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DOMINGO I DE ADVIENTO -C-

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«CUANDO SUCEDAN ESTAS COSAS, LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA; SE ACERCA VUESTRA LIBERACIÓN»

 

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 33, 14-16 * 1Tes 3,12—4,2 * Lc 21, 25-28.34-36

Damos comienzo con este domingo al Adviento, y con él a un nuevo año litúrgico. La mayoría de las lecturas que la Iglesia nos ofrecerá estarán tomadas del evangelio de san Lucas, que es el que corresponde al ciclo litúrgico C, que es el que iniciamos hoy.

Las lecturas de este primer domingo de Adviento seguirán la misma línea, que las que vimos en el penúltimo domingo del año hace quince días. De este modo, el final del año y el inicio del nuevo, convergen al anunciar los dos, cada uno de un evangelista distinto, la segunda venida del Señor. Esta circunstancia es natural ya que, durante la primera parte de este tiempo litúrgico, hasta el día 17 de diciembre, la Iglesia nos hace presente la segunda, la última venida del Señor.

San Lucas nos narra con detalle los terribles acontecimientos que sucederán en toda la creación, y de cómo el miedo y la ansiedad se apoderará de los hombres. Serán días terribles que precederán a la venida del Hijo del Hombre, que se hará presente con gran poder y majestad.

En el evangelio, el Señor nos previene para que nos mantengamos alerta y que no nos dejemos arrastrar, ni por los placeres, ni por los agobios de la vida. El Señor vendrá de improviso y caerá como un lazo. Lo importante es que, «estemos despiertos pidiendo fuerza, para escapar de todo lo que está por venir, a fin de poder mantenernos en pie delante del Hijo del Hombre».

Aunque estos hechos parezcan sacados de una narración de ciencia ficción, no hay nada más cierto. El universo creado por Dios, no es eterno. Tuvo un principio y tendrá así mismo un fin. Cuando será, no podemos averiguarlo. Razón de más para mantenernos en constante alerta. No hemos de vivir con el corazón oprimido, pero tampoco podemos actuar como si estos hechos no fueran con nosotros.

Los creyentes, los que creemos en el Señor Jesús, tenemos una gran ventaja sobre el resto de los hombres. Sabemos por experiencia que, siempre que el Señor ha aparecido en nuestra vida lo ha hecho para salvar, y lo hará también cuando para nosotros venga, no al final de los tiempos, sino al final de nuestro tiempo, al final de nuestra vida. Un momento que no sabemos cuando tendrá lugar, pero tenemos la certeza de que antes o después llegará. Por gracia de Dios, para ti y para mí, esta circunstancia no debe amedrentarnos. Recordemos lo que nos dice san Pablo: «No hay condenación para los que están en Cristo Jesús». Por eso, si en vez de mirar nuestra miseria y nuestros pecados, lo miramos a Él, que es misericordia y amor, por esa misericordia y amor, podremos mantenernos en pie sin temor a su venida.

 


25/11/2021 23:23 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«SE ME HA DADO TODO PODER EN EL CIELO Y EN LA TIERRA»

 

 

CITAS BÍBLICAS: Dn 7, 13-14 * Ap 1, 5-8 * Jn 18, 33b-37

Culminamos con este domingo el año litúrgico, y no podía terminar de otra manera que contemplando la figura de Cristo Rey del universo. San Pablo en su carta a los Colosenses nos dice que «Todo fue creado por Él y para él» y todo se mantiene en Él, que debe reinar hasta ver sometidos bajo sus pies a todos sus enemigos.

Vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios, un tiempo de gracia que otorga el Señor a los hombres para dar lugar a su conversión, pero este tiempo no tiene una duración indefinida, sino que un día llegará a su fin. Entonces la muerte será vencida y El Señor Jesús hará entrega de su reino a Dios Padre y se sentará a su derecha.

El Señor Jesús, en otra parte del evangelio, dirá: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra». Esto, para nosotros que somos débiles, que somos pecadores y que queriendo hacer el bien no podemos realizarlo, es una gran noticia. ¿Por qué? preguntas. Porque lo que tú con tu esfuerzo no puedes lograr, puedes alcanzarlo unido a Él. Él, que está sentado a la derecha del Padre, y que ha recibido todo poder, es Señor de todo lo que te oprime y te hace sufrir. Él, es más fuerte que tu egoísmo, es más fuerte que ese vicio que te domina y te hace infeliz. Es más fuerte que tus miedos y tus manías. Dios Padre lo ha puesto como Rey y Señor de todo lo creado.

En este día celebramos que el Señor Jesús, vencidos el pecado y la muerte, después de devolvernos la amistad con Dios y de recuperar para nosotros la filiación divina, se ha sentado en el cielo a la derecha de Dios-Padre con todo poder, dispuesto a suplir con su fortaleza nuestra debilidad. Podemos ahora exclamar con san Pablo en su carta a los Filipenses: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

Resumiendo, podemos preguntarnos, entonces, ¿cuál es la gran noticia que hoy nos da la Iglesia a través de esta solemnidad? La noticia que hoy te traemos es que esa situación particular a la que tú no puedes hacer frente, tiene solución. Dios-Padre, que te ha creado para ser feliz, ha dispuesto que allí donde tú no puedes llegar con tu esfuerzo, llegue el poder de su Hijo Jesucristo al que ha nombrado Rey del Universo. Rey de tu mal genio, rey de tu sexualidad descontrolada, rey de tu falta de trabajo, rey tu enfermedad y también rey de la muerte. Lo que para ti es imposible se vuelve posible con su ayuda. No estás solo. Él está a tu lado esperando que tú le digas: Señor, no puedo más, ayúdame. Haz la prueba. Invoca su nombre, su poder, y te aseguro que no quedarás confundido. 

 


18/11/2021 23:12 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«ESTAD DESPIERTOS ESPERANDO LA LLEGADA DEL HIJO DEL HOMBRE»

 

CITAS BÍBLICAS:  Dn 12, 1-3 * Heb 10, 11-14.18 * Mc 13, 24-32

Llegamos al penúltimo domingo del Año Litúrgico. El evangelio nos hace presente la finitud de la creación. Todo lo que en ella observamos no es eterno. De la misma manera que fue creado por Dios, llegará un día en que indefectiblemente desaparecerá. También nuestra carne mortal está destinada a causa del pecado a desaparecer.

El hombre, tú y yo, separados de Dios por el pecado, estamos viviendo en el tiempo de la paciencia y de la misericordia del Señor. Se trata de un tiempo de gracia en el que ha de tener lugar la vuelta al plan original de Dios, cuando creó el universo y nos dio vida a nosotros. Su deseo era que, salidos de Él y después de un tiempo viviendo en el paraíso que había preparado para nosotros, volviéramos de nuevo a Él para disfrutar en su presencia por toda la eternidad.

Nosotros, usando mal del enorme regalo de la libertad, nos separamos de Dios y en vez de tenerle como al primero, dimos culto a las criaturas. Como consecuencia, separados de la Vida, nos vimos inmersos en la muerte. Como respuesta a esta situación de pecado, Dios-Padre envió al mundo a su Hijo, el Señor Jesús, que, revistiéndose de una carne mortal como la nuestra, asumió totalmente nuestra naturaleza excepto en lo referente al pecado. Vino en humildad para cargar con todos nuestros pecados y para destruir con su muerte nuestra muerte. Resucitado del sepulcro, derramó sobre nosotros su Espíritu y nos devolvió la filiación divina.

Hoy, en el evangelio, el Señor anuncia a sus discípulos la gran tribulación del final de los tiempos y su regreso, su segunda venida, que ya no será en humildad ni en relación con el pecado, sino que vendrá con gran poder y majestad.

Para nosotros, el anuncio de la segunda venida del Señor ha de llenarnos de gozo. Nada hemos de te temer. Vivimos en este mundo desterrados. Estamos lejos de nuestra mansión definitiva. Nuestra patria es el cielo. Por eso, este anuncio ha de servirnos para mantenernos vigilantes, esperando la liberación de nuestro cuerpo. El Señor nos lo dice en otra parte del evangelio: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación».

Hemos de estar atentos leyendo los signos de los tiempos, porque, como afirma el Señor Jesús, «el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre». Por lo tanto, no podemos montar aquí nuestra tienda como lo hace el mundo, sino vivir vigilantes sabiendo que en el mundo sólo estamos de paso.

También tenemos que tener presente que, seguramente, nadie seremos testigos del final de los tiempos, pero que, con toda seguridad, tu final y mi final, llegará como un ladrón en la noche en el día menos esperado. No hemos de temer. El encuentro con el Señor siempre sucede para bien. No seamos rebeldes y dispongámonos cada día a ese encuentro que transformará por completo nuestra existencia.


11/11/2021 11:59 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: 1Re 17, 10-16 * Heb 9, 24-28 * Mc 12, 38-44 

Vimos la semana pasada que el Señor Jesús decía que el mandamiento principal de la Ley es: «Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todo tu ser». Pues bien, hoy, el Señor, en el evangelio nos muestra esta palabra de vida encarnada en una pobre viuda.

Encontramos al Señor Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observando cómo los devotos van depositando sus ofrendas. Algunos, como los ricos, lo hacen en abundancia y de forma ostentosa. De momento, llega una pobre viuda y sólo echa en el cepillo dos reales. Nadie se ha fijado en ella, pero, de inmediato, el Señor llama a sus discípulos y les dice: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir

Una forma práctica que tenemos para comprobar si amamos a Dios con toda nuestra alma, con todo nuestro ser y con todas nuestras fuerzas, es observar nuestro comportamiento con las riquezas, con el dinero. Dice la Escritura que «no se puede servir a Dios y al dinero.» Yo ahora te pregunto: ¿Amas a Dios como la viuda del evangelio que, dejando aparte su situación precaria, no tiene inconveniente en desprenderse de esos dos reales que son todo lo que dispone para vivir?

Quizá, tú y yo hubiéramos actuado de manera diferente. Hubiéramos intentado cubrir nuestra necesidad de alimento en primer lugar, para luego darle al Señor las sobras, pensando que obrábamos de una manera lógica y justa. ¿Cómo podía el Señor permitir que muriéramos de hambre? Hasta ahí llega nuestra fe. Hasta ahí confiamos en nuestro Padre Dios. Hasta ahí tenemos nuestro corazón pegado al dinero.

Somos cristianos que practicamos aquello de “nadar y guardar la ropa”. Somos incapaces de depositar nuestra confianza en Aquel que dijo al hablar de la comida y del vestido: «No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.» Esa era, sin duda, la fe de la viuda pobre del evangelio.

Constatar que estamos lejos de tener esa fe no ha de hacernos caer en el desánimo, pero sí que ha de servir para no vivir alienados, para tocar nuestra pobreza, nuestra falta de fe, de manera que no nos creamos mejores que los demás. Mejores que los que viven alejados de la Iglesia. Conocer nuestra realidad nos ha de ayudar a no entrar en juicio con los otros. El Señor te ha llamado a su Iglesia y te ha colmado de sus dones. No los utilices en beneficio propio, como los escribas y fariseos, para considerarte superior. Bendice al Señor en tu corazón, dale gracias y pídele que aumente tu poca fe. Que te ayude a tenerle a Él como al primero por encima de la familia, de los amigos, del trabajo, de la salud, y sobre todo, por encima de las riquezas, del dinero. Él, no se deja ganar en generosidad, y nos ha prometido aquí en la tierra el ciento por uno y después vida eterna.


03/11/2021 23:33 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«ESCUCHA ISRAEL, EL SEÑOR NUESTRO DIOS ES EL ÚNICO SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Dt 6,2-6 * Heb 7,23-28 * Mc 12,28b-34

El evangelio de este domingo arroja luz sobre una cuestión, o más bien, un problema, que todos tenemos necesidad de resolver. En el fondo de toda persona, hombre o mujer, existe un deseo que nos impulsa a encontrar una solución a fin de alcanzar la felicidad en nuestra vida.

No hemos sido creados para el sufrimiento, el dolor o el sinsentido. Nuestra vida está catapultada hacia la plenitud. Es el ansia que todos tenemos, aunque no lo confesemos. Lo que sucede es que nacemos todos con el pecado de origen, que ocupa en nuestro corazón el lugar del amor de Dios. Esta situación hace que busquemos en las criaturas satisfacer nuestro deseo de felicidad sin conseguirlo. Resumiendo, estamos creados para una vida plena y feliz, pero la realidad es que nos encontramos insatisfechos sin lograr alcanzar esa felicidad.

Para iluminar esta situación existencial del hombre, el Señor, en el Sinaí, entrega al hombre su Ley. Esta ley tiene como finalidad arrojar luz sobre este conflicto interno de la lucha interior. Esta ley muestra el camino de la verdadera felicidad. Por eso hoy, vemos en el evangelio a un letrado, un estudioso de la ley, que pregunta al Señor: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Responde Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.” El segundo es éste: “amarás a tu prójimo como a ti mismo.”»

El letrado, que se ha acercado al Señor con recta intención, replica: «Muy bien Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.».

Esta es la clave de tu felicidad y la mía. No hemos sido creados para otra cosa. Para ser inmensa y eternamente felices teniendo en el corazón el amor de Dios, y pudiendo a la vez amarle nosotros con todo nuestro ser.

Esto, que en principio parece tan sencillo, no está al alcance de nuestra mano. Para nosotros es imposible llevar a la práctica este primer mandamiento. Nosotros, por el pecado que llevamos dentro, no podemos amar de verdad. Lo que queremos es que nos amen, porque lo único que puede hacernos vivir plenamente es el amor. Pero no un amor cualquiera. Cada día experimentamos que lo que reina en nosotros, lo que nos domina, es el pecado que nos hace esclavos de la muerte, una muerte a la que no podemos vencer.

Precisamente, para vencer esa muerte, nuestro Padre Dios envió al mundo a su Hijo revestido de una carne mortal como la nuestra. Una carne que, a modo de esponja, absorbió el pecado de toda la humanidad. El veneno de ese pecado lo llevó a la muerte. Murió con el corazón destrozado por ti y por mí. Sin embargo, su condición de Dios lo hizo resucitar saliendo vencedor del sepulcro, haciéndonos partícipes por su Espíritu de su victoria sobre la muerte. De modo que, libres del pecado, recobráramos de nuevo la capacidad de amar.

Hoy, tú y yo, con el Espíritu del Señor Resucitado en nuestro interior, podemos llevar a la práctica el primer mandamiento, amando a Dios sobre todas las cosas, y experimentando en nuestro interior su amor, que nos hace plenamente felices.   


28/10/2021 23:08 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«HIJO DE DAVID, TEN COMPASIÓN DE MÍ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 31,7-9 * Heb 5,1-6 * Mc 14,46-52

El profeta Isaías, 200 años antes del Jesucristo, anunció que el Siervo del Señor abriría los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, que haría caminar a los cojos y que anunciaría un año de gracia del Señor.

En el evangelio de hoy vemos cumplida parte de esa profecía. El Señor Jesús está saliendo de Jericó rodeado por una gran multitud. Sentado junto al camino se encuentra un ciego pidiendo limosna. Es Bartimeo, el hijo de Timeo, que por el tumulto se entera de que es Jesús Nazareno el que está pasando por delante de él. Sin pensarlo, empieza a gritar con todas sus fuerzas: «Hijo de David, ten compasión de mí». El Señor se detiene y dice: «Llamadlo». Se lo dicen al ciego que, al enterarse de que es Jesús el que lo llama, suelta el manto y de un salto se acerca al Señor. Éste, le dice: «¿Qué quieres que haga por ti?». «Maestro, que pueda ver». La respuesta del Señor no se hace esperar: «Anda, tu fe te ha curado». Al momento recobra la vista y el evangelista añade: «Y lo seguía por el camino».

Si nuestro orgullo y nuestra ceguera no lo impiden, veremos reflejada nuestra vida en este pasaje del evangelio. Ese ciego, Bartimeo, somos tú y yo. Como él somos ciegos porque pedimos la vida a las cosas del mundo. Riquezas, poder, afectos, sexo, salud, etc., pedimos la felicidad a todas estas cosas sin ser capaces de encontrarla. Como él, como el ciego, estamos sentados junto al camino de nuestra vida pidiendo limosna. Nosotros no alargamos la mano esperando una moneda, pero sí que pedimos a los que nos rodean, a los que pasan junto a nosotros una limosna de amor. Pedimos que nos quieran, aunque sólo sea un poquito. Pedimos que cuenten con nosotros, que nos hagan caso. Sin embargo, lo cierto es que, aun teniendo la consideración y el afecto de los demás, no somos capaces de llenar por completo nuestro corazón de felicidad.

También en nuestra vida está presente el Señor Jesús. Nos habla a través de su Palabra, a través de la predicación de la Iglesia, a través de la persona de ese pobre que te alarga la mano pidiendo ayuda, a través de ese enfermo que necesita un poco de compañía y una palabra de ánimo, o de ese conocido o conocida desconsolados por la pérdida de un ser querido. El Señor está con nosotros y camina junto a nosotros, pero hacen falta los ojos de la fe para descubrirlo, como lo hizo el ciego del evangelio.

Ahora, fijémonos en lo que hace el ciego al descubrir al Señor. Grita con toda su alma. Sabe que de ese grito, de esa petición, depende recobrar la vista. No se amilana cuando los que están a su alrededor lo hacen callar. Grita una y otra vez: «Hijo de David, ten compasión de mí». Ahora te digo yo, haz tú lo mismo. Grita al Señor hasta que se detenga y te pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?».

Tenemos pues en la mano un arma que no falla. El arma de la oración. El Señor, que dijo “pedid y recibiréis”, está siempre atento a nuestras súplicas. Hagamos nuestra la oración del Ciego: «Hijo de David, ten compasión de mí». Repitámosla una y cien veces durante el día. Por la calle, en el trabajo, en casa. Que esta sea nuestra oración continua. Y si añadimos «que soy un pobre pecador», mucho mejor. Esta es la oración del corazón, que conseguirá que la presencia del Señor en nuestra vida sea constante.


21/10/2021 08:21 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«EL HIJO DEL HOMBRE NO HA VENIDO PARA QUE LE SIRVAN, SINO PARA SERVIR»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 53, 10-11 * Hb 4, 14-16 * Mc 10, 35-45

El evangelio de hoy arroja luz sobre la tendencia a ser, a sobresalir, que todos experimentamos en nuestra vida. Vemos a Santiago y a Juan que hacen al Señor Jesús una petición que, como menos, es poco modesta. «Concédenos, le dicen, sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Como otras veces hemos señalado, tanto Santiago como Juan, y también el resto de los apóstoles, están convencidos de que la misión del Señor como Mesías, tiene como finalidad liberar al pueblo de Israel de la dominación romana, y restablecer de nuevo el Reino de Israel. Por eso, no es de extrañar la petición que hacen al Señor los dos hermanos.

Ante una petición tan poco desinteresada, el Señor, les responde: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Los dos hermanos, con tal de conseguir lo que piden, responden resueltos: «Lo somos». El Señor confirma que efectivamente beberán su cáliz y que serán bautizados con su mismo bautismo, pero, que lo que piden, no está en sus manos concederlo, sino que ya está reservado.

El resto de los apóstoles, al conocer la pretensión de los dos hermanos se indignan contra ellos, pero el Señor Jesús aprovecha la ocasión para decirles: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

Hemos dicho al principio que este pasaje arroja luz sobre la tendencia de todo hombre, también la nuestra, por medrar, por ser reconocidos, por conseguir alcanzar los primeros puestos. Santiago y Juan, como cada uno de nosotros, no están exentos de este deseo de notoriedad, que es inherente a la condición humana. La razón de este impulso se explica por la condición pecadora del hombre. Tú y yo, creados para una vida eternamente feliz, por el pecado hemos arrojado de nuestro corazón el amor de Dios, que era el origen de nuestra felicidad. El hueco dejado por el amor de Dios es necesario rellenarlo. Para eso, tú y yo, recurrimos a las riquezas, al poder, al sexo y a los demás ídolos que nos ofrece el mundo. Pero nuestro corazón, por gracia de Dios, se comporta como un embudo. Todo lo que entra en él, no consigue llenarlo. Hemos dicho por gracia de Dios, porque es el Señor el que ha dispuesto que con nada se satisfaga nuestro deseo de felicidad, que nada consiga llenar nuestro corazón. De este modo no tenemos otra solución que volvernos hacia Aquel que, con su amor, es el único que puede colmar nuestro deseo de felicidad.

Hemos de estar agradecidos porque la Palabra arroja luz sobre esta insatisfacción general que rige la vida del hombre. Nosotros, creyentes, conocemos a través de ella cuál es el origen de esta inquietud, y a la vez cuál es la solución. Sabemos también, que nada de lo que nos ofrece el mundo es capaz de llenar el hueco dejado por el amor de Dios. Por tanto, no seamos necios y no nos dejemos engañar por los señuelos del mundo. Recordemos las palabras de san Agustín: «Señor, nos has hecho para ti y nuestro corazón no hallará descanso mientras no descanse en ti».   


14/10/2021 22:50 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«VENDE LO QUE TIENES, DALE EL DINERO A LOS POBRES Y LUEGO SÍGUEME»

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 7, 7-11 * Hb 4, 12-13 * Mc 10, 17-30

En el evangelio de hoy encontramos a uno, al que siempre se ha considerado como a un joven, que corriendo se acerca a Jesús y le pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» El Señor le responde enumerando los mandamientos con excepción del primero.

El joven responde al Señor: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Aquí el evangelista nos muestra los sentimientos de Jesús hacia aquella persona diciendo que, mirándolo con cariño, le dice: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y así tendrás un tesoro en el cielo. Luego, sígueme».

San Marcos nos dice que, ante estas palabras, el joven frunce el ceño y se marcha apesadumbrado, porque es muy rico. El Señor Jesús mirando a sus discípulos les dice: «¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!». Esta frase les produce una gran extrañeza porque, para los israelitas, la abundancia de bienes era signo de la bendición de Dios. Sin embargo, el Señor sigue diciendo: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el agujero de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios».

Este evangelio viene hoy en nuestra ayuda para que seamos conscientes de nuestra verdadera relación con el dinero y las riquezas. De pequeños aprendimos en el Catecismo que la respuesta a ¿cuál es el primer mandamiento de la Ley de Dios? era: “El primer mandamiento de la Ley de Dios es amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. Por eso hoy, el Señor Jesús ha enumerado los mandamientos, sin hacer referencia al primero. Quería hacerle ver al joven y también nos lo hace ver a nosotros, que de nada sirve el cumplimiento de todos los mandamientos, si no se pone a Dios como lo primero en la vida. Recordemos otro pasaje del evangelio en el que el Señor afirma tajantemente: «No se puede servir a Dios y al dinero».

Los discípulos, que piensan que las riquezas son signo de la bendición de Dios, extrañados, preguntan: «Entonces, ¿quién puede salvarse?» A lo que el Señor responde: «Es imposible para los hombres, pero no para Dios. Dios lo puede todo». Pedro, que está siempre ojo avizor, le dice a Jesús: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Esta frase equivale a decirle al Señor: ¿cuáles serán nuestras ganancias? Jesús responde: «Os aseguro, que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más, … y en la edad futura vida eterna».

Para terminar, queremos aclarar que en la mente del Señor no está la idea de que todos nos convirtamos en pobres y mendigos. Lo que sí que tenemos que tener en cuenta, es que los bienes que recibimos del Señor nunca han de ocupar el primer lugar de nuestro corazón. Somos sólo administradores, hemos de disfrutarlos y a la vez compartirlos con nuestros hermanos más necesitados. Ellos serán los que nos abran las puertas del Cielo, cuando al final de nuestra vida nos presentemos ante el Señor. Recordemos las palabras de Jesús: «Todo lo que hicisteis a uno de esos pequeños, a mí me lo hicisteis».


07/10/2021 22:57 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«SERÁN LOS DOS UNA SÓLA CARNE»

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 18-24 * Hb 2, 9-11 * Mc 10, 2-12

Si echamos un vistazo a nuestra sociedad, y si se me permite, afinando la puntería, hacia el núcleo de nuestros familiares, amigos y conocidos, nos daremos cuenta de la trepidante actualidad del evangelio de este domingo. Lo que hace sólo unos cincuenta o sesenta años no dejaban de ser casos aislados, hoy, se ha convertido en algo tan corriente que ya no llama la atención de nadie. Nos estamos refiriendo a las uniones matrimoniales que, según las estadísticas, la mitad no alcanzan a cumplir el primer año de convivencia, sino que se rompen antes.

Vemos en el evangelio a un grupo de fariseos, que, para ponerlo a prueba, plantean una cuestión al Señor. «Le es lícito a un hombre, preguntan, ¿repudiar a su mujer?». El Señor, que ve su mala intención, les pregunta a su vez: «¿Qué os ha mandado Moisés?». Ellos contestan que Moisés permitió dar a la mujer acta de divorcio y repudiarla. El Señor, les replica: «Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».

Esta unión de la que habla el Señor Jesús, es la unión que desde un principio diseñó Dios-Padre para el hombre y la mujer. Una unión que desde los inicios han venido llevando a la práctica todos los pueblos. Sin embargo, el Señor quiso que a la vez fuera signo de la unión entre su persona y la Iglesia, por eso, la elevó a la categoría de sacramento, quedando reservada únicamente a los cristianos.

De la manera que el Señor se expresa en el evangelio, la voluntad del Padre fue desde el principio que esta unión fuera indisoluble, sólo rota por la muerte de uno de los dos contrayentes. Esta indisolubilidad, vendría en favor de los propios esposos dando estabilidad a su unión, pero sobre todo vendría en favor de su descendencia. Son los hijos los que necesitan crecer y desarrollarse en un ambiente seguro y estable. Por esta razón, estamos convencidos de que esa indisolubilidad alcanza también por voluntad de Dios a los matrimonios civiles actuales, aunque las leyes de los hombres, contemplen el divorcio.

Como creyentes debemos tener todos estos conceptos referidos al matrimonio muy claros. La única unión que puede recibir el nombre de matrimonio, digan las leyes lo que digan, es la que tiene lugar entre un hombre y una mujer. Las restantes uniones, contempladas por las leyes humanas, en ningún modo pueden ser consideradas por un creyente como matrimonios. Tengamos las cosas claras y no nos dejemos convencer, por la continua catequesis que cada día recibimos a través de los medios de comunicación, y también por aquellos que nos rodean, y que, no tienen inconveniente en aceptar como bueno y santo, algo que es, según la razón, inaceptable.

El evangelio termina con una frase del Señor que no admite discusión alguna: «Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio».  


30/09/2021 07:31 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO -B-

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«EL QUE NO ESTÁ CONTRA NOSOTROS ESTÁ A FAVOR NUESTRO»

 

CITAS BÍBLICAS: Nm 11, 25-29 * St 5, 1-6 * Mc 9, 38-43.45.47-48

El evangelio de este domingo es una llamada a conversión para todos, pero en especial para aquellos que con mayor intensidad vivimos nuestra vida de fe, integrados en las distintas organizaciones de la Parroquia.

Juan, se escandaliza porque han encontrado a un hombre que, sin ser del grupo de los discípulos, expulsaba demonios en nombre del Señor Jesús. Se trata de la misma situación que nos ha presentado la primera lectura. Dos de los ancianos elegidos por Moisés para recibir el espíritu, Eldad y Medad, no han podido asistir a la reunión con el resto de los ancianos. Sin embargo, empiezan a profetizar en el campamento. Josué, como hoy Juan, se escandaliza y pide a Moisés que se lo impida. La respuesta de Moisés es significativa: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!».

La respuesta que el Señor da a Juan, es también tajante: «No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

No caigamos nosotros en la tentación de considerarnos superiores a los demás, por estar viviendo nuestra fe en una u otra organización dentro de la Parroquia. Hemos de tener en cuenta que trabajamos para el mismo Amo. Cada uno en nuestra parcela, pero todos en la misma finca que es la Iglesia. Si no lo hacemos así y somos motivo de escándalo para alguno, podemos escuchar de labios del Señor estas tremendas palabras: «El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar».

Podemos preguntarnos, ¿quiénes son esos pequeñuelos de los que habla el Señor? Son aquellas personas de buena voluntad que, aunque un poco alejadas de la Iglesia, viendo la forma de vivir y de afrontar los problemas de la vida de algún creyente, se sienten atraídos hacia la Iglesia. Son los pequeños en la fe, son los que empiezan a creer. El Señor emplea palabras muy duras para aquellos que, siendo motivo de escándalo, hagan que estos pequeños, en vez de acercarse más a la Iglesia, se aparten de ella.

Nosotros tenemos la suerte de ver realizado el deseo de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor recibiera el espíritu del Señor y profetizara!». Somos testigos de cómo ese Espíritu ha sido derramado sobre nosotros. San Juan nos lo cuenta cuando hablando de la muerte del Señor en la Cruz nos dice: «Inclinando la cabeza entregó el Espíritu». Más tarde, haría entrega de ese Espíritu de una forma visible, en Pentecostés. Tú y yo, a través de los sacramentos del Bautismo y la Confirmación, hemos recibido también ese Espíritu que nos convierte en profetas y que nos permite interpretar cuál es la voluntad de Dios, a través de los acontecimientos de la historia.

Esta visión de la vida es muy diferente de la que tiene el mundo porque, cuando la figura de Dios desaparece de la vida, nada tiene sentido. Ni el dolor, ni la enfermedad, ni la multitud de dificultades que hemos de afrontar cada día, tienen ninguna razón de ser. Sólo quedan iluminadas a la luz de la fe. Por eso, el cristiano, iluminado por la Palabra, tiene la facultad de profetizar, de leer en los acontecimientos, qué quiere el Señor de nosotros.    


23/09/2021 18:30 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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