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ACTITUD DEL CRISTIANO ANTE LA CRUZ Cuando hablamos de aceptar la cruz, aquellos que nos escuchan pueden considerar que lo que decimos, es el resultado de una actitud cobarde porque con la escusa de que la cruz es necesaria, nos resignamos y la aceptamos como algo inevitable, no siendo capaces de rebelarnos contra todo aquello que nos hace sufrir y que nos impide ser felices. Piensan que aceptamos la cruz porque no tenemos otro remedio, porque no tenemos el valor de afrontar los hechos, evitando todo aquello que nos hace daño. Ellos no distinguen entre aceptación y resignación. El cristiano ante la cruz no se resigna. Resignarse es sinónimo de aguantarse. Equivale a soportar la adversidad de una manera un tanto cobarde, sin osar rebelarse, y sin ser capaz de levantar la voz para protestar. Es algo que resume perfectamente la frase popular: “Sin derecho al pataleo”. En esta actitud no cabe la alegría. La razón de que se juzgue así la actitud del cristiano ante la cruz, hay que buscarla en el desconocimiento que el mundo tiene de la función de la cruz en la vida de todo hombre. Para el mundo, la cruz es algo de lo que hay que huir. Es algo que hay que evitar a toda costa. La cruz destruye. La cruz aplasta. De la cruz no puede deducirse nada bueno. Así piensa el mundo, por eso no entiende ni acepta que el cristiano vea en ella, el amor de Dios-Padre hacia su criatura. Tener iluminada la cruz, conocer su significado en la vida, saber las razones por las que aparece en la vida, no es algo a lo que se pueda llegar con nuestra inteligencia. Todo lo que la cruz representa en nuestra vida, lo sabemos por la revelación. La mente del hombre no es capaz de descubrir que algo que destruye, que muchas veces lleva a la desesperación, que es insoportable, sea el origen del camino que conduce a la felicidad y la paz. Ocurre lo mismo cuando se piensa en la muerte. Si no se nos revela, ¿cómo podemos deducir que la muerte es puerta que se abre a la vida en plenitud? Tanto para el cristiano como para el que no lo es, la cruz es una realidad ineludible. La aceptemos, la rechacemos o huyamos de ella, está siempre presente en la vida del hombre. Lo queramos o no, no podemos escapar de la enfermedad, del sufrimiento, de los problemas familiares, laborales, económicos o de convivencia. Las cosas no son casi nunca como nosotros lo desearíamos. Los de fuera achacan estos problemas al azar, a la mala suerte o al destino. El cristiano, por el contrario, conoce cuál es el origen del mal, de las injusticias, de los atropellos. El cristiano sabe que ha sido el pecado del hombre, el tuyo y el mío, el que ha roto el plan de Dios y como consecuencia ha hecho que el mal apareciera en el mundo. El cristiano, decíamos antes, ante la cruz no se resigna, sino que la acepta como un regalo del Señor. El cristiano sabe por experiencia, que la cruz no es losa que aplasta, sino que es cauce que lleva al encuentro con el Señor. El cristiano sabe que cuando se encuentra con acontecimientos imposibles de asumir, que le desbordan por completo, que superan con creces todas sus fuerzas, al invocar al Señor, se abren caminos insospechados que le permiten poder caminar sobre aguas encrespadas, como Pedro, cuando camina con los ojos puestos en el Señor Jesús. El cristiano sabe que si en su vida no apareciera la cruz, no podría tener experiencia de la presencia continua de Dios y de su poder. Finalmente, el cristiano no teme a la cruz, por que sabe que el Señor está vivo y resucitado, que como en el camino a Emaús, está siempre a su lado dispuesto a echarle una mano, para que a diferencia de lo que sucede en el mundo, aquello que a todos aplasta, se transforme para él en cruz gloriosa en donde experimente el inmenso amor de Dios. Uno de los signos distintivos del cristiano es la alegría. Así lo manifiesta san Pablo, cuando en el capítulo 4 de la carta a los Filipenses dice: “Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca.” Es posible que alguno piense que vivir en la alegría es muy difícil, cuando los acontecimientos de la vida en una sociedad totalmente desquiciada, invitan a todo lo contrario. ¿Cómo puedo ser feliz, nos preguntamos, cuando mi vida está llena de sufrimientos? ¿Es posible ser feliz, estar alegre, sufriendo enfermedades, soportando multitud de injusticias, estando sin trabajo y viendo, además, que los únicos que prosperan, los únicos que medran, son los que oprimen al débil, los que abusan de su situación privilegiada en beneficio propio y los que como sanguijuelas engordan a base de la extorsión y el robo? Pues sí, se puede estar alegre a pesar de los acontecimientos negativos que cada día nos presente la vida. Se puede estar alegre porque la alegría cristiana, a diferencia de la que nos ofrece el mundo, no viene de fuera sino que nace de lo profundo del ser. La alegría que proporciona el mundo, es, las más de las veces, una alegría ficticia, una alegría hueca, sin consistencia, vacía. La alegría a la que se refiere san Pablo, es una alegría interior que nace cuando cada uno de nosotros está reconciliado con su historia. Al cristiano, como a toda persona humana, le afectan los acontecimientos adversos que se le presentan en la vida. No ha sido vacunado contra el sufrimiento. Sin embargo, a diferencia de los no creyentes, el sufrimiento no lo destruye, no le hace caer en la desesperación. Él sabe que todo lo que acontece en su vida proviene de Dios, y que por lo tanto, todo está orientado hacia su bien. Es consciente del amor que Dios le profesa. Sabe que un padre no puede desear mal alguno para sus hijos y que por eso, todo aquello que su Padre-Dios permite en su vida, nunca tiene como finalidad hacerle daño, sino que acontece para su bien. El cristiano tiene muy presente la palabra de la Escritura que dice: “Todo sucede para bien de los que Dios ama.” En el mundo se ignora la trascendencia. Se ha cerrado el cielo a los hombres y por lo tanto, no se pueden asumir las dificultades, los sufrimientos, las contrariedades, que se oponen al proyecto hedonista, que resume la máxima aspiración de la sociedad. Recuerdo que mi primer catequista decía, “La máxima aspiración del hombre es vivir como las vacas en el prado, con fresca hierba, agua abundante, una temperatura agradable y por si fuera poco, un buen rabo para ir espantando a las moscas impertinentes.”A eso aspiramos. A vivir nuestra vida, evitando toda complicación, aparcando toda preocupación y procurando que los demás nos dejen vivir nuestra vida en paz. La visión que tiene el cristiano de la vida, es totalmente opuesta a la del mundo. El cristiano no ignora, que aunque fue creado para una vida plena y feliz, la entrada del pecado en el mundo trajo consigo la aparición del sufrimiento y de la muerte. Al mismo tiempo cree firmemente que esta situación no es irreversible, sino que el Señor, en su infinita misericordia ha puesto en marcha un plan de salvación, para restaurar el orden primero. Por eso, ante las dificultades y sufrimientos de la vida, no desespera y no pierde la paz interior. Sabe que todos los acontecimientos están ordenados hacia su salvación. Sabe que todo lo que el Señor dispone, lo dispone para su bien. De ahí, que en medio de todas las adversidades, pueda vivir feliz, con paz interior y alegre, porque su alegría hunde las raíces en la esperanza. Para el cristiano no existe el destino ni la fatalidad ni la suerte. El mundo es el que cree en todo esto y vive esclavo de premoniciones y fantasmas irreales. Para el cristiano existe la voluntad de Dios y su divina providencia, que amorosamente gobierna a sus criaturas, respetando en todo momento su libertad. La alegría es fruto de la sintonía entre nuestra vida, entre nuestra historia, con lo que Dios, Padre amoroso, desea para cada uno de nosotros. Vivir en la voluntad de Dios, es vivir en paz y con alegría. Es abandonarse en el regazo de Dios, como niño pequeño recienmamado en los brazos de su madre. Esta manera de enfocar la vida, esta forma diferente de vivir, es necesario que quede manifiesta ante los hombres. Así lo desea san Pablo cuando dice: “Que vuestra alegría, vuestra mesura, la conozca todo el mundo.” ¿Por qué? nos preguntaremos. Porque esta alegría, esta paz interior, esta forma diferente de vivir, hace presente la persona de Dios en medio de los que nos rodean. En medio de una sociedad hedonista que ha perdido el verdadero sentido de la vida, la alegría cristiana es un grito de esperanza, de unos hombres y mujeres diferentes, que “brillan como lumbreras en medio del mundo.” Vivimos en una sociedad, en la que cada vez con más insistencia se ataca a la familia. Aunque nos referimos a la familia en general, es a la familia cristiana a la que con mayor virulencia se agrede desde diferentes frentes, en particular desde el terreno político. No es de extrañar que esto suceda así. Muchos políticos tienen como objetivo diseñar una sociedad a su imagen y semejanza. Una sociedad regida según sus criterios, en muchas ocasiones alejados o contrapuestos a los valores tradicionales que defiende la cultura cristiana. Es necesario ridiculizar valores como la fidelidad, la castidad preconyugal, el respeto al propio cuerpo, etc., mostrándolos como ataduras trasnochadas que cercenan la libertad del individuo. Es necesario así mismo, legislar favoreciendo el divorcio o el aborto, so pretexto de que cada uno es dueño de su cuerpo. Esto último lleva también a defender la promiscuidad en las relaciones sexuales ya que, según defienden, el cuerpo es de cada uno y está hecho para gozarlo. Se hace necesario también reconocer el derecho que cada persona tiene, a elegir el género que más se adecue a sus inclinaciones sexuales. Es intolerable, se dice, obligar a una persona a permanecer dentro de un cuerpo con unos atributos, que no reconoce como propios. Para que estas teorías se lleven a la práctica y distorsionen lo que la ley natural muestra como correcto, se utilizan toda clase de medios. Cabe citar en especial la televisión, que de una manera solapada y amable, nos muestra lo felices que son las personas que siguen estos dictados. No hay ninguna serie de televisión famosa, en la que no aparezcan escenas en que las relaciones sexuales fuera del matrimonio, no se den como lo más normal. Así mismo, es raro no encontrar parejas de homosexuales o lesbianas que vivan una relación envidiable. Con esta política se nos empuja de una manera sutil, a considerar como normales, situaciones del todo reprobables. Es una manera solapada de minar a la familia y a los valores que representa. Porque es en ella la cuna en la que se transmiten los valores tradicionales y cristianos, se hace necesario desacreditarla, tachándola de retrógrada y de estar anclada en el pasado, defendiendo unos valores que hoy están superados. Nuestra obligación como cristianos, es estar alerta para no dejarnos arrastrar por estos vientos de error, protegiendo a nuestros hijos de su nefasta influencia. En la actualidad, tanto en la vida real como en los distintos medios de comunicación, prensa, radio, TV, … ha tomado carta de naturaleza referirse a los esposos o a los novios, denominándolos con la palabra genérica de“pareja”. Quizá se deba esto, a que la relación entre los dos sexos se está devaluando a la carrera, y en vez de buscar en el otro o en la otra una ayuda adecuada (como dice el Génesis), un complemento tanto en lo espiritual como en lo físico, nos contentamos con emparejarnos. Esta expresión, es perfecta cuando se refiere a los animales. El móvil que les impulsa a unirse, no es otro que el instinto de conservación de la especie. La única fuerza de atracción es la sexual. No ocurre así entre el hombre y la mujer. Entre el hombre y la mujer se establecen vínculos que son muy superiores al mero impulso sexual. Dios hizo al hombre y la mujer complementarios. Los llamó a estar unidos en lo bueno y en lo adverso. Estableció entre ellos vínculos de amor y entrega que hicieran posible la renuncia al propio yo, en favor del otro. El hombre y la mujer, no se emparejan. Se unen con lazos de amor. Se entregan totalmente el uno al otro formando un único cuerpo, no sólo en lo físico, sino también en lo espiritual. Lo que ocurre es que la sociedad actual está empeñada en destruir estos valores y se nos catequiza para que en la relación entre hombre y mujer, sólo se dé importancia al componente sexual, haciendo ver en el otro o en la otra, únicamente, un objeto de deseo y de placer. Visto así, es indudable que la expresión pareja, que nos hace semejantes a los animales, es la más adecuada. Presentar al marido o a la mujer como pareja, es una manera sutil de catequesis, que nos aparta de la relación que entre el hombre y la mujer, ha previsto Dios No ha de ser así entre nosotros. Como cristiano no tengo a Cristo como pareja, sino como esposo. Él se ha entregado por mí, y ha establecido que esa entrega se visibilice en la relación entre los esposos cristianos. Marido y mujer unidos por el vínculo del Amor, y entregándose sin reservas el uno al otro, ponen de manifiesto ante esta sociedad, el verdadero amor, el amor de Cristo a su Iglesia. MEDITANDO EN VOZ ALTA La pregunta que hoy el Señor hace a Pedro ¿Pedro me amas?, como ya hemos comentado es una pregunta que nos dirige a cada uno de nosotros. Quizá nuestra respuesta al planteárnosla sea: Señor, es que haces unas preguntas… ¡Claro que te quiero! ¿Por qué, Señor, me preguntas eso? ¿Quizás dudas de mi amor? No cabe duda de que lo que Él quiere al interrogarnos, es ayudarnos a que no vivamos engañados. Por eso será bueno preguntarnos seriamente: ¿Verdaderamente amo yo al Señor? ¿Es Él lo más importante de mi vida? ¿Cómo lo demuestro en cada día y en cada momento? San Juan dice en su primera epístola: Si no amas al hermano al que ves, ¿cómo dices que amas a Dios al que no ves? ¿Amo ciertamente a mis hermanos? ¿Sufro con los que sufren y me alegro con los que están contentos? ¿O más bien voy a lo mío intentando no complicarme la vida, porque bastante tengo ya con mis problemas? ¿Acaso no siento envidia, aunque no lo confiese, cuando lo demás prosperan, son apreciados y reconocidos y de mí nadie hace caso? ¿Comparto todo lo mío, aunque los demás no me hagan partícipe de lo suyo? ¿Soy capaz de excusar los fallos y errores de los demás, o los juzgo aunque sólo sea en mi corazón? ¿No uso más bien dos varas diferentes a la hora de medir mi comportamiento y el de los demás? Muchas más preguntas podríamos hacernos, y quizá todas las respuestas pondrían en evidencia nuestro egoísmo, nuestro individualismo y nuestra ingratitud hacia Aquel de quien todo lo hemos recibido gratuitamente. No intentemos poner paños calientes. Él, dice en el Evangelio: “En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo”. ¿Pensamos todavía que verdaderamente amamos al Señor? ¿Seguimos todavía tan ciegos? Si hemos sido sinceros, quizá esta meditación en voz alta, nos haya hecho caer en tristeza. No es ese el deseo del Señor. Él, dice el salmo 32, “ha modelado cada corazón y conoce todas sus acciones”. El conoce nuestras limitaciones y sabe que hemos sido concebidos en pecado. Él, es único que no se escandaliza de nosotros. Por eso, descubriendo como Pedro nuestras infidelidades, lo único que podemos hacer es decirle: Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que quiero quererte. ¡Ayúdame! Las Comunidades Neocatecumenales en Burriana A través de los años nuestra Ciudad ha destacado en muchos aspectos y ha estado en vanguardia del desarrollo y la modernidad. No es ahora el momento de hacer una relación de todas las actividades en las que Burriana, ha sido “capdavantera”. Utilizo esta expresión valenciana por la fuerza expresiva que contiene y porque retrata con exactitud la situación de nuestro Pueblo en muchos aspectos de la vida, en los que ha destacado respecto a todas las poblaciones de nuestra Comarca. Sin duda, esta situación y el noble orgullo del que hemos hecho gala los burrianeros, ha hecho que se nos colgara el sambenito de fanfarrones. “Bendita fanfarronería”, como dijo el cardenal Tarancón, si ha servido de acicate para continuar con ilusión, trabajando por el desarrollo de nuestro Pueblo. Poco a poco, aquel abigarrado grupo de personas tan dispares fue consolidándose y tomando cuerpo. Había algo que no sabían a ciencia cierta lo que era, pero que hacía que los lazos de amistad y aprecio se fueran consolidando. Las vidas de estas personas se fueron transformando progresivamente, sin que nadie hiciera violencia sobre ellas para que cambiaran de vida. Todo era un regalo de la palabra de Dios escuchada y aceptada, que obraba con fuerza sin necesidad de que existiera compromiso alguno. El mayor descubrimiento fue comprobar la necesidad de realizar un catecumenado que hiciera crecer la pequeña semilla de fe que todos habían recibido en el Bautismo, con el fin de que diera frutos abundantes. Era inútil pedir esfuerzos y compromisos a unas personas que eran totalmente incapaces de cambiar sus vidas y costumbres con sólo su esfuerzo. En febrero de 1972 se iniciaban en María Auxiliadora las catequesis que habían de poner en marcha la primera comunidad Neocatecumenal de la diócesis. Sólo tres meses antes se había iniciado el Camino en Barcelona, fruto de una catequización que llevaron a cabo Kiko Argüello y Carmen Hernández, en la parroquia de María Auxiliadora de Sarriá. Como final, quisiera hacer un esbozo de lo que pretende conseguir el Camino Neocatecumenal. En primer lugar sostiene que es inútil exigir a la persona que cambie de vida cuando el motor de este cambio, que es la fe, prácticamente no existe, o no ha habido ocasión de que se desarrolle y crezca. Por lo tanto se requiere todo un proceso similar al catecumenado de la Iglesia primitiva, en donde paso a paso se vayan reviviendo de una manera libre y consciente, cada uno de los ritos que conforman la liturgia del Bautismo. Esto explica que dentro de una misma parroquia, cada comunidad esté en una determinada altura dentro del proceso neocatecumenal. El autor de este artículo fue el primer responsable del Camino Neocatecumenal en Burriana. Hablábamos la semana pasada sobre el Bautismo y la filiación divina. Vamos a detenernos hoy un poco en un sacramento que se relaciona directamente con el bautismo, hasta el punto que en la Iglesia Primitiva, era considerado como un segundo bautismo. Estamos refiriéndonos al sacramento de la Reconciliación o Penitencia. Dios-Padre cuando nos creó, nos hizo un regalo de un valor incalculable: la libertad. Él, deseaba que nosotros pudiéramos amarle libremente, sin ninguna coacción. Conocía sin embargo, que nuestra debilidad nos llevaría a alejarnos de él. Por eso a la vez que nos hacía libres, creaba el camino del regreso: la conversión. Convertirse no es otra cosa que cambiar de dirección. Reconocer que el camino que hemos elegido no es el adecuado, que en vez de llevarnos a la felicidad y a la vida, nos lleva al sufrimiento y a la muerte. Esto es lo que le ocurre al Hijo Pródigo, que da un giro a la vida que ha elegido lejos del padre, y regresa a él pidiéndole perdón. Dios-Padre en la cruz de Jesucristo ha perdonado todos nuestros pecados. Ha roto la nota de cargo, la factura, que nosotros debíamos satisfacer como consecuencia de nuestros desvaríos, pero ha dispuesto que ese perdón se haga manifiesto a través de un signo, un sacramento, que el Señor dejó en su Iglesia. No podemos decir que Jesús delegara el perdón en su Iglesia, ya que la Iglesia es el mismo cuerpo de Jesucristo. Cuando la Iglesia perdona, es Cristo mismo el que perdona. Hoy constatamos con tristeza que al sacramento de la reconciliación, no se le da la importancia que realmente tiene. Los fieles participan con mucha frecuencia en la Eucaristía, pero lo hacen de una manera esporádica en la Confesión. Pierden la oportunidad de festejar el hecho de sentirse perdonados por Dios. Es necesario recuperar en la vida de fe este sacramento, que por otra parte es indispensable para acercarnos adecuadamente a recibir el resto de los sacramentos. Celebrar la reconciliación, además de hacernos experimentar el amor de Dios y su perdón, nos proporciona la fuerza de Espíritu Santo, para resistir las muchas tentaciones a las que nos vemos expuestos cada día. Además, si nos sentimos perdonados por nuestro Padre-Dios, podremos también perdonar a nuestros semejantes, cuando recibamos de ellos alguna ofensa. Celebramos hoy la Fiesta del Bautismo del Señor, que nos hace presente al primero y más importante de los sacramentos. Por él, entramos a formar parte de la Iglesia que es el cuerpo místico de Jesucristo. Por él, llegamos a ser hijos adoptivos de Dios. Hemos dicho llegamos a ser, porque el Bautismo siembra en nosotros la semilla de la Fe. Una semilla que convenientemente cuidada y cultivada, llegará a convertirse en una planta adulta que dará abundantes frutos de vida eterna. El bautismo no actúa en nosotros de una manera mágica. En el bautismo existe el embrión de un hijo de Dios, que necesita crecer y desarrollarse hasta alcanzar la edad adulta, de manera que, como dice San Pablo, sea otro Cristo. Con frecuencia escuchamos una afirmación que no es del todo cierta. Se dice que todos los hombres son hijos de Dios. Sería más exacto afirmar que todos los hombres son criaturas de Dios. Lo que no puede negarse es que todos los hombres están llamados en Cristo, a ser hijos de Dios. La filiación divina sólo es real, en tanto en cuanto poseemos en nuestro interior el espíritu de Jesucristo. Dice San Pablo en la carta a los Gálatas: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! “ (Ga 4,6-6). Para que la filiación divina sea efectiva, es condición previa haber recibido el espíritu del hombre nuevo, el espíritu del resucitado. Esto se hace evidente al comprobar cómo son nuestras obras. Si nuestras obras son las obras de Dios, queda demostrado que el espíritu de su Hijo Jesucristo habita en nosotros. Y ¿cuáles son las obras de Dios? Fundamentalmente, el amor y la misericordia, que quedan manifiestas cuando por el Espíritu que habita en nosotros, somos capaces de perdonar por completo a aquel que gravemente nos hace daño, ya sea terrorista, violador, asesino, ladrón, etc., así actuó en la cruz el que era hijo de Dios por naturaleza y que fundó su Iglesia para que esta manera de actuar, se perpetuara a través de los siglos. San Juan nos dice en su primera epístola: “En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano”. (1Jn 3-10) Obrar la justicia no es otra cosa, que obrar como Dios obra, perdonándonos y amándonos siempre, sin ponernos ninguna condición previa. En este domingo que se halla dentro de la Octava de Navidad, la Iglesia pone ante nuestra consideración a la Sagrada Familia de Nazaret. En el evangelio, San Lucas nos cuenta cómo a los doce años, Jesús sube con sus padres a Jerusalén para celebrar la Pascua. Al finalizar la fiesta, en vez de ponerse en camino, se queda él sólo en la ciudad. Después de hacer una jornada de camino, María y José advierten que su hijo no se encuentra en la caravana y, preocupados, regresan a Jerusalén en su búsqueda. Preguntan a sus amigos y familiares por él, y después de tres angustiosos días, lo encuentran en el Templo sentado en medio de los maestros de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Cuando María le reprocha su conducta, reciben por única respuesta una frase que no entienden y que les deja perplejos: “Por qué me buscabais? ¿No sabías que yo debía estar en la casa de mi Padre? Esta respuesta quizá nos resulte un tanto extraña, sin embargo es importante ver como Jesús, tiene muy claro lo que comentábamos hace algunas semanas al hablar del Shemá. A nada, ni a nadie, incluso a nuestros familiares más cercanos, padres o hijos, debemos anteponer a Dios. Si Él es el primero, todo ocupará en nuestra vida el lugar adecuado. La respuesta de Jesús, no implica desamor o falta de respeto hacia sus padres, sino que pone de manifiesto que Dios-Padre, es lo primero, lo más importante en su vida. El pasaje termina diciendo que Jesús bajó con sus padres a Nazaret, que les estaba sujeto, o lo que es lo mismo les era obediente, y que crecía en estatura y gracia, delante de Dios y de los hombres. |
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