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DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Gen 12, 1-4ª * 2 Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9 

La Iglesia pone hoy ante nosotros un pasaje del Evangelio de una importancia radical para la vida del hombre. Es tan importante que se repite en los tres ciclos litúrgicos, aunque cada vez lo hace de un evangelista distinto. Es la respuesta a una inquietud que tiene todo hombre al considerar su situación en este mundo.

El evangelio de hoy nos presenta al Señor Jesús transfigurado, mostrando su naturaleza divina oculta bajo la naturaleza humana. Nos hace ver que detrás de la humanidad que vemos a simple vista, hay una realidad que nos desborda por completo. La transfiguración del Señor nos permite ver aquello a lo que está destinado nuestro cuerpo mortal, aquello para lo que hemos sido creados.

No somos seres abocados a la extinción. De ser así, Dios nos habría hecho un flaco favor al crearnos. Nuestra vida sería un absurdo si después de unos años disfrutando de la vida y de todo lo creado, tuviéramos que volver, como los animales, a la nada. Somos criaturas de Dios y estamos por su voluntad llamados a ser elevados a la categoría de hijos de Dios. Las palabras que hoy dice el Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo», se dijeron entonces referidas al Señor Jesús, pero hoy han resonado aquí para cada uno de nosotros.

Tú y yo somos hoy ese hijo amado del Padre en el que Él se complace. Tú y yo, a través de la redención llevada a cabo por el Señor Jesús en su Pascua, hemos sido adoptados por el Padre como hijos, con los mismos derechos que los hijos naturales. Hoy, vivimos esta adopción de manera precaria, porque esa adopción filial descansa en una naturaleza humana débil y herida por el pecado. San Juan en su primera epístola nos dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.  Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

San Juan dice que no se ha manifestado lo que seremos. Efectivamente, esta naturaleza mortal de la que estamos revestidos esconde una realidad muy distinta que es la que hoy nos da a conocer el Señor Jesús en su transfiguración. Seremos, ha dicho san Juan, semejantes a él. San Pablo dice también en su primera carta a los Corintios, que seremos transformados. Seremos semejantes a lo que hoy vemos en la figura del Señor Jesús. A esto estamos llamados y para esto hemos sido creados.

Hoy vivimos en esperanza desando que el Señor realice en nosotros esta obra que, por supuesto, ni merecemos ni depende de nuestro esfuerzo. Todo lo contrario, es un don gratuito, un don que se nos regala independientemente de las obras de la ley.

Por nuestra parte, lo único que debemos hacer es ser dóciles y dejarnos modelar por el Señor, como la vasija en manos del alfarero. Hemos de aprender de María y decirle al Padre que estamos de acuerdo con el plan que ha diseñado para nuestra vida. Que se haga en nosotros según su voluntad. Y su voluntad no es otra que la felicidad plena, aquella que nada ni nadie en el mundo nos puede dar.

En esta Cuaresma caminamos hacia la Pascua. Hacia la victoria del señor Jesús sobre la muerte, que con su resurrección transformará también nuestros cuerpos mortales en cuerpos gloriosos, semejantes al suyo.

 


DOMINGO I DE CUARESMA -A-

DOMINGO I DE CUARESMA -A-

Si eres Hijo de Dios...

 

CITAS BÍBLICAS: Gén 2, 7-9; 3, 1-7 * Rm 5, 12-19 * Mt 4, 1-11  

Damos comienzo hoy a la Cuaresma. Un tiempo litúrgico que nos preparará a celebrar adecuadamente la Pascua. Tradicionalmente este tiempo no ha tenido demasiado buen cartel, porque hacía referencia a un tiempo más bien desagradable. Las penitencias, los ayunos, la supresión de la celebración de nupcias solemnes, el color morado de los ornamentos y la prohibición de comer carne en determinados días, entre otras cosas, hacían que la gente no simpatizara demasiado con este tiempo litúrgico.

  Esta visión negativa de la Cuaresma se ha debido principalmente a un desconocimiento de la importancia que tiene para nuestra vida de fe. Todos los acontecimientos relevantes de la vida, como unas bodas o una primera comunión, etc., van precedidos de un tiempo en el que hacemos esfuerzos considerables para que todo salga de la mejor manera posible. También los deportistas se someten a duros entrenamientos antes de entrar en competición. Para nosotros, los creyentes, el acontecimiento primordial, el más importante en nuestra vida de fe es la Pascua. En ella celebramos la Pasión, la Muerte y la Resurrección del Señor Jesús, su Pascua. Esta Pascua ha supuesto para nosotros la liberación de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, hemos de ver este tiempo como un tiempo de gracia, un tiempo de preparación y de ilusionada espera, ante la proximidad de nuestra liberación.

  La Iglesia, para este primer domingo de Cuaresma nos presenta al Señor que es tentado en el desierto por el maligno. Ha estado en oración continua y en ayuno durante cuarenta días. Se encuentra débil y hambriento. El demonio aprovecha la ocasión para invitarle a que sacie su hambre convirtiendo unas piedras en pan, pero el Señor, que sabe que hay cosas en la vida más importantes que comer, que no quiere perder de vista la misión que el Padre le ha encomendado, le responde: «No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

  Con frecuencia nos ocurre a nosotros lo mismo. Una de las tentaciones más importantes que tenemos en la vida es asegurarnos el pan, asegurarnos los garbanzos. Nos esforzamos, trabajamos día y noche. Queremos asegurar el porvenir de nuestros hijos dando prioridad a las riquezas materiales. Y cuando llega el fracaso, cuando nuestros hijos muestran inquietudes diferentes que no entendemos, solo se nos ocurre decirles: ¿qué quieres más? Te he dado todo. ¿Todo? No. Solo te has preocupado de lo material y eso solo llena el estómago. No te dabas cuenta de que tu hijo necesitaba algo más.

  A continuación el maligno tienta a Jesús para que no acepte su realidad. ¿Cuál es esa realidad? Pues, que es un aldeano con las manos llenas de callos por el trabajo manual, y que no pertenece a ninguna clase social elevada. El maligno viene a decirle: Con esa facha ¿quién va a creer que eres el Mesías? Échate de la torre abajo, haz un milagro gordo delante de todos y creerán en ti. En otras palabras, sal de tu realidad. No aceptes tu historia. Respuesta del Señor: «No tentarás al Señor tu Dios». No le harás hacer un milagro en vano.

  ¿Qué te pasa a ti cuando te pones delante del espejo, cuando contemplas tu vida? ¿cuántas cosas cambiarías? ¿Por qué estas insatisfecho y no aceptas tu historia, la de cada día, tu realidad? El maligno te invita a escapar de esa realidad y a pensar que, si el Señor lo dejara en tus manos, tú lo harías mucho mejor.

 Finalmente, la tentación de los ídolos: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». El maligno invita al Señor a pedir la vida a los ídolos. También a ti te tienta del mismo modo. Te presenta al dinero, al poder, al sexo, etc., como a las fuentes de la felicidad. Todo lo tendrás si les pides la vida, te dice. Pero la vida, la felicidad, únicamente reside en hacer la voluntad de Dios, hacer aquello que le agrada y que es bueno para tu vida. Todo lo demás es un espejismo. No te dejes engañar.


DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO VI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«NO HE VENIDO A ABOLIR LA LEY... »

 

CITAS BIBLICAS: Eclo 15, 15-20 * 1 Cor 2, 6-10 * Mt 5, 17-37

En este domingo continuamos considerando el Sermón del Monte que, como ya dijimos, es el retrato, el perfil, de un verdadero cristiano.

El Señor Jesús empieza diciendo que no ha venido a abolir la ley sino a darle cumplimiento. ¿Cómo hemos de entender esto? En contra de lo que piensa la mayoría de los creyentes, la ley no ha sido puesta para ser cumplida y conseguir de este modo la salvación, sino que ha sido puesta para dar conciencia al hombre de sus pecados, y a hacer presente la necesidad que tiene de recurrir a Dios.

Nosotros, tú y yo, no podemos conseguir la salvación mediante nuestro esfuerzo. Para salvarnos es inútil apretar los puños. Si consiguieras tu salvación de esta manera llegarías a exigirle a Dios que te la concediera. Ya no se haría presente su amor y misericordia hacia ti que eres pecador. Por el contrario, si Él te muestra el camino de la santificación y tú ves que no eres capaz de seguirlo, no tendrás más remedio que volver tu mirada hacia Él para decirle: “Señor, no puedo. Yo sé que lo que me propones es la verdad, pero, aunque me esfuerzo, soy incapaz de llevarlo a la práctica. ¡Ayúdame!” Será entonces cuando experimentarás que Él está a tu lado dispuesto a echarte una mano. Será entonces cuando se cumplirá lo hoy dice el Señor, «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento». Será Él que cumpla la ley en ti.

Lo que hoy afirma el Señor en el evangelio echa por tierra lo que nosotros creemos que es justo, según la justicia humana. En la ley antigua se decía: «No matarás». Hoy el Señor te dice: para matar no es necesario pegarle un tiro a otro, basta con que sientas en tu corazón rencor hacia él. Basta que no le perdones el daño que te ha hecho, porque obrando así ya lo estás matando en tu corazón. Si éste es tu caso, dice el Señor, antes de acercarte al altar, antes de ir a misa y comulgar, pídele perdón. Reconcíliate con él. Es más importante esto, que cumplir con tus deberes religiosos.

Otro mandamiento de la ley antigua decía: «No cometerás adulterio». En aquel tiempo para cometer adulterio era necesario que un casado se uniera carnalmente a una mujer que no fuera la suya. Hoy el Señor nos dice: «También comete adulterio aquel que mira a una mujer casada deseándola en su corazón». ¡Qué diferente es todo esto a lo que vive hoy nuestra sociedad!

Hoy, cuando el divorcio está al orden del día, es interesante conocer lo que el Señor nos dice al respecto: «El que se divorcie de su mujer, la induce a adulterio y el que se case con una divorciada comete adulterio». No ocurría así en la antigua ley porque estaba contemplado entregar a la mujer acta de repudio. Sin embargo, no es esa la voluntad de Dios. Dios quiere que por el bien de los propios esposos y también por el de sus hijos, el matrimonio sea indisoluble. Por eso, la Iglesia no tiene hoy potestad alguna para romper el vínculo de un matrimonio. Lo que, sí hace, es declarar la nulidad de un enlace, o sea, declarar que entre los contrayentes no se dio el sacramento, que nunca existió matrimonio. Como vemos, no es lo mismo anular, que declarar nulo.

 Si nos fijamos, todo lo que nos propone el Señor requiere navegar siempre contra corriente. Los valores que hoy nos ofrece el mundo están en contraposición con la voluntad del Señor. Es imposible hacer nada sin su ayuda, pero nosotros tenemos la seguridad de que todo es posible cuando Él está a nuestro lado. Y Él está siempre con nosotros vivo y resucitado, y se complace en suplir con su poder nuestra impotencia y debilidad.

 


DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO V DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«VOSOTROS SOIS LUZ DEL MUNDO Y SAL DE LA TIERRA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 58, 7-10 * 1Cor 2, 1-5 * Mt 5, 13-16 

El evangelio de este domingo pertenece al Sermón del Monte de san Mateo y tiene para nosotros una importancia especial. Pero, antes de seguir hablando de este tema, valdría la pena que nos hiciéramos estas preguntas: Yo, ¿para qué estoy en la Iglesia? ¿Qué busco en ella? ¿Por qué sigo a Jesucristo como discípulo? Posiblemente, muchos de los que somos creyentes y nos consideramos cristianos, responderíamos con esta frase: Estoy en la Iglesia para salvarme. Busco en ella mi salvación. No hay duda de que esto es verdad, pero lo cierto es que no nos ha llamado el Señor a su Iglesia únicamente para salvarnos. La salvación que el Señor Jesús obtuvo en la Cruz fue universal. Significa esto que abarcaba a todos los hombres sin condición de raza, sexo, lengua o religión. Sin embargo, no todos los hombres tienen conocimiento de esta salvación. No todos conocen a Dios-Padre y a su Hijo Jesucristo, ni tampoco la obra del Espíritu Santo en la vida del hombre. Precisamente, para darlos a conocer tomó carne humana la Segunda Persona de la Trinidad.

En el principio Dios creó al hombre a su imagen con el deseo de que unido a él por el amor, fuera una criatura totalmente feliz. Le concedió además el don de la libertad para que pudiera amarle libremente. Todos conocemos la historia. Utilizamos mal nuestra libertad y por el pecado quedamos sumergidos en la oscuridad y en la muerte. Sin embargo, Dios, que es Padre, no nos abandonó a nuestra suerte. Envió a su Hijo para darnos a conocer que su amor y su misericordia estaban por encima de nuestras faltas, y para que con su muerte en cruz y resurrección destruyera el pecado y la muerte, y nos devolviera la condición de hijos de Dios.

Esta obra, esta salvación del Padre, era necesario darla a conocer a todos los hombres. Era necesario que en la oscuridad de la muerte y del pecado, volviera a brillar de nuevo la luz del amor de Dios. Para llevar adelante esta misión, el Señor Jesús fundó su Iglesia encargando a sus discípulos anunciar al mundo entero esta buena noticia. A ti y a mí como discípulos, nos encarga hoy esta misión. Quiere que en la oscuridad en la que por el pecado viven los hombres, nuestras vidas brillen como focos dando a conocer a todos el amor de Dios y el perdón de los pecados. Por eso, hoy nos dice «Vosotros sois la luz del mundo». También nos dice: «Vosotros sois la sal de la tierra». La sal es un condimento que se añade a la comida para darle sabor. La vida del hombre, la razón de ser de tu vida y la mía, no tienen ningún sentido si no está presente Dios y la vida eterna para la que hemos sido creados. Por eso el cristiano es aquel que con su presencia sala a la sociedad, le da sentido a la vida. Da una razón de ser, una explicación, a la vida del hombre sobre la tierra. ¿Cómo seremos sal y luz en medio de los que nos rodean? Lo dice también el evangelio de hoy: «Para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en el cielo». Tú y yo somos pecadores como los demás, incapaces de obrar el bien con sólo nuestro esfuerzo. Los que nos rodean lo conocen. Por eso cuando vean que somos capaces de hacer el bien, de morir por el otro, de perdonar de corazón a nuestro enemigo, etc., se darán cuenta de que esas buenas obras no son fruto de nuestro esfuerzo, sino que son la obra del Señor en nuestra vida. De esta manera, serán nuestras buenas obras las que hagan que ellos se encuentren con el Señor. Serán así, iluminados y salados.


DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO IV DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sof 2, 3;3, 12-13 * 1Cor 1, 26-31 * Mt 5, 1-12a

Damos comienzo hoy al Sermón del Monte del evangelio de san Mateo. El gentío sigue a Jesús porque creen ver en él a un gran profeta. Están expectantes ante la manifestación del Mesías. Esperan que será él, el que libre al pueblo de la opresión y del dominio de los romanos devolviendo a Israel el esplendor y poderío de antaño.  

Sin embargo, la misión que trae el Señor Jesús es radicalmente opuesta. Él viene a romper una esclavitud diferente, la del pecado y de la muerte, devolviendo al hombre la amistad con Dios.

En este evangelio lo vemos sobre la montaña, como hace muchos siglos vimos a Moisés sobre el Sinaí. En aquella ocasión Dios hizo una alianza con el pueblo mostrándoles a través de las diez palabras de vida, cuál era el camino de la felicidad y la plenitud. Hoy, el Señor Jesús, en el Sermón del Monte hace con nosotros una Nueva Alianza que sellará posteriormente con su sangre, mostrando a sus discípulos y a todo el pueblo, el verdadero camino de la felicidad y la vida. Se trata de una doctrina radicalmente opuesta a la que preconiza el mundo. El mundo menosprecia a los pobres y se jacta de los débiles, mientras que el Señor afirma que de ellos es el Reino de los Cielos. El mundo rechaza de plano todo sufrimiento, mientras que el Señor dice de los sufridos que son los que van a heredar la tierra. Proclama también dichosos a los que ahora lloran, porque luego serán consolados.

El mundo es inclemente e inflexible con los que se equivocan, por el contrario, el Señor Jesús se muestra misericordioso con ellos y proclama que aquel que se muestre misericordioso, hallará también para él misericordia.

El egoísmo del mundo y de los hombres hace imposible la paz. Todos buscan dominar sobre los otros, ocupar los primeros puestos, enriquecerse sin tener en cuenta los intereses de los demás. Esta actitud del hombre es la que provoca guerras, contiendas, injusticias y abusos de todas clases. Por eso el Señor declara bienaventurados, dichosos, a aquellos que trabajan y se esfuerzan para procurar la paz, porque ellos, dice, serán llamados hijos de Dios.

El mundo, finalmente, no tolera la verdad, y persiguió hasta la muerte a Aquel que se definió así mismo «como la Verdad y la Vida». Por eso aquel que defiende la verdad y la justicia también es objeto de persecución.

La justicia del Señor es totalmente distinta a la que aplica el mundo. Por la justicia del mundo el que la hace la paga, mientras que, para el Señor, la justicia consiste en hacer justos a los que no lo son. A ti y a mí que, si no fuera por las entrañas de misericordia de nuestro Dios, no tendríamos salvación. El mundo no entiende de perdón. Para el mundo perdonar es signo de debilidad y los débiles no tienen cabida en él. El discípulo de Cristo es aquel que es capaz de perdonar, porque también él ha experimentado el perdón.

Como ya habremos observado los caminos del Señor son, como dice Isaías, totalmente distintos a los nuestros. El Señor, en el Sermón del Monte nos muestra el retrato de lo que es un cristiano, un hijo de Dios. El único que ha cumplido totalmente este sermón es el propio Jesús. Para nosotros es imposible cumplirlo por más que nos esforcemos, sin embargo, está a nuestro alcance cuando nuestra vida está unida a la del Señor. Es su Espíritu el que, habitando dentro de nosotros, lo lleva a total cumplimiento.

DOMINGO III DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO III DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«SEGUIDME Y OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 8, 23b-9,3 * 1Cor, 1, 10-13.17 * Mt 4, 12-23

En estos primeros domingos del tiempo ordinario la Iglesia nos muestra los inicios de la misión que el Padre ha encomendado al Señor Jesús. Hoy lo vemos eligiendo a los primeros discípulos. Van a ser aquellos que lo acompañarán durante toda su vida pública y que, sobre todo, serán los testigos de su resurrección.

Dice san Mateo que, paseando por la orilla del mar de Galilea ve a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro y a su hermano Andrés. Son pescadores y se hallan faenando. Les dice: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Ellos, sin dudarlo, dejan las redes y lo siguen.

Un poco más adelante ve a otros dos hermanos, Santiago y Juan, que están en la barca con su padre repasando las redes. Jesús los llama y, al igual que hicieron Pedro y Andrés, dejándolo todo, y sin exigir explicaciones, lo siguen.

Con estos discípulos empezará a recorrer toda Galilea anunciando la llegada del Reino de Dios, y al mismo tiempo curando toda clase de enfermedad y dolencia. Encuentra así cumplimiento la palabra del profeta Isaías cuando anuncia que, para la Galilea de los gentiles, para aquellos que caminaban en tinieblas, ha brillado una luz grande.

Hoy somos nosotros los llamados a continuar la misión que el Señor Jesús inició en su vida mortal. Desde toda la eternidad, nuestro Padre-Dios, pensó en ti y en mí para que también nosotros fuéramos seguidores del Señor Jesús, y continuáramos su misión en este mundo. Hemos de considerarnos muy afortunados porque, aunque la salvación que el Señor ganó para nosotros en la Cruz, por voluntad del Padre, alcanza a todos los hombres sin distinción de raza ni religión, somos nosotros los encargados de, como testigos, hacer que esa Buena Noticia alcance a todos.

Para entender esto ponemos un ejemplo, un tanto prosaico. La muerte y resurrección del Señor Jesús, ha supuesto para todos los hombres, que vivieron en el pasado, que viven ahora, y que vivirán en lo sucesivo, algo así, como si les hubiera tocado el Gordo de la Lotería. A los que vivimos en la Iglesia, tener conocimiento de que nos ha tocado la Lotería, nos permite disfrutar ya de esas riquezas. No ocurre lo mismo con los de fuera. También han sido agraciados con el premio, pero, como lo desconocen, siguen viviendo en la miseria.

La misión de la Iglesia, nuestra misión como miembros de ella, es hacer llegar a todos los hombres la gran Noticia de la Salvación y del perdón de nuestros pecados, que el Señor Jesús nos ha ganado con su Muerte y resurrección. Es necesario hacerles saber que les ha tocado el Gordo, que pueden vivir una vida distinta a la que viven ahora. Que existe un Dios, que es Padre, y que, como buen Padre los ama sin ninguna limitación. Que sepan que nuestros pecados, porque somos pecadores, son algo así como una diminuta gota de agua que cae en la inmensidad del océano de la misericordia de Dios. Que sepan que la salvación que nos ha ganado el Señor Jesús es universal, y que la única condición que Dios-Padre nos pone para disfrutar de ella, es que conscientemente no la rechacemos, sino que la deseemos, que nos acojamos a su misericordia. Tú y yo, en la Iglesia, ya disfrutamos de las primicias de esa salvación, por eso Dios quiere que, como discípulos, como otros cristos, demos conocimiento de esa salvación al resto de los hombres.

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO II DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«ÉSTE ES EL CORDERO DE DIOS» 

 CITAS BÍBLICAS:  Is 49,3.5-6 * 1Cor 1, 1-3 * Jn 1, 29-34

 En el evangelio de hoy Juan Bautista da testimonio del Señor Jesús al verlo acercarse, diciendo a sus discípulos: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» … «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que va a bautizar con Espíritu Santo”. Yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

La misión de Juan termina aquí. Él, solo ha sido enviado a preparar el camino al Mesías. Ahora, cumplido este cometido, y después de haber dado testimonio de Jesús mostrándolo a sus discípulos, llega el momento de que se cumpla aquello que afirma en otro lugar: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya».

 La noticia que nos da Juan al presentar a Jesús como al «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo», es la gran noticia. Es la noticia esperada por todas las generaciones. El hombre, desde Adán, ha preferido vivir su vida al margen de Dios, y el resultado ha sido nefasto. El pecado y la muerte se han enseñoreado del mundo, y como consecuencia el hombre se ha vuelto enemigo del hombre. El plan de amor que Dios había diseñado para el hombre y la mujer ha quedado por completo destruido. Como consecuencia han parecido el sufrimiento, la enfermedad y la muerte. Así mismo, el egoísmo ha venido a ocupar en el corazón del hombre el lugar que ocupaba el amor. Esta circunstancia ha dado origen a las guerras, a los abusos y a toda clase de injusticias.

 Juan nos anuncia la llegada de Aquel que viene a restaurar el orden primero. De Aquel que es capaz de arrancar el egoísmo del corazón humano, y de hacer que de nuevo resida en él el amor. Es el único que tiene poder para perdonar los pecados, poder para sacarnos de la muerte y devolvernos la mistad con Dios.

 Si nos fijamos en la sociedad de hoy observaremos que el hombre, de nuevo, vuelve a dar la espalda a Dios. El hombre, como Adán, ambiciona otra vez ser el dios de su vida. Por orgullo no admite que nadie le indique lo que tiene que hacer y mucho menos que se le corrija. Con su inteligencia y su razón le basta. Los frutos de esta actitud están patentes: conflictos armados en varios lugares del mundo, millones de desplazados sin recursos que no hallan quien los acoja, violencia, abusos y maltratos a niños, mujeres y ancianos, y un largo etcétera. Cuando Dios desaparece de la vida del hombre, éste se embrutece y solo ve su propio interés. Sin la presencia de Dios, el hombre, por el pecado, se vuelve enemigo del hombre.

 La sociedad de hoy tiene necesidad de un nuevo Juan el Bautista que le muestre el camino de la salvación. Un profeta que no tenga miedo en afirmar que el mal en el mundo no tiene su origen en Dios. Que Dios no tiene la culpa de que haya tanto mal en el mundo. Que el origen de las guerras, los abusos y las injusticias, no hay que buscarlo en Dios, sino en el egoísmo del hombre, en su pecado. Dios nos ama y nos deja libres, somos nosotros los que utilizamos mal esa libertad.

 ¿Dónde encontraremos ese nuevo Juan Bautista? ¿Ese profeta que muestre a los que le rodean al único que es capaz de perdonar los pecados? Ese profeta, ahora, somos tú y yo. Nosotros, los que nos llamamos discípulos de Cristo, hemos recibido de Dios-Padre la misma misión que en otro tiempo se le encomendó a Juan. Mostrar a los que nos rodean al único capaz de perdonar sin pedir explicaciones. Al único que ama al hombre tal como es, sin exigirle que cambie. Somos tú y yo los que hemos de ser testigos de que el único que puede salvar al hombre de este desmadre y de esta vorágine de pecado es el Señor Jesús, que por amor a todos cargó sobre sí todos los pecados del mundo, a fin de que nos viéramos libres de la muerte.  

 

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

FIESTA DEL BAUTISMO DEL SEÑOR -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO, MI PREDILECTO»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 42, 1-4. 6-7 * Hch 10, 34-38 * Mt 3, 13-17

Celebramos en este domingo la Fiesta del Bautismo del Señor. Concluimos con él, el Tiempo de Navidad y damos comienzo a la vez al tiempo ordinario.

El último acontecimiento de la vida del Señor que conocemos antes de su mayoría de edad, es el pasaje del Niño Perdido en el Templo que nos narra san Lucas en su evangelio. Ese pasaje termina diciendo: «Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres». En ese momento empieza un largo período de tiempo en la vida del Señor Jesús que conocemos como Vida Oculta. Se trata de un tiempo semejante al de cualquier hijo de familia de Nazaret, sin manifestaciones especiales de ninguna clase. José y María preparan al Niño, lo educan, para que sea un miembro consciente del pueblo de Israel. Atienden a sus necesidades físicas y, sobre todo, lo educan en la fe, dándole a conocer a Dios como Padre. Graban en su corazón el Shemá. Asisten los tres cada sábado a los oficios de la sinagoga y se ganan el pan de cada día con su trabajo. María en las labores del hogar, José y Jesús con su oficio de carpinteros.

Cuando Jesús cumple treinta años, Juan se encuentra en el Jordán anunciando un bautismo de conversión. Sin duda, impulsado por el Espíritu, Jesús acude también para ser bautizado. El pasaje nos lo narra hoy san Mateo en su evangelio. Al llegar, Juan, reconoce a Jesús y se resiste a bautizarlo. «Soy yo, le dirá, el que necesito que tú me bautices». Al salir del agua, apenas bautizado, desciende sobre él el Espíritu Santo y se oye la voz del Padre que testifica: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».

Este acontecimiento supondrá para el Señor Jesús el pistoletazo de salida para iniciar la misión que el Padre ha puesto en sus manos. Han sido necesarios treinta años de preparación, treinta años de catecumenado hasta llegar a este momento crucial de la vida del Señor.

Ante el hecho del Bautismo del Señor no podemos quedarnos como meros espectadores. Este acontecimiento nos hace presente nuestro propio bautismo. De la misma forma que el Padre testifica la filiación divina del Señor Jesús, declarando que es su Hijo Amado, también fue en nuestro bautismo donde nos hizo hijos suyos y, por lo tanto, hermanos de Jesucristo. No escuchamos entonces de una manera física su voz, lo hacemos ahora al proclamarse esta Palabra. Hoy, para ti y para mí a resonado la Palabra del Padre afirmando, como entonces, que somos sus hijos amados y predilectos. Por el bautismo hemos recibido una naturaleza nueva. Por el poder del Espíritu Santo hemos renacido del agua como criaturas nuevas. Es ese mismo Espíritu el que testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.

Ser conscientes de este don gratuito recibido del Padre debe dejarnos anonadados y a la vez movernos a una inmensa gratitud. ¿Cómo es posible, podemos preguntarnos, que el Señor derrame sobre nosotros tanta bendición, hasta el punto de elevarnos de meras criaturas a la condición de ser sus hijos?