DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-
«EL QUE OS RECIBE A VOSOTROS ME RECIBE A MÍ»
CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,8-11. 14-16ª * Rm 6,3-4.8-11 * Mt 10, 37- 42
Tenemos ante nosotros una palabra que pone de manifiesto la radicalidad del Evangelio. El Señor Jesús empieza diciendo: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí: y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». La cosa está más que clara. No hay vuelta de hoja. No podemos andarnos por las ramas. ¿Por qué, podemos preguntarnos, esta radicalidad? La cosa está clara. Del anuncio del Evangelio y que ese evangelio se haga visible en la vida de los cristianos, depende la salvación del resto de los hombres.
Dios se hizo visible en la historia de la humanidad hace más de dos mil años en la persona del Señor Jesús. Él vino a darnos a conocer el amor de un Padre que no deja de amar a sus hijos a pesar de que son desobedientes e infieles. Por amor les corrige, pero no les aplica el castigo que merecen. Tener conocimiento de ese amor, lleva al hombre a empezar a saborear ya ahora aquí lo que es la vida eterna. La salvación del hombre depende, pues, de experimentar en su vida ese amor de Dios. El Señor Jesús lo hizo patente mediante su vida y su muerte, pero hoy no vive físicamente entre nosotros, para continuar dándonos a conocer ese amor. Por eso nos ha elegido para que continuemos hoy su misión. Si de nosotros depende que los hombres de nuestra generación tengan conocimiento del amor de Dios y su salvación, ¿cómo va a consentir el Señor que demos prioridad al amor hacia los nuestros, dejando en segundo lugar su amor?
Ante estas palabras del Señor, y la prioridad que exige su amor por encima del amor humano, podemos caer con facilidad en el moralismo de pretender llevar a la práctica sus palabras con sólo nuestro esfuerzo. Sería un error enorme hacerlo así, pues, ni tú ni yo podemos en modo alguno cumplir sus palabras. Es una misión que desborda con mucho nuestras posibilidades. Aquí nos vienen como anillo al dedo las palabras del Señor, cuando en otra parte del evangelio afirma: «Sin mí no podéis hacer nada». El mandato del Señor es cierto, pero no es menos cierto que para llevarlo a la práctica necesitamos su ayuda. Necesitamos que el Espíritu Santo nos conceda la fortaleza y la gracia necesarias para llevar a término la misión que como a sus discípulos, el Señor ha dejado en nuestras manos.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que cuando el amor de Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, todo lo demás recupera el lugar que le corresponde. El Señor nos dirá: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia porque todo lo demás se os dará por añadidura».