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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD -A-

"GLORIA AL PADRE, Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO" 

 

CITAS BÍBLICAS: Ex 34, 4b-6.8-9 * ICo 13, 11-13 * Jn 3, 16-18

En el domingo siguiente a la solemnidad de Pentecostés la Iglesia pone ante nuestra consideración la figura de la Santísima Trinidad, que es ni más ni menos, el misterio que encierra la misma esencia de Dios.

Podríamos caer en la tentación, como ya ocurrió en los primeros siglos de la Iglesia, de intentar razonar y comprender lo que no está al alcance de nuestra razón, y por lo tanto es incomprensible para el hombre. Querer dar explicación a la misma esencia de Dios, es pretender con nuestra razón igualarnos a Él.

San Juan define a Dios en su primera epístola diciendo que Dios es amor. Para que el amor pueda manifestarse, es necesaria, al menos, la existencia de dos personas. Dentro de la Santísima Trinidad estas dos personas son, el Padre y el Hijo, que, amándose profundamente desde toda la eternidad, son el origen de la tercera persona: el Espíritu Santo.

Las tres personas de la Santísima Trinidad que constituyen un solo Dios se manifiestan a través de acciones muy definidas en tu vida y en la mía. Dios Padre pensó en ti desde toda la eternidad y te amó. Ese amor es el que te dio la vida y te hizo semejante a Él. Somos semejantes a Dios en dos aspectos. En primer lugar, porque somos hechura de sus manos, tenemos la facultad de poder experimentar el amor, y a la vez, poder amar. Por otra parte, nos parecemos a Él porque estamos dotados de libertad, para no vernos obligados a amar a la fuerza.

Dios, pues, te creó semejante a Él para que como Él y con Él, fueras feliz. Sin embargo, tu soberbia y la mía nos hizo romper con el Amor. Quisimos ser autónomos y no aceptamos que otro fuera el que trazara las reglas del juego. Esta rebeldía nos hizo caer en la infelicidad y a la vez nos sometió a la muerte. Dios-Padre podría habernos dejado abandonados a nuestra suerte, pero sus entrañas de misericordia se rebelaron ante esta posibilidad, y trazó de inmediato para ti y para mí un plan de salvación.

Dispuso que su Hijo único se revistiera de una naturaleza mortal como la nuestra, se encarnara y hecho semejante a nosotros, experimentara todo lo que es inherente a la naturaleza humana. Quiso Dios que nada humano fuera extraño a la existencia de su Hijo. Solo en un aspecto fue totalmente distinto a ti y a mí: no pudo en modo alguno, conocer el pecado. Sin embargo, lo que sí experimentó fueron las consecuencias que el pecado trae consigo: enfermedades, sufrimientos, angustias, cansancio, soledad y finalmente la muerte, de nada de esto se libró el Señor.

Con su palabra y con su vida vino a darnos conocimiento de que nunca Dios-Padre, había retirado de nosotros su amor. Que nos seguía y nos sigue queriendo a pesar de nuestros desvaríos. Nos mostró el camino de la verdadera felicidad, nos liberó de la esclavitud de la muerte y nos abrió de nuevo las puertas del paraíso.

Después de realizada su Pascua y para que se cumplieran las palabras del Padre «Seréis santos porque yo vuestro Dios soy santo», envió desde el seno del Padre al Amor, al Consolador, al Santificador, al Espíritu Santo. Él tiene como misión hacernos presente cada día el amor sin condiciones del Padre. Él tiene como misión estar con nosotros hasta la consumación de los siglos defendiéndonos del maligno, fortaleciéndonos en nuestras luchas diarias, consolándonos en nuestras caídas y fracasos, testimoniando a nuestro interior que somos hijos de Dios y arraigando en nuestra vida la esperanza de la vida eterna.

El Señor Jesús afirmó en una ocasión: «Por sus frutos los conoceréis». Pues, esto mismo es lo que nos ocurre a ti y a mí cuando contemplamos el Misterio de la Trinidad. Si bien somos incapaces de penetrar en él, podemos llegar a cada una de la Divinas Personas constatando la obra que realiza en nuestra vida.

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

DOMINGO DE PENTECOSTÉS - A

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 1-11 * 1Cor 12, 3b-7.12-13 * Jn 20,19-23 

La misión que el Padre ha encomendado al Señor Jesús aquí en la tierra ha llegado a su fin. Hemos podido contemplar el desarrollo de esta misión durante todo el año litúrgico: Encarnación, Nacimiento, vida oculta, vida pública, Anuncio del Reino, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión al Cielo.

Para continuar y actualizar su misión salvífica en todas las generaciones hasta el fin de los tiempos, el Señor Jesús ha fundado su Iglesia. Ella será la encargada de hacer llegar la Buena Noticia de la Salvación a todas las gentes.

Aunque las tres Divinas Personas han estado siempre presentes en todos los momentos de la historia, atribuimos a cada una de ellas una determinada función. En un principio la de Creador al Padre, la de Redentor al Hijo durante su estancia entre nosotros y, finalmente, la de Santificador al Espíritu Santo. Queremos centrar hoy nuestra atención en esta última Divina Persona. En este domingo celebramos, precisamente, la efusión en Pentecostés del Espíritu Santo. El Señor Jesús ha fundado su Iglesia, pero Él, aunque siempre presente en ella, ha dejado el testigo, como en una carrera de relevos, en manos del Espíritu Santo. Será su acción la que lleve a plenitud la misión de la Iglesia. Es en Pentecostés y por obra del Espíritu Santo, donde la Iglesia alcanza su mayoría de edad, pues en todo lo que se lleva a cabo en ella está siempre presente el Espíritu Santo. Todos los Sacramentos, incluyendo el perdón de los pecados y la Eucaristía, son fruto de la acción del Espíritu Santo

El Espíritu Santo es el que nos abre las Escrituras, transformando la letra escrita en Palabra de Vida. Es nuestro Defensor ante los ataques continuos de nuestro enemigo el maligno. En nuestra debilidad nos otorga fortaleza. En nuestros momentos de tristeza y desánimo es nuestro consuelo. Él conoce nuestra pobreza y nuestros pecados, pero en vez de juzgarnos y castigarnos, comprende nuestra debilidad y está siempre a nuestro lado para darnos ánimo. Nunca nos rechaza. Todo lo expuesto se queda corto ante la obra que lleva a cabo en nuestra vida, sin embargo, no queremos dejar de señalar uno de los frutos más grandes de su presencia en nuestra vida. Es Él, el que, en lo profundo de nuestro corazón, nos da la certeza de que somos hijos de Dios.

A la figura del Espíritu Santo dentro de la Iglesia no siempre se le ha dado la importancia que merece. Llegó a llamársele el Gran Desconocido. La razón a esta falta de relevancia, hay que buscarla en que ha tenido que competir con la gigantesca figura del Señor Jesús que lo ha dejado un tanto en la sombra, sin tener en cuenta que siempre ha estado presente en los acontecimientos fundamentales de la vida del Señor. Ha sido el Concilio Vaticano II el que ha hecho emerger su figura de una manera rotunda. Insistimos en afirmar que sin su continuada presencia no se podría concebir la existencia de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que lleva a plenitud la obra realizada por el Señor Jesús. En el evangelio de san Juan nos dice: «Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad completa». Es el Espíritu Santo el que ahora lleva el timón de la Iglesia. Él, en nuestra vida, es el abogado defensor, el Paráclito. Él, como dice san Pablo es el que realiza en nosotros el querer y el obrar. Es el padre de los pobres. Es el que nos hace presente el perdón y la misericordia de nuestro Dios. Él, en fin, es el único que nos ama en nuestra realidad de pecado, sin exigirnos nada a cambio. Es el don, el regalo que el Señor Jesús nos prometió antes de subir al cielo.    

DOMINGO VII DE PASCUA – ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

DOMINGO VII DE PASCUA – ASCENSIÓN DEL SEÑOR -A-

«ID AL MUNDO ENTERO Y PROCLAMAD EL EVANGELIO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 1, 1-11* Ef 1, 17-23 * Mt 28, 16-20

En este día celebramos que el Señor Jesús después de consumar su Pascua y de estar durante cuarenta días resucitado apareciéndose a sus discípulos, ascendió al cielo y está sentado a la derecha de poder de Dios.

San Pablo, en su carta a los Filipenses, nos dirá que, por haber asumido la condición de esclavo, por no haber retenido ávidamente su divinidad, por haberse humillado hasta el extremo, Dios Padre lo levantó, lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Celebramos, pues, que uno de los nuestros, con la misma naturaleza humana, con un cuerpo que, si bien ahora es glorioso, es idéntico al nuestro, está sentado a la derecha de Dios y ha sido constituido Señor del universo.

Este acontecimiento no es en modo alguno ajeno a nuestra vida. El Hombre-Dios, Cristo Jesús, ha penetrado en el cielo. Nosotros, que somos su Iglesia, somos miembros de un cuerpo del que Él es la cabeza. Del mismo modo que en el nacimiento de una criatura cuando ésta saca la cabeza del vientre de la madre, inmediatamente le sigue el resto del cuerpo, así también nos ocurre a nosotros. Nuestra cabeza que es Cristo está en el cielo, y nosotros, su cuerpo, unidos a Él somos arrastrados penetrando también en el cielo.

Los acontecimientos vividos por el Señor Jesús a lo largo de su vida terrena, su entrega, su humillación y su muerte, hechos extremadamente negativos a los ojos del mundo, han sido el motivo de su glorificación. Si Cristo no hubiera pasado por ellos, no hubiera sido constituido por el Padre como Señor todo lo creado. La negación de sí mismo, los sufrimientos, los desprecios que padeció, fueron el camino de su exaltación.

Lo ocurrido al Señor Jesús arroja luz sobre todo aquello que nos sucede a nosotros. Todos los acontecimientos de nuestra vida tienen sentido. Nada sucede en vano. Todo entra dentro del plan de salvación que ha diseñado el Padre para nosotros. Las humillaciones, los sufrimientos, la muerte, que tienen su origen en el pecado, escandalizan al mundo y le hacen blasfemar de Dios. Sin embargo, para los elegidos, para los creyentes, para nosotros, son el camino que lleva a la salvación.

Hemos dicho que el Señor Jesús está sentado a la derecha del poder de Dios. ¿Cómo afecta este acontecimiento a nuestra propia vida, podemos preguntarnos? Cristo Jesús ascendido al cielo posee todo poder. Todo le ha sido sometido. Nosotros, que somos miembros de su cuerpo, aquí en la tierra seguimos bajo el dominio del mal. Muchos acontecimientos de nuestra vida nos desbordan. Con frecuencia no podemos resistir a las seducciones del mal. Se nos presentan enfermedades, problemas económicos, problemas familiares, etc., ante los cuales nos hallamos totalmente indefensos, y que nos desbordan haciendo que experimentemos nuestra propia impotencia. También nos hacen sufrir nuestras inclinaciones pecaminosas, nuestros vicios ocultos, nuestro genio, nuestra soberbia, que van minando nuestro carácter y nos amargan la existencia. Pues bien, el Señor Jesús ha sido constituido por el Padre Señor de todo lo que nos amarga y nos hace infelices. Donde está tu impotencia, aparece su poder, donde está tu debilidad, se manifiesta su fuerza. Solo hace falta que tú y yo, en esos momentos en que se nos cierra el cielo lo invoquemos, lo llamemos, le gritemos y le digamos con fuerza: ¡Señor, no puedo! ¡Ayúdame! Tengamos la certeza de que, si ponemos en Él nuestra confianza, no quedaremos nunca defraudados.

 

 


DOMINGO VI DE PASCUA -A-

DOMINGO VI DE PASCUA -A-

«SI ME AMÁIS GUARDARÉIS MIS MANDAMIENTOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 8, 5-8.14-17 * 1Pe 3, 15-18 * Jn 14, 15-21

En nuestra vida demostramos nuestro amor o aprecio hacia otra persona haciendo aquello que le agrada. Vemos esto con claridad en la relación entre los esposos, los novios, los padres e hijos o entre los verdaderos amigos. Precisamente por esto, hoy, el Señor, empieza el evangelio diciendo a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos». Dicho con otras palabras: si me amáis, haréis aquello que me agrada.

Podemos preguntarnos por qué el Señor Jesús hace esta observación a los discípulos, a la vez que nos la hace también a nosotros. ¿Por qué el Señor nos invita a guardar sus mandamientos? ¿Necesita para algo nuestra obediencia? Evidentemente, no. Nuestra obediencia o nuestra desobediencia, no le afectan para nada, ni le añaden ni le quitan gloria. Lo que pasa es que como siente hacia nosotros un amor inmenso, sabe que nuestra felicidad radica en llevar a cabo su voluntad siendo dóciles a sus indicaciones. Él sabe que ese es el único camino que nos conducirá a ser verdaderamente felices.

Por otra parte, el Señor conoce nuestra imposibilidad material de cumplir aquello que nos manda. Sabe que por el pecado estamos tarados y que para cumplir sus mandamientos no basta con que nosotros lo queramos, necesitamos su ayuda. Él sabe, sin embargo, que se marcha. Por eso nos promete el envío del Paráclito, del Defensor, del Espíritu de la Verdad. Necesitamos a alguien que por un lado nos dé fuerzas para obrar el bien, y que por otro lado nos defienda del enemigo que no solo nos empuja hacia el mal, sino que, además, cuando caemos, nos echa en cara nuestra debilidad y nuestro pecado para hacernos dudar del perdón de Dios.

La misión del maligno es sembrar en nosotros el desasosiego, la inquietud. Quiere hacernos ver que no servimos para esto. Que, en cada una de nuestras confesiones, repetimos una y otra vez los mismos pecados. Nuestro deseo de no volver a pecar, de no caer en las mismas debilidades, solo dura unas pocas horas o a lo sumo unos cuantos días. Somos reincidentes. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra sin que seamos capaces de enmendar nuestra conducta. Esta situación la aprovecha el demonio para decirnos que es tonto que nos resistamos ¿Para qué continuar dándole vueltas? Dejaos de mandamientos y mandangas y dedicaos a vivir la vida sin complicaros demasiado la existencia, nos dice.

La misión del Espíritu Santo es la contraria. Cada vez que caemos, cada vez que pecamos, nos susurra al oído: no te preocupes, no pasa nada. Yo te quiero. Yo amo al pecador y nunca, nunca lo rechazo. ¡Ánimo! Lo importante no es la caída, sino el levantarte y continuar el camino. Yo estoy a tu lado para ayudarte. No desmayes, confía en mí.

El Señor, que ha anunciado a sus discípulos su inminente partida sabe que están tristes, por eso les dice: «No os dejaré desamparados, volveré. El mundo no me verá, pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo». Estas son palabras consoladoras. Aunque el Señor se va no quiere dejarnos huérfanos, por eso nos promete que estará junto a nosotros hasta el fin de los tiempos. El mundo no lo verá porque tiene los ojos cegados por la ambición, el dinero, el sexo, el poder, etc., pero nosotros sí lo veremos, sí que constataremos su presencia y su ayuda en los acontecimientos buenos, y en aquellos que el mundo considera adversos.

Que nuestra oración diaria sea la de aquellos discípulos que, camino de Emaús, apremian al Señor diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».

 

DOMINGO V DE PASCUA -A-

DOMINGO V DE PASCUA -A-

"YO SOY EL CAMINO Y LA VERDAD Y LA VIDA" 

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 6,1-7 * 1Pe 2, 4-9 * Jn 14, 1-12 

El fragmento del evangelio que hoy nos propone la Iglesia, está tomado del discurso de las despedidas del evangelio de san Juan. Jesús sabe que está cerca su hora y que está a punto de dar cumplimiento a la misión que el Padre le ha encomendado. Está con sus discípulos en la Última Cena y quiere darles las últimas recomendaciones antes de separarse de ellos.

Después de los acontecimientos que han vivido los últimos días y de lo que el Señor Jesús les ha ido adelantando respecto a su persona, los discípulos están un tanto nerviosos e intranquilos. Por eso lo primero que el Señor les dice es: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo… y adonde yo voy ya sabéis el camino». Tomás, un tanto extrañado replica: «Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?». El Señor Jesús le mira y responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí». Ante esta respuesta, Felipe, no puede contenerse y exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta del Señor no puede ser más contundente: «Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

Este diálogo del Señor con sus discípulos, lo tiene hoy contigo y conmigo. También nosotros tenemos motivos para estar intranquilos. Solo hace falta echar un vistazo a los acontecimientos que estamos viviendo a todos los niveles: políticos, laborales, de convivencia, etc. Hace falta tener mucha fe, mucha confianza y mucha entereza para no caer en el desánimo. Del mundo recibimos cada día un bombardeo continuo ofreciéndonos una felicidad pasajera y barata. Por otra parte, comprobamos como aquellos que han vuelto la espalda a Dios y siguen sus apetencias viviendo según sus criterios, aparentemente prosperan y son felices. ¿Cómo es posible esto, nos preguntamos?

Por eso, también a ti y a mí, como a los discípulos, el Señor Jesús nos responde hoy: «No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí… No os dejéis arrastrar por esos espejismos del mundo. Todo son apariencias. La felicidad que os brinda el mundo es pasajera y falsa. Quizá como Tomás también nosotros preguntemos entonces al Señor ¿cuál, pues, es el camino para encontrar esa felicidad y la paz verdaderas? La respuesta no se hace esperar. El Señor Jesús nos dice: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Él es el camino que lleva a la verdad y a la vida. No nos equivoquemos, no nos dejemos confundir. El mundo, la sociedad, nos brindará medios y creencias para conseguir la paz interior. Nos mostrarán otras religiones, sobre todo orientales, para lograr el equilibrio interno. Nos dirán que todas llevan al encuentro con Dios, pero esa afirmación es falsa. A nuestro fin último, a aquel para el que fuimos creados, que es el encuentro con el Amor, el encuentro con nuestro Padre Dios, solo podremos llegar a través de su Hijo Jesucristo. No existe otro camino. Así lo afirma la declaración “Dominus Iesus” de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada por Juan Pablo II. Solo en Él, y a través de Él, encuentra el hombre la salvación. San Pedro lo afirma en los Hechos de los Apóstoles cuando dice: «Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos». El único camino, la única manera que nosotros tenemos para llegar al Padre, es a través de su Hijo Jesucristo, que se hizo hombre para que Dios tuviera un rostro que nosotros pudiéramos contemplar. Así se lo dice el Señor hoy a Felipe en el evangelio: «Quien me ha visto a mí ha visto al Padre».

 

DOMINGO IV DE PASCUA – DEL BUEN PASTOR -A-

DOMINGO IV DE PASCUA – DEL BUEN PASTOR -A-

«YO SOY EL BUEN PASTOR Y CONOZCO A MIS OVEJAS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 14a.36-41 * 1Pe 2, 20b-25 * Jn 10, 1-10

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos presenta al Señor Jesús asumiendo la figura del Buen Pastor. Son bastantes las ocasiones en las que el Señor gusta presentarse ante sus discípulos, encarnando la figura entrañable del pastor. Dios-Padre también lo hace en distintos pasajes del Antiguo Testamento, recordemos por ejemplo el salmo 79 que empieza diciendo: «Pastor de Israel, escucha…»

Corremos el peligro de imaginar el trabajo del pastor de una manera idílica. No nos equivoquemos. Ser un buen pastor implica estar dispuesto a defender al rebaño, hasta el punto de llegar a dar la vida por él si llega el caso. El Señor lo dice en repetidas ocasiones: «Yo soy el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas».

Hoy, en esta sociedad tecnificada en la que vivimos, son muchas las personas que ignoran cuál es el trabajo, la función, que desarrolla el pastor al frente a su rebaño. Ser pastor significa algo más que dedicarse al cuidado de unos animales. Entre el pastor y las ovejas se establece un notable vínculo afectivo. El pastor conoce a cada una de sus ovejas por su nombre y ellas conocen su voz y le obedecen, sucede como hoy lo dice el Señor en el evangelio: «Él va llamando por el nombre a sus ovejas… y ellas lo siguen porque conocen su voz».

El buen pastor ama a sus ovejas y las defiende de los ladrones y de las fieras del campo, hasta el extremo de dar su vida por el rebaño. Cuando se le pierde alguna no tiene inconveniente en dejar a las otras en el aprisco, y lanzarse en su búsqueda entre breñas y barrancos, poniendo en peligro su propia vida. Al encontrarla, no la maltrata ni la hace caminar a empellones. La oveja, por el miedo, está sucia, está mojada, llena de orines y suciedad, pero al pastor esto no le importa, por eso, cargándola sobre sus hombros la devuelve con cariño al redil.

El trato que el buen pastor brinda a sus ovejas es el mismo que el Señor usa con cada uno de nosotros. Él ha dicho repetidas veces: «Yo soy el Buen Pastor y vosotros sois mis ovejas». Para Él, no somos un simple número como ocurre en la sociedad civil, donde se nos identifica por el DNI. Él te conoce a ti y me conoce a mí por nuestro nombre. Conoce nuestras debilidades y nuestros gustos, también nuestros defectos, igual que el pastor conoce los gustos y caprichos de cada una de sus ovejas. Él, no solo está dispuesto a dar su vida por cada uno de nosotros, sino que de hecho ya la ha dado. Él ha cargado sobre sus hombros toda nuestra suciedad y nuestro pecado y, como oveja muda, ha ido al matadero para que no fuéramos ni tú ni yo. Él es el único que nos ama incondicionalmente sin exigirnos nada. No nos obliga a que cambiemos de vida para querernos, sino que nos ama tal y como somos.

De la misma manera que el pastor marcha al frente del rebaño para llevarlo a frescos pastos y a fuentes tranquilas, el Señor camina delante de nosotros para conducirnos a la vida eterna. Por nuestra parte es necesario estar atentos a su voz. Es necesario ser dóciles a su llamada y a sus indicaciones. Nuestra misión, no es otra que la de seguir sus pasos y obedecerle. Él es también, como dice el evangelio de hoy, la puerta de las ovejas. La única puerta que lleva a la verdadera vida: «Quien entre por mí, dice, se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos».

 


 

DOMINGO III DE PASCUA -A-

DOMINGO III DE PASCUA -A-

«QUEDATE CON NOSOTROS»

 

 CITAS BÍBLICAS:  Hch 2, 14. 22-23 * 1Pe 1, 17-21 * Lc 24, 13-35

El fragmento del evangelio que hoy la Iglesia nos propone pertenece a san Lucas. Se desarrolla en la tarde del domingo de la resurrección del Señor. Se trata de un hermoso pasaje en el que podemos ver con facilidad reflejada nuestra vida.

Dos discípulos del Señor Jesús se dirigen desde Jerusalén a la pequeña aldea de Emaús. Comentan preocupados los acontecimientos que han tenido lugar durante esos días en la ciudad. Otro caminante, el Señor, les alcanza y al verlos tan metidos en la conversación les pregunta: ¿De qué habláis con tanto interés? Ellos le miran extrañados y le dicen: ¡Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Él les pregunta: ¿Qué? Ellos le explican todo lo sucedido al Maestro de Nazaret y cómo después de crucificado y sepultado, han sucedido una serie de cosas inexplicables. A él nadie lo ha visto, pero lo cierto es que el cuerpo ha desaparecido del sepulcro, sin encontrar para ello una explicación.

Dice san Lucas, que a continuación el Señor Jesús les va adoctrinando y les va explicando las profecías que se refieren a Él. Ya cerca de la posada, el Señor, al que todavía no han reconocido, hace ademán de seguir el camino, pero ellos le apremian a quedarse diciéndole: «Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída».

Ya en la mesa, lo reconocen en el momento de partir el pan, pero él desaparece de su vista. Entonces, admirados exclaman: «¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?». Y sin dudarlo más vuelven sobre sus pasos y regresan a Jerusalén para contar al resto de discípulos lo que les ha ocurrido en el camino.

A muchos de nosotros puede ocurrirnos lo mismo que a estos dos discípulos. Hemos dicho muchas veces que el Señor Jesús no ha ascendido al cielo y se ha despreocupado de nosotros. Eso iría en contra de sus mismas palabras, cuando momentos antes de su ascensión dice a los discípulos: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Él, pues, permanece en medio de nosotros, aunque seamos incapaces de verlo. No nos ha abandonado, no se ha desentendido de nosotros. Los discípulos de Emaús se han dado cuenta de quién era a través de dos signos. En primer lugar, en la Fracción del Pan y en segundo lugar, ha sido la manera especial de exponerles la Palabra la que ha hecho que su corazón ardiera.

Tenemos la certeza de que el Señor camina junto a nosotros, que como a los discípulos del evangelio, nos acompaña en el camino de nuestra vida. Unas veces se acerca a nosotros a través del mendigo, del indigente que nos alarga la mano. Otras veces lo hace a través de ese niño indefenso o de esa mujer de la que nadie se preocupa. El partir el pan del evangelio, encierra el mayor signo de amor del Señor. Parte el pan, parte su cuerpo y se entrega totalmente a nosotros, para que nosotros no tengamos miedo en hacer lo propio. Él sabe que esa entrega nuestra nos proporcionará la experiencia de encontrarnos con Él resucitado. Ese encuentro nos lanzará como los discípulos de Emaús, a anunciar a los que nos rodean que está vivo y resucitado.

Otra manera de reconocerle es poniéndonos a la escucha de la Palabra. La palabra proclamada es, como dice la Carta a los Hebreos, como espada de dos filos que penetra hasta el corazón. Es palabra de salvación, palabra que ilumina la vida, que tiene poder para salvar. Palabra que, a diferencia de la nuestra, hace realidad aquello que expresa. No podemos, por tanto, quedar impasibles cuando se proclama, sino ver en ella al mismo Señor Jesús que nos habla, nos adoctrina y a través de ella nos manifiesta su inmenso amor.

 

 

 


DOMINGO II DE PASCUA – DIVINA MISERICORDIA -C-

DOMINGO II DE PASCUA – DIVINA MISERICORDIA -C-

«PAZ A VOSOTROS. RECIBID EL ESPÍRITU SANTO» 

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 2, 42-47 * 1Pe 1, 3-9 * Jn 20, 19-31

Terminamos con este domingo la Octava de Pascua. Han sido ocho días que la Iglesia ha considerado como uno solo, en que hemos estado celebrando la victoria del Señor Jesús sobre la muerte.

 Quizá no acabamos de ser conscientes de lo que significa este acontecimiento, en el que el Señor, venciendo las ataduras de la muerte, resucita glorioso después de estar tres días en el sepulcro.

 La importancia que demos al hecho de la resurrección del Señor está directamente relacionada, con la percepción que tengamos del grado de esclavitud en el que vivimos a causa de nuestros pecados. ¿Sientes sinceramente que vives sometido al dominio del pecado y de la muerte, o más bien te encuentras cómodo en tu situación y no necesitas que nadie te libere? Según la respuesta que demos a esta pregunta, daremos más o menos importancia al acontecimiento primordial de la historia, por el que el Señor Jesús, rompiendo las ataduras de la muerte, resucita victorioso para ya nunca más morir.

 La muerte y resurrección del Señor están íntimamente relacionadas con el pecado. La noche de Pascua cantábamos: “Sin el pecado de Adán, Cristo, no nos habría rescatado. ¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor…!” Es el pecado, como dice san Pablo, el que nos hace penetrar en la muerte. Es él el que nos ata, el que impide que seamos felices. Si en tu vida experimentas que eso es así, anhelarás que Cristo venza a la muerte y que te haga partícipe de su resurrección. La resurrección del Señor dejará de ser para ti un acontecimiento histórico, para convertirse en un hecho real, un hecho vivencial.

En la primera aparición a los discípulos que hoy nos narra san Juan, se pone de manifiesto la razón última de la Pasión y Resurrección del Señor. Se ha hecho uno de nosotros, ha cargado con la cruz, ha muerto en ella y ha resucitado del sepulcro para traernos la paz. Él es nuestra paz. Una paz de la que no podemos disfrutar si nos encontramos bajo el dominio del pecado y de la muerte. Por eso, lo primero que hace el Señor es hacer partícipes de su poder como Dios a sus discípulos, dándoles autoridad para perdonar los pecados: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Quizá no acabamos de ser conscientes de que todo el mal que existe en el mundo, abusos de los poderosos, mal reparto de las riquezas, enfrentamientos entre naciones, razas, grupos sociales y hasta a nivel familiar, tienen su origen en el pecado. Él es el que mata en nosotros el amor de Dios y nos hace caer en el más grande egoísmo. Erradicar el pecado y con él el mal en el mundo es imposible. Pero el Señor sabe que el mejor antídoto contra el veneno del pecado es el perdón. Eso es lo que nos ha ofrecido desde la Cruz. Su corazón misericordioso atravesado por la lanza del soldado es testigo del perdón sin condiciones que nos otorga. Prueba de ello son las primeras palabras que hoy dirige a sus discípulos: «Paz a vosotros». No son palabras de reproche. Son las palabras de amor y comprensión que sus discípulos, y también tú y yo, necesitan escuchar de sus labios.

Sin duda, para beneficiarnos de ese perdón es condición indispensable reconocer delante de él nuestras miserias. Pero no temamos, Él es el único que nos ama tal y como somos, y es incapaz de escandalizarse de nuestros defectos. Lo único que quiere es devolvernos la paz que nos ha arrebatado el pecado.