Blogia
Buenasnuevas

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR -B-

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR  -B-

«SE REBAJÓ HASTA SOMETERSE INCLUSO A LA MUERTE»

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mc 14, 1- 15-47

Damos comienzo en este día a la Semana Santa o Semana Mayor dentro de la liturgia de la Iglesia. Se la llamó en otro tiempo “la Gran Semana”, porque en ella tienen lugar los acontecimientos primordiales de nuestra historia de salvación. Con la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, llega a su culmen y halla cumplimiento la misión salvífica del Señor Jesús, que dio comienzo con su encarnación y nacimiento en Belén.

Las dos primeras lecturas que nos propone la Iglesia, nos conducen al Evangelio en donde san Marcos en la narración de la Pasión del Señor, nos muestra el cumplimiento en el tiempo, de lo que el profeta Isaías, entre 600 y 700 años antes de Jesucristo, nos narra en la lectura de hoy.

Isaías nos habla del Siervo de Yahvé, del Señor Jesús, que ha recibido «una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento». Yo no sé cómo te sientes tú, espero que por las circunstancias de la vida, en más de una ocasión te halles abatido. En más de una ocasión compruebes que los acontecimientos te desbordan. Que los problemas familiares, de salud o económicos, te superan. Que el hecho de comprobar que una y otra vez, en contra de tu voluntad, caes en las mismas faltas, en los mismos pecados, te abrume e incluso te haga dudar de tu salvación. Si es así, alégrate, porque para ti el Señor tiene una palabra de aliento, una palabra en la que te hace patente su amor, que es mucho más fuerte que todas tus miserias.

Dice también el Siervo, «el Señor me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he echado atrás». ¿Qué es tener el oído abierto? Preguntas. Tener el oído abierto es saber interpretar los acontecimientos de la vida, los buenos y los que nos parecen malos, como venidos de la mano de Dios. Tener la certeza de que Él, que es Padre y nos ama, nunca nos dará nada que no vaya orientado hacia nuestra salvación. El Señor Jesús, ante la horrenda pasión que se le echa encima, en ningún momento duda del amor de Dios. Sabe que ese es el camino que conduce a la vida plena y a la resurrección.

Por esto, como dice san Pablo a los Filipenses, no se defiende, no se resiste, no se aferra a su categoría de Dios. «Toma la categoría de esclavo y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebaja hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz». Dios Padre, ante este sometimiento, ante esta obediencia, viendo aquel cadáver enterrado en una tumba en la ladera del Gólgota, descubre en él la impronta de su ser, le resucita de la muerte y no contento con esto, le concede el «Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo, y toda lengua proclame: “¡Jesucristo es Señor!”, para gloria de Dios Padre».

Todo lo expuesto nos lleva a comprobar que el camino de la salvación, el camino de la resurrección, no es un camino de rosas, sino que es un camino lleno de abrojos y espinos. Un camino sembrado de dificultades y sufrimientos. Sin embargo, no debemos pensar que el Señor pone adrede estas dificultades. No, los sufrimientos, las dificultades y los problemas de la vida, no tienen su origen en Dios, sino que son fruto de nuestros pecados. Son ellos los que nos apartan del único que puede dar sentido a nuestra vida, del único que puede hacernos plenamente felices.

Para remediar esta situación, nació, padeció y murió el Señor Jesús. Es Él, el que sentado a la derecha del Padre, e investido de todo poder, derrama sobre nosotros su Espíritu para darnos fortaleza en la lucha diaria contra el mundo, y contra las asechanzas del enemigo. Invoquémosle pues con fe, porque ha prometido a quien lo haga, que no quedará confundido.

 


 

 

0 comentarios