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DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE OS RECIBE A VOSOTROS ME RECIBE A MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,8-11. 14-16ª * Rm 6,3-4.8-11 * Mt 10, 37- 42

Tenemos ante nosotros una palabra que pone de manifiesto la radicalidad del Evangelio. El Señor Jesús empieza diciendo: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí: y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». La cosa está más que clara. No hay vuelta de hoja. No podemos andarnos por las ramas. ¿Por qué, podemos preguntarnos, esta radicalidad? La cosa está clara. Del anuncio del Evangelio y que ese evangelio se haga visible en la vida de los cristianos, depende la salvación del resto de los hombres.

Dios se hizo visible en la historia de la humanidad hace más de dos mil años en la persona del Señor Jesús. Él vino a darnos a conocer el amor de un Padre que no deja de amar a sus hijos a pesar de que son desobedientes e infieles. Por amor les corrige, pero no les aplica el castigo que merecen. Tener conocimiento de ese amor, lleva al hombre a empezar a saborear ya ahora aquí lo que es la vida eterna. La salvación del hombre depende, pues, de experimentar en su vida ese amor de Dios. El Señor Jesús lo hizo patente mediante su vida y su muerte, pero hoy no vive físicamente entre nosotros, para continuar dándonos a conocer ese amor. Por eso nos ha elegido para que continuemos hoy su misión. Si de nosotros depende que los hombres de nuestra generación tengan conocimiento del amor de Dios y su salvación, ¿cómo va a consentir el Señor que demos prioridad al amor hacia los nuestros, dejando en segundo lugar su amor?

Ante estas palabras del Señor, y la prioridad que exige su amor por encima del amor humano, podemos caer con facilidad en el moralismo de pretender llevar a la práctica sus palabras con sólo nuestro esfuerzo. Sería un error enorme hacerlo así, pues, ni tú ni yo podemos en modo alguno cumplir sus palabras. Es una misión que desborda con mucho nuestras posibilidades. Aquí nos vienen como anillo al dedo las palabras del Señor, cuando en otra parte del evangelio afirma: «Sin mí no podéis hacer nada». El mandato del Señor es cierto, pero no es menos cierto que para llevarlo a la práctica necesitamos su ayuda. Necesitamos que el Espíritu Santo nos conceda la fortaleza y la gracia necesarias para llevar a término la misión que como a sus discípulos, el Señor ha dejado en nuestras manos.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que cuando el amor de Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, todo lo demás recupera el lugar que le corresponde. El Señor nos dirá: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia porque todo lo demás se os dará por añadidura». 

 

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TEMÁIS A LOS QUE MATAN AL CUERPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

El Señor nos ha llamado a ser sus discípulos. Él conoce muy bien las dificultades que encontraremos para llevar a cabo nuestra misión. Por eso, en el evangelio de hoy, en primer lugar, nos llama a no tener miedo a la hora de anunciar la verdad. Como conocedores que somos de esa verdad nos invita a proclamarla sin temor a pleno día. Nos dice: «Lo que os digo de noche decidlo en pleno día y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea».

La misión conlleva con mucha frecuencia persecución porque los enemigos de la verdad no sólo odian la verdad, sino que también odian al mensajero que la anuncia. Quieren acabar con él con el fin de que la verdad no se propague. El Señor Jesús nos dice al respecto: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo».

Para darnos certeza de recibir la ayuda del Padre y tener además la seguridad de que nada sucede sin que él lo permita, hace una comparación entrañable. «Dos gorriones se venden por unos cuartos y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que vuestro Padre lo disponga». No temáis, pues no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

Actuar de esta manera, salir en defensa de la verdad sin temor, conlleva la necesidad de dar la cara sin ningún disimulo poniéndonos abiertamente en favor de Dios. Es interesante lo que el señor Jesús nos dice al respecto: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo». Esta actitud no está muy lejos de nosotros y no hemos de escandalizarnos por ello. No seremos los primeros que, por temor, por no significarnos excesivamente, por respeto humano, o por otras razones, en distintas ocasiones lo hayamos negado, o hayamos disimulado nuestra fe. Lo hizo Pedro que lo negó tres veces y también los otros discípulos que lo abandonaron dejándolo solo. Precisamente, porque nos conoce, porque conoce nuestra debilidad, viene en nuestra ayuda poniéndonos en alerta sobre este peligro.

¿Qué puede ocurrirnos si damos la cara por el Señor? Muy sencillo, que nos la rompan. Es lo que hicieron innumerables mártires, que tuvieron muy presente las palabras del Señor: «El que ama su vida, la perderá. Y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Podemos considerar todo esto como una misión imposible, algo que está fuera de nuestro alcance. Ciertamente es así si sólo consideramos nuestras fuerzas. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el Señor nunca nos pedirá nada que no podamos llevar adelante con su ayuda. No nos miremos a nosotros mismos. Levantemos la cabeza y pongamos nuestra mirada en él. Entonces todo lo imposible se hará posible. 

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«SE COMPADECIÓ PORQUE ESTABAN COMO OVEJAS QUE NO TIENEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 19,2-6a * Rm 5, 6-11 * Mt 9, 36-10,83

En el evangelio de esta semana vemos al descubierto las entrañas de misericordia del corazón del Señor Jesús, cuando dice que viendo a las gentes sintió compasión porque estaban «como ovejas sin pastor». Por eso, dirigiéndose a sus discípulos les dice: «La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Esta frase, que pone hoy el Evangelio en boca de Jesús, puede ser interpretada de manera errónea. Quizá pensemos al escucharla que Jesús se refiere a la necesidad que tiene el mundo, la sociedad, de la presencia de presbíteros y de personas consagradas, que trabajen en la Iglesia y que se esfuercen por extender el Reino de Dios.

Sin duda, el Señor en un principio pensaba en ellas. La prueba la tenemos en que es el mismo, el que a continuación envía a sus Apóstoles a anunciar la Buena Nueva del Reino. Podemos pensar, por tanto, que esta palabra no va con nosotros. Sin embargo, si hacemos una lectura más amplia del pasaje, descubriremos que todos los que por el Bautismo estamos incorporados a Cristo, no podemos en ningún modo vivir ajenos a la misión que este sacramento nos ha conferido. Todos hemos recibido por este Sacramento la misión de anunciar la Buena Nueva a los que nos rodean.

No somos cristianos para asegurar nuestra salvación personal. La misión que como miembros del cuerpo de Cristo tenemos, es hacerlo presente en la sociedad en la que vivimos. Él, ahora, no está entre nosotros de una manera física, sin embargo, su salvación, la que ganó para todos los hombres, es necesario darla a conocer a todo el mundo.  Extender el Reino nos incumbe también a nosotros. Es algo a lo que no podemos renunciar. Como discípulos del Señor, hoy somos su boca, sus brazos y sus manos, en medio de esta generación en la que nos ha tocado vivir. Los que nos rodean han de llegar a conocer al Señor a través de nuestra vida. Estamos llamados a ser sus testigos.

El Señor dice, con razón, que la mies es mucha y pocos los trabajadores. Por tanto, es necesario que allí donde nos encontremos, familia, trabajo, amistades, vecindario, etc., lo hagamos presente con nuestra actitud. No podemos vivir en un divorcio entre lo que creemos y lo que practicamos. Es necesario que los demás vean en nosotros otros cristos. Quizá pensemos que esto es difícil. No es difícil, es imposible para nosotros, pero para Dios no hay nada imposible. Es él, el primer interesado en que esto se lleve a cabo. Por eso, a pesar de nuestra debilidad, si pedimos que su Espíritu habite en nosotros, Él, nos lo dará gratuitamente y nos concederá la fuerza para poder realizar la misión a la que como cristianos nos llama.

 

SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO -A-

"TOMAD Y COMED, ESTO ES MI CUERPO..." 

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 8, 2-3.14b-16a * 1Cor 10, 16-17 * Jn 6, 51-58

San Juan en su evangelio pocas horas antes de la Pasión dice refiriéndose al Señor, «Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo». Esta frase, sin duda, hace referencia a la entrega total del señor Jesús por todos nosotros, al asumir, cumpliendo la voluntad del Padre, la hora de su entrega total.

Esta frase se sitúa inmediatamente antes de que el Señor, en la Última Cena, en la Cena Pascual, dispusiera ocupar con su propio cuerpo el lugar del cordero pascual que presidía la mesa, convirtiéndose de esa manera en el alimento de todos los presentes. Él, como más tarde dirá a sus discípulos, deseaba de este modo permanecer con ellos y con nosotros, hasta la consumación de los siglos.

No contento con alimentarnos con su Palabra, y conociendo de antemano nuestra debilidad y pobreza, transforma su carne en el alimento espiritual que nos dé fuerza para llevar adelante la misión que, como miembros de su Iglesia, ha dejado en nuestras manos.

Su carne y su sangre nos acompañarán en nuestro peregrinar hacia la vida eterna. Son la roca espiritual que, como dice san Pablo, acompañaba al Pueblo por el desierto, y esa roca era Cristo.

Estar participando con asiduidad de este Alimento, hace que tengamos el peligro de caer en la rutina y no seamos capaces de evaluar la grandeza de este don que el Señor nos da gratuitamente. Somos ciertamente afortunados. Somos la envidia de los propios ángeles. Ellos contemplan de continuo el rostro del Señor, pero no les es dado alimentarse, como nosotros lo hacemos, con su Cuerpo y con su Sangre. No somos conscientes de que cada día que asistimos a la Eucaristía, en el altar tiene lugar un acontecimiento, un milagro, más grande que la propia creación del mundo.

Es el mismo Dios, el que acontece y se hace presente realmente sobre el altar. Viene a nosotros con su Cuerpo y con su Sangre. Quiere transformar nuestra debilidad en fortaleza. Quiere que sea su propia Sangre la que circule por nuestras venas. Quiere que nuestro cuerpo se vaya transformando paulatinamente en el suyo. San Agustín nos dice que cuando comemos el Cuerpo y la sangre del Señor, a diferencia de lo que ocurre con los restantes alimentos que se van transformando en los distintos tejidos de nuestro cuerpo, es nuestro cuerpo el que poco a poco se va transformando en el Cuerpo del Señor. Es la manera de que tú y yo, pecadores y poca cosa, lleguemos a ser otros cristos.

¿Qué méritos o qué razones podemos esgrimir para que esto sea así? ¿Quién eres tú o quién soy yo, para que no solo hayamos sido lavados con la Sangre del Señor, sino que podamos a alimentarnos con su Cuerpo y con su Sangre?

Nuestra existencia es un camino hacia la vida eterna, pero el lastre de nuestros pecados hace demasiado pesada la marcha. Con nuestras fuerzas, por más que lo pretendamos nunca llegaremos a la meta. Nuestra vida por tanto no dejará de ser un fracaso. Por eso el Señor viene en nuestra ayuda como lo hizo con los panes que dio al profeta Elías cuando huía de Ajab. Como a él, también a ti y a mí nos dice: «Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti».

Bendigamos al Señor. Démosle gracias por el inmenso amor que ha mostrado hacia nosotros en este Sacramento. Participemos asiduamente de este Banquete. Ciertamente, no somos dignos de hacerlo, pero Él, penetrando en nosotros, hará digno lo indigno y hará santos a los que somos pecadores.

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

"GLORIA AL PADRE, Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO" 

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * ICo 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

En el domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés la Iglesia pone ante nuestra consideración la figura de la Santísima Trinidad, que es ni más ni menos, el misterio que encierra la misma esencia de Dios.

Podríamos caer en la tentación, como ya ocurrió en los primeros siglos de la Iglesia, de intentar razonar y comprender lo que no está al alcance de nuestra razón, y por lo tanto es incomprensible para el hombre. Querer dar explicación a la misma esencia de Dios, es pretender con nuestra razón igualarnos a Él.

San Juan define a Dios en su primera epístola diciendo que Dios es amor. Para que el amor pueda manifestarse, es necesaria, al menos, la existencia de dos personas. Dentro de la Santísima Trinidad estas dos personas son, el Padre y el Hijo, que, amándose profundamente desde toda la eternidad, son el origen de la tercera persona: el Espíritu Santo.

Las tres personas de la Santísima Trinidad que constituyen un solo Dios se manifiestan a través de acciones muy definidas en tu vida y en la mía. Dios Padre pensó en ti desde toda la eternidad y te amó. Ese amor es el que te dio la vida y te hizo semejante a Él. Somos semejantes a Dios en dos aspectos. En primer lugar, porque somos hechura de sus manos, tenemos la facultad de poder experimentar el amor, y a la vez, poder amar. Por otra parte, nos parecemos a Él porque estamos dotados de libertad, para no vernos obligados a amar a la fuerza.

Dios, pues, te creó semejante a Él para que como Él y con Él, fueras feliz. Sin embargo, tu soberbia y la mía nos hizo romper con el Amor. Quisimos ser autónomos y no aceptamos que otro fuera el que trazara las reglas del juego. Esta rebeldía nos hizo caer en la infelicidad y a la vez nos sometió a la muerte. Dios-Padre podría habernos dejado abandonados a nuestra suerte, pero sus entrañas de misericordia se rebelaron ante esta posibilidad, y trazó de inmediato para ti y para mí un plan de salvación.

Dispuso que su Hijo único se revistiera de una naturaleza mortal como la nuestra, se encarnara y hecho semejante a nosotros, experimentara todo lo que es inherente a la naturaleza humana. Quiso Dios que nada humano fuera extraño a la existencia de su Hijo. Solo en un aspecto fue totalmente distinto a ti y a mí: no pudo en modo alguno, conocer el pecado. Sin embargo, lo que sí experimentó fueron las consecuencias que el pecado trae consigo: enfermedades, sufrimientos, angustias, cansancio, soledad y finalmente la muerte, de nada de esto se libró el Señor.

Con su palabra y con su vida vino a darnos conocimiento de que nunca Dios-Padre, había retirado de nosotros su amor. Que nos seguía y nos sigue queriendo a pesar de nuestros desvaríos. Nos mostró el camino de la verdadera felicidad, nos liberó de la esclavitud de la muerte y nos abrió de nuevo las puertas del paraíso.

Después de realizada su Pascua y para que se cumplieran las palabras del Padre «Seréis santos porque yo vuestro Dios soy santo», envió desde el seno del Padre al Amor, al Consolador, al Santificador, al Espíritu Santo. Él tiene como misión hacernos presente cada día el amor sin condiciones del Padre. Él tiene como misión estar con nosotros hasta la consumación de los siglos defendiéndonos del maligno, fortaleciéndonos en nuestras luchas diarias, consolándonos en nuestras caídas y fracasos, testimoniando a nuestro interior que somos hijos de Dios y arraigando en nuestra vida la esperanza de la vida eterna.

El Señor Jesús afirmó en una ocasión: «Por sus frutos los conoceréis». Pues, esto mismo es lo que nos ocurre a ti y a mí cuando contemplamos el Misterio de la Trinidad. Si bien somos incapaces de penetrar en él, podemos llegar a cada una de las Divinas Personas constatando la obra que realiza en nuestra vida.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20,19-23 

La misión que el Padre ha encomendado al Señor Jesús aquí en la tierra ha llegado a su fin. Hemos podido contemplar el desarrollo de esta misión durante todo el año litúrgico: Encarnación, Nacimiento, vida oculta, vida pública, Anuncio del Reino, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo.

Para continuar y actualizar su misión salvífica en todas las generaciones hasta el fin de los tiempos, el Señor Jesús ha fundado su Iglesia. Ella será la encargada de hacer llegar la Buena Noticia de la Salvación a todas las gentes.

Aunque las tres Divinas Personas han estado siempre presentes en todos los momentos de la historia, atribuimos a cada una de ellas una determinada función. En un principio la de Creador al Padre, la de Redentor al Hijo durante su estancia entre nosotros y, finalmente, la de Santificador al Espíritu Santo. Queremos centrar hoy nuestra atención en esta última Divina Persona. En este domingo celebramos, precisamente, la efusión en Pentecostés del Espíritu Santo. El Señor Jesús ha fundado su Iglesia, pero Él, aunque siempre presente en ella, ha dejado el testigo, como en una carrera de relevos, en manos del Espíritu Santo. Será su acción la que lleve a plenitud la misión de la Iglesia. Es en Pentecostés y por obra del Espíritu Santo, donde la Iglesia alcanza su mayoría de edad, pues en todo lo que se lleva a cabo en ella está siempre presente el Espíritu Santo. Todos los Sacramentos, incluyendo el perdón de los pecados y la Eucaristía, son fruto de la acción del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el que nos abre las Escrituras, transformando la letra escrita en Palabra de Vida. Es nuestro Defensor ante los ataques continuos de nuestro enemigo el maligno. En nuestra debilidad nos otorga fortaleza. En nuestros momentos de tristeza y desánimo es nuestro consuelo. Él conoce nuestra pobreza y nuestros pecados, pero en vez de juzgarnos y castigarnos, comprende nuestra debilidad y está siempre a nuestro lado para darnos ánimo. Nunca nos rechaza. Todo lo expuesto se queda corto ante la obra que lleva a cabo en nuestra vida, sin embargo, no queremos dejar de señalar uno de los frutos más grandes de su presencia en nuestra vida. Es Él, el que, en lo profundo de nuestro corazón, nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

A la figura del Espíritu Santo dentro de la Iglesia no siempre se le ha dado la importancia que merece. Llegó a llamársele el Gran Desconocido. La razón a esta falta de relevancia, hay que buscarla en que ha tenido que competir con la gigantesca figura del Señor Jesús que lo ha dejado un tanto en la sombra, sin tener en cuenta que siempre ha estado presente en los acontecimientos fundamentales de la vida del Señor. Ha sido el Concilio Vaticano II el que ha hecho emerger su figura de una manera rotunda. Insistimos en afirmar que sin su continuada presencia no se podría concebir la existencia de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que lleva a plenitud la obra realizada por el Señor Jesús. En el evangelio de san Juan nos dice: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa». Es el Espíritu Santo el que ahora lleva el timón de la Iglesia. Él, en nuestra vida, es el abogado defensor, el Paráclito. Él, como dice san Pablo es el que realiza en nosotros el querer y el obrar. Es el padre de los pobres. Es el que nos hace presente el perdón y la misericordia de nuestro Dios. Él, en fin, es el único que nos ama en nuestra realidad de pecado, sin exigirnos nada a cambio. Es el don, el regalo que el Señor Jesús nos prometió antes de subir al cielo.    

DOMINGO VII DE PASCUA – ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA – ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11* Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

En este día celebramos que el Señor Jesús después de consumar su Pascua y de estar durante cuarenta días resucitado apareciéndose a sus discípulos, ascendió al cielo y está sentado a la derecha de poder de Dios.

San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos dirá que, por haber asumido la condición de esclavo, por no haber retenido ávidamente su divinidad, por haberse humillado hasta el extremo, Dios Padre lo levantó, lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Celebramos, pues, que uno de los nuestros, con la misma naturaleza humana, con un cuerpo que, si bien ahora es glorioso, es idéntico al nuestro, está sentado a la derecha de Dios y ha sido constituido Señor del universo.

Este acontecimiento no es en modo alguno ajeno a nuestra vida. El Hombre-Dios, Cristo Jesús, ha penetrado en el cielo. Nosotros, que somos su Iglesia, somos miembros de un cuerpo del que Él es la cabeza. Del mismo modo que en el nacimiento de una criatura cuando ésta saca la cabeza del vientre de la madre, inmediatamente le sigue el resto del cuerpo, así también nos ocurre a nosotros. Nuestra cabeza que es Cristo está en el cielo, y nosotros, su cuerpo, unidos a Él somos arrastrados penetrando también en el cielo.

Los acontecimientos vividos por el Señor Jesús a lo largo de su vida terrena, su entrega, su humillación y su muerte, hechos extremadamente negativos a los ojos del mundo, han sido el motivo de su glorificación. Si Cristo no hubiera pasado por ellos, no hubiera sido constituido por el Padre como Señor todo lo creado. La negación de sí mismo, los sufrimientos, los desprecios que padeció, fueron el camino de su exaltación.

Lo ocurrido al Señor Jesús arroja luz sobre todo aquello que nos sucede a nosotros. Todos los acontecimientos de nuestra vida tienen sentido. Nada sucede en vano. Todo entra dentro del plan de salvación que ha diseñado el Padre para nosotros. Las humillaciones, los sufrimientos, la muerte, que tienen su origen en el pecado, escandalizan al mundo y le hacen blasfemar de Dios. Sin embargo, para los elegidos, para los creyentes, para nosotros, son el camino que lleva a la salvación.

Hemos dicho que el Señor Jesús está sentado a la derecha del poder de Dios. ¿Cómo afecta este acontecimiento a nuestra propia vida, podemos preguntarnos? Cristo Jesús ascendido al cielo posee todo poder. Todo le ha sido sometido. Nosotros, que somos miembros de su cuerpo, aquí en la tierra seguimos bajo el dominio del mal. Muchos acontecimientos de nuestra vida nos desbordan. Con frecuencia no podemos resistir a las seducciones del mal. Se nos presentan enfermedades, problemas económicos, problemas familiares, etc., ante los cuales nos hallamos totalmente indefensos, y que nos desbordan haciendo que experimentemos nuestra propia impotencia. También nos hacen sufrir nuestras inclinaciones pecaminosas, nuestros vicios ocultos, nuestro genio, nuestra soberbia, que van minando nuestro carácter y nos amargan la existencia. Pues bien, el Señor Jesús ha sido constituido por el Padre Señor de todo lo que nos amarga y nos hace infelices. Donde está tu impotencia, aparece su poder, donde está tu debilidad, se manifiesta su fuerza. Solo hace falta que tú y yo, en esos momentos en que se nos cierra el cielo lo invoquemos, lo llamemos, le gritemos y le digamos con fuerza: ¡Señor, no puedo! ¡Ayúdame! Tengamos la certeza de que, si ponemos en Él nuestra confianza, no quedaremos nunca defraudados.

 

 


DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«SI ME AMÁIS GUARDARÉIS MIS MANDAMIENTOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21

En nuestra vida demostramos nuestro amor o aprecio hacia otra persona haciendo aquello que le agrada. Vemos esto con claridad en la relación entre los esposos, los novios, los padres e hijos o entre los verdaderos amigos. Precisamente por esto, hoy, el Señor, empieza el evangelio diciendo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Dicho con otras palabras: si me amáis, haréis aquello que me agrada.

Podemos preguntarnos por qué el Señor Jesús hace esta observación a los discípulos, a la vez que nos la hace también a nosotros. ¿Por qué el Señor nos invita a guardar sus mandamientos? ¿Necesita para algo nuestra obediencia? Evidentemente, no. Nuestra obediencia o nuestra desobediencia, no le afectan para nada, ni le añaden ni le quitan gloria. Lo que pasa es que como siente hacia nosotros un amor inmenso, sabe que nuestra felicidad radica en llevar a cabo su voluntad siendo dóciles a sus indicaciones. Él sabe que ese es el único camino que nos conducirá a ser verdaderamente felices.

Por otra parte, el Señor conoce nuestra imposibilidad material de cumplir aquello que nos manda. Sabe que por el pecado estamos tarados y que para cumplir sus mandamientos no basta con que nosotros lo queramos, necesitamos su ayuda. Él sabe, sin embargo, que se marcha. Por eso nos promete el envío del Paráclito, del Defensor, del Espíritu de la Verdad. Necesitamos a alguien que por un lado nos dé fuerzas para obrar el bien, y que por otro lado nos defienda del enemigo que no solo nos empuja hacia el mal, sino que, además, cuando caemos, nos echa en cara nuestra debilidad y nuestro pecado para hacernos dudar del perdón de Dios.

La misión del maligno es sembrar en nosotros el desasosiego, la inquietud. Quiere hacernos ver que no servimos para esto. Que, en cada una de nuestras confesiones, repetimos una y otra vez los mismos pecados. Nuestro deseo de no volver a pecar, de no caer en las mismas debilidades, solo dura unas pocas horas o a lo sumo unos cuantos días. Somos reincidentes. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra sin que seamos capaces de enmendar nuestra conducta. Esta situación la aprovecha el demonio para decirnos que es tonto que nos resistamos ¿Para qué continuar dándole vueltas? Dejaos de mandamientos y mandangas y dedicaos a vivir la vida sin complicaros demasiado la existencia, nos dice.

La misión del Espíritu Santo es la contraria. Cada vez que caemos, cada vez que pecamos, nos susurra al oído: no te preocupes, no pasa nada. Yo te quiero. Yo amo al pecador y nunca, nunca lo rechazo. ¡Ánimo! Lo importante no es la caída, sino el levantarte y continuar el camino. Yo estoy a tu lado para ayudarte. No desmayes, confía en mí.

El Señor, que ha anunciado a sus discípulos su inminente partida sabe que están tristes, por eso les dice: «No os dejaré desamparados, volveré. El mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo». Estas son palabras consoladoras. Aunque el Señor se va no quiere dejarnos huérfanos, por eso nos promete que estará junto a nosotros hasta el fin de los tiempos. El mundo no lo verá porque tiene los ojos cegados por la ambición, el dinero, el sexo, el poder, etc., pero nosotros sí lo veremos, sí que constataremos su presencia y su ayuda en los acontecimientos buenos, y en aquellos que el mundo considera adversos.

Que nuestra oración diaria sea la de aquellos discípulos que, camino de Emaús, apremian al Señor diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».