lo contrario de lo que ocurre en el mundo. Nada de opresión y tiranía. «Entre vosotros, les dice, el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser el primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para dar su vida en rescate por todos».

Lo que les ocurre a los dos hermanos es, aunque a veces no seamos conscientes de ello, lo mismo que te ocurre a ti y me ocurre a mí. Tenemos necesidad imperiosa de reafirmar nuestra personalidad. Necesitamos que los demás nos consideren, que nos den la importancia que creemos merecer. El origen de esta necesidad de reafirmar nuestra persona está íntimamente relacionado con el pecado. Tú y yo estamos creados para experimentar el amor y a la vez poder amar. La condición para que esto se pueda dar es tener en el corazón el amor de Dios. Por el pecado de origen nuestro corazón ha quedado vacío del amor de Dios, dejando un hueco que necesitamos llenar con urgencia. Para conseguirlo, buscamos las riquezas, el dinero, pero, sobre todo, el amor, el reconocimiento y consideración de los demás. Yo necesito destacar para que los demás me tengan en cuenta. Lo mismo les ocurre en el fondo a Santiago y Juan, pretenden dominar para lograr ser considerados por los demás.

El Señor ha dispuesto que ninguno de los sucedáneos de amor a los que acudimos logren satisfacernos, para que tengamos que encontrar en él, la verdadera felicidad y el sentido de nuestra vida. San Agustín dice: “Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti”.


DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«MAESTRO BUENO, ¿QUÉ HE DE HACER PARA HEREDAR LA VIDA ETERNA?»

 

CITAS BÍBLICAS:  Sab 7, 7-11 * Heb 4, 12-13 * Mc 10, 17-30

El evangelio de este domingo demuestra en la práctica una frase que el Señor Jesús pronuncia en el Sermón del Monte. Dice así el Señor: «No podéis servir a Dios y al dinero». 

Hoy, en el evangelio de san Marcos, ante la pregunta que le formula uno de sus oyentes sobre qué hacer para heredar la vida eterna, el Señor lo remite a la práctica de los mandamientos, enumerándolos todos sin hacer mención al primero. Él, le responde: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». El evangelista sigue diciendo que Jesús, mirándolo con cariño, le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme». Ante esta respuesta, se va pesaroso porque es muy rico.

Nos encontramos ante el binomio “amor a Dios y riquezas”. Si recordamos el Shemá veremos que dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”. Cuando dice con todas tus fuerzas hemos de entender que habla de todos los bienes que poseemos, tanto materiales como espirituales. Amar a Dios con todas nuestras fuerzas, con todos nuestros bienes, es signo de que, efectivamente, lo amamos con todo el corazón y también con toda el alma. No le sucede así al personaje del evangelio, que quiere seguir al Señor sin renunciar a sus bienes. Dicho de otro modo, antepone el valor de sus riquezas al amor de Dios, por eso no quiere desprenderse de ellas.

Ampliando la frase del Sermón del Monte a la que hemos aludido al principio, veremos que el Señor dice: «Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se dedicará a uno y despreciará al otro». No hay vuelta de hoja. Ahora se entiende perfectamente la respuesta del Señor a la pregunta ¿qué debo de hacer para heredar la vida eterna? Dicho en román paladino, “no es posible nadar y guardar la ropa”.

Quisiera que nos diéramos cuenta de que ese personaje del evangelio de hoy somos tú y yo, que tenemos nuestro corazón pegado al dinero, pegado a nuestros bienes materiales. Mucho hablar de Dios, pero lo cierto es que tenemos puesta nuestra seguridad en la cartilla o en la cuenta de nuestro banco. No dudo de que Dios sea importante en nuestra vida, pero Dios está un poco lejos y lo que nosotros hoy podemos tocar, nos importa y nos da seguridad, son las cifras de nuestra cuenta bancaria.

Que esto sea realidad no nos ha de abochornar. Esta situación es normal debido a nuestra naturaleza dañada por el pecado. Este evangelio de hoy ha de iluminar esta situación, nos ha de sacar del error, y nos ha de empujar a reconocer ante el Señor nuestra debilidad, manifestándole que queremos que Él sea lo primero en nuestra vida, pero que para ello necesitamos su ayuda, necesitamos la fuerza del Espíritu Santo.


DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Heb 2, 9-11 * Mc 10, 2-16

Hemos dicho con frecuencia que la Palabra de Dios siempre es actual, de manera que siempre halla cumplimiento en nuestra vida. Unas veces vemos con claridad como lo que nos dice ilumina situaciones concretas por las que estamos atravesando. En otras ocasiones necesitamos la ayuda de la Iglesia para aplicar a nuestra vida las palabras del evangelio. Esa es precisamente la finalidad de la Homilía.

Hoy, el evangelio trae a nuestra consideración un tema que no puede ser más actual. La pregunta que los fariseos presentan al Señor podemos hacerla nuestra, perfectamente, también hoy. «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» El Señor Jesús, antes de contestar, les formula a su vez una pregunta: «¿Qué os ha mandado Moisés?» Moisés, en la Ley, efectivamente, permitió dar a la mujer un acta de repudio, sin embargo, el Señor aclara este particular diciendo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne». Dicho de otra manera, aunque suscite discusiones y no sea políticamente correcto, podemos afirmar, sin equivocarnos, que una unión lícita y real entre un hombre y una mujer es, por voluntad de Dios, indisoluble. Para un matrimonio verdadero no existe la posibilidad del divorcio. La voluntad de Dios desde el principio no admite discusión. Esta afirmación no hace solo referencia al matrimonio cristiano, sino también a la unión natural entre un hombre y una mujer.

Existen dos razones de peso para que la voluntad divina respecto al matrimonio sea esa. El matrimonio entre un hombre y una mujer es el embrión de donde nace una familia. Es necesario, por tanto, que se dé en beneficio de los cónyuges una relación afectiva y de intereses, estable. Por otra parte, esa comunidad de amor será el lugar idóneo en donde los hijos, fruto del matrimonio, encontrarán el ambiente adecuado para su desarrollo integral. Concluimos, pues, sobre todo para los que nos consideramos discípulos del Señor, que la palabra divorcio no puede tener cabida en nuestro lenguaje.

Todo lo expuesto puede provocar opiniones encontradas. Sin embargo, como hemos visto en las palabras del Señor, la voluntad de Dios sobre la unión matrimonial está claramente definida desde el principio. Lo que ocurre es que para aceptarla han de hallar también cumplimiento las palabras que nos dice Señor Jesús al final del evangelio: «Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no estará en él». Nos preguntamos, ¿cómo actúa al respecto un niño pequeño? El niño pequeño acepta a pies juntillas todo lo que le dice su padre, jamás se le ocurre cuestionar lo que se le dice. Somos los adultos los que, por nuestro orgullo e insensatez, nos atrevemos a cuestionar o a querer interpretar la verdad que procede de Dios.  


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«QUIEN NO ESTÁ CONTRA NOSOSTROS ESTÁ A NUESTRO FAVOR»

 

CITAS BÍBLICAS:  Núm 11, 25-29 * Sant 5, 1-6 * Mc 9, 38-43. 45. 47-48

En el evangelio de hoy vemos a Juan un tanto escandalizado por lo que acaba de presenciar. Nada menos que uno que no pertenece al grupo de los discípulos, se ha atrevido a echar demonios invocando el nombre, el poder, de Jesús. Ellos han querido impedírselo, y así se lo han comunicado al Señor. Estaban celosos porque creían tener la exclusiva, sin darse cuenta de que aquel que realizaba prodigios en nombre del Señor Jesús, lo hacía, porque creía en Él. Por eso, la respuesta del Señor les deja desconcertados. Jesús les dice: «No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a nuestro favor».

También en nuestra vida de fe puede darse esta situación. Tenemos el peligro de creernos poseedores de la verdad pensando que tenemos la exclusiva y, por ello, atrevernos a juzgar o menospreciar a otros que no viven su fe como nosotros. Hemos de darnos cuenta de que los caminos que dentro de la Iglesia llevan al Señor son muy diversos. El Señor llama a cada uno de un modo diferente. Lo importante es atender a esa llamada teniendo en cuenta que hemos de seguirle a través del carisma, del don concreto, para el que nos llama. Todos trabajamos en la misma viña, por lo tanto, todos debemos respetar el trabajo de los demás, viendo en él la obra del Señor.

Después de esta primera parte del evangelio de hoy, el Señor nos habla de un peligro muy serio que tenemos los creyentes. Hemos de estar prevenidos para que nuestro comportamiento no escandalice a los más débiles en la fe. El Señor dice: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar». Quizá pienses, ¿De qué pequeñuelos les habla? Los pequeñuelos a los que hace referencia el Señor son, por una parte, aquellos que están dentro de la Iglesia pero tienen una fe muy endeble, y por otra, aquellos que han vivido su vida fuera de la Iglesia y que, ahora, quizá porque han visto un signo en un creyente o por algún acontecimiento de la vida, se están acercando a la Iglesia y empiezan a interesarse por las cosas de Dios.

El peligro que corremos es que unos y otros, vean en nuestro comportamiento algo que no es digno de la vida de un cristiano, y saquen la conclusión de que no es lo mismo hablar que dar trigo. Por eso, escandalizados, se aparten definitivamente de la Iglesia. Nuestra responsabilidad es, pues, muy grande. Quizá no somos conscientes de cómo los de fuera de la Iglesia observan nuestro comportamiento, para comprobar si nuestras obras coinciden con las creencias que decimos profesar.

El Señor, para estos casos, utiliza expresiones muy duras: «Si tu pie te hace caer, córtatelo… Si tu ojo te hace caer, sácatelo… Mejor es entrar cojo o ciego en el Reino de Dios, que ser echado al abismo con los dos ojos o los dos pies».

No olvidemos cuántos dones nos ha regalado el Señor sin merecerlo. Nosotros somos los primeros beneficiarios. Sin embargo, lo que el señor pretende es que a través de nosotros, otros puedan aprovecharse de esos dones. Estemos, pues, alerta, y no perdamos de vista las palabras del Señor: «A quien más se le dio más se le exigirá».

 

 

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

 «QUIEN QUIERA SER EL PRIMERO, QUE SEA EL ÚLTIMO». 

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 2, 12.17-20 * St 3, 16—4,3 * Mc 9, 30-37

El evangelio de este domingo trae a nuestra consideración un problema que es inherente a la naturaleza humana dañada por el pecado. Ni los propios discípulos, ni aún los apóstoles, se vieron libres de él. Veamos cómo lo expone el evangelista san Marcos.

Jesús camina con sus discípulos atravesando Galilea procurando pasar desapercibido, porque los va instruyendo acerca de todo lo que le va a ocurrir en Jerusalén. Les dice: «El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». Ellos no acaban de entender muy bien lo que les dice, y tampoco muestran gran interés en saberlo. Les preocupa otro asunto que consideran de mayor importancia. Desean saber quién de ellos es el más importante. Hemos de tener en cuenta que los discípulos esperaban la restauración material del Reino de Israel, y que creían que aquel que iba a restaurarlo era el Señor Jesús, por eso era importante averiguar qué lugar correspondería a cada uno en ese reino.

El Señor, que ha escuchado su discusión, los llama y les dice: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Luego llama a un niño, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

La actitud de los discípulos es la misma que tiene cualquier persona, también nosotros, por supuesto. Nuestra naturaleza dañada por el pecado exige ser. Necesita llenar el hueco que ha dejado en nosotros la ausencia de Dios. Antes del pecado el corazón del hombre estaba repleto del amor de Dios. No necesitaba en absoluto nada para ser plenamente feliz. No ocurre lo mismo después del pecado. Ya no encontramos nada que pueda satisfacer nuestras ansias de felicidad. De ahí que nuestra vida, a través de lo que nos rodea, familia, dinero, poder, trabajo, sexo, diversión, etc., se haya convertido en una búsqueda continua de felicidad. Deseamos encontrar algo que dé sentido a nuestra vida.

Tú y yo, por gracia de Dios, sabemos que nada de este mundo puede llenar por completo nuestro corazón. Sin embargo, en cuanto nos descuidamos, nos encontramos luchando a brazo partido por conseguir inútilmente llenar de felicidad nuestra vida. Hoy el Señor, en el evangelio, viene en nuestra ayuda y nos da a conocer la clave para lograr ser felices de verdad. Es algo que el mundo rechaza y aborrece: ocupar el último lugar. La verdadera felicidad, viene a decirnos el Señor, no radica en ser servido sino en servir. El hombre es mucho más feliz cuando da de corazón que cuando recibe. Esta solución, sin embargo, repugna a nuestra razón y no está al alcance de nuestra mano. No podemos de ningún modo renunciar, negarnos a nosotros mismos en favor de los demás. Es por esto por lo que necesitamos acercarnos al Señor con humildad, para pedir la fuerza de su Espíritu, a fin de que lo que para nosotros es imposible, sea posible con su ayuda.


DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 5-9a * St 2, 14-18 * Mc 8, 27-35

En el evangelio de hoy encontramos a Jesús y sus discípulos que caminan hacia Cesarea de Filipo. Desea adoctrinarles, prepararlos, para hacer frente a los acontecimientos que se aproximan. Quiere que estén al corriente de todo lo que va a sucederle. En primer lugar, para conseguirlo les formula la siguiente pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Lo hace con una doble intencionalidad. En primer lugar, conocer la opinión de la gente sobre su persona, y en segundo lugar, y es lo que a él ciertamente le importa, saber cuál es la opinión de sus discípulos al respecto. Por eso, y después de escuchar las explicaciones que le dan, les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Pedro, antes de que nadie responda y con el carácter impetuoso que le caracteriza, responde enseguida: «Tú eres el Mesías». El Señor Jesús les prohíbe terminantemente decírselo a nadie, y empieza a explicarles lo que le va a suceder en Jerusalén: apresamiento, sufrimientos, condena, muerte y, finalmente, resurrección. En la mente de Pedro, que escucha atentamente, no existe la posibilidad de que todo esto sea cierto. Por eso, llevándoselo aparte empieza a increparlo, pero el Señor Jesús volviéndose y de cara al resto de discípulos le dice enérgicamente: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Y añade: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará».

Hoy, somos tú y yo los que caminamos junto al Señor Jesús. Es a nosotros a los que pregunta: José, Juan, María, … tú ¿Quién dices que soy yo? Quizá nunca nos hemos hecho seriamente esta pregunta. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Por qué le sigo? Conviene, pues, que nos planteemos esta cuestión. ¿Lo sigo por inercia, porque así me lo han enseñado, o porque he descubierto que él es el Señor, el que me salva y me ayuda cada día? ¿Has pensado alguna vez qué sería de tu vida si de ella desapareciera el Señor? ¿Cambiaría mucho? Creo que vale la pena considerar este asunto seriamente.

La última parte del evangelio es fundamental para la vida de aquellos que queremos seguir al Señor. No podemos vivir equivocados. La vida de los discípulos en este mundo no es un camino de rosas. Por nuestro pecado de origen todos tenemos en la vida una o varias cruces que nos pesan, que nos hacen la vida difícil. Sin embargo, son necesarias, porque, como el Señor dijo a san Pablo, «es en la debilidad donde se manifiesta mi poder». De manera que sin la cruz no hay salvación, y será precisamente en esa cruz en esa debilidad nuestra, donde conoceremos al Señor y su poder. Al revés de lo que piensa el mundo, no está la salvación y la felicidad en defender la vida, sino en no tener inconveniente en perderla, cuando se pierde por el Evangelio.