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DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

Aunque este año celebramos en este domingo la FIESTA DE LA EXALTACIÖN DE LA SANTA CRUZ, publico el comentario correspondiente al Domingo XXIV del tiempo ordinario que es el que correspondería, por si a alguien le ayuda.

 

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

CITAS BÍBLICAS: Ex 7-11.13-14 * Tm 1, 12-17 * Lc 15, 1-32

El evangelio de este domingo es una verdadera perla. El Señor Jesús ha tenido a bien para nuestra salvación, mostrarnos en él, no sólo el rostro del Padre sino también sus entrañas de misericordia. Guiados por la Parábola del Hijo Pródigo podemos bucear y conocer en profundidad sin necesidad de acudir a ningún tratado teológico, cómo es nuestro Padre-Dios. Además, podemos tener la certeza de no equivocarnos porque lo hacemos guiados por alguien que lo conoce a fondo, ya que es uno sólo con el Padre.

A Dios lo podemos imaginar de muchas maneras. Hoy, el Señor nos lo presenta como a un padre de familia que tiene dos hijos. En un momento dado, el menor, pide al padre la parte de herencia que le corresponde. Ya en este comienzo de la parábola el Señor Jesús nos muestra cómo es el corazón de este padre. Sin duda, la pretensión del hijo produce en él, un enorme disgusto y le presenta, además, un dilema. Por una parte, conoce de antemano las consecuencias negativas que el hecho de poseer tan abundantes riquezas, le pueden acarrear. Puede, por tanto, negarse a las pretensiones del hijo. Sin embargo, movido por el amor que le tiene y respetando por encima de todo su libertad, accede a su petición.

La parábola nos cuenta cómo se desarrollan los acontecimientos a partir de este momento, y cómo los temores del padre sobre el peligro del mal uso de las riquezas son ciertos. Sin embargo, el amor que siente por su hijo se ve acrecentado, si cabe, pensando continuamente en los peligros que le acechan en un país tan lejano. Podemos imaginarle subiendo cada día a la terraza de la casa, mirando al camino en lontananza, a la espera de ver aparecer la silueta del hijo que vuelve. Cuando esto sucede se pone en camino corriendo con los brazos abiertos para abrazar a su hijo y llenarlo de besos. Ni un reproche. No quiere explicaciones, ni atiende a razones, y apenas deja hablar al hijo. Lo importante para él no es el pasado. Lo importante es que ahora, ya, tiene de nuevo al hijo en sus brazos.

Ésta es también la actitud de nuestro Padre-Dios, cuando reconociendo que nos hemos equivocado, que hemos metido la pata, volvemos nuestro rostro hacia él. Entonces, en su actitud no tienen cabida ni la reconvención, ni el reproche o las amenazas y, mucho menos, el castigo. Si la felicidad o la alegría de nuestro Padre pudieran mensurarse, diríamos que cuando volvemos nuestro rostro hacia él, acrecentamos su felicidad, la hacemos mucho mayor. ¡Qué lejos está de este Dios aquel que aprendimos en el Catecismo, que premiaba a los buenos y castigaba a los malos!

El Padre del Hijo Pródigo es la figura que ha elegido el Señor Jesús para darnos a conocer cómo es nuestro Dios. Ha querido que, a través de él, conozcamos el corazón de nuestro Buen Padre. Un Padre que, ciertamente nos corrige, pero lo hace siempre por amor. Un Padre, incapaz en su omnipotencia de hacernos o desearnos mal alguno. Somos tú y yo los que, voluntariamente, como el Hijo Pródigo, nos apartamos de su lado haciendo que caiga sobre nosotros la desgracia, mientras que Él espera nuestro regreso con impaciencia.


EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ

«ADORAMOS, ¡OH CRISTO! TU SANTA CRUZ»

 

CITAS BÍBLICAS: Num 21, 4b-9 * Flp 2, 6-11 * Jn 3, 13-17 

Como la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz coincide este año con el domingo XXIV de tiempo ordinario, la liturgia de la Iglesia celebra hoy esta fiesta del Señor.

 Cristo en la Cruz es, como dice san Pablo, «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles». Cristo en la Cruz abandonado por todos. Sólo, hasta el extremo de sentirse abandonado por su mismo Padre, es, para los llamados, (para nosotros), siguiendo las palabras de san Pablo, lo mismo para judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

Esto es precisamente lo que celebra la Iglesia en este día. La victoria de la Cruz. Pero no una victoria abstracta y etérea, una victoria real, porque en esa Cruz quedó destruido el pecado y con el pecado la muerte.

Para el mundo, la cruz es algo de lo que hay que huir. Es algo que hay que evitar a toda costa. La cruz destruye. La cruz aplasta. De la cruz no puede deducirse nada bueno. Así piensa el mundo, por eso no entiende ni acepta que el cristiano vea en ella, el amor de Dios-Padre hacia su criatura. Tener iluminada la cruz, conocer su significado, saber las razones por las que aparece en la vida, no es algo a lo que se pueda llegar con nuestra inteligencia. Todo lo que la cruz representa en nuestra vida lo sabemos por la revelación. La mente del hombre no es capaz de descubrir que algo que destruye, que muchas veces lleva a la desesperación, que es insoportable, sea el camino que conduce a la felicidad y la paz. Ocurre lo mismo cuando se piensa en la muerte. Si no se nos revela, ¿cómo podemos deducir que la muerte es puerta que se abre a la vida en plenitud?

Tanto para el cristiano como para el que no lo es, la cruz es una realidad ineludible. La aceptemos, la rechacemos o huyamos de ella, está siempre presente en la vida del hombre. Lo queramos o no, no podemos escapar de la enfermedad, del sufrimiento, de los problemas familiares, laborales, económicos o de convivencia. Las cosas no son casi nunca como nosotros las desearíamos. Los de fuera achacan estos problemas al azar, a la mala suerte o al destino. El cristiano, por el contrario, conoce cuál es el origen del mal, de las injusticias, de los atropellos. El cristiano sabe que ha sido el pecado del hombre, el tuyo y el mío, el que ha roto el plan de Dios y como consecuencia ha hecho que el mal apareciera en el mundo. El cristiano sabe que, si en su vida no apareciera la cruz no tendría salvación y no podría tener experiencia de la presencia continua de Dios y de su poder. Por eso, el cristiano no teme a la cruz, porque sabe que el Señor está vivo y resucitado, que como en el camino a Emaús está siempre a su lado dispuesto a echarle una mano para que, a diferencia de lo que sucede en el mundo, aquello que a todos aplasta, se transforme para él en cruz gloriosa en donde experimente el inmenso amor de Dios.

El cristiano, decíamos antes, ante la cruz no se resigna, sino que la acepta como un regalo del Señor. El cristiano sabe por experiencia, que la cruz no es losa que aplasta, sino que es cauce que lleva al encuentro con el Señor. El cristiano sabe que cuando se encuentra con acontecimientos imposibles de asumir, que le desbordan por completo, que superan con creces todas sus fuerzas, al invocar al Señor, se abren caminos insospechados que le permiten poder caminar sobre aguas encrespadas, como Pedro, cuando camina sobre el mar con los ojos puestos en el Señor Jesús.

Nuestras cruces, en contra de lo que se afirma con frecuencia, no tienen su origen en la voluntad de Dios. Es erróneo decir que los acontecimientos negativos de nuestra vida, enfermedades, accidentes, problemas familiares, e incluso la muerte, tienen su origen en la voluntad de Dios. Estamos atribuyendo a Dios algo de lo que no es responsable. Lo que afirmamos lo corrobora el Libro de la Sabiduría cuando dice: «Porque Dios no hizo la muerte ni se alegra con la destrucción de los vivientes. Él lo creó todo para que subsistiera». El origen de nuestras cruces lo hemos de buscar en el pecado. Ha sido el hombre, tú y yo, el que, al apartarse de Dios por el pecado, se ha encontrado con el sufrimiento, la enfermedad, y como consecuencia con la muerte.

Queremos hacer notar que, aunque el origen de la cruz en nuestra vida no es Dios, sino el pecado, el Señor la permite y la utiliza como medio para hacernos conocer su amor. Tú y yo ante la cruz nos encontramos impotentes porque es superior a nuestras fuerzas, pero es esa situación de impotencia la que utiliza el Señor para manifestarse, para hacernos experimentar que, con Él, con su ayuda no hay nada imposible. Que aquello que nos desborda, enfermedad, accidente, problema familiar, o incluso la muerte, se convierte en un camino de vida. La cruz, que para el hombre es signo de muerte, se convierte para el cristiano, con la ayuda del Señor, en cruz gloriosa. No es de extrañar que los primeros cristianos cada vez que contemplaban la cruz, vieran en ella el rostro radiante del Padre y su inmensa misericordia para con el hombre.

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -C-

«El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 9, 13-18 * Flm 9b-10. 12-17 * Lc 14, 25-33 

Antes de pasar a comentar el evangelio de este domingo escuchemos lo que al inicio del mismo nos dice el Señor Jesús: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío». Queremos antes de seguir, hacer una puntualización. Vemos que el Señor ha utilizado la palabra posponer, pero, sin embargo, hay otras traducciones de la Biblia que son mucho más tajantes y posiblemente más fieles, que cambian la palabra posponer por la de odiar. De esta forma, el Señor nos estaría diciendo: quien no odia a su padre, a su madre… y aún a su propia vida, no puede ser discípulo mío.

Seguramente este lenguaje nos parecerá excesivo. Sin embargo, lo cierto es que refleja de una manera exacta lo que es la voluntad del Señor. En este aspecto debemos tener en cuenta que el Evangelio es radical. El Shemá dice: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”. Dice con toda, no con una parte o compartiendo ese amor. En el fondo el mensaje es el mismo. El amor a tu padre, a tu madre, a tu esposa, a tus hijos o a ti mismo, no puede en modo alguno interferir en el amor que debes profesar a Dios. Él ha de ocupar sin ninguna duda el primer lugar. Sin embargo, lo cierto es que, si ese amor de Dios llena por completo tu corazón, será él, el que te permitirá amar a los tuyos sin ninguna reserva, e incluso por encima de ti mismo.

Hay otro aspecto en este asunto que no debemos perder de vista. ¿Sabes a qué te está llamando el Señor como miembro de su Iglesia? Te ha elegido para hacerlo presente a Él en medio de esta sociedad. Quiere que los demás a través de ti, puedan conocerlo y puedan experimentar ya ahora su salvación. Esto significa que estás llamado a ser entre los que te rodean otro cristo. De ti dependerá que conozcan su amor, su misericordia y el perdón de sus pecados. Entiende ahora que nada puede interferir en esa misión. Es necesario estar dispuesto a odiar todo aquello que te aparte del encargo que el Señor ha puesto en tus manos. No puedes repartir tu amor a Dios confundiéndolo con el amor a los demás. Él ha de ser el primero en tu vida. Quizá preguntes, y entonces ¿dónde queda el amor al prójimo? Te lo he dicho ya. Si de veras tienes repleto tu corazón del amor de Dios, será ese amor el que desbordándose te permitirá amar sin ninguna reserva a los tuyos. El amor a Dios y el amor al prójimo no se contraponen en modo alguno. Será el amor a Dios en tu corazón el que te permitirá amar y perdonar a los tuyos, como Dios te ama y te perdona a ti.


DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TODO EL QUE SE ENALTECE SERÁ HUMILLADO»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 3, 17-20. 28-29 * Heb 12, 18-19. 22-24a * Lc 14, 1. 7-14

El evangelio de este domingo pone de manifiesto una tendencia que es común en todo ser humano: el ansia de sobresalir, el deseo de destacar, la necesidad de ocupar un lugar relevante en medio de aquellos que le rodean. Esta tendencia es inherente a todo ser humano, hombre o mujer, y tiene su origen en el pecado. El hombre salido de las manos de Dios no tenía necesidad de llenar su corazón con afecto o con cosas materiales. El hecho de tenerlo repleto del amor de Dios cubría por completo todas sus necesidades. Era completamente feliz.

Con la aparición del pecado esta situación cambia radicalmente. El pecado supone la ruptura de la relación del hombre con su Creador, y como consecuencia la desaparición del lazo de amor que daba sentido a su vida. La existencia del hombre tenía razón de ser, en tanto en cuanto vivía unido a su Hacedor. La desaparición del amor de Dios dejará en el corazón del hombre un hueco que hay que llenar a toda costa. La existencia del hombre necesita con urgencia tener una razón de ser. Necesita encontrar respuestas. Yo, ¿quién soy? ¿Para qué vivo? ¿Quién me ha creado? Como no encuentra respuestas adecuadas el hombre busca llenar el hueco de su corazón con los afectos y los bienes materiales. Necesita que los demás le quieran, que le tengan en cuenta, y para ello, como los hombres de la parábola de hoy, elige los primeros puestos, quiere destacar, dominar sobre los demás. Sin embargo, y esto es un regalo del Señor, aunque muchos no lo comprendan, el corazón del hombre nunca se llenará con los afectos o las riquezas del mundo. Sólo el regreso del amor de Dios volverá a restaurar el orden primero, devolviendo al hombre el estado de felicidad para el que fue creado.

Este evangelio, pues, arroja luz sobre nuestro comportamiento último. Da la respuesta a nuestra ansia de ser, a nuestra ansia de destacar, a nuestra ambición desmedida. No tienes necesidad de acudir al psicólogo. Lo que te pasa es que quieres realizarte. No quieres pasar desapercibido. Necesitas que los demás te valoren y tengan en cuenta tu opinión. Ocurre, sin embargo, que aun consiguiendo todo esto estás insatisfecho. Quieres más. Por eso, hoy, el Señor viene en tu ayuda dándote a conocer la razón de tu insatisfacción, afirmando en el evangelio: «Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Justo al revés de lo que te dice el mundo: trabaja, estudia, esfuérzate en ser el primero. Sin embargo, esta conducta sólo lleva al fracaso y a la insatisfacción. Humíllate, agacha tu cabeza, no pretendas grandezas humanas vacías que al final no consiguen llenar el hueco de tu corazón. Vuelve con humildad tu rostro al Señor y acógete a su inmensa misericordia. Él se complace en el humilde, en el que reconoce su miseria y su pecado. Él, que alza de la basura al pobre, es el único que perdona sin pedir cuentas de nada.

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«ESFORZAOS EN ENTRAR POR LA PUERTA ESTRECHA»

 

CITAS BÍBLICAS:  Is 66, 18-21 * Heb 12, 5-7. 11-13 * Lc 13, 22-30

El evangelio nos dice que uno de los que caminan con Jesús le hace la siguiente pregunta: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?». El Señor Jesús no da una respuesta concreta, sino que se limita a decir: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán».

Lo primero que debemos preguntarnos es cuál es el sentido de la pregunta ¿serán pocos los que se salven? ¿A qué salvación se está refiriendo? Para nosotros, los creyentes, existen dos tipos de salvación. Una, y es la que en general más nos preocupa, hace referencia a la salvación final, a la salvación última. La otra se refiere a la salvación actual, a la del día a día.

Haciendo referencia a la primera, afirmamos que la salvación última, aquella que nos ganó en la cruz el Señor Jesús, es universal. La Sangre del Señor borró con creces todos los pecados de la humanidad y continúa borrándolos, tanto los de ayer, como los presentes y, por supuesto, los de mañana. La misericordia del Señor es eterna y por esa misericordia la salvación nos alcanza a todos los hombres. Lo único que pasa, y que debemos tener muy en cuenta, es que Dios no salva a nadie a la fuerza, sino que respeta escrupulosamente su libertad. A nadie que la desee acogiéndose a su misericordia, le negará Dios-Padre la salvación. Del mismo modo, a nadie que rechace conscientemente la misericordia divina, se le concederá la salvación a la fuerza. Se comprende ahora que la existencia del infierno es necesaria. Dios necesita habilitar un lugar, un estado, para aquellos que conscientemente rechacen su salvación.

Refiriéndonos a la segunda salvación, a la del día a día, hemos de decir que no está siempre al alcance de nuestra mano. En nuestra vida, a causa del pecado, han aparecido los problemas, las enfermedades, los sufrimientos y finalmente la muerte. Nosotros estamos incapacitados para, con sólo nuestras fuerzas, evitar este tipo de sufrimientos. Nuestro Padre-Dios, sin embargo, que sigue amándonos a pesar de nuestras infidelidades y pecados, ha dispuesto para nosotros un Ayudador: el Señor Jesús. Con Él podemos superar todo aquello que humanamente nos desborda. Él es Señor de nuestros vicios, enfermedades, problemas económicos y familiares, etc. A través de su Espíritu recibimos todo lo que no podemos conseguir con nuestro esfuerzo. Para encontrarlo es necesario, sin embargo, hacerlo a través de su Iglesia, invocándolo con humildad, con el convencimiento de nuestra pobreza, sin presunción y con la certeza de no tener derecho a nada. Si nos acercamos con esta disposición humilde, siendo sencillos como los niños, podremos entrar por la puerta estrecha y el Señor, que se complace en el humilde, nos sentará a su mesa en el Reino de Dios.   


DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«NO HE VENIDO A TRAER PAZ, SINO DIVISIÓN»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 38, 4-6. 8-10 * Heb 12, 1-4 * Lc 12, 49-53

El evangelio de hoy supone una llamada a conversión, un toque de atención para aquellos que vivimos el cristianismo instalados en nuestra burguesía, para aquellos que hemos domesticado las enseñanzas del Señor Jesús acomodándolas a nuestra conveniencia.

Las palabras del Señor nos hacen presente aquello que dijo David en un salmo: «El celo por tu casa me devora». El Señor conocía perfectamente cuál era la misión que el Padre había colocado en sus manos, y sabía también cuál era el precio que debía pagar para llevarla a cabo, sin embargo, no rehúye la misión. Desea ardientemente llevarla a término.

¿Cuál era esa misión? ¿Cuál era ese fuego del que habla el evangelio? Sin duda darnos a conocer el amor que Dios siente hacia ti y hacia mí que somos sus enemigos. Que hemos despreciado ese amor, entregando el nuestro a los afectos, a las riquezas y a los ídolos del mundo que no son capaces de darnos la felicidad. El corazón del Señor Jesús ardía en amor hacia los pecadores que, como tú y como yo, teníamos necesidad de conocer que el Padre nos ama por encima de todo, por encima de nuestras rebeldías e insensateces y que ha perdonado todas nuestras infidelidades.

Hay una expresión del Señor en este evangelio que quizá nos resulte extraña o por lo menos un tanto chocante: «¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.» ¿Cómo es posible, nos preguntamos, que el Señor diga esto? ¿No es Él el príncipe de la paz? ¿No ha venido a pacificar desde la Cruz a los dos pueblos, judíos y gentiles? ¿Cómo dice que ha venido a traer división?

Cuando se anuncia la verdad, entre los que escuchan se forman de inmediato dos bandos: los que están a favor y la aceptan, y los que la rechazan por estar en contra. De ahí que se afirme que la persona de Cristo haya sido desde siempre signo de contradicción. Lo vemos ya en la predicación del Señor. Los pobres, los sencillos, los incultos, etc. ven en Él al enviado de Dios, al Mesías. Los sabios, los cultos, los que se consideran conocedores de las Escrituras, lo condenan como hereje.

En la actualidad esta división que produce la verdad sigue enfrentado a las personas. Por eso, a ti y a mí, discípulos de Cristo, que estamos llamados a ser otros cristos entre los que nos rodean, que, como Él defendemos la verdad, no ha de extrañarnos que cuando manifestemos nuestra posición ante temas como el aborto, la homosexualidad, los llamados matrimonios entre individuos del mismo sexo, la ideología de género, etc. se nos persiga, se nos trate de homófobos, de carcas o de intransigentes. Esto, es lo mismo que tuvo que sufrir el Señor Jesús entre los suyos.

El camino del cristiano nunca ha sido un camino de rosas, y mucho menos en nuestros días. Sabemos a dónde condujo al Señor la defensa de la verdad. Lo llevó al sufrimiento y a la muerte en cruz. Sin embargo, esto sólo fue un paso más para llegar a la resurrección y a la vida eterna. Hoy, nosotros, podemos aplicarnos lo que en una ocasión dijo el Señor: «No está el discípulo por encima de su maestro. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los de su casa! ...».

Hoy la Iglesia, de la que tú y yo somos miembros, sufre persecución en diferentes frentes, pero en particular en lo que se refiere a la familia. El demonio sabe con certeza que el camino para destruir a la Iglesia pasa por destruir a la familia. Por eso hace que los suyos se ensañen atacando a la familia cristiana, a la familia tradicional, imponiendo a la fuerza otros modelos de familia y coartando la libertad de los que pensamos de otro modo. Somos una vez más signo de contradicción. Sin embargo, hemos de estar tranquilos. Sabemos que vivir unidos al Señor Jesús, es la única forma de ser todo lo felices que es posible en este mundo. Nadie ni nada, como dice san Pablo, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.  

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«TENED CEÑIDA VUESTRA CINTURA Y ENCENDIDAS LAS LÁMPARAS»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 18, 6-9 * Heb 11, 1-2. 8-19 * Lc 12, 32-48 

El Señor Jesús en un evangelio lleno de ternura, nos llama pequeño rebaño, nos hace partícipes del designio de Dios-Padre, que ha tenido a bien darnos el reino. Para que esto se haga realidad y podamos hacer nuestro ese reino, nos revela también los secretos, las claves que harán posible que lo poseamos.

Un impedimento que hace difícil poseer el Reino de Dios es, sin duda, las riquezas. El Señor sabe que tenemos nuestro corazón pegado al dinero, a las cosas materiales, a las que, con frecuencia, aún sin darnos cuenta, les pedimos la felicidad y la vida. Por eso, lo primero que nos dice es: «Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder y tendréis un tesoro inagotable en el cielo donde no hay ladrones que roben ni polilla que corroa». Y añade: «Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Si nuestro tesoro son las riquezas, en ellas estará nuestro corazón. Si por el contrario nuestro tesoro está en el cielo, allí estará también nuestro corazón.

El mundo en que vivimos no tiene esta clase de sabiduría, esta sabiduría eterna. Para el mundo lo importante es tener muchas riquezas y bienes materiales, con el fin de asegurar la vida. Su consejo es, trabaja, esfuérzate, almacena bienes y haz que los demás te respeten. Esta clase de vida que nos ofrece el mundo es una vida chata, una vida sin perspectiva de eternidad, una vida semejante a la de los animales que sólo lleva a un bienestar pasajero, a asegurarse la comida y a reproducirse, para luego con la muerte volver a la nada.

El Señor nos invita a una vida muy diferente. A vivir en este mundo, sí, pero a tener al mismo tiempo la cabeza en el cielo. Por eso nos dice: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas: vosotros estad como los que aguardan a que su Señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame». Dicho de otra manera, no eches raíces en este mundo donde todo es caduco y vano. Tú estate en vela porque a la hora que menos pienses, llegará el Hijo del Hombre. «Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo».

Conocer esta verdad, esta razón última de nuestra existencia, ha de hacer que nuestro corazón exulte lleno de gratitud, porque, como el Señor Jesús dice al inicio de este evangelio, «vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino».


DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -C-

«GUARDAOS DE TODA CODICIA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ecl 1, 2; 2, 21-23 * Col 3, 1-5. 9-11 * Lc 12, 13-21 

Hoy el evangelio se centra en un tema de vital importancia para el hombre. Trata de las riquezas. Nosotros, que por el pecado hemos abandonado a Dios, tenemos la necesidad, aunque no seamos conscientes de ello, de llenar el hueco que ha dejado en nuestra existencia el amor de Dios. Para ello buscamos en primer lugar el amor de los nuestros. Necesitamos experimentar que los otros nos quieren. Necesitamos ser considerados por los demás. Un arma muy importante para conseguir que los demás nos quieran o que por lo menos cuenten con nosotros, son las riquezas. Por eso, aún sin darnos cuenta, y aunque nos parezca exagerado, es a las riquezas a las que acabamos pidiendo la vida. Ya lo hemos afirmado, cuando el amor de Dios desaparece del corazón del hombre, deja un hueco que hay que llenar necesariamente. El hombre, tú y yo, necesita encontrar la razón última de la vida, que ha perdido al pecar y al separarse de Dios.

Cuando en el corazón del hombre rebosa el amor de Dios, todo lo que le rodea, en particular las riquezas y las cosas materiales, pierden por completo su importancia. Nada hace falta, nada es indispensable. El amor de Dios cubre por completo todas las necesidades del hombre, ya sean de orden material o espiritual. Dirá santa Teresa al respecto: «…Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta».

El pasaje del evangelio de hoy nos hará ver hasta qué punto las riquezas dominan nuestras vidas. Un hombre se presenta ante el Señor pidiéndole que interceda ante su hermano para que reparta con él la herencia. La petición es, sin duda, justa. El hermano se ha apoderado de la herencia de los padres dejándole a él en la miseria. El Señor, que lee los corazones de los hombres, se limita a responderle: «Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros? Y dirigiéndose a la gente dice: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».

¿Qué es lo que ha visto el Señor en este asunto para que responda de esta manera? Es muy fácil adivinarlo. Los dos hermanos tienen por dios al dinero. El que se ha quedado con la herencia, por amor al dinero, no ha tenido inconveniente en dejar a su hermano hundido en la miseria. Y a aquel que pide justicia al Señor, no le ha importado, por amor al dinero, acusar a su hermano públicamente de ser un ladrón, por haberle robado la herencia. Ha sido la codicia, por encima del amor fraterno, la que ha movido a estos hermanos a actuar buscando cada uno su propio interés.

La parábola que a continuación propone el Señor a los que le escuchan, pone de manifiesto cómo nosotros hacemos cálculos con nuestra vida, sin tener la certeza de lo que nos puede ocurrir tan solo unos minutos después. El hombre de la parábola se afana al comprobar el enorme volumen de la cosecha que van a dar sus campos. Trabaja día y noche derribando sus viejos graneros y construyendo unos nuevos. Tiene la mirada puesta en la cosecha que espera pensando disfrutar de sus riquezas. La verdad es que actúa como un necio y un insensato. Hace planes con algo que no está en sus manos: la vida. Pretende tenerla asegurada por sus bienes, sin darse cuenta de que la puede perder en un instante.

¡A cuántas personas que conocemos e incluso a nosotros mismos nos pasa esto! En vez de vivir el día a día disfrutando de lo que el Señor nos regala, vivimos proyectados en un futuro que no sabemos si podremos disfrutar. Cuánto afán de ahorrar para el mañana, quizá pasando hoy estrecheces, cuando no tenemos la certeza de llegar a vivir ese futuro. Quien así vive, ni disfruta del presente ni tampoco llega a disfrutar el futuro.