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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -B-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD  -B-

«GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO »

 

CITAS BÍBLICAS:  Dt 32-34.39-40 * Rm 8, 14-17 * Mt 28, 16-20

Finalizado el Tiempo Pascual con el Domingo de Pentecostés y reanudado el tiempo ordinario, la Iglesia nos hace presente en este domingo la figura de la Santísima Trinidad.

Hablar de este misterio resulta difícil, porque en él está encerrada la misma esencia de Dios. Un teólogo tan eminente como fue san Agustín de Hipona no pudo en modo alguno adentrarse en él. Es conocido el pasaje de su vida, que narra que cierto día paseando por la orilla del mar absorto en la meditación de este misterio, observó como un pequeño hacia constantes viajes al mar llevando agua en una concha e intentando con ella llenar un pequeño pozo que había hecho en la arena. Al preguntarle qué es lo que pretendía hacer, el niño respondió que quería meter en aquel pozo toda el agua del mar. Ante esta pretensión tan absurda el santo hizo ver al niño la imposibilidad de llevar a término esta empresa. Como respuesta el niño dijo a Agustín: mucho más imposible es con tu razón, llegar a comprender el misterio que te obsesiona, y desapareció.

Tampoco nosotros vamos a intentar penetrar en este gran misterio. Solo diremos que la esencia de Dios, tal como lo afirma san Juan, es el amor. Dios es amor. Pero para que el amor se manifieste, se requiere que exista más de una persona. En la Trinidad, la Palabra de Dios-Padre, a diferencia de nuestra palabra que solo está formada por sonidos fruto de la vibración del aire, tiene tal entidad, tiene tal fuerza, que engendra una nueva Persona. Esa Persona, esa Palabra, es el Hijo. Padre e Hijo, contemplándose el uno al otro desde toda la eternidad se aman intensamente, y ese Amor alcanza tal magnitud, que conforma a la tercera Persona de la Trinidad, que es el Espíritu Santo.

Tenemos pues, un solo Dios, pero tres personas distintas que llevan a cabo tres funciones diferentes. Conocemos al Padre como Creador. Conocemos al Hijo como Redentor y finalmente sabemos que la función primordial del Espíritu Santo es la de ser Santificador. En cada uno de nosotros se ha manifestado la obra de las tres divinas personas. Somos fruto de la obra creadora del Padre. Él es nuestro origen y también nuestro fin. Al Hijo debemos el perdón de nuestros pecados y la victoria sobre la muerte, que nos ganamos a pulso al emplear mal nuestra libertad, pecando. Al Espíritu Santo debemos nuestra santificación. Para eso fuimos creados, para ser santos, para ser felices en la presencia de Dios.

Nosotros hemos sido llamados desde el principio a ser templos en los que habite la Santa Trinidad. Fuimos creados a imagen de Dios, es decir, libres y con capacidad de experimentar el amor y de poder a la vez amar. En esto es en lo que fundamentalmente nos parecemos a Dios. Él ha elegido morar en nuestro interior, llenarnos por completo para hacernos totalmente felices. De esto tenía mucha experiencia sor Isabel de la Trinidad, que hablaba de cómo “mis Tres” llenaban por completo su vida. También esto encierra para nosotros un gran misterio. Es incomprensible hasta dónde llega el amor de Dios hacia su criatura, hacia ti y hacia mí. En nuestras manos está no contristar a la Santa Trinidad, dando culto en nuestro interior a otros ídolos. Si te apoyas en el dinero, en la afectividad, en el sexo, en el poder, etc. y tu corazón está ocupado por esos ídolos, ya no queda lugar para que more en Él la Santísima Trinidad. Dios aborrece esos ídolos, no porque puedan hacerle daño alguno, sino porque te engañan, porque te prometen una felicidad que luego no pueden darte.

Bendigamos al Padre que nos creó, al Hijo que derramó su sangre para salvarnos y al Espíritu Santo que nos defiende de nuestros enemigos, y que nos santifica a través de su Iglesia. 

 

 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS -B-

DOMINGO DE PENTECOSTÉS  -B-

«EL ESPÍRITU DE LA VERDAD OS GUIARÁ HASTA LA VERDAD COMPLETA »

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20, 19-23 15-20

 La misión que el Señor Jesús ha dejado en nuestras manos como miembros de su Iglesia, supera con mucho nuestras propias fuerzas. Así lo entendía Él cuando pocas horas antes de dar comienzo a su Pasión decía: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello…».

El Señor ante la tristeza de sus discípulos al anunciarles su marcha inminente al Padre, les dice: «No os dejaré huérfanos». En otra ocasión, antes de la ascensión, afirma: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Tenemos, pues, la certeza de su presencia continua entre nosotros, pero, sin embargo, aquel protagonismo que tuvo durante su vida terrena, lo cede a la Tercera Persona de la Stma. Trinidad, o sea, al Espíritu Santo. Ya lo afirmó cuando dijo a sus discípulos: «Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa».

Después de la fundación de la Iglesia llevada a cabo por el Señor Jesús, entra en acción el Espíritu Santo. Él es el Paráclito, el Defensor, el encargado de llevar adelante día a día la construcción de la Iglesia, para que cumpla con su misión salvadora en cada nueva generación.

Nada de lo que nos encargó el Señor Jesús antes de ascender al cielo, es posible realizarlo con solo nuestras fuerzas. Tenemos necesidad de los dones del Espíritu Santo para poder llevar a cabo lo que significa ser discípulos de Cristo. Nuestra carne es débil, nuestro hombre viejo, nuestro hombre de pecado, se resiste en aceptar las injusticias de las que somos objeto. Nuestra razón no quiere que demos nuestro brazo a torcer y perdonemos sin más a los que nos ofenden.

¿Cómo llevar a la práctica aquellas palabras del Señor: «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Rezad por los que os persiguen y bendecid a los que os calumnian»? Esto es imposible, decimos, y sin embargo esa es nuestra misión como discípulos del Señor. Continuar haciendo hoy en la tierra, lo mismo que él hizo en su vida mortal.

Él nos ha elegido para que cuando vayamos por la calle, cuando estemos en el trabajo, cuando vivamos nuestra vida de familia o cuando nos estemos divirtiendo, los demás vean en nosotros su misma figura, vean en nosotros al mismo Cristo. De esta manera será cómo la salvación que Él ha ganado para todos los hombres, llegará a los que nos rodean sin necesidad de que se acerquen a la iglesia, sin necesidad de que vayan al templo.

Si tú y yo, llamados a realizar esta misión no la llevamos a cabo, es posible que esas personas nunca lleguen a conocer el amor de Dios y la salvación que Dios-Padre nos ha otorgado a todos los hombres, a través de su Hijo Jesucristo. La elección del Señor no ha de servirnos para asegurar nuestra salvación personal. El Señor nos ha elegido a ti y a mí, porque ama a los demás, porque ama a los que viven lejos de Él. Bien es cierto que a nosotros nos da gracias abundantes que no da a todos, pero nos las da para que las pongamos al servicio de los que nos rodean.

La gracia principal, el don más importante que derrama sobre nosotros, es el Espíritu Santo. Por Él encontramos fortaleza en la debilidad, consuelo en nuestras luchas y caídas y sabiduría para poder vivir a pesar de nuestra ignorancia. Él nos ayuda en la lucha diaria contra el maligno y nos defiende de sus tentaciones y asechanzas. Con Él podemos llevar adelante la voluntad del Señor, y amarnos y perdonar de corazón a los que nos odian. Él es el que siembra en nosotros el amor, que contrarresta nuestro egoísmo. Él en fin, deposita en nuestro corazón la certeza de que somos hijos de Dios. 

DOMINGO VII DE PASCUA - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO VII DE PASCUA - LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

«ASCENDIÓ AL CIELO Y SE SENTÓ A LA DERECHA DE DIOS »

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11.44-48 * Ef 1, 17-23 * Mc 16, 15-20

Con este domingo alcanza pleno cumplimiento la misión que el Padre puso en las manos del Señor Jesús. Vino a darnos a conocer el amor del Padre hacia nosotros que no teníamos salvación posible. Vino a poner rostro a Dios, ya que para nosotros era imposible imaginar la figura de Dios-Padre. El Eterno se acercaba así de una manera material a su criatura.

Cumplida esta misión, pagada con creces la factura que teníamos pendiente, y vencida por completo la muerte, celebramos hoy que el Señor Jesús asciende al cielo para sentarse a la derecha de Dios.

La obra redentora del Señor se ha llevado a cumplimiento, pero quedaría incompleta si no continuara aplicándose a cada nueva generación. Ciertamente el Señor Jesús con su muerte y resurrección, pagó por todos los pecados, pasados, presentes y futuros, que habíamos cometido o que íbamos a cometer. Sin embargo, esta salvación universal, requiere ser aplicada a cada nueva generación que aparece sobre la tierra. El Señor esto lo sabe, y por eso hoy nos dice: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado».

Si bien es cierto que la voluntad de Dios es que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad», no es menos cierto que el Señor respetará siempre hasta el extremo nuestra libertad. Es necesario, por tanto, dar a conocer a todos los hombres la salvación que Dios-Padre nos ha otorgado en su Hijo Jesucristo, respetando al mismo tiempo la libertad individual, que puede aceptar o rechazar esta salvación. La salvación o la condenación son, pues, fruto de la aceptación o rechazo de esta salvación.

El evangelio nos dice: «El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a la derecha de Dios». ¿Qué significado tiene para nosotros esta frase? Podríamos pensar, sencillamente, que el Señor una vez cumplida su misión, regresa al cielo junto al Padre de donde había partido. Sin embargo, esta frase tiene para nosotros un significado mucho más profundo. Afirmar que el Señor está sentado a la derecha de Dios, significa que al Hombre-Dios, Cristo Jesús, se le ha otorgado todo poder en el cielo y en la tierra. Que sentado a la derecha de Dios, no se ha desentendido de su Iglesia y de cada uno de nosotros que formamos parte de ella. Está, por una parte, mostrando sus llagas divinas al Padre, haciendo presente continuamente, que ese es el precio que ha pagado por tu salvación y por la mía. Por otra parte, revestido de todo poder, está siempre dispuesto a ayudarnos en nuestra lucha continua, contra el maligno.

Él conoce nuestra debilidad y nuestra impotencia. Sabe que ante el sufrimiento somos cobardes, y que por querer huir de él, caemos en el pecado con gran facilidad. No olvida que nuestro hombre de la carne, herido por el pecado, no puede vencer a las fuerzas del mal. Nos ve impotentes a la hora de dominar nuestro carácter violento, a la hora de controlar las exigencias de nuestro sexo, y sobre todo, a la hora de perdonar a aquellos de nos ofenden injustamente. Tiene también presente las dificultades que encontramos a la hora de afrontar nuestros problemas de salud o los conflictos en la familia, etc. etc. Por eso desea que confiemos en Él y que invoquemos su nombre, su poder, para vencer a todo aquello que nos destruye. Quiere que nos apoyemos en Él, para caminar por encima de las turbulentas aguas de la vida, para no hundirnos y perecer. Él es el Señor de todo lo que nos oprime y amarga la vida. No lo dudemos: ¡Invoquemos su Nombre! Con toda certeza, no nos defraudará, no quedaremos confundidos. 


 

 

DOMINGO VI DE PASCUA -B-

DOMINGO VI DE PASCUA  -B-

«AMAOS COMO YO OS HE AMADO »

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 10, 25-26.44-48 * 1Jn 4, 7-10 * Jn 15, 9-17

 

El amor es lo que distingue a una persona que es cristiana de otra que no lo es. En esta frase hay dos palabras que necesitan ser aclaradas convenientemente. La primera de ellas es la palabra amor. ¿Qué es el amor? El único amor cristiano, el auténtico, es el que contemplamos cuando miramos al Señor Jesús clavado en la cruz. Ese es el amor que perdona sin límites, hasta el punto de excusar ante el Padre, a aquellos que le han llevado al suplicio de la cruz. Cristiano es el que ama y perdona a su enemigo hasta las últimas consecuencias. Así amaron y murieron los mártires. Así murió Esteban pidiéndole a Dios: «Padre, no les tengas en cuenta este pecado».

San Pablo en su primera carta a los Corintios dice hablando del amor: «es paciente, es servicial; no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta». Como podemos comprobar, el amor que nosotros conocemos dista mucho de ser el verdadero amor.

La otra palabra que es necesario aclarar es la palabra cristiano. Podríamos pensar que cristiano es aquel que ha recibido el Bautismo, sin embargo esto no es cierto. Cristiano es aquel que tiene el espíritu de Cristo y que por lo tanto, sus obras son las obras de Cristo. San Pablo dice: «El que no tiene el espíritu de Cristo, no le pertenece». ¿Cuál es la señal que indica que una persona tiene el espíritu de Cristo? Santiago dice: «Dime cuáles son tus obras y te diré cuál es tu fe». Si haces las obras de Cristo, sin duda eres cristiano. Si nos las haces aunque estés bautizado, no lo eres. El Bautismo no actúa sobre el que lo recibe de una manera mágica. El Bautismo nos entrega un embrión de fe, que necesita ser cultivado, ser cuidado, para que se desarrolle y llegue a dar frutos de vida eterna

Todo este preámbulo viene a desembocar en lo que es el eje y centro del evangelio de este domingo. Jesús está a punto de consumar su misión. Está dando a los discípulos las últimas recomendaciones, las últimas enseñanzas. Sabe que son dos los signos que han de arrojar sus discípulos para que la gente crea que Él, es el enviado de Dios para salvar a los hombres. Estos dos signos son: por un lado el amor y por otro la unidad. «Amaos unos a otros como yo os he amado. …En esto conocerán todos que sois mis discípulos». El amor es un signo inequívoco de la presencia de Dios. No olvidemos que Dios es amor y donde hay amor allí está Dios. ¿Cómo me ha amado el Señor?, preguntas. Te ha amado hasta el extremo. Te ha amado en la dimensión de la Cruz, y ahora, dándote su Espíritu, quiere que tú reproduzcas entre los que te rodean ese mismo amor.

Ese amor era el que en los primeros siglos del cristianismo hacía exclamar a los paganos: “Mirad, cómo se aman”. Era la forma que tenía la primitiva Iglesia de llamar a la fe, a aquellos que todavía no conocían a Jesucristo. Este medio para llamar a la fe que tenía la Iglesia primitiva, no ha quedado obsoleto, sigue en vigor hoy más que nunca. Es muy poca la gente que pisa las iglesias y por lo tanto no tiene ocasión de oír la Palabra y la predicación. Sin embargo en un mundo lleno de egoísmo y rivalidades, en donde cada uno solo busca su interés, el amor visible de los cristianos es como un foco potente que ilumina la oscuridad de la vida, haciendo presente en ella a Dios.

El Señor nos ha elegido para eso y hoy nos dice: «No me habéis elegido vosotros a mí,  sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca;  de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda». 

 

 

DOMINGO V DE PASCUA -B-

DOMINGO V DE PASCUA  -B-

«YO SOY LA VID Y VOSOTROS LOS SARMIENTOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 9, 26-31 * 1Jn 3, 18-24 * Jn 15, 1-8

El fragmento del evangelio que hoy nos propone la Iglesia está tomado del discurso que mantiene el Señor Jesús con sus discípulos, poco antes de dar comienzo a su Pasión.

Hoy, una vez más, gusta utilizar parábolas que explican de manera gráfica, aquello que se relaciona con su persona y con su misión. Si el domingo pasado se mostraba como el pastor que cuida su rebaño hasta el extremo de dar la vida por sus ovejas, en esta ocasión se compara a la vid y a sus sarmientos. Él sabe que los que le escuchan conocen perfectamente cómo se desarrolla la vid y cómo brotan de ella los sarmientos, porque este cultivo abunda en Israel.  Dice pues: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto». «Yo soy la vid y vosotros los sarmientos».

Significa esto que Él es la vid y que a nosotros nos toca ocupar el lugar de los sarmientos. De ellos nace el fruto si permanecen unidos a la vid recibiendo su savia. Tú y yo somos, pues, los sarmientos, y nos sucede que, separados del Señor, no podemos dar fruto alguno. Así lo afirma hoy en el evangelio: «…porque sin mí no podéis hacer nada». Por supuesto, que el Señor se refiere a que sin Él, no podemos hacer nada bueno. Obrar el mal lo tenemos siempre a nuestro alcance, pero no nos ocurre lo mismo a la hora de hacer el bien. Ya lo dice san Pablo en su Carta a los Romanos: «Querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero».

Quizá nos preguntemos, ¿Por qué nos sucede esto? Pues sencillamente porque heredamos de nuestros padres el pecado, como ellos lo heredaron de los suyos. Por el pecado, en nuestro interior no habita el Espíritu Santo sino el maligno, y es él precisamente el que nos engaña y nos impide obrar el bien. Cuando recibimos el bautismo y éste se desarrolla, es el Espíritu Santo el que habita en nuestro interior y nos impulsa a obrar el bien, porque es Él, el que lleva cabo en nosotros el querer y el obrar.

Cuando se corta un sarmiento y queda separado de la vid, no puede vivir y se seca. Eso mismo es lo que nos sucede a nosotros cuando nos separamos del Señor. Es Él, es su gracia la que nos empuja hacia el bien. En este terreno no somos de ningún modo autónomos. No podemos buscar la vida por nuestra cuenta. La vida es Él, es el Señor el que vive y el que nos hace vivir. Dice también el evangelio que el Padre, «a todo sarmiento que no da fruto lo poda para que dé más fruto». Quizá nos preguntemos, ¿Cómo lo hace? ¿Cómo nos poda? Pues, sencillamente, nos corrige. Nos envía acontecimientos, siempre respetando nuestra libertad, para hacernos ver la necesidad que tenemos de Él. Dice la Escritura al respecto: «Yo a quien amo corrijo y reprendo».

El Señor Jesús también nos ha dicho: «Permaneced en mí y yo en vosotros». Esta es clave de la auténtica felicidad. Hemos de dar gracias al Señor que nos ha revelado este secreto que el mundo desconoce. Hemos sido creados precisamente para esto, para experimentar unidos al Señor Jesús la filiación divina. Estamos llamados a formar una solo cosa con Él, de manera que  sea Él, el que desde nuestro interior llame a Dios ¡Abba! ¡Papá! ¡Padre!

 

 

 

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

DOMINGO IV DE PASCUA -B-

«YO SOY EL BUEN PASTOR QUE DA LA VIDA POR LAS OVEJAS »

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 8-12 * 1Jn 3, 1-2 * Jn 10, 11-18

San Juan en el evangelio de hoy nos presenta al Señor Jesús encarnando una de las figuras más entrañables de la Escritura. La figura del pastor no es extraña a los israelitas, porque en su historia, y a través de los profetas, Dios ha gustado compararse a un pastor que cuida y apacienta a su rebaño Israel.

Los israelitas conocen muy bien la figura del pastor, porque en su origen, el pueblo de Israel fue un pueblo de pastores. Pastor era Abraham y pastores fueron sus descendientes, que andaban de un lugar a otro buscando buenos pastos y fuentes de agua fresca para sus rebaños.

Hemos dicho al principio que la figura del pastor es entrañable, porque, ser pastor es algo más que tener un oficio. El pastor forma con su rebaño una simbiosis, de forma que la suerte de sus ovejas está íntimamente unida a su propia suerte. El pastor conoce a cada una sus ovejas. Cada oveja no es para él como un número más. Las distingue por su nombre y ellas atienden dócilmente a su voz.

El pastor conoce los peligros que acechan a sus ovejas y está siempre dispuesto a defenderlas de los ataques del lobo, y de otras fieras que están constantemente al acecho para hacer presa en ellas. Las defiende hasta el extremo de poner en peligro su propia vida.

Hoy el Señor nos dice en el evangelio: «Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas». «Yo soy el buen pastor, que conozco a las mías y las mías me conocen». Las ovejas a las que se refiere el Señor, son sus discípulos, aquellos que caminan siguiendo sus huellas como las ovejas siguen las huellas de su pastor. Somos, pues, tú y yo, elegidos por el Señor para formar parte de su Iglesia.

Es consolador pensar que para el Señor Jesús no somos un número más. De la misma forma que el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y conoce sus necesidades particulares y sus caprichos, también el Señor nos conoce a ti y a mí. Sabe de qué pie cojeamos. Conoce nuestras virtudes y también nuestros pecados, pero Él, es el único que nos acepta tal y como somos, sin exigirnos a la fuerza que cambiemos.

De la misma manera que el pastor defiende a sus ovejas de los ataques del lobo, hasta poner en peligro su propia vida y está dispuesto a darla si fuera preciso, así mismo el Señor está siempre a nuestro lado para defendernos de las asechanzas del maligno. Él ya entregó su vida por ti y por mí para librarnos de las garras de la muerte, y ahora, vivo y resucitado, camina delante de nosotros para llevarnos a fuentes tranquilas y alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre.

¿Qué nos enseñan a nosotros las ovejas? ¿Cuál es la principal virtud que las distingue? Sin duda, la docilidad. ¿Somos nosotros dóciles a la voz del pastor como ellas, o más bien nos parecemos a las cabras, independientes y ariscas? El peligro que tenemos es querer navegar a nuestro aire, no querer someternos al cuidado del Pastor y apartarnos del rebaño. Si obramos así, tenemos el peligro de caer en las garras del lobo. Sin ninguna duda, Él estará dispuesto a defendernos, pero nosotros sufriremos las consecuencias de nuestro desvarío.

No queramos ser autosuficientes. No pensemos que somos adultos y que ya no necesitamos que nadie nos indique el camino. Esta actitud puede llevarnos a la perdición. Escuchemos, pues, la voz del Buen Pastor. Sigamos sus huellas, que nos conducirán a la verdadera vida.


DOMINGO III DE PASCUA -B-

DOMINGO III DE PASCUA  -B-

«MIRAD MIS MANOS Y MIS PIES: SOY YO EN PERSONA»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 3, 13-15.17-19 * 1Jn 2,1-5 * Lc 24, 35-48

El evangelio de hoy es continuación del pasaje que nos narra el encuentro del Señor Jesús con los discípulos de Emaús. Ellos al descubrir que aquel que les había acompañado en el camino explicándoles las Escrituras, no era otro que el mismo Señor, y después de haberle reconocido en la fracción del pan, regresan de inmediato a Jerusalén, para contar al resto de discípulos la experiencia que acaban de vivir.

 Todavía están dando detalles de lo que les ha ocurrido, cuando de repente se presenta  de nuevo el Señor en medio de ellos. La reacción de los que están allí reunidos va del temor a la sorpresa. El Señor Jesús dándose cuenta de la situación les dice: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona».

 La reacción de los discípulos se parece mucho a la nuestra en ciertas ocasiones. Somos reacios a admitir en nuestra vida la acción de Dios. Surgen en nuestro interior dudas y nos esforzamos por encontrar explicaciones más o menos lógicas Cuando vivimos acontecimientos que están fuera de lo corriente solemos atribuirlos a la buena o mala suerte, según de lo que se trate. Hablamos de la suerte, del destino, del azar, o de la fatalidad, y nos quedamos tan tranquilos. Decimos que somos creyentes, pero obramos como si no lo fuéramos. En nada nos distinguimos de los que creen que nuestra vida está escrita en los astros, o de aquellos que creen a pies juntillas lo que cada día o cada semana dice el horóscopo.

 Hoy, como a los discípulos, el Señor Jesús nos dice: ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¿Es tan difícil admitir que vivo y estoy resucitado en medio de vosotros? Para esto, precisamente, os he llamado a mi Iglesia. Para que deis testimonio ante los que os rodean, de que no soy un fantasma, de que no estoy en el cielo ajeno ante el sufrimiento y el dolor en el mundo.

Ciertamente, tú y yo no podemos, como Tomás, meter nuestros dedos en el agujero de los clavos, ni nuestra mano en su costado, pero sí podemos experimentar su presencia en nuestra vida, con tanta certeza como la que tuvo él al encontrarle. Hemos dicho muchas veces que la suerte, buena o mala, no existe. Tampoco nuestra vida está regida de una manera fatal por el destino. Lo cierto es que Él está actuando entre nosotros continuamente. Ya lo dijo en una ocasión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

 La presencia continua del Señor Resucitado no basta con creerla, es necesario experimentarla. Todos los cristianos estamos llamados a ser testigos de la resurrección del Señor y de su acción constante en medio de nosotros. Es necesario tener los ojos abiertos para comprobar que las cosas no suceden porque sí. Si los acontecimientos nos sobrepasan, si nos encontramos impotentes sin que nadie sea capaz de echarnos una mano, si ante problemas familiares insolubles, ante la enfermedad, o la muerte, recibimos fuerzas, no para resignarnos, sino para hacer frente a todo este sufrimiento, pudiendo sobrellevarlo sin caer en la desesperación, concluiremos que esa fuerza no proviene de nosotros, sino que ha sido un regalo del Señor. Quedará claro que si el Señor Resucitado no hubiera actuado, nosotros hubiéramos perecido en el intento.

 Es necesario, pues, acudir al Señor, invocarle, creer en su presencia constante, no dudar de su actuación, para poder ser testigos ante los demás de que no se trata de un fantasma, como hoy creían los discípulos, sino de un ser real que camina junto a nosotros, siempre dispuesto a echarnos una mano.

 


DOMINGO II DE PASCUA - IN ALBIS- B

DOMINGO II DE PASCUA  - IN ALBIS-  B

«PAZ A VOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 32-35 * 1Jn 5,1-6 * Jn 20, 19-31

 

San Juan nos narra en el evangelio de hoy la primera aparición de Señor Jesús resucitado a los discípulos. Tiene lugar el mismo domingo de la resurrección al anochecer.

Los discípulos están reunidos en una casa con las puertas cerradas. Tienen miedo. Piensan que los judíos pueden tratarles de la misma manera que trataron a su Maestro. Los apóstoles están todos, a excepción de Tomás. Podemos imaginarles hablando de los terribles acontecimientos que han vivido en los últimos días.

 María Magdalena y las otras mujeres afirman haber visto al Señor resucitado, pero no acaban de creerlas. También Pedro y Juan han visitado la tumba y han encontrado el sudario y las vendas, pero a Él no lo han visto. Se hallan un tanto perplejos.

En esto entra Jesús, se coloca en medio de ellos y les saluda diciendo: «Paz a vosotros». Ellos se llenan de alegría y, sin duda, este saludo les tranquiliza. ¿Cómo es posible que después del mal comportamiento que han tenido con Él, en vez de ajustarles cuentas, su saludo sea desearles la paz?

 Esta actitud del Señor nos ha de servir también a nosotros, para que viendo nuestros pecados, nunca desesperemos de recibir su perdón. El Señor nos ama y nos conoce, como también amaba y conocía a sus discípulos. Él nunca pretende humillarnos a causa de nuestros pecados y defectos, sino que aprovecha esta circunstancia para hacernos ver que su misericordia y su amor por nosotros, sobreabundan la gravedad de todas nuestras culpas. Sin esas culpas, como cantamos en la Vigilia Pascual, no hubiera sido posible que Dios-Padre nos enviara tan gran Redentor.

A continuación, y en un desborde de ese gran amor que profesa su corazón les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». ¿Es posible imaginar algo más grande? Un poder que es exclusivo de Dios, como es el de perdonar pecados, lo comparte con aquellos que unas horas antes han huido abandonándolo a su suerte, y no han sido capaces de defenderle frente a los ataques de los judíos. Completa con esta acción la misión para la que ha venido al mundo. Destruir el veneno del pecado y librar al hombre de la esclavitud a la muerte. Nos abre de ese modo a ti y a mí, las puertas de cielo que estaban cerradas para nosotros como consecuencia de nuestro pecado.

El origen del mal en el mundo es el pecado. El pecado es inherente a la naturaleza humana dañada por el pecado de origen. En la Cruz el Señor cargó con todos los pecados de la humanidad, los tuyos y los míos, pero como sabía que volveríamos a utilizar mal nuestra libertad, dio poder a su Iglesia para actualizar en cada generación, el perdón que nos otorgó con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Tomás, como ya hemos dicho, no estaba presente. Cuando sus compañeros le dicen «hemos visto al Señor», lo niega rotundamente. No lo creerá si no ve en las manos los agujeros de los clavos y no mete su mano en su costado.

Ocho días después vuelve a hacerse presente el Señor, y Tomás, ante la evidencia, solo  acierta a decirle: «Señor mío y Dios mío». El Señor Jesús le dirá: «¿Porque me has visto crees? Dichosos lo que crean sin haber visto». Entre esos, sin duda, estamos tú y yo, llamados a ser testigos entre los que nos rodean de la resurrección del Señor. Nosotros, sin haberle visto físicamente, hemos podido experimentar en más de una ocasión, que sin su presencia no hubiéramos podido afrontar acontecimientos graves de nuestra vida, que superaban nuestras fuerzas.