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DOMINGO II DE CUARESMA -A-

DOMINGO II DE CUARESMA -A-

«ÉSTE ES MI HIJO, EL AMADO...»

 

CITAS BÍBLICAS: Gen 12, 1-4ª * 2 Tim 1, 8b-10 * Mt 17, 1-9 

La Iglesia pone hoy ante nosotros un pasaje del Evangelio de una importancia radical para la vida del hombre. Es tan importante que se repite en los tres ciclos litúrgicos, aunque cada vez lo hace de un evangelista distinto. Es la respuesta a una inquietud que tiene todo hombre al considerar su situación en este mundo.

El evangelio de hoy nos presenta al Señor Jesús transfigurado, mostrando su naturaleza divina oculta bajo la naturaleza humana. Nos hace ver que detrás de la humanidad que vemos a simple vista, hay una realidad que nos desborda por completo. La transfiguración del Señor nos permite ver aquello a lo que está destinado nuestro cuerpo mortal, aquello para lo que hemos sido creados.

No somos seres abocados a la extinción. De ser así, Dios nos habría hecho un flaco favor al crearnos. Nuestra vida sería un absurdo si después de unos años disfrutando de la vida y de todo lo creado, tuviéramos que volver, como los animales, a la nada. Somos criaturas de Dios y estamos por su voluntad llamados a ser elevados a la categoría de hijos de Dios. Las palabras que hoy dice el Padre: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo», se dijeron entonces referidas al Señor Jesús, pero hoy han resonado aquí para cada uno de nosotros.

Tú y yo somos hoy ese hijo amado del Padre en el que Él se complace. Tú y yo, a través de la redención llevada a cabo por el Señor Jesús en su Pascua, hemos sido adoptados por el Padre como hijos, con los mismos derechos que los hijos naturales. Hoy, vivimos esta adopción de manera precaria, porque esa adopción filial descansa en una naturaleza humana débil y herida por el pecado. San Juan en su primera epístola nos dice: «Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos.  Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es».

San Juan dice que no se ha manifestado lo que seremos. Efectivamente, esta naturaleza mortal de la que estamos revestidos esconde una realidad muy distinta que es la que hoy nos da a conocer el Señor Jesús en su transfiguración. Seremos, ha dicho san Juan, semejantes a él. San Pablo dice también en su primera carta a los Corintios, que seremos transformados. Seremos semejantes a lo que hoy vemos en la figura del Señor Jesús. A esto estamos llamados y para esto hemos sido creados.

Hoy vivimos en esperanza desando que el Señor realice en nosotros esta obra que, por supuesto, ni merecemos ni depende de nuestro esfuerzo. Todo lo contrario, es un don gratuito, un don que se nos regala independientemente de las obras de la ley.

Por nuestra parte, lo único que debemos hacer es ser dóciles y dejarnos modelar por el Señor, como la vasija en manos del alfarero. Hemos de aprender de María y decirle al Padre que estamos de acuerdo con el plan que ha diseñado para nuestra vida. Que se haga en nosotros según su voluntad. Y su voluntad no es otra que la felicidad plena, aquella que nada ni nadie en el mundo nos puede dar.

En esta Cuaresma caminamos hacia la Pascua. Hacia la victoria del señor Jesús sobre la muerte, que con su resurrección transformará también nuestros cuerpos mortales en cuerpos gloriosos, semejantes al suyo.

 


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