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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

«COMIERON Y SE SACIARON»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,42-44 * Ef 4, 1-6 * Jn 6, 1-15

Dejamos durante unos domingos el evangelio según san Marcos, que es el que venimos siguiendo en el ciclo litúrgico B que corresponde a este año. Hoy es san Juan, el que nos narra uno de los signos, así llama él a los milagros, que el Señor realiza ante una gran multitud de gente que le acompaña a todas partes.

Jesús atraviesa el lago, llega a la otra orilla y tiene ante sí a un enorme gentío que le sigue atraído por las curaciones que realiza en los enfermos. El Señor contempla a la multitud y le dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?». San Juan añade: «se lo pregunta para tantearle, pues él bien sabe lo que va a hacer». Felipe, un tanto extrañado por la pregunta, le responde: «doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».

Se repite la situación que nos ha narrado la primera lectura. El criado del profeta Eliseo le pregunta: «¿Qué hago yo con esto?, veinte panes de cebada, para dar de comer a cien personas?». En el pasaje de hoy el Señor Jesús sólo dispone de cinco panes y dos peces, y hace lo mismo que Eliseo. Después de hacer la acción de gracias, ordena a sus discípulos que los repartan entre todos los asistentes. El prodigio se repite. En aquella ocasión dice la Palabra, «comieron y sobró». En esta ocasión el evangelista nos dice: «Comieron y se saciaron». La diferencia entre los dos pasajes estriba en que Eliseo dio de comer con veinte panes a cien personas, mientras que el Señor con solo cinco, alimento a cinco mil, sin contar mujeres y niños.

Después de comer todo lo que han querido y de quedar saciados, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie». Los recogen y llenan con ellos doce canastas.

Con este milagro, el Señor Jesús pone de manifiesto qué Él es el enviado del Padre, el profeta anunciado desde antiguo en las Escrituras, que iba a venir para salvar a todos los hombres. Los presentes, que conocen bien la Escritura, al ser testigos de este prodigio, no tienen la menor duda de que aquel es el Mesías, por eso exclaman: «Éste sí que es el profeta que tenía que venir al mundo».

Este signo, la multiplicación de los panes, con el que Señor da alimento material y sacia el hambre física de aquellos miles de personas, preanuncia ya el alimento que el Señor Jesús tiene preparado para todos sus discípulos. Si estos panes han servido de comida a aquellas gentes, aquel otro alimento saciará el hambre de amor y de vida eterna que todos experimentamos cada día. Será en los evangelios de las próximas semanas donde el Señor nos hablará de ese pan, de ese alimento que libra al que lo come de la muerte y el proporciona la vida eterna.

Finalmente, hay un detalle en el evangelio de hoy que no podemos dejar de lado. Después que las gentes comen y se sacian, el Señor dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que ha sobrado, que nada se desperdicie». Dice el evangelista que con los pedazos que recogieron se llenaron doce canastas. Este número doce hace alusión directa al número de apóstoles del Señor y nos hace presente la evangelización. Ellos serán los encargados de hacer llegar esa comida, la comida de la Palabra, a todas las partes del mundo.

Nosotros no estuvimos presentes en la multiplicación de los panes y de los peces, pero también hasta nosotros ha llegado ese alimento que es capaz de saciar nuestra sed de felicidad, que es capaz de hacernos saborear ya aquí la vida eterna.  

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO

«ANDABAN COMO OVEJAS SIN PASTOR»

 

 

CITAS BÍBLICAS:  Jer 23, 1-6 * Ef 2, 13-18 * Mc 6, 30-34

En el evangelio de hoy vemos a los Apóstoles que regresan contentos después de haber llevado a cabo la misión que el Señor les había encomendado. Han sido testigos de la fuerza de la Palabra y han comprobado cómo esa Palabra, es capaz de doblegar a los espíritus inmundos.

Decíamos la semana pasada que la misma misión que el Señor Jesús encomendó a sus discípulos, era la que hoy, más de dos mil años después, coloca en nuestras manos. El anuncio de la Buena Nueva y de los signos que lo acompañan tiene para nosotros el mismo fruto que tuvo para los Apóstoles. Ellos volvieron contentos, satisfechos, y a la vez admirados al comprobar todo lo que fueron capaces de hacer. Es la paga inmediata que produce la evangelización. Anunciar el amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesús, siendo testigos de su perdón, sean cuales sean nuestros pecados, tiene como fruto para nosotros una satisfacción y una paz interior, que difícilmente podemos alcanzar por otros medios.

El Señor recibe a sus Apóstoles que vienen cansados, y con ganas de contar lo que Dios ha hecho por su medio. Por eso, les dice: «Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Dice san Marcos que eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer. Suben a la barca y se dirigen a un sitio tranquilo y apartado. Sin embargo la dicha les dura poco. La multitud, adivinando sus intenciones, marcha corriendo por la costa a aquel lugar y se les adelanta. Al desembarcar, Jesús ve aquella multitud, siente lástima de ellos, porque andan como ovejas sin pastor, y se pone a enseñarles con calma.

La reacción del Señor Jesús viendo a la multitud pone de manifiesto sus sentimientos. Deja al descubierto su corazón. Dice san Marcos: «Sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor». Por otra parte, al mismo tiempo, nos hace ver la prioridad que para el Señor tiene la evangelización, que ha de estar siempre por encima incluso del descanso merecido.

Es consolador para nosotros comprobar con qué ojos nos mira el Señor. También nosotros andamos con frecuencia como ovejas sin pastor. Buscamos los pastos que nos apetecen sin tener en cuenta si nos convienen o no. Él, que conoce nuestras miserias y desvaríos, que tiene siempre presente nuestra condición de pecadores, nunca tiene para nosotros una mirada de reproche o una mirada de exigencia. Se pone siempre en nuestro lugar. Tiene en cuenta nuestra debilidad. Conoce también la fuerza de atracción del pecado, y sabe que sin su ayuda somos incapaces de obrar el bien. Por eso está siempre cerca de nosotros dispuesto a echarnos una mano.

Lo que pasa es que, con frecuencia, nosotros nos afanamos en vivir nuestra vida sin tener en cuenta su cercanía. Vivimos como si todo dependiera de nosotros, de nuestras decisiones, de nuestro esfuerzo. ¡Y así no luce! Fracasos y disgustos se suceden sin que muchas veces encontremos la razón, ni seamos capaces de hallar soluciones adecuadas.

Por último, es importante no perder de vista, que tú y yo, elegidos por el Señor para ser sus discípulos, para hacer que los que nos rodean puedan conocer su amor y su perdón, hemos de hacer nuestra su mirada compasiva. No tenemos ningún derecho a mirar al que se equivoca juzgándolo. No podemos ser exigentes con los demás. Si el Señor nos ha perdonado, sin mérito por nuestra parte, nosotros, con su ayuda, hemos de hacer otro tanto con los que nos ofenden. 

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

ELLOS SALIERON A PREDICAR LA CONVERSIÓN

 

CITAS BÍBLICAS: Am 7, 12-15 * Ef 1, 3-14 * Mc 6, 7-13

El Señor Jesús ha dado comienzo a su misión evangelizadora. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, anunciando la Buena Nueva de la salvación. La tarea que tiene entre manos es ingente. Necesita colaboradores que le ayuden en su misión. Por eso, hoy, pone en manos de sus apóstoles esta tarea. Les encarga que vayan de dos en dos anunciando por todas partes que el Reino de Dios está cerca. Que Dios está  llevando a cumplimiento las promesas hechas desde antiguo a su pueblo.

El Señor, además de otorgarles autoridad sobre los espíritus inmundos, les da una serie de recomendaciones: les pide que no lleven otra cosa que un bastón para el camino. Sin pan, sin alforja y sin dinero suelto en la faja. Que lleven sandalias pero no una túnica de repuesto. Quizá a nosotros nos extrañen un tanto estas exigencias, ya que estamos acostumbrados a preparar nuestros viajes previendo todo aquello que vamos a necesitar durante el camino. No ha de ser así para los que son llamados a anunciar el Evangelio. Es necesario llevar un bagaje en extremo ligero, para que no impida la marcha y no ponga obstáculos al desarrollo de la misión.

Por otra parte, estar equipados de este modo, hace que los discípulos no posean nada que deban defender. No llevan nada que puedan apetecer aquellos que, amigos de lo ajeno, pudieran tener la intención de asaltarles. De todo lo que llevan, lo único que importa, lo que es verdaderamente valioso, es la noticia que anuncia la salvación, la liberación de pecado y de la muerte. Es algo que el hombre ha necesitado escuchar, desde que por su orgullo eligió vivir separado de Dios.

Es posible que algunos tengáis dificultad para encontrar vuestro lugar dentro de este pasaje del evangelio. Sin embargo es una palabra muy importante que hoy nos busca a ti y a mí. Contra lo que pudiéramos pensar, no estamos en la Iglesia para alcanzar nuestra salvación personal. La misión de la Iglesia no es lograr que los que están dentro de ella se salven. La salvación es un don que el Señor Jesús ganó para todos los hombres, de una vez para siempre, a través de su Pascua. La misión de la Iglesia es hacer llegar a cada generación, el conocimiento de esta salvación. Y ahí, es donde entramos tú y yo.

Vemos cómo el Señor envía a sus apóstoles de dos en dos para anunciar el Evangelio. Hoy, somos tú y yo, los que ocupamos el lugar de aquellos primeros discípulos. Somos nosotros los que tenemos la misión de hacer llegar a los que nos rodean, ya sean de nuestra familia, de nuestras amistades, de nuestros vecinos o de aquellos que trabajan con nosotros, la noticia del amor de Dios, que no hace acepción de personas, y que ha dispuesto para todos la salvación por medio de su Hijo Jesús. Es necesario que todos se enteren, estén o no dentro de la Iglesia, de que tenemos un Dios-Padre que nos ama con locura en nuestras debilidades y pecados, y que en su Hijo Jesucristo ha dispuesto la salvación universal para todos los hombres, que estén dispuestos a aceptar libremente esa salvación.

Nosotros hemos de estar agradecidos al Señor porque nos ha elegido para esta misión. No tenemos ningún mérito por nuestra parte. Con toda seguridad hay mucha gente fuera de la Iglesia que es mejor que nosotros, y que haría este trabajo mucho mejor que nosotros. Sin embargo, el Señor se ha fijado en ti y en mí que somos poca cosa, y ha dispuesto que la salvación de los que nos rodean, llegue hasta ellos a través de nuestro testimonio.

Seamos agradecidos y no hagamos oídos sordos a este encargo del Señor. Él, que está vivo y resucitado, estará junto a nosotros siempre dispuesto a ayudarnos. 


DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«NO DESPRECIAN A UN PROFETA MÁS QUE EN SU TIERRA».

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 2, 2-5 * 2Cor 12, 7-10 * Mc 6, 1-6

 

En el evangelio de hoy vemos al Señor Jesús que, según su costumbre, acude con sus discípulos el sábado a la sinagoga de Nazaret y allí empieza a enseñar su doctrina. La reacción de los presentes no se deja esperar. En vez de atender a su predicación, se dedican a cuestionar su persona. No pueden aceptar que un paisano suyo, que ha crecido con ellos, les exponga la Palabra con tanta sabiduría.

¿Quién es éste para hablarnos así? ¿De dónde saca esa sabiduría? ¿En qué escuela rabínica ha aprendido todo esto? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María y de José? ¿No conocemos nosotros a sus hermanos? ¿Cómo se atreve a hablar así? Éstas y otras preguntas semejantes se hacen los que aquel sábado llenan la sinagoga de Nazaret.

Ante esta reacción hostil de sus paisanos, el Señor Jesús se admira de su cerrazón, y en vista de este comportamiento solo puede decirles: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». San Marcos termina este pasaje diciendo: «No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe».

La reacción de los habitantes de Nazaret, no difiere mucho de la forma de actuar de algunos de nosotros. Con frecuencia nos dejamos llevar por las apariencias. Si alguien que se dirige a nosotros viene con un aspecto exterior cuidado y nos habla de una manera educada, estamos más dispuestos a atenderle que a otro que se presenta con un porte más humilde y con modales menos refinados. Esto lo tienen muy en cuenta los políticos y todos aquellos que ostentan cargos importantes en la sociedad, por eso la mayoría de ellos se ponen en manos de asesores de imagen.

Es necesario, pues, que tengamos en cuenta que lo verdaderamente importante es la noticia y no aquel que la comunica. Lo que importa no es el mensajero sino aquello que nos anuncia. Los habitantes de Nazaret no supieron ver en aquel joven carpintero que les hablaba al Mesías enviado por Dios para su salvación. Su orgullo les impidió beneficiarse de la noticia del amor de Dios, que les liberaba del pecado y de la muerte.

También nosotros tenemos nuestros esquemas mentales y nos resistimos a aceptar aquello que no cuadra con nuestra manera de pensar. Somos propensos a pasar todo por la razón, sin darnos cuenta de que nuestra razón es muy limitada. Eso mismo es lo que les ocurre a los paisanos del Señor. No pueden comprender que una persona a la que conocen de toda la vida, con la que han compartido juegos y momentos de esparcimiento y con la que se reúnen cada sábado en la sinagoga, se exprese con una sabiduría de la que no conocen el origen. Hasta sus propios parientes rechazan sus enseñanzas.

Ante esta situación dice san Marcos que el Señor no pudo realizar ningún milagro y quedó extrañado de su falta de fe.

Hemos dicho repetidas veces que la Palabra, la predicación, tiene poder para transformar la vida de aquellos que la aceptan con un corazón sencillo, pero queda inoperante en aquellos que la cuestionan, en aquellos que todo lo quieren pasar por la razón, que todo tratan de entenderlo. Es necesario recibir la Palabra desde la humildad. Si tú y yo la escuchamos con una actitud prepotente como los habitantes de Nazaret, que pensaron, ¿qué nos va a decir un carpintero?, difícilmente será para nosotros noticia que salva y transforma la vida. No olvidemos que el Señor se complace en el humilde, pero mira desde lejos al soberbio.

Recibir la Palabra con humildad es recibirla reconociendo nuestra limitación, nuestros fallos, nuestros pecados. Recibirla, por tanto, reconociendo la necesidad que tenemos de ella, la necesidad de que vaya transformando poco a poco nuestras vidas.



DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO

«NO TEMAS; BASTA QUE TENGAS FE»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 1, 13-15; 2, 23-24 * 2Cor 8, 7.9.13-15 * Mc 5, 21-43

En el evangelio de hoy san Marcos nos narra dos signos, como suele decir san Juan, o milagros realizados por el Señor Jesús.

El Señor ha pasado con sus discípulos a la otra orilla del lago y una gran multitud les rodea. De pronto un hombre, llamado Jairo, jefe de la sinagoga, se echa a sus pies y le dice: «Mi hija está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure». Jesús, acompañado por mucha gente, marcha con él a su casa.

Por el camino, en un momento dado, el Señor se detiene y pregunta: «¿Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos lo miran con extrañeza y le dicen: «Ves como te apretuja la gente y preguntas: ¿quién me ha tocado?

¿Qué había ocurrido? Sencillamente, una mujer que sufría desde hacía años pérdidas de sangre y que había gastado su fortuna en médicos sin lograr curarse, había pensado: “Si logro tocarle el manto, quedaré sana”. Y así ocurre efectivamente. La mujer, viéndose descubierta, se acerca asustada y temblorosa y se echa a los pies del Señor que le dice: «Hija tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».

En esto llegan unos sirvientes de la casa de Jairo y le dicen: «Tu hija ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». El Señor alcanza a oír lo que hablan y dice a Jairo: «No temas; basta que tengas fe». El desenlace de este evangelio ya lo conocemos.

Por dos veces en este evangelio el Señor Jesús hace alusión a la fe. A la hemorroísa le dice: «Tu fe te ha curado». Es que esta mujer ha descubierto en el Maestro al enviado del Padre para sanar a los enfermos. Ella, que ha buscado la salud gastando todos sus bienes sin conseguirlo, tiene la certeza de que solo con tocar su manto quedará sana. Yo me pregunto, ¿nos acercamos nosotros así al Señor? ¿Creemos ciertamente que tiene poder para ayudarnos? ¿Estamos convencidos de que cuando rezamos el Señor está presente y nos escucha, o nuestra oración es una mera rutina más? El Señor Jesús dice en el evangelio: «Todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis». Si la Palabra de Dios no falla, si siempre halla cumplimiento, entonces, ¿a qué se debe, pues, que nuestra oración no dé los frutos apetecidos? Sencillamente a que nuestra oración no pasa de ser una mera costumbre, una rutina más en nuestra vida de fe.

También a Jairo, el jefe de la sinagoga, le invita el Señor a tener fe. Cuando le comunican la muerte de su hija, el Señor Jesús le dice: «No temas; basta que tengas fe». En esta vida todos hemos atravesado por momentos difíciles. Acontecimientos que nos desbordan y que superan con mucho nuestras fuerzas. Son momentos en los que nos encontramos solos por completo. Momentos en que las palabras de consuelo o ánimo de los que nos rodean, muchas veces no pasan de ser meras palabras. En esos momentos las palabras del Señor resuenan para cada uno de nosotros. ¿Has sabido escucharlas? La fe no es un concepto etéreo, no es algo que flota en el aire. La fe es certeza, como la de la mujer del evangelio. La raíz de la palabra fe significa apoyarse en lo seguro. Tener experiencia de la presencia del Señor Resucitado siempre dispuesto a echarnos una mano, a ayudarnos. Esa es la fe que mueve montañas, porque montañas son para nosotros los acontecimientos que nos desbordan y superan. Escuchemos pues las palabras del Señor. Van dirigidas a ti y a mí: «No temas; basta que tengas fe». Creamos, por tanto, en su palabra.

 


 


DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO  -B-

«MAESTRO, ¿NO TE IMPORTA QUE NOS HUNDAMOS?»

 

CITAS BÍBLICAS: Jb 38, 1.8-11 * 2Cor 5, 14-17 * Mc 4, 35-40

El Señor Jesús ha expuesto a las gentes las parábolas del Reino que vimos el domingo pasado. Ha atardecido, sube con sus discípulos a la barca y les dice: «Pasemos a la otra orilla». San Marcos nos cuenta que de momento empieza a soplar un fuerte huracán, que hace que las olas rompan contra la barca zarandeándola y llenándola de agua. A los discípulos les es prácticamente imposible dominar la barca, comprobando  el peligro inminente de naufragar. El Señor está agotado del trabajo del día y duerme tranquilamente sobre un cabezal.

Los discípulos se acercan, lo despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Él, puesto en pie, increpa al viento y al lago diciéndoles: «Silencio, cállate». El viento cesa y viene una gran calma, y dirigiéndose a los discípulos les dice: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Ellos asombrados y llenos de espanto se dicen unos a otros: Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!».

Nos encontramos ante un fragmento del Evangelio, corto, pero lleno de enjundia. Refleja con gran exactitud aspectos importantes de nuestra vida de fe. En primer lugar, también nosotros, como los discípulos, navegamos en el mar de la vida en una barca. La barca, es la Iglesia. Nos acompaña el Señor, aunque en unas ocasiones no lo veamos y en otras pasemos de él ignorándolo.

También a nosotros hoy, nos dice el Señor Jesús: «Pasemos a la otra orilla». ¿Qué significa esta invitación? ¿Qué es pasar a la otra orilla? El Señor conoce nuestra vida y nos invita a soltar amarras, a romper con las ataduras que nos impiden llevar a cabo nuestra misión como creyentes, como cristianos. Hoy a ti y a mí nos dice: abandona esa vida chata que llevas. Estás malgastando tu tiempo almacenando bienes que al final no te van a hacer feliz. Te empeñas en buscar la felicidad en el dinero, en la salud, en la familia, en el trabajo, en las amistades, en el sexo, en la diversión… y al final, ¿qué? No tienes más remedio que dar la razón a lo que dice el libro del Eclesiastés: «He observado cuanto sucede bajo el sol y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos».

El Señor te invita a pasar a la otra orilla, a seguirle. Es el único que, porque conoce tu corazón, sabe qué hace falta para llenarlo. Es el único que puede hacerlo feliz. Fíjate que dice “pasemos”, no dice solo “pasad”. Significa esto que no tenemos que tener miedo, que Él está a nuestro lado, que camina junto a nosotros. En esta empresa, en este trayecto, puede suceder, y de hecho sucede, que se presenten tempestades que amenacen con hacer naufragar nuestra vida. Problemas de salud, problemas de relación o entendimiento en la propia  familia, dificultades económicas o de trabajo, etc. Es posible también que en esos momentos difíciles no veamos al Señor por ninguna parte. También eso sucede en el evangelio de hoy, que nos dice que el Señor Jesús dormía sobre un cabezal. Sin embargo, ante la llamada de angustia de los suyos, muestra de inmediato su poder y hace que el fuerte viento y el mar encrespado se callen. No dudemos pues, tengamos la certeza que Él está a nuestro lado, que camina junto a nosotros. Invoquemos su nombre en las dificultades. No pongamos en duda su poder. De lo contrario, quizá nos diga también a nosotros: «¡Hombres de poca fe! ¿Por qué habéis dudado?»

 

 

 


 

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -B-

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO  -B-

«EL REINO DE LOS CIELOS ES SEMEJANTE A UN GRANO DE MOSTAZA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 17, 22-24 * Cor 5, 6-10 * Mc 4, 26-34

En el evangelio de hoy el Señor Jesús nos propone dos parábolas que hablan del Reino de Dios. El Señor, en su predicación, recurre con frecuencia a las parábolas. Unas veces lo hace para que la gente sencilla que le escucha, entienda con mayor facilidad en el significado de lo que él está exponiendo. Otras veces, sin embargo, lo hace para que se cumpla lo que dijo el profeta Isaías: «Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y sus ojos han cerrado…» Son duras estas palabras, pero reflejan con exactitud la postura de los que escuchan la predicación. Unos escuchan la Palabra buscando consuelo, buscando conocer en ella cuál es la voluntad de Dios, otros, sin embargo, cuestionan todo lo que se dice porque no concuerda con las ideas preconcebidas que ellos tienen sobre el particular. Esta actitud era la de los fariseos y escribas, que se consideraban poseedores de la verdad y no admitían que se les corrigiera.

Hoy, el Señor, una vez más nos habla del Reino de Dios. ¿A qué se parece el Reino de Dios? Se parece a un hombre que echa semilla en un campo. La semilla cae en la tierra y sin que se sepa cómo, germina y crece hasta que la planta, cargada de fruto, está a punto de que se le meta la hoz en el momento de la siega. No ha tenido nada que ver la voluntad del sembrador, que solo se ha limitado a sembrar. Ha sido el potencial, el germen de vida encerrado en la semilla, el que ha hecho el milagro.

¿Cómo tenemos que entender esta parábola? Es muy sencillo. La semilla es la Palabra de Dios que llega a nosotros a través de la predicación. Si tú la has escuchado, si has dejado que la Palabra penetre en tu interior como lo hace la lluvia fina que empapa la tierra, y la has guardado en tu corazón, esa Palabra tiene el poder de crecer dentro de ti, hasta dar fruto abundante. No se trata de que tú con solo tu esfuerzo intentes llevar a la práctica lo que dice la Palabra, se trata de que la aceptes, de que no te defiendas ante ella y no pongas impedimentos para que con su fuerza vaya transformando poco a poco tu vida.

La otra parábola del evangelio de hoy, compara al Reino de Dios con la diminuta semilla de la mostaza, que a pesar de ser tan pequeña, cuando se la siembra brota y crece hasta convertirse en un arbusto de tamaño semejante a un árbol. A él acuden las aves del cielo para cobijarse, y colocar en sus ramas sus nidos. Así es el Reino de Dios. No llega a nosotros con demostraciones de fuerza o de poder. Lo hace de una manera humilde, sin exigencias. Lo hace fundamentalmente a través de la Palabra, que cuando, como la semilla, cae sobre una tierra fértil arraiga y crece, llegando a dar abundante fruto.

Para que comprendamos mejor la parábola, es necesario señalar que hoy, el Reino de Dios en la tierra, es la Iglesia. Los orígenes de la Iglesia no pudieron ser más humildes. Un joven carpintero, vecino de una pequeña aldea, Nazaret, empieza a anunciar en la comarca de Galilea una nueva doctrina, una nueva forma de vivir. Como colaboradores, en vez de buscar personas cultas entendidas en la Ley, como los escribas y fariseos, elige a unos pescadores y a un recaudador de impuestos. Con ellos recorre todo Israel anunciando la Buena Nueva. No pueden ser unos inicios más humildes. Ocurre aquí,  como lo que sucede con la pequeña semilla de la parábola.

La Palabra sembrada por el joven Maestro de Nazaret, y aceptada por la gente más humilde y sencilla de Israel, ha crecido como la planta de la mostaza, de manera que sus ramas se extienden por toda la tierra. Nosotros, como las aves, nos cobijamos a su sombra y nos alimentamos con sus frutos abundantes.

 


 

 

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -B-

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO  -B-

«TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO »

CITAS BÍBLICAS: Ex 24, 3-8 * Hb 9, 11-15 * Mc 14, 12-16.22-26

En su evangelio san Juan nos dice: «Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Esta frase podemos leerla poco antes del pasaje en donde el evangelista narra el lavatorio de los pies en la Última Cena.

Dice san Juan que el Señor Jesús amó a los suyos hasta el extremo. De todo lo realizado por el Señor, hay dos hechos que ponen de manifiesto la exactitud de esta afirmación. Uno de ellos es, sin duda, su Pasión con la entrega total de su vida derramando por nosotros hasta la última gota de su sangre. El otro acontecimiento que nos hace presente su inmenso amor, es, por supuesto, el hecho de quedarse entre nosotros en la Eucaristía.

 Con toda seguridad afirmamos que somos incapaces de evaluar el inmenso don, el gran regalo que supone la presencia real y continua de Señor Jesús entre nosotros, a través del Sacramento de la Eucaristía. Es algo impensable, algo inaudito, que además se quede bajo las especies de pan y vino como alimento para todos sus discípulos. Podría haber elegido cualquier otra sustancia física, pero no lo hizo así, eligió dos sustancias corrientes y muy próximas a todos nosotros, y quiso que pudiéramos alimentarnos con ellas.

Dos son las presencias reales del Señor entre nosotros. Sabemos que antes de subir al cielo dijo textualmente a sus discípulos: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Tenemos, pues, la certeza de está en el cielo, pero no es menos cierto que vive resucitado entre nosotros, de una forma continuada hasta el fin de los tiempos. Por otra parte, cuando en la Última Cena tomó el pan y el vino y los convirtió en su carne y en su sangre, dio poder a sus discípulos para que perpetuaran este milagro hasta la consumación de los siglos. «Haced esto en conmemoración mía». Les dice. Repetid este milagro. Haced que mi carne y mi sangre sirvan de alimento a todas las generaciones.

En la sinagoga de Cafarnaúm había dicho a sus discípulos: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Podemos preguntarnos para qué dispuso el Señor Jesús esto. Es muy fácil de entender. Estamos llamados por nuestra vocación de cristianos, como dice san Pablo, a ser otros cristos,. A reproducir en medio del mundo la figura del Señor. A que cuando los demás nos vean, vean en nosotros al mismo Cristo. Él quiere estar tan cerca de cada hombre como lo estuvo de sus discípulos durante su vida mortal. Por eso nos elige a ti y a mí para encarnarse en nosotros, para que donde vayamos nosotros vaya también él. Y ¿qué mejor forma existe de realizar esto, más que convirtiéndose en nuestro propio alimento? San Agustín dice, acertadamente, que cuando el Pan y el Vino eucarísticos penetran en nosotros, a diferencia del resto de los alimentos, no se convierten en nuestros órganos y músculos, sino que somos nosotros los que nos convertimos en Cristo.

Todo esto es lo que celebramos hoy. En esta solemnidad del Corpus, hacemos presente el inmenso amor del Señor Jesús hacia nosotros. Su presencia real en la Eucaristía. Su dignación de convertirse para ti y para mí en alimento de vida eterna. Como conoce tu debilidad y la mía, con su Cuerpo y con su Sangre nos da fortaleza para para no caer en el pecado, para vencer al demonio que es mucho más inteligente y poderoso que nosotros. Quiere estar cerca para confortarnos en nuestras luchas y sufrimientos, y quiere ser nuestro apoyo para levantarnos cuando por nuestra debilidad caemos. Él es, el amigo que no falla.