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DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

Y TÚ, ¿QUIÉN DICES QUE ES EL HIJO DEL HOMBRE?

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 * Rm 11, 33-36 * Mt 16, 13-20 

El Señor Jesús camina con sus discípulos hacia Cesarea de Filipo cerca de las fuentes del Jordán. De momento se detiene y les pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Ellos contestan mostrando un abanico de personajes: que si Juan Bta., Elías, Jeremías o uno de los profetas antiguos. El Señor Jesús no hace ningún comentario al respecto porque lo que ciertamente le interesa, es conocer lo que sus propios discípulos piensan de él. Por eso les pregunta: «¿Y vosotros, quien decís que soy yo?». Pedro, siempre tan decidido, recordemos como la semana pasada se echa al mar para caminar por encima del agua, responde sin dudar: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Este diálogo del Señor con sus discípulos viene en ayuda de nuestra vida de fe. Somos cristianos practicantes, es decir, acudimos al templo de una manera regular. Escuchamos la Palabra, frecuentamos los sacramentos, colaboramos en el mantenimiento de las obras de la Iglesia. Procuramos que nuestros hijos reciban la adecuada formación religiosa, etc. Resumiendo, nos consideramos miembros activos de la comunidad parroquial. Sin embargo, si hoy el Señor nos hiciera la pregunta que ha formulado a sus discípulos, es posible que nos pillara con el paso cambiado. ¿Por qué? podemos preguntarnos. Pues, seguramente porque nunca nos hemos hecho esta pregunta seriamente.

Para nosotros es fundamental responder a la pregunta, yo, ¿a quién sigo? ¿Por qué sigo a Jesucristo? A la pregunta de ¿quién es Jesucristo para ti?, quizá respondas como Pedro que es el Hijo de Dios. ¿Tienes experiencia de que, de verdad es el Hijo de Dios, o lo dices porque te lo han enseñado, porque tus padres te educaron así?  Ten en cuenta que los discípulos a los que el Señor pregunta, no sólo han escuchado su predicación, sino que la han visto corroborada por las señales, los milagros y signos que la han acompañado.

Lo que estamos diciendo tiene relación directa con la fe. Hemos escuchado muchas veces aquello de “Fe es creer lo que no se ve”. Sin embargo, esta definición no sirve para aplicarla a la fe cristiana. Esa clase de fe no salva de nada. La fe que salva es la fe de la experiencia. La fe cristiana es aquella que nace de un encuentro personal con el Señor. El Señor Jesús está vivo y resucitado. Él afirmó antes de subir al cielo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Por tanto, podemos preguntarnos: ¿Para qué está vivo y resucitado el Señor en medio de nosotros? Precisamente para ayudarnos en nuestra debilidad. La fe que salva es aquella que nace de la experiencia personal de que cuando no existe ninguna ayuda posible ante problemas que no podemos solucionar, el Señor Jesús nos ayuda a resolverlos siempre que lo invocamos. Ser conscientes de esta ayuda, es lo que reafirma nuestra fe.

¿Has experimentado en tu vida la obra del Señor? ¿Has dicho alguna vez, “sin duda esto es obra del Señor, porque para mí era totalmente imposible”? Si es así, alégrate, porque eso demuestra que para ti el Señor Jesús es algo más que una figura que flota en una nube.

 

 

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

 

 CITAS BÍBLICAS: 

 Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

En el evangelio de hoy encontramos a una madre que bien merecería recibir el epíteto de “Madre Coraje.” Se trata de una mujer cananea y, por tanto, extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y, conociendo la llegada al lugar del Señor Jesús, lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y para nosotros difícil de poner en sus labios: «No está bien echar a los perros (la versión actual suaviza la expresión diciendo perritos) el pan de los hijos». Perro es el nombre que los judíos empleaban al referirse a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios. La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje sorprende por completo al Señor Jesús que, admirado, responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija. En esta ocasión se hacía realidad la frase que, en el evangelio de san Marcos, el Señor dirige al padre del endemoniado epiléptico cuando éste dice al Señor: «Si puedes… él, le responde: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree». En el pasaje de hoy parecía imposible que el Señor atendiera a esta madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, ante tamaña fe, no puede negarse y realiza el milagro.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

No quisiéramos pasar por alto la última frase del fragmento de la Carta a los Romanos de san Pablo. Dice así: «Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos». Se trata de una frase lapidaria. ¿Cómo podemos interpretar esta frase? Nuestra actitud de desobediencia no está impulsada por Dios. Dios no nos hace desobedecer, pero nos da la libertad, sabiendo de antemano que la utilizaremos mal y caeremos en desobediencia. De esta forma, ante nuestro pecado, Él podrá manifestar su misericordia. ¿A qué nos lleva esto? Pues, sencillamente, al convencimiento de nuestra condición de pecadores, sin que ello llegue a producir en nosotros escándalo. Somos pecadores y el Señor no se escandaliza ni nos rechaza por ello. Todo lo contrario, ante nuestra rebeldía, ante nuestros pecados, él responde con misericordia. 

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». 

 

 CITAS BÍBLICAS: 1Re 19, 9a.11-13ª * Rm 9, 1-5 * Mt 14, 22-33

Después de haber multiplicado los panes y los peces y de que la gente se haya saciado, el Señor, quizá para evitar la complacencia y los halagos de la gente, apremia a los discípulos a que suban a la barca, se hagan a la mar y crucen hasta la otra orilla. Él, entre tanto, despide a la gente y luego sube sólo al monte para orar.

La noche ha caído y la barca se encuentra muy lejos de tierra sacudida por las olas porque el viento es contrario. De madrugada el Señor se les acerca caminando por encima del mar. Ellos, sin reconocerlo, llenos de miedo gritan creyendo que es un fantasma. Jesús les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Traslademos ahora este pasaje a nuestra vida. Todos nosotros navegamos por el mundo en la barca de nuestra vida. Como les sucede a los discípulos, en esa navegación encontramos multitud de dificultades. Nos enfrentamos a problemas que son muy personales, a problemas familiares, de trabajo, de salud, de convivencia con los demás, etc. El viento nos es contrario. Nos encontramos solos sin que nadie nos ayude. Con frecuencia caemos en el desánimo. Nos ocurre como a los discípulos que no son capaces de distinguir la presencia del Señor, es más, lo confunden con un fantasma.

El Señor, sin embargo, no abandona nunca a los suyos. Aprovecha estos momentos de dificultad para hacerse presente en nuestra vida, y, como en el evangelio, nos dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». No temas, te dice, yo estoy contigo. Como discípulos del Señor somos afortunados, porque la fe nos da la certeza de que Él nunca abandona a los suyos, siempre está presente. Sólo hace falta saber distinguir su figura en medio de la bruma o de la oscuridad de la noche.

Pedro, como siempre, el más impetuoso, dice al Señor: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». El Señor, responde: «Ven». Pedro baja de la barca y echa a andar sobre el agua acercándose a Jesús. Sin embargo, de momento, y debido a la fuerza del viento, en vez de mirar a Jesús, se mira a sí mismo, empieza a hundirse y grita: «Señor, sálvame». El Señor Jesús se acerca, lo agarra de la mano y le dice: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?».

Es de notar que el Señor cuando llama a Pedro, no hace nada para que el mar se tranquilice, o para que el viento cese. Lo hace caminar sobre las olas encrespadas y con un viento impetuoso. Pedro, en tanto en cuanto camina con la mirada puesta en el Señor no se hunde, pero cuando deja de mirar al Señor, cuando se mira a sí mismo, cuando constata su realidad, es cuando empieza a hundirse.

También esta parte del evangelio arroja luz sobre nuestra vida. La vida es para nosotros en muchas ocasiones como un mar encrespado. El mar es símbolo de la muerte. La única manera de caminar sin hundirnos, sin que los acontecimientos negativos de la vida nos destruyan, es caminar con la mirada puesta en Aquel que, por haber vencido a la muerte, tiene poder de salvar de la muerte.

Es necesario, pues, caminar con los ojos puestos en el Señor, que significa, poniendo nuestra confianza en él. Si hacemos como Pedro, si nos miramos a nosotros mismos, si vemos nuestras deficiencias y pecados, sin duda nos hundiremos. Tú y yo, somos seres que por nuestros méritos no merecemos la salvación, pero a los ojos del Señor, que nos ama sin condiciones, somos perfectos. El Señor, como a Pedro, no retirará de nuestra vida las dificultades. Continuaremos teniendo los mismos problemas, pero la diferencia será que, si caminamos apoyados en él, no nos hundiremos y podremos superar todas las dificultades.

 

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVIII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

«DADLES VOSOTROS DE COMER»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 1-3 * Rm 8, 35.37-39 * Mt 14, 13-21  

El Señor Jesús, enterado de la muerte de Juan el Bautista, desea retirarse con sus discípulos a un lugar tranquilo y apartado para descansar. Sin embargo, la inmensa multitud que le sigue descubre el lugar, y altera por completo sus planes. En este punto el evangelista nos muestra el corazón del Señor cuando nos dice: «viendo al gentío, le dio lástima». ¿Qué nos hace presente esto? Pues, muy sencillo. Nos muestra que el corazón del Señor no es un corazón duro y ajeno al sufrimiento del hombre, al tuyo y al mío. Él, cuando nos ve a ti y a mí en la lucha diaria, cuando contempla los problemas que nos abruman tanto en lo material como en lo espiritual, no se queda impávido viendo como sufrimos, sino que su corazón se enternece, siente lástima de nosotros, como la experimentó ante aquellos que le buscaban.

¿Cómo responde a la gente? Dándoles una palabra de aliento y consuelo, y, atendiendo también a sus necesidades físicas, cura sus enfermedades. Sabe muy bien cuál es su misión y nos demuestra que para la evangelización no existe el tiempo de descanso. No existen las vacaciones. También tú y yo, que nos llamamos sus discípulos, estamos llamados en todo momento y ocasión, como dice san Pedro en su carta, a dar razón de nuestra fe, dando a conocer a los que nos rodean el amor y el perdón de los pecados que Dios-Padre nos ha otorgado a todos en la Cruz del Señor Jesús.

Atendiendo pacientemente a todos los que le piden ayuda, empieza a caer la tarde. Los discípulos le hacen ver que están en descampado y le sugieren que despida a la gente para que busquen comida en las aldeas cercanas. La respuesta es tajante y los deja totalmente descolocados: «Dadles vosotros de comer». ¿Cómo, le dicen, si no tenemos más que cinco panes y dos peces? Y, una vez más acontece el milagro. Con esos cinco panes y dos peces da de comer a más de cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. No queremos pasar por alto esta respuesta del Señor porque hoy ha resonado para cada uno de nosotros. A ti y a mí que nos llamamos cristianos, discípulos de Jesús, Él, nos dice: Dadles de comer. Si nos fijamos en nuestra sociedad observaremos hasta qué punto está dominada por la mentira y el egoísmo. La gente está hambrienta por escuchar la verdad, por escuchar algo en lo que se pueda confiar. Tú y yo, sin merecerlo, conocemos esa verdad. Conocemos el amor de un Dios que ama y perdona sin límite. Un Dios que no anota en su libreta cada uno de nuestros fallos, sino que los comprende, los perdona y olvida. Es necesario, pues, que demos a conocer a los demás ese Dios mediante nuestra vida. Que todos viendo nuestra conducta se encuentren con Él.

Vemos la obra del Señor y nos consuela. Con su predicación reparte abundante alimento espiritual a todos los que le siguen. Les da primero el alimento del alma porque sabe que «no sólo de pan vive el hombre, pero se preocupa también en dar alimento a nuestro cuerpo. Como ha venido a extender con su predicación el reino de Dios, da prioridad a la evangelización. Después se preocupará también del alimento físico. Teniendo en cuenta este orden de cosas, hará realidad aquellas palabras suyas cuando nos decia: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura».

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVII DE TIEMPO ORDINARIO -A-

EL REINO DE LOS CIELOS SE PARECE A UN TESORO...

 

 CITAS BÍBLICAS: 1Re 3,5.7-12 * Rm 8, 28-30 * Mt 13, 44-52

En este domingo la Liturgia nos presenta otras tres de las llamadas Parábolas del Reino. Hoy es Señor Jesús nos propone la parábola del Tesoro escondido, la de la Perla preciosa y la de la Red.

Ante estas parábolas se nos hace presente el evangelio de uno de los pasados domingos, cuando el Señor daba gracias al Padre por haber revelado a los pequeños los secretos del Reino. Hoy, tanto el que encuentra el tesoro en el campo como el mercader en perlas finas, sabe evaluar de inmediato el valor de lo que ha hallado, y no duda en desprenderse de lo que tiene para adquirir el campo o comprar la perla preciosa.

Sería estupendo que nosotros fuéramos capaces de identificarnos con la persona que encuentra el tesoro o la perla. Veamos ¿por qué? ¿Somos conscientes del inmenso regalo que nos ha hecho el Señor a través de la Iglesia dándonos a conocer el amor que Dios nos tiene, su gran misericordia y el perdón de nuestros pecados? ¿Hay una felicidad más grande que experimentar que el Señor nos ama gratuitamente sin exigirnos nada a cambio y sin tener en cuenta nuestros pecados? Ese es un gran tesoro que la mayoría de la gente desconoce.

Fijémonos cómo viven muchos de nuestros vecinos o familiares. Andan preocupados en extremo por el dinero, el trabajo, los afectos, la salud, etc. Se afanan por conseguir la felicidad en su vida, pero comprueban una y otra vez que es imposible lograrla. Buscan entonces llenar su vacío interior con la diversión, los deportes, las drogas, etc. Es una manera de alienarse, de emborracharse, para no afrontar la realidad. Porque la marga realidad es que no está en nuestras manos o en nuestro esfuerzo alcanzar aquello que llena nuestro corazón y nos hace felices.

A nosotros el Señor Jesús, a través de su Iglesia, nos ha mostrado ese tesoro, pero para alcanzarlo es necesario hacer lo que hacen los protagonistas de estas parábolas: vender todo lo que tienen para adquirir el campo o la perla. San Pablo lo entendió muy bien, por eso nos dice en su carta a los Filipenses: «lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo». Vemos, pues, que no tuvo inconveniente en hacer lo que hicieron los protagonistas de estas parábolas, renunciar a todo con tal de conseguir el tesoro o la perla.

Podemos considerarnos afortunados porque el Señor nos ha hecho partícipes de los secretos de su corazón. Nos ha mostrado cuál es el camino de la vida y cómo alcanzarla, pero es necesario que por nuestra parte no defendamos las baratijas que hemos ido almacenando, sino que, como los dos personajes de las parábolas, nos desprendamos de todo aquello que nos impide alcanzar la verdadera felicidad.

No seamos necios y no continuemos pidiendo la vida a los ídolos del mundo que nos esclavizan. El dinero, los afectos, el sexo, etc., son ídolos mudos que nos exigen cada vez más, y que nos atan impidiéndonos ser verdaderamente libres.  

 

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

 

CITAS BÍBLICAS: Sb 12, 13.16-19 * Rom 8, 26-27 * Mt 13, 24-43 

En este domingo XVI del tiempo ordinario, el evangelio trae a nuestra consideración tres parábolas que hacen referencia al Reino de los Cielos. La parábola de la Cizaña, la del Grano de Mostaza y la de la Levadura, son tres de las parábolas conocidas como Parábolas del Reino. Nosotros, sin embargo, a diferencia de lo que hacemos cada semana hablando del evangelio, queremos centrar nuestro comentario en la primera Palabra que se proclamará, y que está tomada del capítulo 12 del Libro de la sabiduría.

En estos tres breves versículos el Espíritu Santo nos da a conocer un Dios-Padre totalmente distinto a la figura que de él hemos tenido desde siempre. Empezará diciendo: «Fuera de ti, no hay otro dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia». El Shemá nos dice en el Deuteronomio: El Señor es uno. No existe otro dios fuera de él. Es inútil seguir los dictados del mundo que cada día nos muestra falsos dioses para que les demos culto pidiéndoles la vida: el dinero, el poder, la salud, etc., ninguno de ellos es capaz de satisfacer por completo nuestro corazón.

A continuación, viene una frase capaz de serenar nuestro interior y de hacer que desaparezca de él todo temor: «Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos». El perdón de Dios es universal y sin condiciones. Nos lo ha otorgado a todos totalmente en la Cruz del Señor Jesús. Sólo queda excluido de él aquel que conscientemente lo rechaza. Siguen palabras capaces de levantar el ánimo del mayor pecador: «Juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia porque puedes hacer cuanto quieres».

El Señor, que conoce nuestra debilidad e impotencia para obrar el bien, sabe de antemano que caeremos una y mil veces. Por eso, sigue diciendo la Palabra: «Diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». No hemos de escandalizarnos por tanto al comprobar nuestra condición pecadora. El Señor no lo hace, y, aunque odia al pecado porque nos hace infelices, en cierto modo, lo necesita para poder poner de manifiesto su misericordia. Él, como el Padre del Hijo Pródigo, espera siempre nuestro regreso con los brazos abiertos.

Dios, dice san Juan, es amor. Si nos ha dado una Ley, no lo ha hecho con la exigencia de que nos esforcemos en cumplirla. Él sabe que, para nuestra naturaleza, herida por el pecado, eso es imposible. No ha dispuesto que nos salvemos por las obras de la Ley, sino que quiere que sea la Ley el foco que alumbre nuestro camino para que no nos perdamos.

Resumiendo, y lo decimos con lágrimas en los ojos, el amor que el Señor siente por cada uno de nosotros, sus hijos, desborda por completo toda lógica. Nos ama, como decíamos la semana pasada, a fondo perdido. Nos ama hasta el punto de que, si para él fuera posible experimentar dolor y sufrimiento, lo experimentaría cada vez que uno de nosotros, usando mal de nuestra libertad y apartándonos de Él, cayéramos en la condenación.

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen» 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 10-11 * Rm 8, 18-23 * Mt 13, 1-23

Hoy el Señor Jesús nos propone en el evangelio una de sus parábolas más conocidas, la Parábola del Sembrador. Elige esta parábola porque tiene en cuenta al auditorio que tiene delante. Es gente que al hablarles del cultivo del campo conocen perfectamente el tema y, por tanto, entenderán sin dificultad lo que pretende explicarles. Sin embargo, y, según lo que dice a sus discípulos después, en esta ocasión habla en parábolas para que «Miren sin ver y escuchen sin oír ni entender». De esta manera, hallará cumplimiento la palabra de Isaías al respecto cuando dice que oirán con los oídos sin entender y mirarán con los ojos sin ver, porque tienen el corazón duro y se resisten a convertirse.

En la parábola el Señor dice que salió el sembrador a sembrar y la semilla cayó en distintos lugares del campo: una en el camino, otra en zona pedregosa, otra entre zarzas y, finalmente la última en terreno fértil. Únicamente esta última, que cayó en tierra mullida y fértil, dio abundante fruto. A diferencia de otras ocasiones, en ésta, el Señor Jesús al terminar únicamente se limita a decir: «El que tenga oídos que oiga.» No da, por tanto, explicación alguna de la parábola a los que le escuchan. Aparte, sin embargo, explica a sus discípulos el significado. No todos los que escuchan la Palabra del Reino la reciben del mismo modo. La semilla caída en el camino representa a aquellos que no la entienden y viene el Maligno y la arrebata. Los del terreno pedregoso son aquellos que la reciben con alegría, pero las dificultades y persecuciones hacen que, por falta de tierra y humedad, apenas germinada se seque y muera. Los sembrados entre zarzas escuchan la Palabra y la aceptan, pero las preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan. Finalmente, la semilla que cae en tierra mullida y fértil representa a aquellos que reciben la palabra, la entienden y la aceptan y, como consecuencia, da en ellos fruto abundante.

Sería de desear que, ahora, cada uno de nosotros analizara cómo recibe la Palabra. ¿Eres camino, pedregal, zarzal o tierra fértil? ¿La escuchas y sólo se queda en palabras que se lleva el viento?  ¿Te produce de momento alegría, pero sólo se queda en eso? ¿Estás atento cuando se proclama pensando que es el mismo Señor el que te alecciona, te corrige o consuela, siendo muy útil para tu vida? De cual sea nuestra actitud dependerá el escaso o abundante fruto que la Palabra vaya a producir en nuestra propia vida.

Tener conocimiento de todo esto nos ha de llevar al agradecimiento. No todo el mundo lo conoce. Son los secretos de los que hablaba el Señor la semana pasada y que quedan confirmados por lo que nos dice hoy: «Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron».  

 

 

 

 

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

«MI YUGO ES LLEVADERO Y MI CARGA LIGERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Za 9, 9-10 * Rm 8, 9.11-13 * Mt 11, 25-30

La Liturgia nos regala este domingo un trozo del evangelio de san Mateo de una belleza y una ternura incomparables. Un evangelio capaz de serenar nuestro ánimo y de hacer que de nuestro corazón salga una alabanza y un agradecimiento total hacia el Padre.

El Señor Jesús viendo la obra que el Padre realiza en cada uno de nosotros, los más pequeños, exulta lleno de gratitud y le da gracias desde lo profundo de su corazón. Le da gracias al Padre porque no ha buscado a sabios e inteligentes para darles a conocer sus misterios, sino que se ha complacido eligiendo a los pobres, a los pequeños, a la gente sencilla.

Nosotros, los discípulos del Señor, somos esa gente sencilla en la que el Padre se ha complacido dándonos a conocer sus misterios. ¿Cuáles son esos misterios podemos preguntarnos? En primer lugar, su amor. Un amor que a diferencia del amor humano es gratuito. A nosotros nos es difícil amar a aquellos que no corresponden a nuestro amor como nos gustaría. Dios, sin embargo, nos ofrece su amor a fondo perdido. Desea que lo amemos porque sabe que en amarlo radica nuestra felicidad, pero no nos impone amarlo a la fuerza, sino que respeta la libertad que nos ha dado. Junto al conocimiento de su amor, nos ha hecho partícipes de su perdón. Son muchas las veces que consciente o inconscientemente, obramos en contra del plan que ha trazado para nosotros. No hacemos aquello que a él le agrada y que él nos propone para nuestra felicidad. En esas ocasiones, de su corazón de padre amantísimo no nace el rencor y el deseo de tomar en cuenta nuestras transgresiones, sino que espera pacientemente que nosotros volvamos el rostro hacia él. Para ello, pone en nuestro camino acontecimientos que nos ayuden a descubrir que estamos equivocados. Cuando lo hacemos, no recibimos el menor reproche, sino que solo encontramos unos brazos amorosos abiertos para abrazarnos.

Otro secreto del que nos ha hecho partícipes es conocer que nuestra vida terrena es sólo un camino que nos conduce a la verdadera vida, a la vida eterna. Aquí sólo estamos de paso. Somos ciudadanos del cielo donde él nos espera. Tener este convencimiento, nos ayuda a no instalarnos, a vivir cada día como un regalo, pero sin pegarnos a esta tierra.

Vivir todo esto, vivir de esta forma, no es fácil, porque nuestra naturaleza humana está herida por el pecado. Es normal pues, que tengamos que enfrentarnos a dificultades, enfermedades y problemas de todo tipo. Es normal también que aparezcan agobios y cansancio. Pero no desesperemos. Hay solución. Oigamos lo que nos dice el Señor Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontraréis vuestro descanso».

No seamos necios. No aceptemos las soluciones y las consignas que nos ofrece el mundo. Levantemos los ojos al cielo, como nos dice el salmo, porque de allí ha de venirnos la verdadera ayuda.