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LA DIVINA MISERICORDIA

LA DIVINA MISERICORDIA

En el año 2000 san Juan Pablo II dispuso que el segundo domingo de Pascua estuviera dedicado a contemplar la Divina Misericordia.

Hemos afirmado en repetidas ocasiones que la misma esencia de Dios, aquella “materia” que lo conforma, diríamos en lenguaje llano, es el amor. Hoy, afirmamos sin ningún lugar a duda que, el atributo divino que mejor pone de manifiesto ese amor, es la misericordia.

La misericordia es un sentimiento profundo que nos impulsa a ayudar a los demás en sus momentos difíciles. La palabra proviene del latín “misere”, que significa “miseria, necesidad”, y “cor, cordis”, que indica “corazón”. Los cristianos creemos que recibimos el perdón de Dios, precisamente a través de ese atributo divino.

Se afirma de Dios que tiene corazón de padre y entrañas de madre. Son esas entrañas misericordiosas las que le mueven a no tomar en cuenta nuestras infidelidades y pecados.

La misericordia de Dios es infinita en tamaño y eterna en el tiempo. Para aplicarla a cada uno de nosotros, que somos pecadores e infieles, Dios-Padre no ha dudado en entregar a la muerte a su propio Hijo para que su sangre lavara todos nuestros pecados y delitos. Es Él, Dios-Padre, el que, como dice el profeta Oseas, nos ha estrechado entre sus brazos desde la niñez y nos ha enseñado a caminar. Y cuando por nuestra mala cabeza nos hemos apartado de él dando culto a ídolos como el dinero, las riquezas, el poder o el sexo, en vez de destruirnos como merecíamos, ha exclamado: ¿Qué voy a hacer contigo? ¿Voy a destruirte como destruí a Sodoma? De pensarlo mi corazón dentro de mí se convulsiona… Se estremecen mis entrañas. No daré curso al furor de mi cólera, porque soy Dios y no hombre. No vendré con ira.

Con todo esto queremos decir que el Señor nos ama por encima de nuestros pecados. Y, si en Él tuviera cabida el sufrimiento, afirmaríamos que, como padre que ama intensamente a sus hijos, su corazón sufre viendo la esclavitud y el dolor al que nos somete el pecado. Él aprovecha nuestros desvaríos para mostrarnos una y otra vez su corazón misericordioso en el que no cabe ni el rencor ni el deseo de venganza. Nuestros pecados, como dijo a san Jerónimo, le pertenecen porque por ellos, su Hijo, su Hijo amado, pagó con creces derramando hasta la última gota de su Sangre. San Pablo dice en su Carta a los Romanos, “que Dios nos encerró a todos en la rebeldía para usar con todos de misericordia”. Quiere decir esto que Dios, sabía que al hacernos libres usaríamos mal nuestra libertad, pero que esta circunstancia serviría para poner de manifiesto su amor y misericordia hacia cada uno de nosotros.  

Por eso, es consolador saber que por grande que sea nuestro pecado, nunca el Señor se escandaliza de nosotros. Dice el salmo 32: «Él formó cada corazón y comprende todas sus acciones». Nada hay, pues, de nuestro comportamiento que pueda escandalizarle. La respuesta ante nuestros desvaríos y pecados, es siempre la misma: comprensión, amor y misericordia, y como consecuencia, perdón sin límites.

¿Queremos decir con todo esto que no nos ha de preocupar nuestra condición de pecadores? No. El pecado nunca es un placer o una cosa buena que se nos prohíbe. El pecado engendra siempre sufrimiento y muerte. Por eso, nuestro Padre-Dios, odia al pecado y ama con locura al pecador, siendo siempre su respuesta para nosotros, pecadores, el perdón y la misericordia. Por nuestra parte, es necesario tener en cuenta que, utilizando mal nuestra libertad, podemos rechazar formalmente esa misericordia y caer en la condenación eterna.

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