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DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«SOMOS UNOS POBRES SIERVOS, HEMOS HECHO LO QUE TENÍAMOS QUE HACER»

 

CITAS BÍBLICAS: Ha 1, 2-3; 2, 2-4 * Tim 1, 6-8.13-14 * Lc 17, 5-10

En el evangelio de este domingo vemos que los Apóstoles se acercan al Señor para pedirle: «Auméntanos la fe». Nosotros, partiendo de esta petición, quisiéramos detenernos para considerar lo que entendemos por fe.

Si preguntamos a la gente es fácil que muchos nos digan que, “la fe es creer lo que no se ve”. Sin embargo, esta clase de fe es una fe que no salva de nada. A mí, creer que la China existe, aunque yo nunca haya estado allí, no me salva de nada. Lo mismo sucede cuando afirmo o niego de una manera intelectual la existencia de Dios. La fe que salva, aquella de la que habla Santiago en su epístola, no es una fe sustentada en ideas. La fe no son ideas. La fe que salva es una fe existencial, una fe que se apoya en la experiencia personal. Yo creo en la existencia de Dios o en la intercesión de los santos, porque en una situación determinada de mi vida, cuando era imposible encontrar una solución humana, de repente, al invocar al Señor o a alguno de los santos de mi devoción, lo que era imposible para mí se convirtió en posible. Esta es una experiencia que difícilmente olvidaré en mi vida y que afianzará cada vez más mi fe.

Para el cristiano la fe nace de un encuentro personal con el Señor Jesús, que no sólo está en el cielo, sino que está vivo y resucitado en su Iglesia. Tener experiencia de que cuando lo invocamos está junto a nosotros y nos ayuda, es lo que hace crecer nuestra fe. Una fe que, como ya hemos dicho antes no es una fe de ideas, sino de experiencias.

Ante esta fe de la que hablamos, no es de extrañar la respuesta del Señor Jesús a sus Apóstoles: «Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecería». Esta es la fe que salva. La fe que mueve montañas. No hemos de olvidar que la fe existencial implica por parte de aquel que la posee, tener la certeza del poder de aquel a quien pedimos. Le pides a Dios, a La Virgen o a los santos, gracias, porque tienes la certeza de que tienen poder para atender a tu petición. En la vida, esta experiencia de fe, es una roca firme sobre la que podemos construir sin temor nuestra vida.

El evangelio termina llamándonos a conversión. Lo hace con el ejemplo del criado, en el que podemos ver reflejada nuestra vida. Como discípulos del Señor hemos recibido dones y gracias muy abundantes, que no han recibido el resto de personas. Se nos han dado para que con ellas hagamos llegar a los que nos rodean la Buena Noticia del Evangelio. Si el Señor nos ha llamado a nosotros, ha sido en función del resto de la gente, somos instrumentos en sus manos. Sin embargo, corremos el peligro de, al ver los frutos que logramos, atribuirnos el éxito. Pensar que todo lo hemos conseguido gracias a nuestro trabajo y nuestro esfuerzo.

Pidamos al Señor que nos conceda la suficiente humildad como para hacer nuestras sus palabras: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer». Contemplar la obra que Él ha realizado a través de nosotros, será nuestra mejor paga. 


29/09/2022 22:30 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«AMA A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Am 6, 1a.4-7 * 1Tim 6, 11-16 * Lc 16, 19-31

Con todas las personas, hombres y mujeres, que pueblan la tierra, podemos hacer dos grandes grupos: los sensatos y los necios. Los sensatos, son aquellos que saben que su vida en la tierra es un tiempo pasajero, que aquí sólo estamos de paso, y que el destino definitivo del hombre es el cielo. Tener conocimiento de esta realidad hace que, en su vida, sepan disfrutar de los bienes que les concede el Señor, pero sin dedicar todo su esfuerzo a amontonar riquezas y bienes materiales. Como tienen clara su relación con estos bienes, están más inclinados a compartirlos con los demás.

Los necios, en cambio, en vez de considerar su vida en la tierra como algo temporal, pasan el tiempo buscando seguridades. Seguridades en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales etc. El denominador común de estas seguridades lo forman las riquezas, el dinero, los bienes materiales. Como buscan llenar su corazón con estos bienes, les resulta difícil compartirlos con los demás. La vida de los necios presenta una característica particular: la insatisfacción. Nada les llena por completo. Sus momentos de felicidad son efímeros.

Un ejemplo de persona necia nos lo brinda el evangelio de este domingo. El rico de la parábola, es el paradigma de esta persona egoísta que solo utiliza sus riquezas en provecho propio. Come, bebe, banquetea, sin importarle que en el portal de su casa un pobre hambriento y enfermo, desee, al menos, recibir para alimentarse las migajas y mendrugos que caen de su mesa. Vive para sí mismo sin preocuparse para nada de los demás.

El final de estos dos hombres es totalmente distinto. Mientras el pobre Lázaro, predilecto del Señor, entra a participar del gozo de la vida eterna, el rico, que se ha estado buscando siempre a sí mismo, en la otra vida, sigue atado a su egoísmo, privado de toda felicidad. Lo que le ocurre no podemos considerarlo un castigo, ya que la voluntad de Dios es que todos los hombres se salven. Ha sido él mismo el que se ha buscado la perdición. Ha sido incapaz de amar, ha sido incapaz de sentir misericordia hacia el pobre. Con sus riquezas se ha convertido en el Dios de sí mismo. Su orgullo y su egoísmo le han impedido experimentar la misericordia divina. No está de más recordar que Dios no condena en absoluto a nadie, pero tampoco salva a la fuerza. Somos nosotros los que, haciendo uso de nuestra libertad, podemos rechazar su misericordia y su salvación y, en consecuencia, condenarnos.

Agradezcamos al Señor que nos haya hecho partícipes de su mismo Espíritu, y nos haya elegido para dar a conocer a los que nos rodean esta forma distinta de vivir. En ella aparecemos como peregrinos que nos dirigimos hacia la meta, que es la Vida Eterna, a la que Dios-Padre nos llama.


22/09/2022 22:56 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«ES IMPOSIBLE SERVIR A DIOS Y AL DINERO»

 

CITAS BÍBLICAS: Am 8, 4-7 * 1Tim 2, 1-8 * Lc 16, 1-13  

En el evangelio de este domingo, el Señor, mediante la parábola del administrador infiel, nos enseña a ser astutos. Así lo afirma cuando dice: «Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz. Y yo os digo: “Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas”».

¿Qué era lo que había hecho aquel administrador infiel? Sencillamente, al conocer que su amo lo removía del cargo de administrador, y dándose cuenta de que no tenía fuerzas para trabajar la tierra y que, por supuesto, no entraba en sus planes vivir de la limosna de los demás, sagazmente ideó un plan para continuar teniendo una buena forma de vida, sin tener que esforzarse demasiado.

Se dedicó a visitar a todos los deudores de su amo antes de dar cuenta de su administración, firmando un recibo en el que rebajaba de una manera considerable la deuda de cada uno. De este modo se ganaba su agradecimiento, y a la vez obtenía la ayuda necesaria para seguir viviendo. En la práctica continuaba administrando unos bienes que no le pertenecían y se lucraba con los beneficios.

Podemos preguntarnos ahora: ¿Por qué el Señor Jesús nos pone como ejemplo esta figura del administrador infiel y nos dice: “Ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas?” Sencillamente, porque tú y yo también hemos recibido muchos bienes que no son nuestros, para que hagamos con ellos un uso correcto compartiéndolos con los demás. Sin embargo, nosotros, que somos egoístas, en vez de darles el uso adecuado, los usamos sólo en beneficio propio.

Sería necio que pensaras que lo que tienes lo has ganado con tu esfuerzo, que es fruto de tu trabajo y que a ti nadie te ha regalado nada. ¿De quién has recibido la inteligencia? ¿Quién te ha dado ese ojo certero para los negocios? Seguramente conoces a más de uno que siendo inteligente, tanto o más que tú, siendo trabajador y emprendedor, ha fracasado en todos los negocios que ha emprendido. No digas que ha tenido mala suerte. La suerte no existe. Sería horroroso que nuestras vidas estuvieran en manos del azar. Lo que ciertamente existe es la Providencia de Dios, que, sin violentar nuestra libertad, pone ante nosotros acontecimientos que tienen como finalidad nuestra propia salvación.

Hoy el Señor te invita a que utilices esos dones que has recibido, que no te pertenecen y que son el dinero injusto de la parábola, para que negociándolos logres hacerte amigos que un día en el cielo den testimonio en tu favor. El Señor dice: «El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar». Que no se te pegue el corazón al dinero, porque «es imposible servir a Dios y al dinero» 

15/09/2022 22:27 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«ME PONDRÉ EN CAMINO ADONDE ESTÁ MI PADRE»

 

Ex 32, 7-11.13-14 * Tim 1, 12-17 * Lc 15, 1-32

Es posible que alguno de nosotros, que nos confesamos creyentes, en más de una ocasión nos hayamos preguntado ¿cómo es el Dios en el que creemos? Por la formación que hemos recibido, quizá tengamos en la mente una idea estereotipada y no muy acertada de cómo es en realidad nuestro Dios.

La mejor referencia que tenemos para conocer a nuestro Dios es la persona del Señor Jesús, que puede darnos la única respuesta válida y la más adecuada a todas nuestras preguntas. Él es el que mejor conoce lo íntimo de Padre, ya que, con él y con el Espíritu Santo es igualmente Dios. Hoy, en el evangelio, tenemos la ocasión de conocer de primera mano, tal como nos lo muestra el Señor Jesús, a nuestro Padre-Dios.

En la parábola que hoy nos propone Jesús, en contra de lo que tradicionalmente se nos ha transmitido, la figura central es el padre. En él, el Señor Jesús quiere que descubramos la figura de nuestro Padre Dios. Se trata de un hombre rico que tiene dos hijos. En un momento dado, el menor de ellos pide al padre la parte de la herencia que le corresponde. Llegados a este momento merece que nos detengamos para comprobar hasta qué punto el padre ama al hijo y respeta libertad, porque, aún a sabiendas de los peligros a los que va a enfrentarse, accede a su petición.

Lo que hace el hijo con todas las riquezas que le han correspondido, es muy similar a lo que tú y yo hacemos con los dones y gracias que cada día recibimos de las manos del Señor. Las malgastamos, y en vez de compartirlas con los demás, nos buscamos a nosotros mismos y alimentamos nuestro egoísmo. Buscamos, como el hijo de la parábola, una felicidad que dura poco y que nos deja interiormente vacíos.

El padre del Hijo Pródigo no pierde la esperanza de ver regresar a su hijo. Cada día, desde la terraza de la casa, otea el horizonte en espera de descubrir a lo lejos su figura. Cuando esto sucede, baja presuroso y con los brazos abiertos corre para estrechar en los suyos al hijo que, inútilmente, pretende darle explicaciones. Inmediatamente ordena a los criados que lo vistan y que pongan en su dedo un anillo, como signo de su dignidad de hijo, y que organicen un gran banquete, porque aquel hijo suyo estaba perdido y ha sido hallado.

La figura del padre del Hijo Pródigo y su comportamiento, está a millares de años luz del concepto que de Dios teníamos en otro tiempo. No es un Dios justiciero, no es un Dios exigente, no es un Dios que imponga una ley sin cuyo cumplimiento es imposible la salvación. Por el contrario, es un Dios que espera pacientemente nuestro regreso, cuando por nuestros pecados nos apartamos de Él. Es un Dios que a ti y a mí, que somos sus hijos, no puede desearnos mal alguno. Recordemos las palabras del Señor Jesús: «Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más hará vuestro Padre del Cielo?...»  

Lo único que nuestro Padre desea para hacernos partícipes de su salvación, es que, reconociendo nuestros fallos y defectos nos acojamos a su inmensa misericordia, y no rechacemos esa salvación que ya nos ha otorgado de antemano en la Sangre de su Hijo Jesús. Él tiene preparado para todos los hombres sin distinción de raza o religión, un banquete en el cielo. Lo único que nos pide es que, aceptemos voluntariamente su invitación.


07/09/2022 22:12 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«EL QUE NO RENUNCIA A TODOS SUS BIENES, NO PUEDE SER DISCÍPULO MÍO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Sb 9, 13-18 * Fil 9b-10.12-17 * Lc 14, 25-33

Nos encontramos ante un fragmento del evangelio que para muchos creyentes es difícil de entender. El Señor Jesús habla muy claro y de una manera que podemos considerar radical.

Al ver a la multitud que le sigue, se detiene y volviéndose a ellos les dice: «Si alguno viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Antes de seguir queremos hacer una aclaración. En esta frase se utiliza la expresión posponer, sin embargo, hay una traducción de la Biblia que, según los expertos, es una de las más fieles a los textos originales, la Biblia de Jerusalén, que es mucho más radical y que cambia la palabra posponer por la palabra odiar. Sin duda, no podemos entender esta palabra dándole el significado que tiene en el lenguaje común, pero nos ayudará a ser conscientes de que ha de nacer un rechazo frontal, a todo aquello que se interponga entre nosotros y la misión a la que nos llama el Señor, aunque se trate de nuestros padres, nuestros hijos, nuestros hermanos e incluso de nuestra propia vida.

Estoy seguro, de que muchos estamos en la Iglesia sin ser conscientes de la importancia de la misión que el Señor ha dejado en nuestras manos. De ti y de mí, depende que la salvación que el Señor Jesús nos ha ganado en la Cruz, alcance hasta el último, hombre o mujer, que habita en la superficie de la tierra. Estamos llamados a encarnar al mismo Cristo en medio de esta generación. Como es lógico, el Señor no quiere que haya nada que interfiera en esta misión.

Ser discípulos del Señor nos acarreará, por una parte, recibir gracias muy abundantes que los demás no recibirán. La cruz de cada día, fruto de nuestro pecado, no nos aplastará como a los demás porque tendremos a nuestro lado a un Cirineo que nos ayudará a llevarla. Además, empezaremos a vivir la vida eterna ya, experimentando aquella felicidad que es posible gozar en esta vida mortal. Por otra parte, y siguiendo los pasos del Maestro, abundarán en nuestra vida la persecución y el rechazo de los demás. Recordemos aquellas palabras de Jesús: «Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa!».

Ante este panorama, el Señor, que no quiere que le sigamos a ciegas, nos invita a calcular los gastos como hacen aquellos que se disponen a construir una casa. Consideremos los pros y los contras. ¿Merece la pena seguir al Señor, o nos parecen excesivas las condiciones que nos pone? Por mi parte, antes de tomar la decisión, te invito a que no te mires a ti mismo. Que no mires tu pobreza, tus debilidades y pecados, que el Señor conoce perfectamente, sino que lo mires a Él. Él es el primer interesado en que esta misión se lleva a cabo, y está dispuesto a volcarse en ti dándote todo la ayuda que necesitas.

El señor Jesús, para terminar, nos invita a no tener pegado el corazón a los bienes materiales, que lo único que hacen es hacer más lenta nuestra marcha, impidiéndonos, como discípulos, seguir sus pasos.  


01/09/2022 23:15 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO; Y EL SE HUMILLA SERÁ ENALTECIDO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-20.28-29 * Heb 12, 18-19.22-24ª * Lc 14, 1.7-14

Una vez más el evangelio pone de manifiesto un aspecto de nuestra vida, de nuestro carácter, que es como el leitmotiv de la existencia del hombre. Nadie podemos escapar a este impulso. Nos referimos al ansia, muchas veces incontrolada, que tenemos de ser, de destacar, de que se nos considere.

El origen de este impulso generalizado que tenemos, hay que buscarlo, lo hemos dicho muchas veces, en el pecado de origen, en aquel con el que nacemos todos. Cuando el Señor nos creó, puso en nuestro interior un corazón capaz de experimentar el amor que Él nos profesaba, y a la vez, capaz de devolverle ese amor. De tal manera que en esa relación de amor, estribara toda nuestra felicidad. Sin embargo, y queriendo llevar hasta el extremo el amor que sentía por nosotros, el Señor quiso hacernos el regalo de la libertad porque no toleraba que tuviéramos que amarle a la fuerza.

El uso desordenado de esa libertad nos condujo al extremo de apartarle de nuestra vida. Su amor dejó entonces un enorme hueco en nuestro corazón. De esta forma el Señor dejó de ser el centro de nuestra existencia. La situación en la que quedamos era complicada. Aparecía en nosotros la insatisfacción. No encontrábamos nuestra razón de ser, el motivo por el cual vivir. Por lo tanto, era necesario llenar a toda costa el hueco que el amor de Dios había dejado en nuestro corazón.

Para llenar ese hueco, que todos tenemos, pretendemos que los demás nos quieran, que nos respeten, que nos tengan en cuenta. Pensamos que eso es posible conseguirlo si logramos tener riquezas, si alcanzamos poder, si destacamos por encima de los demás. Eso es precisamente lo que pretenden los invitados a la boda que hoy nos narra el evangelio. Buscan los primeros puestos, buscan destacar, buscan ser más que los demás. Necesitan llenar su corazón con el aprecio y el respeto de los otros.

Como el plan de Dios para con nosotros es otro, sucede que ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., consiguen llenar el hueco que el amor de Dios ha dejado en nuestro corazón. De la misma manera que cuando tenemos sed, solo podemos apagarla bebiendo agua, así también, lo único que es capaz de llenar de nuevo nuestro corazón, es el amor de Dios.

San Agustín, en el Libro de las Confesiones, expresa esta circunstancia de una manera genial. Dice así: «Señor, nos has hecho para ti, y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti». Quiere decir esto que nada del mundo, ni el amor humano, ni las riquezas, ni los honores, ni el poder, etc., serán capaces nunca de devolvernos la felicidad que teníamos antes de haber pecado. Lo que nos ofrece el mundo son sucedáneos del amor. Son aguas turbias incapaces de saciar por completo nuestra sed. El dinero, el poder, el amor humano, el sexo, en vez de devolvernos la felicidad, nos esclavizan y nos exigen cada vez más, de manera que nunca llegamos a encontrarnos saciados.

Esta impotencia para alcanzar la felicidad, en apariencia parece una condenación, sin embargo, no es sino un rasgo más del amor inmenso que el Señor siente por ti y por mí. Él ha dispuesto, para que tengamos necesidad de buscarlo y logremos por tanto ser felices, que nada de este mundo sea capaz de llenar nuestro corazón.

No malgastemos, pues, nuestras energías, busquemos su rostro. Él está muy cerca de nosotros y está deseando que lo encontremos. No seamos obstinados pidiendo la vida al mundo. Volvámonos hacia Él, que como Padre amoroso nos espera con los brazos abiertos.

25/08/2022 20:43 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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SEÑOR, ¿SON POCOS LOS QUE SE SALVAN?

 

CITAS BÍBLICAS: Is 66, 18-21 * Hb 12, 5-7.11-13 * Lc 13, 22-30

El evangelio de hoy tiene como eje un tema de vital importancia: «¿Señor, serán pocos los que se salven? pregunta al Señor Jesús uno de los que le siguen. Con esta pregunta queda de manifiesto una inquietud que quizá en algún momento todos hemos tenido.

Antes de responder será muy interesante tener en cuenta una serie de consideraciones referidas al tema de la salvación. En un principio podemos preguntarnos, ¿Dios para qué me ha creado? La respuesta no ofrece ninguna duda. Dios ha creado al hombre, a ti y a mí, para disfrutar de una vida eterna plenamente feliz unidos a Él. Significa esto que la frase de san Pablo «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad», es totalmente cierta y actual. También es cierto que Dios no quiso que tuviéramos que aceptar ese regalo, su amor y su salvación, a la fuerza, por eso, junto con la vida, nos dio también el enorme regalo de la libertad, para que mediante él pudiéramos aceptar o no ese amor. Todos sabemos que, después, utilizando mal nuestra libertad, nos apartamos de Dios, caímos en los lazos de la muerte, y nos vimos privados de disfrutar de la vida eterna en el cielo.

Con nuestro pecado echamos totalmente a rodar el plan del Señor. Sin embargo, Él, no desistió de sus planes. Nos envió a su Hijo revestido de una naturaleza igual a la nuestra, para que absorbiendo por completo el veneno del pecado que nos destruía, y derramando hasta la última gota de su Sangre, lavara nuestras rebeldías y nos abriera de nuevo las puertas del cielo.

Hasta aquí, hemos hablado de la salvación última a la que están llamados absolutamente todos los hombres. Para lograrla, Dios-Padre, sólo ha puesto una condición: que aceptes libremente esa salvación, acogiéndote a la inmensa misericordia que ha manifestado en la Cruz, Muerte y Resurrección de su Hijo. Aquí viene muy bien recordar las palabras de san Agustín: “Dios, que no te pidió permiso para crearte, no te salvará en contra de tu voluntad”.

Independientemente de esa salvación última, existe otra salvación que se realiza durante nuestra vida mortal. Se trata de la salvación del día a día. Tú y yo, a causa de nuestro pecado, estamos sometidos continuamente a la esclavitud de la muerte. Todos tenemos sembrada en nuestro interior una semilla, un ansia de felicidad, que no logramos alcanzar. Nuestro corazón, hecho para experimentar el amor de Dios y a la vez amarle a Él y a nuestros hermanos, se encuentra imposibilitado para hacerlo por temor a la muerte. Amar significa darme totalmente al otro, estar dispuesto a morir por él, pero yo no puedo hacerlo porque no tengo el amor en el corazón y para vivir necesito también que el otro me quiera.

Este círculo vicioso ha sido roto por el Señor Jesús que, destruyendo en su cuerpo el pecado y la muerte, ha hecho posible que de nuevo tengamos el amor de Dios en nuestro corazón. Ésta es la buena noticia de la salvación actual. Que tú y yo, teniendo en nosotros el Espíritu de Dios, su amor, podamos darnos al hermano por completo sin temor a la muerte.

Esta nueva forma de vida, esa salvación actual, sólo es posible experimentarla en la Iglesia de Jesucristo, que ha recibido la misión de hacer llegar a todos los hombres la noticia de que, a través de la Sangre del Señor Jesús, Dios-Padre ha derramado su misericordia, perdonando a todos el pecado, librándolos de la muerte, y dando a todos los que voluntariamente se acojan a esa misericordia, la salvación y la vida eterna.


18/08/2022 22:17 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» 

 

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un aldabonazo, para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía. A aquellos que hemos adaptado las enseñanzas del Señor Jesús, acomodándolas a nuestra conveniencia.

 

Hoy, podemos poner en boca del Señor aquellas palabras que pronunció el rey David en uno de sus salmos: «El celo por tu casa me devora». El Señor conoce perfectamente cuál es la misión que el Padre ha colocado en sus manos, y sabe también cuál es el precio que debe pagar para llevarla a cabo; sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

 

¿Cuál era esa misión? podemos preguntarnos. ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda hace referencia al amor de Dios hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. A nosotros, que hemos despreciado ese amor entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que como tú y como yo, tenemos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo. Por encima de nuestras rebeldías e insensateces, y que perdona todas nuestras infidelidades.

 

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

 

Cuando se anuncia la verdad, entre los que la escuchan se forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la persona de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

 

En la actualidad esta división que produce la verdad, sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a hacer presente entre los que nos rodean la figura del Señor Jesús, que como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestamos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, sin embargo, no ha de ser óbice para que, de buenos modos, pero a la vez con firmeza, seamos decididos defensores de la verdad.

 

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo, esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. En una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...». 

 

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo.

 

Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo, hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos la Señor Jesús, es la única forma de alcanzar aquella felicidad que es posible lograr en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un aldabonazo, para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía. A aquellos que hemos adaptado las enseñanzas del Señor Jesús, acomodándolas a nuestra conveniencia.

Hoy, podemos poner en boca del Señor aquellas palabras que pronunció el rey David en uno de sus salmos: «El celo por tu casa me devora». El Señor conoce perfectamente cuál es la misión que el Padre ha colocado en sus manos, y sabe también cuál es el precio que debe pagar para llevarla a cabo; sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

¿Cuál era esa misión? podemos preguntarnos. ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda hace referencia al amor de Dios hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. A nosotros, que hemos despreciado ese amor entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que como tú y como yo, tenemos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo. Por encima de nuestras rebeldías e insensateces, y que perdona todas nuestras infidelidades.

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

Cuando se anuncia la verdad, entre los que la escuchan se forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la persona de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

En la actualidad esta división que produce la verdad, sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a hacer presente entre los que nos rodean la figura del Señor Jesús, que como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestamos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, sin embargo, no ha de ser óbice para que, de buenos modos, pero a la vez con firmeza, seamos decididos defensores de la verdad.

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo, esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. En una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...».

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo.

Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo, hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos la Señor Jesús, es la única forma de alcanzar aquella felicidad que es posible lograr en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  

12/08/2022 11:15 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». 

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2. 8-19 * Lc 12, 32-48

El evangelio de hoy empieza con una frase del Señor Jesús capaz de ensanchar nuestro corazón y llenarlo de paz: «No temas, pequeño rebaño: porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».

¡Cuántas veces, ante lo que consideramos exigencias del Evangelio, caemos en tristeza al comprobar nuestra incapacidad para cumplirlo! Nos vemos muy lejos de lo que nos pide el Señor. Sin embargo, podemos estar seguros de que nada se nos pedirá que no hayamos recibido previamente de forma muy abundante. Arrojemos fuera de nosotros todo temor. Dios-Padre tiene reservado para cada uno de nosotros su reino.

Hablábamos la semana pasada de nuestro amor al dinero. De cómo intentamos llenar nuestro corazón vacío del amor de Dios con las riquezas, con los bienes materiales. Queremos asegurarnos el futuro, cuando el futuro no está en modo alguno en nuestras manos.

Hoy el Señor viene a decirnos que nos desprendamos de nuestros bienes, para hacer más ligera, más llevadera nuestra marcha hacia la vida eterna. Nos dice: «Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla». Mirad, «Donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si tu tesoro está en la cartera, allí estará también tu corazón, pero si tu tesoro está en el cielo, sin duda, allí es donde estará tu corazón.

Nos invita a continuación a mantenernos alerta. A no dormirnos en los laureles. El Señor llega, está cerca, pero desconocemos por completo la hora de su venida. Es necesario estar en vela esperando la llegada del novio. Si cuando llega nos encuentra vigilantes, «se ceñirá, nos hará sentar a su mesa y nos servirá».

Este estar en vigilia esperando, no sólo se refiere a la venida del Señor al final de nuestra vida. Ciertamente, también, pero tenemos necesidad de mantenernos en vela todos los días y en cada momento. El Señor se presenta en nuestra vida en diversas ocasiones. Lo hace a través del niño, el anciano o el pobre, que se acerca a nosotros pidiéndonos ayuda. También nos habla, se hace presente, en todos los acontecimientos de nuestra vida, tanto en los buenos, como en los malos. Todo lo que nos sucede está permitido por Dios. De la misma forma que tú, padre o madre, estás continuamente al tanto de lo que le sucede a tu hijo, el Señor está pendiente de ti porque te ama, porque para Él, tú eres único.

La parábola final del evangelio nos invita a no vivir confiados en que la venida del Señor está lejana. No seamos como el empleado necio que dice: «Mi amo tarda en llegar», porque «llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles».

Cuando el Señor se presenta en nuestra vida lo hace siempre para salvarnos. Nunca lo hace para condenarnos. Somos nosotros los que vivimos muchas veces de espaldas al Señor y caemos por eso en sufrimiento y en depresión. No hemos de temer que el Señor vea nuestras manos llenas de pecados y vacías de buenas obras. Él conoce mejor que nosotros nuestra realidad y no se escandaliza. Nos ama siendo pecadores y no nos rechaza. Por eso derramó hasta la última gota de su sangre, para lavarnos del pecado y abrirnos las puertas del cielo.  


01/08/2022 22:47 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

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«GUARDAOS DE TODA CODICIA. LA VIDA NO DEPENDE DE LOS BIENES»

 

CITAS BÍBLICAS: Qo 1,2;2,21-23 * Col 3, 1-5.9-11 * Lc 12, 13-21

El hombre, separado de Dios por el pecado, necesita a toda costa encontrar la razón última de su existencia. Necesita encontrar algo que le devuelva la felicidad que le daba tener el amor de Dios en su corazón. Necesita llenar el hueco que ese amor ha dejado a causa del pecado. Para lograrlo busca el afecto de los demás. Se esfuerza para que los otros le consideren y lo quieran, pero se enfrenta a la dificultad de que a los demás les pasa exactamente lo mismo. Pone entonces todos sus esfuerzos en lograr almacenar el mayor número posible de riquezas, pensando que ellas le abrirán muchas puertas y logrará el reconocimiento que merece. Esta sed de riquezas absorberá por completo la existencia del hombre, hasta el punto de no importarle hacer daño a los demás si con ello consigue su objetivo.

En el evangelio de hoy podemos ver hasta qué punto las riquezas ciegan a los dos hermanos. Su dios no es otro más que el dinero. De ninguno de los dos podemos decir que tenga razón. Es fácil que en un principio nos pusiéramos de parte de aquel que se ha quedado sin herencia. Sin embargo, si nos fijamos, veremos que, si uno ha sido capaz de apoderarse de la herencia de su padre, sin dignarse repartirla con su hermano, el otro, no tiene inconveniente en acusarlo y denunciarle públicamente. Quiere decir esto, que los dos amaban las riquezas por encima de todo.

Esta situación y este enfrentamiento podemos encontrarlo en las relaciones entre las naciones y los pueblos. En el origen de todos los enfrentamientos y todas las guerras a través de la historia, siempre encontraremos como denominador común, el dinero y las riquezas. El hombre, por el pecado, ha retirado de su vida Dios y ha colocado en su lugar al dinero, y es al dinero, a las riquezas y al poder, a quienes pide la vida. Su egoísmo lo lleva a luchar, a extorsionar, e incluso a matar al otro, con tal de defender sus riquezas.

El Señor Jesús, para hacer patente este problema fundamental en la vida del hombre nos propone una parábola. Vemos al hombre rico que después de tener una gran cosecha sólo piensa en sí mismo: «Hombre, dice, tienes bienes acumulados para muchos años: túmbate, come, bebe y date buena vida». De esta manera demuestra que, para él, el dios que puede hacerlo feliz, que puede darle una vida placentera, es el dinero, las riquezas. No se da cuenta de que no es el dueño de su vida. De ahí, que el mismo Dios le tenga que decir: «Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será?».

Este pasaje del evangelio puede ayudarnos a descubrir cuál es nuestra relación, la tuya y la mía con el dinero. Quizá somos de los que dicen, sin demasiado convencimiento, que el dinero no da la felicidad, y, sin embargo, añadimos, “pero ayuda”. Seguro que tenemos acontecimientos en la vida, en los que ha quedado patente que no hemos sido más felices cuando hemos tenido más dinero. Pero aún sabiéndolo, nuestro corazón una y otra vez se pega al dinero. Para demostrar que no damos culto al dinero, que el dinero no nos domina, es necesario, de vez en cuando, desprendernos de él, dando limosnas y ayudando con él a los demás. Nos conviene, como discípulos del Señor, tener siempre presente sus palabras: «No se puede servir a Dios y al dinero». 


28/07/2022 23:07 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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