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DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

«AQUÍ ESTOY, SEÑOR, PARA HACER TU VOLUNTAD» 

 

CITAS BÍBLICAS: Is 50, 4-7 * Flp 2, 6-11 * Mt 26, 14-27,66

Damos comienzo con este domingo a la Semana Mayor, la Semana Santa. En ella no solo recordaremos los grandes misterios de nuestra salvación, sino que a través de la liturgia los reviviremos actualizados en nuestra propia historia.

En la vida del hombre el sufrimiento se hace continuamente presente. Es el peaje que nos hace pagar el pecado. No fue así desde el principio porque en plan de Dios al crearnos no estaba presente el sufrimiento, ya que su voluntad para con nosotros era la felicidad plena. Sin embargo, al hacer mal uso de nuestra libertad elegimos separarnos de Dios y, como consecuencia, saboreamos la muerte y el sufrimiento que ella acarrea.

El Señor Jesús, a pesar de no haber conocido el pecado, no estuvo exento de sufrimiento. Quiso asemejarse en todo a nosotros para poder llevar a la práctica, con conocimiento de causa, la misión de ayudador, de salvador, que el Padre le había encomendado.

San Pablo nos dice hoy en su carta a los Filipenses que el Señor, «a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos». De manera que no tuvo inconveniente en rebajarse hasta el extremo, sometiéndose incluso a la muerte y una muerte horrenda, la muerte de cruz.

El profeta Isaías, unos 700 años antes de Jesucristo, nos narra con una fidelidad asombrosa toda la Pasión del Señor. Lo muestra como varón de dolores, despreciado, golpeado, escupido y entregado a una muerte inicua. Él, dice Isaías, fue herido por nuestras faltas y molido por nuestras culpas. Él, soportó todos nuestros pecados y fue contado entre los malhechores, aunque no hallaron en él delito alguno.

En la Pasión, que hoy se proclama, vemos cumplida en el Señor Jesús la profecía de Isaías. En ella no vemos otra cosa que el amor con que el Esposo se entrega por completo a la esposa, en una donación total. Le hace entrega hasta de la última gota de su sangre. La esposa es la Iglesia. Tú y yo somos la amada por la que el Señor entrega totalmente su vida.

Has pensado ¿Para qué el Señor Jesús se somete a ese sufrimiento inhumano? La respuesta es sencilla: se anonada hasta ese extremo y se somete a ese sufrimiento brutal, para que tú y yo no tengamos que sufrir en nuestra carne, la principal consecuencia de nuestro pecado, es decir, la muerte. Tú y yo no tenemos salvación. Si algo merecemos es la muerte eterna, pero el amor de Dios-Padre es infinitamente mayor que nuestras debilidades y pecados. Por eso no acepta que el plan que él diseñó desde el principio para ti y para mí, se vea destruido por nuestra conducta, con la consiguiente victoria del maligno.

Con su entrega total el Señor Jesús nos muestra cuál es nuestra misión en este mundo. Somos sus discípulos. Hemos sido elegidos por Él como sus colaboradores. Por lo tanto, nuestra misión es también morir por nuestros semejantes cada día. Si no es con una muerte cruenta, que también es posible, al menos muriendo a nosotros mismos en favor de los que nos rodean y en particular de nuestros enemigos, mostrándoles con nuestro amor y perdón, el amor y el perdón que Dios-Padre les otorga. No debe amedrentarnos esta muerte porque sabemos que fue vencida por la resurrección del Señor, de manera que tenemos la certeza de que también nosotros resucitaremos con Él. 

 

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