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DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

DOMINGO II DE PASCUA - DE LA DIVINA MISERICORDIA

«PAZ A VOSOTROS»

 

CITAS BÍBLICAS: Hch 4, 32-35 * 1 Jn 5, 1-6 * Jn 20, 19-31 

Hoy hace ocho días celebrábamos el acontecimiento primordial de la historia de salvación. Cristo, el Hijo de Dios, muerto y sepultado después de una Pasión ignominiosa, rotas las ataduras de la muerte, resucitaba glorioso. 

La valoración que hagamos del hecho de la resurrección del Señor, está directamente relacionada con la convicción personal que tengamos del grado de esclavitud en el que vivimos a causa de nuestros pecados. ¿Sientes sinceramente que vives sometido al dominio del pecado y de la muerte, o más bien te encuentras cómodo en tu situación y no necesitas que nadie te libere? Según la respuesta que demos a esta pregunta, daremos más o menos importancia al acontecimiento más importante de la historia: la Resurrección del Señor Jesús. Cristo resucita victorioso para ya nunca más morir.

La muerte y resurrección del Señor están íntimamente relacionadas con el pecado. La noche de Pascua cantábamos: “Sin el pecado de Adán, Cristo, no nos habría rescatado. ¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor!” Ese pecado, como dice san Pablo, es el que nos hace penetrar en la muerte. Es el que nos ata, el que impide que seamos felices. Si en tu vida experimentas que eso es así, anhelarás que Cristo venza a la muerte y que te haga partícipe de su resurrección. La resurrección del Señor dejará de ser para ti un acontecimiento histórico, para convertirse en un hecho real que atañe directamente a tu vida.

Hoy, en su evangelio, nos narra san Juan la primera aparición del Señor Resucitado a sus discípulos, poniendo de manifiesto la razón última de su Pasión y Resurrección. Se ha hecho uno de nosotros, ha cargado con la cruz, ha muerto en ella y ha resucitado del sepulcro, para traernos la paz. Él es nuestra paz. Una paz de la que no podemos disfrutar si nos encontramos bajo el dominio del pecado y de la muerte. Por eso, lo primero que hace el Señor es desearles la Paz y hacerles partícipes de su poder como Dios, dándoles autoridad para perdonar los pecados. Les dice: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Quizá no acabamos de ser conscientes de que todo el mal que existe en el mundo, abusos de los poderosos, mal reparto de las riquezas, enfrentamientos entre naciones, razas, grupos sociales y hasta a nivel familiar, tienen su origen en el pecado. Él es el que mata en nosotros el amor de Dios y nos hace caer en el más grande egoísmo. Erradicar el pecado y con él el mal en el mundo es imposible. Pero el Señor sabe que el mejor antídoto contra el veneno del pecado es el perdón. Eso es lo que nos ha ofrecido desde la Cruz. Su corazón misericordioso atravesado por la lanza del soldado es testigo del perdón sin condiciones que nos otorga. Prueba de ello son las primeras palabras que hoy dirige a sus discípulos: «Paz a vosotros». No son palabras de reproche. Son las palabras de amor y comprensión que sus discípulos, y también tú y yo, necesitan escuchar de sus labios.

En esta primera aparición del Señor faltaba Tomás, que no da crédito a las palabras del resto de sus compañeros. Ocho días después, estando todos los apóstoles reunidos, el Señor vuelve a parecerse y echa en cara a Tomás su incredulidad, que ante su presencia exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». A lo que el Señor Jesús responde: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto».

Es consolador pensar que el Señor nos llama también dichosos a nosotros, porque nos incluye entre aquellos que no lo han visto personalmente, pero que creen en él.

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