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DOMINGO I DE ADVIENTO -B-

DOMINGO I DE ADVIENTO  -B-

«A VOSOTROS OS DIGO: ¡VELAD!»

 

CITAS BÍBLICAS: Is 63, 16c-17. 19c;64, 2b-7 * 1Cor, 1, 3-9 * Mc 13, 33-37

Iniciamos con este domingo un nuevo año litúrgico. Empezamos con él, el Adviento, dando comienzo a toda la historia de salvación, que podremos contemplar en el transcurso de este año que iniciamos. Nos ayudarán a hacer este recorrido, las lecturas del Evangelio, pertenecientes al ciclo B de la liturgia, tomadas del evangelio según san Marcos.   

Tres serán las figuras fundamentales, protagonistas en la liturgia de la Palabra durante este tiempo de Adviento. El profeta Isaías, Juan el Bautista y la Virgen María. Las tres nos ayudarán a vivir expectantes el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, que culminará con su nacimiento en Belén el día de Navidad.

El Adviento es un tiempo de espera que implica algo más que la preparación al nacimiento del Hijo de Dios. Ciertamente, este tiempo nos prepara a vivir este acontecimiento, pero hay otra espera que debe estar presente siempre en la vida del cristiano. Nos referimos a la segunda venida del Señor Jesús que tendrá lugar al final de los tiempos. Esta espera, no es menos importante que la de esperar el nacimiento del Niño-Dios porque, aunque lejana en el tiempo, significará la culminación de toda la obra de la creación llevada a cabo por las Tres Divinas Personas de la Trinidad.

Para nosotros, es importante hacer presente esta expectación, porque, con frecuencia, vivimos el día a día, como si nuestra vida en este mundo fuera definitiva y por lo tanto no tuviera que terminar. El Adviento nos recuerda que en este mundo sólo somos peregrinos que caminamos hacia una vida plena y feliz, hacia el encuentro definitivo con el Señor en una vida eterna.

El Señor Jesús quiere que nos mantengamos vigilantes, por eso hoy nos dice en el evangelio: «Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento». Es necesario, pues, estar expectantes, pero sin que esta venida del Señor cree en nosotros inquietud, porque sabemos que siempre que Él aparece, lo hace para salvar.

Si somos conscientes de que de verdad necesitamos vernos libres de nuestras malas inclinaciones, de los vicios que nos dominan, de todo aquello que nos impide ser felices, esperaremos con ilusión la manifestación del Señor en nuestras vidas. De ese encuentro depende nuestra felicidad eterna.

El Señor nos propone una parábola. Un hombre va a iniciar un largo viaje. Antes de partir reparte tareas a sus criados, encargando al portero que vigile. «Velad, dice, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche o al canto del gallo… no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos»

Nosotros somos esos sirvientes. El Señor nos ha colocado provisionalmente en este mundo. Sólo estamos de paso. No lo tomemos como nuestra residencia definitiva. Nosotros no pertenecemos a este mundo. Somos ciudadanos del cielo, y debemos mantenernos alerta esperando la llamada del Señor para que, acompañados por Él, entremos en la vida eterna, que es la vida para la que hemos sido creados. Que cuando venga, no nos sorprenda dormidos o empeñados en negocios de este mundo que no dan la felicidad, sino atentos y dispuestos a seguirle de inmediato.


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