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DOMINGO II DE ADVIENTO - B -

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«PREPARAD EL CAMINO AL SEÑOR, ALLANAD SUS SENDEROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 40, 1-5.9-11 * 2Pe 3, 8-14 * Mc 1, 1-8                    

Como decíamos la semana pasada, son tres las figuras representativas del Adviento: el profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Hoy, san Marcos, en el inicio de su evangelio, nos presenta a Juan el Bautista cumpliendo una de las profecías de Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino». Juan, pues, precede al Mesías, anunciando su llegada.

«Una voz grita en el desierto: Preparadle el camino al Señor, allanad sus senderos». Juan anunciaba esto hace dos mil años, pero su predicación es hoy de una gran actualidad. Tú y yo, estamos llamados por el Señor desde su Iglesia, a anunciar en el desierto donde vivimos, que hay uno que puede devolver la razón de ser y el sentido de la vida, a una sociedad totalmente apartada de Dios. Una sociedad que, por haber dado la espalda a Dios, no halla respuestas adecuadas a unas preguntas que son fundamentales, a la hora de entender el porqué y el cómo de la vida del hombre.

Yo, ¿qué pinto en este mundo? ¿De dónde vengo? ¿Cuál es la razón principal de mi vida? Cuando se ha cerrado el cielo, cuando se vive como dentro de un bunker porque se niega la trascendencia, estas preguntas no pueden hallar respuesta adecuada. Sólo desde la fe, es posible responderlas.

Juan, invita con su predicación a reconocer esta realidad que tiene como origen al pecado. Es necesario reconocer nuestra debilidad, nuestro pecado, aceptando que estamos equivocados, que pedimos la vida a ídolos que no nos la pueden dar: riquezas, honores, sexo, salud, trabajo, belleza, afectos, drogas, política, poder, etc. Cuántas personas que tú conoces, piden la vida cada día a estos ídolos sin lograr alcanzar la felicidad. La vida del hombre, si nos fijamos, transcurre en ese desierto al que alude el evangelio, aunque hacemos lo posible para alienarnos con mil cosas, intentando ignorar esta realidad.

Juan nos llama a conversión.  Nos llama a reconocer sin miedo nuestras debilidades y pecados, porque está para llegar aquel que viene a perdonar y borrar nuestras deficiencias, nuestros pecados y nuestras rebeldías.

Cuando parece que en la sociedad todo está perdido, que los hombres están atrapados por las redes del mal, que el maligno es el que gobierna al mundo, de nuevo Juan nos invita a no desesperar. Viene a decirnos, no todo está perdido. Dios-Padre nos envía un Salvador. Preparaos, estad vigilantes. Se acerca vuestra liberación.

Como ya hemos dicho anteriormente, hoy, la figura de Juan se encarna en cada uno de nosotros. Somos nosotros, los creyentes, los que tenemos la misión de anunciar de palabra y sobre todo con nuestras obras, que el Padre nos quiere, que no juzga nuestras debilidades, y que nos suscita un Salvador. Con Juan podemos decir: nosotros valemos poco, pero detrás de nosotros viene uno que llega para salvar, para devolver el sentido a la vida.

No tengamos miedo o respeto humano a ser testigos, a dar la cara por el único que salva, el único que perdona los pecados, el único capaz de librar de la muerte de cada día. El Señor lo ha hecho contigo, con su ayuda, haz tú lo mismo.  


02/12/2020 17:09 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

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«A VOSOTROS OS DIGO: ¡VELAD!»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16c-17. 19c;64, 2b-7 * 1Cor, 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico. Empezamos con él, el Adviento, dando comienzo a toda la historia de salvación, que podremos contemplar en el transcurso de este año que iniciamos. Nos ayudarán a hacer este recorrido, las lecturas del Evangelio, pertenecientes al ciclo B de la liturgia, tomadas del evangelio según san Marcos.   

Tres serán las figuras fundamentales, protagonistas en la liturgia de la Palabra durante este tiempo de Adviento. El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Las tres nos ayudarán a vivir expectantes el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que culminará con su nacimiento en Belén el día de Navidad.

El Adviento es un tiempo de espera que implica algo más que la preparación al nacimiento del Hijo de Dios. Ciertamente, este tiempo nos prepara a vivir este acontecimiento, pero hay otra espera que debe estar presente siempre en la vida del cristiano. Nos referimos a la segunda venida del Señor Jesús que tendrá lugar al final de los tiempos. Esta espera, no es menos importante que la de esperar el nacimiento del Niño-Dios porque, aunque lejana en el tiempo, significará la culminación de toda la obra de la creación llevada a cabo por las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Para nosotros, es importante hacer presente esta expectación, porque, con frecuencia, vivimos el día a día, como si nuestra vida en este mundo fuera definitiva y por lo tanto no tuviera que terminar. El Adviento nos recuerda que en este mundo sólo somos peregrinos que caminamos hacia una vida plena y feliz, hacia el encuentro definitivo con el Señor en una vida eterna.

El Señor Jesús quiere que nos mantengamos vigilantes, por eso hoy nos dice en el evangelio: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Es necesario, pues, estar expectantes, pero sin que esta venida del Señor cree en nosotros inquietud, porque sabemos que siempre que Él aparece, lo hace para salvar.

Si somos conscientes de que de verdad necesitamos vernos libres de nuestras malas inclinaciones, de los vicios que nos dominan, de todo aquello que nos impide ser felices, esperaremos con ilusión la manifestación del Señor en nuestras vidas. De ese encuentro depende nuestra felicidad eterna.

El Señor nos propone una parábola. Un hombre va a iniciar un largo viaje. Antes de partir reparte tareas a sus criados, encargando al portero que vigile. «Velad, dice, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche o al canto del gallo… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos»

Nosotros somos esos sirvientes. El Señor nos ha colocado provisionalmente en este mundo. Sólo estamos de paso. No lo tomemos como nuestra residencia definitiva. Nosotros no pertenecemos a este mundo. Somos ciudadanos del cielo, y debemos mantenernos alerta esperando la llamada del Señor para que, acompañados por Él, entremos en la vida eterna, que es la vida para la que hemos sido creados. Que cuando venga, no nos sorprenda dormidos o empeñados en negocios de este mundo que no dan la felicidad, sino atentos y dispuestos a seguirle de inmediato.


27/11/2020 15:20 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXIV-- SOLEM. DE CRISTO REY -- A

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«CRISTO VENCE, CRISTO REINA, CRISTO IMPERA»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 34, 11-12.1517 * 1Cor 15, 20-26.28 * Mt 25, 31-46

La liturgia de la Iglesia resume a través de todo un año la historia de salvación. Toda esta historia de salvación converge en Jesucristo. Lo comprobamos cuando san Pablo afirma en su carta a los Colosenses que «por medio de Cristo fueron creadas todas las cosas… que todo fue creado por él y para él … que él es principio… y que es el primero en todo». En su carta a los Corintios que se proclama hoy, dice también: «Cristo debe reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies». No es de extrañar, pues, que la Iglesia nos presente la figura de Cristo Rey, como cumbre en este domingo con el que damos fin al año litúrgico.

¿Para qué necesitamos nosotros la figura de Cristo Rey?, podemos preguntarnos. Con el pecado de Adán quedó establecido el mal en el mundo y con el pecado entró la muerte. Nosotros, pues, vivimos en una sociedad en la que se enseñorea el mal y que está dominada por la muerte. Una sociedad en manos del maligno, como él mismo lo afirma en una de las tentaciones a las que somete al Señor Jesús cuando le dice: «Todo esto te daré porque a mí me ha sido dado». La misión de Cristo es pues, precisamente, destruir el mal y la muerte, «aniquilando todo principado, poder y fuerza, para devolver a Dios Padre su reino».

Nuestra situación de pecado, la tuya y la mía, nos produce una constante insatisfacción. Creados para una vida eterna y feliz, nos encontramos esclavos de la muerte como consecuencia de nuestras rebeldías. Como dice san Pablo, «queremos obrar el bien, pero es el mal el que se nos presenta». Nuestro hombre viejo, el hombre de la carne nos domina, nos arrastra hacia el mal, buscando satisfacer nuestra ansia de felicidad sin lograrlo. Por eso, también nosotros podemos exclamar con san Pablo: «¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» La respuesta nos la da el mismo san Pablo cuando afirma: «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!».

Es Cristo Jesús, Cristo Rey, el enviado por el Padre con poder para librarnos de todos nuestros pecados, de nuestras bajas pasiones. Él, sentado a la derecha del Padre, está puesto con poder para ayudarnos a dominar nuestro orgullo, nuestro egoísmo, nuestra ansia de ser. Es Él el que te ayuda a refrenar tu ambición, tu sexualidad desbocada. Es Él el que te ayuda a amar a tu enemigo y a perdonar a quien te ofende. Con su fuerza, puedes, no sólo soportar, sino aceptar las humillaciones y exigencias injustas que padeces en tu trabajo. Él es el Señor de la enfermedad, la pobreza, la soledad, etc., que te hace la vida imposible, de aquello que te impide poder ser feliz. Él es, en fin, el que con su Muerte y Resurrección te ha reconciliado con el Padre y te ha devuelto la filiación divina. Es tu Hermano mayor, siempre dispuesto a defenderte de todos tus enemigos.

Invoquémoslo en todas nuestras necesidades. Él está esperando que le pidamos ayuda, así lo afirma cuando nos dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».


19/11/2020 16:59 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«ERES UN EMPLEADO FIEL Y CUMPLIDOR; PASA AL BANQUETE DE TU SEÑOR»

 

CITAS BÍBLICAS: Prov 31, 10-13.19-20 * 1Tes 5, 1-6 * Mt 25, 14-30

El evangelio de hoy está relacionado con la segunda venida del Señor. Estamos terminando el año litúrgico y se nos hace presente la actitud de espera en que debemos permanecer.

Jesús nos dice, que un hombre que debía emprender un largo viaje, reunió a tres de sus siervos haciéndoles entrega de una suma de dinero para que, en su ausencia, lo hicieran producir.

Los dos primeros trabajaron de firme y duplicaron el capital recibido. El tercero, por miedo, enterró el talento bajo tierra dejándolo improductivo.

Cuando menos esperaban regresó el amo y felicitó a los dos primeros siervos y los hizo participar de su banquete. Al tercero, le recriminó su negligencia y holgazanería, le quitó el talento y ordenó que fuera echado a las tinieblas del exterior

Esta parábola está dicha especialmente para nosotros, los que nos consideramos creyentes. El Señor, ya desde antiguo, se eligió a un pueblo para que manifestara al mundo la existencia de un único Dios creador, que rige todo el universo y que con su sabiduría y poder lo mantiene. A nosotros, herederos de ese pueblo, nos ha elegido para que hagamos conocer a todos los hombres la misericordia de ese Dios creador, su amor, el perdón de los pecados y la existencia de una vida eterna a la que todos estamos llamados.

Para llevar a término esta misión, nos ha dado abundantes gracias, talentos, que no ha dado al resto de los hombres. Su voluntad es que, con nuestro trabajo, hagamos fructificar esos talentos, de manera que todos los que nos rodean lleguen al conocimiento de su persona. Le conozcan a Él y conozcan a su enviado Jesucristo, a través del cual hemos recibido la salvación.

El problema se presenta cuando nosotros no hacemos fructificar esos talentos adecuadamente. Hacemos como el empleado de la parábola que recibió un solo talento. Lo guardamos y no procuramos que produzca fruto

También llegará para nosotros el día en que el Señor nos pida cuentas. ¿Qué has hecho? nos dirá. ¿Has trabajado y has hecho fructificar los dones que te di, o te has beneficiado sólo tú? Yo te llamé a la fe y te di gracias abundantes para que fueras mi testigo. ¿Qué has hecho para que los demás me conocieran?

Estemos alerta. Nuestra vida es un tiempo de gracia. Todavía estamos a tiempo para hacer fructificar nuestros talentos. Hagámoslo así, para que también el Señor nos haga participar del banquete que, para nosotros, ha dispuesto desde siempre.


12/11/2020 12:43 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«VELAD PORQUE NO SABÉIS NI EL DÍA NI LA HORA»

 

CITAS BÍBLICAS: Sab 6, 12-16 * 1Tes 4, 13-18 * Mt 25, 1-13

El evangelio de hoy viene en nuestra ayuda, porque con facilidad olvidamos que en este mundo sólo estamos de paso. Montamos la tienda de nuestra vida y nos aposentamos como si esta tierra fuera para nosotros la morada definitiva. Tenemos el peligro de pensar que la única realidad que existe es la que estamos viviendo.

Esta forma de razonar borra de nuestra existencia la mitad de aquello para lo que hemos sido creados. Ignora que nuestro fin no es únicamente una sepultura en el cementerio, sino que estamos llamados a una vida eterna, a una vida que no termina. Si esta dimensión de eternidad desaparece de nuestra vida, nos asemejamos a los pájaros cuando se les cortan las plumas y no pueden volar. Se convierten en una figura grotesca y cómica.

Precisamente, a fin de que vivamos en este mundo como forasteros sin perder de vista que no estamos llamados a una vida caduca, sino a una vida eterna, el Señor Jesús, en la parábola que hoy nos presenta el evangelio, nos invita a estar vigilantes. Lo hace, comparando el Reino de los Cielos a diez doncellas que fueron invitadas a una boda. Tenían que esperar al esposo con antorchas encendidas para acompañarle y entrar con él al banquete de bodas. El Señor nos dice que cinco de ellas eran previsoras y, por si acaso los tratos con los padres de la novia se alargaban demasiado, tomaron alcuzas con aceite de repuesto. Las otras, por el contrario, no tuvieron esta precaución. 

Los tratos se alargaron muchísimo y todas se durmieron. A media noche se oyó una voz: «¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!» Sólo las doncellas que habían sido previsoras pudieron entrar al banquete de bodas acompañando al esposo, las cinco restantes no lo hicieron porque se habían quedado sin aceite y tuvieron que ir a comprarlo. Y la puerta de la sala se cerró. Cuando las otras doncellas llegaron, llamaron a la puerta diciendo: «Señor, ábrenos». La respuesta del esposo fue tajante: «Os lo aseguro. No os conozco».

Tradicionalmente esta parábola se ha aplicado a las vírgenes que, dentro de la Iglesia, han entregado su vida al Señor como religiosas. Esta interpretación no es demasiado acertada porque, la llamada a estar vigilantes a la espera del Señor nos incumbe a todos. En tiempos del Señor Jesús no había ni monjas ni monasterios, por eso, los destinatarios de esta parábola, somos todos nosotros.

En esta vida, estamos en camino. Somos parroquianos, que significa peregrinos. Nuestra vida, unas veces muy corta y otras más larga, es un tiempo de gracia. Un tiempo de conversión. Un tiempo de espera para encontrarnos con el Señor Jesús. Sin embargo, como el Señor, al igual que el esposo de la parábola, tarda en aparecer, nosotros, como las doncellas, bajamos la guardia y nos dormimos. No tenemos en cuenta que no somos dueños de nuestra vida.

En esta situación y cuando menos lo esperemos, también para nosotros se escuchará esta voz: «Llega el esposo, salid a recibirlo». ¿Qué ocurrirá entonces? Pueden ocurrir dos cosas: si nuestras alcuzas están llenas de aceite, signo del Espíritu Santo, podremos entrar con el Esposo en la sala del banquete. Si por el contrario esta llamada nos encuentra inmersos en las preocupaciones del mundo: dinero, familia, trabajo, salud, diversiones, etc., faltos de aceite, con mucho espíritu mundano, pero carentes de Espíritu Santo, es posible que nos veamos imposibilitados a entrar en el banquete.

Las palabras del Señor, «Os lo aseguro: No os conozco», son ciertamente terribles. Debemos, por tanto, considerar un rasgo de su amor, la invitación a mantenernos vigilantes en espera de su venida, puesto que no conocemos ni el día ni la hora.

 

06/11/2020 12:08 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

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«DICHOSOS LOS POBRES EN EL ESPÍRITU, PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ap 7, 2-4.9-14 * 1Jn 3, 1-3 * Mt 5, 1-12a 

En este día, solemnidad de Todos los Santos, la Iglesia nos ofrece un evangelio que debería alegrarnos profundamente. Decimos esto, porque, tanto en nuestro tiempo como a través de toda la historia, el hombre de toda condición, se ha esforzado por encontrar la fórmula mágica que le proporcionara la auténtica felicidad.

¿Cuál es la razón que impulsa al hombre para lograr alcanzar la felicidad? ¿Por qué nos empeñamos todos en ser felices? La respuesta es muy sencilla: porque para eso precisamente hemos sido creados, para ser inmensamente felices. Si eso, hoy, no es posible, es precisamente porque, utilizando mal nuestra libertad, hemos dado la espalda por el pecado, a Aquel que es el origen y la meta de nuestra existencia.

La clave para alcanzar esa ansiada felicidad, nos la ofrece el Señor Jesús en el evangelio de hoy. Lo que nos propone es la antítesis de lo que cada día nos presenta el mundo. Si preguntamos a nuestros conocidos qué necesitamos para ser felices, ninguna respuesta coincidiría con lo que hoy nos dice el Señor.

Empieza llamando dichosos o bienaventurados a los pobres de espíritu. Llama también dichosos a los sufridos, a los que lloran, a los que tienen hambre y sed de la justicia, a los que usan de misericordia con los demás, a los limpios de corazón, a los que se esfuerzan por conseguir la paz, y por fin, a los perseguidos por causa de la justicia.

Todos estos valores o virtudes que el Señor ensalza son para el mundo una total necedad, porque, ¿cómo es posible pensar que uno que sufre, uno que llora, o uno que es pobre de espíritu, etc., pueda alcanzar ninguna meta importante en la vida? El mundo te dice, si quieres ser alguien, pasa por encima de quien sea para lograr tu objetivo. No seas blando, no te dejes arrastrar por sentimentalismos, lo importante es que tu medres caiga quien caiga.

Resumiendo, estas enseñanzas del Señor Jesús, son el inicio del Sermón del Monte, y encierran la clave de la verdadera felicidad, porque el común denominador de todas ellas, no es otro que el amor. Tú y yo hemos sido creados por amor y para amar, y únicamente lograremos ser felices si, teniendo en nuestro corazón el amor de Dios, somos capaces de amar al otro olvidándonos de nosotros mismos. Esto, desde luego, no está al alcance de nuestro esfuerzo, pero sí que podemos desearlo. Si lo hacemos así, el Señor derramará sobre nosotros su Espíritu, para que sea él, el que realice aquello que para nosotros es imposible.

Esta manera diferente de vivir el mundo no la tolerará, no consentirá que nosotros vayamos en contra de sus dictados. Por eso, por causa del Señor, seremos insultados, perseguidos y calumniados, pero no debemos temer nada, escuchemos lo que nos dice al respecto el Señor al final del evangelio: «Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».

La solemnidad de Todos los Santos, que hoy celebramos, hace presente a todos aquellos hermanos nuestros, anónimos o conocidos, en los que, por obra del Espíritu Santo, se cumplieron estas bienaventuranzas. Padres, hermanos, amigos o conocidos, que desde el cielo interceden por nosotros para que nos dejemos llevar por ese mismo Espíritu, y podamos un día gozar con ellos de la felicidad eterna.  


29/10/2020 23:22 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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AMARAS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZON, CON TODA TU ALMA, Y CON TODO TU SER

 

CITAS BÍBLICAS: Éx 22, 20-26 * 1Tes1, 5c-10 * Mt 22, 34-40

Existe una pregunta que todos debemos hacernos en nuestra vida. De la respuesta que demos dependerá que nuestra existencia tenga una explicación, tenga un fin, tenga sentido, o sea un absurdo total. La pregunta en cuestión es la siguiente: Yo, ¿para qué estoy en el mundo? ¿Mi vida qué finalidad tiene?

La respuesta del ateo, del no creyente, puede ser que la creación, que nuestra vida, es un mero accidente. Que todo ha aparecido por pura casualidad. Que la presencia del hombre sobre la tierra, del propio universo, de la creación, es semejante a la aparición de las setas en un bosque, que, incomprensiblemente, de la noche a la mañana nacen como por arte de magia. Según esta forma de pensar, tendríamos que afirmar que el hombre, tú y yo, ha aparecido sobre la tierra por generación espontánea.

Esta manera de pensar, sin duda, repugna a la razón mucho más que aceptar que nuestra existencia y la de toda la creación, tienen como origen la existencia de un ser superior, de un creador, que los creyentes llamamos Dios.

Volviendo pues, a la pregunta inicial: ¿cuál es el sentido de la vida del hombre, de tu vida y de mi vida? Los creyentes, tenemos la suerte de conocer, por la revelación, la respuesta. En primer lugar, sabemos que nuestro origen es Dios y que, así mismo, nuestra meta es también Dios. Sabemos que hemos sido creados por amor y con la capacidad de poder amar. Resumiendo, somos fruto del amor y estamos hechos para amar. Esta es la razón de nuestra existencia.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, con su respuesta a los fariseos, confirmará todo lo que acabamos de exponer. A la pregunta, «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» El Señor responderá: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todo tu ser. El segundo es, amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Esto significa que, en nuestra vida, nada ha de ser tan importante como amar a Dios sobre todo, y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Fuera de esto, nuestra existencia no tiene sentido alguno.

Nuestro Dios, nos ha creado y nos ha dado la vida por amor. Nos ha amado hasta el extremo cuando nos hemos apartado de Él, entregando a su Hijo a la muerte por nuestros pecados. No tenía una forma más sublime de demostrarnos su amor. Lo ha hecho, para que, siendo conscientes de cuánto nos ama, seamos capaces de, en nuestra limitación, devolverle ese amor.

La experiencia de ese amor en nuestro corazón, es la que nos posibilita a amar a nuestro prójimo. Si tu corazón y el mío rebosan del amor de Dios, será muy fácil amar a nuestros hermanos, dándoles un poco de lo que nosotros recibimos en abundancia de Dios. Ésta es pues la razón de nuestra existencia, y es el camino para lograr alcanzar la felicidad completa para la que hemos sido creados. Dios en nosotros, y nosotros en Él, y en nuestros hermanos. No puede haber felicidad más grande.  


 

22/10/2020 16:21 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«PAGADLE AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

San Mateo, en el evangelio de hoy, nos narra un pasaje en el que queda clara la mala voluntad con la que los escribas y fariseos se acercan al Señor.

En esta ocasión le plantean una cuestión, no sin antes alabar y ponderar su sabiduría y amor a la verdad: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios... ¿es lícito pagar el impuesto al César o no?» La mala fe es evidente. Ponen al Señor en un dilema. Si afirma que sí, aquellos que le siguen quedarán defraudados, porque el pueblo es contrario a los impuestos. Si dice que no, serán los propios romanos los que le encarcelarán considerándolo enemigo de Roma.

El Señor Jesús, dándose cuenta de la mala voluntad de aquellas personas, les dice: «¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Ellos le muestran un denario. «¿De quién es esta cara y esta inscripción?», pregunta. Del César, le responden. «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», responde zanjando la cuestión.

Nosotros podemos preguntarnos: ¿Cuál es nuestra postura con relación a Dios y a nuestros deberes como miembros de la sociedad? ¿Somos conscientes de que debemos cumplir nuestras obligaciones como ciudadanos? La Iglesia, basándose en la Escritura, reconoce que toda autoridad proviene de Dios. Por lo tanto, las leyes que la autoridad promulgue son para nosotros de obligado cumplimiento. ¿Todas?, nos podemos preguntar. No, sólo aquellas que estén de acuerdo con la ley de Dios o con la ley natural. Tenemos, pues, obligación de cumplir todas aquellas leyes que sean justas, que busquen el bien común y que respeten la ley natural que Dios ha grabado en el corazón del hombre.

Lo expuesto significa la prevalencia de la voluntad de Dios por encima de las leyes de los hombres. «Dad a Dios lo que es de Dios», dice el Señor Jesús. ¿Qué significa esto? Significa que por encima de toda ley humana está el precepto «Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Toda norma, ley o decreto humano que no respete este precepto, debe ser rechazada por aquel que se considere cristiano.

Nos ha tocado vivir en una sociedad que está dando la espalda a Dios. Una sociedad desorientada, insensata y ególatra, de la que emanan leyes perversas que no respetan la vida, como las que se refieren al aborto o la eutanasia, que no defienden a la familia, y que presumen de ser legales, porque las han promulgado cámaras legislativas elegidas democráticamente. Normas tan absurdas y destructivas como las que emanan de la ideología de género, que defiende que el sexo no tiene su origen en la naturaleza, sino que es algo que cada individuo puede elegir siguiendo sus preferencias particulares.

Con todas estas leyes contrarias a la ley natural, el hombre pretende ocupar el lugar de Dios. Ya no es Dios el primero. Por tanto, moralmente, no solo no deben ser acatadas por un cristiano, sino que tienen que ser combatidas. Sin duda, esto, nos puede acarrear persecución, pero nos dará también ocasión de ser testigos de la Verdad, que es lo mismo que ser testigos de Jesucristo.


15/10/2020 10:54 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«CONVIDAD A LA BODA A CUANTOS ENCONTRÉS EN LOS CUCES DE LOS CAMINOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10a * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El Señor Jesús continúa dirigiéndose a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Les habla a ellos, porque son los que están al frente del pueblo elegido por Dios como heredero de las promesas hechas a los antiguos padres. Hoy, utilizará también una parábola.

Comparará el Reino de los Cielos a un rey que preparó un gran banquete para celebrar la boda de su hijo. Cuando todo estuvo a punto mandó aviso a los convidados, pero todos se fueron excusando. Hubo incluso algunos que se atrevieron a maltratar a los criados hasta llegar a matarlos.

El rey, irritado, envió a sus tropas para que acabaran con aquellos asesinos e incendiaran su ciudad. Luego, llamó a sus criados y les dijo: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda».

El Señor Jesús quiere hacer ver a los notables de Israel, que son ellos los que están rechazando entrar en el Reino de Dios, simbolizado en las bodas. Son ellos los que han encontrado mil excusas para no atender la invitación de Dios. Han hecho oídos sordos a los profetas que se les han enviado y, en alguna ocasión, han llegado incluso a quitarles la vida.

La aplicación práctica de esta parábola a nuestra vida podemos considerarla desde un doble punto de vista. Por una parte, hemos de estar agradecidos al Señor porque, ante la negativa del pueblo, hemos sido nosotros, los gentiles, los que no pertenecemos al pueblo de Israel, los que nos hemos beneficiado. Somos de los que los criados han buscado por las plazas, las calles y los cruces del camino para invitarlos a las bodas. No estaba previsto así, pero la rebeldía de unos ha servido para que otros se beneficien.

El segundo enfoque de la parábola que también afecta directamente a nuestra vida es el siguiente. Nosotros somos ahora los invitados a las bodas. Pertenecemos a la Iglesia, que es el nuevo pueblo de Israel, pero no estamos exentos de actuar como los primeros invitados de la parábola. Los intereses personales, la atracción de los placeres del mundo, las preocupaciones de la vida, etc., pueden resultar una tentación para que les demos prioridad, nos comportemos como aquellos convidados, y releguemos lo que de verdad es importante para la vida: poner al Señor Jesús en el centro y, con su ayuda, estar abiertos a cumplir la voluntad de Dios.

Referente al endurecimiento del corazón del pueblo de Israel, san Pablo, en su Carta a los Romanos dice que durará sólo hasta que el Evangelio llegue a todos los gentiles, porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables. Nosotros, por tanto, nos beneficiamos de esa rebeldía temporal, pero hemos de tener en cuenta que ellos son el olivo verdadero, y que nosotros somos los que estamos injertados en él.

En la parábola aparece un invitado que ha acudido a la boda sin llevar el traje de fiesta. El rey, al verlo, extrañado le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?» Al no saber qué contestar, el rey ordena que sea arrojado a las tinieblas del exterior. Nos preguntamos: ¿cuál es el vestido, el manto capaz de cubrir nuestra desnudez y nuestros pecados? Sólo hay uno. El manto de la misericordia divina, manifestada en la Sangre derramada por el Señor Jesús en la Cruz, que es capaz de blanquear hasta nuestros mayores pecados.  


08/10/2020 15:16 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«LO EMPUJARON, LO SACARON FUERA DE LA CIUDAD Y LO MATARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

En el evangelio de este domingo, el Señor Jesús, habla a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo, y lo hace, una vez más, utilizando una parábola. En ella refiere que un propietario plantó una viña, la cercó, construyó un lagar y la casa del guarda y luego la arrendó a unos labradores.

Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para que cobraran la parte que le correspondía. La respuesta de los trabajadores fue tremenda. Se negaron a pagar, maltrataron a los criados e incluso llegaron a dar muerte a uno. De nuevo envió a otros criados en mayor número, pero la respuesta por parte de los labradores fue la misma.

Finalmente decidió enviar a su propio hijo, pensando que, por lo menos, lo respetarían. Sin embargo, al verlo los labradores dijeron: «Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Lo empujaron, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron.

Llegado a este punto el Señor pregunta: «¿Qué hará el dueño de la viña con aquellos labradores?» Le contestan: «Hará morir de mala muerte a aquellos malvados y arrendará la viña a otros labradores»

Si observamos la parábola nos daremos cuenta que en ella está reflejada toda la historia de salvación. La viña cuidada y mimada es el Pueblo de Israel. Los labradores son aquellos que el Señor ha puesto al frente para que la cuiden y hagan que produzca frutos abundantes. Los criados enviados por el amo son los profetas que señalan el camino y llaman al pueblo a conversión.

¿Cuál fue la respuesta de Israel a los mimos y cuidados del Señor? Dio culto a otros dioses, se apropió de sus bienes y maltrató, incluso hasta la muerte, a aquellos que el Señor enviaba para llamarles a conversión. Y, no sólo eso, sino que cuando el enviado fue el propio Hijo del Amo, lo maltrataron y empujándolo fuera de la ciudad, lo clavaron en una cruz.

Esta parábola, como ya hemos indicado, va dirigida a los sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Sin embargo, halla también cumplimiento en nuestra vida. No estamos nosotros muy lejos del comportamiento de los sumos sacerdotes. También a nosotros el Señor nos ha llamado a trabajar en su viña, que es la Iglesia, para que demos los frutos correspondientes. Tú y yo, no hemos dado muerte físicamente a los que se nos han enviado, pero, obrando según nuestro criterio, nos hemos aprovechado egoístamente de los dones del Señor, y hemos hecho oídos sordos a aquellos que, de su parte, nos han llamado a conversión. También, por nuestros pecados, merecemos la muerte.

Sin embargo, por misericordia de Dios, nuestra suerte es muy distinta a de la de aquellos labradores homicidas. Ellos vivían bajo el régimen de la ley y, por tanto, estaban sometidos a los castigos que su incumplimiento acarreaba. Nuestra situación es diferente. Nosotros, gracias a la Sangre derramada por el Señor Jesús que ha pagado con creces por todos nuestros pecados, vivimos en el régimen de la gracia. Significa esto que, acogiéndonos a la misericordia de Dios, estamos salvados. Depende de nosotros aceptar o rechazar esa salvación.


01/10/2020 14:55 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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