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DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«DAD AL CÉSAR LO QUE ES DEL CÉSAR Y A DIOS LO QUE ES DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 45, 1.4-6 * 1Tes 1, 1-5b * Mt 22, 15-21

Los escribas y fariseos, en tiempo de Jesús, pertenecían a una clase social que era respetada por todo el pueblo. Ellos eran los estudiosos y entendidos en la Ley. En el exterior figuraban como cumplidores estrictos de las normas dadas por Dios a su Pueblo, pero el defecto más grande que tenían, era que se aferraban al cumplimiento de la Ley hasta en las normas más nimias, y, sin embargo, su vida privada estaba lejos de responder a lo que decían de palabra. Amaban el dinero, les agradaba ocupar en las asambleas y banquetes los primeros puestos, y gustaban de ser respetados y reconocidos por el pueblo.

El Señor Jesús, porque los quería, aprovechaba todas las ocasiones posibles para llamarles a conversión. Les hacía ver que lo que proclamaban con la boca estaba muy lejos de lo que en realidad vivían. En una ocasión llegó a llamarlos «sepulcros blanqueados», muy hermosos por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro. Como es lógico, escribas y fariseos reaccionaban ante este comportamiento del Señor de mala manera, no aceptaban su predicación y la observaban con lupa, para poder tener ocasión de acusarle.

San Mateo, en el evangelio de hoy, nos narra un pasaje en el que queda clara la mala voluntad con la que escribas y fariseos se acercan al Señor. Sacan a relucir un tema, el de los impuestos, que es de mucha importancia y de una gran actualidad. Los israelitas, que viven bajo la dominación romana, se ven forzados a pagar impuestos a sus opresores, los romanos, cosa que, para el pueblo, es intolerable.

Plantean, pues, al Señor esta cuestión, no sin antes alabarle y ponderar su sabiduría y amor a la verdad: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios… ¿es lícito pagar impuesto al César o no?». La mala fe es evidente. Ponen al Señor ante un dilema. Si afirma que sí, aquellos que le siguen quedarán defraudados, porque el pueblo es contrario a los impuestos. Si dice que no, serán los propios romanos los que le encarcelarán considerándolo enemigo de Roma.

El Señor Jesús, dándose cuenta de la mala voluntad de aquellas personas, les dice: «¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto». Ellos le muestran un denario. «¿De quién es esta cara y esta inscripción?», pregunta. Del César, le responden. «Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», les dice zanjando la cuestión.

Este evangelio viene a interrogarnos sobre la importancia que cada uno de nosotros da al dinero en su vida. La respuesta del Señor nos ayudará a comprobarlo. ¿Qué significa dar a Dios lo que es de Dios? Pues que nuestro interés por el dinero, por nuestras riquezas, no ha de estar de ningún modo por encima de nuestro amor a Dios. Las riquezas son útiles y necesarias, pero no han de ocupar el primer lugar en nuestra vida. No hemos de actuar siguiendo aquel refrán que dice: “Antes es la obligación que la devoción”. Así nos lo recuerda el Señor cuando afirma: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura». Si pones a Dios en el centro de tu vida, todo lo demás ocupará el lugar adecuado, el lugar que le corresponde.

Hay otro aspecto importante en este pasaje. El Señor no niega que haya que pagar al César, a la autoridad, los impuestos justos. Vivimos en una sociedad que ofrece una serie de servicios a los ciudadanos que hay que pagar entre todos. Eludir el pago de los impuestos es inmoral. Los impuestos, bien administrados forman parte de la justicia distributiva. Los que pagan más impuestos se hacen solidarios con aquellos que su poder adquisitivo es menor, y que, por tanto, no podrían sólo con sus medios disfrutar de las ventajas y servicios que las autoridades ofrecen a todos los ciudadanos. Por tanto, hay que dar a Dios, en primer lugar, lo que es de Dios, y al César lo que es del César.

 

 

19/10/2017 18:33 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO

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«MUCHOS SON LOS LLAMADOS Y POCOS LOS ESCOGIDOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 25, 6-10ª * Flp 4, 12-14.19-20 * Mt 22, 1-14

El profeta Isaías nos ha dicho hoy en la primera lectura: «Preparará el Señor de los ejércitos para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos…». De este modo Isaías compara el Reino de los Cielos a un banquete preparado por Dios-Padre, al que estamos invitados todos.

Los primeros invitados fueron los miembros del Pueblo de Dios, el pueblo de Israel, por eso, la parábola que hoy nos brinda el Señor Jesús va especialmente dedicada a ellos. La semana pasada sucedió algo semejante cuando la parábola fue dirigida especialmente a los sacerdotes y senadores del pueblo.

Dios, desde los inicios, eligió a un pueblo que fuera el depositario de la promesa de salvación que Él había preparado para todos los hombres. Se dio a conocer a este pueblo mediante grandes prodigios y lo fue educando a través de los siglos, para que, al llegar la plenitud de los tiempos, su Hijo tomara carne mortal y se hiciera hombre dentro de ese pueblo.

Todos los miembros del pueblo de Israel fueron los primeros invitados a las bodas, al banquete. Pero, vemos hoy en la parábola, que no supieron valorar adecuadamente la importancia que tenía el acontecimiento. Por eso, uno tras otro fueron declinando la invitación, y dieron más importancia a sus asuntos particulares, que el asistir a la boda. Algunos, a imitación de lo que hicieron los labradores homicidas, maltrataron a los enviados llegando a matar a algunos.

La consecuencia que tuvo el comportamiento de los primeros invitados, la hemos visto en la parábola. El Rey abre las puertas del banquete a todo aquel que quiera asistir. La invitación deja de ser particular para convertirse en general. Somos nosotros, que no pertenecemos al pueblo escogido, los que nos hemos beneficiado de la negativa del pueblo de Dios. Somos nosotros, los gentiles, los que somos llamados a participar del banquete que el Señor ha preparado.

Hemos dicho en muchas ocasiones que el reino de los cielos aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor envía a todas partes a discípulos suyos para que inviten a los hombres a formar parte de ella. Quiere que disfruten de los bienes de su casa, del banquete que tiene preparado. Sin embargo, y la historia se repite, son pocos los que aceptan la invitación, porque todos tienen cosas que hacer, que consideran más importantes.

Tu comportamiento y el mío muchas veces no está lejos de esta forma de actuar. ¡Cuántas veces hemos dejado de lado la invitación del Señor, y nos hemos ido tras de nuestros ídolos! Hemos preferido las bellotas que nos ofrece el mundo, dinero, sexo, afectos, poder, etc. a los manjares exquisitos que nos brinda el Señor. Somos ciegos y no nos damos cuenta de ello, por eso buscamos la vida donde no está.

En las bodas hebreas todos los invitados lucen un traje de fiesta especial. Por eso cuando el rey entra en la sala para saludar a sus invitados y se percata de que uno no viste de manera adecuada, hace que los sirvientes lo arrojen sin contemplaciones al exterior.

Dentro de la Iglesia, y para dar una explicación a esta parte de la parábola, se ha dicho que el traje de fiesta era estar en gracia de Dios, o sea, no estar en pecado. Aunque esta afirmación no se puede negar, sucede que, así, el estar en gracia se entiende como una situación estática en la que prima la ley. Peco, me confieso, y estoy en gracia. Existe una interpretación mucho más amplia y acertada. Estar en gracia es vivir en la gratuidad. Es reconocer y adecuar nuestra forma de vida, considerando a Dios como un Padre que nos ama, teniendo el convencimiento de que todo se nos concede gracias a ese amor gratuito que el Señor siente por nosotros, sin que lo merezcamos. Lo contrario es vivir bajo la carga de la ley, con el corazón encogido, sin ser capaces de disfrutar de los bienes que el Señor nos regala. Es lo que le ocurría al hijo mayor de la parábola del Hijo Prodigo. Toda la vida con el padre sin ser capaz de disfrutar de su amor. Para nosotros diríamos, toda la vida en la Iglesia, sin ser capaces de aceptar que, por encima de todo, de todas nuestras miserias, Dios nos ama sin limitación alguna. 

 

12/10/2017 00:14 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«LO EMPUJARON FUERA DE LA VIÑA Y LO MATARON»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 5, 1-7 * Flp 4, 6-9 * Mt 21, 33-43

Durante las pasadas semanas el Señor Jesús ha adoctrinado a sus discípulos mediante el uso de parábolas. Hoy va a hacerlo de nuevo con la parábola de la viña y los labradores homicidas.

Empieza diciendo que un propietario plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar y construyó una casa para el guarda. Al darnos todos estos detalles, el Señor pone de manifiesto el aprecio y el cariño que el propietario sentía por su viña. Sigue diciendo que, terminada la obra, la arrendó a unos labradores con el fin de que la cultivaran y la hicieran producir, y él partió de viaje.

Cuando llegó el tiempo de la recolección, el dueño de la viña envió criados para que los labradores les entregaran la parte de las ganancias que le correspondían. La reacción de los labradores ya la hemos escuchado. Se negaron a dar al propietario los beneficios y no contentos maltrataron a aquellos criados. El dueño de la viña pensó entonces que quizá si enviaba a su propio hijo, los labradores se avendrían y le entregarían los beneficios de la cosecha. Nada más lejos de la realidad. Aquellos insensatos sacaron fuera de la viña al heredero, lo mataron y pretendieron quedarse con la viña.

Si nos tocara juzgar a estos malvados y nos preguntaran qué castigo había que aplicarles, no dudaríamos en afirmar que no debían seguir y viviendo y que, como se dice en la parábola, merecían morir de mala muerte.

Aunque en general las parábolas que propone el Señor van dirigidas a sus discípulos, en esta ocasión, como hemos escuchado al inicio del evangelio, el Señor Jesús se dirige de manera especial a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo. Ellos han sido los encargados de cuidar, como dice en la primera lectura Isaías, a la Viña del Señor que es la casa de Israel. Sin embargo, como los labradores de la parábola, no han dado los frutos que el Señor esperaba y han maltratado hasta la muerte a los enviados, a los profetas, que les daban a conocer el buen camino. En su ceguera y obcecación, han llegado a sacar fuera de la viña, representada por Jerusalén, al propio Hijo del Propietario, para darle una muerte ignominiosa clavándolo en la Cruz.

No estamos nosotros muy lejos de actuar como los sumos sacerdotes. También el Señor nos ha llamado trabajar en su viña que es la Iglesia, para que diéramos los frutos adecuados. Nosotros, en cambio, no hemos dado muerte físicamente a los que nos han enviado, pero hemos obrado siguiendo nuestro criterio, nos hemos aprovechado egoístamente de los dones del Señor, y hemos hecho oídos sordos a aquellos que de su parte nos han llamado a conversión. Por eso, también nosotros merecemos la muerte que es el fruto de nuestros pecados.

Entre aquellos labradores que merecieron la muerte y nosotros, hay sin embargo una diferencia sustancial. Ellos vivieron en una época, el Antiguo Testamento, que estaba regida por la Ley, y según la ley, merecían la muerte. Nosotros, sin embargo, ya no vivimos en el régimen de la ley, sino que estamos inmersos en la economía de la gracia. Yo te pregunto ¿has recibido tú muchos castigos a causa de tu mal comportamiento? Yo, por supuesto, no. Todas mis miserias y pecados han llevado a la Cruz al Hijo del Dueño de la Viña, pero la ira del Propietario no ha caído sobre mí. La reacción de Dios-Padre al contemplar a su Hijo muerto en la Cruz a causa de mis pecados, ha sido ahora totalmente diferente. La ira se ha convertido en amor misericordioso. Las entrañas de misericordia de Dios-Padre al verme pecador, se han conmovido y han hecho imposible que yo sufriera castigo alguno.

Lo cierto es que mis pecados me acarrean sufrimientos, porque, como dice san Pablo, el pecado es el origen de la muerte, pero esos sufrimientos no tienen como origen el castigo de Dios. Por el contrario, es Dios el que, conociendo nuestras miserias y pecados y nuestra impotencia para salir de ellas, las ha perdonado por la sangre de su Hijo Jesucristo.  


05/10/2017 00:19 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXVI DE CUARESMA -A-

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«LOS PUBLICANOS Y LAS PROTITUTAS OS PRECEDEN EN EL REINO DE DIOS»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 18, 25-28 * Flp 2, 1-11 * Mt 21, 28-32

La parábola de los dos hermanos que el Señor Jesús nos propone hoy en el evangelio, nos muestra la distinta forma de actuar que tenemos las personas cuando alguien nos manifiesta un deseo determinado.

Todos conocemos el comportamiento de aquella persona que tiene por costumbre decir a todo que sí, pero luego, a la hora de la verdad, todo queda en buenas intenciones. Del mismo modo, conocemos a aquella otra que raramente acepta hacer lo que le pedimos, sin protestar y poner impedimentos, pero que al fin consiente y hace aquello que se le pide. 

En esto que estamos diciendo, nos referimos a lo que sucede con frecuencia en la vida ordinaria, pero, algo semejante puede ocurrirnos en nuestra vida de fe. Tenemos conocidos que cuando escuchan la predicación, no tienen nada que objetar. Todo les parece bien. Pero al observar su vida nos damos cuenta de que van a la suya sin tener presente nada de lo que han escuchado. De manera que, del dicho al hecho, va un gran trecho. En la parábola están representados por el hijo primero.

Otra actitud es la de aquellos que sistemáticamente protestan por todo. Parece que no estén de acuerdo con nada. Siempre encuentran pegas. Sin embargo, cuando observamos su forma de actuar, comprobamos que hacen todo aquello que se les ha indicado. Así obra el segundo hijo, que, habiéndose negado en un principio, obedece al padre y marcha a trabajar a la viña.

En nuestra vida de fe una de las virtudes más importantes y a la vez más necesarias, es la de la obediencia. Obedecer no es fácil, porque requiere renunciar a nuestra propia razón para entrar en la del otro. Sin embargo, todo cambia, si reconocemos en aquellos que nos guían la sabiduría que reciben del Espíritu Santo, para llevar adelante la misión que el Señor les ha encomendado.

Un ejemplo claro de obediencia lo tenemos en Abraham. El Señor le ordena: «Ponte en camino». Ponerse en camino significaba renunciar a la seguridad del clan, abandonar a sus familiares y lanzarse a una aventura de resultado incierto. Sin embargo, la obediencia de Abraham tiene como premio encontrar la tierra de promisión y poder abrazar a un hijo. Si Abraham siguiendo los dictados de su razón y basándose en su experiencia no hubiera obedecido, nunca hubiera logrado ver satisfechos sus deseos.

Después de plantearles la parábola, el Señor Jesús afirma dirigiéndose a todos y en particular a los escribas y fariseos: «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios» ¿Por qué? Podemos preguntarnos. Porque unas y otros han obrado como el segundo hijo. Han dicho que no, que querían vivir su vida a su aire sin tener en cuenta la voluntad de Dios, la voluntad del Padre, pero luego su corazón ha reconocido el error, se han arrepentido y han obedecido.

¡Cuántos vivimos nuestra vida de fe como los escribas y fariseos creyéndonos poseedores de la verdad y tomándonos la libertad de juzgar a los otros! Sin embargo, son ellos, aquellos a los que juzgamos, los que nos llevarán la delantera, porque reconociendo sus errores se acogen a la misericordia de Dios.

Recordemos, pues, lo que hemos dicho sobre la importancia de la obediencia. Pero tengamos en cuenta que para obedecer es necesaria otra virtud muy querida por el Señor, la de la humildad. El humilde se considera siempre el último como las prostitutas y publicanos que pensaban que para ellos no había salvación. Sin embargo, el Señor, que penetra los corazones, se complace en el pobre y el humilde, en el pecador, en aquel que reconoce su impotencia. Por eso, reconocer nuestra debilidad, reconocer nuestros pecados, es algo que complace en gran manera al Señor.

28/09/2017 12:31 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«ID TAMBIÉN VOSOTROS A MI VIÑA»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 55, 6-9 * Flp 1, 20c-24.27ª * Mt 20, 1-16 

Isaías en la primera lectura de la Eucaristía de hoy, pone en boca del Señor estas palabras: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos». Quiere decir esto que, con mucha frecuencia, lo que nosotros opinamos o cómo reacciones ante la conducta de los demás, difiere mucho de lo que el Señor piensa o hace en esos casos.

Nosotros juzgamos teniendo como base la justicia humana y, por suerte, ésta difiere mucho de lo que es la justicia divina. Nosotros pensamos que estamos en lo cierto y, sin más, aplicamos nuestro criterio y nuestra manera de obrar al propio Dios.

Si nos fijamos en el evangelio de hoy, veremos que es cierto esto que acabamos de decir. Si en la parábola que nos propone el Señor, nosotros hubiéramos sido los propietarios de la viña, no cabe la menor duda de que el denario de jornal solo se lo hubiéramos pagado a los que empezaron a trabajar a primera hora. A los demás les hubiéramos pagado la parte proporcional al tiempo de trabajo que habían empleado.

Aunque muchos puedan pensar que el propietario de la viña fue injusto al tratar a los últimos como a los primeros, esto no es cierto. Veamos, ¿pagó a los primeros el jornal que habían acordado antes de salir al campo? Efectivamente, así fue, y por eso no podemos decir que fue injusto con ellos. Los que sin haber trabajado tanto, cobraron lo mismo, se beneficiaron del buen corazón de aquel propietario.

¿Qué significado tiene para nuestra vida esta parábola? Vamos a verlo. El propietario de la viña es Dios. La viña es el Reino de los Cielos, que aquí en la tierra es la Iglesia. El Señor busca trabajadores para su viña, para su Iglesia. A unos los llama desde pequeños. A otros lo hace durante la juventud o durante la madurez y a otros, finalmente, los llama a trabajar en su Iglesia, a ser sus discípulos, ya en la ancianidad. ¿Cuál es la paga con la que Dios se ajusta por hacer este trabajo? Dios solo paga con una moneda: la vida eterna.

Quiere decir esto que tanto a aquellos que fuimos llamados casi desde la niñez, o los que recibieron la llamada ya de adultos, o los que se acogieron a la misericordia de Dios en el lecho de muerte, recibiremos idéntica paga: la vida eterna. Y la vida eterna no es algo material que pueda partirse como una tarta, de la que cada uno recibe un trozo distinto. La vida eterna es completamente igual para todos. Por eso en la parábola todos recibieron un denario. Todos recibieron la misma paga.

Entonces, podemos preguntarnos, ¿qué beneficio obtenemos aquellos que fuimos llamados a primera hora? La respuesta depende de nuestra actitud a la hora de sentirnos discípulos del Señor. ¿Estás en la Iglesia reprimido, fastidiado, privándote de cosas que consideras que son buenas, o por el contrario te sientes feliz, con paz interior, disfrutando ya en la tierra del amor de un Padre y del cariño de una Madre, que te ayudan a hacer frente a las dificultades y contrariedades de la vida, sin que éstas te destruyan?

Si perteneces al primer grupo, lo siento. Eres como el hijo mayor de la Parábola del hijo Pródigo, que no supo nunca disfrutar de los bienes de la casa su Padre. Si eres de los segundos, enhorabuena. Has descubierto que el único sitio de la tierra donde se puede vivir feliz, dentro de la felicidad que es posible para el hombre, el único sitio donde se puede tener paz en el corazón, a pesar de vivir en un valle de lágrimas, es la Iglesia. Bendice por tanto al Señor, que te llamó a trabajar en su viña muy temprano.

 

22/09/2017 00:04 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

 

CITAS BÍBLICAS: Eclo 27, 30 – 28,7 * Rm 14, 7-9 * Mt 18, 21-35

La característica principal de los cristianos, aquel signo por el que se distinguen de los demás, lo hemos dicho muchas veces, es el amor, y uno de los aspectos en los que más se concretiza el amor es el perdón. El perdón entre los cristianos, aquel que nos enseñó a practicar el Señor Jesús, va mucho más allá de perdonar los errores o las ofensas que nos inflijan las personas. La manifestación más eminente del perdón cristiano, es perdonar al enemigo, a aquel que conscientemente viene a hacernos daño. Esto quiere decir que, a la hora de perdonar, el cristiano no mira si se trata de un asesino, un terrorista, un ladrón o uno que ha abusado de un menor. El cristiano perdona sin hacer distinción del tipo de agravio o de la persona que lo ha realizado.

Pedro, que ha escuchado de labios de su Maestro estas palabras: «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian, rezad por los que os persiguen…», en el evangelio de hoy pregunta al Señor, porque quiere saber hasta dónde debe llegar ese perdón: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» La respuesta del Señor no deja lugar a dudas: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete»

Pedro nombra el número siete porque entre los hebreos el siete es el número de la perfección y de la plenitud. Dios-Padre, nos dice la Escritura, creó el mundo en seis días y al séptimo, contemplando la obra concluida, descansó. En la respuesta que el Señor Jesús da a Pedro, «no siete, sino setenta veces siete», lo que quiere indicar es que las veces que tenemos que perdonar alcanza un número que se adentra en el infinito.

Por qué, nos podemos preguntar, ¿el Señor quiere que tú y yo, que nos llamamos discípulos suyos, perdonemos sin límite alguno a los que nos ofenden? Sencillamente, porque la misericordia de Dios hacia el pecador, se manifiesta de un modo fundamental en el perdón. ¿Cómo sabrá tu pariente, tu amigo, tu jefe o tu vecino, que no pisan para nada la iglesia, que Dios no toma en cuenta sus pecados, sino que los perdona sin poner ninguna condición? Sin duda se enterarán cuando tú, que como cristiano tienes la asistencia y la fuerza del Espíritu Santo, les perdones cada vez que te hagan daño o te ofendan.

Este perdón sin límites al enemigo es exclusivo del cristianismo y no figura en ninguna religión como norma, porque sólo el cristianismo tiene la presencia del Espíritu Santo, que hace posible en el cristiano aquello que es humanamente imposible para los que no lo son. Por eso es importante que no perdamos de vista, que cada vez que con la ayuda del Señor perdonamos a nuestros enemigos, hacemos presente en este mundo al mismo Dios que es amor y que, por tanto, es misericordia y perdón.

El evangelio se completa con la parábola del rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. La deuda del primer empleado, diez mil talentos, es de una magnitud inimaginable. Se trata de millones, mientras que la deuda del compañero, cien denarios, es ridícula. Trasladadas a nuestra vida, nuestra deuda con el Señor es incalculable. Nunca seríamos capaces de pagarla. Sin embargo, la deuda, la ofensa o el daño que puedan hacernos los demás, es comparada con la nuestra una nimiedad. Si Dios a ti y a mí nos perdona sin límites ni condiciones, ¿quiénes somos nosotros para tomar en cuenta las ofensas de nuestro prójimo, que son infinitamente más pequeñas que las nuestras, y negarnos a perdonarlo?

Para terminar, queremos señalar que la recompensa que nos da el Señor cada vez que perdonamos de corazón, es inmediata. La satisfacción, la paz interior y la alegría que experimentamos cada vez que perdonamos sinceramente al otro, difícilmente nos la pueden proporcionar otras obras.  

 

13/09/2017 00:36 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«LO QUE ATÉIS EN LA TIERRA QUEDARÁ ATADO EN EL CIELO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Ez 33, 7-9 * Rm 13, 8-10 * Mt 18, 15-20

El distintivo de todo cristiano, o sea, aquello que lo distingue de otra persona que no lo es, es el amor, y la virtud en la que se manifiesta el amor es la caridad. El Señor dice en el evangelio de san Juan: «Amaos como yo os he amado. En esto conocerán que sois mis discípulos».

Con frecuencia se confunde el amor con la afectividad. El amor se da gratuitamente sin esperar correspondencia o compensación. La afectividad, sin embargo, espera siempre ser correspondida por el otro o la otra. El amor obra con entera libertad, mientras que la afectividad actúa siempre condicionada por la reacción que pueda tener la otra persona, procurando no perder su aprecio. Resumiendo, el amor actúa libremente, mientras que la afectividad está siempre condicionada a la reacción del otro.

Traemos a colación todo esto porque hay una faceta del amor o la caridad, que no se entiende siempre en su justa medida. Nos estamos refiriendo a la llamada corrección fraterna. Hoy el Señor, en el evangelio, nos enseña a practicarla. Amar o practicar la caridad con el otro, no implica aceptar en silencio sus errores o sus caprichos. Practicar la caridad implica corregir al otro poniéndolo en la verdad. Si no lo hacemos, nos hacemos cómplices de sus errores o del mal que pueda llevar a cabo. Callar, en estos casos, significa amarle poco.

Corregir al otro no significa quererlo menos. Corregirlo con amor es la demostración de que se le quiere de verdad, sin condicionamientos. Dice el Señor en la Escritura: «Yo, a quien amo, corrijo y reprendo». Corregir al otro, es ayudarle a entrar en la verdad. Lo que ocurre es que con la verdad en la mano podemos hundirlo, y ésta, no es precisamente, la finalidad de la corrección. Si corregimos con amor, tendrá la prueba de que nuestra intención no es hacerle daño. Por eso hoy el Señor nos dice que el primer paso que hemos de dar, es hablar de buenas maneras con el hermano en privado. Corregir en público supone con frecuencia humillarlo delante de los demás, y esta humillación hay que evitarla.

Si el hermano persiste en el error y no corrige su comportamiento y el asunto es grave, hay que apercibirlo delante de dos o tres testigos, para después hacerlo, si es preciso, delante de la comunidad. Lo que sería intolerable es que, por una caridad mal entendida, nosotros calláramos.

La corrección fraterna en la vida del cristiano es fundamental hasta el punto de hacer cargar sobre nuestra conciencia, si callamos, el pecado del hermano. Así se lo dice el Señor al profeta Ezequiel: «Si tú no hablas para advertir al malvado que deje su conducta, él, el malvado, morirá por su culpa, pero de su sangre yo te pediré cuentas a ti». Esto significa que, ante el mal, el cristiano no pude volver la cabeza y mirar hacia otro lado. Esta actitud, desde luego, va más allá de lo que es la corrección fraterna, pero está en relación con la elección que El Señor ha hecho sobre nosotros, para que seamos en esta generación testigos de la verdad, como él lo fue en su vida terrena.

A continuación, el Señor, para hacer presente hasta qué punto se identifica con su Iglesia, y con sus discípulos, dice: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

Cristo es la Iglesia y la Iglesia es el mismo Cristo, por eso nos dice también: «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Con esto nos hace ver que, si importante es la oración personal, mucho más lo es la oración comunitaria por tener la certeza de la presencia del mismo Cristo en medio de los que oran.


07/09/2017 18:15 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO -A-

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«SI UNO QUIERE SALVAR SU VIDA, LA PERDERÁ»

 

CITAS BÍBLICAS: Jer 20, 7-9 * Rm 12, 1-2 * Mt 16, 21-27

El pasaje que hoy nos propone la Iglesia es continuación del que se proclamó la semana pasada. En aquella ocasión, Pedro, a la pregunta del Señor quién decís vosotros que soy yo, respondía diciendo: «Tu eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».

Recordemos que la respuesta del Señor a esta confesión de fe de Pedro, fue darle a conocer la elección que hacía sobre su persona, y la primacía que le otorgaba para ser la piedra sobre la que Él había dispuesto construir su Iglesia.

En el evangelio de hoy, el Señor Jesús, habla con claridad a sus discípulos anunciándoles los acontecimientos que van a vivir en Jerusalén, y en los que, por parte de los sumos sacerdotes y letrados, va a ser apresado y ejecutado, para resucitar al tercer día. No quiere que ignoren estos hechos y les prepara de este modo a ser testigos de su pasión y resurrección.

Pedro, atento a lo que dice el Maestro, lo coge aparte y le increpa diciendo que eso es imposible. Que nada de lo que les dice debe suceder. La reacción del Señor es inmediata: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios». El Señor en este momento no ve en Pedro al discípulo, al amigo querido. Ve en él la figura de Satanás que intenta impedir que cumpla la voluntad del Padre.

Esta situación se repite con frecuencia en nuestra vida. Hemos sido elegidos por el Señor como sus discípulos, y Él ha puesto en nuestras manos una misión importante: Hacerle presente en esta generación para que su salvación alcance a todos los que nos rodean. Esta misión tiene prioridad sobre todo, sobre nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y sobre nuestra propia vida. Sin embargo, cuántas veces los lazos familiares, afectivos o de trabajo, cuántas veces los intereses particulares, hacen que pospongamos la misión restando importancia a aquello que la tiene de verdad. No olvidemos que cuando esto sucede es el diablo el que nos mete un gol, consiguiendo frenar la expansión del Reino de Dios.

Las palabras que el Señor nos dice a continuación refrendan todo lo que afirmamos: «El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla?».

¿Qué significa cargar con la cruz? Nuestra cruz es nuestra vida de cada día, nuestro carácter, nuestros defectos y manías, nuestras deficiencias. También es el carácter y las manías de tus hijos, de tu mujer, y de tus amigos que te toca soportar; las enfermedades que sufres o que sufren los tuyos, los problemas familiares o laborales, etc. Tu cruz es todo aquello que piensas que te hace infeliz. Estas cruces son fruto de nuestro pecado. Cuando Dios creó al hombre no cargó sobre él ninguna cruz. Han sido tus pecados y los míos los que, al apartarnos de Dios, han hecho que apareciera el sufrimiento en nuestra vida. Nadie, por tanto, está exento de la cruz y nadie es capaz de cargar con ella con sus propias fuerzas.  

Si la cruz es algo que nos pesa y que no podemos soportar, ¿por qué el Señor nos pide que carguemos con ella? Sencillamente, porque es en nuestra debilidad, en nuestras flaquezas, en nuestra impotencia, donde se manifestará su poder ayudándonos a llevarla. De manera que, sin cruz, no hay salvación.

El Señor también nos invita a no defender nuestra vida, a estar dispuestos a perderla por Él. La vida sin el Señor no sirve para nada. Es inútil aferrarnos a ella. Sólo en Él, encontraremos su verdadero sentido. 


29/08/2017 23:43 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XXI DE TIEMPO ORDINARIO -A-

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«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

 

CITAS BÍBLICAS: Is 22, 19-23 *Rm 11, 13-36 * Mt 16, 13-20                

Hoy vemos al Señor Jesús que llega con sus discípulos a Cesarea de Felipe. Va hablando con ellos y de momento les hace esta pregunta: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» Ellos responden: «¿Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas?» Por lo que se ve a continuación, podemos deducir que no tiene demasiado interés en saber lo que piensa la gente de él. Lo que ciertamente quiere averiguar es, qué es lo que sus discípulos piensan de su persona. Por eso les pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Llegados a este punto, podemos preguntarnos ¿me he hecho alguna vez seriamente esta pregunta? Confieso que soy cristiano, voy a misa todos los domingos y procuro hacer todo aquello que la Iglesia me enseña, pero, sinceramente, ¿quién es para mí Jesucristo? ¿Por qué creo en Él? ¿Lo hago sólo porque así me lo han enseñado? ¿Qué pasaría si de momento desapareciera de mi vida? ¿Se notaría mucho en mi conducta o continuaría siendo casi todo igual?

Para nosotros es fundamental responder a la pregunta, yo, ¿a quién sigo? ¿Por qué sigo a Jesucristo? A la pregunta de ¿quién es Jesucristo para ti?, quizá respondas como Pedro que es el Hijo de Dios. Sin embargo, ten en cuenta que los discípulos a los que el Señor pregunta, no sólo han escuchado su predicación, sino que la han visto corroborada por las señales, los milagros y signos que la han acompañado.

¿Has experimentado en tu vida la obra del Señor? ¿Has dicho alguna vez, “sin duda esto es obra del Señor, porque para mí era totalmente imposible”? Si es así, alégrate, porque eso demuestra que para ti el Señor Jesús es algo más que una figura que flota en una nube.

Todo lo que estamos diciendo tiene relación directa con la fe. Hemos escuchado muchas veces aquello de “Fe es creer lo que no se ve”. Sin embargo, esta definición no sirve para aplicarla a la fe cristiana. Esa clase de fe no salva de nada. La fe que salva es la fe de la experiencia. La fe cristiana es aquella que nace de un encuentro personal con el Señor. El Señor Jesús está vivo y resucitado. Él afirmó antes de subir al cielo: «Y ved que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» Por tanto, podemos preguntarnos: ¿Para qué está vivo y resucitado el Señor en medio de nosotros? Precisamente para ayudarnos en nuestra debilidad. La fe que salva es aquella que nace de la experiencia personal de que cuando no existe ninguna ayuda posible ante problemas que no podemos solucionar, el Señor Jesús nos ayuda a resolverlos siempre que lo invocamos. Ser conscientes de esta ayuda, es lo que reafirma nuestra fe.

Si tú o yo hemos llegado a experimentar esta presencia real del Señor en nuestra vida, y hemos sido testigos de su ayuda en los momentos difíciles, ante la pregunta de «y tú ¿quién dices que soy yo?, no tendremos más remedio que contestar junto con Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Puede ocurrir que analizando nuestra vida no reconozcamos ocasiones en las que sin duda ha actuado el Señor. No hemos de preocuparnos. Nada está perdido si de ahora en adelante obramos sabiendo que el Señor Jesús, es el compañero de viaje en nuestra vida. Creer que está siempre a nuestro lado y nos acompaña, servirá para que le gritemos, para que le invoquemos, para que le pidamos ayuda, en aquellos acontecimientos que superan nuestras fuerzas. Sin duda actuará, porque dice la Escritura: «Nadie que invoque el Nombre del Señor quedará confundido».

 


24/08/2017 00:43 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.

DOMINGO XX DE TIEMPO ORDINARIO -A-

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«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que

 deseas».

 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 56, 1.6-7 * Rm 11, 13-15 * 29-32 * Mt 15, 21-28

En nuestro tiempo se ha acuñado una expresión para significar la entrega total de una madre en favor de sus hijos. Nos estamos refiriendo a la expresión “madre coraje”. Cuando la oímos no es necesario que nos den muchas explicaciones. Pensamos enseguida en una mujer que ha arrostrado todas las dificultades a la hora de defender a sus hijos, sin amilanarse y poniendo incluso en peligro su vida.

En el evangelio de hoy, muchos siglos antes de que se le diera este nombre, encontramos a una madre coraje. Se trata de una mujer cananea, y por tanto extranjera a los ojos de los judíos. Tiene una hija poseída por un mal espíritu y ha tenido conocimiento de que Jesús, el profeta de Nazaret, está por el lugar. Lo busca y cuando lo encuentra se pone a gritar: «Ten compasión de mí Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El Señor se hace el sordo y no la atiende. Viendo que insiste y que no cesa en su petición, los discípulos se acercan para decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta del Señor es tajante: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Llega la mujer y postrándose a los pies del Señor le dice: «Señor, socórreme». La respuesta de Jesús es desconcertante y para nosotros difícil de poner en sus labios: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». (Perro es el nombre que los judíos empleaban cuando se referían a aquellos que no pertenecían al Pueblo de Dios). La respuesta del Señor es muy dura, pero el amor de aquella madre por su hija es mucho mayor. No se arredra, insiste diciéndole al Señor: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

La respuesta de esta madre coraje, no tiene vuelta de hoja. El Señor, admirado, le responde: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». Y en aquel momento quedó curada su hija.

Parecía imposible que el Señor atendiera a aquella madre. Había razones de peso para que no lo hiciera. Sin embargo, el Señor Jesús, fiel a la respuesta que da al padre del endemoniado epiléptico en el evangelio de san Marcos, obra el milagro. En aquella ocasión dijo al padre: «¡qué es eso de si puedes! Todo es posible para el que cree», y esta madre ha demostrado que tenía por completo puesta su fe en el Señor.

No lo olvidemos, nada es imposible para el que cree. En la vida encontraremos montañas que son imposibles de escalar, pero la fe mueve montañas. Tendremos que enfrentarnos a problemas que superan con mucho nuestra capacidad para resolverlos, pero lo que para nosotros es imposible, es posible para el Señor. Lo que hace falta es apoyarnos en él, poner nuestra confianza en él, porque dice la Escritura que quien se apoye en él, no quedará confundido.

Otra cosa que debemos aprender de esta madre es la insistencia en la petición. No hemos de temer hacernos demasiado pesados. Al Señor le gusta que insistamos, porque al insistir por una parte palpamos nuestra impotencia y por otra reconocemos su poder. Hoy lo ha hecho con esta madre y en otra ocasión lo hizo con el Ciego de Jericó. Con la oración insistente hacemos presente al Señor, la necesidad y el interés que tenemos en aquello que pedimos.

El Señor se complace en que nosotros recurramos a él porque conoce nuestra limitación, y porque está puesto por el Padre como Señor de aquello que nos oprime, nos esclaviza y nos hace infelices. Hablando con lenguaje humano podemos decir, que él es feliz, cuando nos ve felices. 

16/08/2017 21:12 José-Miguel Rubert Aymerich #. sin tema No hay comentarios. Comentar.


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