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DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21  

El Señor Jesús, enterado de la muerte de Juan el Bautista, desea retirarse con sus discípulos a un lugar tranquilo y apartado para descansar. Sin embargo, la inmensa multitud que le sigue descubre el lugar, y altera por completo sus planes. En este punto el evangelista nos muestra el corazón del Señor cuando nos dice: «viendo al gentío, le dio lástima». ¿Qué nos hace presente esto? Pues, muy sencillo. Nos muestra que el corazón del Señor no es un corazón duro y ajeno al sufrimiento del hombre, al tuyo y al mío. Él, cuando nos ve a ti y a mí en la lucha diaria, cuando contempla los problemas que nos abruman tanto en lo material como en lo espiritual, no se queda impávido viendo como sufrimos, sino que su corazón se enternece, siente lástima de nosotros, como la experimentó ante aquellos que le buscaban.

¿Cómo responde a la gente? Dándoles una palabra de aliento y consuelo, y, atendiendo también a sus necesidades físicas, cura sus enfermedades. Sabe muy bien cuál es su misión y nos demuestra que para la evangelización no existe el tiempo de descanso. No existen las vacaciones. También tú y yo, que nos llamamos sus discípulos, estamos llamados en todo momento y ocasión, como dice san Pedro en su carta, a dar razón de nuestra fe, dando a conocer a los que nos rodean el amor y el perdón de los pecados que Dios-Padre nos ha otorgado a todos en la Cruz del Señor Jesús.

Atendiendo pacientemente a todos los que le piden ayuda, empieza a caer la tarde. Los discípulos le hacen ver que están en descampado y le sugieren que despida a la gente para que busquen comida en las aldeas cercanas. La respuesta es tajante y los deja totalmente descolocados: «Dadles vosotros de comer». ¿Cómo, le dicen, si no tenemos más que cinco panes y dos peces? Y, una vez más acontece el milagro. Con esos cinco panes y dos peces da de comer a más de cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. No queremos pasar por alto esta respuesta del Señor porque hoy ha resonado para cada uno de nosotros. A ti y a mí que nos llamamos cristianos, discípulos de Jesús, Él, nos dice: Dadles de comer. Si nos fijamos en nuestra sociedad observaremos hasta qué punto está dominada por la mentira y el egoísmo. La gente está hambrienta por escuchar la verdad, por escuchar algo en lo que se pueda confiar. Tú y yo, sin merecerlo, conocemos esa verdad. Conocemos el amor de un Dios que ama y perdona sin límite. Un Dios que no anota en su libreta cada uno de nuestros fallos, sino que los comprende, los perdona y olvida. Es necesario, pues, que demos a conocer a los demás ese Dios mediante nuestra vida. Que todos viendo nuestra conducta se encuentren con Él.

Vemos la obra del Señor y nos consuela. Con su predicación reparte abundante alimento espiritual a todos los que le siguen. Les da primero el alimento del alma porque sabe que «no sólo de pan vive el hombre, pero se preocupa también en dar alimento a nuestro cuerpo. Como ha venido a extender con su predicación el reino de Dios, da prioridad a la evangelización. Después se preocupará también del alimento físico. Teniendo en cuenta este orden de cosas, hará realidad aquellas palabras suyas cuando nos decia: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura».

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO...

 

 CITAS BÍBLICAS: 1Re 3,5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

En este domingo la Liturgia nos presenta otras tres de las llamadas Parábolas del Reino. Hoy es Señor Jesús nos propone la parábola del Tesoro escondido, la de la Perla preciosa y la de la Red.

Ante estas parábolas se nos hace presente el evangelio de uno de los pasados domingos, cuando el Señor daba gracias al Padre por haber revelado a los pequeños los secretos del Reino. Hoy, tanto el que encuentra el tesoro en el campo como el mercader en perlas finas, sabe evaluar de inmediato el valor de lo que ha hallado, y no duda en desprenderse de lo que tiene para adquirir el campo o comprar la perla preciosa.

Sería estupendo que nosotros fuéramos capaces de identificarnos con la persona que encuentra el tesoro o la perla. Veamos ¿por qué? ¿Somos conscientes del inmenso regalo que nos ha hecho el Señor a través de la Iglesia dándonos a conocer el amor que Dios nos tiene, su gran misericordia y el perdón de nuestros pecados? ¿Hay una felicidad más grande que experimentar que el Señor nos ama gratuitamente sin exigirnos nada a cambio y sin tener en cuenta nuestros pecados? Ese es un gran tesoro que la mayoría de la gente desconoce.

Fijémonos cómo viven muchos de nuestros vecinos o familiares. Andan preocupados en extremo por el dinero, el trabajo, los afectos, la salud, etc. Se afanan por conseguir la felicidad en su vida, pero comprueban una y otra vez que es imposible lograrla. Buscan entonces llenar su vacío interior con la diversión, los deportes, las drogas, etc. Es una manera de alienarse, de emborracharse, para no afrontar la realidad. Porque la marga realidad es que no está en nuestras manos o en nuestro esfuerzo alcanzar aquello que llena nuestro corazón y nos hace felices.

A nosotros el Señor Jesús, a través de su Iglesia, nos ha mostrado ese tesoro, pero para alcanzarlo es necesario hacer lo que hacen los protagonistas de estas parábolas: vender todo lo que tienen para adquirir el campo o la perla. San Pablo lo entendió muy bien, por eso nos dice en su carta a los Filipenses: «lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo». Vemos, pues, que no tuvo inconveniente en hacer lo que hicieron los protagonistas de estas parábolas, renunciar a todo con tal de conseguir el tesoro o la perla.

Podemos considerarnos afortunados porque el Señor nos ha hecho partícipes de los secretos de su corazón. Nos ha mostrado cuál es el camino de la vida y cómo alcanzarla, pero es necesario que por nuestra parte no defendamos las baratijas que hemos ido almacenando, sino que, como los dos personajes de las parábolas, nos desprendamos de todo aquello que nos impide alcanzar la verdadera felicidad.

No seamos necios y no continuemos pidiendo la vida a los ídolos del mundo que nos esclavizan. El dinero, los afectos, el sexo, etc., son ídolos mudos que nos exigen cada vez más, y que nos atan impidiéndonos ser verdaderamente libres.  

 

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12, 13.16-19 * Rom 8, 26-27 * Mt 13, 24-43 

En este domingo XVI del tiempo ordinario, el evangelio trae a nuestra consideración tres parábolas que hacen referencia al Reino de los Cielos. La parábola de la Cizaña, la del Grano de Mostaza y la de la Levadura, son tres de las parábolas conocidas como Parábolas del Reino. Nosotros, sin embargo, a diferencia de lo que hacemos cada semana hablando del evangelio, queremos centrar nuestro comentario en la primera Palabra que se proclamará, y que está tomada del capítulo 12 del Libro de la sabiduría.

En estos tres breves versículos el Espíritu Santo nos da a conocer un Dios-Padre totalmente distinto a la figura que de él hemos tenido desde siempre. Empezará diciendo: «Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia». El Shemá nos dice en el Deuteronomio: El Señor es uno. No existe otro dios fuera de él. Es inútil seguir los dictados del mundo que cada día nos muestra falsos dioses para que les demos culto pidiéndoles la vida: el dinero, el poder, la salud, etc., ninguno de ellos es capaz de satisfacer por completo nuestro corazón.

A continuación, viene una frase capaz de serenar nuestro interior y de hacer que desaparezca de él todo temor: «Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos». El perdón de Dios es universal y sin condiciones. Nos lo ha otorgado a todos totalmente en la Cruz del Señor Jesús. Sólo queda excluido de él aquel que conscientemente lo rechaza. Siguen palabras capaces de levantar el ánimo del mayor pecador: «Juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuanto quieres».

El Señor, que conoce nuestra debilidad e impotencia para obrar el bien, sabe de antemano que caeremos una y mil veces. Por eso, sigue diciendo la Palabra: «Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». No hemos de escandalizarnos por tanto al comprobar nuestra condición pecadora. El Señor no lo hace, y, aunque odia al pecado porque nos hace infelices, en cierto modo, lo necesita para poder poner de manifiesto su misericordia. Él, como el Padre del Hijo Pródigo, espera siempre nuestro regreso con los brazos abiertos.

Dios, dice san Juan, es amor. Si nos ha dado una Ley, no lo ha hecho con la exigencia de que nos esforcemos en cumplirla. Él sabe que, para nuestra naturaleza, herida por el pecado, eso es imposible. No ha dispuesto que nos salvemos por las obras de la Ley, sino que quiere que sea la Ley el foco que alumbre nuestro camino para que no nos perdamos.

Resumiendo, y lo decimos con lágrimas en los ojos, el amor que el Señor siente por cada uno de nosotros, sus hijos, desborda por completo toda lógica. Nos ama, como decíamos la semana pasada, a fondo perdido. Nos ama hasta el punto de que, si para él fuera posible experimentar dolor y sufrimiento, lo experimentaría cada vez que uno de nosotros, usando mal de nuestra libertad y apartándonos de Él, cayéramos en la condenación.

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen» 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

Hoy el Señor Jesús nos propone en el evangelio una de sus parábolas más conocidas, la Parábola del Sembrador. Elige esta parábola porque tiene en cuenta al auditorio que tiene delante. Es gente que al hablarles del cultivo del campo conocen perfectamente el tema y, por tanto, entenderán sin dificultad lo que pretende explicarles. Sin embargo, y, según lo que dice a sus discípulos después, en esta ocasión habla en parábolas para que «Miren sin ver y escuchen sin oír ni entender». De esta manera, hallará cumplimiento la palabra de Isaías al respecto cuando dice que oirán con los oídos sin entender y mirarán con los ojos sin ver, porque tienen el corazón duro y se resisten a convertirse.

En la parábola el Señor dice que salió el sembrador a sembrar y la semilla cayó en distintos lugares del campo: una en el camino, otra en zona pedregosa, otra entre zarzas y, finalmente la última en terreno fértil. Únicamente esta última, que cayó en tierra mullida y fértil, dio abundante fruto. A diferencia de otras ocasiones, en ésta, el Señor Jesús al terminar únicamente se limita a decir: «El que tenga oídos que oiga.» No da, por tanto, explicación alguna de la parábola a los que le escuchan. Aparte, sin embargo, explica a sus discípulos el significado. No todos los que escuchan la Palabra del Reino la reciben del mismo modo. La semilla caída en el camino representa a aquellos que no la entienden y viene el Maligno y la arrebata. Los del terreno pedregoso son aquellos que la reciben con alegría, pero las dificultades y persecuciones hacen que, por falta de tierra y humedad, apenas germinada se seque y muera. Los sembrados entre zarzas escuchan la Palabra y la aceptan, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan. Finalmente, la semilla que cae en tierra mullida y fértil representa a aquellos que reciben la palabra, la entienden y la aceptan y, como consecuencia, da en ellos fruto abundante.

Sería de desear que, ahora, cada uno de nosotros analizara cómo recibe la Palabra. ¿Eres camino, pedregal, zarzal o tierra fértil? ¿La escuchas y sólo se queda en palabras que se lleva el viento?  ¿Te produce de momento alegría, pero sólo se queda en eso? ¿Estás atento cuando se proclama pensando que es el mismo Señor el que te alecciona, te corrige o consuela, siendo muy útil para tu vida? De cual sea nuestra actitud dependerá el escaso o abundante fruto que la Palabra vaya a producir en nuestra propia vida.

Tener conocimiento de todo esto nos ha de llevar al agradecimiento. No todo el mundo lo conoce. Son los secretos de los que hablaba el Señor la semana pasada y que quedan confirmados por lo que nos dice hoy: «Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».  

 

 

 

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«MI YUGO ES LLEVADERO Y MI CARGA LIGERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Za 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

La Liturgia nos regala este domingo un trozo del evangelio de san Mateo de una belleza y una ternura incomparables. Un evangelio capaz de serenar nuestro ánimo y de hacer que de nuestro corazón salga una alabanza y un agradecimiento total hacia el Padre.

El Señor Jesús viendo la obra que el Padre realiza en cada uno de nosotros, los más pequeños, exulta lleno de gratitud y le da gracias desde lo profundo de su corazón. Le da gracias al Padre porque no ha buscado a sabios e inteligentes para darles a conocer sus misterios, sino que se ha complacido eligiendo a los pobres, a los pequeños, a la gente sencilla.

Nosotros, los discípulos del Señor, somos esa gente sencilla en la que el Padre se ha complacido dándonos a conocer sus misterios. ¿Cuáles son esos misterios podemos preguntarnos? En primer lugar, su amor. Un amor que a diferencia del amor humano es gratuito. A nosotros nos es difícil amar a aquellos que no corresponden a nuestro amor como nos gustaría. Dios, sin embargo, nos ofrece su amor a fondo perdido. Desea que lo amemos porque sabe que en amarlo radica nuestra felicidad, pero no nos impone amarlo a la fuerza, sino que respeta la libertad que nos ha dado. Junto al conocimiento de su amor, nos ha hecho partícipes de su perdón. Son muchas las veces que consciente o inconscientemente, obramos en contra del plan que ha trazado para nosotros. No hacemos aquello que a él le agrada y que él nos propone para nuestra felicidad. En esas ocasiones, de su corazón de padre amantísimo no nace el rencor y el deseo de tomar en cuenta nuestras transgresiones, sino que espera pacientemente que nosotros volvamos el rostro hacia él. Para ello, pone en nuestro camino acontecimientos que nos ayuden a descubrir que estamos equivocados. Cuando lo hacemos, no recibimos el menor reproche, sino que solo encontramos unos brazos amorosos abiertos para abrazarnos.

Otro secreto del que nos ha hecho partícipes es conocer que nuestra vida terrena es sólo un camino que nos conduce a la verdadera vida, a la vida eterna. Aquí sólo estamos de paso. Somos ciudadanos del cielo donde él nos espera. Tener este convencimiento, nos ayuda a no instalarnos, a vivir cada día como un regalo, pero sin pegarnos a esta tierra.

Vivir todo esto, vivir de esta forma, no es fácil, porque nuestra naturaleza humana está herida por el pecado. Es normal pues, que tengamos que enfrentarnos a dificultades, enfermedades y problemas de todo tipo. Es normal también que aparezcan agobios y cansancio. Pero no desesperemos. Hay solución. Oigamos lo que nos dice el Señor Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso».

No seamos necios. No aceptemos las soluciones y las consignas que nos ofrece el mundo. Levantemos los ojos al cielo, como nos dice el salmo, porque de allí ha de venirnos la verdadera ayuda.

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«EL QUE OS RECIBE A VOSOTROS ME RECIBE A MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: 2Re 4,8-11. 14-16ª * Rm 6,3-4.8-11 * Mt 10, 37- 42

Tenemos ante nosotros una palabra que pone de manifiesto la radicalidad del Evangelio. El Señor Jesús empieza diciendo: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí, y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí: y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí». La cosa está más que clara. No hay vuelta de hoja. No podemos andarnos por las ramas. ¿Por qué, podemos preguntarnos, esta radicalidad? La cosa está clara. Del anuncio del Evangelio y que ese evangelio se haga visible en la vida de los cristianos, depende la salvación del resto de los hombres.

Dios se hizo visible en la historia de la humanidad hace más de dos mil años en la persona del Señor Jesús. Él vino a darnos a conocer el amor de un Padre que no deja de amar a sus hijos a pesar de que son desobedientes e infieles. Por amor les corrige, pero no les aplica el castigo que merecen. Tener conocimiento de ese amor, lleva al hombre a empezar a saborear ya ahora aquí lo que es la vida eterna. La salvación del hombre depende, pues, de experimentar en su vida ese amor de Dios. El Señor Jesús lo hizo patente mediante su vida y su muerte, pero hoy no vive físicamente entre nosotros, para continuar dándonos a conocer ese amor. Por eso nos ha elegido para que continuemos hoy su misión. Si de nosotros depende que los hombres de nuestra generación tengan conocimiento del amor de Dios y su salvación, ¿cómo va a consentir el Señor que demos prioridad al amor hacia los nuestros, dejando en segundo lugar su amor?

Ante estas palabras del Señor, y la prioridad que exige su amor por encima del amor humano, podemos caer con facilidad en el moralismo de pretender llevar a la práctica sus palabras con sólo nuestro esfuerzo. Sería un error enorme hacerlo así, pues, ni tú ni yo podemos en modo alguno cumplir sus palabras. Es una misión que desborda con mucho nuestras posibilidades. Aquí nos vienen como anillo al dedo las palabras del Señor, cuando en otra parte del evangelio afirma: «Sin mí no podéis hacer nada». El mandato del Señor es cierto, pero no es menos cierto que para llevarlo a la práctica necesitamos su ayuda. Necesitamos que el Espíritu Santo nos conceda la fortaleza y la gracia necesarias para llevar a término la misión que como a sus discípulos, el Señor ha dejado en nuestras manos.

Por otra parte, hay que tener en cuenta que cuando el amor de Dios ocupa el primer lugar en nuestra vida, todo lo demás recupera el lugar que le corresponde. El Señor nos dirá: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia porque todo lo demás se os dará por añadidura». 

 

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO TEMÁIS A LOS QUE MATAN AL CUERPO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 10-13 * Rm 5, 12-15 * Mt 10, 26-33

El Señor nos ha llamado a ser sus discípulos. Él conoce muy bien las dificultades que encontraremos para llevar a cabo nuestra misión. Por eso, en el evangelio de hoy, en primer lugar, nos llama a no tener miedo a la hora de anunciar la verdad. Como conocedores que somos de esa verdad nos invita a proclamarla sin temor a pleno día. Nos dice: «Lo que os digo de noche decidlo en pleno día y lo que os digo al oído pregonadlo desde la azotea».

La misión conlleva con mucha frecuencia persecución porque los enemigos de la verdad no sólo odian la verdad, sino que también odian al mensajero que la anuncia. Quieren acabar con él con el fin de que la verdad no se propague. El Señor Jesús nos dice al respecto: «No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo».

Para darnos certeza de recibir la ayuda del Padre y tener además la seguridad de que nada sucede sin que él lo permita, hace una comparación entrañable. «Dos gorriones se venden por unos cuartos y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que vuestro Padre lo disponga». No temáis, pues no hay comparación entre vosotros y los gorriones».

Actuar de esta manera, salir en defensa de la verdad sin temor, conlleva la necesidad de dar la cara sin ningún disimulo poniéndonos abiertamente en favor de Dios. Es interesante lo que el señor Jesús nos dice al respecto: «Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo». Esta actitud no está muy lejos de nosotros y no hemos de escandalizarnos por ello. No seremos los primeros que, por temor, por no significarnos excesivamente, por respeto humano, o por otras razones, en distintas ocasiones lo hayamos negado, o hayamos disimulado nuestra fe. Lo hizo Pedro que lo negó tres veces y también los otros discípulos que lo abandonaron dejándolo solo. Precisamente, porque nos conoce, porque conoce nuestra debilidad, viene en nuestra ayuda poniéndonos en alerta sobre este peligro.

¿Qué puede ocurrirnos si damos la cara por el Señor? Muy sencillo, que nos la rompan. Es lo que hicieron innumerables mártires, que tuvieron muy presente las palabras del Señor: «El que ama su vida, la perderá. Y el que pierda su vida por mí, la encontrará». Podemos considerar todo esto como una misión imposible, algo que está fuera de nuestro alcance. Ciertamente es así si sólo consideramos nuestras fuerzas. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que el Señor nunca nos pedirá nada que no podamos llevar adelante con su ayuda. No nos miremos a nosotros mismos. Levantemos la cabeza y pongamos nuestra mirada en él. Entonces todo lo imposible se hará posible. 

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«SE COMPADECIÓ PORQUE ESTABAN COMO OVEJAS QUE NO TIENEN PASTOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 19,2-6a * Rm 5, 6-11 * Mt 9, 36-10,83

En el evangelio de esta semana vemos al descubierto las entrañas de misericordia del corazón del Señor Jesús, cuando dice que viendo a las gentes sintió compasión porque estaban «como ovejas sin pastor». Por eso, dirigiéndose a sus discípulos les dice: «La mies es abundante pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.»

Esta frase, que pone hoy el Evangelio en boca de Jesús, puede ser interpretada de manera errónea. Quizá pensemos al escucharla que Jesús se refiere a la necesidad que tiene el mundo, la sociedad, de la presencia de presbíteros y de personas consagradas, que trabajen en la Iglesia y que se esfuercen por extender el Reino de Dios.

Sin duda, el Señor en un principio pensaba en ellas. La prueba la tenemos en que es el mismo, el que a continuación envía a sus Apóstoles a anunciar la Buena Nueva del Reino. Podemos pensar, por tanto, que esta palabra no va con nosotros. Sin embargo, si hacemos una lectura más amplia del pasaje, descubriremos que todos los que por el Bautismo estamos incorporados a Cristo, no podemos en ningún modo vivir ajenos a la misión que este sacramento nos ha conferido. Todos hemos recibido por este Sacramento la misión de anunciar la Buena Nueva a los que nos rodean.

No somos cristianos para asegurar nuestra salvación personal. La misión que como miembros del cuerpo de Cristo tenemos, es hacerlo presente en la sociedad en la que vivimos. Él, ahora, no está entre nosotros de una manera física, sin embargo, su salvación, la que ganó para todos los hombres, es necesario darla a conocer a todo el mundo.  Extender el Reino nos incumbe también a nosotros. Es algo a lo que no podemos renunciar. Como discípulos del Señor, hoy somos su boca, sus brazos y sus manos, en medio de esta generación en la que nos ha tocado vivir. Los que nos rodean han de llegar a conocer al Señor a través de nuestra vida. Estamos llamados a ser sus testigos.

El Señor dice, con razón, que la mies es mucha y pocos los trabajadores. Por tanto, es necesario que allí donde nos encontremos, familia, trabajo, amistades, vecindario, etc., lo hagamos presente con nuestra actitud. No podemos vivir en un divorcio entre lo que creemos y lo que practicamos. Es necesario que los demás vean en nosotros otros cristos. Quizá pensemos que esto es difícil. No es difícil, es imposible para nosotros, pero para Dios no hay nada imposible. Es él, el primer interesado en que esto se lleve a cabo. Por eso, a pesar de nuestra debilidad, si pedimos que su Espíritu habite en nosotros, Él, nos lo dará gratuitamente y nos concederá la fuerza para poder realizar la misión a la que como cristianos nos llama.